Seguridad ontológica y percepciones de amenaza: Rusia ante la ampliación de la OTAN

JAVIER MORALES HERNÁNDEZ

Universidad Europea de Madrid, España

 

Título: Ontological Security and Threat Perceptions: Russia vis-à-vis NATO Enlargement

Resumen: Rusia considera la aproximación o integración en la OTAN de otros países de Europa Central y Oriental o el Cáucaso como una amenaza directa, pese a que no supone ningún peligro para su propia soberanía e integridad territorial. En lugar de interpretar este proceso como una mera competición por la influencia, los dirigentes rusos lo perciben como una amenaza militar, que justificaría incluso el recurso a la fuerza para contrarrestarla. En el presente artículo se investigan los factores sociales e ideacionales que han dado lugar a esta securitización de la ampliación de la OTAN, impidiendo a Moscú adaptarse de forma más pragmática al nuevo juego de alianzas. El concepto de “seguridad ontológica” nos permite explicar la consistencia y permanencia en el tiempo de estas percepciones rusas, que se derivan de sus propias necesidades subjetivas.

Palabras clave: OTAN; Percepciones de Amenaza; Rusia; Securitización; Seguridad Ontológica.

Abstract: Russia considers the rapprochement or integration into NATO of other countries of Central and Eastern Europe or the Caucasus as a direct threat, even though it does not pose any danger to its own sovereignty and territorial integrity. Instead of interpreting this process as a mere competition for influence, Russian leaders perceive it primarily as a military threat, which would even justify the use of force to counteract it. In the present article we investigate the social and ideational factors that have led to this securitization of NATO enlargement, preventing Moscow from adapting to the new game of alliances in a more pragmatic way. The concept of “ontological security” allows us to explain the consistency and permanence over time of these Russian perceptions, which are derived from its own subjective needs.

Keywords: NATO; Ontological Security; Russia; Securitization; Threat Perceptions.

Recibido: 15 de junio de 2018. Aceptado: 6 de julio de 2018

Para citar este artículo: Javier Morales Hernández, “Seguridad ontológica y percepciones de amenaza: Rusia ante la ampliación de la OTAN”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 4, No. 2, (2018), pp. 1-15. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.8.1

 

Introducción

Casi tres décadas después del final de la Guerra Fría, Rusia sigue considerando a la OTAN como una amenaza a su seguridad. El origen del actual enfrentamiento se encuentra en la decisión de la Alianza Atlántica de continuar ampliándose tras la reunificación alemana, hacia los países que antes habían pertenecido al Pacto de Varsovia. Si bien el rechazo de Moscú se extiende a todas esas nuevas incorporaciones – comenzando por las de Polonia, República Checa y Hungría en 1999 –, los casos más problemáticos desde su perspectiva son las antiguas repúblicas soviéticas: Estonia, Letonia y Lituania, miembros de la OTAN desde marzo de 2004, y Georgia y Ucrania, a quienes en la Cumbre de Bucarest de abril de 2008 se prometió un futuro ingreso, pero sin concretar una fecha. En gran medida, las intervenciones rusas en estos dos últimos países – en agosto de 2008 y desde febrero de 2014, respectivamente – pueden entenderse como una maniobra para impedir que esa entrada llegase finalmente a producirse.

Desde un punto de vista objetivo, la posición de Moscú no parece obedecer a una evaluación racional: incluso en el caso de que la Alianza tuviera intenciones ofensivas contra ella, la incorporación de esos países no altera sustancialmente la correlación de fuerzas en Europa. Ni siquiera la defensa contra misiles balísticos (BMD) de la OTAN – considerada igualmente por el Kremlin como una amenaza a su seguridad – puede neutralizar el potencial disuasorio del arsenal ruso, el mayor del mundo en número de cabezas nucleares (Kile & Kristensen, 2017: 2). Tampoco las sucesivas ampliaciones han afectado a la soberanía e integridad territorial de Rusia, ni a la continuidad de su régimen político: Putin ha permanecido en el poder durante los últimos dieciocho años, e incluso se ha beneficiado de los recelos de su opinión pública hacia EE. UU. y sus aliados, presentándose como el único líder capaz de defender al país del intervencionismo occidental.

En el presente artículo se investigan los factores sociales e ideacionales que han dado lugar a esta securitización de la ampliación de la OTAN, impidiendo a Moscú adaptarse de forma más pragmática al nuevo juego de alianzas. El concepto de “seguridad ontológica” nos permite explicar la consistencia y permanencia en el tiempo de estas percepciones rusas, que se derivan de sus propias necesidades subjetivas y no de una evaluación racional de las amenazas a su seguridad física.

 

La política exterior de Rusia y sus percepciones de amenaza: debates abiertos

¿Cuáles son las causas de que Rusia considere a la OTAN como una amenaza? La respuesta aparentemente más sencilla serían sus intereses de política interna: el gobierno ruso alentaría ese temor entre sus ciudadanos en beneficio propio, pero sin creer realmente que exista un peligro. Sin embargo, la permanencia en el tiempo de dichas percepciones es demasiado prolongada como para que se deba solamente a necesidades coyunturales o electoralistas de las élites dirigentes. El tema de la ampliación de la Alianza ha sido un obstáculo en las relaciones con EE. UU. incluso en aquellas etapas en las que el Kremlin intentaba mejorarlas: por ejemplo, entre Yeltsin y Clinton a comienzos de los noventa, entre Putin y Bush tras el 11-S, o entre Medvedev y Obama a finales de los 2000.

No obstante, también es cierto que el grado de intensidad de ese rechazo ruso se ha ido modulando en cada momento, en función de los cambios en el entorno internacional y del clima en las relaciones con Occidente. Así, la estrategia de seguridad aprobada tras la llegada al poder de Putin (National Security Concept of the Russian Federation, 2000) se refería sin matices a la “amenaza” de la ampliación de la OTAN; mientras que la nueva versión publicada durante el mandato de Medvedev hablaba de la “inaceptabilidad” de esos planes, pero añadiendo a continuación que Moscú estaba dispuesta a desarrollar sus relaciones con la Alianza, “sobre la base de la igualdad” entre ambas (Strategia natsionalnoi bezopasnosti Rossiiskoi Federatsii do 2020 goda, 2009).

Otro posible motivo sería el peso de la geografía y la historia, que impulsarían inexorablemente a Rusia al expansionismo y a la confrontación con Occidente; argumento muy utilizado, entre otros, por los teóricos de la geopolítica a partir del s. XIX (Morales, 2018). Desde esta perspectiva, el intervencionismo de Putin sería un simple retorno a las constantes que han guiado la política exterior rusa en el pasado: una ideología excepcionalista – heredera de la doctrina político-religiosa de la “Tercera Roma”, enunciada en el s. XVI, en la que se consideraba a Rusia como sucesora natural de los imperios romano y bizantino – o la ausencia de barreras geográficas naturales en sus fronteras, que le induce permanentemente a establecer un cinturón o glacis de seguridad en su periferia (Kotkin, 2016).

Pero la mera presencia de esos factores no resulta suficiente – a riesgo de caer en el determinismo – para explicar todas y cada una de sus acciones; lo cual equivaldría a afirmar que la Rusia actual se comporta exactamente de la misma forma que la de Iván el Terrible o la URSS de Stalin. De existir una relación causal directa entre condicionantes histórico-geográficos y decisiones políticas, Gorbachov nunca habría aceptado la disolución del Pacto de Varsovia; Moscú no habría retirado sus tropas de sus países satélites; el ingreso de las repúblicas bálticas en la OTAN habría sido impedido mediante el uso de la fuerza; y la anexión de Crimea se habría producido mucho antes de 2014.

Dentro de la ciencia de las relaciones internacionales, los dos paradigmas predominantes en el mainstream de la disciplina – el realista y el liberal/idealista –han ofrecido otras interpretaciones. Por ejemplo, realistas como Mearsheimer (2014) o Walt (2014) explican la intervención rusa en Ucrania como una reacción esperable a las ampliaciones de la OTAN y de la UE, así como a las políticas de “expansión de la democracia” impulsadas desde Occidente; todas ellas percibidas por Moscú como una amenaza a sus intereses vitales. En un sistema internacional anárquico, donde los Estados se preocupan ante todo por su propia seguridad, cualquier potencia tratará de impedir que otros países rivales extiendan su influencia en su vecindario: ese es el fundamento, por ejemplo, de la “doctrina Monroe” de EE. UU. en el continente americano. Para Waltz (1979), la estructura del sistema internacional —una pluralidad de actores con desigual distribución del poder entre ellos, sin una autoridad superior o “gobierno mundial” que los proteja eficazmente de posibles agresores— es la fuente de la permanente desconfianza y rivalidad entre los Estados; no las decisiones individuales de sus líderes, quienes se ven indefectiblemente arrastrados hacia una estrategia de competición, limitada únicamente por los recursos de poder “duro” o “blando” con los que cuenten para sostenerla.

Sin embargo, aunque el pensamiento estratégico de las élites rusas se inscriba claramente en esa visión realista de la política internacional (Lukyanov, 2016), esto no significa que sus acciones obedezcan solo a las presiones de la anarquía del sistema. La principal limitación de este enfoque es su determinismo, que – al igual que la geopolítica tradicional – prioriza en exceso las estructuras sobre los agentes como causa de las decisiones, omitiendo el margen de maniobra con el que cuentan los líderes para interpretar las circunstancias externas y definirlas o no como amenazas.

Como han demostrado los teóricos de la “escuela de Copenhague” de los estudios de seguridad, las amenazas no son automáticamente percibidas como tales, sino que se definen mediante un proceso discursivo de securitización (Buzan, Wæver & De Wilde, 1998: 23): un mismo fenómeno puede ser securitizado en cierto momento histórico y desecuritizado posteriormente, o viceversa. La decisión de considerar un asunto determinado como un problema “de seguridad” no es meramente técnica, sino que está mediatizada por intereses políticos, ya que permite a los gobernantes recurrir a medidas extraordinarias – como el uso de la fuerza – que no serían aceptables para resolver otros problemas. Por tanto, cualquier estudio de la definición de la OTAN como amenaza por parte de Rusia debe analizarla en el contexto en el que se produce, en lugar de tomarla como un elemento permanente y exógeno a los decisores públicos.

A diferencia de los realistas, los enfoques liberales de las relaciones internacionales parten de la hipótesis de que las políticas exteriores no son producto de factores sistémicos – como la anarquía o la desigual distribución del poder entre los Estados –, sino que dependen en mayor medida de las características internas de estos, como el tipo de régimen político. En el caso de Rusia, sus enfrentamientos con la OTAN y la UE serían, en el fondo, una pugna entre autoritarismo y democracia, en la que Moscú emplearía el argumento de la seguridad militar como excusa para impedir la difusión de los llamados “valores occidentales” en su propia sociedad. En esta línea – y siguiendo el razonamiento de los defensores de la “paz democrática” (Owen, 1994) –, si en el futuro Rusia adoptase un Estado de Derecho homologable al de los países occidentales, sus recelos hacia la Alianza Atlántica se disiparían, ya que es impensable un conflicto armado entre democracias. Por el contrario, la permanencia de un régimen autoritario impediría a Moscú establecer cualquier tipo de relación cooperativa con Occidente.

El “sesgo wilsoniano” de estos argumentos liberales ha sido criticado por otros autores, para quienes resulta excesivamente simplista reducir las dos últimas décadas de la política exterior rusa a los impulsos autocráticos de Putin, descartando a priori la posibilidad de que el Estado ruso defienda también intereses nacionales legítimos en su política exterior (Gunitsky & Tsygankov, 2018). Lejos de basarse en sentimientos irracionales como el “odio a la democracia”, la estrategia de Rusia se ha ido adaptando para aprovechar a las oportunidades que le ofrecía el entorno internacional: así, se han alternado etapas de mayor colaboración con Occidente con otras de confrontación, cuando Moscú percibía que sus demandas eran ignoradas. Tampoco parece lógico suponer que la hipotética llegada al poder de un gobierno democrático fuera a modificar por sí sola los objetivos y aspiraciones de Rusia como actor internacional, haciéndola aceptar el retroceso de su influencia en el espacio postsoviético y renunciar a su estatus de gran potencia[1].

En el presente trabajo se realiza un ejercicio de reflexión teórica para superar estas limitaciones interpretativas, utilizando la oposición rusa a la ampliación de la OTAN como caso de estudio. El objetivo principal es identificar las causas subyacentes de que Rusia perciba la incorporación de nuevos miembros a la Alianza como una amenaza, en lugar de tratar esta cuestión de forma más pragmática, como un simple desacuerdo político que no debería llegar a entorpecer las relaciones con otros países. Es decir: por qué los gobernantes rusos han securitizado la ampliación de la OTAN, definiéndola como un problema de seguridad en lugar de mantenerla dentro de los límites ordinarios de la política exterior.

Nuestro análisis emplea el marco teórico de la “seguridad ontológica”, un concepto cada vez más utilizado en la literatura científica de relaciones internacionales, que explicaremos a continuación. De acuerdo con este enfoque, las percepciones alarmistas de Rusia se derivarían – en el fondo – de sus propias necesidades subjetivas: la reafirmación de su propia identidad, el reconocimiento de la misma por los demás miembros de la sociedad internacional, y la superación de un pasado traumático. Finalmente, en las conclusiones se responderá a la pregunta de investigación que acabamos de plantear, evaluando tanto la utilidad como las carencias del concepto de seguridad ontológica para explicar la reacción rusa frente a la ampliación de la OTAN.

 

La seguridad ontológica como nexo entre identidad y política exterior

El concepto de seguridad ontológica (ontological security) se introduce en las relaciones internacionales procedente del campo de la sociología, en particular de la obra de Giddens (1991: 47-54). Para este autor, el ser humano necesita mantener una autoconcepción estable para tener conciencia de sí mismo y funcionar con normalidad como actor social. La “identidad del yo” (self-identity) de cada uno de nosotros nos otorga una continuidad biográfica, dando sentido y conectando las distintas etapas de nuestra vida.

Esas ideas acerca de quiénes somos y cómo es el mundo en el que nos rodea nos permiten sobreponernos a los constantes cambios en el entorno, evitando que nos preocupemos obsesivamente o nos dejemos paralizar por los posibles riesgos para nuestra existencia. Lo mismo sucede con los Estados, que – al igual que los individuos – también recurren a sus identidades para otorgar un sentido a su propio comportamiento; lo cual dota de continuidad a sus políticas exteriores, permite la planificación a largo plazo, y facilita a los decisores políticos la rápida adopción de medidas para reaccionar ante circunstancias imprevistas.

La permanencia de esas identidades no depende – en última instancia – del propio comportamiento ni de las reacciones ajenas; sino, ante todo, de nuestra capacidad para mantener una narrativa coherente que nos diga quiénes somos y hacia dónde evoluciona nuestra vida. Como señala McSweeney (1999: 156), se trata de un mecanismo cognitivo necesario para comprendernos a nosotros mismos, pero también para interpretar el mundo que nos rodea y actuar en él:  

La seguridad es una condición fundamental para la acción. […] La seguridad ontológica se refiere al sentido de que el orden social […] es normal, coherente con las propias expectativas y habilidades para desenvolverse en él. Es una seguridad de la relación social, es decir, una sensación de tener el pleno control cognitivo de la situación.

En las relaciones internacionales, la seguridad ontológica está vinculada en primer lugar con la “identidad del yo” de cada Estado como miembro de la sociedad internacional, y la influencia de esta autoconcepción en su política exterior. Ese nexo es uno de los pilares de los enfoques reflectivistas de las relaciones internacionales – como el constructivismo social, el postestructuralismo, el postcolonialismo o el feminismo –, que han adquirido una influencia decisiva en la disciplina desde la década de los noventa. Las teorías reflectivistas centran precisamente su análisis en las identidades y otros elementos ideacionales como origen de la política exterior; en contraposición a la primacía explicativa de los factores materiales – por ejemplo, la distribución de capacidades militares y económicas entre los Estados – característica del realismo. Así, desde la perspectiva del constructivismo social, Wendt (1992; 1999) considera que cada Estado interpreta y otorga un sentido a la estructura anárquica del sistema internacional en función de sus propias identidades, ideología, cultura e interacción con los demás, mediante un proceso social e intersubjetivo de construcción de significados.

Este “giro ideacional” (ideational turn) ha tenido también su reflejo en los estudios de seguridad. La teoría de la securitización de Wæver (1995) se sitúa claramente dentro del reflectivismo, al afirmar que las amenazas son construidas mediante un “acto del habla” (speech act) en el que un actor reclama el derecho a emplear medidas extraordinarias, con la finalidad declarada de garantizar su supervivencia (Verdes-Montenegro, 2015). Otros autores – respondiendo a las críticas iniciales hacia estos enfoques – han aplicado la metodología del análisis del discurso para estudiar empíricamente casos reales. Por ejemplo, la obra de Hansen (2006) sobre la guerra de Bosnia profundiza en los discursos que condicionaron el debate occidental sobre ese conflicto: el “humanitarismo”, el “genocidio” o los “fantasmas del pasado”, entre otros.

Como puede verse en el gráfico 1, la seguridad ontológica se diferencia de los sectores de la seguridad definidos por la “escuela de Copenhague” – militar, político, económico, social y medioambiental (Buzan, 1991) – en cuanto al objeto referente[2]. En este caso, lo que se intenta proteger no es la supervivencia material del Estado, ni su territorio, población, recursos o instituciones; sino la identidad o autoconcepción ideacional que mantiene el Estado de sí mismo – a través de sus gobernantes –, en tanto que miembro de la sociedad internacional.

 

Gráfico 1. Seguridad ontológica y política exterior

Fuente: Elaboración propia

 

Nuestra hipótesis es que la actitud rusa frente a la OTAN puede explicarse como una cuestión no tanto de seguridad militar como de seguridad ontológica. Es decir: más que reaccionar ante un peligro para su propia existencia física, Rusia estaría defendiendo en el fondo su propia identidad o concepción de sí misma, tan importante para ella como su propia supervivencia. Como afirma Steele (2008: 13, 52-55), las amenazas a la seguridad ontológica producen una alienación del “yo”, que da lugar a su vez a tensiones comparables a los sentimientos de duda, ansiedad, vergüenza o remordimiento en los seres humanos. Esto explica que un Estado pueda llegar a adoptar decisiones de política exterior aparentemente irracionales frente a situaciones de incertidumbre, con el fin principal de mantener estable su propia identidad; a pesar de que eso no le reporte ningún beneficio material, o incluso llegue a suponerle un coste en términos económicos, militares o de prestigio internacional (Mitzen, 2006: 342).

 

La percepción rusa de la ampliación de la OTAN como amenaza a su seguridad ontológica

Tanto en la presidencia de Yeltsin como en las de Putin y Medvedev, los gobernantes rusos han definido la incorporación de nuevos miembros a la OTAN como una amenaza para su país, aunque con distintos matices en cuanto a su gravedad. Para evaluar hasta qué punto esta postura puede haber obedecido a necesidades cognitivas e ideacionales – preservar su “identidad del yo”, es decir, su seguridad ontológica – y no solamente a intereses de otro tipo, vamos a explorar los principales aspectos en los que la expansión de la Alianza desafiaría o pondría en cuestión las creencias en las que se fundamenta la autoconcepción de Rusia como actor internacional.

Hay que precisar ante todo que, como señala Wendt (1992), estas identidades no son innatas ni vienen dadas de forma exógena por la estructura del sistema internacional, sino que son construidas socialmente mediante la interacción con otros actores. El sentido del “yo” (ego) se delimita a partir de su comparación con el “otro” (alter) a lo largo de sucesivas percepciones mutuas, en las que el actor se ve a sí mismo no solo como lo que es, sino también como lo que no es o no quiere ser. La identidad de Rusia es el resultado, por tanto, de procesos de identificación positiva o negativa, que han variado con el tiempo en función de los cambios en el entorno y en su opinión pública (Wagnsson, 2000).

Ese “otro” puede referirse a un actor diferente o bien al propio “yo” en una etapa histórica previa, a la que no se desee regresar. Por ejemplo, la autoconcepción rusa se ha construido tanto en contraposición a las identidades asociadas con otros actores internacionales –  “Europa”, “Asia”, “Occidente” o “el mundo capitalista”, según el momento – como a aquellas épocas anteriores de su propio país que eran recordadas como especialmente humillantes o traumáticas: el atraso y aislamiento de la época zarista, el terror de las purgas estalinistas, la tragedia de la invasión nazi o la gravísima crisis económica de los años noventa, por citar solo algunas.

Como puede verse en la tabla 1, las autoconcepciones de Rusia que – desde el punto de vista de sus líderes – podrían verse más amenazadas por la ampliación de la OTAN serían tres: gran potencia, potencia regional y Estado fuerte. Cada una de estas identidades del ego se define en oposición a distintos alter: un “otro” extranjero, que incluye fundamentalmente a EE. UU. y las demás potencias occidentales, y un “otro” histórico, referido a la propia Rusia en un momento del pasado que se considera negativo.

Tabla 1. Identidades actuales de Rusia como actor internacional

Fuente: elaboración propia

Rusia como gran potencia

La idea de que Rusia debe gozar de un “estatus de gran potencia” – en ruso, derzhavnost – dentro de la sociedad internacional ha sido el eje central en torno al que se articula su política exterior desde el final de la Guerra Fría. Ya que en la literatura científica de relaciones internacionales no existe una única definición de lo que significa ser una gran potencia, debemos detenernos brevemente en aclararlo.  

Para Hedley Bull (2005: 253-256), esta categoría se correspondía con el “club” de los Estados más fuertes e influyentes del mundo: en el momento en el que escribe – finales de los setenta –, EE.UU. la URSS y posiblemente China. Sin embargo, la diferencia cuantitativa entre el arsenal nuclear de Washington o Moscú y el de Pekín, unida al carácter sistémico de la relación entre las dos primeras – que definía la propia competición global de la bipolaridad –, llevó a la mayoría de autores a considerar a EE.UU. y la URSS como “superpotencias” diferenciadas cualitativamente del resto. Las grandes potencias ocuparían un estadio inmediatamente inferior a ellas: con un poder de alcance mundial, no solo regional, pero sin la misma capacidad de definir y reconfigurar el orden internacional.

El concepto más utilizado hoy es el que emplea Buzan (2004: 66-67), quien distingue entre superpotencias, grandes potencias y potencias regionales, por orden de mayor a menor poder. No obstante, este autor –actualizando las ideas que ya habían apuntado Bull y otros autores de la “escuela inglesa” de las relaciones internacionales – combina el énfasis en las capacidades materiales propio del realismo con los elementos ideacionales que destaca el constructivismo. El estatus de gran potencia no se adquiere simplemente con alcanzar un determinado nivel de poder relativo frente a otros países, ya sea económico, militar o de otro tipo, sino que depende además de dos factores: uno relacionado con la propia identidad – percibirse a sí misma y presentarse ante los demás como una gran potencia – y otro social e intersubjetivo: el reconocimiento como tal por los demás miembros de la sociedad internacional. En palabras de Buzan (2004: 67):

La clave está aquí no solo en lo que los Estados dicen sobre sí mismos y sobre otros, sino también, en un sentido más amplio, en cómo se comportan y cómo ese comportamiento es tratado por otros. Un Estado puede recibir formalmente el estatus de gran potencia, pero no ser tratado como una gran potencia en los cálculos diplomáticos y estratégicos de los demás; una situación en la que Francia, Reino Unido y Rusia se encuentran crecientemente.

De esta forma, aunque una “identidad del yo” como la de gran potencia se encuentre firmemente asentada en la autoconcepción de Moscú, la falta de reconocimiento de esa identidad por los demás países  –es decir, que en la práctica de sus políticas exteriores no tengan en cuenta a Rusia como uno de los Estados más poderosos en la sociedad internacional – supondría una amenaza a su seguridad ontológica. Por “reconocimiento” debe entenderse no solamente el prestar atención a Rusia; sino, de forma más concreta, tener en cuenta las opiniones e intereses de Moscú en las decisiones que pudieran afectarla, estableciendo al menos un diálogo que permita a los dirigentes rusos plantear sus reivindicaciones y tratar de encontrar soluciones mutuamente aceptables.

¿Cuáles son, para Rusia, los símbolos en los que se fundamenta esa identidad, y sin los cuales esta entraría en crisis? En primer lugar, los líderes rusos asocian el estatus de su país con la polaridad del sistema internacional, desde una óptica que nuevamente nos remite al enfoque realista. Una vez desaparecida la URSS y con ella su papel de superpotencia – ahora ejercido en solitario por EE.UU. –, Moscú no interpretó su declive como actor global como un resultado inevitable de su propia crisis interna, tras la implantación del capitalismo. Por el contrario, el argumento del Kremlin es que se trató también de un proceso impulsado desde el exterior: Washington habría contribuido de forma deliberada a debilitar a su antiguo adversario, con el fin de establecer una hegemonía indiscutida sobre el conjunto del sistema internacional.

Así, en la perspectiva rusa, la expansión[3] de la OTAN hacia sus fronteras habría sido, precisamente, una maniobra dirigida a impedirle volver a ser en el futuro un actor influyente en Europa; olvidando con ello las garantías informales que se dieron a Gorbachov durante las negociaciones de 1990 sobre la reunificación alemana, en las que EE.UU. le aseguró que no se producirían ampliaciones de la Alianza. Este recuerdo de la “ruptura de una promesa” – cuya veracidad ha sido corroborada por los últimos estudios (Shifrinson, 2016), por lo que no se trataría solo de un argumento propagandístico del Kremlin – ha sido empleado recurrentemente por las élites rusas para justificar su percepción de la OTAN como amenaza.

Siguiendo la misma lógica, Rusia no solo tenía que aumentar sus propias capacidades si quería recuperar su papel de potencia influyente en el mundo, sino también – al estar fuera de su alcance volver a una competición bipolar con EE.UU. – contribuir a la emergencia de distintos centros de poder que rompieran con la hegemonía estadounidense, transformando la unipolaridad en multipolaridad. Así, durante la presidencia de Putin se ha mantenido la estrategia adoptada en los últimos años de Yeltsin –la llamada “doctrina Primakov”, por el ministro de Exteriores y después primer ministro Yevgeni Primakov– con el objetivo de recuperar y consolidar el papel de Rusia como gran potencia (Tsygankov, 2016: 97-103; Gunitsky, 2018).

Sin embargo, los resultados a día de hoy siguen siendo limitados. Por una parte, Rusia ha asumido plenamente la identidad de potencia mundial, y parece contar de nuevo con las capacidades necesarias para sostenerla: tanto de “poder duro” – gracias a su recuperación económica y a la modernización de sus fuerzas armadas, que le permiten intervenir en conflictos más allá de su periferia, como el de Siria – como de “poder blando”, mediante el despliegue de campañas que van desde la mera diplomacia pública a la (des)información y la propaganda, para difundir la imagen que desea proyectar al resto del mundo.

En cambio, el reconocimiento por otros de esa identidad parece aún incompleto: ni siquiera la llegada al poder de Trump – pese a algunos gestos de simpatía personal hacia Putin, más espontáneos que fruto de una decisión meditada (Morales, 2017) – se ha traducido en una actitud más receptiva de EE.UU. a compartir el poder en el marco de un orden multipolar. Por el contrario, Washington se muestra nuevamente unilateralista y reacio a coordinar sus posiciones hasta con sus aliados tradicionales; mucho más con Moscú, con quien le siguen separando importantes diferencias. Las amenazas de Trump a Irán, el suministro de armamento a Ucrania o la renovación de las sanciones contra Rusia no indican ninguna consideración o respeto especial hacia esta última, sino todo lo contrario: la creencia de que EE.UU. no tiene por qué modificar sus políticas para adaptarse a las preferencias rusas, y que estas pueden doblegarse mediante la coerción.

En segundo lugar, como consecuencia de lo anterior, Rusia asocia su autoconcepción como gran potencia al derecho a ser escuchada en todas las decisiones de política internacional que afecten a sus intereses. Esto implica tanto la participación en los foros donde se decide sobre los grandes problemas globales – ante todo, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas – como la negociación bilateral con otros países. También en este aspecto la ampliación de la OTAN ha puesto en cuestión la derzhavnost de Rusia: al proseguir con su “política de puertas abiertas”, incorporando a las repúblicas bálticas y prometiendo un futuro ingreso a Georgia y Ucrania, la Alianza demostraba con las palabras –“ningún país tercero tiene voz en esas deliberaciones [sobre la ampliación]” (NATO, 2018) – y con los hechos que no solo no tenía en cuenta los intereses rusos, sino que ni siquiera consideraba que Moscú tuviera derecho a plantearle sus reivindicaciones.

Una situación, en suma, que amenaza directamente la seguridad ontológica de Rusia, al revelar una contradicción entre la identidad asumida por ella y el trato recibido de otras potencias. Como señalan Larson y Shevchenko (2014), esa sensación rusa de verse aislada y excluida por las potencias occidentales en lugar de ser tratada como una igual ha dado lugar a sentimientos como la ira o el deseo de venganza, que pueden explicarse como una reacción psicológica a la disonancia entre el estatus deseado y el que los demás están dispuestos a reconocerle.

 

Rusia como potencia regional

La derzhavnost se asocia también, para los gobernantes rusos, con el mantenimiento de su tradicional preponderancia en el espacio postsoviético: Rusia no llegaría a ser reconocida como gran potencia global si no es, al mismo tiempo, una potencia regional. En este sentido, la ampliación de la OTAN es percibida por Moscú en los mismos términos que las zonas de influencia establecidas de facto en Europa durante la Guerra Fría: la Alianza continuaría siendo un bloque monolítico liderado por EE.UU., con las políticas exteriores de sus nuevos miembros convertidas en mera prolongación de las de Washington. Por su parte – como ha quedado constatado en Georgia o Ucrania –, Rusia sigue atribuyéndose una suerte de “derecho de veto” sobre las decisiones de los países de su periferia; un intervencionismo que parece heredado de la “doctrina Brezhnev” de soberanía limitada, aplicada por la URSS para impedir cualquier acercamiento a Occidente de los miembros del bloque socialista.

Sin embargo, pese a que su búsqueda de seguridad ontológica siga aún impulsando a Rusia a preservar un área de influencia propia, la definición de esta última ha evolucionado progresivamente a lo largo de las últimas dos décadas. En cuanto a su delimitación geográfica, la importancia que concede Moscú a los antiguos miembros de la URSS y del Pacto de Varsovia ya no es igual en todos los casos: por ejemplo, la entrada en la OTAN de siete países de Europa Oriental –incluyendo las exsoviéticas Estonia, Letonia y Lituania– en 2004, ya con Putin en el poder, no fue impedida mediante una intervención militar como las que sí se realizaron después en Georgia o Ucrania.

Además de los motivos históricos y culturales que hacen las independencias de los bálticos más asumibles para Moscú que la de Ucrania –considerada aún por ellos como una nación vinculada a la rusa–, esa diferente reacción se explica también por la actitud de la propia Alianza. Previamente a la ampliación de 2004, se ofreció a Rusia un nuevo marco de relación con el objetivo expreso de mitigar sus temores: el Consejo OTAN-Rusia, en el que se afirmaba que ambas partes “trabajarían como socios iguales en áreas de interés común” (NATO, 2002). Al situar a Rusia en una posición discursiva de igualdad con la Alianza, se salvaguardaba la percepción rusa de sí misma como potencia; cosa que ya no ha ocurrido en fechas más recientes, en las que se ha tendido a subestimar la importancia de estas cuestiones simbólicas para las percepciones de amenaza de Moscú. Como ha expresado acertadamente Sakwa (2015: 4), la ampliación de la OTAN planteó un dilema de seguridad a Rusia, ante el que esta reaccionó adoptando una estrategia más agresiva e intervencionista; lo cual convirtió en realidad –a modo de “profecía autocumplida” –los mismos temores de la Alianza que le habían llevado inicialmente a expandirse hacia el este.

 

Rusia como Estado fuerte

A diferencia de las anteriores, la identidad estatista no se refiere a la presencia de Rusia en el exterior, sino a su capacidad de defenderse a sí misma frente a las influencias extranjeras; especialmente aquellas que son entendidas como injerencias de Occidente con la finalidad de subvertir el régimen político, como habría ocurrido –en la perspectiva rusa – con las “revoluciones de colores” de Georgia en 2003 o Ucrania en 2004. La reconstrucción de un “Estado fuerte” ha sido la prioridad de Putin en política interna, acabando con la dependencia de la cooperación con EE.UU. que había predominado en gran parte de la etapa anterior, al menos hasta la guerra de Kosovo. La traslación ideológica de este objetivo ha sido el concepto de “democracia soberana” – desarrollado por Vladislav Surkov, asesor de Putin – que se resume en la negativa a aceptar las críticas occidentales a la ausencia de un verdadero sistema democrático en Rusia, tratándolas como una amenaza a su soberanía (Lipman, 2006).

La ampliación de la OTAN cuestionaría esta identidad solo en la medida en que provocase una pérdida de soberanía de Rusia, o facilitase de algún modo la interferencia de los aliados en sus asuntos internos. Esto no parece probable, ya que la aproximación de los países de su periferia a la Alianza difícilmente privaría al Kremlin del control sobre su territorio. De hecho, el pasado negativo que se desea superar –la incapacidad de Yeltsin para mostrar una posición firme y asertiva ante Occidente– se debía más a la debilidad personal y política del entonces presidente, y a la crisis económica que atravesaba el país, que a factores externos.

El principal impacto en el régimen de Putin sería indirecto. Al comprometer toda su credibilidad en la defensa frente a las amenazas exteriores, en lugar de legitimarse mediante otros mecanismos –como unas elecciones en las que todos los candidatos tuvieran las mismas oportunidades; o bien, el éxito de sus reformas internas y la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos–, su popularidad pasa a depender en exceso de la evolución de los acontecimientos fuera de sus fronteras. Por tanto, cambios imprevistos que a priori no tendrían que afectar a la estabilidad interna de Rusia –como el giro prooccidental en Ucrania a comienzos de 2014, y la posibilidad de que esta acabase ingresando en la OTAN– situarían a Putin en una posición vulnerable ante su propia opinión pública, al romper con su imagen de “líder fuerte” y revelar su impotencia para mantener a Kiev dentro de la órbita rusa.

Esta percepción de amenaza a su identidad podría contribuir a explicar la respuesta desproporcionada de Moscú a estos acontecimientos, con la anexión de Crimea y la intervención encubierta en el Donbass como intentos de mantener su credibilidad ante la ciudadanía rusa. Por otra parte, como apunta Mitzen (2006: 343), la necesidad de seguridad ontológica de un Estado contribuye a explicar la permanencia de los conflictos “congelados” o aparentemente imposibles de solucionar. El enfrentamiento con la OTAN y el recurso al uso de la fuerza en su periferia, como mecanismos rutinarios e históricamente familiares para Rusia en sus relaciones internacionales, le habrían permitido mantener la consistencia de su “identidad del yo” ante una situación imprevista, como el triunfo del Euromaidán; incluso aunque esa decisión le haya generado problemas innecesarios con otras potencias y llegado a dañar sus propios intereses materiales, como ha ocurrido como resultado de las sanciones (Freire, 2018).

 

Conclusiones

El concepto de seguridad ontológica sirve como complemento a las limitaciones de otros enfoques teóricos a la hora de comprender las motivaciones que orientan el comportamiento de Rusia en sus relaciones con la OTAN. Frente a las explicaciones basadas en la personalidad del líder, el tipo de régimen o la estructura anárquica del sistema internacional, encontramos que la necesidad de seguridad ontológica –mantener estable la propia identidad, recurriendo a soluciones rutinarias y familiares ante cambios inesperados en el entorno– ha llevado a Moscú a reaccionar de forma desproporcionada a la ampliación de la Alianza.

La definición de la OTAN como una amenaza a la seguridad de Rusia no ha partido de una evaluación objetiva del peligro que esta supondría para su seguridad física; sino de una percepción subjetiva en la que entran en juego las identidades de Moscú como actor internacional. Como hemos visto, las ideas en las que se fundamentan estas identidades entran en contradicción con algunas de las consecuencias de la ampliación de la Alianza, lo que genera en el Kremlin una reacción psicológica de disonancia cognitiva, al no coincidir su autopercepción con el trato que recibe de dicha organización. Esta preocupación rusa por su estatus da lugar, a su vez, a sentimientos como la humillación, el aislamiento o el deseo de venganza, que explicarían reacciones aparentemente irracionales en momentos en los que se siente ignorada por Occidente.

Al securitizar la ampliación de la OTAN, Rusia no está defendiendo su seguridad física –que no se encuentra realmente amenazada, ya que los países aliados no tienen intenciones de atacarla–, sino su seguridad ontológica: su percepción de sí misma como una gran potencia mundial, potencia regional en su vecindario y un Estado fuerte en el ámbito interno. No obstante, pese a que cuenten con una elevada continuidad en el tiempo, estas identidades no son constantes históricas, sino que pueden evolucionar gradualmente para adaptarse a los cambios en el entorno. Esta adaptación solo es factible cuando las circunstancias que la motivan no son percibidas por Rusia como una negación directa de su concepción de sí misma, sino como una serie de cambios incrementales que le permitan reconstruir y reinterpretar poco a poco sus propias identidades.

Por último, en el plano de la reflexión metateórica, debe señalarse como una de las principales limitaciones de este concepto la personificación del Estado como un “actor” con identidad propia y conciencia de sí mismo, sin detenerse a problematizar esa supuesta existencia ontológica (Wendt, 2004). No obstante, esta ficción sigue siendo de gran utilidad como metáfora de las interacciones entre las distintas sociedades humanas, a las que podemos atribuir sentimientos e identidades colectivas que trascienden las preferencias de sus miembros individuales, incluso de los propios líderes.

 

Nota sobre el autor:

Javier Morales es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Europea de Madrid, y codirector del Grupo de Estudios de Europa y Eurasia (GEurasia).

 

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[1] Un ejemplo de ello es Alexei Navalni, principal líder de la oposición extraparlamentaria a Putin. Aunque sus propuestas presentan el desarrollo del país como objetivo prioritario, criticando el gasto que suponen los despliegues militares en el exterior, tampoco considera que Rusia deba renunciar por completo a intervenir en su periferia. Por ejemplo, él mismo apoyó la guerra con Georgia en 2008, incluyendo el reconocimiento de las independencias de Osetia del Sur y Abjasia (Hess & Pigman, 2018).

[2] El sector social (societal sector) de la seguridad parecería guardar ciertas similitudes con la seguridad ontológica, ya que engloba las amenazas contra la identidad propia de cada una de las colectividades humanas: naciones, etnias, religiones, tribus, etc. (Buzan, Wæver & De Wilde, 1998: 123). Sin embargo, la autoconcepción o “identidad del yo” vinculada a la seguridad ontológica se refiere al Estado en su conjunto, como miembro de una sociedad internacional en la que se relaciona con otros actores estatales y no estatales. Aunque esta última identidad también puede incluir características de un grupo étnico o religioso, o incluso definirse exclusivamente por ellas –  “nuestro país es la patria de los descendientes de… / de los creyentes en… / de los hablantes del…” –, se diferencia del sector social de la seguridad en que su referente es el Estado como entidad jurídico-política, dotado de soberanía y capacitado para ejercer como actor en las relaciones internacionales; no su población o una parte de esta.

[3] Como destaca Black (2000: 1), en ruso se suele traducir enlargement —de la OTAN o de la UE— como rasshirenie, más próximo a “expansión” que al significado más neutro de “ampliación”. 

 

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