Una aproximación sistémica a la radicalización violenta: Cerrando el círculo alrededor de la “vía épica”

MIGUEL PECO YESTE

Universidad Complutense de Madrid, España

 

Title: A Systemic Approach to Violent Radicalization: Closing the Circle around the “Epic Pathway”

Resumen: En este trabajo se propone que el modelo “vía épica en el proceso de radicalización” (VEPR), desarrollado en trabajos anteriores y basado en el contexto del autodenominado Movimiento de Liberación Nacional Vasco, es aplicable con mínimos cambios al actual contexto de radicalización yihadista en sociedades occidentales. Este último contexto se caracteriza por aspectos tales como el fenómeno de los foreign fighters, la posibilidad de generación espontánea de células y grupos locales, la influencia de los denominados “agentes de radicalización”, la menor relevancia del hecho religioso, el ambiente social que podría existir en el seno de algunas comunidades musulmanas y, sobre todo, el empleo con profusión de Internet. La dificultad que entraña una comparativa directa entre ambos contextos de radicalización puede ser superada contemplándolos como auténticos sistemas, cuyo proceso principal –la radicalización del individuo- se plantea desde un enfoque cognitivo-conductual como un proceso de aprendizaje de conductas violentas asociadas a una ideología o creencias determinadas. Por otro lado, el análisis funcional de la conducta, bajo los principios de la Teoría del Aprendizaje, resulta especialmente útil cuando se trata de explicar la motivación asociada a la conducta radical violenta en el entorno particular de las sociedades occidentales. De este modo, el modelo VEPR aplicado al contexto de radicalización yihadista proporciona acomodo a fenómenos tales como el de los denominados “lobos solitarios” o la gestación de estructuras autónomas de manera espontánea. Pero, sobre todo, la constatación de que existe un hilo conductor a través de dos contextos de radicalización de diferente naturaleza pone de manifiesto que el proceso de radicalización podría ser estructural y secuencialmente similar. Finalmente, la existencia de un patrón común de radicalización entre diferentes contextos hace que estos pierdan relevancia en favor del individuo y de la interpretación que él hace de cada uno de ellos, aunque bien es cierto que algunos podrían más proclives que otros para ser interpretados de manera radical por ciertos individuos.

Palabras clave: Análisis funcional de la conducta; Enfoque cognitivo-conductual; Yihadismo; Proceso de radicalización; Terrorismo.

Abstract: This paper proposes that the model "epic way in the process of radicalization" (VEPR, after its acronym in Spanish), developed in previous works and based on the context of the self-styled Basque Movement for National Liberation, is applicable with minor changes to the current context of jihadist radicalization in Western societies. The latter is characterized by aspects such as the phenomenon of foreign fighters, the possibility of spontaneous generation of cells and local groups, the influence of the so-called "agents of radicalization", the lesser relevance of the religious fact, the social environment that could exist within some Muslim communities and, above all, the profuse use of the of Internet. The difficulty involved in a direct comparison between both contexts of radicalization can be overcome by contemplating them as authentic systems, whose main process –the radicalization of the individual- is seen from a cognitive-behavioral approach as a learning process of violent behavior associated with an ideology or certain beliefs. On the other hand, Functional Behavior Analysis, under the principles of Learning Theory, is especially useful when it comes to explaining the motivation associated with violent radical behavior in the particular environment of Western societies. In this way, the VEPR model applied to the context of jihadist radicalization provides accommodation to phenomena such as the so-called "lone wolves", or the spontaneous gestation of autonomous structures. But, above all, the observation that there is a common thread through two contexts of radicalization of different nature shows that the process of radicalization could be structurally and sequentially similar. Finally, the existence of a common pattern of radicalization between different contexts causes them to lose relevance in favor of the individual and the interpretation he makes of each of them, although it is certain that some might be more prone than others to be interpreted in a radical by certain individuals.

Keywords: Cognitive-behavioral approach; Functional behavior assessment; Yihadism; Process of radicalization; Terrorism.

Recibido: 10 de abril de 2018. Aceptado: 30 de mayo de 2018

Para citar este artículo: Miguel Peco Yeste, “Una aproximación sistémica a la radicalización violenta: Cerrando el círculo alrededor de la “vía épi-ca””, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 4, No. 2, (2018), pp. 139-176. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.8.9

 

Introducción

Este artículo constituye la continuación de dos trabajos previos. En el primero de ellos, “A Cognitive–Behavioral Approach to Violent Radicalization, Based on a Real Case” (Peco Yeste, 2014), se analizaba el fenómeno de la radicalización violenta en el contexto del autodenominado Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV) entre los años 1987 y 2003. A efectos de análisis, la ventaja comparativa de este contexto de radicalización con respecto a otros era la ausencia de factores que habitualmente contribuyen o han contribuido a generar violencia de manera espontánea.[1] Esta ausencia de variables extrañas hacía del entorno del MLNV un caso relativamente exento de la habitual complejidad que caracteriza a otros contextos de radicalización violenta y proporcionaba las condiciones adecuadas para llevar a cabo una aproximación basada en la psicología cognitivo–conductual, un giro considerable con respecto al habitual enfoque basado en la psicología social.

El proceso de radicalización que se dejaba entrever en el anterior trabajo se desarrolló en detalle en “A Functional Approach to Violent Radicalization: Building a Sistemic Model Based on a Real Case” (Peco Yeste, 2016). Mediante el uso del análisis funcional, tanto del contexto de radicalización como de la conducta de los individuos allí inmersos, se profundizó en la identificación de las variables y subprocesos relevantes que podrían tener lugar. Como resultado de todo ello, se identificó una vía de radicalización coherente y factible que integraba los elementos constitutivos del contexto y las diferentes secuencias [actividad ejercida – función realizada – efectos alcanzados] que podían ser responsables del proceso de radicalización individual. Si bien no se pretendía que esta vía abarcara la totalidad de la casuística del fenómeno, sí que permitía deducir consecuencias y formular predicciones. Por las características y circunstancias particulares involucradas en dicha vía, en lo sucesivo se hará referencia a ella como vía épica en el proceso de radicalización” (VEPR) o, simplemente, modelo VEPR. En este artículo se dedica el Anexo 1 a la actualización de la versión original del modelo.

En la actualidad, uno de los contextos de radicalización violenta más preocupantes está enraizado en algunas interpretaciones políticas del Islam y, en particular, en lo que se ha denominado yihadismo. Este término designa a aquellas corrientes islamistas radicales que propugnan el uso de la violencia a través del ejercicio de la yihad, una idea que ha sido interpretada de diferentes maneras a lo largo de la historia islámica.[2] En particular, el islamismo radical originado en el S.XX enfatiza la interpretación del Islam en su dimensión política y reivindicativa, por lo que el significado clásico de yihad quedaría distorsionado y puesto al servicio de dicha reivindicación (Halloul, 2015). Así, algunos análisis incluso han señalado que ha habido una labor de “bricolaje” en lo que respecta a la apropiación y manipulación de la tradición musulmana y su combinación con ideologías políticas occidentales del último siglo (Tibi, 2012).

En el amplio campo de radicalización yihadista, en los últimos tiempos han cobrado especial protagonismo organizaciones tales como el autodenominado Estado Islámico (IS, por sus siglas en inglés) y su fracasado califato en territorios de Siria e Irak. Como se verá posteriormente, una de las características del contexto de radicalización alrededor del IS ha sido la capacidad de esta organización para cometer atentados en las sociedades occidentales, ya sea directamente, a través de su implicación deliberada, como indirectamente, a través de inspirar y fomentar la creación de células autónomas gracias a un eficaz aparato de propaganda.[3]

La existencia constatada de esta doble vertiente de actuación en el contexto alrededor del IS proporciona un considerable apoyo a las conclusiones obtenidas del estudio del contexto donde se basó el modelo VEPR.[4] En dicho estudio, al mismo tiempo que se reconocían los intentos deliberados de la organización a la hora de captar y reclutar adeptos, también se enfatizaba el papel activo del individuo que, en determinadas circunstancias, se radicalizaba a sí mismo incrementando su conducta violenta y modificando sus creencias y actitudes de manera acorde (Peco Yeste, 2014: 23). En particular, la capacidad por parte del IS y su aparato de propaganda de generar de manera indirecta el fenómeno podría constituir un apoyo a una de las principales predicciones que arrojaba el modelo VEPR: que, bajo determinadas condiciones, algunos fenómenos de radicalización colectiva podrían producirse de manera espontánea, esto es, sin necesidad de planificación exhaustiva previa, pudiendo evolucionar con el tiempo hacia sistemas más complejos (Peco Yeste, 2016: 75).

Las anteriores coincidencias entre las previsiones del modelo VEPR y el contexto de radicalización alrededor del IS permiten intuir que la adquisición de conductas radicales violentas por parte de individuos inmersos en ambos contextos de radicalización podría responder a un patrón común. Dicho con otras palabras, que el proceso de radicalización podría ser estructural y secuencialmente similar. En concreto, aquí se propone como hipótesis que el modelo VEPR –un modelo basado inicialmente en un contexto de radicalización con raíces políticas y nacionalistas- podría ser de aplicación al actual contexto de radicalización yihadista en sociedades occidentales a la hora de explicar la adquisición de conductas radicales violentas por parte de algunos individuos.

Proponer la existencia de una similitud entre procesos de radicalización desarrollados en contextos tan dispares es un desafío considerable. No sólo se trata de las diferencias acerca la naturaleza de las creencias subyacentes, lo que quizá constituya el aspecto más evidente. Además, también existen diferencias significativas en lo que respecta a la estructura y ubicación del núcleo de la organización terrorista, a la ausencia o presencia de un grupo radical que opere en el filo de la legalidad, a los canales utilizados para la difusión de la narrativa, así como otras que se identificarán en apartados posteriores. Esta disparidad es reconocida por algunos autores, que consideran a la radicalización en el contexto yihadista como un fenómeno distintivo con características específicas y diferente de otras formas de extremismo violento y terrorismo llevados a cabo por organizaciones como “[…] the nationalist/separatist Irish Republic Army (IRA) in Northern Ireland, and Euskadi Ta Askatasuna (ETA) in the Basque Countries in Spain and France, or by the far-left Brigate Rosse (BR) in Italy and the Rote Armee Fraktion (RAF) in Germany” (Frontini & Ritzmann, 2017: 12).

No obstante lo anterior, la dificultad que entraña una comparativa directa entre ambos contextos puede ser superada a través del uso del análisis funcional. De este modo, las características particulares de cada uno de los contextos de radicalización se considerarán relevantes en la medida de las funciones que desempeñan. De hecho, es en el ámbito de las funciones donde pueden encontrarse más puntos de coincidencia que en el ámbito de las características o las actividades llevadas a cabo por los diferentes elementos implicados en cada uno de dichos contextos. Así, por ejemplo, la función desempeñada por un discurso que justifique la violencia está relacionada con modificar las convicciones de los individuos en proceso de radicalización, algo que desde un punto de vista cualitativo es independiente de la naturaleza política, religiosa u otras de dicho discurso. En este sentido, la tesis aquí expuesta estaría más próxima a autores como Olivier Roy, quien reconociendo que las células yihadistas no se parecen en su organización a aquellas de movimientos radicales inspirados en el marxismo o en el nacionalismo, sus miembros no son diferentes de los militantes de otros movimientos:

This is not, then, the radicalization of Islam, but the Islamization of radicalism. […] The terrorists therefore are not the expression of a radicalization of the Muslim population, but rather reflect a generational revolt that affects a very precise category of youth. (Roy, 2016).

 

Marco teórico

El enfoque cognitivo-conductual del proceso de radicalización

Al igual que en los anteriores trabajos, aquí se sigue haciendo uso de la Teoría del Aprendizaje, del enfoque cognitivo–conductual y del análisis funcional de la conducta. Así, la conducta radical violenta es vista como una conducta aprendida, cuya adquisición, mantenimiento y posible extinción están sujetos a los principios de la Teoría del Aprendizaje. Consecuentemente, la radicalización violenta se contempla en el modelo VEPR como un proceso de aprendizaje de conductas violentas, en este caso asociadas a una ideología o creencias determinadas y que, aun teniendo lugar bajo influencias externas, es impulsado por el propio individuo.[5]

Es necesario hacer alusión a dos aspectos que en trabajos anteriores se asumieron como supuestos y que ahora se consideran hechos. El primero de ellos es que la organización terrorista –en este caso el grupo yihadista- puede llegar a provocar fascinación y atracción entre ciertos sectores de la población. En el contexto de radicalización que aquí se trata, este aspecto ha quedado ampliamente constatado con el flujo de combatientes que desde los países occidentales han viajado a los territorios controlados por determinadas organizaciones para incorporarse a sus filas. El segundo supuesto, por su parte, estaba estrechamente relacionado con el anterior. Se asumía que la militancia en el grupo radical –lo que incluye el ejercicio de la violencia en mayor o menor grado- era una fuente de satisfacciones internas para el individuo. Estas satisfacciones internas, como por ejemplo percibir la admiración de otros, el sentimiento de aceptación en el grupo, sentir elevada la propia autoestima, o incluso consumar una venganza por supuestos agravios, podían llegar ser tan motivantes o más que las satisfacciones materiales en forma de dinero u otros beneficios.[6] De nuevo, en el contexto de radicalización yihadista –por su capacidad para identificar agravios históricos o actuales, así como para otorgar al individuo una identidad y trascendencia únicas gracias al componente religioso[7]- la relevancia de las satisfacciones internas en el proceso de radicalización individual se asume como un hecho.

El enfoque cognitivo–conductual proporciona una base científica a algunos de los conceptos empleados en las investigaciones sobre radicalización. Uno de ellos es la dicotomía entre factores push y factores pull, cuya traducción a términos conductuales podría corresponderse a situaciones en la que existe una expectativa de que un estímulo aversivo va a ser retirado o de que una satisfacción va a ser obtenida, respectivamente.[8] Dichas expectativas, una vez instauradas en el individuo, constituyen una fuente de motivación que permite explicar la aparición de conductas encaminadas a colmarlas. Otra dicotomía frecuente es la que se establece entre radicalización de opiniones y radicalización de acciones, lo que a veces induce a la idea de que existen dos tipos diferentes de radicalización.[9] En este sentido, el enfoque cognitivo–conductual no sólo contempla la conducta motora manifiesta, sino que los pensamientos, actitudes y creencias asociadas a dicha conducta motora se consideran también parte de la respuesta del individuo ante unas condiciones estimulares dadas. Por ello se dice que las respuestas –y la conducta en general- se manifiestan en los tres sistemas: cognitivo, fisiológico y motor (Lang, 1948). En el modelo VEPR se hace una amplia distinción entre las manifestaciones cognitivas de la conducta violenta y el resto de manifestaciones, al tiempo que se profundiza en las consecuencias de que no se hallen en sintonía. Pero, en cualquier caso, el proceso de radicalización del individuo se considera como un todo en su conjunto.

El análisis funcional de la conducta, bajo los principios de la Teoría del Aprendizaje, resulta especialmente útil cuando se trata con conductas que, aparentemente, no son adaptativas en el entorno donde se llevan a cabo. Este es el caso de la conducta radical violenta en sociedades occidentales, donde la violencia no es necesaria habitualmente para satisfacer las necesidades básicas del individuo y, por el contrario, la trasgresión de la ley lleva aparejadas sanciones considerables de privación de libertad. El axioma del análisis funcional es que, si una conducta persiste, a pesar de no ser aparentemente adaptativa, se debe a que está llevando a cabo una función que se traduce en beneficios para el sujeto. Técnicamente hablando, se dice que esa conducta está siendo reforzada de alguna manera, puesto que de lo contrario ya habría desaparecido por mecanismos tales como extinción, castigo u otros. Identificar cuáles son estos beneficios –básicamente satisfacciones internas-, así como la forma de alcanzarlos, va a ser clave para aclarar las circunstancias en las que la conducta radical violenta se adquirió en el pasado y las razones por las cuales se mantiene en la actualidad.

Finalmente, en este contexto de radicalización yihadista se sigue recurriendo al auxilio de teorías ya clásicas para explicar determinadas secuencias del proceso de radicalización. Así, se hace uso del aprendizaje social de Bandura (1977), del condicionamiento operante de Skinner (1938) y de la disonancia cognitiva de Festinger (1957), entre otras. Aunque existen teorías y modelos recientes que pretenden dar cuenta de determinados aspectos de dicho proceso, no se consideran necesarios para el desarrollo de este modelo ni tampoco tienen por qué entrar en conflicto con él. En definitiva, se ha optado por utilizar sólo aquellas teorías de alcance general estrictamente necesarias, y, entre ellas, algunas de las más consolidadas. Todo ello contribuye a la sencillez de la propuesta y, a la vez, respeta el principio de parsimonia.

 

El enfoque sistémico

Al igual que las versiones anteriores, el modelo VEPR aplicado al contexto de radicalización yihadista en sociedades occidentales adopta una perspectiva sistémica en el sentido de la Teoría General de Sistemas.[10] De hecho, el término “contexto de radicalización” se puede considerar como sinónimo de “sistema de radicalización”. Dentro de este sistema, el fenómeno de la radicalización violenta se concibe como un proceso resultante de la interacción de los elementos estructurales (organización yihadista, grupo primario extendido y entorno social) sobre el individuo. La variable dependiente fundamental es el nivel de radicalización individual (NRI), un constructo suficientemente elaborado como para permitir contemplar su variación a lo largo de un diagrama de flujo. El sistema de radicalización, por tanto, es un sistema abierto a las influencias del mundo exterior, con un mecanismo de retroalimentación principal –el bucle de radicalización- y que integra subsistemas como los de desradicalización y estabilización.

 

El modelo VEPR. Actualización

Previamente a su aplicación al contexto yihadista se lleva a cabo una actualización del modelo de radicalización propuesto en 2016 (Anexo 1). Esta actualización mantiene la estructura y procesos esenciales, añade la denominación VEPR e introduce pequeñas modificaciones, algunas clarificaciones en los conceptos y mejoras en los gráficos

De este modo, ahora se designan como “funciones” lo que en el modelo original se consideraban como “efectos”. En realidad, esto supone simplemente alargar la cadena [actividad – función – efecto] para incluir dentro de estos últimos a la propia radicalización, algo que anteriormente se hacía ver como un efecto ulterior.

Por otro lado, dentro de las actividades del grupo radical se incluye “Proporcionar sanción moral a las conductas transgresoras”, actividad sobre la que se considera necesario dejar constancia explícita. También se incorpora el término “radicalización simétrica”, en contraste con el de “radicalización asimétrica” que se empleará en el actual contexto.

Finalmente, se profundiza en los posibles mecanismos de desradicalización, algo que en el modelo de 2016 se había dejado sin apenas tratar, al tiempo que se perfecciona e integra en el esquema general la propuesta en detalle de los mecanismos de radicalización. Todo ello se acompaña con una mejora en la calidad de los gráficos que permite una vista global del proceso y, cuando es necesario, ampliar las partes correspondientes.

 

El contexto de radicalización yihadista en sociedades occidentales

Como marco general para establecer el contexto de radicalización yihadista se utiliza lo que algunos han denominado “cuarta ola de militantes y aspirantes a combatientes” (Coolsaet, 2016). Este contexto daría continuidad otros anteriores como el protagonizado por los muyahidines en Afganistán y los grupos argelinos en las décadas de los años 70 y 90, respectivamente, la organización Al-Qaeda de Osama bin Laden a principios de siglo y, poco tiempo después, una tercera ola caracterizada por yihadistas ya nacidos en países occidentales (Anexo 2).

Dentro de este entorno se hace especial hincapié en aspectos tales como el fenómeno de los foreign fighters, la generación de manera espontánea de células y grupos locales que pueden llegar a establecer vínculos con la organización, la relevancia de los denominados agentes de radicalización, la menor influencia de la religión, las particularidades del entorno social en las comunidades musulmanas, o el empleo con profusión de Internet.

 

El papel de Internet en el contexto de radicalización yihadista

El uso de las nuevas tecnologías de la información en contextos radicales violentos y, en particular, el empleo de Internet, es una realidad desde hace varias décadas y en la actualidad proporciona unas características únicas al contexto de radicalización yihadista. Estas características se traducen en ventajas para algunas organizaciones en cuanto a la gestión interna, emisión de propaganda e incitación a cometer atentados, así como en su enorme potencial como facilitador del proceso de radicalización individual, tanto por su aspecto transmisor de contenidos como socializador (Anexo 3).

 

Método

Con la finalidad de apoyar la hipótesis, esto es, que el modelo VEPR es aplicable al actual contexto de radicalización yihadista en sociedades occidentales, se buscará probar su consecuencia más directa: que la versión resultante de la incorporación de las características específicas de dicho contexto, así como la supresión de aquellas que no son de aplicación, podría seguir explicando la aparición de efectos de radicalización.

Para ello, previamente ha sido necesario elaborar parte del marco teórico. Esta elaboración incluye una actualización del modelo VEPR, así como un análisis del contexto de radicalización yihadista en las sociedades occidentales, con especial incidencia en las repercusiones derivadas del empleo de Internet. En este sentido, se ha hecho un amplio uso del análisis documental, tanto de literatura científica actual como de documentos procedentes de las actuaciones judiciales contra individuos acusados de actividades terroristas en el entorno yihadista. Tanto la actualización del modelo como los mencionados análisis se recogen en los respectivos Anexos.

Posteriormente, las características esenciales del contexto de radicalización yihadista se incorporan al modelo VEPR, identificando tanto los elementos estructurales como las actividades que desarrollan cada uno de ellos, al mismo tiempo que se contrastan con sus homólogas en el contexto original. Tras ello, se proponen las correspondientes secuencias [actividad ejercida – función realizada – efectos alcanzados] y se discute si la nueva versión del modelo así resultante podría ser efectiva a la hora de producir efectos de radicalización. Finalmente, se exponen las posibles objeciones al nuevo modelo, así como sus limitaciones, posibilidades e implicaciones.

 

Resultados

El contexto de radicalización yihadista en sociedades occidentales posee algunas características que difieren en buena medida del contexto donde se inspiró inicialmente el modelo VEPR. En particular, un aspecto que resulta especialmente evidente es que el modelo VEPR original se basó en un contexto esencialmente político, cuyo binomio [organización clandestina – grupo radical] profesaba una ideología socialista revolucionaria al tiempo que pretendía el establecimiento un Estado independiente. Esta diferencia no se limita a una mera contraposición entre creencias políticas y religiosas al mismo nivel, sino que queda sustancialmente ampliado gracias el potencial de estas últimas para otorgar al individuo tanto identidad como una misión trascendente en este mundo e incluso en el más allá. Esto último sigue siendo aplicable aun cuando en el contexto yihadista las creencias religiosas islámicas originales hayan sido manipuladas a través de un discurso político.

El resto de las diferencias que se identifican a continuación se refieren a los elementos estructurales, esto es, entorno social, grupo y organización radical, así como a las influencias y/o actividades que llevan a cabo cada uno de ellos. Entre estas últimas hay algunas que desaparecen, otras que se modifican o se añaden a las ya existentes y, por último, otras que simplemente son asumidas por un elemento diferente al original.

 

Un entorno social restringido

Es razonable suponer que el entorno social próximo en el actual contexto de radicalización yihadista es mucho más restringido que el entorno social donde se inspiró originariamente el modelo VEPR. Esta restricción se debería al carácter más o menos cerrado de algunas de las comunidades musulmanas existentes en países occidentales, situación que algunos atribuyen al eventual fracaso de las políticas de integración. Por tanto, a la hora de identificar las interacciones entre la organización yihadista, las redes y los posibles agentes de radicalización, el entorno a contemplar no es el de la sociedad en general, sino el subentorno de las comunidades musulmanas y, en particular, el de las más cerradas.

Por otro lado, en el modelo VEPR original se asumía que existía una contestación social importante al uso de la violencia que, sin embargo, estaba siendo neutralizada por los atentados de la organización y el señalamiento a los adversarios por parte del grupo radical. En el subentorno de las comunidades musulmanas, especialmente en las más cerradas, existen signos de que dicha contestación social podría no ser tan intensa y que, en ocasiones, hasta podría haber cierto grado de complicidad. Como se señala en el Anexo 2, existe un entorno radical con un considerable trasfondo de simpatía y apoyo hacia la causa yihadista que, aunque no es generalizable a la mayoría de las comunidades musulmanas, sí podría ser el caso de algunos núcleos urbanos. Dentro de este trasfondo, podría existir una amplia casuística de apoyos que varían desde la mera empatía hasta incluso proporcionar la logística necesaria para cometer atentados.

Finalmente, el ciberespacio constituye una verdadera extensión del entorno social del individuo en proceso de radicalización. En este sentido, hay que resaltar el aspecto socializador de Internet y, en particular, su capacidad para establecer redes sociales susceptibles de convertirse en comunidades virtuales. Estas comunidades, a su vez, incluso podrían llegar a constituir un sustituto del entorno social del que algunos individuos carecen en el mundo real. Teniendo en cuenta algunas características de estas comunidades virtuales, como por ejemplo la tendencia a primar las opiniones extremas, la integración en ellas podría ser determinante a la hora de progresar en el proceso de radicalización. Por el contrario, en caso de que se consiguiera revertir dicha tendencia, Internet tiene el potencial de convertirse en una fuente de contestación social, ya sea de manera pasiva a través de la disponibilidad de contenidos de libre acceso, o incluso, de manera activa a través de la participación de individuos críticos con el yihadismo en los foros temáticos.

 

Ausencia del grupo radical como facilitador del proceso de radicalización

En este contexto de radicalización no existen grupos organizados de naturaleza política y reivindicativa que, operando al filo de la legalidad, sean capaces de obtener los beneficios que disfrutan los ciudadanos de sociedades abiertas y aplicarlos a su particular estilo de “lucha”. Es cierto que las redes y células relacionadas con el yihadismo pueden llegar a tener un grado de organización considerable y hasta vínculos directos con organizaciones tales como el IS o Al Qaeda. Además, también es indiscutible que sus miembros se benefician de las ventajas de vivir en un Estado de derecho. Sin embargo, en raras ocasiones llevan a cabo de manera pública y manifiesta actividades de naturaleza reivindicativa u otras dirigidas a atraer adeptos que pudieran hacer sospechar a las fuerzas de seguridad del Estado.

En el contexto actual, el tradicional grupo radical quedaría sustituido por el grupo primario que, al igual que ocurría con el entorno social, estaría extendido por las afinidades dentro de las comunidades virtuales en Internet a las que podrían acceder sus miembros. Y a ello habría que añadir, finalmente, la posible presencia de un agente de radicalización. Este complejo formado por grupo primario, comunidad virtual y agente de radicalización, puede organizar un número limitado de actividades dirigidas a captar potenciales miembros, especialmente si cuenta con la presencia de dicho agente, pero no acosa, señala y optimiza el terror ni fomenta la violencia de baja intensidad, como ocurría con el grupo radical del modelo original. Por tanto, sólo sería capaz de llevar a cabo las siguientes actividades:

  • (Re) produce discurso que legitima, justifica y exalta violencia.
  • Facilita interacción real y virtual entre sus componentes.
  • Proporciona sanción (o disconformidad) moral a la postura de sus componentes, incluidas las trasgresiones a la ley.

En caso de existir agente de radicalización, éste adopta el papel de referencia próxima y vínculo con la organización, de manera que:

  • Ejerce autoridad moral, alinea creencias y actitudes dentro del grupo y prepara a sus miembros para el paso a la acción.
  • Organiza actividades limitadas y puntuales con vistas a atraer nuevos miembros.

 

La organización clandestina asume cometidos

El componente estructural “organización clandestina” del modelo VEPR original se identificaba con el núcleo de una organización ilegal que operaba manifiestamente en contra del ordenamiento legal de los Estados español y francés y que, por esta misma razón, era perseguida activamente por parte de las fuerzas de seguridad. Por el contrario, el IS se ha caracterizado por la creación de un protoestado que ha servido de base permanente para el desarrollo de sus actividades. La ventaja evidente de esta situación con respecto a la clandestinidad es poder obtener recursos y desarrollar su propio aparato organizativo y de propaganda sin que las fuerzas de seguridad desmonten sucesivamente embriones de la organización. Gracias a la gestión segura de los flujos de información a través de Internet, organizaciones como el IS han conseguido que su discurso y narrativas lleguen directamente a un gran número de potenciales seguidores, manteniendo en todo momento el control sobre la ortodoxia de los contenidos e inspirando a muchos a seguir sus directrices. Por otro lado, y también a diferencia del modelo VEPR original, la organización yihadista no sólo reivindica las acciones de sus miembros, sino que asume la autoría de aquellas llevadas a cabo por sus simpatizantes de manera espontánea y autónoma.

De este modo, la organización yihadista continúa en su papel principal de referencia de radicalización y, en ausencia del tradicional grupo radical, lleva a cabo las siguientes actividades:

  • Emplea violencia e induce terror como método.
  • Asume y reivindica las acciones violentas que puedan llevar a cabo sus simpatizantes.
  • Produce discurso que legitima, justifica y exalta la violencia.
  • Gestión interna de la propia organización.

 

Discusión

Los cambios en la naturaleza de los elementos estructurales con respecto al modelo VEPR original, con la consiguiente supresión, añadido o redistribución de actividades llevadas a cabo por ellos, dan lugar a ciertas particularidades en las funciones desempeñadas que, a su vez, producirán algunas alteraciones con respecto a los efectos. Con esta discusión se trata, en definitiva, de dilucidar si estos efectos, aún con alteraciones, son capaces de hacer prosperar el proceso de radicalización en algunos de los individuos involucrados en el presente contexto, así como de identificar, en su caso, las peculiaridades resultantes.

 

Se mantienen las funciones, aunque ligeramente modificadas

Fascinación, atracción (e inspiración)

En base al número de foreign fighters identificados, no cabe duda de que la organización yihadista, por sí misma y en ausencia del grupo radical, sigue ejerciendo esta función. A diferencia del interfaz limitado que proporcionaba el grupo radical en el modelo VEPR original, los progresos en las tecnologías de la información han posibilitado que el IS y otros grupos puedan difundir su propaganda de manera directa a una audiencia exponencialmente mayor y, sobre todo, que ello se lleve a cabo sin necesidad de contar con grupos radicales en el ámbito de la legalidad que lleven a cabo las actividades que contribuían a dicha función.

Adicionalmente, el IS ha demostrado una inusual capacidad para fomentar la aparición de estructuras locales autónomas de manera más o menos espontánea. Estas estructuras, basadas frecuentemente en grupos primarios, asumen como propia la estrategia de la organización y colaboran activamente con ella, aunque suelen mantener una fuerte autonomía con respecto a la misma. Por ello puede decirse que la organización yihadista lleva también a cabo una función de “inspiración”, aspecto que se suma a los anteriores.

Neutralización de la (débil) contestación social

La identificación del binomio contestación social y su correspondiente neutralización es relevante en la medida que proporciona una línea de acción a la hora de interrumpir el bucle de radicalización. En efecto, promover la contestación social latente –en caso de que exista- a través de combatir los factores que la están neutralizando, constituye una vía efectiva para contrarrestar el fenómeno de radicalización de acuerdo con el modelo VEPR original.

En el caso de las comunidades musulmanas –que constituyen el entorno social de los individuos en proceso de radicalización en el presente contexto- este binomio podría existir también, aunque en menor medida y, por tanto, no ser tan relevante para los propósitos anteriormente señalados. Así, por un lado, la existencia en algunas de ellas de un entorno radical más o menos favorable a la causa yihadista podría implicar que la contestación social podría estar, ya de por sí, debilitada. Por otro lado, tampoco existen evidencias de amenazas públicas, señalamientos visibles, etc. contra los miembros de dichas comunidades que pudieran estar en contra de las acciones violentas. Sin descartar la posible existencia inadvertida de conductas de este tipo en casos concretos, todo parece indicar que la neutralización de la contestación social podría llevarse a cabo, en mayor medida, a través de una presión social difusa y no mediante amenazas explícitas y posteriores acciones que pudieran expandir el temor entre las comunidades.

Donde sí podría identificarse plenamente el mencionado binomio contestación-neutralización es en las comunidades virtuales de Internet, donde las posturas moderadas son rápidamente ensombrecidas por las más extremas. Si a este fenómeno le unimos la posibilidad de seleccionar los vínculos de amistad en las redes sociales, una eventual contestación social quedaría absolutamente bloqueada. De este modo, el fenómeno de radicalización con el auxilio de Internet podría desarrollarse sin más freno externo que las actuaciones de las fuerzas de seguridad al intervenir las comunicaciones.

En resumen; aunque debilitado con respecto a otros contextos de radicalización, no se puede descartar la existencia del binomio contestación social y su correspondiente neutralización. Aunque bien es cierto que más virtual que real, este binomio y su correcta estimación permiten conservar margen suficiente como para desarrollar líneas de acción a la hora de combatir el fenómeno.

Ambiente de radicalización (restringido)

Tanto la imposibilidad de ejercer la militancia en un grupo extenso y organizado como, sobre todo, la ausencia de oportunidades seguras para ejercitar la violencia de baja intensidad, hacen imposible la creación de un ambiente de radicalización similar al del contexto original donde se basó el modelo VEPR. En efecto, dicha violencia de baja intensidad constituía un auténtico practicum para asentar las ideas, reducir la disonancia cognitiva y, en definitiva, para que el individuo progrese en su proceso de radicalización manteniendo una simetría entre manifestaciones cognitivas y conductuales de dicha violencia.

No obstante, la exposición prolongada al discurso de exaltación de la violencia, la interacción otros miembros del grupo primario expandido a través de redes virtuales, así como la disponibilidad de sanción moral para las conductas trasgresoras, podría dar lugar a una radicalización en la que en un primer momento predominarían las manifestaciones cognitivas sobre las conductuales. De este modo, el individuo podría seguir incrementando su extremismo con respecto a ideas, posturas, emociones, etc., aunque sin perspectivas de oportunidad para ponerlas en práctica.

Lejos de restarle potencial, hay que señalar que este tipo de radicalización podría estar reforzada sustancialmente con respecto a aquella con raíces políticas por la capacidad del yihadismo para proporcionar identidad y una misión trascendente al individuo. Además, en caso de aparecer un agente de radicalización, éste atraería y facilitaría la integración en las actividades del grupo de nuevos miembros, reforzaría las funciones llevadas a cabo por del resto del grupo, podría constituir un vínculo fiable con la organización yihadista y, sobre todo, podría proporcionar tanto infraestructura como capacidad de planeamiento, control y ejecución de actividades violentas. En definitiva, la aparición de un agente de radicalización supondría un auténtico catalizador para el proceso de radicalización de los miembros del grupo e implicaría un incremento considerable en cuanto a la probabilidad de que pasen a la acción violenta. Una vista global de las secuencias [actividad – función – efecto] se expone en la Figura 1.

 

Un efecto de radicalización “asimétrica”

El efecto de aproximación, en línea con lo que se ha señalado anteriormente con respecto a la función “Fascinación, atracción e inspiración”, también es un hecho que se refleja en el número de FF contabilizados. Hay que señalar que, a diferencia de lo que podría ocurrir con el contexto original del modelo VEPR, los costes y riesgos asociados a viajar a los teatros de operaciones del IS son significativamente mayores que aquellos resultantes de involucrarse progresivamente en actividades violentas de baja intensidad en el lugar de residencia habitual del individuo. Por todo ello, puede decirse que realmente existe un efecto de aproximación cuyo principal exponente es un fenómeno visible y cuantificable. Además, es razonable asumir que existen muchos más individuos atraídos por las organizaciones yihadistas que, aunque en menor medida o con menos posibilidades, podrían estar dispuestos a colaborar de algún modo.

La aproximación a la organización terrorista en sus teatros de operaciones, no obstante, no es sino una de las posibles culminaciones de la aproximación a la yihad en general. Esta última sería aplicable tanto a individuos aislados como a individuos miembros de grupos primarios ya constituidos y, consecuentemente, propiciaría tanto la exposición a la propaganda yihadista como la interacción real o virtual con otros individuos en proceso de radicalización. Esta interacción con una audiencia seleccionada de individuos –que puede incluir a algún agente de radicalización- es un componente esencial del proceso, puesto que de ella se recibirá tanto la sanción moral como las consecuencias positivas que reforzarán las conductas violentas incipientes. No se debe menospreciar la relevancia de las interacciones virtuales con respecto a las reales. Por un lado, por el potencial socializador de Internet y su capacidad de difusión de contenidos, aspectos a los que ya se ha hecho alusión anteriormente. Por otro lado, y como se señala en el Anexo correspondiente, porque la red se ha convertido un ámbito de actuación sustitutivo para que algunos desarrollen su activismo ante la dificultad de hacerlo, por ejemplo, en los teatros de operaciones donde despliegan algunos grupos yihadistas.

En ausencia de contestación social, el proceso de radicalización yihadista compartiría mecanismos similares al modelo VEPR original. No obstante, dicho proceso revestiría unas particularidades propias derivadas de la falta de actividades violentas de baja intensidad. Así, bajo la exposición prolongada a los ambientes y propaganda yihadista, el mecanismo de aprendizaje de la conducta violenta incipiente seguiría siendo el aprendizaje observacional, lo que incluye la adquisición de una expectativa de recompensa. Esta recompensa, aun de carácter interno e inmaterial, sería de una magnitud apreciable por las características de transcendencia que aporta el aspecto religioso. A partir de entonces, es razonable suponer una progresiva intensificación de las manifestaciones cognitivas de la conducta –esto es, pensamientos, actitudes y posturas cada vez más extremas- que previsiblemente serán reforzadas a través de las interacciones con otros compañeros y llegarán a convertirse en conducta consolidada. Llegados a este punto, no obstante, la dificultad a la hora de poner en práctica dicha conducta violenta va a generar una enorme disonancia entre pensamiento y acción, con la consiguiente aparición de la motivación necesaria para reducirla. Visto en la Figura 2, el individuo entra en un bucle donde el nivel de radicalización en sus manifestaciones cognitivas se va incrementando paulatinamente mientras permanezca inserto en el contexto yihadista.

Hay que señalar que, en ausencia de factores disuasorios o de barreras morales, el individuo con un alto grado de radicalización de naturaleza cognitiva está preparado para llevar a cabo actos de considerable violencia, puesto que la distancia entre postura y (falta de) acción, así como la motivación para reducir la consiguiente disonancia, son también considerables. En esta situación, dándose las circunstancias apropiadas, el individuo aislado o en grupo podría decidir pasar a la acción. Dichas circunstancias podrían estar relacionadas con la aparición de un vínculo directo con la organización yihadista, la disponibilidad de material y logística para cometer atentados, la aparición de un agente de radicalización, u otras. Si esto llegara a suceder, el individuo ya totalmente radicalizado pasaría a la clandestinidad y el modelo dejaría de ser aplicable.

Este proceso de radicalización “asimétrica” puede interrumpirse por la decisión del individuo, en un momento determinado, de integrarse en la organización yihadista y emprender el viaje al teatro de operaciones correspondiente. El modelo tampoco tendría aplicación una vez allí, donde la posibilidad de militar con otros combatientes y de ejercer la violencia mucho más fácilmente darían lugar a procesos más cercanos a los que se propusieron en el modelo original. También es razonable suponer que el proceso pueda estabilizarse si el individuo parcialmente radicalizado vuelca su activismo en Internet y se integra o convierte a su grupo, por ejemplo, en una red de captación activa. Finalmente, también es factible que, al igual que ocurría en el modelo VEPR original, aparezcan factores incompatibles con la radicalización y que reviertan o congelen el proceso. En la Figura 3 se proporciona una vista global del modelo VEPR aplicado al contexto de radicalización yihadista.

 

Posibles objeciones

Conforme aumenta la disonancia entre convicciones, actitudes, sentimientos, etc., y (falta de) conductas congruentes por parte del individuo, mayor es la motivación para llevar a cabo acciones violentas y, por tanto, mayor es la probabilidad de que pase a la acción. En algún momento, es posible que entre las acciones violentas que dicho individuo radicalizado de manera asimétrica está dispuesto a llevar a cabo figuren atentados de gran envergadura. En principio, podría pensarse que implicarse en estos últimos directamente, sin haber llevado a cabo con anterioridad violencia de más baja intensidad, es extremadamente improbable, por dos motivos. En primer lugar, por la cada vez mayor importancia de los factores disuasorios con respecto a los motivacionales conforme avanza el proceso de radicalización, tal y como se indicó en el modelo VEPR original, que haría que la mayoría de los individuos no completaran el proceso. En segundo lugar, por la dificultad que se den las condiciones necesarias para que se produzca el paso a la acción por parte de una célula espontánea sin cualificación previa, dificultades de carácter tanto organizativo como técnico y logístico.

Sin embargo, las características del contexto de radicalización yihadista permitirían superar estos inconvenientes. Por un lado, el componente religioso inherente al yihadismo, aunque manipulado con respecto a su concepción original, aún conservaría su capacidad para otorgar al individuo creyente una de las mayores recompensas internas a que puede aspirar: una clara misión en la vida presente y convicción de la trascendencia de las acciones más allá de este mundo. Ante ello, la eficacia de aspectos disuasorios como ser encarcelado o incluso morir en el intento pierden su valor de manera significativa.

Por otro lado, la baja probabilidad de que se den las condiciones apropiadas para pasar a la acción quedaría compensada por la posible aparición de un agente de radicalización competente. Más aún; incluso sin éste, también podría compensarse ampliamente suponiendo que existe un número considerable de individuos experimentando un proceso de radicalización más o menos avanzado. Este último aspecto es inquietante si se contempla de modo inverso. En efecto, si aun siendo extremadamente difícil pasar a la acción resulta que se dan casos reales de células o individuos que de manera espontánea lo hacen, ello implica que existe una considerable “zona gris” de individuos en proceso de radicalización que está pasando desapercibida.

 

Conclusiones: Apoyos a la hipótesis, alcance e implicaciones del modelo

La nueva versión del modelo VEPR resultante de la incorporación de las características específicas del contexto yihadista, así como la supresión de aquellas que no son de aplicación, continúa proporcionando una explicación factible de cómo algunos individuos pueden desarrollar un proceso de radicalización. El modelo también mantiene una estructura de elementos esenciales equiparable al contexto original, aunque con matices propios, y es capaz de generar su propia secuencia [actividad – función – efecto]. En definitiva, manteniendo el hilo conductor de un componente épico en el proceso de radicalización, el modelo VEPR constituye un esquema funcional capaz de transitar sin cambios esenciales desde un contexto original de radicalización con raíces políticas, revolucionarias y nacionalistas hasta otro con raíces religiosas yihadistas. Identificar una vía común y que puede ser aplicada en diferentes contextos de radicalización es una constatación de su validez y contribuye significativamente a comprender el fenómeno en su conjunto.

Con objeto de evitar cualquier apariencia reduccionista, es necesario establecer claramente el alcance del modelo VEPR. La radicalización violenta es un fenómeno tremendamente complejo donde existen multitud de variables y procesos. Ante ello, lejos de pretender dar explicación de todas las posibles vías por las que una persona se puede convertir en un activista violento e incluso en un terrorista, en este trabajo sólo se pretende dar cuenta de una de ellas. Determinar la prevalencia de la “vía épica” con respecto a otras vías en los diferentes contextos de radicalización es una tarea para investigaciones posteriores.

Ahora bien, si existe una “vía épica” basada en la búsqueda de recompensas internas en forma de sentimientos de pertenencia, una causa por la que luchar, compromiso, etc., es decir, estrechamente relacionada con los factores pull a los que se ha hecho alusión en apartados anteriores, ello conduce a suponer que también existe una vía de radicalización similar estrechamente relacionada con los factores push, esto es, crisis de identidad, marginación, exclusión social, afrentas recibidas, etc. La identificación de esta nueva vía, paralela a la “vía épica” y que en principio podría ser también concurrente en un mismo individuo, queda reservada para posteriores trabajos.

El modelo VEPR contiene una serie de implicaciones que dan cuenta de su utilidad. En primer lugar, proporciona un respaldo científico a la constatación empírica de que en el contexto yihadista existen estructuras autónomas gestadas de manera espontánea. En su versión original, el modelo ya predecía que fenómenos de radicalización colectiva podrían producirse de manera espontánea y sin necesidad de planificación previa, pudiendo evolucionar con el tiempo hacia sistemas más complejos. Nuevamente, la aplicación de modelo al contexto de radicalización yihadista deja entrever que ni el grupo radical ni el agente de radicalización son estrictamente necesarios para que determinados individuos desarrollen su proceso.

En segundo lugar, el modelo VEPR aplicado al contexto de radicalización yihadista proporciona acomodo a fenómenos como el de los denominados “lobos solitarios”, al tiempo que ayuda a centrar la polémica por las diferentes interpretaciones de que ha sido objeto. Así, por un lado, se mantiene la idea de que la radicalización es un fenómeno social, aunque matizando que dicho aspecto social es relevante, esencialmente, por su capacidad para ofrecer al individuo tanto modelos de conducta a seguir como reforzamiento de su conducta radical incipiente por parte de otros. Por otro lado, la posibilidad que ofrece Internet tanto de acceder a la propaganda como de formar parte de comunidades virtuales, hace prescindibles al grupo radical, al grupo primario y, en general, a las comunidades reales, a la hora de incorporar al sistema dichos modelos y refuerzos a la conducta violenta. Como conclusión, individuos aislados pero influenciados por entornos virtuales podrán desarrollar su propio proceso de radicalización y, en determinadas circunstancias, podrían ser utilizados por la organización yihadista o atreverse a cometer atentados por cuenta propia.

Finalmente, la aplicación exitosa del modelo VEPR a diferentes contextos de radicalización clarifica hasta cierto punto el papel de la ideología o creencias en el proceso de radicalización individual. Así, mientras se constata la necesidad de que exista una ideología o creencias subyacentes, el hecho de que éstas se basen en política, religión u otros contextos sólo introduce diferencias de carácter técnico en el proceso de radicalización. Dicho con otras palabras, los diferentes contextos políticos, religiosos, etc. donde se enraíza el proceso de radicalización pierden relevancia a favor del individuo y la interpretación que hace de cada uno de ellos. Esto último, sin embargo, no va en contra de que existan ciertos contextos más proclives que otros para ser interpretados de manera radical por ciertos individuos.

 

Nota sobre el autor:

Miguel Peco Yeste es Licenciado y Máster en Psicología, doctor en Seguridad internacional y Profesor Asociado en la Universidad Complutense de Madrid. Correo electrónico: mpeco.research@gmail.com

 

 

ANEXO 1

ACTUALIZACIÓN DEL MODELO ORIGINAL AL MODELO VEPR

El modelo de radicalización propuesto en 2016 se inspiró en el contexto político de raíces nacionalista y socialista revolucionaria protagonizado por el autodenominado Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV), en particular por algunas de sus organizaciones juveniles, en el periodo de tiempo entre 1987 y 2003 (Peco Yeste, 2016). La transición al presente modelo mantiene la estructura y procesos esenciales, incorpora la denominación VEPR e incluye pequeñas modificaciones, algunas clarificaciones en los conceptos, así como mejoras en los gráficos.

De este modo, ahora se designan como “funciones” lo que en el modelo original se consideraban como “efectos”. En realidad, esto supone simplemente alargar la cadena [actividades - funciones - efectos] para incluir dentro de estos últimos a la propia radicalización, algo que anteriormente se hacía ver como un efecto ulterior. Por otro lado, dentro de las actividades del grupo radical se incluye “Proporcionar sanción moral a las conductas trasgresoras”, actividad sobre la que se considera necesario dejar constancia explícita. También se incorpora el término “radicalización simétrica”, en contraste con el de “radicalización asimétrica” que se empleará en el actual contexto. Finalmente, se profundiza en los posibles mecanismos de desradicalización, algo que en el modelo de 2016 se había dejado sin apenas tratar, al tiempo que se perfecciona e integra en el esquema general la propuesta en detalle de los mecanismos de radicalización. Todo ello se acompaña con una mejora en la calidad de los gráficos que permite una vista global del proceso y, cuando es necesario, ampliar las partes correspondientes.

 

Secuencias [actividad – función – efecto]

El modelo contempla como elementos estructurales del contexto de radicalización los siguientes: el núcleo de la organización clandestina; el grupo radical, que opera al filo de la legalidad; el individuo aún candidato o ya en proceso de radicalización y, finalmente, al entorno social donde todos estos elementos están inmersos. Los dos primeros, a través de sus actividades habituales, son capaces de ejercer una serie de funciones que afectarán tanto al entorno social como al individuo y que, finalmente, producirán el efecto de incrementar el nivel de radicalización individual de este último. Estas funciones son:

  • Fascinación y atracción. Provoca que algunos individuos se aproximen al grupo radical, comiencen a integrarse y a participar en sus actividades.
  • Neutralización de la contestación social. La violencia producida por la organización clandestina, una vez justificada por las narrativas y optimizada a través del acoso y señalamiento de adversarios políticos, es capaz de neutralizar una contestación social que de otro modo se produciría de manera natural. Esta falta de contestación, a su vez, facilita y consolida la integración del individuo en el grupo radical y permite que el proceso de radicalización se desarrolle sin resistencia alguna.
  • Ambiente de radicalización. Es aquella situación creada por el grupo radical donde confluyen las circunstancias favorables para que los individuos desarrollen y profundicen en su proceso de radicalización.[11]

El diagrama [actividad – función – efecto] se incluye en la Figura 4.

 

Radicalización simétrica

Una vez que se produce la aproximación, se incrementa la probabilidad de que estos individuos comiencen a participar en las actividades del grupo radical y queden expuestos a su influencia. A partir de aquí, el proceso de radicalización puede explicarse desde una perspectiva cognitivo-conductual a través de una combinación de los siguientes paradigmas y/o teorías ya clásicas: aprendizaje social (Bandura, 1977), condicionamiento operante (Skinner, 1938) y disonancia cognitiva (Festinger, 1957). Los anteriormente mencionados ambientes de radicalización albergan las condiciones necesarias como para suponer que los procesos descritos en dichos paradigmas puedan producirse. Así, se propone que el mecanismo de adquisición de la conducta violenta incipiente sea el aprendizaje observacional. Tras ello, la escalada en cuanto a intensidad y frecuencia se podría explicar por el ajuste al alza entre manifestaciones cognitivas y conductuales de dicha conducta. Cualquiera que sea la vía para ello – como se detallará después- este ajuste está impulsado por una expectativa de recompensa previamente adquirida. Finalmente, el mantenimiento de la conducta violenta se podría explicar en base a la primacía de contingencias potencialmente reforzadoras dentro de los ambientes radicales (Figura 5). Estos mecanismos de detallan como sigue:

Inicialmente, la conducta violenta incipiente se podría adquirir por aprendizaje observacional a través de la participación en las actividades del grupo radical y la exposición tanto al discurso como a la violencia. El paso intermedio para llegar a ella sería la adquisición por parte del individuo de una expectativa de recompensa en forma de sentimientos de orgullo, aceptación, pertenencia, logro, etc. simplemente observando cómo la conducta violenta de otros miembros les hace ser más aceptados, populares, elogiados, etc. por parte del grupo.

Tras ello, la escalada en cuanto a intensidad y frecuencia de la conducta violenta se podría explicar por desequilibrios y posterior ajuste entre elementos cognitivos y conductuales, esto es, por la aparición de una disonancia cognitiva y su posterior resolución. En principio, es razonable suponer que en la anteriormente mencionada conducta violenta incipiente predominarán las manifestaciones cognitivas y emocionales sobre las motores (o simplemente “conductuales”, en lo sucesivo). No obstante, como se verá después, no se descarta que en determinadas circunstancias el individuo pueda pasar a la acción sin estar totalmente convencido de ello, especialmente si dicha acción no supera por mucho a sus creencias. Que sean las manifestaciones conductuales el que se ajusten a las cognitivas, o viceversa, da lugar a dos mecanismos posibles e intercambiables por los que un mismo individuo puede progresar en su proceso de radicalización.

  • Supongamos que la conducta violenta incipiente sea resultado de un incremento de las manifestaciones cognitivas de la conducta violenta debido al aprendizaje observacional, tal y como se ha descrito antes. Este incremento supone que las manifestaciones conductuales quedan superadas y, por tanto, que aparece la disonancia entre pensamiento y acción. Puesto que sigue existiendo la anteriormente mencionada expectativa de recompensa, la disonancia tiende a resolverse al alza, es decir, que las manifestaciones conductuales tienden a equipararse a las cognitivas y no a la inversa. Además, las condiciones son adecuadas para ello, puesto que las actividades que implican episodios de violencia de baja intensidad proporcionan la oportunidad de poner en práctica las ideas adquiridas de manera segura y asumible para el individuo. El resultado es un incremento de la conducta violenta manifiesta hasta igualar al componente cognitivo, de forma que desde el punto de vista del individuo ideas y acciones son ya congruentes. En este mecanismo, por tanto, es la acción violenta la que se acomoda a las nuevas ideas de una manera que se podría calificar como racional.
  • Sin embargo, en determinadas circunstancias no puede descartarse un mecanismo inverso (en la Figura 5 se representa con una línea discontinua). Ante la exposición a situaciones de violencia de baja intensidad, pequeñas acciones violentas, no demasiado alejadas de las convicciones del individuo, pueden llegar a elicitarse por mera presión del medio, dinámicas locales de acción-reacción, miedo u otras causas. Una vez llevadas a cabo dichas acciones, las manifestaciones conductuales superan a las cognitivas y aparece la disonancia. Con la expectativa de recompensa presente, al igual que ocurría en el mecanismo anterior, dicha disonancia tiende a resolverse al alza. Las condiciones también son apropiadas para ello, puesto que el discurso proporciona los argumentos necesarios para que el individuo auto justifique sus propias acciones violentas. De este modo, el individuo asimila el discurso y el resultado es un incremento de las cogniciones relacionadas con la violencia. El nuevo pensamiento se acomoda a la acción y ambos son ya congruentes.

Estos dos mecanismos serían compatibles entre sí a la hora de progresar en la conducta violenta. Cualquiera de ellos que se haya activado implicará ascender un pequeño peldaño en el proceso de radicalización. Finalmente, las conductas violentas recientemente ejecutadas serán probablemente objeto de recompensa en forma de reconocimiento por parte de otros militantes, con la consiguiente aparición de las mencionadas satisfacciones internas. La interacción entre individuos que se produce en los ambientes de radicalización proporciona las contingencias espacio-temporales adecuadas para que dichas recompensas se conviertan en refuerzos de la conducta violenta y que, por tanto, se incremente la probabilidad de que ésta se repita en el futuro. En definitiva, lo que comenzó como conducta violenta incipiente se convierte en conducta consolidada.

El proceso se repite de manera cíclica, quedando de este modo el individuo inmerso en una espiral de radicalización en la que pensamiento, sentimientos y acción se ajustan los unos a los otros siguiendo una tendencia al alza. Las barreras éticas acerca del empleo de la violencia, si existían, van cayendo una tras otra. El individuo, inmerso en su proceso de radicalización, auto-justifica su nuevo estilo de vida como resultado del compromiso con una causa. La violencia se ve claramente como una vía legítima para alcanzar una idílica situación final y él mismo se contempla como uno de los elegidos para llevar a cabo tal transcendental tarea. En todo el proceso es importante resaltar la disponibilidad de actividades violentas de baja intensidad. Esta disponibilidad posibilita que la progresión en intensidad y frecuencia de la conducta violenta manifiesta pueda hacerse de manera suave y gradual, acompañando a la progresión en los aspectos cognitivos y evitando saltos bruscos. Esta progresión a la par entre ambas manifestaciones de la conducta violenta hace que pueda hablarse de un proceso de radicalización “simétrico”.

Para dar cuenta del grado de radicalización del individuo en un momento determinado se sigue utilizando el Nivel de Radicalización Individual (NRI). Se trata de una variable exclusivamente conceptual que estaría relacionada con el potencial del individuo a la hora de llevar a cabo a cabo conductas violentas en general. La progresiva adquisición y consolidación de conducta violenta, así como el consiguiente incremento del NRI, se representan como una trayectoria cíclica dentro del diagrama de flujo (“bucle de radicalización”). Así, una vez que el individuo comienza a participar en las actividades del grupo, adquiere y consolida la conducta violenta e incrementa progresivamente su nivel de radicalización. En principio, este incremento se produciría de manera indefinida salvo que cesaran las recompensas a base de satisfacciones internas, aparecieran consecuencias aversivas, o se dieran circunstancias incompatibles con el proceso, lo que implicaría que el individuo entrara en un bucle de desradicalización. Además, es razonable suponer que, a medida que avanza el proceso, los factores disuasorios, como por ejemplo la posibilidad de ser perseguido por las fuerzas de seguridad, ganarán valor en detrimento de los factores motivacionales, facilitando de este modo alcanzar un punto de equilibrio en el proceso que sería variable según las circunstancias particulares. Esta última deducción, como ya se dijo en el modelo original, parece útil a la hora de clarificar la consabida pregunta de por qué algunos completan el proceso y otros no. Finalmente, en cualquier momento el individuo podría ser reclutado por la organización, en cuyo caso pasaría a la clandestinidad y el modelo dejaría de ser aplicable (Figura 6).

 

ANEXO 2

EL CONTEXTO DE RADICALIZACIÓN YIHADISTA EN SOCIEDADES OCCIDENTALES

De acuerdo con algunos autores, el yihadismo representa actualmente un movimiento global con varios entes territoriales, una enorme base popular de seguidores diseminada geográficamente por todo el planeta y una gran capacidad para atraer recursos humanos y materiales a nuevas áreas de conflicto (Lia, 2016). En lo que respecta a las sociedades occidentales, la influencia de dicho movimiento se materializa en un contexto de radicalización particular que algunos han denominado “cuarta ola de militantes y aspirantes a combatientes” (Coolsaet, 2016). Este contexto daría continuidad otros anteriores como el protagonizado por los muyahidines en Afganistán y los grupos argelinos en las décadas de los años 70 y 90, respectivamente, la organización Al-Qaeda de Osama bin Laden a principios de siglo y, posteriormente, una tercera ola caracterizada por yihadistas ya nacidos en países occidentales.

 

Foreign fighters”: la llamada de la yihad

Entre las características propias de esta cuarta ola destaca la influencia de grupos como el autodenominado Estado Islámico (IS), durante su intento de construir un califato en territorios de Siria e Irak, así como de otros grupos cercanos o afiliados a Al Qaeda. En particular, como parte de esta pretendida influencia es destacable la llamada por parte de estas organizaciones a jóvenes musulmanes, ya sea a viajar a dichos teatros –y convertirse en lo que se ha denominado foreign fighters (FF)- o, en caso de no poder hacerlo, a llevar la yihad a sus propios países de origen. Una u otra posibilidad dan lugar a escenarios diferentes aunque, en todo caso, complementarios.

Por un lado, en cuanto a los FF, lo que constituye una novedad sin precedentes es la escala del fenómeno y no la naturaleza del mismo.[12] Aunque la mayoría de los combatientes que se han dirigido a Siria e Irak proceden de Estados de Oriente Medio y el Magreb, no es desdeñable el flujo de FF propiamente denominados desde los países occidentales. De acuerdo con algunos estudios llevados a cabo en el ámbito de la Unión Europea, se estima que hasta octubre de 2015 alrededor de 4.000 individuos procedentes de los Estados miembros podrían haber viajado a los mencionados teatros de Siria e Irak.[13] El regreso de los FF a sus países de origen plantea una preocupación genuina puesto que ya poseen entrenamiento militar para llevar a cabo atentados por cuenta propia, sólidos vínculos con otros excombatientes para conseguir apoyo logístico y un prestigio suficiente como para influir, reclutar y eventualmente entrenar nuevos yihadistas.

 

Guerreros locales: la tendencia oculta

Por otro lado, en cuanto a llevar la yihad a sus propios países de origen, el IS ha tenido un éxito considerable a la hora de extender sus redes de afiliados, simpatizantes o colaboradores y cometer atentados lejos de su asentamiento habitual. En particular, el IS ha demostrado una inusual capacidad para generar de manera indirecta el fenómeno de la radicalización violenta en sociedades occidentales a través del fomento de estructuras locales autónomas. Estas estructuras suelen gestarse de manera más o menos espontánea y, si bien es cierto que asumen como propia la estrategia de la organización y colaboran activamente “[…] mediante la realización de acciones de adoctrinamiento, propaganda y captación”, suelen mantener una fuerte autonomía con respecto a los niveles centrales de la organización (Audiencia Nacional, España, 2018).

Las anteriores estructuras yihadistas conservan características de otras oleadas. Así, frecuentemente se trata de grupos primarios, es decir, caracterizados por su pequeño tamaño y la cercanía tanto física como afectiva entre sus miembros. De acuerdo con algunos estudios, estos vínculos de amistad y parentesco pueden convertirse en la principal fuente de valores normativos y, por tanto, proporcionar la motivación adecuada para que algunos individuos desarrollen procesos de radicalización y acaben implicándose en actividades transgresoras. De hecho, normalmente los individuos acaban convirtiéndose al yihadismo debido a su pertenencia al grupo, y no a la inversa (Jordán, 2009: 207-209). En términos generales, este proceso se explicaría en gran medida por la interacción entre los miembros unida a la exposición de la propaganda yihadista (Jordán, 2009: 205).

 

Agentes de radicalización: catalizadores del proceso

El surgimiento más o menos espontáneo de estructuras basadas en grupos primarios es perfectamente compatible con la presencia e influencia de lo que se han denominado “agentes de radicalización”. Se trata de individuos con cierto carisma y que usan una retórica extremista para atraer a otros individuos, supuestamente vulnerables, hacia la causa yihadista.[14] De acuerdo con algunos estudios llevados a cabo en los principales núcleos urbanos fuentes de reclutamiento de yihadistas en Europa, la presencia de estos individuos –conocedores a fondo de los problemas de la comunidad local- unida a su estrecha relación con los potenciales reclutas, les permite adaptar el mensaje yihadista como solución a los agravios percibidos y, de este modo, maximizar el efecto de atracción. Más aún, si lo anterior se combina con la conectividad proporcionada por las redes sociales en Internet –que permite, entre otras cosas, establecer vínculos directos con individuos que ya están luchando en los teatros de operaciones- todo ello daría lugar a una “tormenta perfecta” para que el reclutamiento se lleve a cabo con éxito (Maggiolini & Varvelli, 2016: 19).

La coexistencia de agentes de radicalización directamente vinculados a las organizaciones yihadistas –y, por tanto, pudiendo desempeñar labores de reclutamiento activo-, junto con las estructuras locales autónomas gestadas de manera espontánea, se corresponde con la descripción teórica de Sageman (2004) acerca los procesos generados por la interacción entre intentos de reclutamiento (“top-down”) y actitud de los potenciales activistas a reclutar (“bottom-up”).[15] Es necesario insistir en que, al contrario de lo que se deriva de algunos estudios llevados a cabo con individuos convictos de terrorismo, dichos procesos no tienen por qué ser excluyentes sino que habitualmente se dan al mismo tiempo.[16]

 

Menos religión, más internet

Otra característica distintiva de esta oleada es que la edad de los individuos radicalizados es, en general, menor que los yihadistas de otros tiempos. En consecuencia, es razonable suponer que la motivación para atender la mencionada llamada esté menos relacionada con la religión o la ideología y más con otros motivos personales (Coolsaet, 2016: 20). Esta característica ya ha sido también reconocida por otros expertos, que resaltan que la principal motivación de los jóvenes que abrazan la yihad podría ser la fascinación por narrativas tales como “[…] the small brotherhood of super-heroes who avenge the Muslim Ummah” (Roy, 2015). De hecho, para dar cuenta de esta disminución del papel de la religión, EUROPOL ha recomendado utilizar el término “violent extremism social trend” en vez de el de “radicalisation” (EUROPOL, 2016). No obstante, y a pesar de este decline, puede seguir afirmándose que el yihadismo es diferente de otras ideologías sostenidas por radicales por su capacidad para otorgar al individuo creyente una auténtica identidad, así como una clara misión en la vida presente y en el más allá (Maggiolini & Varvelli, 2016).

Aunque tampoco es una característica exclusiva, dentro de esta cuarta ola sigue siendo especialmente relevante el papel de Internet como tecnología clave que permite, por un lado, expandir la yihad global por parte de determinadas organizaciones y, por otro lado, establecer redes sociales susceptibles de convertirse en comunidades virtuales. De cara al futuro, y a pesar del declive del IS y del resurgir de Al-Qaeda, los métodos de ésta última organización en lo referente a propaganda y captación de adeptos dirigidos hacia sociedades occidentales parecen que empiezan a seguir la escuela ya consolidada por el mencionado IS, por lo que no se esperan cambios significativos en este sentido (EUROPOL, s.f.). Se dedica el Anexo 3 al análisis de este fenómeno.

 

Un entorno social especial

De los anteriormente mencionados 4.000 individuos procedentes de la Unión Europea que podrían haber viajado a los teatros de Siria e Irak, unos 2.800 procedería sólo de cuatro países: Bélgica, Francia, Alemania y Reino Unido. De ellos, más del 90% eran originarios de áreas metropolitanas, existiendo indicios de que pertenecían a redes extremistas basadas en círculos de amistades existentes ya en dichas áreas (van Ginkel & Entenmann, 2016). Más específicamente, distritos enteros en ciudades como París, Bruselas o Londres han sido considerados por algunos como auténticos caldos de cultivo (“hotbeds”) para yihadistas, donde confluyen un amplio abanico de factores supuestamente propiciatorios del fenómeno de radicalización tales como desempleo, delincuencia, influencia del salafismo y marginalización política, social y geográfica, entre otras (Maggiolini & Varvelli, 2016: 17-18).

La valoración del mayor o menor apoyo al yihadismo que puede encontrarse dentro de las comunidades musulmanas asentadas en países occidentales es un asunto polémico. De acuerdo con algunos estudios, no puede negarse que en algunas de ellas existe un entorno radical con un considerable trasfondo de simpatía y apoyo hacia la causa yihadista, donde la propaganda al respecto es aceptada y existe cierta libertad de acción para reclutar y movilizar adeptos (Schmid, 2017: 25). Si bien esta situación no es generalizable a la mayoría de las comunidades musulmanas, es razonable suponer que sí podría serlo en núcleos urbanos como los que se han señalado anteriormente, donde existiría una amplia casuística de apoyos que varían desde la mera empatía hasta proporcionar la logística necesaria para cometer atentados.

 

ANEXO 3

EL PAPEL DE INTERNET EN EL CONTEXTO DE RADICALIZACIÓN YIHADISTA

El uso de las nuevas tecnologías de la información en contextos radicales violentos y, en particular, el empleo de Internet, es una realidad desde hace varias décadas. Tomando como antecedentes los antiguos portales que se dedicaban a difundir particulares versiones de conflictos, como el de la antigua Yugoslavia o Chechenia, diferentes organizaciones yihadistas se han ido adaptando durante este tiempo al despliegue de las nuevas funcionalidades que aportaba esta tecnología, ya sea para aprovecharse de sus posibilidades o para protegerse de sus riesgos (Torres, 2017: 2). En la actualidad, en el ámbito de la lucha contraterrorista se asume que la red ofrece un amplio abanico de posibilidades tales como propaganda, captación, comunicación interna más segura, coordinación operacional, adoctrinamiento, financiación y apoyo operativo diverso (Audiencia Nacional, España, 2015: 2).

A la hora de delimitar el papel de Internet en el sistema de radicalización representado por el modelo VEPR, puede resultar útil agrupar las posibilidades anteriormente mencionadas en dos vertientes conectadas entre sí. La primera de ellas está relacionada con las ventajas que ofrece Internet a la organización yihadista a la hora de desarrollar actividades habituales tales como la gestión interna de la organización, el gobierno de las conquistas territoriales, la emisión de propaganda yihadista, la incitación a determinadas audiencias para unirse a sus filas y/o a llevar a cabo atentados en los países de origen, y otras. La segunda vertiente, por su parte, está relacionada con su papel a la hora de facilitar las condiciones en las que el individuo puede iniciarse y profundizar en su proceso de radicalización. Finalmente, ambas vertientes confluyen en uno de los puntos culminantes del proceso: la captación de adeptos.

 

El empleo instrumental de internet por parte de la organización

Internet ha posibilitado ampliar el alcance de las actividades de las organizaciones yihadistas, de manera que podría decirse que sin Internet estos grupos no podrían mantener un movimiento global tan descentralizado (Jordán, 2009: 210). En particular, en los apartados siguientes se describen las ventajas obtenidas en cuanto a la gestión interna de la organización, propaganda e incitación a la comisión de atentados.

 

Gestión interna de la organización

Para el IS, Internet ha sido un elemento clave dentro de su sistema de comunicaciones e información que le ha proporcionado ventajas evidentes a la hora de gestionar internamente la organización. Estas ventajas pueden concretarse, entre otras, en la posibilidad de prescindir de una complicada ingeniería, en la integración inmediata y gratuita en el sistema de mando y control de elementos geográficamente dispersos, en su capacidad para transportar importantes volúmenes de información y, sobre todo, en la seguridad de las comunicaciones y el anonimato de los usuarios. Este último aspecto –clave en lo que respecta a la supervivencia de la organización- se ha incrementado exponencialmente desde la aparición de los smartphones y los consiguientes avances tanto en el encriptado de las comunicaciones como en la posibilidad de añadir capas extra de seguridad a través de aplicaciones comerciales. A todo ello, además, habría que sumar las dificultades por parte de las agencias de seguridad para afrontar este desafío sin la ayuda del sector privado, a veces reticente a compartir tecnología o a revelar datos (Hannigan, 2014). De este modo, y aprovechando la oportunidad que ofreció este desarrollo tecnológico coincidente con el auge del IS, la organización ha hecho un uso extensivo de estas características a la hora de coordinar y controlar remotamente sus células operativas antes y durante las operaciones terrorista (Tonnessen, 2017: 104).

 

Propaganda

Los orígenes y escenarios donde operan los principales grupos yihadistas se encuentran en lugares alejados de las sociedades más o menos abiertas donde se sitúa el contexto de radicalización que aquí se trata. De este modo, la propaganda a través de Internet es esencial a la hora de influenciar dichas audiencias, puesto que permite establecer el vínculo entre los supuestos agravios que allí sufren los musulmanes y la lucha armada que se lleva a cabo en las zonas de operaciones (EUROPOL, 2017)

Pero además de ser una necesidad, el IS ha hecho un uso innovador de Internet a la hora de legitimar y justificar la violencia, así como de inducir el terror de manera deliberada. En este sentido, es de destacar el papel de la red a la hora de dar salida a la extensa producción audiovisual de su aparato de propaganda, constituido por agencias de noticias, productoras audiovisuales, editoriales, distribuidoras y otros centros. Según declaraciones de desertores y otras fuentes, esta propaganda explotaría de manera masiva un doble mensaje: por un lado dirigido a amenazar a los adversarios occidentales con escenas de ajusticiamientos, mientras que, por otro lado, describiendo el territorio bajo control como un lugar privilegiado para vivir (Miller & Mekhenne, 2015). Este doble mensaje concuerda con la opinión de algunos analistas que sitúan los propósitos de la propaganda en la intimidación a los oponentes, la capacidad para reclutar nuevos miembros y en la promoción de la legitimidad del territorio conquistado como Estado (Williams, 2016). Para terminar con este apartado, hay que decir que la evolución de los contenidos de la propaganda yihadista ha ido de la mano de la situación del IS en los territorios de Siria e Irak, aunque siembre buscando alcanzar el mayor impacto posible.[17]

 

Incitación a la comisión de atentados

El cambio en el contenido de los mensajes del IS, desde propugnar el traslado a los teatros de operaciones de Siria e Irak a instigar a la comisión de atentados en los países de origen, se aprecia especialmente a partir de 2015 y coincidiría con las dificultades para mantener el control de los territorios ocupados ante los ataques de la coalición liderada por los EEUU. Así, desde finales de 2014 la conocida publicación digital Dabiq ya efectuaba llamamientos a dichas acciones con argumentos como:

Kill the disbeliever whether he is civilian or military, for they have the same ruling. […] will you leave the American, the Frenchman, or any of their allies to walk safely upon the earth while the armies of the crusaders strike the lands of the Muslims not differentiating between a civilian and fighter? (The Official Spokesman for the Islamic State, año musulmán 1435: 6-10).

De acuerdo con algunos autores, este cambio de tendencia tendría como motivos, entre otros, la toma en consideración por parte de los líderes de la organización de los efectos psicológicos que dichos atentados podrían originar entre la población occidental, especialmente coincidiendo con la crisis de los refugiados (Fainberg, 2017: 34). De hecho, los portavoces de la organización, en mensajes emitidos durante 2016, instaban a perpetrar atentados, de manera particular en EEUU y Europa, a los voluntarios que en principio preveían viajar a Siria, por cualesquiera medios disponibles y especialmente durante el mes de Ramadán. El motivo esgrimido era, precisamente, que incluso un atentado “menor” podría tener un impacto considerable a la hora de expandir el terror entre los “enemigos” (Reuters, 2016).

 

Internet como facilitador del proceso de radicalización

Internet sigue teniendo papeles instrumentales clave en el individuo candidato o ya en proceso de radicalización. En primer lugar –y quizá sea lo más evidente- hay que señalar la facilidad que proporciona la red para acceder a materiales proporcionados por la organización yihadista y, por tanto, para que el individuo quede expuesto a su propaganda. Este tipo de exposición a contenidos propagandísticos en foros y páginas web, así como a otros materiales como por ejemplo la mencionada revista digital Dabiq, es probablemente menos efectivo que la exposición directa propiciada por agentes de radicalización si se compara caso por caso. No obstante, la característica distintiva de las influencias online es que son capaces de alcanzar una audiencia infinitamente mayor de potenciales candidatos a desarrollar un proceso de radicalización. Como resultado, en una comunidad de individuos lo suficientemente extensa –como son las sociedades abiertas- las influencias online podrían ser capaces de provocar la aparición de más individuos radicalizados que las influencias offline, muy limitadas por la relativa escasez de agentes de radicalización físicos.

En segundo lugar, siguiendo con los papeles instrumentales, otro aspecto a tener en consideración son las ventajas que proporciona el ciberespacio a la hora de involucrarse en actividades radicales. En particular, en el contexto de radicalización con raíces yihadistas vinculado auge del IS, la red se ha convertido un ámbito de actuación sustitutivo para que algunos desplieguen su activismo ante la dificultad de hacerlo, por ejemplo, en los teatros de operaciones del IS (Torres, 2017).

Ahora bien; por encima de los papeles instrumentales, otra función clave de Internet en el proceso de radicalización está relacionado con su aspecto socializador y, en particular, con su capacidad para establecer redes sociales susceptibles de convertirse en comunidades virtuales (Ducol, 2012). De acuerdo con algunos autores, Internet proporcionaría al individuo auténticos espacios sociales que alientan la construcción del discurso político e ideológico y que justifican el uso de la violencia (Bowman-Grieve, 2009: 990). Más aún, otros, refiriéndose al fenómeno de los denominados “lobos solitarios”, defienden que estas comunidades virtuales incluso podrían constituir un sustituto del entorno social del que algunos individuos carecen en el mundo real (Pantucci, 2011: 34). En este sentido, de particular importancia son las redes sociales constituidas en torno a predicadores radicales, quienes constituyen un vehículo privilegiado para la transmisión de los elementos cognitivo-normativos propios de yihadismo, así como las redes propias de determinadas organizaciones (Jordán, 2009: 211).

La naturaleza virtual de estas comunidades les puede conferir algunas características particulares. Por ejemplo, algunos autores han calificado los foros de Internet como “cámaras de eco” para las posturas más extremas, puesto que las moderadas son rápidamente ensombrecidas por ellas (Gerraerts, 2012). Por otro lado, entrevistas a expertos policiales también han puesto de manifiesto la corta duración del proceso y la menor implicación de la dimensión religiosa con respecto a los yihadistas tradicionales: “Bastan un par de meses. La carga teológica tiene menos peso. Se forman a través de Google y YouTube” (Abril, 2017).

En definitiva, la radicalización a través de comunidades virtuales de Internet es una posibilidad factible, lo que no excluye la complementariedad con otras comunidades reales. Como apoyo a esta afirmación puede citarse un estudio relativamente reciente en el que se pudieron identificar tres diferentes trayectorias (ideales) en lo que respecta al empleo de Internet durante el proceso de radicalización. Por un lado, había individuos que para quienes la red suponía el primer canal de exposición al discurso radical y que, posteriormente, se complementaba con interacciones en la vida real. Por otro lado, también se identificaron individuos que seguían una trayectoria inversa a la anterior. Y finalmente, 4 de 15 casos estudiados presentaban trayectorias en las que Internet no sólo jugaba un papel central en la exposición al mundo radical, sino también en la adopción gradual de un sistema de creencias que legitimaba moralmente el recurso a la violencia (Ducol et al., 2016)

 

Captación on-line

La captación puede considerarse el punto de confluencia entre los intentos de la organización de reclutar adeptos y los deseos del individuo de integrarse en ella. En el contexto de radicalización yihadista, la manera en que se lleva a cabo la captación de adeptos a través de Internet depende en buena medida del papel más o menos activo del reclutador. Así, algunos describen el proceso, en el caso más completo, como constituido por una serie de pasos: el primer contacto entre el individuo y los reclutadores, la creación de una microcomunidad alrededor del posible objetivo, la transición de las interacciones a canales de comunicación privados y, finalmente, la identificación y el apoyo a las acciones que el individuo estaría dispuesto a llevar a cabo por su cuenta en beneficio de la organización (Berger, 2015: 19). En otros casos se resalta el papel protagonista de las estructuras locales autónomas, las cuales suelen formarse de manera más o menos espontánea y suelen mantener una fuerte autonomía con respecto a los niveles centrales de la organización. De este modo, a través de lo que se ha denominado “reclutamiento y adhesión remoto”, las distintas células autónomas relanzan el material de propaganda emitido por los canales oficiales del IS, adaptándolo a la singularidad del país en que se encuentran. Tras ello, los debates generados en las redes sociales servirían para que algunos individuos hagan suyo el mandato y directrices de la organización, culminando el proceso con el ofrecimiento para colaborar con ésta (Audiencia Nacional, España, 2017).

Finalmente, es de señalar el carácter abierto de la captación, que en muchos casos se trata de una auténtica “autointegración”. De este modo, algunos casos investigados por la justicia muestran que la integración de una persona en un grupo yihadista no viene dada por un acto formal externo de reconocimiento mutuo y acuerdo de voluntades entre ambas partes, “[…] sino que se perfecciona cuando los aspirantes, libre y voluntariamente, hacen suyo el mandato y las directrices de la organización terrorista, y ejecutan acciones en la línea deseada”. Siguiendo con las mismas fuentes, todo ello es debido a la efectividad de la propaganda radical yihadista que, de este modo, se habría convertido en un elemento fundamental tan importante como el hecho violento en sí (Audiencia Nacional, España, 2018).

 

Referencias

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[1] En particular, se argumentaba que durante dicho periodo de tiempo el País Vasco era una de las regiones más ricas y con uno de los mayores niveles de autogobierno de toda Europa, que las sucesivas plataformas políticas del MLNV podían concurrir libremente a las elecciones y que, en definitiva, no existían las típicas dinámicas de acción–reacción que en otros contextos han provocado la aparición de la violencia o su escalada.

[2] Yihad es un vocablo árabe que puede traducirse como “esfuerzo”. En el islam ortodoxo existen dos tipos de yihad: la menor, de carácter defensivo para combatir a aquellos que atacan las tierras del Islam, y la mayor, relacionada con el esfuerzo personal e interior de cada musulmán por superarse y crecer como persona de cara a sí mismo y a Allah. En el caso del yihadismo, el primer significado de yihad es interpretado no solo como defensivo, sino también como el derecho a pasar a la ofensiva para defender territorios que se consideran musulmanes o a personas que profesen dicha fe.

[3] En trabajos anteriores se ha utilizado la denominación “developed”, “democratic”, o incluso “modern societies”. También en la literatura al respecto se ha utilizado la expresión “sociedades abiertas”. Se cree que el término “sociedades occidentales” se ajusta mejor al problema de investigación que aquí se trata, al tiempo que evita introducir matices peyorativos con respecto a otros tipos de sociedades.

[4] Además, dicha doble vertiente de actuación se correspondería aproximadamente con las corrientes top-down y bottom-up, respectivamente, que ya fueron propuestas por Sageman (2004), aunque con algunos matices diferenciadores.

[5] Esta consideración de radicalización introduce matices técnicos propios de la perspectiva cognitivo-conductual y enfatiza el papel activo del individuo en su propio proceso. En todo caso, es perfectamente compatible con otras habitualmente aceptadas, como por ejemplo la utilizada por Allen (2017: 4) “[…] radicalisation is the process of adopting an extremist belief system, including the willingness to use, support, or facilitate violence, as a method to effect societal change’’.

[6] La Teoría de la Motivación de Maslow (1943) es muy útil cuando estudiamos conductas en entornos como las sociedades avanzadas, en las que prácticamente las necesidades básicas están resueltas. Maslow postula la existencia de cinco grupos de necesidad básicas: fisiológicas, seguridad, amor, reconocimiento y auto estima. Las personas, según Maslow, estamos perpetuamente deseando satisfacer estas necesidades y, además, tendemos a satisfacer unas antes que otras.

[7] Ver, por ejemplo, Maggiolini & Varvelli (2016: 155) o el apartado “El discurso religioso y su influencia” en Jalloul Muro y abu Warda (2017).

[8] El proceso de radicalización es visto por algunos como “[…] a product of interplay between push- and pull-factors within individuals”. Entre los primeros factores se encontrarían: “[…] social, political and economic grievances; a sense of injustice and discrimination; personal crisis and tragedies; frustration; alienation; a fascination with violence; searching for answers to the meaning of life; an identity crisis; social exclusion; alienation; marginalisation; disappointment with democratic processes; polarisation, etc.” Los factores pull, por su parte, englobarían a: “[…] a personal quest, a sense of belonging to a cause, ideology or social network; power and control; a sense of loyalty and commitment; a sense of excitement and adventure; a romanticised view of ideology and cause; the possibility of heroism, personal redemption, etc.” (Radicalisation Awareness Network, 2016)

[9] A menudo la literatura al respecto distingue entre dos tipos de radicalización. Radicalización cognitiva sería el proceso a través del cual un individuo adopta ideas firmemente contrarias a lo comúnmente aceptado, rechaza la legitimidad del orden social establecido y busca reemplazarlo con una nueva estructura basada en un sistema de creencias completamente diferente. Radicalización violenta tiene lugar cuando un individuo da un paso más y emplea la violencia como método para progresar en los objetivos derivados de su radicalización cognitiva. Ver, por ejemplo, Vidino (2013: 6).

[10] Ver, por ejemplo, von Bertalanffy (1968) o le Moigne, J.-L. (1994).

[11] Desde el punto de vista técnico de la psicología del aprendizaje, este “ambiente de radicalización” podría describirse como un entorno donde el individuo tiene posibilidad de llevar a cabo acciones violentas, tiene disponibilidad de argumentos para superar posibles barreras morales, existe una clara primacía de contingencias de reforzamiento de la conducta violenta incipiente y, además, el desarrollo de una expectativa de consecuencias aversivas se ve dificultado por una sensación de impunidad dentro del grupo.

[12] Se podrían citar los casos de Afganistán, Bosnia o Chechenia. Ver, por ejemplo, Galperin & Sanderson (s.f.).

[13] Alrededor del 14% podría haber fallecido en combate mientras que un 30% podrían haber regresado ya a sus países de origen.

[14] Ver, por ejemplo, Centre for the Prevention of Radicalization Leading to Violence (s.f.) o Ducol (2012).

[15]  En concreto, en p. 110, se dice: “Instead of a top-down process of the terrorist organization trying to recruit new members, it was a bottom –up process of young people volunteering to join the organization. […] Of course, it was a chance phenomenon”.  Más adelante, en p. 122, se afirma que “the process of joining the Jihad, however, is more an bottom-up than a top-down activity” al tiempo que utiliza una metáfora para sugerir que el papel del reclutador estaría relacionado con “[…] evaluation and selection more than marketing.”

[16] Existe un sesgo importante al considerar el contexto de la radicalización con muestras procedentes exclusivamente de individuos convictos. Ver una crítica, por ejemplo, en Peco Yeste (2013).

[17] Así, con anterioridad a 2016 la propaganda del IS se esforzaba en dar la impresión de que el grupo representaba al Islam victorioso, para posteriormente sustituirla por otra que representaba a los musulmanes suníes sufriendo el ataque de una coalición de occidentales, judíos y chiíes, ataque que conduciría a la batalla final entre en bien y el mal. Más tarde, conforme se incrementaban las pérdidas territoriales, se añadió el mensaje de que en caso de derrota en Siria e Irak las organizaciones afiliadas deberían continuar la lucha en otras áreas geográficas (EUROPOL, s.f.).

 

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