Desradicalización y desvinculación: aspectos formales y teóricos

ROBERTO M. LOBATO

Marbella International University Centre, España

JOSEP GARCÍA-COLL

Universidad de Córdoba, España

Title: Deradicalization and Disengagement: Formal and Theoretical Aspects

Resumen: La radicalización constituye una de las mayores problemáticas a nivel securitario y social. No obstante, el número de detenciones en los últimos años han llevado a replantearse reforzar los modelos de intervención en su relación con la desvinculación y la desradicalización. Como consecuencia, la atención está cambiando hacia los procesos de desvinculación/desradicalización. Tratando de aunar los conocimientos sobre la temática, en el presente manuscrito se realiza una revisión de la literatura que trata de identificar y valorar algunos de los factores y modelos de desvinculación, desradicalización y/o reinserción desarrollados en estas últimas décadas. En primera instancia se conceptualizan la desradicalización, entendida como un proceso social y psicológico por el que el compromiso de un individuo con la radicalización violenta y su participación en ella se reducen hasta el punto de que ya no corre el riesgo de implicarse y participar en actividades violentas, y la desvinculación, proceso mediante el cual un individuo experimenta un cambio de rol o función que suele ir asociado a una reducción de la participación en la violencia. Posteriormente, se analizan los principales factores de empuje y atracción que se han encontrado en la literatura, destacando, por un lado, la desilusión con la estrategia o las acciones del grupo radical y, por otro lado, las relaciones con personas fuera del grupo y las demandas familiares. A continuación, se hacen explícitos siete modelos teóricos propuestos desde distintas disciplinas que tratan de explicar los procesos de desvinculación, desradicalización y/o reinserción social. Entre estos modelos, encontramos la trayectoria de desvinculación, el modelo de inversión, el modelo 3N, el modelo pro-integración, los bucles de refuerzo, el modelo de las dinámicas de la desvinculación y el modelo fénix de desvinculación. Finalmente, se discuten algunas de las similitudes y diferencias de estos modelos y sus principales limitaciones.

Palabras clave: Desradicalización, Desvinculación, Factores de empuje y atracción, Modelos teóricos.

Abstract: Radicalization is currently one of the biggest social and security challenges. Nonetheless, the increase in arrests that has taken place the last years has moved the focus towards deradicalization and disengagement processes. In an attempt to converge academic knowledge on the topic, this article provides a literature review where relevant deradicalization, disengagement, and rehabilitation factors and models are identified and evaluated. Initially, the article will conceptualize deradicalization, understood as a social and psychological process in which individuals engaged actively in violent radicalization reduce their commitment to the cause, up to the point there is no risk of supporting and participating in violent activities. Then, it will differentiate disengagement as the process by which individuals change their role or function in a way that reduces their participation in violence. Afterwards, the main deradicalization push and pull factors will be analyzed, highlighting, on the one hand, disappointment with the strategy or actions of the radical group and, on the other hand, external relationships and family commitments. Subsequently, seven theoretical models from different disciplines are described, which explain disengagement, deradicalization and rehabilitation. Amongst the models, we find the six-phase disengagement trajectory, the investment model, the 3N model, the pro-integration model, the reinforcement loops model, the disengagement dynamics model, and the phoenix disengagement model. Finally, similarities and differences, and limitations of these models are discussed.

Keywords: Deradicalization, Disengagement, Push and pull factors, Theoretical models.

Para citar este artículo/To cite this article: Roberto M. Lobato y Josep García-Coll, <<Desradicalización y desvinculación: aspectos formales y teóricos>>, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 8, No. 1, (2022), pp. 191-210. DOI: http://dx.doi.org.10.18847/1.15.12

Introducción

La radicalización se ha erigido como una de las mayores problemáticas a nivel securitario y social. Si bien la lucha contra la radicalización y el extremismo violento se han llevado a cabo desde distintos enfoques, destacando el preventivo y el reactivo, a comienzos del año 2014, con la presentación por parte de la Comisión Europea de una revisión de la estrategia para combatir el extremismo violento y el reclutamiento (Council of the European Union, 2014), el foco de las políticas de intervención y desradicalización se ha sumado a estas formas lucha.

Este cambio en el foco se ha visto forzado dado el número creciente de detenciones en los últimos años. El aumento de la presión sobre las prisiones y la libertad condicional a medida que se incrementa el número de terroristas detenidos (Aebi & Tiago, 2021) y los pocos pero impactantes casos de reincidencia (Hart, 2020) han llevado a replantearse reforzar los modelos de intervención en su relación con la desvinculación y la desradicalización. Asimismo, el inesperado fenómeno de los combatientes terroristas extranjeros (Marrero, 2020), los cuales representan la mayor proporción de detenciones y condenas en Europa, ha contribuido en gran medida a que la ciudadanía se interese por estos temas llevando tanto a profesionales como académicos a invertir recursos para prevenir la reincidencia y buscar forma de reinsertar a corto y medio plazo aquellos terroristas que abandonan las prisiones.

Intentando contribuir a esta problemática, se presenta una revisión de la literatura que trata de identificar y valorar algunos de los factores y modelos de desvinculación y desradicalización desarrollados en estas últimas décadas. Para ello, este artículo se ha valido de una metodología variada. Por un lado, se ha realizado una búsqueda bibliográfica en distintas bases de datos (e.g., ISI Web of Science, Scopus) y revistas especializadas (e.g., Terrorism and Political Violence, Studies in Conflict & Terrorism, Perspectives on Terrorism, Journal for Deradicalization), y se han recogido documentos de la llamada literatura “gris”. A esto hay que añadir las referencias relevantes que se iban encontrando al leer estos documentos y otras sugerencias realizadas por expertos, lo que se conoce como método de bola de nieve. Por otro lado, se ha contado la oportunidad de consultar a diversos profesionales de primera línea y expertos académicos. En consecuencia, los datos recogidos usando estas diversas metodologías se han triangulado a fin de obtener consenso y validez.

Desradicalización  y desvinculación

El estudio de los procesos de radicalización ha recibido gran atención después de los atentados del 11-S (Silke, 2004). Este aumento de los estudios en la materia ha dado lugar a la recopilación de diferentes factores de riesgo y protección (para un metaanálisis véase Wolfowicz et al., 2020) y al desarrollo de modelos teóricos (para una revisión véanse Dalgaard-Nielsen, 2010; King & Taylor, 2011; Lobato, 2019; Moyano & Trujillo, 2013; Schmid, 2013; Victoroff, 2005) que tratan de explicar los diferentes mecanismos y procesos en que se ven envueltos los individuos que se radicalizan (Gøtzsche-Astrup, 2018). Si bien el avance en el conocimiento ha sido aumentando en estos años, aún existen limitaciones y fenómenos no del todo comprendidos (Schuurman, 2019). No obstante, estas limitaciones son aun mayores si nos atenemos al campo de la desradicalización. Varios autores inciden en la necesidad de realizar más investigaciones en este campo y centrarse en la recogida de datos empíricos que sirva para validar los conocimientos y las técnicas de intervención que se usan en la actualidad (Altier et al., 2014; Koehler, 2018).

El abandono de una organización terrorista constituye uno de los principales desafíos en materia de seguridad. A fin de comprender mejor estos procesos, se hace uso de los términos desradicalización y desvinculación, los cuales describen los procesos por los que los individuos (o grupos) dejan de participar en la violencia organizada y/o el terrorismo. No obstante, es necesario comprender las diferencias entre estos dos conceptos, los cuales surgen de la distinción entre los procesos cognitivos y conductuales (Horgan, 2008). Dicha distinción refiere al hecho de que la decisión de abandonar la violencia, en ocasiones, puede ser puramente conductual por razones prácticas o involuntarias. El caso contrario también es posible, cuando se deja de creer en la violencia, pero se sigue participando de ella, al menos temporalmente, por otras razones, como el sentido de la lealtad o la autoconservación (Clubb, 2015).

Por un lado, la desradicalización o desvinculación psicológica se entiende como el proceso social y psicológico por el que el compromiso de un individuo con la radicalización violenta y su participación en ella se reducen hasta el punto de que ya no corre el riesgo de implicarse y participar en actividades violentas (Horgan, 2009b). En la literatura se han identificado dos formas de definirla o interpretarla (Clubb, 2015). Una asocia la desradicalización a un campo amplio de actitudes. Esta forma de desradicalización incluye un cambio completo de mentalidad, actitudes y simpatías. En otras palabras, esta definición amplia considera una transformación ideológica completa. La otra forma de definirla, una definición más restringida, denota la deslegitimación de la ideología que sustenta el uso de la violencia. Se refiere a un cambio de actitud hacia el uso del terrorismo y la violencia política, por lo que no tiene en cuenta necesariamente la ideología o las actitudes generales. Horgan (2008) la interpreta como un ablandamiento de opiniones por el que un individuo acepta que la búsqueda de sus objetivos mediante el terrorismo era ilegítima, inmoral e injustificada.

Por otro lado, la desvinculación (física) es un proceso mediante el cual un individuo experimenta un cambio de rol o función que suele ir asociado a una reducción de la participación en la violencia (Horgan & Braddock, 2010). Este abandono de la violencia puede darse abandonando el movimiento o cambiando el papel violento por uno no violento sin llegar a abandonar el movimiento. La desvinculación connota un cambio de comportamiento, pero no un cambio ideológico, por lo que un individuo puede desvincularse sin llegar a desradicalizarse.

A estas formas de desradicalización podemos añadir una tercera, la desradicalización organizativa (Mullins, 2010). Este tipo de desradicalización implica la aceptación colectiva y la adhesión a una estrategia de desvinculación dentro de una organización o movimiento concreto. No obstante, en el presente documento nos centraremos en las formas de desradicalización y desvinculación individual, dejando la desradicalización organizativa de lado.

Reafirmando estas diferencias, podemos decir que no todos los individuos que se involucran en el terrorismo son radicales ni todos los individuos que se desvinculan del terrorismo están desradicalizados (Altier et al., 2014). La desconexión entre ideología y comportamiento sigue siendo uno de los puntos más controvertidos en el campo de la radicación (Khalil et al., 2019; McCauley & Moskalenko, 2017). Así, nos encontramos con posturas opuestas que necesariamente asocian el cambio en las cogniciones y valores con cambios comportamentales (i.e., el abandono de la actividad violenta), mientras otras apelan al cambio en los comportamientos que traerá como consecuencia un cambio en las cogniciones. 

Además de estas distinciones analíticas, podemos encontrar otras asimismo relevantes (Altier et al., 2017; Horgan, 2009a). En primer lugar, la desvinculación puede producirse a nivel individual o a nivel grupal/colectivo—cuando un grupo radical invierte su ideología y deslegitima el uso de métodos violentos para lograr sus objetivos políticos, al tiempo que avanza hacia la aceptación de los cambios sociales, políticos y económicos generales en un contexto pluralista (Ashour, 2009). En segundo lugar, la desvinculación puede ser voluntaria o involuntaria (e.g., el encarcelamiento o la derrota del grupo). En base a estas dos dimensiones (individual/colectiva y voluntaria/involuntaria) se puede establecer la siguiente tipología (Altier et al., 2017):

  • Desvinculación individual y voluntaria: el individuo decide abandonar el terrorismo.
  • Desvinculación individual e involuntaria: el individuo es encarcelado, expulsado del grupo o sufre lesiones que le impiden participar de la actividad violenta.
  • Desvinculación colectiva y voluntaria: el grupo se desarma.
  • Desvinculación colectiva e involuntaria: el grupo es derrotado.

Como consecuencia, la desvinculación física puede encontrar sus causas en la salida voluntaria del movimiento; la salida involuntaria del movimiento; el cambio voluntario hacia otro rol; el cambio involuntario hacia otro rol; la salida involuntaria del movimiento por completo; o las experiencias derivadas de la desvinculación psicológica que actúan como catalizador de la desvinculación física a través de los factores anteriores (Horgan, 2009a). No obstante estas distinciones analíticas, en la realidad estos procesos no pueden separarse. Los individuos se ven afectados por las acciones de su grupo mientras que el grupo se ve afectado por las experiencias individuales de sus miembros, a la vez que ambos se ven afectados por el entorno más amplio en el que operan y al que pueden llegar a modificar (Mullins, 2010).

Factores de empuje, de atracción e inhibidores

A pesar de que existen distintas propuestas a la hora de clasificar los factores que influyen en la desradicalización/desvinculación, la categorización más usada ha sido la importada del campo de las migraciones que diferencia entre factores de empuje (push) y factores de atracción (pull) (Lee, 1966). Los factores de empuje son las razones por las que los individuos pueden haber empezado a tener dudas sobre su participación en los grupos terroristas. Por su parte, los factores de atracción están compuestos por los “incentivos” que pueden atraer a los individuos a la vida fuera del terrorismo. En la Tabla 1 se recogen los principales factores de empuje y atracción que se han encontrado en diversos estudios (Altier et al., 2017; Koehler, 2018; Lösel et al., 2020). Entre los factores de empuje, destaca la desilusión con la estrategia o las acciones del grupo radical (Altier et al., 2017; Barrelle, 2015). Este contraste entre lo que se espera que haga el grupo y lo que acaba haciendo en realidad parece ser uno de los principales factores que puede llevar a la desvinculación con el grupo. Por su parte, en cuanto a los factores de atracción, los lazos con individuos no radicales fuera del grupo y las demandas familiares constituyen los factores más mencionados. Los deseos de rehacer su vida y la incompatibilidad entre las demandas familiares y la actividad radical son factores atractivos que, junto a otros factores, pueden inclinar la balanza hacia la decisión de abandonar el grupo. Estos factores de atracción, además, juegan un importante papel después de la desvinculación ya que constituyen incentivos que restan valor a la reincidencia. Finalmente, mencionar que, entre estos dos tipos de factores, los factores de empuje parecen tener un mayor impacto (Altier et al., 2017). No obstante, parece ser la combinación de estos factores, de manera diferente para cada persona y de manera acumulativa en el tiempo, la que propicia el abandono del grupo (Kenney & Chernov Hwang, 2020). 

Tabla 1. Factores de empuje y atracción para la desvinculación terrorista

Además de estos factores de empuje y atracción, existen factores inhibidores que constituyen sanciones sociales negativas a los desertores y actúan como barreras ante la desradicalización. Estos factores funcionan como un escudo de resiliencia que impide la desradicalización (Doosje et al., 2016). Entre los factores inhibidores, podemos mencionar: las características positivas del grupo; la amistad y las relaciones íntimas dentro del grupo; las sanciones negativas por parte del grupo; la pérdida de protección frente a los antiguos enemigos; las sanciones negativas del sistema de justicia penal; el no tener a dónde ir; el miedo a que se arruinen las perspectivas profesionales; las expectativas de volver; la lealtad a su propia comunidad; la falta de perspectivas y alternativas sociales; y la reticencia interior a admitir que la ideología del grupo era errónea y el posible fracaso individual (Bjørgo & Horgan, 2009; Koehler, 2018). 

A parte de estos factores que pueden ejercer una presión social para no abandonar el grupo, las formas de reaccionar por parte del grupo extremista se resumen en dos. Por un lado, una ausencia casi ignorante de cualquier sanción o presión y, por otro lado, alguna forma de agresión verbal y/o física (Bjørgo & Horgan, 2009). El que opten por una u otra parece estar relacionado con características del desertor (el estatus, el tiempo en el grupo, el conocimiento adquirido y las motivaciones para abandonar) y del grupo (la ideología, la afinidad por la violencia, las perspectivas de futuro, su estructura y jerarquía, el peligro de futuras deserciones, presiones gubernamentales, el estatus del grupo y su atmósfera, y los procesos de aprendizaje del comportamiento dentro del grupo) (Koehler, 2018).

Finalmente, es necesario destacar que esta distinción analítica entre factores de empuje, de atracción e inhibidores proporciona heurísticos útiles para describir los factores involucrados en la desvinculación. Sin embargo, su valor predictivo es limitado y no delimitan un proceso. Un individuo puede experimentar uno o varios de estos factores sin llegar a desvincularse mientras otros los citan como las causas de su desvinculación. Así, el compromiso con el grupo y la probabilidad de abandonarlo también depende de otros factores como la satisfacción con su participación, las alternativas disponibles, la inversión realizada y algunos factores identitarios (Altier et al., 2017; Harris et al., 2017; Raets, 2017; Sageman, 2017).

Modelos de desradicalización

Como se ha mencionado previamente, los factores de riesgo no delimitan procesos por lo que su poder predictivo se ve reducido. Por ello, existen modelos teóricos que tratan de explicar los procesos de desradicalización/desvinculación poniendo el acento en los diferentes factores y fases que constituyen el proceso. Aunque, como se mencionaba en la introducción, el desarrollo de modelos teóricos sobre los procesos de desradicalización/desvinculación se encuentra en fases iniciales, en la literatura podemos encontrar algunas propuestas que resultan interesantes. Antes de entrar a explicar estos modelos, resulta pertinente aclarar que la desradicalización, de forma similar a la radicalización, se considera un proceso gradual que puede durar años, sobre todo cuando involucra el abandono del movimiento extremista. Asimismo, los procesos de desradicalización tampoco son necesariamente lineales, estos se entienden como procesos cognitivo-emocionales complejos y multifacéticos que implican diferentes fases y pasos (Demant et al., 2008; Koehler, 2018; Rabasa et al., 2010). En los siguientes apartados se presentan algunos de los modelos y aportes teóricos que se han propuesto en estos últimos años.

Trayectoria de desvinculación

Rabasa et al. (2010) proponen una trayectoria de seis fases por la que los individuos pasan al desvincularse: el desencadenante, el cálculo de costes y beneficios; el punto de inflexión; la desvinculación; el desarrollo de una nueva identidad y la reintegración en la sociedad; y la probabilidad de reincidencia. Así, el proceso de desvinculación comienza como resultado de un desencadenante. Este suele ser un acontecimiento traumático que conduce a una crisis emocional, aunque también pueden ser una acumulación de acontecimientos, la conclusión de que la ideología del grupo no explica el mundo con exactitud o la constatación de que no se ha logrado el cambio social o político esperado. Todos estos acontecimientos sacan a la luz una incoherencia en la visión del mundo. En este momento, surgen pruebas que refutan las creencias del individuo produciéndose una apertura cognitiva que vuelve al individuo receptivo hacia nuevas ideas. Una vez que surgen las dudas, estas suelen extenderse rápidamente. El hecho de cuestionar un simple aspecto de la organización puede llevar a que toda la estructura de creencias se desmorone. No obstante, si el trauma es menor o las incoherencias no son del todo evidentes, estas discrepancias se pueden ignorar y racionalizar.

Después de esta primera fase y una vez el individuo comprueba que su cosmovisión puede ser inadecuada, se inicia un período de reflexión mediante el cual cuestiona la orientación radical. Durante este periodo de cuestionamiento, el individuo hace un simple cálculo sopesando los pros y los contras de la salida. En este punto van a ser cruciales los factores de empuje y atracción, así como los factores inhibidores y los aspectos positivos asociados a la afiliación.

En caso de que el individuo llegue a la conclusión de que abandonar la organización radical es más útil que quedarse, pasaría a la fase del punto de inflexión durante la cual decide abandonar. Una vez tomada la decisión, el individuo debe determinar si se marcha de forma encubierta, abierta o pública. En un esfuerzo por evitar una confrontación estresante con otros miembros del grupo, el militante puede abandonar el grupo en secreto. Por el contrario, después de decidir abandonar el grupo, el militante puede discutir el asunto abiertamente dentro de la organización, pero no hacer pública su decisión. En una salida pública, el militante difunde abiertamente su decisión de abandonar el grupo y, al hacerlo, suele denunciar a la organización extremista.

Tras la salida, el individuo va a tratar de crear una nueva identidad y reintegrarse en la sociedad. Si es capaz de desarrollar una nueva red social que fomente un comportamiento moderado, conseguir un empleo estable y ser aceptado por la comunidad, será menos probable que vuelva a tener un comportamiento radical. Por el contrario, si no puede encontrar una red social de apoyo, un empleo o es condenado al ostracismo por la comunidad, la probabilidad de reincidencia aumentará.

En una valoración general del modelo, esta trayectoria hace un esbozo del camino general que siguen los extremistas para desvincularse de una organización radical, pero tiene poco que decir específicamente sobre la desradicalización, aunque bien es cierto que tiene en cuenta la última etapa que sería la reinserción. Por otra parte, los modelos de fases presentan problemas a la hora de ajustarse a la realidad (Moskalenko & McCauley, 2009), por lo que un proceso lineal siguiendo todas las fases propuestas parece menos evidente que un proceso más caótico donde existen idas y venidas. No obstante, el modelo sí que explicaría el cómo se desvinculan y reinsertan los individuos, y algunas de las decisiones que han de tomar para que el proceso siga adelante. Finalmente, destaca la poca evidencia que apoye este modelo de fases. Hasta donde nuestro conocimiento alcanza, la relación entre las distintas fases no ha sido testada, si bien es cierto que algunas de sus fases han recibido más atención por separado.

Modelo de inversión

Altier et al. (2014), en una revisión de la literatura en psicología, sociología y criminología, sugieren la aplicación del modelo de inversión (investment model), desarrollado por Rusbult y sus colaboradores (Farrell & Rusbult, 1981; Rusbult, 1980, 1983; Rusbult et al., 1998; Rusbult & Farrell, 1983), para entender la desvinculación. El modelo de inversión parte de la siguiente fórmula:

Compromiso = Satisfacción – Alternativas + Inversión

donde Satisfacción = Actual(Recompensas – Costes) – Esperado(Recompensas – Costes)

Este modelo se centra en dos aspectos de la participación de un individuo en un grupo: la satisfacción y el compromiso. La satisfacción refleja la evaluación del grupo; siendo más positiva si el grupo provee una mayor cantidad de recompensas a bajo coste. Así, la satisfacción aumenta cuando el grupo provee recompensas, con un bajo coste, que superan las expectativas. Por otra parte, un aumento de la satisfacción se relaciona con un aumento del compromiso. El compromiso viene a ser la probabilidad de permanecer en dicho grupo y sentirse psicológicamente vinculado a él. No obstante, una baja satisfacción no tiene porqué corresponder con un bajo compromiso. El compromiso también depende de otras dos variables: la calidad de las alternativas y el tamaño de la inversión. 

Según este modelo, el compromiso se incrementa cuando los individuos perciben que las alternativas son pobres y han realizado una gran inversión. La inversión, a su vez, puede ser intrínseca (recursos asociados al compromiso como amigos, memorias u objetos materiales) o extrínseca (recursos invertidos como tiempo, energía o dinero). Asimismo, un alto coste emocional puede reducir el compromiso mientras que las emociones positivas constituyen recompensas o vínculos afectivos que incrementan la satisfacción y la inversión. Brevemente, una fuerte satisfacción con el grupo aumenta el compromiso con este. Sin embargo, una baja satisfacción no tiene porque relacionarse con un bajo compromiso si la calidad de las alternativas es baja y la inversión realizada en el grupo ha sido alta.

Aplicado al campo del terrorismo, los terroristas que en el desempeño de su rol obtienen grandes recompensas, como vínculos sociales, a bajo coste que superan sus expectativas estarán más satisfechos aumentando el compromiso con el grupo. Por otra parte, si la satisfacción es baja, no tienen porque desvincularse del grupo ya que el compromiso puede ser alto debido a que carecen de alternativas, como una familia o un empleo estable, y la inversión ha sido demasiado grande, por ejemplo, el tiempo y energía invertidos.

Al igual que el modelo previo, este no tiene en cuenta la desradicalización ni la reinserción centrándose solo en la desvinculación. No obstante, como mencionan Altier et al. (2014), el modelo toma un enfoque flexible y reconoce las complejidades subyacentes a la toma de decisiones humanas a diferencia de los modelos por etapas o fases, siendo el compromiso y la satisfacción elementos centrales. Sin embargo, si bien este modelo es útil para comprender la probabilidad de la desvinculación a lo largo del tiempo, el porqué se desvinculan, es poco indicativo del cómo se desvinculan (Altier et al., 2014). Por último, es de destacar la existencia de evidencia empírica (para un metaanálisis véase Le & Agnew, 2003) si bien no en el campo que nos atañe (quizás lo más cercano sea la aplicación en el campo de la lucha contra el terrorismo; Agnew et al., 2007).

Modelo 3N aplicado a la desradicalización

De acuerdo con el modelo 3N de la radicalización (para una descripción más detallada véase Lobato, 2019), la radicalización surge de la intersección entre tres fuerzas psicológicas: 1) las necesidades o motivación del individuo, 2) las narrativas ideológicas de la cultura del individuo y 3) la interacción entre la presión grupal y la influencia social que ocurre dentro de la red social del individuo (Kruglanski et al., 2019; Webber & Kruglanski, 2017). Así, el camino hacia la radicalización comenzaría con la activación de la búsqueda de significado personal¾necesidad de marcar la diferencia, importar, ser alguien¾, que dirige la atención hacia los medios para conseguir significado, los cuales se encuentran en la narrativa colectiva (ideología) del grupo de referencia. Si tal ideología identifica la violencia y/o el terrorismo como el único medio para conseguir significado, las personas llegarían a comprometerse con la violencia y/o el terrorismo. Por su parte, los procesos grupales serían los que unen los dos procesos previos ya que el compromiso con el grupo restauraría el significado recompensándolos de varias maneras (e.g., prestigio, recursos, sentimientos de pertenencia).

Según este modelo, la radicalización refleja un compromiso de alto nivel con el objetivo ideológico y con la violencia como medio para su consecución, junto con un compromiso reducido con objetivos y valores alternativos. Partiendo de esta conceptualización, la desradicalización consistiría en la reducción del compromiso con el objetivo ideológico central o con los medios para conseguirlo (la violencia y el terrorismo) para alcanzar dicho objetivo (Dugas & Kruglanski, 2014; Webber et al., 2018). De acuerdo con este modelo, la radicalización y la desradicalización son “procesos espejo”, por lo que para que esta última se produzca sería necesario intervenir sobre las tres fuerzas psicológicas mencionadas previamente.

Según Dugas y Kruglanski (2014), un individuo puede reducir su compromiso con la violencia como medio para la consecución del significado por diversas razones. Por ejemplo, a través de las dudas sobre la aceptación moral del uso de la violencia, a través de la aceptación de una ideología no violenta o a través de la atribución de ineficacia al uso de la violencia. Así, la desradicalización se produciría si el individuo en cuestión llega a considerar los medios radicales como moralmente inaceptables, ineficaces o ambos. En este caso, la violencia ya no sería un medio válido para lograr el significado a ojos de la comunidad y el individuo centraría sus esfuerzos en otros objetivos alternativos.

El modelo propone tres formas de desradicalización que se pueden agrupar en dos (Bélanger, 2018, Webber et al., 2020). Por un lado, la desradicalización explícita o directa, la cual consiste en deslegitimar el uso de la violencia o, usando los conceptos del modelo, cambiar la narrativa. Este tipo de desradicalización consiste en cambiar el compromiso con la violencia como medio para alcanzar el significado. Por otro lado, la desradicalización implícita o indirecta consiste en ofrecer otras alternativas para conseguir el significado personal para alejar a los individuos de las vías y los entornos radicalizados. Dentro de la desradicalización indirecta también encontramos otra forma que consistiría en debilitar las redes que apoyan el uso de la violencia y facilitar nuevas redes sociales no asociadas al extremismo. En consecuencia, los programas de desradicalización podrían incluir también estrategias, como la formación laboral y educativa, destinadas a devolver el significado.

El presente modelo no diferencia entre desvinculación y desradicalización, y asume que los procesos de radicalización y desradicalización son opuestos. Asimismo, tampoco aborda directamente el tema de la reinserción. No obstante, al igual que el modelo previo, propone un enfoque flexible basado en diferentes fuerzas psicosociales y señala diferentes formas de desradicalización. Respecto a la evidencia, bien es cierto que existe mucha evidencia respecto a la intersección entre las fuerzas propuesta a la hora de explicar la radicalización (para una valoración de la evidencia de estos constructos véase Gøtzsche-Astrup, 2018), aunque, hasta donde los autores conocen, solo existe un estudio que valida la propuesta de desradicalización (i.e., Dugas & Kruglanski, 2014; Webber et al., 2018).

Modelo pro-integración

Basándose en los análisis de diferentes entrevistas, Barrelle (2015) propone el modelo pro-integración (PIM). Este modelo pone el foco en el compromiso con la sociedad. La participación en la sociedad tras la desvinculación es la clave para que los individuos puedan seguir adelante con sus vidas y progresar en sus objetivos y creencias de forma no violenta. Así, el individuo reduciría su identidad con el grupo extremista, surgiría una nueva identidad y encontraría un nuevo grupo con el que identificarse.

Según este modelo, la desvinculación sería un proceso no lineal que engloba diferentes procesos interconectados a través de cinco áreas clave de la vida de una persona: las relaciones sociales, el afrontamiento, la identidad, la ideología y la orientación a la acción. Las relaciones sociales son críticas a la hora generar la motivación necesaria para desvincularse del grupo. En este dominio actúan factores de empuje como la desilusión los miembros del grupo y los líderes, así como un factor de atracción como las relaciones positivas con gente fuera del grupo radical. Por su parte, el afrontamiento es necesario dado que los grupos extremistas pueden afectar a nivel psicológico debilitando la salud mental a través de la ansiedad, la depresión, los traumas, la paranoia, el burnout, los brotes psicóticos o las crisis emocionales; sobre todo en los grupos que usan la coerción y la violencia para asegurar la disciplina interna. Por tanto, en el área de afrontamiento intervienen factores como los temas físicos y psicológicos, el apoyo social, y la resiliencia y las habilidades de afrontamiento. De esta forma, los individuos buscan el apoyo de otras personas para afrontar sus problemas personales. La tercera área es la identidad, que constituye el núcleo de quienes somos y por lo que la desvinculación del extremismo y el compromiso con la sociedad pueden considerarse como la última transformación de la identidad. Para que esta se produzca, deben darse al menos tres procesos relacionados con la identidad: una reducción de la intensidad de la conexión con el grupo extremista, el surgimiento de su yo personal y la búsqueda de otro grupo con el que identificarse. En esta área, los principales factores que intervienen son la reducción de la identificación con el grupo extremista, la aparición de una identidad personal y el surgimiento de una identidad grupal alternativa. Respecto al área de la ideología, es de destacar que la desvinculación no implica un cambio en las actitudes y opiniones. Sin embargo, es posible que una persona modere sus propias opiniones sin aceptar necesariamente que otras personas, especialmente las que discrepan, tengan un derecho legítimo a mantener sus creencias y prácticas divergentes. Así, los factores presentes en esta área son la desilusión con las ideas radicales, el cambio de creencias y la aceptación de la diferencia. Finalmente, se entiende que un elemento definitorio del extremismo violento es la orientación hacia la acción, en concreto, hacia las acciones que implican el uso de la violencia. Por tanto, los factores que encontramos en esta área son la desilusión con los métodos radicales, dejar de usar estos métodos y el compromiso prosocial con la sociedad.

A su vez, el PIM propone tres niveles de compromiso: mínimo, cauteloso y positivo. Aquellos que no se comprometen con la sociedad, incluso habiendo abandonado el uso de la violencia, estarían en el nivel de compromiso mínimo. En el nivel cauteloso se encuentran quienes se han comprometido de forma limitada o dudosa; los individuos en este nivel no estarían alcanzando todo su potencial para alcanzar la felicidad y el bienestar. Por último, el nivel de compromiso positivo representa una integración completa; esto es, cuando la persona disfruta de relaciones sanas y funcionales independientemente de su grupo de referencia. En conjunto, este modelo interpreta la desvinculación como una transformación identitaria del exterior al interior de la sociedad a través de los cinco dominios que propone.

El PIM pone toda la atención en el proceso de reinserción que, si bien se relaciona directamente con la desvinculación, no explica como esta sucede ni tampoco aclara que pasa con la desradicalización. Al igual que algunos de los modelos previos, la propuesta se centra en un modelo flexible y, aunque distingue entre distintas etapas, i.e., los niveles de compromiso, no establece un modelo lineal. Asimismo, las diferentes dimensiones propuestas agrupan algunos de los factores más mencionados en la literatura, pero no explican cómo se desvinculan o reintegran en la sociedad. Finalmente, respecto a la evidencia del modelo, cabe destacar un estudio de Cherney y Belton (2020) en el que destacan su utilidad para valorar el efecto de las intervenciones dirigidas a la desradicalización/desvinculación.

Modelo de los bucles de refuerzo

Analizando varias entrevistas con yihadistas indonesios, Chernov Hwang (2015) destaca seis factores que intervienen en la desvinculación: desilusión y decepción con las tácticas, el liderazgo u otros aspectos del movimiento; la comprensión de que los costes de las acciones continuadas son demasiado grandes; el establecimiento o restablecimiento de relaciones con personas o redes ajenas al círculo yihadista; la presión familiar; el cambio de prioridades personales y profesionales; y el trato humano por parte de las autoridades. De entre estos, las emociones como la desilusión y la decepción fueron los más citados como causa de una apertura inicial. No obstante, estas emociones no fueron suficientes para provocar la desvinculación; era necesario que otros factores las reforzaran con el tiempo. Asimismo, estos factores tienden a variar en función de si un individuo ha roto con el movimiento de manera formal, de manera informal pasando a ser “inactivo” o si ha permanecido en el movimiento pero ha pasado a desempeñar un papel no violento. Así, la autora destaca que la desvinculación es un proceso complejo que suele ser emocional, psicológico, racional y relacional.

Los factores de empuje y atracción se combinan de forma única para diferentes personas, en los grupos y dentro de ellos. La desvinculación se suele experimentar a través de una serie de desacuerdos que se acumulan con el tiempo. En otro estudio en el que Kenney y Chernov Hwang (2020) comparaban individuos que se desvincularon con otros que persistieron en el grupo extremista, los autores encontraron que quienes persistieron no llegaron a experimentar desilusión con la ideología, cambios de prioridad en su activismo o un proceso de maduración. Asimismo, estos eran leales a sus líderes a pesar de no estar de acuerdo en cuestiones como las enseñanzas o los principios del grupo. Otra diferencia que encontraron entre quienes se desvinculaban y los que no lo hacían era el agotamiento; quienes se desvinculaban respondían a este agotamiento volviéndose inactivos o abandonando, pero quienes no lo hacían solo reducían su activismo sin abandonarlo del todo. Quienes continuaron tampoco cambiaban sus prioridades hacia otras actividades, seguían participando incluso al llegar a una edad mediana, casarse, tener hijos o ver como sus antiguos amigos seguían con su vida. La última diferencia que encontraron estaba en las alternativas. Quienes seguían tenían menos oportunidades educativas y laborales que quienes se desvincularon. En resumen, a diferencia de los que abandonan, los que siguen se mantienen profundamente comprometidos con la ideología de su grupo. No cambian sus prioridades personales en relación con la causa, ni cambian sus actividades. Además, los individuos que se desvinculan por completo crean redes alternativas de nuevos amigos, familiares que les apoyan y mentores que cuestionan sus puntos de vista y les ayudan a construir nuevas identidades. Estas redes son las que les ayudan a reinsertarse.

Además, Chernov Hwang (2015) destaca, de forma novedosa, que existe una superposición entre dos factores que da lugar a un bucle de refuerzo (reinforcement loop). Esto es, los individuos en un proceso de desvinculación buscan otros factores que apoyen su motivación actual. Este bucle aparece, principalmente, entre las nuevas relaciones que refuerzan un cambio de prioridades personales o profesionales, y en la desilusión que refuerza un cálculo coste-beneficio. A su vez, estos bucles de refuerzo impulsan la desvinculación a medida que uno se convence más de la necesidad de dejar el uso de la violencia o de abandonar el movimiento por completo.

El modelo de los bucles de refuerzo también se centra en la desvinculación sin abordar la desradicalización ni la reinserción. Los factores que propone no van más allá de del marco de factores de empuje y atracción, aunque cierto es que la comparativa entre quienes se desvinculan y los que no lo hacen aporta cierta novedad. Asimismo, los bucles de refuerzo también son novedosos, pero aún están por desarrollar pues solo se ofrecen un par de ejemplos y no se delimita bien la interacción entre estos pares de factores. Por último, cabe destacar que, hasta donde conocemos, ningún otro autor ha puesto a prueba los bucles de refuerzo.

Modelo de las dinámicas de la desvinculación

Centrándose en las protestas sociales, van Stekelenburg y Klandermans (2017) proponen un modelo de las dinámicas de la desvinculación. Este modelo sugiere que una gratificación insuficiente, combinada con un compromiso decreciente, aumentan la intención de abandonar. Finalmente, serían los acontecimientos críticos los que acaban de inclinar la balanza para que la persona abandone. Hay que tener en cuenta que, según este modelo, las causas de la desvinculación son el descenso de la gratificación y el compromiso, el evento crítico solo actúa como un factor precipitante.

Por un lado, la gratificación depende de la capacidad de los grupos o movimientos para satisfacer las motivaciones instrumentales, de identificación y de expresión. Cuando estas necesidades no son satisfechas por el movimiento, la gratificación se reduce. El compromiso también se ve afectado por la gratificación. Este se ve reforzado por las interacciones con el movimiento, cuando estas dejan de ser gratificantes, el compromiso disminuye. Cuando ambos se degradan, aparece la intención de abandonar. Aún así, la intención de abandonar no tiene porqué llevar a la acción. Por otro lado, el compromiso se puede dividir en normativo (la obligación moral de permanecer en la organización), afectivo (el apego emocional con la organización) y pragmático (la conciencia de los costes que conlleva dejar la organización) (Klandermans, 1997). Para que se produzca la desvinculación, los tres tipos de compromiso deben verse reducidos. De lo contrario, un tipo de compromiso podría ser suficiente para compensar la reducción en los otros y el individuo seguiría vinculado a la organización. Finalmente, es necesario que ocurra un evento crítico, el cual puede tomar cualquier forma o incluso parecer trivial. De esta forma, este evento crítico canaliza el descontento previo para formalizarse en la desvinculación.

En el caso de los grupos radicales (van Stekelenburg & Klandermans, 2017), aunque la violencia tiende a aparecer desde el principio del ciclo de protesta, las formas más dramáticas de violencia parecen producirse cuando la fase de masas del ciclo de protesta ha terminado. Dicha violencia, a medida que disminuye la movilización, se atribuye a la insatisfacción de la gente con los resultados de las protestas pacíficas y a sus intentos de compensar la “reducción de números” con un mayor radicalismo, reforzado por un aparato de represión que se vuelve más eficaz hacia el final de un ciclo.

Como parece habitual en estos modelos y su nombre indica, las dinámicas de desvinculación no abordan la desradicalización. Al igual, dado que no es un modelo centrado en la desvinculación de extremistas violentos, no tiene en cuenta la posterior reinserción. No obstante, sí que recoge conceptos de los modelos explicados previamente como son el compromiso y los eventos desencadenantes, y realiza una distinción analítica más detallada sobre el compromiso a la vez que propone un modelo flexible. También es de destacar el papel que otorga a los eventos críticos, a los que sitúa después de la reducción del compromiso y la gratificación en oposición a la trayectoria de Rabasa et al. (2010), quienes los sitúan como punto de inicio. En cuanto a la evidencia, hasta donde conocemos este modelo no ha sido testado, al menos en el campo de la desvinculación de extremistas o terroristas.

Modelo fénix de desvinculación y desradicalización

Después de realizar una revisión sistemática de la literatura sobre la temática, Silke et al. (2021) propusieron el modelo fénix. De acuerdo con este modelo, existen distintos catalizadores agrupados en tres grupos (actores, psicológicos y contexto) que pueden interactuar entre ellos. Junto a estos catalizadores existen tres filtros (i.e., (des)confianza, oportunidad percibida y seguridad), los cuales van a determinar si los catalizadores derivan en los procesos de desvinculación y/o desradicalización. Finalmente, el proceso básico que subyace al modelo es la transformación de la identidad, que engloba procesos como el rechazo de la identidad extremista, la búsqueda y desarrollo de una identidad alternativa, y la transformación de una identidad militante en una identidad pacífica.

Respecto a los grupos de catalizadores, el grupo de los actores está relacionado con otras personas significativas o con intervenciones con las que el individuo se compromete y que buscan alejarlo de la participación en el terrorismo y el extremismo. El primer catalizador en este grupo es la familia. La familia puede jugar un papel muy importante a la hora de reestablecer una identidad, sobre todo en el caso de la paternidad. Por otra parte, las amistades externas a la organización también pueden ofrecer la oportunidad de desarrollar intereses y redes externas. Cuando estas relaciones externas adquieren un mayor protagonismo que las internas, el deseo de abandonar la organización se hace más intenso. El segundo catalizador son las intervenciones dentro de los programas de desvinculación. A pesar de que la evidencia que existe no es concluyente (Cherney, 2018), parece que los programas de intervención tienden a tener un impacto positivo. Algunos ejemplos de estas intervenciones son las mentorías, el asesoramiento psicológico, los diálogos víctima-perpetrador y las técnicas de apretura mental y pensamiento crítico. El tercer catalizador recae en el papel que pueden jugar los antiguos extremistas y terroristas. Muchas intervenciones incluyen antiguos terroristas y extremistas que trabajan para fomentar el cambio. Aunque existe mucha controversia (e.g., Alonso & Díaz Bada, 2016), se destacan algunas ventajas como el conocimiento impartido sobre los procesos de desvinculación, la credibilidad de estos individuos y la posibilidad de que los consideren como modelos de conducta. Asimismo, la propia participación parece ayudar también a los antiguos extremistas y terroristas que llevan estas intervenciones.

En el grupo de los catalizadores psicológicos, los autores mencionan dos. El primero es la desilusión, entendida como un proceso comparativo en el que el individuo compara su existencia e interacciones actuales con sus experiencias y/o expectativas anteriores. Por lo general, la desilusión surge con el personal y las estrategias de la organización tras formas significativas y persistentes de interacciones negativas con los compañeros, convirtiéndose en un factor de empuje que lleve al individuo a distanciarse del grupo. El segundo es la salud mental. En concreto, el estrés y el burnout (o síndrome del quemado), cuya experiencia, mantenida durante períodos prolongados, puede erosionar el compromiso con el grupo. En este contexto, las vías de escape se vuelven cada vez más atractivas.

El último grupo de catalizadores engloba el contexto que hace referencia al espacio físico, en concreto, a la prisión. Existen diversas formas en que la prisión puede fomentar procesos de desvinculación y desradicalización. Entre ellas, la prisión ofrece una oportunidad para la reflexión, aleja físicamente al individuo del grupo y/o de otros individuos extremistas, y ofrece una oportunidad para participar en intervenciones o programas destinados a la desvinculación y/o la desradicalización.

Posteriormente, para que los catalizadores previamente identificados tengan un impacto positivo en los procesos de desvinculación y/o desradicalización, deben pasar primero por una serie de filtros: (des)confianza, oportunidad percibida y seguridad. Estos filtros desempeñan el papel de determinar o refinar qué individuo pasará con éxito por los procesos de desvinculación y/o desradicalización. Así, para que los catalizadores del grupo de los actores tengan un impacto positivo, la influencia de los individuos pasa por la variable de filtrado de la (des)confianza. Si los individuos que promueven y/o apoyan la desvinculación/desradicalización son de confianza, estos catalizadores conducirán a una mayor probabilidad de un resultado positivo. Por el contrario, si se desconfía de ellos, esto puede socavar la posibilidad de que la desvinculación/desradicalización tenga éxito. En cuanto a los efectos positivos de los catalizadores psicológicos y/o contextuales, es necesario que el individuo perciba una oportunidad creíble, positiva y sostenida para desvincularse. Es de hacer notar que la oportunidad puede ser negativa (e.g., encarcelamiento en prisión) o más positiva (e.g., empezar un nuevo trabajo, conocer nuevos amigos). Por último, el papel de la oportunidad está estrechamente relacionado con la cuestión de la seguridad. Si los individuos sienten que su seguridad física y su protección podían verse amenazadas o en peligro si se desvinculaban del movimiento extremista, estas preocupaciones podían actuar como elementos disuasorios. A estos filtros, habría que añadir la ya mencionada transformación identitaria que subyace a todo el proceso.

Finalmente, la última fase del modelo es la reintegración. En esta fase existen algunos retos entre los que se incluyen el estigma asociado a los delitos cometidos en el pasado, la construcción de una nueva identidad positiva y el acceso a la ayuda práctica, económica y psicológica. Aunque la reintegración exitosa es el objetivo natural de la mayoría de las iniciativas de desvinculación y desradicalización, esta no tiene porque completarse.

A pesar de que el modelo plantea la existencia de dos procesos diferentes, de desradicalización y de desvinculación, no se hace explícito qué factores inciden o facilitan uno u otro proceso. No obstante, el modelo sí tiene en cuenta la reintegración como etapa final. Por otra parte, al partir de una revisión de la literatura, el modelo integra los factores más importantes que se han encontrado e incluye condicionantes que afectarían a la toma de decisiones haciendo de él un modelo flexible. Dada la novedad del modelo, aun no existe evidencia que de prueba de su validez.

Discusión

En el presente manuscrito se han especificado los factores y los modelos que tratan de explicar la desvinculación y/o la desradicalización junto con una breve valoración de los aportes más destacados de cada modelo. Si bien el número de modelos y la evidencia con la que algunos cuentan es limitada, por el momento, es menester destacar algunos de los principales componentes que toman en cuenta. De esta forma, la mayoría de los modelos se centran en la desvinculación sin tener en cuenta la desradicalización y solo unos pocos integran la reinserción. En este punto vale la pena destacar que se ha sugerido que el cambio comportamental requerirá de un posterior cambio cognitivo o, en otras palabras, la desvinculación conducirá a la desradicalización (Dalgaard-Nielsen, 2013); postura que encuentra su fundamento en las teorías de la disonancia cognitiva (Festinger, 1957) y la reactancia psicológica (Brehm, 1966). No obstante, perpetuando el debate, la posición contraria también parece tener cierto aval, la desradicalización llevando a la desvinculación (Clubb, 2015), sustentada en la teoría de la conducta planificada (Ajzen, 1991). Por otra parte, los modelos más flexibles, alejados de los modelos por etapas o fases, parecen tener mayor desarrollo. Esto aporta una ventaja ya que este tipo de modelos tienen en consideración las particularidades de la toma de decisiones (Altier et al., 2014). A pesar de esto, cada modelo se centra en unos factores, destacando el uso de la distinción entre factores de empuje y atracción y siendo los más representativos la desilusión y la familia, respectivamente, y los conceptos de compromiso y satisfacción. Finalmente, como se ha mencionado repetidamente, la evidencia empírica que apoya estos modelos es muy limitada.

Así como se han mencionado algunos de los aportes de estos modelos, no son pocas las limitaciones que encuentran. Como se ha mencionado, los factores y procesos que intervienen en la desradicalización no están del todo claros. Por un lado, aunque se han identificado varios factores de empuje y atracción y, en menor medida, factores inhibidores, poco se sabe de su prevalencia y del efecto que tienen sobre la desvinculación y la desradicalización. Asimismo, esta distinción analítica a sido criticada por sus limitaciones a la hora de realizar predicciones (Altier et al., 2014). Por tanto, es necesario seguir indagando en estos factores, buscar otras posibles distinciones analíticas, discernir las condiciones en que aparecen y dilucidar las posibles combinaciones e interacciones que se dan, así como identificar los factores personales con los que mantienen una mayor asociación. Por otro lado, la mayoría de modelos teóricos presentados cuenta con muy poca evidencia empírica (a excepción del modelo de inversión, aunque no en el campo que nos atañe). En consecuencia, se requiere de datos que puedan refutar o validar estos modelos, así como dar lugar a otros que encajen mejor en la realidad y faciliten la creación de intervenciones que incidan en la desradicalización y puedan ser evaluadas.

Por último, destacar que la elección de un modelo u otro dependerá, en última instancia, de las necesidades y preferencias de las partes interesadas, de las características del objeto de estudio, de la intervención requerida o de la decisión a tomar. Por ello, esta revisión constituye un documento al que acudir para conocer los diferentes modelos teóricos que tratan de explicar la desradicalización y la desvinculación. La valoración de las características de estos modelos, a fin de comparar ventajas e inconvenientes en cada contexto, pueda llevar a una toma de decisiones más acertadas.

Nota sobre los autores:

Roberto M. Lobato es profesor del Department of Psychology del Marbella International University Centre; su línea de investigación se centra en el análisis de actitudes grupales entre grupos religiosos y las distintas formas de violencia política y cultural colectiva. Correo electrónico: romulobato@gmail.com

Josep García-Coll es alumno del programa de Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad de Córdoba. Además, es investigador en el Área de Investigación en Radicalización, Prevención y Seguridad de la Fundación Euroárabe de Altos Estudios. Correo electrónico: jogarcoll@gmail.com

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