Clausewitz y la ética
militar
Clausewitz
and Military Ethics
JUAN
A. MOLINER GONZÁLEZ
Instituto
Universitario General Gutiérrez Mellado, España
Resumen: La obra de Clausewitz “De la guerra” ha
tenido y tiene una importancia extraordinaria en el pensamiento estratégico
militar occidental. Muchas ideas se han generado sobre el fenómeno de la guerra
que han tenido su origen en este militar y pensador alemán. Sin embargo, las
reflexiones y análisis asociados a la ética militar y procedentes de su obra han
sido de mucho menor alcance.
En
este artículo se pretende mostrar que, aunque Clausewitz no introdujo en sus
análisis las consideraciones y reflexiones éticas sobre la guerra, dentro de su
obra se pueden encontrar importantes elementos que forman parte de la tradición
occidental de legitimar el uso de la fuerza (ius ad bellum) y de conducir las operaciones de acuerdo con los
usos y reglas de la guerra (ius in bello).
Palabras claves: Ética militar, Fuerzas morales, Guerra,
Guerra Justa, Pensamiento estratégico.
Abstract: Clausewitz´s work On
War has had and still has an extraordinary importance in the western
strategic military thinking. Many thoughts have been generated about the war
phenomenon whose origin come from this military and German thinker.
Nonetheless, reflections and analysis associated to military ethics and coming
from his work are much less widespread.
In this paper it is expected to show that although
Clausewitz did not include on his analysis the ethical considerations and
reflections on warfare, important elements which contribute to the Western
tradition in the legitimation of the use of force (ius ad bellum) and the way to conduct the battlefield operations
according to the customs and rules of war (ius
in bello), can be found inside his work.
Keywords: Just War, Military ethics, Moral forces, Strategic
thinking, War.
Recibido: 4 de febrero de 2019. Aceptado: 21 de
febrero de 2019.
Introducción
La
obra “De la Guerra” de Carl von Clausewitz[1] es compleja, escrita hace
más de doscientos años y que se presta a variadas interpretaciones. Una obra en
la que los conceptos están dispersos y no siempre es fácil relacionarlos en
significados coherentes. Además de una objetiva dificultad en su comprensión,
Clausewitz murió cuando su obra estaba incompleta y sin terminar.
Su
análisis de la guerra y la inmutabilidad de su naturaleza sigue siendo
principio aceptado para muchos teóricos y estudiosos. Otra cuestión es el
cambio constante que se viene produciendo de características, medios y formas
de hacer la guerra. En todo caso, su obra constituye una de las reflexiones
teóricas fundamentales al analizar esa realidad permanente de la humanidad que es
el fenómeno de la guerra.
En
las páginas que siguen se mostrará que Clausewitz no consignó en su obra ningún
capítulo específico a la reflexión ética, lo que hubiera supuesto una
importante aportación. Sin embargo, se intentará demostrar que la ética militar
se encuentra entre los elementos de su teoría y desempeña un papel en ella de
mucha mayor importancia que el asignado tradicionalmente en el debate ético
sobre el recurso a la fuerza armada y la forma de su empleo en el combate.
Clausewitz
remarcó reiteradamente la importancia de los factores morales, por lo que el
análisis de los mismos, así como de otros elementos éticos, como códigos de
conducta en el soldado, tienen interés y relevancia para profundizar en la
dimensión ética de su concepción de la guerra.
De
las diferencias entre ética y moral, ya se ha dado cuenta en otras páginas
(Moliner, 2018: 1-31). Baste resumir en que la ética se refiere a un ámbito
reflexivo y teórico donde se razona sobre el problema de lo bueno y de lo malo,
en la consideración de los actos libres del ser humano otorgándoles una
valoración apoyada en argumentos y razones, para mostrar si son adecuados y
valiosos por oposición a otros que son malos e inapropiados.
Por
su parte, la moral se conforma mediante unos principios que, tras la reflexión
ética, definen y marcan el conjunto de acciones concretas del individuo. La
moral representa el ámbito práctico hacia donde se orienta la conducta concreta
del ser humano. Se suele apoyar en un conjunto de reglas, principios, valores e
ideales que establecen, o al menos orientan, el comportamiento moral.
Cuando
la reflexión ética se hace sobre la guerra, sobre el uso de la fuerza en el
combate y tras la descripción y el análisis, aquella se torna prescriptiva,
llegamos al establecimiento de un código de conducta para los profesionales de
la milicia. Eso es lo que consideramos un código moral militar y que nos
permite pensar que estamos ante esa ética práctica que es la ética militar. Para
su correcta aplicación, el conocimiento de lo que sobre ella han postulado
pensadores como Clausewitz se considera importante y necesario.
El concepto puro de la guerra
El
enfoque dado por Clausewitz, al tratar sobre la naturaleza de la guerra, es filosófico
y estratégico. Comienza a analizar la guerra y su esencia desde la pura teoría,
despejada de todos sus accidentes y circunstancias y como fenómeno humano.
Lleva
a cabo un análisis fenomenológico buscando las propiedades esenciales del
fenómeno guerra, propio del idealismo alemán de su época.
En
su razonamiento dialéctico, la tesis
es su concepción de la guerra como un acto de fuerza al que no se le pueden
poner límites y donde las conductas desarrolladas en un ámbito dominado por la
fricción y el azar tienen en el ejercicio de la violencia, para imponer la
voluntad al enemigo, su elemento y guía de su naturaleza. Cuanta más violencia
se usa, más ventaja proporciona.
Violencia
y fuerza que tiende a escalar a los extremos y hacia la guerra absoluta, en donde
no hay limitaciones en sistemas de avisos, procedimientos, tecnología y
personas implicadas. O sea, que en la teoría y en la concepción ideal de la
guerra de Clausewitz, tan utilizada por los estrategas militares occidentales,
los principios y restricciones éticas y las consideraciones de la Guerra Justa,
también argumento imprescindible para el uso de la fuerza en Occidente, no
tienen, aparentemente, cabida. De hecho, dice que “la guerra es un asunto tan
peligroso que los errores debidos a la benevolencia son los más graves de todos”
(Clausewitz, 1999: 180).
Para
Clausewitz la guerra como idea pura no atiende a códigos éticos ni morales, ni
a razones de benevolencia o humanidad, aunque sí reconoce que “hay una serie de
limitaciones imperceptibles y autoimpuestas que son ajenas a la fuerza y que
casi no merece la pena mencionar, conocidas como leyes y costumbres
internacionales que apenas la atenúan” (1999: 179).
Siguiendo
con el desarrollo de su concepto teórico y desnudo, también reconoce que “las
guerras entre las naciones civilizadas son mucho menos crueles y destructivas
que las libradas entre salvajes” (1999: 180), pues ello es debido a los avances
que existen en esas sociedades y la forma de relacionarse entre ellas, pero “no
forma parte de la guerra por si mismas; ya existen antes del comienzo de las
hostilidades. Introducir el principio de moderación en la teoría de la guerra
siempre conduce al absurdo lógico” (1999: 180).
Se
desprende, por tanto, de las consideraciones y definiciones de Clausewitz, que en
la guerra concebida como concepto puro y aislado, como un fenómeno ideal, como
una idea, el ejercicio de la fuerza violenta no se puede sujetar a ninguna
condición que limite su natural violencia.
En
ella, el principio de humanidad, la empatía o las restricciones en el uso de la
fuerza no se contemplan, porque para el autor alemán no tienen sentido. La
guerra es violencia y uso de la fuerza y cuando se inicia su lógica interna
lleva a que la violencia se aplique en toda su magnitud.
De la guerra ideal a la real
Pero
tras exponer la naturaleza teórica de la guerra, considerada en el vacío, como
idea pura y sin ninguna contaminación, Clausewitz hace el esfuerzo de
plantearla en otra dimensión, la de la realidad. Es la antítesis de su dialéctica, y entonces asume que la violencia por
sí sola no tiene sentido y conduce a destrucción innecesaria e incluso a la
aniquilación mutua.
Por
tanto, Clausewitz parte de una concepción pura de la guerra para desarrollar su
modelo, una teoría que pretende ser general, abarcadora, y que luego aplica a
la realidad, “pues la guerra real se haya con frecuencia muy alejada del
concepto puro postulado para la teoría” (1999: 198-199).
La
guerra no es un acto aislado, ni consiste en un golpe único y breve, sino que
es un fenómeno humano que se da siempre en una situación en la que “el mundo de
lo real se impone al mundo del pensamiento abstracto” (1999: 184). Incluso
asume que “ni siquiera el resultado final de una guerra puede considerarse
siempre como definitivo” (1999: 185).
Tras
considerar la tesis y la antítesis, Clausewitz concluirá en una síntesis que dé razón a la guerra y que
es la consideración de la guerra como un instrumento político. La política es
la que da sentido a la guerra. De hecho, la política actúa como principio
justificador de la guerra y contribuye a que “se da razón de la guerra en
virtud de la propia racionalidad de la política” (García y Vidarte, 2002: 97).
En
cualquier enfoque para analizar a Clausewitz es una exigencia considerar su
esencial asunción de que es la política la que dirige y motiva la guerra, pues
para nuestro autor “el concepto de que la guerra es solo una rama de la actividad
política; que en ningún sentido es autónoma” (1999: 853).
Como
fenómeno humano político y no autónomo, pues se da en sociedad, en las guerras
reales y no ideales se evita la ascensión a los extremos, se limitan las
acciones y sus consecuencias, porque ello es también una exigencia íntima de
las personas que intervienen en la guerra y lo hacen desde su propia naturaleza
humana.
Por
ello, en la guerra, las consideraciones éticas, intrínsecas al ser humano,
también desempeñan un papel esencial, aunque no sean tenidas en cuenta
permanentemente, ni de igual forma, por los diferentes grupos sociales y
culturales.
Elementos de ética militar presentes en Clausewitz
Cuando
Clausewitz pasa de la pura teoría del concepto de guerra a su aplicación en la
realidad, inmediatamente aparecen las consideraciones éticas. Si asumimos que
la guerra es un hecho dirigido, subordinado y motivado por la política y que ésta
es realidad de individuos y dirigida a seres humanos, seres morales que
introducen en sus conductas hacia el combate y en el combate las restricciones
y los excesos propios de la condición humana, estamos considerando razones de
naturaleza ética.
Para
justificar y dar razón a la guerra, la ética militar como reflexión,
descripción y prescripción del uso de la fuerza en sus causas y desarrollo es
imprescindible, y creemos que sin hacer un análisis especifico de ello como en
otros aspectos de su obra, también Clausewitz adelanta en su teoría de la
guerra cuestiones que afectan a la legitimidad de la misma.
La subordinación ética de la guerra a la
política
Sobre
si Clausewitz consideró en su obra los aspectos éticos hay divergencia de
opiniones entre expertos, muy bien reflejada por Paul Cornish (2003: 213-226). Para
este autor, algunos (Liddell Hart, Kaldor, Van Creveld, etc.) consideran que no
solo “De la Guerra” no tiene en cuenta en cuenta el elemento moral de la
guerra, sino que justifica el recurso a la guerra fuera de toda restricción
ética. En su opinión hay otros autores (Gray, Ignatieff, etc.) que sí detectan
las dimensiones morales de la guerra y las ponen de relieve al estudiar la obra
de nuestro autor.
En
cualquier caso, es conveniente reconocer que en la época de Clausewitz el papel
de la ética en los conflictos era secundario, mientras que en la nuestra la
ética está en el centro del pensamiento estratégico militar.
Como
dice Paret, “Algunos estudiosos han criticado a Clausewitz por ignorar la ética
en De la Guerra, por no analizar las
causas de la guerra en profundidad, y por no cuestionar la validez de las
políticas que conducen a la guerra” (Paret, 1991: 220). Este autor interpreta que
Clausewitz no trata los aspectos de legitimación de la guerra por considerarlos
no de ética militar, sino de ética política, y por tanto fuera de su teoría de
la guerra.
La
guerra no es nunca un acto aislado y está subordinada a la actividad política, pues
“la guerra no es sino la continuación de la política por otros medios” (1999:
194). En esa clara dependencia y subordinación de la acción militar bajo la
política está el fundamento, la razón de naturaleza ética indispensable a todo
conflicto para evitar llegar a la barbarie y sinsentido de una guerra absoluta.
Pero
hay una continuidad en la naturaleza de la guerra que llega a nuestros días, de
igual forma que hay cambios en sus características que se producen
constantemente a lo largo del tiempo.
El no
comprender la guerra tomando en cuenta la continuidad y el cambio, pone en
peligro lo que el filósofo prusiano del siglo XIX, Carl Von Clausewitz
advirtió: el considerar la guerra como ´algo autónomo` en lugar de un
´instrumento de la política` nos hace malentender la clase de guerra en la cual
nos embarcamos, e intentar convertirla en algo ´ajeno a su naturaleza`
(McMaster, 2015: 65).
La
guerra se produce en unas circunstancias reales sociales, históricas y
políticas, se desarrolla como un fenómeno entre seres humanos concretos, lo que
puede conducir a que “la guerra se apartará más de su ámbito natural, el
aspecto político será cada vez más incompatible con el objetivo de la guerra
ideal y el carácter del conflicto se percibirá como más político” (Clausewitz, 1999:
194). Es, por tanto, la política, que tiene una indudable dimensión ética, la
que debe dirigir la guerra y haciéndolo introduce, también, las consideraciones
éticas.
Cornish
interpreta que para Clausewitz “la guerra debería permanecer siempre englobada
dentro y constreñida por la política” (2003: 217) y no que tratara de eliminar
los inconvenientes que introduce la política. Lo defiende apoyándose en lo
recogido en el libro viii:
Subordinar
el punto de vista político al militar sería absurdo porque es la política la
que ha creado la guerra. La política es la inteligencia que dirige y la guerra
solo el instrumento y no al contrario. Por tanto, no existe otra posibilidad
que subordinar el punto de vista militar al político (Clausewitz, 1999: 217).
Esta
limitación que introduce la razón política es en sí misma de naturaleza ética y
afecta no solo al hecho de iniciar o no las hostilidades, sino a que se debe
mantener en todo momento el uso de la fuerza bajo el control político, que
tendrá al menos la posibilidad de introducir restricciones éticas en el combate
y sus desarrollos.
A
pesar de ello suele haber dificultades en el dialogo entre los líderes
políticos y los rectores militares, como si la expresión de los objetivos a
alcanzar de unos y otros se hiciera en lenguajes diferentes y ello produce, a
veces, disfunciones en la coordinación de los intereses políticos y los
objetivos militares.
De
la subordinación de la guerra a la razón política surge la legitimación de la
guerra, pero no como hecho aislado y puro, como idea en sí, sino como realidad
que se produce con participación de seres humanos, como un fenómeno afectado
por tanto de las ineludibles características individuales y sociales del ser
humano.
Acudir
al uso de la fuerza requiere para Clausewitz considerar los fines y los
objetivos, mantener el balance entre ellos para dar sentido a la guerra y todo
esto entra en la tradición ética de la Guerra Justa. También la realidad de la
guerra como un hecho social, marcado por las peculiaridades de nuestra
inevitable condición de seres sociales, que al relacionarse con otros también
proyectamos nuestra naturaleza de individuos morales y éticos.
Nos
dice Clausewitz que no solo la guerra “debe tener necesariamente un carácter
político y medirse con criterios políticos” (1999: 859) o “que la guerra no es
un simple acto de política, sino un instrumento político, una continuación de
las relaciones políticas, proseguidas con otros medios” (1999: 194), sino que
acudir a ella y la forma de conducirla son un acto político en el que las
consideraciones éticas deben ser tenidas en cuenta. “Por tanto, la conducción
de la guerra es en sus grandes líneas, la política misma, que empuña la espada
en lugar de la pluma, pero no por ello deja de pensar de acuerdo con sus
propias leyes” (1999: 859). Incluyendo las derivadas de la ética.
La
política es la que determina en última instancia las restricciones y límites de
la guerra, de la batalla, para evitar que se conviertan en un hecho social y
humano absurdo. Pero también para la política es la paz la finalidad última de
la guerra, cuando se intenta minimizar duración, destrucción y daños, y se
busca ofrecer unas condiciones adecuadas sociales y políticas.
Cuando,
ante la guerra, los objetivos de la política responden a criterios y
consideraciones éticas, entonces la política actúa como justificadora y
legitimadora del conflicto.
Inteligencia y razón
Al
considerar las otras influencias de la realidad en la guerra como los objetivos
a alcanzar, los recursos a emplear y los resultados de la fricción, Clausewitz
expone que a todos ellos les afecta la inteligencia.
La guerra
avanza hacia su objetivo a velocidades variables, pero siempre dura lo
suficiente para que su influencia afecte al objetivo y para que su curso cambie
de una u otra forma. En otras palabras: lo suficiente para permanecer sujeta a
la acción de una inteligencia superior (1999: 193).
Concepción
de la inteligencia que nos permite acercarnos a la ética militar, ya que
creemos debe entenderse en sentido amplio como expresión de la capacidad de
reflexión, como intervención que guía la conciencia y emociones del ser humano.
Ello,
para Clausewitz,
desempeña una función más importante en
sus métodos de guerra (de las naciones civilizadas que no matan a sus
prisioneros ni devastan ciudades y países) y así han aprendido formas más
eficaces de aplicar la fuerza que la cruda expresión del instinto (1999: 181).
Pero
aún hay otros conceptos que desarrolla Clausewitz y que nos permiten
interpretar hasta dónde los principios y características de la ética militar se
encuentran presentes en el autor.
Ética
aplicada a la guerra que se apoya no solo en valores que actúen como
referencias en el combate que produce destrucción y muerte, sino también en
principios a adquirir y desarrollar de naturaleza deontológica y profesional e
incluso en guías y orientaciones de tipo utilitarista para apoyar la toma de decisiones,
tan importante en la guerra, ante la elección del mal menor.
Según
Paret, «Los códigos de la ética, su observancia o transgresión, pueden influir
en el soldado. Ellos son parte de los valores de la sociedad, los cuales, según
Clausewitz, tienen siempre un efecto en la guerra» (1991: 220). La clave es si
esos códigos o normas de conducta limitan o pueden delimitar la conducción de
la guerra.
La
historia nos ha mostrado que aquellos que obtuvieron victorias militares
(Argelia, Vietnam), no siempre consiguen la victoria política definitiva. En
ello tuvieron una influencia determinante las formas y medios utilizados en
determinadas operaciones militares y su influencia en la población que las
sufrió y en el conjunto de la opinión pública del propio país y del resto de la
comunidad internacional.
La importancia de las fuerzas morales
Algunos
autores consideran a Clausewitz entre los teóricos que piensan que la violencia
es consustancial a la humanidad y que los Estados utilizan la guerra de forma
constante, siendo la “paz, por tanto, vista solamente como un cese temporal del
combate” (Royal, 2012: 13).
Incluso
cuando los bandos enfrentados tienen fuerzas muy desiguales, los
enfrentamientos han tenido y tienen lugar, pues “En última instancia, la disparidad
material no sería superior a la de las fuerzas morales a las que podría
reemplazar, (Clausewitz, 1999: 198).
Dar
una visión comprensiva de la guerra le exigía a Clausewitz considerar los
factores morales, propios de la ética, por más que ello complique aún más su
teoría de la guerra. “Clausewitz perseguía desarrollar una teoría de la guerra,
que considerando los factores morales posibilitara la comprensión del fenómeno
y permitiera concebir cada conflicto en particular, tanto a los involucrados como
a aquellos estudiosos posteriores” (Mora, 1999: 5).
La
palabra “moral” aparece a menudo en “De la guerra” y “Clausewitz utiliza la voz
moral o variaciones gramaticales de ella no menos de 60 veces” (Mattox, 2008:
207). Es cierto que asociada a conceptos y virtudes militares tradicionales
como el “el espíritu de combate” o “de victoria”, “la fuerza de voluntad” o el
“coraje”.
Las
fuerzas morales no se pueden dejar de lado en la guerra y ello aunque
Clausewitz mantenga “que la resolución
violenta de la crisis, el deseo de aniquilar las fuerzas del enemigo, es el
primogénito de la guerra” (1999: 208). También remarca que aquellas pueden
llegar a desempeñar un papel esencial ya que “el factor moral es, por así
decir, el elemento más fluido de todos y, por tanto, el que se difunde más
fácilmente y afecta a todo lo demás” (1999: 208). En esta línea, al final de su
obra nos advierte el autor “…el éxito no se debe simplemente a causas
generales…También puede haber factores morales que nunca salen a la luz” (1999:
842).
Por
tanto, Clausewitz otorga un gran valor a las fuerzas morales en su sentido
tradicional. Fuerzas que en su interacción con las fuerzas físicas son
fundamentales para el desarrollo de la guerra, a pesar de que regularlas de
forma científica, como intenta llevar a cabo nuestro autor al considerarlas
junto a otros factores, es muy difícil.
Algún
autor lo reconoce: “pero los factores morales son a menudo muy difíciles de
controlar e imposible de cuantificar, aunque al final son los más importantes” (Sánchez,
2014: 115).
Una
vez más hay que remarcar que el hecho de que Clausewitz no afronte las
consideraciones éticas en su análisis de la guerra no significa que, en la
explicación que ofrece, esas reflexiones morales no ocupen ningún lugar.
Clausewitz y el valor
Reconoce
Clausewitz que la guerra como acto de fuerza “se provee con las invenciones del
arte y la ciencia” (1999: 179), para más adelante reiterar que “El arte de la
guerra trata de la vida y de las fuerzas morales” (1999: 192).
Considerar
las fuerzas o cualidades morales es propio de la ética y, por tanto, si la
ética militar es saber aplicado, el análisis ético de las reflexiones de
Clausewitz sobre las fuerzas morales es pertinente y necesario.
En
el capítulo uno nos da cuenta Clausewitz del valor, al que considera como “la
más importante de todas las cualidades morales” (1999: 192). Valor que, aunque
asocia a otras cualidades psicológicas, pues en su teoría de la guerra debe
haber “espacio para el valor, la osadía y la temeridad” (1999: 192), debe
entenderse como virtud templada por la responsabilidad del que dirige la
guerra, líderes políticos y jefes militares, “el juego del valor y el
talento…dependerá del carácter del mando y del ejército” (1999: 196).
Valor
que no puede ser pasión incontrolada que lleve a esa situación extrema a la que
puede conducir el uso de la fuerza sin límite, pues en el mundo de la realidad “esta
postura conduciría con frecuencia al derroche de efectivos, lo que está en
contra de otros principios de la administración del Estado” (1999: 183).
El
componente moral del valor que plantea Clausewitz sirve para contrarrestar la
incertidumbre y la falta de certeza que también forman parte de la guerra y
contra las que “es preciso acumular en el otro valor y confianza en sí mismo
para restaurar el equilibrio” (1999: 192).
Pero
incluso exige que esa fuerza moral se adecue a normas, a principios éticos que
las controlen y las limiten.
«El valor
y la seguridad en sí mismo son esenciales en la guerra y la teoría sólo debe
proponer normas que abran amplios abanicos a estas virtudes, las más excelsas e
indispensables en la guerra, en todos sus grados y variaciones. Hasta en el
arrojo puede haber método y precaución, pero se miden por un patrón distinto» (Clausewitz,
1999: 192).
Estas
son claras resonancias de contenciones y usos éticos en el empleo de la fuerza
que nos remiten el ius in bello y sus
principios, tan esenciales a la ética militar.
Aun
es más contundente Clausewitz en su consideración del valor, la imaginación y
el entusiasmo como características éticas especiales que deben regirse por la
responsabilidad moral a la hora de su ineludible empleo en el combate, cuando
afirma que en la guerra “no cabe el entusiasmo irresponsable” (1999: 193).
El
valor, principio tan esencial en el ethos
militar a lo largo de la historia, es confirmado en Clausewitz como
imprescindible para el jefe militar y el combatiente. Si en la guerra se
inflaman las pasiones al tratar de imponer la voluntad a la del enemigo, el
valor debe controlarlas y quien lo hace, a través de la razón/inteligencia, es
el mando, subordinados sus objetivos a los fijados por la política, tomando
decisiones en el caos y la incertidumbre del combate.
La restricción en el combate
Nuestro
autor otorga gran importancia al componente moral de la guerra en cuanto favorece
la búsqueda de la paz y el evitar los sacrificios innecesarios cuando el
objetivo político se ha alcanzado, ya que “No todas las guerras deben continuar
hasta la derrota de uno de los bandos” (1999: 199).
Clausewitz
considera que conseguir los objetivos políticos no tiene por qué significar una
destrucción total del enemigo o de sus fuerzas armadas. Esta idea se aproxima
al principio de humanidad que es básico para introducir las restricciones
éticas en el desarrollo de los combates (ius
in bello) y en el logro de la paz como objetivo esencial de toda guerra.
Por
tanto, desde el punto de vista de los fines políticos existen unos objetivos mínimos
aceptables que son o pueden ser suficientes para quebrantar la voluntad del
enemigo y para ello el medio es siempre el combate, pues “es intrínseco al
concepto mismo de guerra el que todo lo que ocurra debe originalmente derivarse del combate” (1999: 203).
Vemos
pues que en el combate también establece Clausewitz restricciones, que podemos
considerar de naturaleza ética, en sus características y formas, pues “si una
simple demostración de fuerza basta para que el enemigo abandone esa posición,
el objetivo se habrá logrado” (1999: 204).
Consideramos
que Clausewitz introduce un elemento de prudencia en el combate: “Será un gran
error deducir de este argumento que el arrojo irreflexivo siempre triunfará
sobre la prudencia experta” (1999: 205), y también en la forma de conducir las operaciones,
en las que, subordinadas siempre a la finalidad política, puede ser más
oportuna la solución con menor derramamiento de sangre que la total destrucción
del enemigo.
El
valor dado a la prudencia, elemento de naturaleza ética, en todas estas reflexiones
estratégicas implica una consideración de control de la violencia, pues causar
un daño innecesario para alcanzar el objetivo no tiene una justificación
racional. Y este aspecto lo consideramos esencial en la teoría de la guerra de
Clausewitz y que sin duda introduce la contención tan imprescindible a la ética
militar.
Aznar
Fernández-Montesinos recoge la idea de Fuller, que creemos tiene en Clausewitz
su antecedente, sobre la limitación de naturaleza ética que introduce en el uso
de la fuerza la creación de los ejércitos profesionales. Y añade: “El problema
es que no hay un jurista al lado de cada fusilero” (Aznar, 2009: 18). Sin
embargo, sí hay ser humano que disfruta del principio de humanidad y siempre ha
habido unos usos y reglas de la guerra que, además, son los que han servido
para configurar un Derecho internacional humanitario tan imprescindible y
exigido en nuestras sociedades occidentales hoy en día cuando de la guerra y el
conflicto bélico se trata.
En
esta época, más que nunca, los ciudadanos influyen y exigen a líderes políticos
y militares que las consideraciones éticas ocupen un puesto central tanto a la
hora de utilizar la fuerza, como en la forma de conducir las operaciones.
La “trinidad paradójica”
Para
fijar los elementos que componen el fenómeno de la guerra, Clausewitz utilizó
un modelo apoyado en una trinidad de factores con “lo que Clausewitz nos
trasmitía es que la guerra es un fenómeno político y social, y no
exclusivamente militar” (Calvo, 2014: 1).
Esos
tres factores son:
violencia,
odio y enemistad primarios, que deben considerarse como una fuerza natural
ciega; juego del azar y las probabilidades dentro del cual el espíritu libre
puede campar a sus anchas; y elemento de subordinación, de instrumento de la
política, sujeto únicamente a la razón (Clausewitz, 1999: 195).
Estos
tres conceptos deben ser tenidos en cuenta para mantener un equilibrio, pero no
tienen la misma importancia y mantienen relaciones muy variables.
Al
considerar esta interacción, Clausewitz empleó una segunda formulación, que algunos
interpretan como una segunda “Trinidad”. En ella el primero es un elemento
anímico regido por la pasión, de índole psicológica y emocional que para
Clausewitz afecta primordialmente a las personas, al conjunto de la población;
el segundo lo domina la voluntad y reside en el valor y talento del ejército y
su mando al afrontar el riesgo, radicando en las fuerzas armadas; y el tercero
es el de la razón política a la que se subordina la guerra y que se asienta en
el gobierno.
Se
puede considerar que estas tres entidades son fuerzas de naturaleza moral, más
evidente en relación con la pasión y la voluntad y menos respecto a la razón.
Pero como se ha argumentado en páginas anteriores, la razón, o sea, la
inteligencia, se puede trasformar en elemento ético que en la guerra dirige y
controla a la pasión y a la voluntad.
Esta
trinidad de elementos que ve Clausewitz en la guerra deben interaccionar para
lograr un equilibrio entre las tres perspectivas: del líder político, del
estratega militar y del pueblo y sus ciudadanos. “Estas tres tendencias son
como tres códigos distintos…Nuestra tarea, pues, es elaborar una teoría que
mantenga el equilibrio entre estos tres componentes” (1999: 196).
El
remarcar la necesidad de balance equilibrado entre los tres agentes con
capacidad moral (gobierno, militares y pueblo), tiene una directa implicación
tanto en relación con el uso de la fuerza como respecto a la forma en que la
misma debe ser utilizada. “Como resultado, es posible identificar lazos de
engranaje de obligación moral que conecten los diversos componentes de la
trinidad” (Mattox, 2008: 210).
Concluimos
que todos estos son elementos centrales de la ética militar que Clausewitz está
recogiendo al establecer su concepción trinitaria, aunque él nunca pretendió
hacerlo desde la reflexión filosófica.
Conclusiones
Clausewitz
no considera en su explicación del fenómeno guerra ni un punto de vista ético
ni los aspectos que en sus causas, desarrollo y fin podrían estar asociados a
lo que interpretamos como ética militar.
La
racionalidad de la guerra, en cuanto constituye la legitimación de la misma, es
para Clausewitz un asunto de ética política, no de ética militar. Hoy en día,
en cualquier caso, justificar una guerra, aunque remita a un acto político,
tiene un alcance militar indudable y en este sentido el ius ad bellum y el ius in
bello hunden sus raíces en la ética militar.
Además,
al dar cuenta de la naturaleza y características de la guerra, el autor
introduce elementos que sí podemos considerar éticos y no solo filosóficos.
Así,
la inteligencia/razón impone restricciones y limitaciones a la violencia
descontrolada de la guerra. Se causa el daño necesario para alcanzar el
objetivo, pero causar un daño innecesario no tiene una justificación racional.
Por
un lado, las limitaciones introducidas por la razón política. Por otro, las
decididas por la inteligencia del Jefe militar. En ambos casos, ello significa
aplicar consideraciones que funcionan como restricciones éticas en el uso de la
violencia natural a la guerra.
Todo
ello lo justifica Clausewitz al tiempo que asigna una gran importancia a los
factores no racionales como el miedo, el odio, la pasión o la incertidumbre, aspectos
que el líder militar debe controlar mediante su valor moral, su carácter y su
voluntad, elementos que deben formarse en los principios de la ética militar.
Cualquier
consideración de los valores morales que intervienen en la guerra forma parte
del razonamiento ético militar y no puede ser dejado de lado.
Es
cierto que no son los aspectos de ética militar los más analizados e
importantes de la explicación que nos da Clausewitz de la guerra, incluso no
los integra en su teoría con la sistematicidad de otros elementos de su obra
más estratégicos, pero considerarlos es necesario y, en nuestros días,
imprescindible.
Como
dice Paret: “Sería reconfortante creer que este conocimiento intelectual, no
solo forma parte de la base para una estrategia efectiva, sino que conduce
también a una política militar responsable” (1991: 224).
Ello
debiera ayudar a plantear, en esta época dominada crecientemente por disruptivos
desarrollos sociales científicos y tecnológicos, una política militar
responsable que tenga a la ética militar, además del Derecho internacional
humanitario, entre sus requisitos a la hora de trasladarse en estrategias,
operaciones y tácticas.
Nota
sobre el autor:
Juna A. Moliner González es General de División del Ejército del
Aire (reserva) y Subdirector del Instituto Universitario Gutiérrez Mellado.
Referencias
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Sánchez Díaz, Joaquín (2014), La guerra, Madrid: Ministerio de Defensa.
[1] Se sigue como obra de referencia
la de CLAUSEWITZ, Carl von (1999). De la
guerra (Volúmenes I y II). Versión española de la traducción inglesa de M.
Howard y P. Paret. Es uno de los trabajos más reconocidos por su rigor y el de
los ensayos que lo acompañan.