El futuro del terrorismo y su prevención

ÓSCAR JAIME

Universidad Nacional de Educación a Distancia, España

Title: The Future of Terrorism and its Prevention

Resumen: La complejidad del fenómeno terrorista plantea numerosas dificultades que impiden anticipar de forma precisa su evolución. Asumiendo esta realidad, el presente texto aborda aquellos condicionantes que previsiblemente estarán presentes en el futuro, influyendo de forma activa o pasiva sobre el devenir del fenómeno. Finalmente, se ofrecerán algunas claves que deberán ser tomadas en consideración para resultar eficaces en la respuesta.  

Palabras clave: Terrorismo; Antiterrorismo; Contraterrorismo.

Abstract: The complexity of the terrorist phenomenon poses many difficulties that make it impossible to accurately anticipate its evolution. Assuming this fact, the paper addresses those conditions that will foreseeably be present in the future, actively or passively, influencing the evolution of the phenomenon. Finally, some keys will be offered that must be taken into consideration to be effective in the response.

Keywords: Terrorism; Antiterrorism; Counterterrorism.

Para citar este artículo/to cite this article: Óscar Jaime, <<El futuro del terrorismo y su prevención>>, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 9, No. 2, (2023), pp. 55-75. DOI: http://dx.doi.org.10.18847/1.18.4

Introducción

El fenómeno terrorista en sus diferentes formas se ha manifestado desde la segunda mitad del siglo XX como un problema global, proyectándose sobre muy distintos escenarios caracterizados por su diversidad política, social, económica y cultural (De la Corte y Jaime, 2022). Así, en África, las actividades, la organización interna y el entorno de los grupos yihadistas difieren sensiblemente del formato que pueden presentar en Europa y dentro de estas áreas regionales, los contrastes pueden también ser muy relevantes. Pero a su vez, el terrorismo de extrema derecha en Alemania posee características peculiares, que lo distinguen de grupos activistas antisistema italianos. Esta variedad incrementa la complejidad del fenómeno condicionando intensamente su comprensión, así como las previsiones o aproximaciones prospectivas. La complejidad de los escenarios, la continuidad de algunos fenómenos muy relevantes que propician la permanencia del terrorismo y la emergencia de nuevos fenómenos que condicionarán de forma variable e indeterminada el fenómeno demandan una nueva mirada sofisticada, audaz y siempre comprometida con los valores de las sociedades democráticas.

Las dificultades de la previsión

La relevancia del tiempo

Una de las razones por las que no abundan los trabajos sobre el futuro del terrorismo es debido a que los decisores políticos buscan respuestas a corto y medio plazo puesto que priorizan el análisis de situaciones que puedan afectarles de manera directa e inmediata. Dicha inercia viene a coincidir también con la reducción de lo que se considera en prospectiva el largo plazo, puesto que la creciente complejidad de nuestras sociedades provoca que los análisis y estudios que se puedan realizar tengan una validez relativamente corta, asumiendo que no podemos concretar previsiones con una mínima precisión con valor práctico más allá de 5 años. Por ello, los estudios de futuro a medio y largo plazo pueden constituir reflexiones razonables, pero carentes de fundamentos convincentes. La alarma extrema que ha provocado el terrorismo yihadista durante las dos primeras décadas de este siglo y las fatales perspectivas de futuro que auguraban los expertos -con afirmaciones tales como los espías consideran que el yihadismo es su desafío para el siglo XXI (Bez, 2016)-, no se están viendo confirmadas, a pesar en muchos casos de su trabajada fundamentación. Las aseveraciones más fatalistas no han logrado mantenerse, enfrentadas a los quiebros de un futuro insondable convertido en presente y resultado de presiones ejercidas sobre los analistas para que ofrezcan respuestas que no poseen.

Uno de los grandes desafíos que tiene planteado tanto el terrorismo como el contraterrorismo es la gestión en el futuro del factor tiempo, al que tradicionalmente se ha prestado una escasa atención pero que debe incorporarse por su trascendencia a las variables que configuran la complejidad de los escenarios. El tiempo es instrumentalizado por los actores en su dimensión táctica o estratégica. En el primero de los casos suele estar sometido a criterios operativos y de oportunidad, siendo relativamente fácil su gestión. Sin embargo, la gestión estratégica de los tiempos supone una ampliación sensible de éstos lo que plantea dificultades no solamente materiales -disminución de recursos en la clandestinidad inactiva, cuando la presión policial es intensa-, sino también de carácter motivacional y cognitivo: no resulta fácil gestionar la impaciencia revolucionaria, a lo que es preciso añadir las dificultades de la militancia en ocasiones para comprender y asimilar las complejas y abstractas explicaciones estratégicas. Este escenario es el que se ha prodigado entre las estructuras terroristas surgidos en los países occidentales. Sin embargo, el terrorismo yihadista formula una gestión temporal desde una perspectiva estratégica muy distinta, caracterizada por una vivencia del transcurso del tiempo vital e histórico, asumida y gestionada de forma resignada y serena. Ello permite diseñar estrategias a muy largo plazo cuyo objetivo es facilitar una lenta penetración en entornos sociales u organizarse en torno a células durmientes, susceptibles de ser activadas transcurrido un largo periodo de tiempo.

Desde el ámbito de la respuesta antiterrorista, la vivencia y gestión del tiempo transcurre de forma acelerada cuando no precipitada, abrumada por los tiempos políticos y administrativos. Asimismo, en los niveles de decisión policial, el mantenimiento de la atención durante un largo periodo de tiempo, sin indicios sospechosos u otros estímulos, resulta difícil de justificar y mantener por lo que la inercia natural será al relajamiento de la atención y una progresiva y lógica desviación de recursos hacia otras áreas más necesitadas de la seguridad interior, lo que también irá acompañado de una pérdida de atención por parte de la opinión pública.

El contraterrorismo cuenta también con la desventaja de la irresistible presión a la que se encuentra sometida desde los ámbitos de decisión política, social y mediática para ofrecer respuestas en un rango temporal muy constreñido que abarca desde lo antes posible hasta lo inmediato en tiempo real. A esta aceleración es preciso añadir que nuestras sociedades habituadas a la inmediatez colocan una presión añadida en la Administración al exigir de inmediato información, interpretación y respuesta a las expresiones terroristas. En los procesos globales donde los ritmos de cambio se están acelerando, dicha presión reduce las posibilidades de adaptación en tiempo y forma, haciendo disminuir a su vez las probabilidades de que las respuestas sean adecuadas y favoreciendo indirectamente “que las cosas salgan catastróficamente mal” (Colvile, 2016: 7). En definitiva, para hacer frente a esta situación es necesario comprender e interpretar correctamente los escenarios, requiriéndose un amplio, profundo y continuado compromiso político debido a la gran cantidad de recursos que se requieren, entre los que cabe situar la gestión adecuada de los tiempos, como una necesidad insoslayable.

Complejidad, superposiciones y precipitantes

El terrorismo constituye un epifenómeno que se sitúa en el cruce de diferentes fracturas glocales (global-local) que atraviesan nuestras sociedades, generando escenarios singulares. Las acciones violentas son la consecuencia última, donde confluyen procesos invisibles que se han ido gestando durante largo tiempo. Detrás se sitúan innumerables combinaciones de factores no intencionales ni planificadas, complejamente trenzadas, sometidas a las leyes combinadas del azar y la premeditación, generando escenarios únicos. Disfunciones parcialmente superpuestas provocan expresiones de descontento que requieren de precipitantes -eventos de escasa relevancia aparente que de manera inadvertida desencadenan procesos de gran visibilidad y trascendentales consecuencias (el primer asesinato de la organización terrorista Euskadi Ta Askatasuna, ETA, perpetrado contra el Guardia Civil José Pardines en 1968; la autoinmolación del vendedor de verduras tunecino que en 2011 dio inicio a la Primavera árabe)- para desembocar en violencias con significación política, no necesariamente terrorista. La dificultad para identificar con antelación los precipitantes se debe a que la realidad fraccionada impide qué tengamos un conocimiento preciso y cuantificable de todos los condicionantes presentes, de sus respectivas influencias reales y del resultado de sus confluencias. De hecho, cuando se observan escenarios en los que se ha pretendido instrumentalizar el terrorismo y dirigirlo de manera precisa con un objetivo concreto, relacionado con la desestabilización política y social, en muy pocas ocasiones se ha conseguido el objetivo, debido a que la realidad de nuestras sociedades es mucho más compleja, intratable, intangible e incomprensible de lo que aparenta. La dificultad para predecir la gestación y la evolución de los escenarios terroristas se incrementa por la imposibilidad cognitiva de las audiencias, tanto expertas como generalistas, para asimilar y comprender la complejidad latente, siendo éstas últimas proclives a prestar atención únicamente a razonamientos unidimensionales y simples que refuerzan prejuicios previamente instalados. Por otro lado, detrás de explicaciones simples suelen situarse intenciones doctrinales antes que el honesto deseo por comprender y explicar el fenómeno terrorista.

Los efectos de estas circunstancias sobre nuestras capacidades predictivas se perciben cuando abordamos las tendencias contempladas en los análisis realizados, no cumpliéndose éstas en un número ostensiblemente significativo de casos. A lo largo de las últimas décadas se ha venido advirtiendo, en función de diversos informes, de la inminencia de ataques bioquímicos o con componentes nucleares y estos no se han producido. De la misma manera que no se han derribado aviones de pasajeros a pesar de la tecnología supuestamente disponible en el mercado negro. Tampoco el final del califato de DAESH sobre territorio iraquí y sirio, tras la dispersión de sus combatientes y el retorno de algunos de ellos a sus respectivos países de origen ha supuesto un incremento de actividades violentas o directamente calificables como terroristas, muy al contrario, hemos asistido a una disminución sensible de la actividad de estos grupos en suelo europeo. Esta realidad debe hacernos reflexionar sobre las metodologías de análisis, la relevancia que se otorga a las interacciones, así como el valor y la credibilidad de los datos con los que se trabaja.

Factores generadores de nuevos problemas

La relevancia de lo macro

Los enfoques macro nos permiten analizar amplios procesos en escenarios extensos o globales y detectar tendencias con mayor certidumbre que en escenarios localizados o reducidos, donde impredecibles acontecimientos puntuales pueden distorsionar los análisis. Cuando se analiza el contexto en el que se han desarrollado las campañas terroristas a lo largo de los últimos 150 años observamos que muchos de los elementos intensamente condicionantes de dicha violencia, ya sea a nivel estructural o coyuntural, continúan presentes en nuestros actuales escenarios. El gran juego político actual se desarrolla sobre un tablero global multilateral, sin reglas definidas y con crecientes recelos entre los principales actores. La Guerra Fría se caracterizaba por la estabilidad de un escenario con dos actores hegemónicos a los que se sometían los objetivos y estrategias del resto de actores subalternos desplegados sobre el terreno del juego político global o de los espacios regionales o nacionales. La violencia insurgente o terrorista estaba limitada y constreñida en tiempo y forma. Esta situación cambiaría radicalmente con la caída del muro y la emergencia de un entorno global con un protagonista absoluto como fue Estados Unidos, con la convicción de haber asentado una nueva realidad política y cultural global, sobre una narrativa optimista, vinculada a un final de trayecto donde el capitalismo había ganado todas las posiciones.

La realidad resultó mucho más incierta porque Estados Unidos no dispuso de la capacidad necesaria para someter el escenario global a sus propios intereses. Ello permitió la emergencia de actores desvinculados de sus antiguos compromisos, dispuestos a explorar nuevas opciones estratégicas y tácticas, formando el terrorismo plenamente parte de ellas. La consecuencia final fue la generación de un espacio internacional caótico definido por la ausencia de un orden aparente. La evolución de dicho contexto ha desembocado en un convulso sistema de relaciones internacionales difícil de definir, donde los Estados Unidos desempeñan un papel preponderante pero menguante, frente a potencias emergentes y desafiantes como China, India u otras influyentes, pero estancadas, como Rusia o Turquía.

Desde la perspectiva económica la tendencia hacia un mundo más integrado y globalizado se está ralentizando, como consecuencia de las inseguridades políticas de actores que consideran que el marco hegemónico de relaciones económicas internacionales neoliberales durante las últimas cuatro décadas les perjudica, circunstancia que está promoviendo por la vía de los hechos consumados un nuevo paradigma difícil de concretar y definir por el momento. De forma paradójica, dicha reflexión ha sido implícitamente promovida por actores sistémicos como los Estados Unidos bajo la Administración del presidente Donald Trump, así como por un número creciente de actores que se sitúan en las antípodas ideológicas, pero que comparten el temor a un futuro incierto, a la inestabilidad y a la pérdida de influencia. En este contexto, las coherencias ideológicas del pasado se han difuminado para emerger de forma parcial y tímida un eje articulado en torno al localismo – cosmopolitismo, si bien no se han generado en torno a él, por el momento, identidades definibles, coherentes y estructuradas.  La multipolaridad está potenciando viejas y nuevas rivalidades a lo que, sin duda, se sumarán problemas sociales estructurales, la sobrexplotación medioambiental, los derivados de los avances tecnológicos vinculados a la biotecnología, la comunicación y la información (Toboso, 2018). Asimismo, la reemergencia de la confrontación bélica tradicional tal y como se está poniendo de manifiesto en el conflicto iniciado entre Rusia y Ucrania en 2022, contribuye a incrementar la percepción de que la violencia es un instrumento plausible para dirimir conflictos y a cuya sombra la actividad terrorista como derivación directa o indirecta podría ser explorada por parte de ciertos actores.

Por todas estas razones no cabe esperar qué las dinámicas combinadas desarrolladas hasta el momento, generadoras directas e indirectas de terrorismo, vayan a sufrir transformaciones significativas. Es decir, si los condicionantes disruptores principales continúan presentes y las sociedades son más complejas, variadas, sensibles y disponen de más medios, la conclusión a priori es que el terrorismo tenderá a desarrollar formas más sofisticadas y a mostrar rostros sumamente ambiguos, contra los que resultará más difícil generar amplios consensos. Si bien es cierto que en términos históricos y fundamentalmente desde la Revolución Francesa, el uso de la violencia ha sido criticado de forma creciente, reduciéndose significativamente su empleo explícito (Pinker, 2013, 2018) y asumiendo un gran riesgo cualquier actor que se proponga instrumentalizarlo, sin embargo, no conviene menospreciar la capacidad por parte de nuestras sociedades para desarrollar argumentos que permitan aplicar y recodificar la violencia, considerándola como un mal menor en aras de la consecución de objetivos superiores. Por otra parte, también estamos asistiendo al surgimiento de formas alternativas que permiten sublimar la violencia a través de sutiles guerras de influencia y del creciente y sofisticado papel desempeñado por internet y las redes sociales. Sus incruentas apariencias no generan alarma social, a pesar de que los daños que pueden provocar son muy cuantiosos, susceptibles de ser complementados tácticamente mediante el terrorismo convencional, afectando a la estructura cognitiva de la población, y en definitiva, al normal funcionamiento de un país democrático. En cualquier caso, tampoco debe olvidarse el socorrido recurso de desplazar las guerras a espacios lejanos para ser combatidas por terceros actores, por delegación, evocando prácticas de la Guerra Fría.

La importancia de los nuevos escenarios sociales

Desde el ámbito de lo social y de los indicadores globales asociados, existen motivos para el optimismo puesto que se ha producido una disminución de la pobreza, se ha incrementado la esperanza de vida, así como los niveles de alfabetización, entre otros datos positivos (Pinker, 2018). Por su parte, también las guerras convencionales prácticamente han desaparecido y el sufrimiento asociado a ellas, al margen del puntual conflicto ruso-ucraniano. Sin embargo, la desigualdad social, que vincula directamente la economía con la sociedad, se está incrementando, lo que previsiblemente contribuirá a generar tensiones sociales que en el futuro aumentarán debido a que los datos socioeconómicos apuntan con determinación hacia una agudización de dichas tendencias, si bien no sería la pobreza favorecida por la desigualdad el factor que impulse las tensiones sociopolíticas y por tanto el riesgo de violencia. Paradójicamente, la inestabilidad podría ser consecuencia de expectativas creadas sobre la base de una previa reducción de la pobreza. Es decir, la frustración generada por la esperanza de una mejora esperada y que no llega, constituiría un factor determinante para incrementar los niveles de insatisfacción. Las agitaciones a las que hemos asistido en los últimos años en España, Francia, Ecuador, Chile, y otros países, son una muestra del temor de las clases medias a descender de estatus, viéndose abocadas a la proletarización, al abandono de las expectativas generadas y la consecución de aquellos objetivos considerados merecidos.

Dichos procesos combinados con una determinada deriva demográfica allí dónde los jóvenes son amplia mayoría, incrementan los riesgos de explosión social por la querencia de los sectores juveniles formados por varones solteros en entornos urbanos a adoptar posturas maximalistas y resolutivas, existiendo siempre grupos de vanguardia dispuestos a explorar la práctica violenta. En el pasado, estos factores combinados se han activado con resultados dramáticos, cuando estudiantes procedentes de las clases medias adoptaron la violencia como un instrumento para gestionar su frustración y asaltar el poder en un contexto de carencia de oportunidades. Podemos encontrar ejemplos significativos en Perú con Sendero Luminoso o en Argentina y Uruguay con los Tupamaros y Montoneros. En cierta manera, los grupos de extrema izquierda que surgieron en las sociedades acomodadas europeas en la segunda mitad del siglo XX son la expresión de dicha frustración, que en su momento fue canalizada a través de la lucha armada y de la defensa de un ideario revolucionario, épico y romántico. El factor demográfico desempañará también previsiblemente un papel relevante en aquellas otras sociedades en las que las cohortes de edad más jóvenes se incrementan en un contexto de estancamiento económico. Este escenario lo podemos observar en los países del norte de África dónde ya se experimentaron intensas movilizaciones sociales desde el año 2010 como consecuencia en parte de estos factores. En este entorno regional debemos añadir el previsible desplazamiento hacia el norte de poblaciones procedentes de los países del Sahel como refugiados climáticos, lo que contribuirá a desestabilizar la situación en los países de la Ribera sur del Mediterráneo con las consiguientes consecuencias para los países europeos y principalmente aquellos situados en la cuenca mediterránea. El problema principal radica en que ninguno de los condicionantes predominantes que llevaron a los acontecimientos que se iniciaron en 2011 ha desaparecido, reproduciéndose de forma agravada el proceso de acumulación de problemas económicos derivados de deficiencias estructurales. Esta situación de ostensible impasse continúa impidiendo ofrecer salidas a los ciudadanos y generando situaciones de difícil resolución que históricamente han desembocado en el recurso a la violencia social e/o institucional, si atendemos a las experiencias históricas.

La identidad como problema

Este contexto de incertidumbre y abandono genera la necesidad de buscar espacios identitarios reducidos y cohesionados que refuerzan la sensación de seguridad y ofrecen certezas. Todo ello sacrificando, si es necesario, otros valores vinculados a la democracia, los principios liberales o los Derechos Humanos. Si la sensibilidad asociada a los emergentes nacionalismos durante los períodos de descolonización en el siglo XX contribuyó a generar una violencia intensa también de carácter terrorista en diversas partes del mundo, no debería sorprender que ciertos valores excluyentes y xenófobos surgidos bajo el temor a la globalización impulsen respuestas violentas contra aquellos que no pertenecen a la propia comunidad o que no se identifiquen con los valores de aquellas sociedades en las que se han asentado grupos foráneos. La novedad se sitúa en la propia complejidad de nuestras sociedades actuales donde diversas comunidades con identidades muy marcadas se encuentran entremezcladas sobre un mismo territorio, sin interactuar necesariamente. Estas realidades, pueden generar dinámicas violentas sin que existan territorios que defender, sino simplemente espacios imaginarios cargados de emotividad y de representaciones identitario-culturales que además han encontrado un nuevo escenario de confrontación como es el ciberespacio, lo que sin duda complica las estrategias de respuesta por parte de las Administraciones. No se debe olvidar que el terrorismo moderno ya en sus orígenes nació como consecuencia de la necesidad de adaptación a estos contextos de ausencia de territorios que conquistar, definidos por la mera existencia de mentes y corazones que seducir o amedrentar.

Los mecanismos de generación y reproducción de agravios entre numerosos jóvenes musulmanes en las sociedades occidentales continúan activos. La falta de expectativas de los jóvenes en general genera distintas respuestas, pero en ciertos contextos es preciso asumir que sus efectos pueden tener consecuencias significativamente más graves, transformándose la mera inadaptación de un individuo o determinado colectivo en extremismo y violencia. Tal y como afirmaba un funcionario policial local en Bélgica: “Estamos observando la aparición de los mismos síntomas entre jóvenes de 13-14 años que en aquellos que terminaron atentando en Bruselas y París. En cinco años estos síntomas amenazan con emerger a la superficie si no se hace nada” y algunos de ellos son difíciles de acceder incluso para los trabajadores sociales situados en primera línea (Coolsaet, 2017: 38). A pesar de constituir éstos una ínfima minoría, en el futuro la instrumentalización de estos jóvenes por parte de organizaciones en manifiesta decadencia como Al Qaeda, DAESH u otros que surgirán, constituirá una amenaza difícil de contrarrestar, generando efectos sociales y políticos difíciles de anticipar, pero posiblemente desproporcionados. 

Las sociedades occidentales como oportunidad

Desde una perspectiva política, la complejidad social en entornos liberal-democráticos genera amplias oportunidades para que surjan discretas e imperceptibles disidencias antisistema, indetectables para unos mecanismos de control social muy deteriorados o inexistentes y unas fuerzas de seguridad sobrecargadas que priorizan lo urgente frente a lo importante. En este caso, el problema no es tanto la desafección ideológica por parte de los desafiadores respecto del sistema, sino la perspectiva de rentabilizar la violencia como instrumento para imponerse en una sociedad fracturada e internamente inconexa. Las probabilidades de que, en sociedades como las occidentales, con tan variadas y dispares sensibilidades sociales y culturales emerjan actores que exploren la violencia como una opción estratégica, no es despreciable. El problema no lo suscita el pluralismo, sino los sistemas de sociedades no integrados que han desarrollado sensibilidades incompatibles en su seno, y en los que tampoco se comparte una respuesta unánime frente a una violencia objetiva e indiscutible.

Otro elemento para tomar en consideración, introduciendo una significativa dificultad añadida en la previsible lucha contra el terrorismo en el futuro es la aparente hibridación entre la violencia política, en su variante terrorista, y la criminalidad organizada. El sostenimiento de las organizaciones terroristas en sociedades globales complejas dependerá de los recursos que sea capaz de generar, subarrendar y mantener. El exitoso terrorismo del futuro deberá procurar compensar su extrema posición asimétrica mediante la comisión dosificada de acciones espectaculares, calculando su impacto, gestionando los tiempos y realizando una precisa explotación secundaria de dichas acciones. Todo ello requiere de una sofisticada planificación desarrollada por expertos, así como de una adecuada coordinación, en definitiva, una estudiada y costosa infraestructura logística.

Dichos objetivos solamente se pueden alcanzar mediante una cuantiosa financiación donde los contactos con la criminalidad organizada desempeñan un papel importante porque poseen las claves para el acceso a recursos, el desarrollo de la logística precisa y la obtención de las armas necesarias. Por lo tanto, cabe esperar una creciente hibridación en dos sentidos, por un lado, ante las necesidades crecientes de fondos, que la criminalidad organizada se convierta en un ofertador de servicios y recursos con una tendencia a subarrendar los más especializados. Por otro, que la hibridación sea tan intensa, que la propia organización terrorista asuma el rol criminal, desempeñando así un doble papel para autofinanciarse. En definitiva, se vislumbra que las necesidades crecientes empujen al terrorismo a vincularse en mayor medida, aunque en diferente grado, con la criminalidad organizada.

¿Cómo será el terrorismo del futuro?

Las limitaciones de los análisis

Las experiencias acumuladas desde la aparición del terrorismo moderno muestran que sus efectos son extremadamente destructivos y costosos por las consecuencias disruptivas que provoca en las sociedades y los gastos desproporcionados en los que incurren los Estados para combatirlo. Por ello resulta del mayor interés en aras de la prevención y la anticipación, desarrollar enfoques y metodologías que permitan arrojar una mirada ordenada al fenómeno, sin sesgos relevantes e intelectualmente honestos, con una metodología precisa para abordar el fenómeno en toda su magnitud y complejidad. Las aproximaciones analíticas desarrolladas hasta el momento, tal y como se ha indicado, se caracterizan por un acusado desorden y una carencia metodológica relevante, siendo escasas las excepciones en las que se muestra un esfuerzo por desarrollar sistemas ordenados y argumentados (Blanco & Cohen, 2014).

La mayoría de estas aportaciones no muestran un pensamiento sistemático, ni los grupos de trabajo poseen la interdisciplinariedad requerida, ni tampoco asumen las dinámicas que deben aplicarse para desarrollar un trabajo eficaz y productivo. Las perspectivas que muestran tienden a ser estáticas, cuando realmente se debe desarrollar un enfoque holístico que ofrezca análisis en tiempo real, debiendo ser capaz de comprender las circunstancias cambiantes de la presencia del fenómeno en distintos escenarios, pero también en los mismos, en diferentes momentos.

Como ya se ha indicado al principio, la dificultad para desarrollar una aproximación precisa en la actualidad se incrementa debido a que los contextos promotores que favorecen el terrorismo a nivel nacional o regional son generados por condicionantes globales y/o locales en otros escenarios muy alejados, sobre los que las autoridades nacionales tienen escasa o ninguna influencia. Ello añade más presión a los diseños preventivos y a las metodologías prospectivas. Sirva como ejemplo el escenario surgido con la implantación efectiva del califato del DAESH en Siria e Iraq. Ningún experto antes de 2011 podía haber anticipado la inminente actividad violenta yihadista en Europa. A posteriori se puede afirmar que tres factores parecen haber jugado un papel relevante. El primero fue el comienzo de la guerra en Siria en 2011, proporcionando a los islamistas europeos un lugar accesible, convirtiendo dicho territorio en un vortex capaz de concitar emociones y apoyos. El segundo fue la revolución de las redes sociales, que facilitó el reclutamiento al permitir una mayor distribución de propaganda y una comunicación más segura entre activistas. Tercer factor, el surgimiento del denominado Estado Islámico en 2013-2014, que proporcionó una nueva y atractiva marca de yihadismo, DAESH, y un territorio desde el que diseñar ataques en Europa. El declive de dicho experimento paraestatal contribuyó a promover la actividad fuera del teatro bélico. Resultaba imposible anticipar este escenario y dicha confluencia de elementos. Partiendo de este contexto, se pueden señalar cuatro macrotendencias cuya combinación facilitará la probable persistencia del terrorismo en Europa: 1) el incremento del número de jóvenes musulmanes en precarias condiciones económica sobre territorio europeo; 2) el crecimiento esperado del número de yihadistas radicalizados retornados de los escenarios de guerra; 3) la conflictividad permanente en el mundo musulmán, y 4) la libertad y las oportunidades que ofrece Internet y las redes sociales (Hegghammer, 2016). Los expertos otorgan gran relevancia a la combinación de factores, a modo de huella de ADN específica e irreproducible (no hay dos terrorismos iguales), pero son cada vez más precavidos al señalar tendencias indiscutibles.

Si bien los factores señalados son destacables en sí mismos y no permiten ser optimista -aunque cabe relativizar el segundo-, resulta muy difícil afirmar que la consecuencia ineludible sea un incremento de la actividad terrorista derivada de la combinación de estos. Es muy probable que no se esté ponderando la influencia de otras variables que actúan internamente sobre dichos factores, porque no conocemos su relevancia interna o en el peor de los casos, ni siquiera tenemos noticia de su existencia. Puede ser incluso que el propio sistema desarrolle mecanismos que contrarresten por otras vías las consecuencias más perniciosas de los factores críticos mencionados. Pero, en cualquier caso, la imprevisibilidad de las acciones en Europa no es consecuencia de un error de predicción, sino expresión de la complejidad de un modelo de proyección del fenómeno cuya anticipación solo es factible mediante la combinación de una prospectiva clásica con todos sus recursos optimizados (metodología adecuada alimentada con información de calidad y en tiempo real) y el despliegue de medidas preventivas frente a contingencias indeterminadas.     

Los terroristas aprenden

Las actuales organizaciones terroristas más sofisticadas lo tienen muy claro. Su supervivencia y el logro de los objetivos marcados dependerá de su capacidad de adaptación a circunstancias cambiantes, mediante la planificación e implementación efectiva del diseño de estrategias que permitan poner en valor sus capacidades asimétricas. La adaptación organizativa y estratégica desarrollada hasta el momento por las organizaciones hegemónicas yihadistas del nuevo milenio, en claro contraste con las organizaciones terroristas de la ola izquierdista en las décadas de los setenta y ochenta del pasado siglo, responde a la necesidad de desarrollar una íntima dialéctica con el enemigo, por lo que también despliegan recursos relacionados con la utilización de tecnologías, aunque otorgando mayor relevancia a la necesidad de reorganizar las estructuras internas para hacerlas indetectables e impenetrables. Su principal objetivo queda definido por la necesidad de contrarrestar las capacidades de localización y trazabilidad de los sistemas antiterroristas y qué hacían tan vulnerables las mencionadas estructuras del terrorismo clásico, centralizadas, jerarquizadas verticalmente y dirigidas de forma militarizada, promoviéndose por el contrario en el presente estructuras autónomas, descentralizadas y autofinanciadas.

Esta visión por parte de las organizaciones terroristas se ha adquirido mediante un Know How, intangible transgeneracional, tal y como se ha puesto de manifiesto a través de las lecturas y el aprendizaje que han desarrollado los yihadistas de las experiencias pasadas de anarquistas e izquierdistas. También se observa el mismo fenómeno en las emergentes organizaciones terroristas de extrema derecha respecto de los grupos yihadistas. Dicho proceso de asimilación les permite extraer una serie de conclusiones relacionadas con las debilidades de las estructuras de las redes terroristas tradicionales, mostrándoles la conveniencia de mantener la discreción durante ciertas fases iniciales de su implantación y desarrollo. Aprendieron que las estructuras débilmente articuladas dificultaban su desmantelamiento por parte de las fuerzas de seguridad, así como el rastreo de las redes globales en las que podían estar insertos. Asimismo, se extrajeron enseñanzas acerca de la conveniencia de descentralizar los métodos de financiación. Considerando el relativo éxito de estos nuevos formatos en el pasado reciente, resultaría lógico continuar el desarrollo de dichas estructuras en el futuro, basadas en estas premisas, con adaptaciones globales y locales, aprovechando también las persistentes deficiencias de las respuestas nacionales y en un contexto en el que los problemas socio-políticos a nivel internacional muestran síntomas de incrementarse.

Si bien es cierto que el empleo de internet como un objetivo por parte de los terroristas continúa siendo muy limitado, por el contrario, su instrumentalización para alcanzar objetivos se ha optimizado de forma apreciable. En los escenarios del futuro, las Nuevas Tecnologías de la Información y de las Comunicaciones (NTIC’s) incrementarán su relevancia como axis mundi, y lógicamente su importancia en los entornos vinculados con la actividad terrorista, considerando las facilidades que ofrece para generar contactos (más del 80 % del reclutamiento se realiza por internet), formar militantes, mantener vínculos, coordinar estrategias y recaudar fondos. Las facilidades que ofrece internet para la radicalización rápida muy probablemente serán explotadas y perfeccionadas, aprovechando las experiencias nigerianas y de otros países africanos para la realización de estafas por internet a escala masiva y global, pudiéndose trasladar los protocolos con facilidad al reclutamiento y a la obtención de financiación.

Uno de los nuevos fenómenos asociados a la gestión y financiación del terrorismo con vocación de futuro es el surgimiento de las monedas virtuales que resultan particularmente atractivas para las organizaciones terroristas, puesto que permiten eludir el control por parte de los Estados y las instituciones financieras. Por esta razón, tanto los Estados como ciertos organismos internacionales están realizando importantes esfuerzos con la intención de regular el uso de dichas monedas, si bien resulta preciso reconocer que por el momento se desconoce el alcance y la capacidad que poseen estas organizaciones para hacer uso de dicho instrumento de cambio. En la actualidad los ejemplos disponibles son muy puntuales, a diferencia de lo que sucede en el ámbito de las organizaciones criminales, pero cabe esperar que el anonimato y su perfil descentralizado, permitirá que estas monedas constituyan un factor que incentive en el futuro su uso por parte de estas organizaciones, como así se acredita desde instancias europeas (European Parliament, 2018).

En los últimos años ha disminuido la atención prestada a la posible adquisición o fabricación de armas de destrucción masiva por parte de terroristas, debido al debilitamiento ostensible de la principal organización capaz de acceder a los recursos para su elaboración como es Al Qaeda, pero también como consecuencia de la recuperación del control de estas armas tras el prolongado período de caos vivido inmediatamente después del final de la Guerra Fría y de la inestabilidad en Rusia durante esos años. La posibilidad de qué organizaciones terroristas accedan a armas de destrucción masiva sigue siendo motivo de preocupación para los Estados, viéndose reflejada en diversos debates que se mantienen en el ámbito de Naciones Unidas y otros foros (Consejo de Seguridad. ONU, 2017). Si bien gran parte de las armas nucleares dispersas durante el hundimiento de la Unión Soviética han sido localizadas, reubicadas o destruidas, no sucede lo mismo con otro tipo de armas particularmente letales más abundantes y de relativamente fácil elaboración cómo son las químicas sobre las que sigue habiendo una notable inquietud.

¿Nuevos perfiles terroristas?

El perfil de los activistas ha sido tradicionalmente uno de los focos de atención principales por parte de los expertos, por lo desconcertantes que resultaban sus características sociodemográficas, difícilmente encuadrables en categorías determinadas. Dependiendo de los contextos y los momentos concretos, dichos perfiles variaban sensiblemente, por lo que la elaboración de bancos de datos y de perfiles tipo con la finalidad de realizar detecciones anticipadas, han ofrecido escasos resultados, a pesar de los recursos invertidos. En parte, las características de los activistas responden a la propia pluralidad de las sociedades en las que actúan, por lo que conforme se vaya incrementando la complejidad de las diversas sociedades en las que los terroristas de carácter yihadista u otros se encuentran insertos, su tipología, motivación y perfiles psicológicos o de otro tipo, también serán más variados y difíciles de detectar.

En cualquier caso, no se debe menospreciar la influencia de contextos complejos como generadores o potenciadores de actitudes y sujetos disfuncionales. Las sociedades modernas, favorecedoras del aislamiento y la soledad promueven la aparición de ciertos problemas psicosociales que, en individuos concretos, contribuyen a generar anomia, identidades difusas, e incluso en ocasiones un acusado resentimiento social, pudiendo derivar hacia comportamientos y actitudes hostiles e inexplicables respecto del entorno, a pesar de encontrarse formalmente insertos en la sociedad. El desencanto social y político, profundiza la sensación de resentimiento en ciertos perfiles que deciden canalizar su desubicación a través de la militancia radical en grupos yihadistas o ideológicamente extremistas. Los hijos de familias acomodadas que deciden integrarse en grupos de izquierda o el incremento del reclutamiento de activistas conversos en el ámbito del terrorismo yihadista, así como el de mujeres, constituyen una muestra de dicha evolución aparentemente inexplicable. Resultaría plausible que en el futuro la proporción de estos últimos colectivos se incremente como consecuencia de la profundización de crisis identitarias individuales en nuestras sociedades fracturadas y fragmentadoras. Son significativas las cifras que muestran un claro incremento de las detenciones de ciudadanos españoles de origen vinculados a organizaciones yihadistas desde el caso excepcional y único correspondiente al período comprendido 1996 – 2002, al 12,7% del 2013 – 2015. Una tendencia que se confirma cuando se comparan los datos de españoles de origen, condenados por actividades relacionadas con el terrorismo yihadista o muertos en actos de terrorismo suicida en España entre 1995-2003 (3,6 %), con los del período comprendido entre 2004 -2012 (6 %) (Reinares y García-Calvo, 2013).

Siguiendo esta pauta de actuación individual, la figura del lobo solitario provoca una gran inquietud. Constituye un término que ha generado una amplia polémica porque hace referencia a individuos que en parte se han autorradicalizado, actúan en solitario y realizan los preparativos sin colaboraciones externas. Su detección entraña una gran dificultad, lo que unido a la alarma social que generan, constituye un gran motivo de preocupación para las autoridades, puesto que además son muy rentables para cualquier causa debido a que su coste es cero. Por último, dentro de esta tipología de actores individuales cabría también situar a los más peligrosos por imprevisibles, constituidos por perturbados mentales que encuentran un motivo que otorga sentido a sus vidas, liberando así su imaginario y convirtiendo sus tenebrosos anhelos en realidades a través de la imitación o del deseo de superación. No resulta fácil distinguir este tipo de sujetos de aquellos con un definido perfil exclusivamente terrorista.

Las matrices terroristas yihadistas como Al Qaeda o DAESH fomentan las acciones individuales y escasamente sofisticadas de todos estos sujetos, con la finalidad última de autoatribuirse de modo oportunista dichas operaciones, rentabilizándolas al instrumentalizarlas como autopromoción, aunque resulte imposible vincularlas con órdenes directas, simplemente porque estas no existen. Si bien el hecho de alentar dichas acciones puede deberse a situaciones de debilidad coyuntural en las que se encuentran las organizaciones, no debe olvidarse el impacto que han tenido los atentados realizados por estos individuos. Con una mínima infraestructura y apoyo, cuando ésta existe, y sin grandes recursos, han sido capaces de cometer acciones de relevancia. Cabe esperar que, en el futuro, considerando las ventajas que presenta esta forma de des/organización terrorista y las propias vulnerabilidades estructurales de las sociedades occidentales mencionadas, se prodiguen las formas de actuar bajo dichas coberturas low-cost, mediante técnicas perfeccionadas. En definitiva, su actividad en términos estratégicos resulta irrelevante y muestra la fragilidad de las estructuras terroristas, pero generan una gran alarma social difícil de gestionar en ocasiones.

Resulta de sumo interés de cara al futuro la actual fase de reorganización por la que están atravesando los grupos de extrema derecha en diversos países europeos. Según los servicios de inteligencia de Alemania, Estados Unidos y de otros países, parte de las amenazas venideras se sitúan en estos grupos tras haberse producido en los últimos años diversas acciones reseñables, mostrando una clara tendencia creciente (Global Terrorism Index, 2019). Las positivas conclusiones extraídas por parte de estos grupos de las acciones yihadistas, caracterizadas por un mínimo gasto y máximo impacto, supone un importante incentivo. A ello es preciso añadir la emergencia de los movimientos populistas y de sus mensajes xenófobos y excluyentes respecto de amplios sectores de la población. En ocasiones, sus propuestas políticas se aproximan sigilosamente a formulaciones cercanas al odio, susceptibles de ser reinterpretadas como una invitación para la acción dirigida a la audiencia más ideologizada y receptiva.

El terrorismo como un instrumento al servicio de los Estados

Los Estados observan al terrorismo como amenaza, pero también como opción para generar efectos políticos de forma discreta y económica, con un componente de riesgo limitado. La relación privilegiada entre el terrorismo y los Estados se ha mantenido desde principios del siglo XX y en ocasiones ha desarrollado una sistematicidad sorprendente que pone en evidencia una inquietante pulsión amoral en los Estados democráticos (Jaime, 2002; Ganser, 2005).  Ejemplos significativos fueron el apoyo indisimulado y masivo de los Estados Unidos a los escuadrones de la muerte en Centroamérica durante la década de los ochenta; la asistencia soviética a algunas organizaciones terroristas de la izquierda radical en Europa occidental y al terrorismo internacional de Oriente Medio; la guerra sucia contra ETA promovida por las autoridades españolas (Jaime, 2018) o en otro contexto, el intento de asesinato de Antonio Cubillo, líder del Movimiento por la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario (MPAIAC) en Argelia en 1978. Por otro lado, los Estados democráticos instrumentalizan de forma directa o indirecta conflictos armados en territorios lejanos, los cuales cuentan con la ventaja de que resultan relativamente indiferentes a la opinión pública si se dan ciertas condiciones. En estas zonas se pueden desarrollar actividades armadas a través de actores interpuestos (proxy wars), complementando una estrategia premeditada y apoyada mediante otros procedimientos. Esta forma de proceder cuenta con la ventaja de que resulta políticamente poco comprometida en caso de que se descubra el involucramiento del Estado y también permite una desvinculación más fácil al no encontrarse fuerzas propias desplegadas sobre el terreno, resultando también mucho más económico. Tradicionalmente vinculamos estas actividades a Estados no democráticos o iliberales, pero Estados Unidos, Francia o el Reino Unido también implementan estas prácticas como apoyo a sus intereses en países terceros.

Una de las principales peculiaridades del terrorismo del futuro puede venir de la mano de su integración como parte de estrategias globales de influencia diseñadas y desarrolladas por parte de Estados en el marco de lo que se denominan guerras híbridas. Este nuevo concepto es resultado de la obsolescencia de los formatos de confrontación bélica tradicionales entre contendientes estatales. Los actuales marcos extremadamente complejos en los que se dirimen los conflictos entre Estados mediante actores interpuestos a diferentes niveles han generado un escenario global donde la instrumentalización de la violencia abierta entraña un gran riesgo por sus impredecibles consecuencias. La Guerra híbrida perfila y pondera el componente violento, situándolo con sumo cuidado dentro del diseño estratégico que se desea desarrollar, sometiendo su uso a los criterios de oportunidad y proporcionalidad. De esta manera, la práctica terrorista permanecería como una opción estratégica para actores hegemónicos, mantenida bajo un estricto control y evocando así parcialmente los tiempos de la Guerra Fría.

Algunas claves para responder y anticiparse a la emergencia de amenazas terroristas

El contraterrorismo del futuro: una misión abrumadora 

Los desafíos futuros del contraterrorismo resultan enormes considerando la complejidad de los escenarios que se vislumbran en los que la anticipación se erige como objetivo prioritario. Asumir esta perspectiva exige una monitorización permanente; reciclaje del personal dedicado al contraterrorismo; capacidad para incorporar los desarrollos tecnológicos adecuados, así como el establecimiento de los instrumentos necesarios para desarrollar e incrementar nuevas formas de coordinación y cooperación no sólo entre distintos niveles de la administración, sino también en el ámbito internacional.

Resulta significativo que las nuevas tendencias en contraterrorismo se centren de forma destacada principalmente en los aspectos tecnológicos, lo que permite compensar parcialmente la imposibilidad de transformar los enfoques cognitivos, organizacionales y culturales de los entramados antiterroristas. Dicha exigencia se deriva de que el terrorismo incorpora las características de una amenaza multidimensional, es decir, constituye un epifenómeno que muestra las contradicciones y limitaciones de las administraciones públicas para hacer frente a complejos problemas del futuro. En el específico ámbito contraterrorista, a las dificultades conocidas que enfrentan los gestores de la seguridad es preciso añadir que el terrorismo depende de numerosos factores situados más allá de la capacidad de acción policial y de inteligencia, algunos incluso promovidos paradójicamente desde el propio Estado (pago de rescates, financiación de grupos terroristas en escenarios lejanos, colaboración sistemática con regímenes que promueven activamente el salafismo a nivel global, etcétera …), bajo una constante presión política, social y mediática, contribuyendo todo ello a profundizar la propia frustración característica de la cultura policial clásica (Medina, 2017: cap. 7), lo que incentiva la búsqueda de atajos que en sociedades democráticas pueden generar efectos secundarios con altos costes asociados.

Avanzando desde la experiencia hacia las nuevas estrategias

Las experiencias acumuladas durante las últimas décadas ponen de manifiesto las grandes dificultades para desarrollar una gama de respuestas eficaces, precisas y oportunas en tiempo y forma. Sin embargo, desde la reflexión sobre la optimización de los recursos contraterroristas se ha recapacitado intensamente también a lo largo de los últimos años y se han obtenido resultados significativos, pudiéndose afirmar que se ha avanzado de forma desigual, dependiendo de las áreas.

En primer lugar, la anticipación a las amenazas terroristas es uno de los principales desafíos a los que se enfrentan los Estados democráticos en el presente. Este es un problema con una importante dimensión cognitiva, puesto que de la adecuada comprensión del fenómeno dependerá en muy buena medida el diseño e implementación de las estrategias más certeras para combatirlo. La inteligencia desarrollada por los Estados debería profundizar en la identificación de las claves, los indicadores y las señales tempranas que marcarán las pautas en los escenarios del futuro. Todo ello requerirá de nuevas aproximaciones metodológicas, así como de una intensificación de la explotación del big data y de diversas fuentes mediante la intensa aplicación de tecnología. El valor del análisis de los servicios de inteligencia y de los policiales dependerá de la cantidad de bases de datos a las que tengan acceso y de su propia capacidad para cruzar dichos datos. También resultará crucial la correcta ponderación de los análisis, de los que dependerá la adecuada valoración del riesgo, información fundamental para frenar la alarma social y mantener o impulsar la movilización colectiva en momentos particularmente críticos.

En segundo lugar, se requiere también el desarrollo de formatos de respuesta capaces de asimilar en términos organizativos, operativos y tecnológicos los cambios necesarios para resultar eficaces. El desarrollo de este enfoque tiende a ser un problema para estructuras tan rígidas como los Estados y sus Administraciones, principalmente cuando se trata de hacer frente a fenómenos complejos y adaptables, desde criterios, mentalidades, recursos y tiempos de respuesta que responden a contextos del siglo XIX y XX. En el futuro, los desarrollos tecnológicos en el ámbito de la lucha contra el terrorismo tendrán una relevancia fundamental, tal y como se está ocurriendo ya en la actualidad. Así, observaremos cómo la Inteligencia Artificial se difundirá por todas las áreas del contraterrorismo y de forma específica en relación al desarrollo de instrumentos relacionados con la minería de datos, la identificación biométrica y facial, así como la detección y análisis de patrones de comportamiento de personas sospechosas y de desplazamientos de individuos, siendo almacenados datos sobre viajeros, transeúntes sospechosos y delincuentes en amplias bases de almacenamiento masivo e interconectado, lo que a su vez generará otros problemas vinculados a la privacidad. Asimismo, tal y como ya se puede observar, se prodigará el uso de drones sofisticados, en formato individual o enjambre, para vigilar y actuar contra objetivos terroristas en zonas de difícil acceso, aunque también está siendo ya una realidad. Resulta inminente el debate en torno al uso de robots dirigidos por Inteligencia Artificial con capacidad y facultad para operar de forma autónoma. Todos estos nuevos instrumentos interactuando están vinculados directamente con un nuevo paradigma de la respuesta contraterrorista, definido por la interconexión de datos y análisis a muy diferentes niveles y la implementación de nuevas estrategias internas de coordinación y cooperación inter/intraagencias.

Los cambios también se van a producir en el ámbito de la gestión interna de los servicios de inteligencia contraterroristas a nivel interdepartamental y funcional. Desde el ámbito clásico del procesamiento de inteligencia en general y en particular en la lucha contra el terrorismo, los recolectores de información, los analistas y los operativos desarrollaban sus actividades en ámbitos muy separados. En el presente se está asistiendo a una profunda transformación respecto de la inercia heredada, tendencia que previsiblemente se incrementará en el futuro, apuntando hacia una creciente integración entre estos tres niveles con la finalidad de favorecer la interacción durante todas las fases del proceso, que va desde la recolección hasta la ejecución de operaciones. Se considera fundamental no solamente generar nuevas dinámicas de trabajo, sino favorecer la confianza mutua a través de interacciones informales que fomenten la confianza interpersonal, por lo que incluso se han juntado las cafeterías en la sede central de la CIA con la finalidad de fomentar dicha confraternización. Sin embargo, no se ha logrado todavía hacer progresos en relación con el necesario acercamiento entre analistas estratégicos y decisores políticos, siendo las muestras más evidentes los desastres de Iraq y Afganistán (Bury & Chertoff, 2020).

En cualquier caso, la progresiva introducción de algunas de las medidas contraterroristas anteriormente mencionadas con clara vocación de futuro, han tenido un impacto significativo sobre las rutinas de las acciones terroristas a lo largo de los últimos años, reflejándose en la ausencia de acciones de impacto y de gran envergadura como los ataques realizados en 2001 en Estados Unidos (Sinai, 2019), por lo que resulta plausible que la disminución de la operatividad terrorista esté relacionada con las limitaciones impuestas, al menos en parte, por las nuevas tecnologías de detección y rastreo.

Uno de los principales problemas para el contraterrorismo seguirá siendo la evaluación de las medidas contraterroristas, puesto que las acciones terroristas continúan siendo acontecimientos excepcionales, resultando muy difícil extraer conclusiones irrefutables y empíricamente demostrables en relación con la eficacia de las respuestas, por lo que la especulación conspirativa, el contraterrorismo popular y la demagogia continuarán disfrutando de una amplia acogida social en relación a este área.

Un tercer factor al que resultará necesario atender es el de la resiliencia, que debe permitir a la sociedad retornar al estado previo a las cadenas de ataques que eventualmente se hubieran podido producir. Si bien existen sociedades que son más proclives a desarrollar mecanismos de resiliencia autoinducida, también es cierto que esta depende de las culturas sociales y de los desafíos concretos a los que se enfrentan. Durante los últimos años se ha investigado y realizado propuestas de interés con la finalidad de favorecer actitudes y estructuras resilientes, poniéndose particular énfasis en las acciones terroristas y su poder disruptivo sobre el tejido sociopolítico de sociedades complejas. La finalidad última de la relevancia atribuida a la resiliencia es que los principios y valores que articulan nuestras sociedades, no se vean afectados por acciones cuyo principal objetivo es condicionar la respuesta de las sociedades democráticas y poner en evidencia sus debilidades. Del enfoque que se adopte desde la respuesta institucional y social, dependerá la capacidad del fenómeno para erigirse como un elemento desestabilizador de sistemas políticos y sociedades o, por el contrario, se podrá incorporar al relato sociopolítico, contextualizando su presencia para normalizarlo en el marco que corresponde a la complejidad de los tiempos actuales. En esta cuestión radica la respuesta exitosa frente a la inevitabilidad de la futura presencia terrorista en las sociedades occidentales. Si se asume que gran parte de las claves de la correcta gestión del contraterrorismo se sitúa en la propia comprensión cognitiva del fenómeno, resulta necesario precisar las bases de una narrativa resiliente que permita incorporar y fijar en los discursos estratégicos -adaptados a las diversas audiencias-, aquellos valores y principios políticos, sociales y culturales no negociables e imprescindibles para mantener los elementos políticos y morales que definen nuestras sociedades.

Así, uno de los aspectos más positivos en relación con la respuesta al terrorismo ofrecida a lo largo de las últimas dos décadas ha sido la fortaleza de las actitudes mostradas por las sociedades democráticas. A pesar de los augurios que pronosticaban una contestación visceral e irreflexiva por parte de los ciudadanos frente a la amenaza terrorista, dispuestos a desarrollar dinámicas de carácter excluyente y posiblemente racista frente a las comunidades musulmanas, lo cierto es que las tendencias populistas y radicales de las sociedades occidentales han venido principalmente de la mano de la crisis económica y del deterioro sociocultural de determinados sectores, sin haber desempeñado el terrorismo un papel prevalente. Estas actitudes sociales contemporizadoras muestran que tanto el grueso de las sociedades como las comunidades musulmanas están resultando mucho más resilientes de lo que se había previsto.

Incidiendo en esta línea, existe una variable indispensable para avanzar hacia la consolidación de una respuesta estable y permanente en el tiempo: el apoyo imprescindible de aquellos entornos poblacionales, cultural y/o socialmente más cercanos o menos críticos respecto de los grupos terroristas. La experiencia indica que los sectores sociales que sirven de apoyo directo o de inspiración constituyen un elemento esencial al que resulta indispensable prestar una detallada atención con la finalidad de reducir al mínimo el posible apoyo simbólico o material que pudiera proceder de este espacio. Sin embargo, estas mismas comunidades se caracterizan por una destacada complejidad que genera tendencias internas contradictorias puesto que no son impenetrables a los influjos socioculturales, registrándose permeabilidades interculturales y generacionales. Así, observamos que dentro de las propias comunidades musulmanas existe una oposición activa y pasiva frente a los violentos, como lo demuestran algunas manifestaciones de individuos y grupos radicales al vislumbrar que el problema no se sitúa solamente en las sociedades occidentales, sino también en sus propias comunidades que permanecen alejados de ellos o se oponen a sus derivas violentas. Rachid Kassim, miembro de DAESH que dirigió desde Siria diversas acciones terroristas en Francia se quejaba de la falta de voluntarios, exhortando a los hombres a seguir el ejemplo de sus hermanas: “Mujeres, hermanas están atacando ¿Dónde están los hermanos? […] Ella blandió un cuchillo y golpeó a un policía como las madres en Palestina ¿Dónde están los hombres? […] Debéis entender que, si estas mujeres han actuado, ciertamente es porque hay muy pocos hombres dispuestos a actuar. […] ¿Por qué esperáis tanto hasta el extremo de que las mujeres os han superado en honor? (…) Mirad a la hermana de 16 años […], tiene toda su vida por delante, […], ella se fue a emprender un proyecto y la detuvieron antes de haberlo logrado […] ¿Cuál es vuestra excusa? (Seelow, 2016).

Los procesos de apaciguamiento o desincentivación deben ser institucionalmente complementados mediante una meditada, paciente, discreta y decidida política estratégicamente definida, con la finalidad de incidir sobre aquellas comunidades y entornos familiares que disponen de acceso a los grupos e individuos susceptibles de radicalizarse y comprometerse con proyectos violentos. Aunque también resulta necesario disponer de respuestas precisas para aquellos sectores sociales minoritarios e irredentos en torno a los grupos terroristas y que no abandonan su actitud de apoyo, los cuales deben ser identificados con precisión para elevarles el coste que supone mantener el apoyo.     

La respuesta internacional

Por último, la cooperación internacional entre las fuerzas de seguridad constituye una variable insoslayable considerando la implantación internacional del terrorismo yihadista y la probable proyección del resto de terrorismos que puedan surgir en el futuro. Los decisores políticos y técnicos son muy conscientes de esta necesidad, pero también de las dificultades que continúa planteando, si bien se ha avanzado sensiblemente a lo largo de los últimos lustros. A pesar de estas circunstancias, las cooperaciones internacionales de diverso tipo en este ámbito, no se ven sometidas a los mismos vaivenes que las relaciones políticas entre los Estados en otras áreas. La relevancia de dicha cooperación ampliamente asumida, el siempre presente riesgo de los atentados y el crítico escrutinio internacional de dichas relaciones ha generado un espacio relativamente estable y de crecientes sinergias. Paradójicamente en el caso europeo la intensidad de las relaciones ha alcanzado tal grado que también ha servido para que las fuerzas de seguridad nacionales se exoneren parcialmente a sí mismas de ciertas responsabilidades tras atentados de impacto ante los fallos de la cooperación en el marco de la Unión Europea.

Los servicios de inteligencia plantean un caso significativamente distinto puesto que existen muchas más dificultades para colaborar entre estos organismos. La información y la inteligencia son sus principales productos y su transferencia e intercambio plantea numerosos problemas debido a la necesidad de proteger fuentes y procedimientos. En cualquier caso, los intercambios de información entre servicios de inteligencia de países democráticos son una constante a nivel bi- y multilateral en el marco de estructuras existentes débilmente articuladas y escasamente transparentes (Club de Berna), aunque sufran altibajos coyunturales. El embrión del servicio de inteligencia de la Unión Europea, SITCEN/EU INTCEN (Situation Centre/European Union Intelligence Centre) puede constituir una experiencia piloto con clara vocación de permanencia e intensificación. El futuro señala hacia un incremento en la cooperación global contra el terrorismo, principalmente entre países que comparten principios políticos similares como puede ser la Unión Europea, Estados Unidos y el resto de los países liberal-democráticos. Las dificultades en la cooperación se mantendrán con los países árabes, Rusia y China, entre otros, si bien en última instancia todo ello dependerá de los juegos geopolíticos globales y regionales.  

Los efectos colaterales del contraterrorismo

Resulta indudable que las nuevas respuestas deberán adaptarse al contexto emergente, sin embargo, pueden desencadenar procesos inesperados o indeseados siguiendo la inercia de la búsqueda de la eficacia y eficiencia. Como hemos tenido ocasión de observar, las respuestas actuales ya han sufrido sensibles transformaciones con la finalidad de hacer frente al terrorismo global, pero es posible que ciertas inercias contraterroristas que se han ido desarrollando en la última década se afiancen en un contexto de amenaza terrorista cambiante y de transformación de las sociedades globales (Kurtulus, 2012). Una de estas tendencias más destacadas es la relativización de los valores de respeto a los Derechos Humanos y a los principios del Estado de Derecho. Tanto las políticas antiterroristas globales, como las intervenciones en el exterior por parte de los servicios de inteligencia y de los ejércitos de los países democráticos occidentales, poseen cada vez una menor relevancia pública generando menos debate debido a su habitualidad. De forma paralela y al amparo de esta discreta realidad, desde las democracias se interactúa con frecuencia e intensamente con actores que sistemáticamente violan los Derechos más elementales, expresando éstos a su vez sin ambages una abierta oposición a los valores del pluralismo y la tolerancia. Por lo general, es el pragmatismo el que se acaba imponiendo en las decisiones de las democracias debido al peso, la fuerza y el número de dichos actores. Dicha actitud pragmática también se refleja en las conversaciones/negociaciones con los terroristas. Si hasta hace escasos años estos contactos constituían anatema -a pesar de que tenían lugar-, en la actualidad las conversaciones normalizadas con los protectores del terrorismo global constituyen una realidad reconocida, de trascendencia mediática y sin crítica pública apreciable. El exponente más notable de dicho giro lo constituyó el acuerdo alcanzado entre Estados Unidos y los talibanes en febrero de 2020, siendo éstos últimos patrocinadores indiscutibles de algunas de las acciones terroristas más devastadoras de las últimas décadas.

Una segunda característica, vinculada con la anterior es la tendencia de los países democráticos a desarrollar acciones encubiertas en el extranjero, sin ningún tipo de control judicial, produciéndose víctimas mortales de manera sistemática, sin que trascienda a los medios de comunicación. La tecnología en general y en particular el uso de drones como expresión más conocida y concreta de esta tendencia, facilita el alcance de objetivos con economía de esfuerzo y discreción. Su invisibilidad y la privatización -como subproducto derivado que incrementa la discreción y facilita eludir responsabilidades ante las estructuras judiciales de los respectivos países y los organismos internacionales-, constituyen las claves de esta tendencia. En 2015, la agencia encargada de liderar tecnologías pioneras para el ejército de Estados Unidos, dentro de sus Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa Agencia (DARPA), lanzó un plan para desarrollar el llamado «dron vampiro», cuya principal característica sería desintegrarse completamente en el aire al entrar en contacto con la luz del día, de modo que literalmente no habría evidencia física de presencia, ni rastro de su existencia, una vez hubiera completado la misión (Rupka & Baggiarini, 2018).  Esta nueva perspectiva de respuesta plantea un nuevo escenario cognitivo con repercusiones relevantes a otros niveles. Si se asume que el acto terrorista constituye una acción comunicativa en sí, el contraterrorismo también está abocado a desarrollar una contranarrativa siguiendo patrones paralelos. Invisibilizar la acción permitiendo intuir solamente el efecto transforma la ecuación de la confrontación con el terrorismo, generando incertidumbre en todas las partes involucradas, abriendo espacios a especulaciones indiscriminadas, arbitrarias y fuera de control, en definitiva, perdiendo buena parte de su eficacia en lo relativo a la dimensión comunicativa de la acción.

En tercer lugar, el contraterrorismo tiende a sustraerse al tradicional control judicial como consecuencia del desarrollo de gran parte de su actividad en el extranjero, contando con la complicidad corporativa de otros servicios de inteligencia y agencias policiales. La opinión pública no muestra incomodidad ni ejerce la suficiente crítica pública como para disuadir continuar utilizando estos procedimientos, lo que puede facilitar que estas prácticas se intensifiquen en el futuro. Una última tendencia que asoma es la relativa al uso indiscriminado de nuevas tecnologías de vigilancia y control de población, mediante el uso de datos masivos (big data) y la aplicación de la inteligencia artificial, todo ello extremadamente difícil de controlar por las dificultades técnicas que plantea, la falta de voluntad política y el desconocimiento por parte de la ciudadanía.

A lo largo de los últimos años, al hilo de la búsqueda de perfiles susceptibles de ser ajustados a comportamientos altamente sospechosos o directamente incriminatorios, se han desarrollado bases de datos sofisticadas a las que se ha unido en los últimos tiempos la aplicación de algoritmos, con el objetivo de optimizar los esfuerzos policiales y centrar la atención en los elementos potencialmente más peligrosos. Sin embargo, su empleo para detectar terroristas plantea numerosas dificultades por dos razones principalmente. Los perfiles cuantitativos se construyen sobre un número muy limitado de casos como para que un determinado comportamiento resulte estadísticamente significativo, por lo que los falsos positivos están asegurados. No se puede olvidar que el comportamiento terrorista no es tan abundante como para inferir perfiles indiscutibles. En segundo lugar, en el mejor de los casos el número de positivos es de varios miles de individuos, lo que supone una cantidad imposible de gestionar con los recursos policiales disponibles (Munk, 2017). En este ámbito queda todavía un largo camino por recorrer, requiriéndose nuevas formas de abordar las lógicas de detección y señalamiento.       

Nota sobre el autor:

Óscar Jaime Jiménez es profesor Titular de Sociología en el Departamento de Tendencias Sociales de la Universidad Nacional de Educación a Distancia y Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Salamanca. Ocupó el puesto de Profesor Titular en la Universidad Pública de Navarra y en la Universidad de Burgos. Ha sido también Director del Instituto de Estudios de Policía de la Dirección General de la Policía y Director General de la Fundación Policía Española desde 2005 hasta 2007. A partir de 2004 hasta 2009 ocupó también el cargo de Asesor Ejecutivo del Director General de la Policía y de la Guardia Civil. Desde 2010 hasta 2012 fue Secretario General Técnico del Gabinete de Estudios de Seguridad Interior de la Secretaría de Estado de Seguridad del Ministerio del Interior. Correo electrónico: ojaime@poli.uned.es

Referencias

Blanco, José María & Cohen, Jessica (2014), “The future of counter-terrorism in Europe. The need to be lost in the correct direction”, European Journal of Futures Research, Vol. 2, No. 1.

Bury, Patrick & Chertoff, Michael (2020), “New Intelligence Strategies for a New Decade”, The RUSI Journal, Vol. 165, No. 4, pp. 42-53. https://doi.org/10.1080/03071847.2020.1802945

Colvile, Robert (2016), The Great Acceleration: How the World is Getting Faster, Faster, Londres: Bloomsbury.

Consejo de Seguridad ONU (2017), States Must Step Up Efforts to Check Spread of Deadly Weapons as Non-State Actors Exploit Rapid Technological Advances, SC/12888, 28 de junio.

Coolsaet, Rik (2017), “Anticipating the post-DAESH Landscape”, Egmont Paper, 97.

De la Corte, Luis y Jaime, Óscar (2022), Terrorismo: causas, efectos y tendencias, Madrid: Síntesis.

European Parliament (2018), “Virtual currencies and terrorist financing: assessing the risks and evaluating responses”, Directorate General For Internal Policies, 9.

Ganser, Daniele (2005), NATO’s Secret Armies: Operation GLADIO and Terrorism in Western Europe, Nueva York: Frank Cass Publishers.

Global Terrorism Index, Measuring the impact of terrorism (2019), Institute for Economics and Peace.

Hegghammer, Thomas (2016), “The Future of Jihadism in Europe: A Pessimistic View”, Perspectives on Terrorism, Vol. 10, No. 6, pp. 156-170.

Hidalgo, Carlos (2016), “Los espías consideran que el yihadismo es su desafío para el siglo XXI”, Bez, 7 de julio.

Jaime, Óscar (2002), Policía, terrorismo y cambio político en España (1976-1996), Valencia: Tirant lo Blanch/Universidad de Burgos.

  • (2018), “De la ‘Guerra revolucionaria’ a la guerra de desgaste. La espiral violenta de ETA (1968-1978)”, en Fernández, Gaizka y Domínguez, Florencio (Coord.), Pardines. Cuando ETA empezó a matar, Madrid: Tecnos, pp. 197-230.

Kurtulus, Ersun N. (2012), “The New Counterterrorism: Contemporary Counterterrorism Trends in the United States and Israel”, Studies in Conflict & Terrorism, Vol. 35, No. 1, pp. 37–58. https://doi.org/10.1080/1057610X.2012.631456

Medina, Juanjo (2017), Políticas y estrategias de prevención del delito y seguridad ciudadana, Madrid: Edisofer.

Munk, Timme (2017), “100,000 False Positives for Every Real Terrorist: Why Anti-Terror Algorithms Don’t Work”, First Monday, Vol. 22, No. 9. https://firstmonday.org/ojs/index.php/fm/article/view/7126/6522

Pinker, Steven (2018), En defensa de la ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso, Barcelona: Paidós.

  • (2013), Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones, Barcelona: Paidós.

Reinares, Fernando y García-Calvo, Carola (2013), “Los yihadistas en España: perfil sociodemográfico de condenados por actividades terroristas o muertos en acto de terrorismo suicida entre 1996 y 2012”, Documento de Trabajo. Real Instituto Elcano, No. 11.

Rupka, Sean & Baggiarini, Bianca (2018), “The (non) event of state terror: drones and divine violence”, Critical Studies on Terrorism, Vol. 11, No. 2, pp. 1-15. https://doi.org/10.1080/17539153.2018.1456735

Seelow, Soren (2016), “Derrière l’affaire de l’Essonne, l’importance du djihad des femmes”, Le Monde, 10 de septiembre.

Sinai, Joshua (2019), “Assessing innovations and new trends in counterterrorism”, Counterterrorism Yearbook 2019, pp. 129-134.

Toboso, Mario (2018), “Terrorismo, 2050”, Análisis GESI, 2. https://www.seguridadinternacional.es/?q=es/content/terrorismo-2050