Daesh en Afganistán: ¿Una amenaza real?

JAVIER RUÍZ ARÉVALO

Ejército de Tierra, España

 

Title: Daesh in Afghanistan: A Real Threat?

Resumen: Cuando en la segunda mitad de 2014 comenzaron a recibirse informaciones que hablaban de la presencia del Daesh en Afganistán, muchos temieron que pudiéramos estar asistiendo a los inicios de un cambio radical en el conflicto afgano que, por esta vía, podría internacionalizarse y radicalizarse. El artículo trata, en primer lugar, de identificar cuál ha sido y es la presencia real del Daesh en Afganistán, analizando las informaciones disponibles al respecto y valorando su grado de fiabilidad para, posteriormente, identificar cuáles son las debilidades y las fortalezas del grupo salafista a la hora de asumir un papel relevante en el conflicto afgano, subrayando aquellos factores que están dificultando su arraigo entre los afganos e impidiendo su colaboración con otros grupos insurgentes, particularmente con los talibán. Para ello se analizan las relaciones entre este grupo y los talibán, subrayando los motivos que no solo han hecho imposible la colaboración entre ambos grupos insurgentes, sino que han llevado a un enfrentamiento armado abierto entre ambos. Por último, se hace una valoración sobre el futuro del Daesh en Afganistán, valorando la probabilidad de que pueda llegar a constituir una amenaza real para la estabilización de este país.

Palabras clave: Afganistán, Daesh, Talibán, Salafismo, Contrainsurgencia

Abstract: When in the second half of 2014 reports about the presence of Daesh in Afghanistan were received, many feared that it was the beginning of a radical change in the Afghan conflict that, by this way, could internationalize and radicalize. Firstly, the article identifies what has been the presence of Daesh in Afghanistan and if it is real, analyzing the available information about it and, afterwards, assessing the level of liability in order to identify what are the weakness and strongholds of the Salafist group as they assume a relevant role in the Afghan conflict. It underlies those factors that are making difficult its support among Afghans and stopping its collaboration with other insurgents groups, particularly with the Taliban. For this purpose, the relationships between this groups and Taliban is analyzing, underlying the purposes that not only have done impossible the collaboration between both insurgent groups, but those have taken to an open army struggle between them. Finally, an assessment about the future of Daesh in Afghanistan is done, assessing the probability of becoming a real threat for the stabilization of the country.

Keywords: Afghanistan, Daesh, Taliban, Salafism, Counter-insurgency

Recibido: 1 de septiembre de  2016

Aceptado: 9 de septiembre de 2016

Para citar este artículo/To cite this article: Javier Ruiz Arévalo, “Daesh en Afganistán: ¿Una amenaza real?", Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 2, No. 2, (2016), pp. 153-169. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.4.7

 

Introducción

La aparición del autodenominado Estado Islámico (en lo sucesivo Daesh, según su acrónimo en árabe) en Afganistán en la segunda mitad de 2014 hizo saltar todas las alarmas, tanto en Afganistán como fuera de sus fronteras, ante el temor de que el Daesh pudiera hacerse fuerte en este nuevo teatro, abriendo un nuevo frente. Se temía sobre todo una alianza con los talibán, que podría tener consecuencias imprevisibles, tanto dentro de Afganistán como en su entorno regional. El temor a que Afganistán volviera a convertirse en santuario del terrorismo internacional parecía hacerse realidad. Los acontecimientos acaecidos desde entonces permiten hacer una valoración bastante precisa de las posibilidades reales del Daesh; del apoyo que puede encontrar entre los afganos y de las posibilidades de entendimiento con los talibán. El análisis de todos estos factores nos permite valorar hasta qué punto el Daesh constituye una amenaza real para Afganistán y sus vecinos más próximos y una riesgo para la seguridad global.

 

El “estado islámico”

El Daesh es un grupo islamista radical, nacido en Irak y Siria cuyo objetivo declarado es la creación de un gran "Califato" que "reunifique" a la comunidad de los creyentes bajo un liderazgo político-religioso único. Ideológicamente, se adscribe dentro del salafismo, una de las vertientes más radicales dentro del sunismo. Su objetivo, según su propio discurso, es restablecer el califato Omeya. Este nuevo califato incluiría inicialmente el norte de África, Oriente Medio y el sur de Asia, desde Mauritania hasta Indonesia, incluyendo el vilayato (provincia) de Jorasán[1], para extenderse posteriormente más allá de los dominios históricos del Califato Omeya y el Imperio Otomano, al resto del planeta.[2]

Para comprender los orígenes del Daesh hay que remontarse a la creación de Al Qaida (AQ) en Irak, producida a raíz de la intervención militar estadounidense. Entre 2004 y 2006, AQ en Irak protagonizó una insurgencia muy activa, que sólo pudo ser doblegada gracias a la alianza de varias tribus sunitas con los EE.UU. Esta alianza fue consecuencia de las numerosas bajas civiles que estaban provocando los ataques del Daesh, que acabaron colmando la paciencia de los sunitas iraquíes. En 2006 AQ en Irak estableció el Consejo Muyahidín con otros 5 grupos yihadistas y varias tribus suníes afines. El consejo proclamó un estado islámico que debía englobar Irak, Siria y el Líbano. Poco después, el nombre de AQ cayó en desuso y este movimiento pasó a ser conocido como el Estado Islámico de Irak y el Levante, también conocido por su acrónimo en árabe: Daesh. El fortalecimiento de esta estructura yihadista en Irak se vio favorecido por dos circunstancias: las políticas sectarias de primer ministro Nouri al-Maliki, muy perjudiciales para la población sunita, y la guerra en Siria. Gracias a este fortalecimiento, en junio de 2013 el Daesh, aliado con un gran número de tribus suníes, fue capaz de lanzar una ofensiva que empujó el ejército iraquí hasta las puertas de Bagdad. Esta ofensiva fue el resultado de una expansión cuidadosamente planificada y de una escalada de acciones consistentes en ataques terroristas contra líderes tribales, fuerzas de seguridad e infraestructuras estatales. Estas campañas debilitaron paulatinamente el aparato de seguridad, así como la oposición sunita al Daesh, lo que abrió el camino a la ofensiva del verano de 2013.

Paralelamente, el Daesh participaba en la guerra contra el régimen sirio, lo que le ha permitido obtener fondos del grupo de países que se oponen al régimen de Bashar Al-Assad y ha propiciado la llegada de miles de combatientes voluntarios extranjeros.

La amplia cobertura mediática otorgada al Daesh y las victorias militares obtenidas inicialmente en Irak y Siria, lograron convertirlo en el grupo más atractivo para gran número de yihadistas de todo el mundo. Según algunas estimaciones, el número de combatientes del Daesh ha podido llegar a oscilar entre 20.000 y 75.000; al menos 16.000 de los cuales provenientes de países distintos a Siria o Irak. Además, por lo menos 3 organizaciones distintas colaboran de manera sistemática con el Daesh: Los Muyahidín del Pueblo de Irán, el Emirato del Cáucaso y los Talibán paquistaníes (TTP), todos ellos enfrentados a los regímenes de los estados en los que operan.

Si bien es cierto que el Daesh comenzó con Al Qaida como punto de referencia, rápidamente se distanció de este grupo. Las primeras diferencias entre ambos grupos surgieron a raíz de las discrepancias entre al-Zarqawi (AQ en Irak, germen del futuro Daesh) y al-Zawahiri (AQ) sobre el trato que debía darse a los chiítas. Los ataques indiscriminados del primero contra los chiítas iraquíes (2003-2006) provocaron fuertes críticas por parte del líder de AQ, que preguntaba: "¿Pensáis matar a todos los chitas de Irak? ¿Ha intentado algo así algún estado islámico a lo largo de la historia?" y recordaba que el enemigo a combatir es Occidente (Wilgenburg, 2015). A este primer desencuentro siguieron diferencias de tipo estratégico, que fueron agrandando la brecha entre ambos grupos y alcanzaron su zenit a raíz del conflicto con el Frente al-Nusra. El líder de AQ optó por respaldar a este grupo en Siria y pidió al Daesh que disolviera allí su rama y se uniera a él. El Daesh, evidentemente, se negó. Finalmente, al-Nusra fue reconocido por AQ como su rama siria, por lo que la hostilidad entre ambos grupos e intensificó hasta llegar al enfrentamiento armado.

 

La aparición del daesh en Afganistán y Paquistán

El programa político-religioso del Daesh implica una tendencia ineludible a la expansión geográfica. El embrión de estado creado en Irak y Siria no es sino el primer paso de una realidad política que, en un primer paso, debería englobar a todo el mundo musulmán, la umma. De acuerdo con esta vocación, el Daesh se ha expandido hacia el oeste, haciéndose presente de una u otra forma en norte de África. En sentido contrario, hacia oriente, la expansión se hace más difícil debido a la presencia de Irán, estado chiíta que actúa como barrera a la expansión del salafismo suní. Pero más allá de esta barrera, el sunismo vuelve a reaparecer en Afganistán y Paquistán, donde la situación de inestabilidad y conflicto parecen constituir el caldo de cultivo perfecto para la aparición del grupo salafista.

Sea cual sea el análisis teórico al respecto, el hecho es que hasta la segunda mitad de 2014 no hay indicios de la presencia del Daesh en tierras afganas o paquistaníes. Es en octubre de este año cuando tres comandantes talibán afganos y cinco del TTP (Sus homólogos paquistaníes) juraron fidelidad al Daesh, dando pie a su aparición en este nuevo escenario. A partir de este momento, empezaron a aparecer en los medios de comunicación rumores sobre la presencia de elementos de este grupo en la región, lo que generó cierta inquietud por las implicaciones que podría tener en la evolución del conflicto afgano y en la estabilidad de Paquistán y de toda la región en su conjunto. Durante ese mismo año, el Estado Islámico protagonizó algunas apariciones en los medios afganos, informando de que "algunos talibán, incluyendo algunos de sus comandantes más jóvenes, estaban entusiasmados con el Daesh..." (Reuters, 2014). En septiembre, la BBC contactó en la provincia de Baghlan con el comandante Mirwais, de Hezb-e Islami, que manifestó estar considerando la posibilidad de unirse al Daesh (Simpson, 2014). También aparecieron en esas fechas panfletos y pintadas animando a los afganos a unirse al Daesh.

A principios de julio de 2014, una semana después de la proclamación de Abu Bakr al Baghdadi como califa del mundo islámico, dos clérigos salafistas afganos residentes en Paquistán, pero con cierta influencia dentro de Afganistán, Qahir Khorasani y Abdul Rahim Muslimdost, anunciaron su lealtad al Daesh. Ambos parecen ser los responsables del envío a Irak de un grupo de 50 combatientes afganos procedentes de los campos de refugiados de Peshawar (Osman, 2014). Poco después, a finales de julio de 2014, aparecieron en una mezquita, conocida por ser el centro de los salafistas de Kabul, panfletos que contenían instrucciones para fabricar bombas y ensalzaban la yihad y al Daesh. Se trataba probablemente de la primera propaganda del Daesh dentro de Afganistán, aunque no tuvo cobertura mediática ni oficial. El 14 de septiembre, se distribuyeron panfletos en dari y pashto en Peshawar, pidiendo el apoyo para el Daesh. Estos mismos panfletos se distribuyeron posteriormente en Jalalabad y Kabul. Se trataba de panfletos de baja calidad que, posiblemente, respondían a la iniciativa particular de algún simpatizante del movimiento, no a una acción de propaganda orquestada desde la cúpula de la organización. A estas informaciones deben añadirse otras del mismo cariz, como la aparición de "pintadas" pro-Daesh en Kabul o la emisión en Youtube de un vídeo en el que “ciber-yihadistas” árabes mostraban a un hombre enmascarado que se presentaba como Abu Bakr al-Balji (apellido que implica un origen afgano), que afirmaba ser el jefe de 5.000 combatientes talibán y anunciaba que dejaba a este grupo para afiliarse al Daesh. Aunque el acento parecía corroborar su origen afgano, no proporcionó ninguna prueba sobre sus afirmaciones, que han sido desmentidas desde varias instancias.

Los primeros análisis parecían indicar que el grupo salafista contaría con cierto apoyo entre un número limitado de jóvenes radicales, aunque este apoyo fuera visible sólo en las redes sociales, sin materializarse en una disposición real a empuñar las armas. Los seguidores más radicales parecían estar más dispuestos a combatir en Siria o Irak que en el propio Jorasán, pese a que algunos medios de comunicación comenzaren a difundir informaciones alarmistas en sentido contrario.[3]

En enero de 2015 se difundió en las redes un vídeo que hacía pública una reunión de doce hombres (nueve comandantes del TTP y tres supuestos militantes afganos) prometiendo lealtad al Daesh bajo el liderazgo de Hafez Saeed Khan, ex comandante del TTP en el distrito tribal de Orakzai (Paquistán). De dos de los tres supuestos afganos presentes en la reunión, se han podido confirmar sus orígenes afganos. Otros tres comandantes afganos, que no estaban presentes en la reunión, también fueron mencionados por su nombre por haber comprometido su lealtad.

Fuente: Lewis, Jessica; McFate, Rob Denaburg; Caitlin Forrest, (2015) “Afghanistan threat assessment: the Taliban and ISIS”, ISW (Institute for the Study of War)

Uno de los afganos que aparecen en el video fue presentado como Saad Emarati, comandante del auto-proclamado y desconocido frente Saad bin Abi Waqas; se trata de un ex comandante talibán que fue expulsado del movimiento en 2013. Emarati operaba en la provincia de Logar, hasta que se demostró que de forma reiterada realizó extorsiones y secuestros al margen de la organización, incluyendo, según los informes, la obtención de dos millones de dólares de una empresa privada como rescate por un alto miembro secuestrado en 2011. Emarati tenía conexiones con los talibán paquistaníes y había utilizado esos contactos durante los secuestros. Fue detenido por los propios talibán, desarmado y se le prohibió actuar en Afganistán, por lo que pasó a actuar en las áreas tribales con el TTP (BBC Asia, 2016). Otro de los protagonistas del vídeo se presentó como representante del grupo salafista Abtal ul-Islam, liderado por el jeque afgano Abdul Qahir Jorasani. El tercer hombre cuya identidad se pudo confirmar era Abdul Rahim Muslimdost, otro jeque afgano Salafista, que ya había prometido lealtad a Jorasani. Tanto Jorasani como Muslimdost operaban en Paquistán. Otros dos afganos, de los que también se decía que habían enviado su consentimiento por escrito, fueron nombrados como Harun y Abu Abdullah de Kunar y Nangrahar respectivamente. No hay datos sobre ellos (The Long War Journal, 2015).

El lanzamiento de este vídeo fue un nuevo intento del TTP por establecer un vínculo con el Daesh. En un comunicado anterior, el ex-portavoz del TTP, Shahidullah Shahid, erigido en portavoz de los desertores, había pedido desesperadamente una respuesta positiva a sus reiteradas ofertas de adhesión. Desde las perspectiva de los ex-miembros de TTP, unirse al Daesh parecía una opción razonable: una vez abandonado su grupo, aliarse con otro, al que todo el mundo tomaba en serio y que parecía estar en pleno apogeo, parecía mejor que quedarse de brazos cruzados viendo como el TTP iba degradándose poco a poco. Es por ello que no debe extrañarnos que de los nueve cabecillas del TTP que aparecieron en el vídeo, sólo uno compartiera los postulados salafistas del Daesh. Los motivos que llevaron al Daesh a no responder a esta petición, renunciando a un refuerzo significativo, no resultan claros. Quizá sea una muestra de su desinterés hacia esta parte del mundo musulmán; de su desconfianza acerca de las motivaciones de los talibán "arrepentidos"; o de la falta de comunicaciones efectivas entre ambas zonas.

 

El califato y el vilayato de Jorasán

La segunda mitad de 2014 fue testigo de un lento goteo de insurgentes hacia las filas salafistas, mientras la organización trataba de crear bases en diferentes provincias del país (McFate, 2015). En Farah, en el SE del país, dos líderes locales establecieron a finales de enero un campo de entrenamiento en Khak-e Safid y comenzaron a reclutar adeptos, llegando a reunir a más de 600 reclutas, la mayoría de ellos antiguos talibán.[4]En Kunduz se creó un pequeño grupo posiblemente inspirado y dirigido por el kunduzí asentado en Siria Zia Abdul Haq (también conocido como Abu Yusef), un tayiko de 33 años de edad que fue uno de los primeros afganos en adherirse al Daesh. Haq dejó su hogar en Australia, donde había obtenido la residencia, para acabar muriendo en Siria el 23 de octubre de 2014. El pequeño grupo que inspiró en Kunduz se disolvió después de que sus miembros fueron detenidos por las fuerzas afganas. Lo que no está claro es si el grupo empezó de cero, como resultado de un proceso de radicalización a través de Internet, o se formó en base a combatientes de grupos insurgentes ya existentes (Osman, 2016).

Donde más éxito tuvo esta política de expansión fue en las provincias limítrofes con Paquistán, sobre todo Nangarhar y Kunar, donde se beneficiaron de la llegada de numerosos combatientes que huían de la creciente presión del ejército paquistaní.[5] Poco a poco fueron desplazando a los talibán, aunque inicialmente se presentaban como aliados de ellos; hasta que una vez desplazados sus rivales, mostraron sus cartas e implantaron el tipo de gobierno que le ha hecho tristemente célebres (Latifi, 2016).

Las actividades de reclutamiento del Daesh se desarrollaban por todo el país.[6] En noviembre, un informe publicado por Al Jazeera mostraba cómo el grupo reclutaba y adoctrinaba a niños afganos para que se convirtieran en combatientes suicidas. Los reporteros habían visitado dos bases terroristas en Kunar y hablado con los insurgentes, incluidos los niños soldados que estaban dispuestos a convertirse en terroristas suicidas. En ese mismo mes, se produjeron varias detenciones de estudiantes universitarios presuntamente vinculados con el Daesh, mientras el gobierno ruso denunciaba la existencia de campos de entrenamiento en el norte de Afganistán, que estarían encaminados a realizar ataques a los países vecinos.

Finalmente, el 26 de enero de 2015 el Daesh anunciaba oficialmente su aparición en el vilayato de Jorasán. Por primera vez el Daesh se extendía oficialmente fuera del mundo árabe (Osman,  2015). Y lo hacía en unos territorios que, aunque pertenecientes a la órbita sunita, han estado aislados de los centros sunitas de Oriente Medio desde que los emperadores de Irán abrazaron el credo chiíta. A este anuncio siguió la proclamación de Hafez Said Khan[7] (Paquistán) como Gobernador y Abdul Rauf Khadem (Afganistán) como vice-gobernador. Al mismo tiempo, Abu Muhammad al-Adani (portavoz del Daesh) invitó a los talibán a unirse al "Califato".

Khadem era un antiguo líder militar talibán que cobró relevancia después de haber sido liberado de Guantánamo en 2007, tras seis años de reclusión. Retornó de inmediato al campo de batalla y rápidamente se convirtió en la segunda autoridad militar en el liderazgo talibán. Sin embargo, en el plazo de tres años se había convertido en persona non grata entre sus antiguos compañeros, sobre todo porque durante su paso por Cuba había abrazado el salafismo. En Khadem, el Daesh había encontrado un comandante muy influyente entre los talibán; familiarizado con el territorio y el pueblo; descontento con el liderazgo talibán y que compartía con ellos el credo salafista, considerado poco ortodoxo por la mayoría de los suníes afganos, incluidos los talibán, leales a la escuela Hanafi (Ruiz Arévalo, 2014). Además, Khadem tenía vínculos con los yihadistas árabes y con las redes de financiación del Golfo Pérsico (Osman, 2015).

Khadem creó a principios de enero de 2015 una célula en su distrito natal de Kajaki, en la provincia de Helmand, reclutando unos pocos cientos de combatientes de la zona, así como de las áreas tribales de Paquistán. Muy pronto, comenzaron a producirse enfrentamientos entre el grupo de Khaden y los talibán, en su mayor parte contrarios a la presencia del Daesh. Situaciones similares ocurrieron en otras partes del país, especialmente en la provincia de Nangarhar.[8] Sin embargo, Khadem murió antes de haber consolidado su red. El 9 de febrero un dron acabó con su vida, en lo que parece haber sido el primer ataque de este tipo realizado por fuerzas extranjeras a petición del gobierno afgano tras la retirada de ISAF. Su muerte, indudablemente, ayudó a empeorar las relaciones entre el naciente Daesh y los talibán. De hecho, éstos fueron los principales beneficiarios de esta muerte, no debiendo extrañar que en el Daesh se sospechara de su implicación en esta acción. El hecho es que, hasta el momento, Khadem parece haber sido el único comandante establecido en Afganistán con capacidad de mantenerse en contacto con los líderes del Daesh en Siria e Irak (BBC, 2015).

A pesar de la vistosidad de la declaración y de los nombramientos de gobernador y vice-gobernador, la realidad es que no hay informaciones que permitan hablar de una mayor presencia del Daesh en Afganistán fuera de la zona de Nangarhar, más allá de la ya mencionada aparición en Farah (Afganistán) de un grupo ligado a esta organización. A principios de 2015 circularon rumores de que Mansur Dadullah (rival del líder talibán Mansur y hermano del temible jefe talibán Mullah Dadullah) había anunciado su lealtad a Daesh. Rumores que fueron desmentidos por él mismo, pero que suponen un indicio de cómo la amenaza de lealtad al Daesh podría estar utilizándose en las luchas intestinas en el seno de los talibán. Mansur, que heredó la red de su hermano después de su muerte en 2007, fue despedido por la dirección de los talibán afganos poco después de haber sucedido a su hermano por haber desafiado a la jerarquía "oficial". Sin embargo, mantuvo estrechas relaciones con líderes del TTP. Fue detenido por Paquistán en 2008 y liberado a principios del año 2014. Al parecer, se habría reconciliado con sus antiguos compañeros de armas, rehusando volver a combatir para el Daesh. Sin embargo, para añadir más confusión a esta historia, en una entrevista concedida a la BBC el 2 de febrero de 2015, manifestó haber reconstruido el frente Mulá Dadullah bajo la bandera del Daesh. Es difícil saber para quién combate este comandante, pero si lo hiciera para los salafistas, sería el comandante más poderoso de esta facción en el Jorasán (Osman, 2016).

El reducido número de células del Daesh confirmadas en Afganistán y Paquistán dan fe del carácter embrionario que la presencia de este grupo tiene en estos territorios. Sin embargo, casi a diario se reciben informaciones sobre la presencia del Daesh en diferentes provincias; aunque en la mayoría de los casos se trate de informaciones falsas, no cabe duda de que esta presencia está afectado de alguna manera al conflicto afgano (McFate, 2015).

 

Daesh en Afganistán: ¿realidad o bulo?

A partir de estos datos, no parece razonable concluir, como hicieron algunos medios y analistas, que el Daesh estaba comenzando a operar con fuerza en Afganistán y Paquistán. De hecho, estos incidentes demuestran más bien la escasa base de las informaciones relativas a la presencia generalizada del Daesh en la zona y el ansia de algunos medios por magnificar cualquier indicio que pudiera sustentar dicha presencia.

Cabría preguntarse entonces a qué se debe la aparición de todas estas informaciones y el eco que obtuvieron entre gran parte de la opinión pública. Parte de estas informaciones erróneas derivan de la tendencia a considerar miembros del Daesh a todos los combatientes extranjeros que cruzan a Afganistán desde Paquistán. Funcionarios de Zabul, Ghazni, Paktika, Logar y Sar-e Pul han informado en diferentes ocasiones de la presencia del Daesh en sus provincias, teniendo como único dato para ello la presencia de combatientes extranjeros. La realidad es que, en muchos casos, estos combatientes están vinculados a los talibán o Al Qaida, no al Daesh. Estos movimientos vendrían originados por las acciones del ejército paquistaní en Waziristán, que estarían forzando a cruzar la frontera a militantes extranjeros refugiados allí, en algunos casos desde 2001. Se trata fundamentalmente de árabes y centroasiáticos que estarían reasentándose con sus familias en Afganistán, normalmente con apoyo talibán. Es precisamente este apoyo el que hace dudar de cualquier vinculación con el Daesh. Habría que ver en este movimiento más una huida que un intento de crear células de cualquier tipo en Afganistán. Además, en el Daesh no es habitual que los combatientes se desplacen con sus familias, un hábito más propio de los combatientes de Al Qaida o los talibán mal visto en el seno del grupo salafista.

El hecho es que, a pesar de su escasa de presencia en Afganistán, el aumento espectacular del Daesh en Siria e Irak y el enorme impacto de sus acciones terroristas fuera de esta zona, han generado una enorme expectación hacia todo lo relacionado con este grupo, magnificando cualquier indicio relativo a sus actividades en zonas como Afganistán. El Daesh es un asunto de actualidad, que genera mucha preocupación, así que las noticias relacionadas “venden” en los medios de comunicación. Además, se trata de una marca reconocida, por lo que su utilización por grupos ajenos puede aportarles cierta relevancia. En términos más amplios, la mención a la presencia del Daesh puede emplearse como excusa para convencer a las potencias occidentales de la necesidad de mantener el apoyo a Afganistán, o a las autoridades afganas de prestar más atención a determinadas zonas del país. Es necesario reconocer al mismo tiempo que hay un número limitado de afganos, en su mayoría jóvenes salafistas, que aunque no tengan conexión con las redes del Daesh, se sienten identificados con él y sueñan con que el Estado Islámico fundado en Irak y Siria llegue a Afganistán. Su retórica está llena de orgullo y muestras de apoyo, pero esta pasión todavía no ha dado lugar a la aparición de una franquicia afgana.

En cuanto a la narrativa oficial afgana, podemos diferenciar diferentes posturas; las autoridades provinciales tienden a informar de la presencia del Daesh en su territorio, aunque no esté confirmada, tratando de forzar con ello una mayor inversión en su zona (Osman, 2015). El discurso del presidente Ghani en la Conferencia de Seguridad de Múnich parece ir en la misma línea. Según sus palabras, la ofensiva paquistaní en Waziristán estaría forzando un desplazamiento de combatientes del Daesh hacia su país, haciendo muy necesario hacer un esfuerzo coordinado para asegurar que el conflicto afgano quede aislado de lo que está ocurriendo en Siria e Irak. Para otros miembros del gobierno afgano, estaríamos asistiendo a una entrada de falsos combatientes del Daesh, alentada por Paquistán. En esta línea se han manifestado personalidades como Enayatullah Nazari, ministro defensa, que sostuvo esta tesis ante el senado (19 de enero de 2015) o el jefe de policía de Kandahar, General Abdul Razeq, que acusa directamente de este juego a los servicios de inteligencia paquistaníes. El propio Karzai ha alentado esta teoría, que estaría relacionada con el interés paquistaní por mantener grupos armados leales en Afganistán, e incluso más al norte (McFate, 2015).

Estas teorías, en apariencia conspiratorias, podrían no ser tan descabelladas como a primera vista pudiera pensarse. De hecho, son consistentes con la política tradicional de Paquistán y permitirían explicar la facilidad con que los militantes de Waziristán pudieron escapar hacia Afganistán, sin que las fuerzas paquistaníes parecieran empeñarse en evitarlo. Los vínculos entre los talibán pro paquistaníes y grupos islámicos uzbecos abundan en la misma línea argumental.[9]

No son sólo los funcionarios afganos los que han difundido el temor al Daesh en Afganistán basándose en la presencia de combatientes extranjeros. Altos funcionarios rusos también han advertido del flujo de salafistas hacia el norte de Afganistán, que estaría amenazando a las repúblicas de Asia Central e, indirectamente, a la propia Rusia. El representante especial del presidente Vladimir Putin para Afganistán, Zamir Kabulov, ha alertado de que miles de combatientes, en su mayoría de origen centroasiático, habrían tomado posiciones y establecido campos de entrenamiento cerca de las fronteras de Tayikistán y Turkmenistán. De acuerdo con Kabulov, estos militantes pertenecen al Estado Islámico. Además, sostiene que el Daesh ha desplegado en Afganistán alrededor de un centenar de combatientes procedentes de Irak y Siria para reforzar a los combatientes locales (AFP, 2016). Los comentarios de Kabulov se produjeron justo después de unas declaraciones de Putin que alertaban de que la presencia del Daesh en Afganistán suponía un intento del Daesh de extender sus actividades en Asia Central (Osman, 2015).

A pesar de estas declaraciones, no hay constancia del desplazamiento de combatientes del Daesh desde Siria e Irak hacia Afganistán. La preocupación de Kabulov probablemente se deba a los mismos informes que los funcionarios afganos han recibido sobre el movimiento de combatientes extranjeros hacia el norte de Afganistán. Los campamentos próximos a la frontera con Turkmenistán y Tayikistán a los que hace mención Kabulov podrían muy bien ser campamentos talibán normales, que podrían alojar también a algunos de los viejos aliados centroasiáticos del movimiento. De hecho, hay indicios de que el Movimiento Islámico de Uzbekistán está operando en estrecha cooperación con los talibán locales en algunas provincias del norte.

Pese a lo exagerado de las informaciones sobre la presencia del Daesh en Afganistán, es evidente que algo hay de cierto en todo ello, aunque no parece que podamos hablar de una presencia amplia y consolidada. De hecho, tanto fuentes oficiales afganas, como de la coalición internacional, han comenzado a descartar la presencia del Daesh más allá de las provincias de Nangarhar y Kunar, única zona en la que el grupo parece ser una amenaza real (Gul, 2016).[10] Pese a ello, ante la posibilidad de que Nangarhar pueda convertirse en la plataforma desde la que el Daesh se extienda por otras zonas del país, el gobierno afgano ha decidido finalmente cortar de raíz esta amenaza: En mayo de 2016, el Consejo de Seguridad Nacional, presidido por el presidente Ghani aprobó la estrategia para conseguirlo y el ejército afgano ha comenzado a actuar en consecuencia (Ariana, 2016).[11]

De momento, parece que la declaración del vilayato de Jorasán ha resultado un poco precipitada, habida cuenta de que Afganistán y Paquistán están muy lejos de corazón del grupo, que además puede haber calculado mal su predicamento en estas tierras. Quienes han proclamado aquí su lealtad al Daesh tienen muy poco en común con sus colegas de Siria e Irak y la decisión de extender la franquicia a este territorio no parece obedecer a ningún diseño estratégico, ni ser una consecuencia natural de la evolución de los acontecimientos. Tampoco obedece al deseo de liberarse de regímenes despóticos y sectarios que alentó el nacimiento del Daesh en Oriente Medio. Por el contrario, la decisión de anunciar su expansión a Jorasán parece haber surgido de las persistentes solicitudes de ex-miembros del TTP que, tras desertar de este grupo, verían en esta nueva marca una opción de encabezar la yihad. Además, con la inclusión de Jorasán en su lista de provincias, el Daesh ha llevado la lucha a la cuna de su principal rival, al-Qaida.

En Afganistán, la motivación de Khadem, creador de la primera célula del Daesh, fue pragmática, no basada en la convergencia de objetivos y métodos. Empeñado en una lucha de poder con el liderazgo talibán, Khadem encontró una alternativa honrosa tras cerca de cuatro años de marginación. A pesar de que existía un vínculo salafista (la heterodoxia de Khadem fue una razón clave para su marginación y destitución definitiva) su salafismo era meramente teológico, mientras la versión del salafismo del Daesh incorpora el takfir (considera a sus oponentes, incluso aquellos que son musulmanes, como kafir, no creyentes) y el yihadismo global, sin fronteras. Fue más la marginación que la afinidad ideológica lo que llevó a Khadem a abrazar el salafismo ofensivo del Daesh, abandonando posiciones más piadosas y menos brutales (Osman, 2016). Adicionalmente, los enfrentamientos de Khadem con la cúpula talibán tuvieron también un marcado componente tribal. Khadem se había opuesto a que una sola tribu, la Ishaqzai, monopolizara el poder entre los Talibán. La tribu Ishaqzai es una de las más importantes entre los pastunes durranis que dominan el sur de Afganistán. Khadem, por su parte, pertenecía a la tribu Alizai, también durrani. Los desacuerdos entre Khadem y la jerarquía talibán se remontan a 2010, pero la gota que al parecer colmó la paciencia de Khadem fue el ascenso de un Ishaqzai, Akhtar Muhammad Mansur, a la posición de segundo del Mulá Omar, coincidiendo con los intentos de marginar a Abdul Qayum Zakir, de la tribu de Khadem y jefe militar de la comisión militar. La historia de Afganistán es rica en ejemplos de largos conflictos originados por enfrentamientos tribales de este tipo, lo que hace perfectamente plausible esta información.

Estos datos permiten pensar en que los casos de afiliación al Daesh en Afganistán pueden obedecer más a criterios de oportunidad que a un verdadero alineamiento con los postulados de este grupo,[12] lo que permite comprender las evidentes diferencias entre el Daesh y su franquicia afgana, que ha dejado en todo momento claro que se trata de un grupo no sectario (que llega a aceptar a los hazaras, pese a su credo chiíta, en contraste con la intolerancia mostrada hacia este grupo por el Daesh en Siria e Irak), que respeta las fronteras nacionales (frente al califato universal pregonado por el Daesh) y no trata de imponer ninguna versión del Islam que violente las creencias de los afganos, incluido el wahabismo.

 

El Daesh y los talibán

La relación entre el Daesh y los talibán es un asunto vidrioso sobre el que la información disponible es escasa y muy contradictoria: mientras para algunas fuentes no hay relación entre ambos grupos, otras ponen de manifiesto los vínculos entre ambos, materializados sobre todo por los casos de líderes talibán que han jurado lealtad al movimiento salafista. Sean o no reales los lazos entre ambos grupos, desde Occidente se tiende a verlos como manifestación de una misma realidad, obviando cualquier matiz y asumiendo que lo normal es que dos grupos que, a sus ojos, persiguen los mismos fines y comparten el mismo ideario, respondan a algún tipo de alianza. La realidad, como podremos ver, no es tan sencilla.

Más allá de estas discusiones, queda la cuestión de la probabilidad de que el Daesh llegue alguna vez a ser una fuerza militar relevante en Afganistán. Hay que empezar por decir que Afganistán no es un terreno natural para ellos. Los talibán han establecido aquí un monopolio sobre la insurgencia al que no quieren renunciar a favor de grupos extranjeros o locales afiliados a redes internacionales. Para los talibán afganos trabajar con grupos yihadistas extranjeros, tales como al-Qaida o el Movimiento Islámico de Uzbekistán (IMU), no ha supuesto un problema en la medida en que éstos han aceptado su liderazgo, algo que difícilmente hará el "Califa" de los salafistas.[13] Este es el principal obstáculo para la aparición de nuevos grupos yihadistas pro-Daesh en Afganistán. Hay además otras razones que dificultan la colaboración entre los dos grupos: Una alianza con el Daesh podría llevar a los talibán a perder su monopolio en el campo de batalla, a sufrir deserciones y a ver seriamente amenazado su compromiso con su visión puramente local de la yihad.

Resulta significativo que ante la ya comentada aparición del Daesh en la provincia de Farah el líder supremo de los talibán en la provincia pidiera a los mulás que predicaran en las mezquitas contra la presencia del Daesh en Afganistán. La labor de los religiosos hizo que más de la mitad de los combatientes reclutados abandonaran las filas del grupo. Posteriormente, los talibán sitiaron su campamento, iniciándose una guerra abierta entre ambos grupos en la que intervendría posteriormente, en contra del Daesh, el ejército afgano. Como consecuencia de estas acciones, para finales de mayo el Daesh había sido expulsado de Farah (Kaplan, 2016b). Ambos grupos se declararon la guerra mutuamente en abril y los enfrentamientos continuaron en otros frentes. Abu Bakr al-Baghdadi, líder del Daesh, definió al mulá Omar como un "comandante de campo analfabeto" que "no merece confianza"; al mismo tiempo, los líderes talibán instaron a sus seguidores a "resistir y no dejar al Daesh elevar su bandera sobre Afganistán".

Finalmente, los talibán han declarado formalmente su voluntad de luchar contra el Daesh "en cooperación con el pueblo de Afganistán", para evitar que el "grupo terrorista" pueda conseguir hacerse fuerte en Afganistán (Tasnim, 2016b). Gracias a ello, a excepción de las provincias de Nangarhar y Kunar, el Daesh ha desaparecido de las zonas controladas por los talibán. En Nangarhar, los enfrentamientos entre el Daesh y los talibán comenzaron en el verano de 2015, cuando los salafistas procedentes de Paquistán comenzaron a desplazar a los talibán, para hacerse con una base en territorio afgano. Hasta finales de ese año, los combates se generalizaron sin que el ejército afgano interviniera (TOLONews, 2015). Sólo a partir de 2016 a la presión de los talibán hubo que añadir las ofensivas protagonizadas por el ejército afgano, con apoyo de EE.UU. A primeros de agosto de 2016, uno de estos ataques provocó la muerte de unos 300 combatientes del Daesh (Ahmad, 2016). Pese a ello, en junio de 2016 el Daesh seguía demostrando cierta capacidad ofensiva en su reducto de Nangarhar, donde era capaz de atacar puestos de policía aislados. Según fuentes militares de EEUU, las fuerzas del Daesh en la zona rondarían los 1.000 - 3.000 combatientes (Farmer, 2016).[14]

Ideológicamente, los dos grupos no tienen un ajuste fácil. El conflicto más visible deriva de que tanto el mulá Omar, como Al-Baghdadi se han atribuido el título de emir de los creyentes, título que el líder talibán asumió en 1996, mucho antes de que al-Baghdadi se declarara califa. La expansión del Daesh en Afganistán generaría, sin duda, enfrentamientos entre ambos por este título. En esta polémica interfiere también la presencia de Al-Qaida, rival del Daesh, que prestó juramento de lealtad al mulá Omar, al que consideraba emir en Afganistán y Paquistán. Por otra parte, Pero las diferencias van más allá de un problema de liderazgo. De hecho, sus estrategias son muy diferentes (Shirzada, 2015):

  • Los talibán son un movimiento nacionalista, cuya ambición se reduce a gobernar Afganistán (o, a lo sumo, extenderlo a las zonas pastunes de Paquistán); los afganos defienden su propia independencia, negándose a ser parte de otro país o imperio. Por el contrario, el Daesh considera Afganistán como parte de un "califato" universal.[15] Al-Baghdadi aspira a dirigir toda la "comunidad" mundial de los musulmanes, la umma, algo que ni el mulá Omar, ni sus sucesores, han reivindicado nunca. De hecho, el reconocimiento que los talibán hacen de las fronteras nacionales choca con la visión del califato universal que sostienen los salafistas.
  • Mientras que los talibán no aceptan, al menos abiertamente, tener ningún tipo de extranjeros en sus filas, el Daesh se nutre principalmente de combatientes extranjeros, admitiendo radicales de cualquier procedencia, lo que crea desconfianza entre los afganos. En los casos en que se han unido al Daesh, los afganos han seguido siendo dirigidos por antiguos comandantes afganos, manteniendo su identidad nacional.
  • Para lograr su objetivo, los talibán están abiertos a negociar con las potencias regionales, algo que rechaza de plano el Daesh.
  • La visión más "nacionalista" de los talibán ha evitado, o al menos atemperado, los enfrentamientos entre sunitas y chiítas a los que estamos acostumbrados en Siria e Irak, donde el Daesh considera apóstatas a los chiítas y los hace objeto de ataques indiscriminados.[16]Los talibán se han manifestado contrarios a la política sectaria del Daesh en este campo y han urgido formalmente al Daesh a ser más tolerante y trabajar por la unidad de los musulmanes en la yihad.
  • Todo esto, sumado a la brutalidad y falta de respeto a la población de los salafistas, repele a la mayor parte de los afganos, incluidos los talibán, que se consideran más justos y humanos, a pesar de sus excesos, y se ven a sí mismos como un bastión contra Daesh. En consecuencia, no es de extrañar que no hayan tenido demasiado éxito a la hora de captar adeptos entre los seguidores de los talibán, grupo con el que no pueden competir a la hora de ganarse las simpatías de los afganos más radicales.

Al decidir operar en el teatro militar de Afganistán y Paquistán, ya bastante saturado, el Daesh puede haber asumido riesgos imprevistos. Alzar en armas una milicia internacionalista en el marco de un conflicto puramente nacional no parece tarea fácil, quizá por ello no parece que entre los afganos exista un ansia especial por abrazar la yihad transnacional. Además, es difícil encontrar el necesario apoyo entre una población ya agotada tras décadas de guerra. Para hacer las cosas más complicadas, al haber iniciado sus operaciones en el sur, los salafistas han entrado en conflicto con los talibán, que tienen allí el monopolio absoluto de las operaciones contra el Estado. Algunas de las provincias orientales, tales como Kunar o Nuristán, habrían sido probablemente un terreno más fértil para el crecimiento de una nueva milicia, ya que la insurgencia es allí más caótica, lo que facilitaría la actuación de grupos foráneos.

El tráfico de drogas complica aún más los esfuerzos por ganar terreno en el sur, en especial en Helmand, el mayor centro de producción de drogas de Afganistán. Aquí, casi todas las facciones, incluidos los talibán, están involucradas en este lucrativo negocio, que ha creado redes de intereses muy potentes; estas redes pudieron verse amenazadas por la aparición de un grupo que podría poner en peligro este negocio, ya sea por intentar prohibirlo o, más probablemente, por buscar su participación en el mismo. Hay que recordar cómo los talibán han demostrado en el pasado estar dispuestos a luchar con uñas y dientes por el control de las rutas de tráfico y los centros de producción.[17]

 

La amenaza del Daesh en Afganistán

Valorar la amenaza que el Daesh supone para el futuro de Afganistán obliga a plantearse algunos interrogantes, el primero de los cuales hace referencia a sus posibilidades de captación: ¿A quién podría reclutar el Daesh en Afganistán?

Los dos casos de reclutamiento mejor conocidos, en Helmand y Farah, apuntan a dos conclusiones principales. La primera es que, hasta ahora, quienes han engrosado las filas del Daesh han sido ex miembros descontentos de los Talibán que disfrutaron y luego perdieron protagonismo y que con esta afiliación pretenderían recuperar su prestigio perdido. A partir de aquí, compartir el credo Salafista parece facilitar tanto la atracción hacia el Daesh, como el reconocimiento por parte del grupo, pero puede no ser el factor determinante. La segunda conclusión es que, hasta ahora, lo normal es que se trate de grupos ya existentes que, simplemente, se rebautizan adoptando la marca del Daesh. No sólo en Afganistán, también en Paquistán, donde las filas del TTP han sido el caladero habitual de los salafistas. En ningún caso hemos visto surgir nuevos grupos, impulsados por convicciones ideológicas; ni se han unido a sus filas individuos radicalizados sin experiencia militar previa.

Es difícil imaginar a los afganos comunes, por muy radicales que sean, entusiasmados con el Daesh. Sin embargo, el malestar de las tribus hacia los talibán en las zonas que no están bajo el control del gobierno podría ayudar a los reclutadores a lograr acuerdos con estas comunidades. En Afganistán las cosas funcionan así: los líderes tribales siempre tratarán de arrimarse a quien pueda proporcionales seguridad frente a otros grupos o tribus, garantizando su cohesión sin coartar demasiado su libertad, sea el gobierno, los talibán, o el Daesh. Recordemos cómo los conflictos tribales estuvieron en el origen del acercamiento de Khadem al Daesh y explican el predicamento que tuvo entre los suyos. Muerto Khadem, es difícil valorar el peso que el conflicto tribal tiene en las dinámicas Daesh-Talibán, pero conviene no perder de vista el peso que tuvo en los orígenes de la implantación salafista en suelo afgano. Si los Alizai encontraron en Khadem un resucitador de su prestigio yihadista, este hecho podría haber establecido un precedente peligroso para otras tribus desencantadas con los talibán. Si más militantes prestigiosos empezaran a explotar las quejas tribales a favor del Daesh, las consecuencias podrían ser preocupantes. Este giro parece más probable en zonas en las que, por haber estado tradicionalmente fuera del control del gobierno, resulta difícil abandonar la lucha armada. Ante el descontento con los talibán no cabe volver la vista al gobierno, sólo cabe buscar otro liderazgo.

Donde el éxito del Daesh parece ser mayor es entre los ciber-yihadistas. No hay más que rastrear Facebook para constatar el fervor que los salafistas despiertan en las redes afganas y la popularidad que cosechan los cibernautas afganos que luchan en Siria e Irak. En el mundo real, el impacto ha sido mucho menor.

La segunda pregunta que debemos plantearnos es la de la naturaleza que tendría un Daesh afgano. Aunque parezca improbable, no podemos descartar el surgimiento de una franquicia afgana del Daesh, que acabara arraigando en el país y cobrando personalidad propia, en competencia con otros grupos insurgentes. Antes semejante eventualidad, cabe preguntarse cómo sería este Daesh afgano, si será idéntico a su matriz o adoptaría una forma más acorde con el entorno afgano.

Si hiciéramos un esfuerzo podríamos imaginarnos al Daesh liderando una importante fuerza militar en Afganistán, pero parece poco probable que esta fuerza actuara de forma muy distinta a como lo han hecho hasta ahora los talibán. Podríamos imaginarnos que tratarían de implantar una versión de la Sharia algo más estricta a la impulsada en su día por el mulá Omar; así al menos parece deducirse de la entrevistas concedidas por el lugarteniente de Khadem, Haji Mirwais y de lo que sabemos del propio Khadem. Pero los grupos que han operado bajo bandera del Daesh en Helmand y Farah no han realizado, hasta ahora, acciones tan brutales o sectarias como las que nos tiene habituados a protagonizar el Daesh. Los nuevos miembros afganos del Daesh podrían haber optado por un debut dramático, para dar fe de su rigidez y amedrentar a la población, como han hecho en otros lugares.[18] Sin ir más lejos, así actuaron los ex-talibán paquistaníes: el vídeo en el que declaran su fidelidad al nuevo califa termina con la decapitación por espada de un soldado paquistaní. Sus colegas afganos se han mostrado más tibios. Incluso rechazaron ondear la bandera negra de los salafistas con el fin, según Haji Mirwais, de "no crear controversias innecesarias". La realidad es que la actuación del Daesh afgano podría estar más condicionada por sus fuentes de financiación, que por sus supuestos referentes ideológicos. Esta dependencia de sus donantes, entre los que se cuentan algunos estados árabes, podrían explicar la "moderación" de los salafistas afganos, en comparación con la de sus homólogos de Oriente Medio.

Pero tampoco conviene ser excesivamente optimista. Pese a lo difícil que resulta para el Daesh arraigar en Afganistán a día de hoy, no podemos descartar que si el conflicto se alarga, pudieran producirse escisiones en el seno de los talibán que acabaran convirtiéndose en plataformas para la expansión del Daesh, como ha ocurrido en Paquistán (McFate, 2015). Lo mismo podría ocurrir si se alcanza finalmente un acuerdo de paz que dejara a grupos descontentos huérfanos de liderazgo, lo que podría dar lugar a una insurgencia residual, fragmentada y más fácil de captar por los salafistas. Mientras el Daesh mantenga izado el estandarte de la yihad global, existirá el riesgo de que grupos de combatientes talibán descontentos, por el motivo que sea, con el liderazgo del grupo, decidan abrazar la bandera salafista, aunque su vinculación ideológica y táctica con el Daesh sea meramente testimonial.[19]

 

Análisis

Siendo un grupo islamista radical suní, como los talibán, el Daesh se diferencia por su ideología salafista y su objetivo de controlar el mundo y someterlo a su particular interpretación del Corán y la Sharia. Otra característica peculiar es que para lograrlo no se marca limites: utiliza todo tipo de tácticas, medios, personas,... la única condición es que sean útiles para sus objetivos; ni los derechos individuales, ni los colectivos, ni el respeto a los demás significan nada para ellos. De acuerdo con ello, a las personas se les puede utilizar en la forma que se considere oportuna para alcanzar sus objetivos: como bombas humanas, como objetos sexuales, como escudos humanos. La crueldad extrema es una técnica más al servicio de sus objetivos.

Se trata de un grupo internacional, formado por personas de muchas nacionalidades, su idea principal es atraer a la mayor cantidad de personas y grupos extremistas por convicción o por miedo. En el caso de Afganistán, al igual que en otros países, aunque no renuncia a "importar" combatientes, su objetivo es reclutar la mayor cantidad posible de militantes del país; preferentemente grupos ya organizados que acepten combatir a las órdenes del Cuartel General del Daesh en Raqqa.

En el caso de Afganistán y Paquistán, la estrategia del Daesh se ha encaminado principalmente a reclutar a grupos talibán de ambos países y sacar provecho de la ventaja que supone actuar a uno u otro lado de la frontera, dependiendo de la presión en cada país. Nangarhar, debido al control que le proporciona sobre la carretera Kabul-Islamabad, se ha convertido en el baluarte principal del Daesh en la zona. El área de Helmand y Farah, por su parte, ha sido otro punto de interés, basado  probablemente en la idea de controlar el tráfico de drogas y unir a sus filas a los talibán, fuertemente establecidos en la zona. Las provincias del norte podrían constituir la base para lanzar ataques a Tayikistán, Uzbekistán y Turkmenistán, pero sólo si consiguen una fortaleza mayor a la lograda hasta el momento.

El tiempo transcurrido desde la aparición del Daesh en la zona permite concluir que los líderes talibán han resistido con éxito la amenaza que suponía para ellos esta irrupción: ni se ha producido una sangría de combatientes hacia las filas salafistas; ni el Daesh ha sido capaz de arrebatar a los talibán el protagonismo que siguen ostentando en la lucha contra el gobierno de Kabul y sus aliados. Si acaso, la aparición del Daesh habría provocado una escalada de la violencia talibán, encaminada a reafirmar la fortaleza y protagonismo del grupo y evitar así deserciones a grupos que pudieran considerarse más combativos. Tampoco el gobierno de Kabul y sus fuerzas de seguridad han encontrado en el Daesh un enemigo más formidable que los ya habituales en la zona. En la medida en que han desencadenado enfrentamientos con otros grupos insurgentes, pueden incluso haber aliviado en algún momento la presión insurgente sobre las fuerzas gubernamentales.

El análisis de los datos disponibles permite concluir que, reconociendo que erradicar el Daesh de Afganistán y Paquistán no será una tarea fácil, el grupo tiene escasas oportunidades en esta región, encontrándose aquí con dificultades que no había encontrado en Irak y Siria. Los motivos de estas dificultades difieren en cada caso. Paquistán tiene un gobierno fuerte, apoyado por unas potentes fuerzas armadas, algo que no existía en Siria e Irak y que ofrece pocas oportunidades al Daesh. En Afganistán, en cambio, la situación es muy volátil y el gobierno muy débil, lo que en principio favorecería al Daesh. Pero otros factores concurrentes anulan esta presunta ventaja: el sentido de la independencia de los afganos, la oposición de los talibán, la creciente capacidad de las fuerzas de seguridad afganas y el apoyo de la Comunidad Internacional, que se fortalecerá con toda seguridad si la amenaza salafista llega a ser crítica, porque no puede permitir el control del país por el grupo terrorista. También contribuye el hastío de gran parte de la población afgana que, tras tres décadas de guerra, rechaza cualquier tipo de conflicto armado.

El futuro del Daesh en Afganistán y Paquistán no depende exclusivamente de sus éxitos en ambos países; depende básicamente de la evolución de su poder en todo el mundo, especialmente en Siria e Irak. En la medida en que sus finanzas y suministros provienen del "Califato", si falla esta fuente de recursos, la rama del Jorasán tendrá fuertes dificultades para sobrevivir y, con total seguridad, desaparecerá en un corto período de tiempo; mientras esta fuente permanezca viva, seguirá habiendo personas dispuestas a combatir bajo su bandera porque, entre otras cosas, paga muy bien. Y mientras haya combatientes dispuestos el Daesh, con mayor o menor fuerza, sobrevivirá.

 

Nota sobre el autor:

Javier Ruiz Arévalo es Coronel del Ejército de Tierra. Licenciado en Derecho. Ha participado en operaciones en Bosnia-Herzegovina, Irak y Afganistán, donde ha estado desplegado en dos ocasiones (2006 y 2013) en el Cuartel General de la Coalición Internacional. Actualmente es jefe del Centro de Apoyo Logístico a las Operaciones.

 

Referencias:

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[1] Nombre histórico de la región que comprende Afganistán, Paquistán y zonas limítrofes de Irán. Emplear esta denominación le permitía englobar estos territorios sin emplear los nombres de los estados que el Daesh no reconoce.

[2] Sobre el Daesh: Jordán, 2016. Para una visión paquistaní del problema: Hussain, 2007.

[3] Los medios de comunicación de todo el mundo, incluidos los españoles, se hacían eco en aquellos momentos de un supuesto surgimiento del Daesh en Afganistán y Paquistán y de una, más supuesta todavía, alianza con los talibán.

[4] A principios de 2015, había constancia de un grupo de unos 70 combatientes, parte de ellos extranjeros, operando en esta zona bajo la bandera del Daesh, sin que puede saberse si tenían algún vínculo operativo con esta organización (Marty, 2015).

[5] Cuando Paquistán se dio cuenta de la amenaza que podía suponer la irrupción del Daesh en su territorio y una posible alianza con el TTP, reaccionó lanzando la Operación "Khyber I" dirigida a eliminar a unos y otros, sobre todo en la provincia de Khyber. El gobierno paquistaní tenía información de que gran número de militantes del TTP se habían unido al Daesh en la mayor parte de las FATA (Agencias Federales de Administración Tribal). Las consecuencias de esta ofensiva alcanzaron a Afganistán: un número importante de insurgentes cruzó la frontera entre ambos países y buscó asentamiento en dicho país, especialmente en las provincias orientales. Algunas fuentes de información hablaban de que se habían avistado unos 400 insurgentes con sus familias en diferentes lugares del país. Eso provocó alguna confusión, porque no es normal que los miembros del Daesh se trasladen con sus familias. Lo más probable es que la presión del ejército paquistaní obligara a abandonar la zona también a antiguos combatientes de AQ y otros grupos, asentados allí desde mucho antes.

[6] En su estrategia de captación, el Daesh ha empleado varios métodos, como el pago de sueldos muy altos - alrededor de 1.000 $ mensuales -, aterrorizar a la población con actos de crueldad, el adoctrinamiento de niños en las escuelas, etc.

[7] En julio se anunció la muerte de Hafez Said y de su Adjunto Shahidullah Shahid, en un ataque con aviones no tripulados. Un mes más tarde, el jeque Jalaluddin se autoproclamó Gobernador de Jorasán. En enero, el presidente Obama había autorizado el uso de drones contra el Daesh (Schmidt y Schmidt, 2016).

[8] Nangarhar es, según todos los indicios disponibles, la zona de mayor presencia del Daesh en Afganistán, sobre todo en el sur de la provincia, donde parecen controlar varios distritos. Para entender las razones de esta presencia, hay que remontarse a 2014, cuando la presión del ejército paquistaní forzó a los combatientes del TTP asociados al Daesh a cruzar la frontera. Allí se enfrentaron con los talibán afganos, logrando controlar varios pueblos e implantar en ellos su brutal versión de la Sharia. En diciembre de 2015, el ejército afgano, con apoyo de las fuerzas de la coalición, inició una ofensiva en la zona. En esta zona, el Daesh ataca regularmente Jalalabad, la capital provincial. Se les atribuye un ataque realizado el 11 de diciembre de 2015 por una terrorista suicida, aunque no ha sido reivindicado por ningún grupo. Los talibán locales, por su parte, se han concentrado más cerca de Jalalabad, en los distritos de Sherzad y Joghyani, donde mantienen una fuerte presencia. (McFate, 2015).

[9] Las autoridades afganas han insistido siempre en los vínculos del Daesh con Paquistán, insistiendo en el hecho de que los salafistas que combaten en Afganistán son de origen paquistaní. (Saboory, 2016).

[10] La misma fuente da cuenta de la posible presencia de elementos activos del Daesh en la cercana provincia de Zabul. Esta información, procedente de autoridades locales, ha sido desmentida por el General Cleveland, portavoz de las fuerzas de la OTAN en Afganistán y por el gobierno afgano. Ambos coinciden en que el Daesh en Afganistán se haya confinado a dos distritos de la provincia de Nangarhar y una presencia muy débil en Kunar.

[11] Para muchos, el gobierno afgano ha tardado demasiado tiempo en afrontar seriamente esta nueva amenaza, dejando de facto a los talibán la tarea de limitar su expansión. Sólo una vez debilitados y reducidos a la zona de Nangarhar parece que se ha afrontado su eliminación. En esta línea se manifestaba en mayo de 2016 Sediq Ansari, presidente de la federación de sociedades civiles de Afganistán, que acusaba a las autoridades afganas de haber dejado crecer al Daesh, haciéndose responsables de todos los daños que se han producido por tal negligencia (Tasnim, 2016a). La realidad es que el ejército afgano ya había comenzado a atacar al Daesh con ayuda de EEUU a principio de año (Kaplan, 2016a).

[12] El ministro de defensa en funciones, Enayatullah Nazari, ha llegado a sostener ante el senado que en algunos casos, los talibán combatirían bajo apariencia de combatientes del Daesh, para sembrar confusión, sin tener ninguna vinculación real con el grupo salafista (Osman, 2015).

[13] Es significativa la carta abierta que os talibán enviaron en junio de 2015 al Daesh, en la que resaltaba que "trabajar bajo diferentes banderas va contra el Islam y los intereses de los musulmanes".

[14] Según el general Nicholson, jefe de las fuerzas de EEUU en Afganistán, los cerca de 140 ataques aéreos realizados hasta el momento habrían reducido las fuerzas del Daesh a unos 1.000-1.5000 hombres, confinándolos a zonas inaccesibles de Nangarhar (Vandem, 2016). Durante la primavera, el Daesh había ido ganando posiciones en la zona, lo que llevó a una intensificación de los ataques que redujo notablemente el área Dominada por los salafistas (Schmidt, 2016a).

[15] En un intento por sintonizar con los afganos, el Daesh ha propuesto la eliminación de la línea Durand, la frontera creada por los británicos y que parte en dos a los pastunes, que nunca la han reconocido.

[16] En noviembre de 2015, los salafistas asesinaros a siete secuestrados de etnia hazara en el sur de Zabul, lo que provocó la mayor manifestación celebrada en Kabul en los últimos años. También fueron decapitados cuatro rehenes chiítas en Ghazni y 6 más en Daikundi (Todos ellos supuestamente por el Daesh).

[17] Como demostraron en su feroz ofensiva y posterior resistencia contra las fuerzas afganas el verano del 2014 en el distrito de Sangin, situado en la principal ruta de contrabando de drogas y poblado de vastos campos de amapola.

[18] En agosto de 2015, el Daesh dio a conocer un vídeo en el que se mostraba el asesinato de 10 ancianos con explosivos. Los talibán lo condenaron de inmediato; según sus propias palabras: "Ayer fue emitido un video horrible mostrando a un grupo de secuestradores, que se identificaban a sí mismos como miembro del Daesh, asesinando brutalmente a varios ancianos con explosivos... Esta ofensa y otras acciones brutales, cometidas por unos individuos irresponsables e ignorantes bajo el disfraz del Islam, es inaceptable".

[19] El Daesh fue incapaz de explotar a su favor las disputas que siguieron a la muerte del mulá Omar, momento que no supo o pudo aprovechar para ganar para su causa a los descontentos con el nuevo líder (Osman, 2014)

 

 
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