Narcotráfico entre América Latina y África: un caso contemporáneo entre seguridad y gobernanza global

MOHAMED BADINE EL YATTIOUI

CLAUDIA BARONA CASTAÑEDA

Universidad de las Américas Puebla, México

 

Title: Drug Trafficking between Latin America and Africa: A contemporary Case between Security and Global Governance

Resumen: En este artículo analizaremos dos regiones y su relación con el tráfico de drogas. Una región productora de drogas y una región de tránsito principalmente (con la excepción de Marruecos, productor de hachís). Esto plantea muchos desafíos de seguridad para los Estados y su cooperación. Y más allá de eso, hay una cuestión real de gobernanza global. ¿Cómo crear instrumentos originales e internacionalmente adaptados para combatir este comercio ilegal que tiene un impacto en Europa?

Palabras clave: África, América Latina, Desafío para los estados, Estrategia internacional, Producción y tráfico de drogas, Seguridad.

Abstract: In this paper, we will analyze two regions and the relationship between them, concerning drug trafficking (excepting Morocco, a hashish producer), posing a great variability challenges for State Security and their formal cooperation and even further, a real concern of global governance matter. How to create original and international instruments adapted to fight this illegal market, which has an impact on Europe?

Keywords: Africa, International behavior and strategies, Latina America, Production and drug trafficking, Security, State challenges.

Para citar este artículo/To cite this articleMohamed Badine El Yattioui y Claudia Barona Castañeda, “Narcotráfico entre América Latina y África: un caso contemporáneo entre seguridad y gobernanza global”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 5, No. 1, (2019), pp. 1-19. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.9.2   

 

Introducción

A lo largo del presente artículo se pretende describir la conformación de una economía criminal en dos regiones cuyos lazos se han consolidado: América Latina y África. Dicha economía criminal se comenzó a formar en la década de los ochenta cuando los programas del Fondo Monetario Internacional empezaron a debilitar a los Estados y la economía se transformó en un modelo neopatrimonial en el año 1980 (Medard, 1990: 25-37). Las élites políticas se reconfiguraron y operaron en el vacío institucional estatal provocado por el colapso del Estado. Una parte de éstas élites políticas y económicas abandonaron la órbita neopatrimonial y se alinearon con otros actores tanto regionales como internacionales dando paso a una economía criminal ligada con un proceso de globalización de las actividades ilícitas.

En este sentido, tanto élites locales como regionales, poblaciones locales, empresas y trasnacionales, se han integrado en un sistema desigualmente benéfico que, de manera económica posibilita seguir transfiriendo plusvalía a países occidentales y a nuevas potencias. Es necesario, por tanto, transformar la jerarquía estatal y social, así como facilitar la entrada de otros sectores en la regulación del Estado. Todo eso generó problemas de seguridad global y de gobernanza global. En este punto recordemos que, la seguridad global se define como:

La capacidad de proporcionar a una comunidad determinada y a sus miembros, un nivel suficiente de prevención y protección contra los riesgos y amenazas de todo tipo e impacto, donde sea que provengan, en condiciones que promueven el desarrollo sin romper la vida, actividades colectivas e individuales (INHES, 2003).

Mientras que la gobernanza global se define como:

El concepto que reside en el espacio abierto entre la globalización de la economía y un sistema internacional pluralista; tiene como objetivo cerrar esta brecha entre la creciente singularidad del mercado y la pluralidad de los Estados, entre lo económico y lo político; con este fin, el concepto plantea que las capacidades de toma de decisiones y una cierta forma de organización política son necesarias en la escala para la integración de las economías, es decir a nivel global (Andréani, 2001: 549-568).

A fin de comprender el papel de la seguridad global y de la gobernanza global en nuestras regiones de estudio, hemos dividido nuestro trabajo en cuatro apartados.

Los dos primeros tienen como objetivo revisar las particularidades de América Latina como productora de drogas, tanto naturales como químicas. Una región con tradición en la producción y que ha permeado la sociedad y al mismo Estado. Un modelo que se alía con África Occidental. Este último considerado zona de tránsito y cuya debilidad política lo transforma en híbrida, productora y de tránsito. En ambas es clara la alianza económica y la forma en que se beneficia de la globalización.

Cerramos nuestra disertación revisando dos puntos clave y eje de nuestro trabajo, las respuestas en materia de seguridad y gobernanza. La población; la demanda creciente de drogas, en especial de cocaína; la desfragmentación del Estado y la fragmentación socio-cultural son temas a considerar en la agenda regional.

 

América Latina, una región productora

El narcotráfico constituye en América Latina un vector económico verdaderamente consistente. En este sentido, el tráfico de drogas no puede reducirse a una mera ganancia inesperada. Este comercio es una institución real con vínculos políticos, culturales, ideológicos y económicos. Por lo tanto, debe abordarse a nivel de la gobernanza y de la seguridad global.

La geografía de la cocaína que anteriormente se extendía a Bolivia, Perú y Colombia ahora ha logrado esparcirse por todo el subcontinente latinoamericano (México, Argentina, Venezuela, Brasil, Guyana…).

Del examen anterior se estima que entre 1395 toneladas de cocaína se producen cada año en América Latina. Ahora bien, si lo revisamos por país productor, vemos que Colombia es el principal productor de cocaína, con alrededor de 710 toneladas por año, mientras que Bolivia produce 255 toneladas (RFI, 2017). En Perú, Colombia y Bolivia, aproximadamente una de cada seis personas está involucrada en la explotación de sustancias ilícitas (Gallice y Legouteil, 2008). Por otro lado, el mercado de EE. UU. recibe alrededor de 600 toneladas por año de esta producción. Según la Oficina de las Naciones Unidas para el Control de Drogas y Prevención del Delito, el tráfico ilícito de drogas es una industria que genera 400 mil millones de dólares al año (Gallice y Legouteil, 2008).

Las cifras antes mencionadas nos permiten concluir que se ha consolidado una economía criminal derivada de la crisis socio cultural y política que han enfrentado estos países. Esto se refleja en marzo de 2000, cuando la Asociación Nacional de Instituciones Financieras de Colombia publicó un informe en donde se revela que la narcoeconomía del país (todas las drogas) alcanzó una facturación de 300 mil millones de francos franceses en 1999 (52 mil millones de dólares), el equivalente al 56% de su PIB. El documento resalta que entre los principales beneficiarios de esta colosal ganancia inesperada se encuentran los cárteles colombianos.  Para producir un kilogramo de clorhidrato de cocaína se necesitan 200 kilogramos de hoja de coca, aproximadamente se le paga 400 dólares al agricultor que produce la hoja de coca; el kilo de base de cocaína que se despide vale alrededor de 800 dólares; este kilo transformado en hidrocloruro se paga a la salida del laboratorio en 1.700 dólares (Gallice y Legouteil, 2008).

Las cifras de ganancia son, en gran medida, derivadas de una infraestructura que se ha consolidado con el paso del tiempo. Un claro ejemplo es la línea de producción y exportación de la cocaína. Producida en la región andina (Bolivia, Perú, Colombia), la coca se convierte en cocaína en Colombia, luego pasa por el Caribe, América Central y México antes de ingresar al territorio del mayor consumidor mundial, los Estados Unidos. Bolivia, Colombia y Perú tienen el monopolio de la producción de hoja de coca. En definitiva, el tráfico de droga se extiende por toda la región (México, Venezuela, Ecuador). Argentina, por ejemplo, comienza a preocuparse por la proliferación de laboratorios en el norte del país; Brasil también tiene un problema con el narcotráfico, aunque, en términos de consumo de drogas, el país ocupa el cuarto lugar entre los traficantes de la región. También ha sido durante unos años, el país de salida para nuevas rutas de tráfico a Europa a través de África Occidental. A medida que la cooperación policial entre los Estados Unidos y Europa se ha fortalecido en el Caribe, las rutas privilegiadas ahora son México y el Atlántico (Gallice y Legouteil, 2008).

Lo anteriormente expuesto nos hace concluir que casi el 80% de la cocaína exportada a los EE. UU. proviene de Colombia. En este panorama, cuantos más estados combaten contra los narcotraficantes, mayor es la competición entre organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico para que sus productos llegen desde la producción hasta el consumo (Gallice y Legouteil, 2008).

 

África Occidental, una región de tránsito

Las regiones productoras, como se mencionó anteriormente, evolucionaron de una economía tradicional a una economía criminal marcada por los lazos familiares. De ahí su arraigo a nivel local y regional. En esta línea habría que preguntarse cómo África Occidental, nuestra otra zona de estudio, se ha convertido en un objetivo para los traficantes de drogas. Considerada durante una década como una zona de tránsito de cocaína, ahora África Occidental también produce metanfetaminas. ¿Qué elementos confluyen entre ambas zonas?

Un ejemplo de este rápido crecimiento queda claro con el anunció de la policía maliense quien rompió un récord al incautar mercancía ilegal. El jueves 19 de mayo de 2016, su unidad de drogas descubrió cerca de Bamako 2.7 toneladas de cannabis. Cierto es que las cifras de la policía nos permiten afirmar que la región occidental del continente, en especial el Sahel, ha sufrido importantes transformaciones (Lepidi, 2016).

En este sentido, considerada durante una década como una zona de tránsito, África Occidental ahora también es un mercado, pues la población es consumidora y productora de una gran cantidad de narcóticos. Según las últimas estimaciones de UNODC (United Nations Office on Drugs and Crime u Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito), que datan de marzo de 2015, al menos 18 toneladas de cocaína pasan a través de la zona cada año. El polvo blanco, desembarcado en los países costeros africanos, vuelve a Europa: entre el 50% y el 60% se reenviaría en unas pocas semanas. Por el camino, la droga toma prestado la inmensidad del desierto, a través de Marruecos, Argelia o el caos libio. A través del aire, es por las “mulas” (contrabandistas) que llega a Europa (Lepidi, 2016).

Las costas europeas son vigiladas de cerca, por ello, los cárteles de cocaína sudamericanos han aumentado en los últimos años las zonas de tránsito a lo largo de la costa de África Occidental, en Mauritania se descubrieron dos toneladas de cocaína en febrero y 280 kg. en un velero de Cabo Verde en abril de 2016 (Lepidi, 2016).

En lo que se refiere a las tasas de consumo de los africanos “Se estimó en 2004 que, de 100 usuarios de cocaína en el mundo, siete eran africanos. Hoy tienen 15 años. Parte de la cocaína que llega a la costa africana ahora se usa para alimentar el mercado local, que ha estado creciendo durante dos o tres años. Como cualquier empresario, los narcotraficantes, desde la década de 2000, fueron en busca de nuevos mercados, nuevos territorios” (Lepidi, 2016).

Nigeria está hoy en el punto de mira de toda la policía.

Sus pandillas son muy temidas y tienen ramificaciones en América del Sur, desde donde importan cocaína […]. Las organizaciones criminales nigerianas han logrado recuperar el control del tráfico de cocaína y dejar la porción latente a los latinos, específicamente colombianos y bolivianos. Están estructurados y son muy efectivos. Incluso se llegaron a acuerdos entre paquistaníes, afganos y nigerianos para que la subregión se convirtiera en un punto de llegada para la heroína con destino a Europa (Lepidi, 2016).

África Occidental es hoy el principal centro de tráfico de cocaína entre América Latina y Europa. La policía francesa estima que 240 toneladas de drogas pasan cada año entre Cabo Verde, Guinea-Bissau y Senegal. El 21 de febrero de 2006 permanecerá en la historia de la lucha contra las drogas, ese día, la armada española registró un récord de tres toneladas de cocaína a bordo de un barco pesquero frente al archipiélago de Cabo Verde en África Occidental. Seis días después, son los franceses los que descubren a 1.300 km. de Dakar, una tonelada y media a bordo del “Master Endeavour”, un barco que también venía de Sudamérica. Para los especialistas en la lucha contra el narcotráfico, estos ataques tan espectaculares ya no son una sorpresa. “El triángulo de Senegal, Cabo Verde y Guinea-Bissau se ha convertido en una verdadera carretera para el tráfico de cocaína”, dijo un policía francés. “Estimamos en alrededor de 240 toneladas la cantidad que pasa por esta área cada año” (Lepidi, 2016).

De hecho, desde 2003, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), las capturas de las armadas portuguesa, española o francesa de esta región se han multiplicado. Se miden con mayor frecuencia en toneladas que en kilos. El oeste de África es ahora uno de los principales centros de tráfico de cocaína de América Latina a Europa confirma Antonio Mazitelli, director de UNODC para África Occidental y Central. El aumento en el norte de África Occidental como un área estratégica para los narcotraficantes se puede explicar fácilmente. Está idealmente ubicado porque está cerca de Latinoamérica y Europa. Presenta todas las condiciones que facilitan el tráfico: una incapacidad estructural de los Estados para controlar su territorio y sus aguas y un alto nivel de corrupción que permite operar con impunidad – continúa el policía francés – (Lepidi, 2016).

En este “triángulo blanco”, Guinea-Bissau es el nuevo destino de tendencia. Esta antigua colonia portuguesa situada entre Senegal y Guinea-Conakry, lo tiene todo: hay una política digna de ese nombre, no hay prisiones, ninguna guardia costera, mientras que su costa se compone de una multitud de islotes. En diciembre de 2005, en el aeropuerto de Segovia, la policía española descubrió más de 100 kg. de drogas en un avión privado desde Bissau y arrestó a varios pasajeros latinoamericanos. Unos meses antes, sus colegas portugueses habían incautado 550 kg. de cocaína en un contenedor de anacardos de Guinea-Bissau (Champin, 2007).

Las redes y el entramado social y político son claros, el modelo neopatrimonial ya permea la economía y la política regional. Siguiendo esta línea y no lejos de la zona antes descrita, Cabo Verde también se encuentra en la parte superior de la lista de países en riesgo. Para los líderes de los cárteles de droga, este archipiélago tiene una doble ventaja: estar cerca de Europa y América Latina, y no tener casi ningún medio de control de sus aguas territoriales, sin mencionar las muchas conexiones entre esta nación de habla portuguesa con Brasil, Portugal y los Estados Unidos a través de su gran comunidad de emigrantes. También en Cabo Verde las capturas más espectaculares se han realizado en los últimos tres años. El método más popular es parar un barco procedente de América Latina para descargar en alta mar a bordo de buques de pesca, estos buques por lo general, proceden del continente africano, a fin de no despertar sospechas, dice Flemming Quist, un experto de la ONUDC. Pero parte de la cocaína también viaja por tierra. "Todos los medios son buenos: correo urgente, camiones que vuelven al Magreb, pero también, por supuesto, contrabandistas” (Champin, 2007).

En el aeropuerto de Dakar, los agentes de aduanas suelen detener a “mulas humanas” de todas las nacionalidades que llevan pequeñas bolsas de cocaína. “Senegal tiene muchas ventajas”, dijo el comisionado Niang, director de la Oficina Central para la Represión del Tráfico de Drogas en Dakar. “Los servicios aéreos a Europa y América Latina a través de Cabo Verde son buenos. Y en el lugar, el acceso a Internet para posibles transacciones financieras electrónicas es excelente” (Champin, 2007).

La capital senegalesa se ha convertido en una especie de “centro” para los traficantes. Y como en la mayoría de las ciudades costeras, su puerto, donde miles de contenedores pasan cada año, también es un punto de acceso. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) lo ha entendido bien al comenzar hace unos meses un programa piloto que consiste en instalar sistemas de escáner en las plataformas y formar unidades conjuntas de policía, gendarmería y aduanas (Champin, 2007).

La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes presentó su informe correspondiente al año 2015, en donde se confirmó un hecho conocido durante mucho tiempo: África es, de hecho, una puerta de entrada, una zona de tránsito para todo tipo de drogas que son luego transportadas a los Estados Unidos, Europa y Asia. Como un nuevo desarrollo, el continente también se está convirtiendo en un área de fabricación de drogas sintéticas. Constantemente, los traficantes en América Latina han cambiado sus métodos para el trasiego de droga, los envíos menos grandes son a través de paquetes más pequeños para la cocaína que se envía a África, particularmente desde el oeste. El aumento de los vuelos comerciales desde Brasil explica en parte este aumento: se incautaron 120 kilos en Lagos en 2014, 286 kilos en Lomé.

Por último, pero no por ello menos importante, África occidental, particularmente en Nigeria, Costa de Marfil y Guinea, se han convertido en área de fabricación de drogas sintéticas. Diez laboratorios fueron desmantelados en el 2015. En Senegal se incautaron más de 100 kilogramos de metanfetamina de Malí (Thibault, 2016). De lo anterior se concluye que, la economía tradicional se ha transformado y el neopatrimonialismo es el eje del Estado influyendo en las élites políticas.

Asimismo, la presencia de las elites políticas en el tráfico de drogas también queda en evidencia cuando se informa que varios barones de la droga de América Latina viven en África Occidental (Brown, 2013: 3). La infraestructura, por lo que podemos ver, es muy sólida en todas las esferas. Las rutas comerciales, especialmente el Sahel y en el Sahara, son viejas y han sido usadas durante mucho tiempo para el tráfico de drogas, comenzando con el cannabis. La base de las mismas son las antiguas rutas caravaneras que venían de Asia hasta el Senegal. Las redes africanas, incluida la nigeriana, donde se incautó del tráfico de cocaína, estuvieron involucradas anteriormente en el tráfico de heroína entre Asia y los Estados Unidos. La publicación del informe de 2007 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD) ha resaltado el papel desempeñado por África Occidental en el tráfico de cocaína (ONUDC, 2007). Algunos observadores hablan de esta región como “Coke Coast” (Brice, 2009). La pregunta ahora es cómo esta área se ha convertido tan rápidamente en una importante puerta de entrada al comercio mundial de drogas. El valor de mercado de la cocaína que transita por África occidental se estima en $ 1,15 mil millones por año (Bastin y Bretonniere, 2014: 25).

Es importante señalar que si bien el tráfico de drogas en esta región genera muchos beneficios y afecta a muchos países, la participación de sus élites políticas y militares varía considerablemente de un país a otro (Bastin y Bretonniere, 2014: 25).

Guinea-Bissau es quizás el ejemplo más destacado de la porosidad entre los gobiernos y los intereses de los narcóticos. El 5 de abril de 2013, el ex jefe de personal de la marina de Guinea-Bissau, Bubo Na Tchuto, fue encarcelado en Nueva York tras ser arrestado junto con dos cómplices de agentes estadounidenses en un barco anclado en aguas internacionales frente a Cabo Verde. Dos semanas más tarde, la DEA anunció el cargo de narcoterrorismo, por un juez de Nueva York, del jefe de personal de las Fuerzas Armadas de este país de habla portuguesa, Antonio Indjai. Este último, ya acusado de estar en el origen del golpe de estado de abril de 2012, es sospechoso de haber buscado almacenar cocaína y de haber proporcionado armas en nombre de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Según los informes, Antonio Indjai utilizó su rango de jefe del ejército de Guinea-Bissau para mediar en los narcotraficantes y “para hacer de su país un paso adelante para los presuntos terroristas y traficantes de drogas al ofrecerles la posibilidad de almacenar y luego transportar drogas a los Estados Unidos” (Champin, 2013a).

La DEA lo acusa de haber participado también en una operación para “proporcionar misiles tierra-aire y otras armas para ser utilizadas contra soldados estadounidenses”. Los infiltrados de la DEA, haciéndose pasar por miembros de las FARC, revelaron que parte de la droga acumulada se usó para sobornar a miembros de las fuerzas armadas de Guinea-Bissau, incluido el propio Antonio Indjai. Sin embargo, este último no podría ser extraditado de su país, donde continúa trabajando. Estos dos cargos han puesto de manifiesto la codicia de los intermediarios de Bissau. Bubo Na Tchuto señaló a sus interlocutores, quienes dijeron que querían pasar drogas por su país antes de exportar a los Estados Unidos, así mismo mencionan que “El gobierno de Guinea-Bissau [fue] frágil, después de un golpe reciente y el momento de la transacción”. Su arancel habría sido de un millón de dólares por tonelada recibida en Guinea-Bissau (Champin, 2013b).

El jefe de personal de la fuerza aérea, Ibrahima Papa Camara, mismo que se encuentra en la lista negra de los Estados Unidos, también está acusado de participar en el tráfico de drogas. por lo tanto, se inculpa a los líderes de los tres cuerpos de ejército de Bissau-Guinea por participar en el tráfico de drogas que recorre su país y por utilizar el ejército nacional para este fin.

De ahí que, las raíces del desarrollo del tráfico de drogas se encuentren por primera vez en la reciente historia política y económica de la región. Todo inicia cuando, sin haber sabido el destino de Somalia, los países de África Occidental se vieron debilitados por los programas de ajuste estructural puestos en marcha por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en la década de 1980. Los mismos, aceleraron las problemáticas locales y por ende debilitaron estos estados y la criminalización de algunas de sus élites se maximiza. Estas nuevas organizaciones de la mafia, a veces radicales, han podido aprovechar las fallas del Estado en términos de redistribución, administración de infraestructura y servicios a la población.

Estas asociaciones, pronto reemplazadas por grupos terroristas en la banda saheliana, han logrado ocupar el vacío dejado por un Estado que se ha apartado de las políticas públicas. La población quedó seducida por la satisfacción de sus necesidades de servicios básicos como la higiene, la justicia, la seguridad y la ayuda alimentaria. El Movimiento por la Unidad y la Jihad en África occidental (MUJAO), por ejemplo, estaba ocupado descargando alcantarillas abandonadas en Gao, una gran ciudad del norte de Mali (Chevènement y Larcher, 2013). Si bien los grupos terroristas pueden haber estado involucrados en el tráfico de drogas, es importante separar a los traficantes de drogas africanos de los grupos terroristas. Estas dos entidades parecen mantener entre ellos sólo informes oportunistas y puntuales. El tráfico de drogas se ha expandido rápidamente en África Occidental desde los años ochenta. Sin embargo, la diferencia es particularmente notable cuando uno mira a los actores involucrados en el tráfico. En muchos países de América Latina, el narcotráfico se ha desarrollado en los márgenes del Estado. A comparación de los grupos terroristas que están en contra del Estado, floreciendo en áreas dejadas de lado por las autoridades públicas. Los ingresos provenientes de las drogas han sido una forma de financiar grupos armados revolucionarios antes de convertirse en la fuerza motriz de sus acciones.

En África Occidental, el narcotráfico parece haber beneficiado principalmente a las élites políticas, militares y económicas, como lo demuestra el caso de Guinea-Bissau. Cálculos políticos simples también pueden llevar a un Estado a tolerar el tránsito y la producción de ciertas drogas en su territorio, sin la necesidad de involucrar directamente a las élites políticas en la organización de este tráfico.

Al igual que en América Latina, grandes cantidades de droga comenzaron a llegar a África occidental desde la década de 1980, pero no fue hasta la década de 1990 que el tráfico creció, en un momento en que las redes criminales nigerianas comenzaron a usar el oeste de África como una zona de tránsito para la heroína asiática destinada al mercado europeo y norteamericano (Mazzitelli, 2011).

Estas redes se basaban entonces en una diáspora nigeriana muy importante. A mediados de la década de 1990 participaron en el tráfico de cocaína y en la estructuración de este tráfico en África Occidental.

La subregión se ha convertido así en una “zona de rebote” de la cocaína destinada al mercado europeo (Champin, 2012: 1) principalmente en las costas de Guinea y Guinea-Bissau, y en el Golfo de Benin (Berghezan, 2012: 6).

África occidental, como se observa, se ha convertido en un territorio atractivo para los narcotraficantes. Varios factores pueden explicarlo: su posición geográfica estratégica, que lo convierte en una zona ideal para el tránsito entre América Latina y Europa, pero también el contexto “post conflicto” de varios Estados de ECOWAS. Por ejemplo, la frágil gobernanza de estos países, la dificultad para hacer cumplir las leyes y la importancia de la corrupción han atraído a los traficantes latinoamericanos. Según un informe de los EE. UU., al menos nueve de los mayores cárteles latinoamericanos han establecido bases en África occidental (Brown, 2013: 2-3). La debilidad de los controles fronterizos (tierra, mar y aire) también facilita el tráfico.

Los traficantes utilizan todos los canales disponibles haciendo que el tránsito de cocaína siga creciendo. En 2007, la UNODC estimó que alrededor del 80% de la cocaína en América Latina que transitaba por África se enviaba por mar y el 20% por avión (BBC News, 2011). Los traficantes usan contenedores en embarcaciones comerciales. Los viajes realizados en este tipo de edificio representan la mayor parte, a menudo cientos de libras de cocaína. Los traficantes están tomando prestada de América Latina una ruta conocida de buques mercantes a lo largo del paralelo 10, apodado el “A10” (Champin, 2012: 2).

En general, la droga se transporta desde América Latina a través de grandes buques pesqueros o buques de carga, antes de ocultarse en barcos más pequeños (lanchas, veleros, barcos de pesca) en la entrada de los barcos en aguas territoriales de África (Brown, 2013: 2-3). Una vez en el continente africano, las drogas son transportadas en pequeñas cantidades en vuelos comerciales, o por traficantes, a través del desierto Sahelo-Sahariano hasta el Magreb y Europa. Los traficantes nigerianos usarían guías tuareg para cruzar el desierto Sahelo-Sahariano antes de que los traficantes de hachís marroquíes lleven la cocaína a Europa. La tierra siempre se utiliza para el transporte de cocaína (Berghezan, 2012: 6), como lo demuestra el descubrimiento en 2008 de 750 kilos de cocaína en Tin Zawatine en medio del Sahara (BBC News, 2008).

El presidente de Guinea, Alpha Conde, por su parte, ha dicho a la prensa que la operación francesa en Malí privó a los traficantes de sus rutas habituales. Los aviones también se usarían para enviar drogas de América Latina a África. En un informe de 2010, la UNODC observó que varios aviones habían despegado de Venezuela, incluidos Cabo Verde, Guinea-Bissau, Malí, Mauritania y Sierra Leona. El uso de estos aviones era para transportar la droga (Brune, 2011).

Fue particularmente difundido durante el caso conocido como “Aire cocaína”, cuando en noviembre de 2009, un Boeing 727 quemado fue encontrado en el norte de Malí, cerca de Tarkint, después de ser utilizado para transportar toneladas de cocaína desde Venezuela. Para algunos observadores, este caso habría sido signo de un cambio en los métodos de tráfico de drogas (Simon, 2011: 132).

A lo largo de este tiempo, se han reportado otros casos de aviones que transportan cocaína, especialmente de Guinea-Bissau, y a menudo con la complicidad de las autoridades locales (Berghezan, 2012: 27). Estas evoluciones permanentes demuestran la capacidad de reacción y los considerables medios financieros disponibles para los traficantes. Según la UNODC, hasta 50 toneladas de cocaína de los países andinos podían transitar cada año desde África Occidental a Europa (18 toneladas en 2012), miles de millones ($ 1.5 mil millones en 2012).

Desde 2009, las cantidades de drogas incautadas en la región han disminuido. Sin embargo, esta reducción de las incautaciones no implica una disminución del tráfico, refleja más bien la capacidad de los traficantes para adaptarse a las nuevas limitaciones impuestas por las políticas de lucha contra el tráfico de drogas. Además, África ya no es solo una zona de tránsito de cocaína en América Latina, ahora también es una zona de consumo y producción de drogas (Bastin y Bretonniere, 2014: 35).

En esta tesitura, África Occidental ha dejado de ser una mera zona de tránsito a corto plazo para convertirse en un área de almacenamiento y reenvasado al por mayor, redireccionamiento y, a veces, reventa de la droga (Brown, 2013: 2-3). Por lo tanto, la cocaína se almacena en varios países del occidente africano (Nigeria, Benín, Togo, Ghana, Guinea, Guinea-Bissau, Senegal, Cabo Verde y Mauritania), donde llegan grandes cantidades de cocaína provenientes de América Latina para ser reempaquetadas y enviadas en pequeñas cantidades a sus mercados de destino. Es así como, África Occidental se convirtió en un centro de distribución, producción y venta al por mayor de diversas drogas. El desarrollo más notable de los últimos años está relacionado con el aumento en el consumo de narcóticos en el continente, según la UNODC, alrededor del 30% de las drogas que transitan por África Occidental se consumen localmente. Según la misma organización, actualmente hay 1.1 millones de usuarios de cocaína en África Occidental (en comparación con 793,000 en 2009). La circulación de estos productos se ve facilitada por la libre circulación de mercancías dentro de la CEDEAO (Brown, 2013: 2-3).

 

Los desafíos en materia de seguridad

Como muestra la evolución de las zonas productoras y las de tránsito que se vuelven híbridas tras la patente debilidad de los Estados, es importante revisar el papel de la seguridad y la gobernanza. En qué medida ambas pueden contribuir al desarrollo de los gobiernos y su población. En este contexto, los cárteles fueron la primera generación de este tipo de organización, estructurada y centralizada, misma que está profundamente vinculada a sus líderes, los capos. Son ellos quienes establecerán las estrategias comerciales, los modos de relación con el mundo político y los modos de uso de la violencia.

El modelo evoluciona y la segunda generación de organizaciones fueron las empresas en red. El surgimiento de esta generación de organizaciones tuvo como principal objetivo el desmantelamiento de los grandes cárteles. Acusado de haber financiado su campaña con fondos de los hermanos Orejuela, el presidente Ernesto Samper Pizano (1994-1998) estuvo durante su mandato, bajo constante presión por parte de Estados Unidos. Como resultado, el gobierno colombiano ordenó una de las mayores destrucciones de cultivos ilícitos en la historia de Colombia, y se llevaron a cabo acciones policiales que permitieron la detención de los capos de Cali. Se firmaron acuerdos bilaterales con EE. UU. como el Plan Colombia y se tomaron medidas judiciales, por ejemplo, el restablecimiento de la extradición en la Constitución o el aumento de las penas. A pesar del desmantelamiento de los dos principales cárteles y la destrucción de los cultivos, se descubrió que el tráfico se mantuvo. Como resultado, hoy en día estamos siendo testigos de la “democratización”, la fragmentación del comercio y una mayor integración en las redes mundiales, por ejemplo, el cártel de Norte del Valle. Estos nuevos traficantes se han convertido en pequeñas empresas especializadas en parte del proceso productivo y comercial. Incluso más que el cártel de Norte del Valle, el tamaño y la dispersión de estas organizaciones hacen que el trabajo de identificación sea muy difícil para las autoridades, a diferencia de la generación anterior, los nuevos traficantes son de clase media y modestos en sus estilos de vida, haciéndolos casi invisibles. Además, participan mucho menos en la vida política y en la vida de las élites sociales.

Al no poder afrontar este problema África Occidental, Estados Unidos, la ONU, y Europa están tratando de intervenir, poniendo en marcha algunos proyectos para la guerra contra las drogas, ya que también ponen en riesgo sus intereses económicos al ver que esta subregión está siendo absorbida por el crimen organizado. Además de que, en cierto modo, son responsables de que se haya convertido en el punto de tránsito de drogas.

En este punto, debemos preguntarnos, ¿por qué África Occidental se volvió una zona de interés para el crimen organizado?

Esta subregión en los últimos años ha llamado la atención por los nexos que tiene con América Latina, específicamente con Colombia, Venezuela y México, en temas del tráfico de drogas ilícitas. Además de que también colabora con organizaciones terroristas como las FARC, AQMI, Hezbolá y a su vez Irán y Líbano. Todas ellas tienen un solo objetivo, proteger sus intereses. En el caso de los cárteles de la droga de América Latina, su interés es seguir produciendo, comercializando y distribuyendo alrededor del mundo sin tener obstáculos que se los impida. Es por ello, que, en búsqueda de nuevas rutas, se ha puesto la mirada en la zona.

Por otro lado, las organizaciones terroristas han colaborado con el tráfico de drogas para poder financiarse, poder seguir comprando armas y hacer que su organización se siga extendiendo. Sin embargo, África Occidental se ha vuelto atractiva para estos dos grupos por los bajos estándares de gobernanza, bajos niveles de capacidad de aplicación de la ley y las altas tasas de corrupción (Wyler y Cook citado en Brown, 2013: 10).

Desde tiempos remotos, el occidente africano tenía la tradición del comercio ilegal, específicamente, cannabis. Níger y Ghana eran los principales proveedores a Europa, hasta que se descubrió que también mantenían relaciones con Líbano, lo que les permitía vender a Estados Unidos. Con las rutas ya trazadas, se abrió paso para que después se comercializará con la heroína y la cocaína, siendo esta última, el centro de atención internacional en África Occidental.

Como se mencionó anteriormente, los dos importantes mercados de venta de drogas ilícitas son Estados Unidos y Europa, aunque también Asia es un gran consumidor y contribuyente en la producción de éstas. El encargado de almacenarla para después distribuirla en estas zonas es Nigeria, país que se ha consolidado como la red más importante entre las áreas de oferta y demanda. Parte de la razón por la que los narcotraficantes nigerianos han tenido tanto éxito es porque su país de origen les ha proporcionado un entorno relativamente permisivo (Brown, 2013: 7). Nigeria no opera solo, tiene contactos con Benín, Ghana, Burkina Faso y actualmente con Guinea-Bissau. Dependiendo de la aplicación de las leyes de cada país, los grupos delictivos latinoamericanos pueden tener oportunidad de entrar a esta región y comercializar sin ningún problema.

 

Las respuestas en materia de gobernanza

El tráfico de cocaína consta de seis etapas principales: cultivo, procesamiento de hojas, cristalización para obtener cocaína, transporte, distribución en las calles y recolección de ganancias para reinversión. Durante el tiempo de los carteles de Cali y Medellín, como todas las grandes empresas, todas las fases de la producción se incluyeron en la organización. La fragmentación de la cadena de producción entre varias empresas altamente especializadas permite más discreción, más movilidad y sobre todo, más seguridad para el comercio. Si surge un problema en uno de los eslabones de la cadena, la adaptación que muestran estas empresas les permite modificar sus estrategias y seguir suministrando a los consumidores. Por lo tanto, estos nuevos traficantes se ocupan menos de la parte del transporte que se delega a los intermediarios mexicanos, dominicanos o puertorriqueños.

Como resultado, el tráfico de drogas se ha vuelto extremadamente fragmentado, y no es inusual que las personas inviertan sus ahorros en este negocio. Sin embargo, cabe señalar que las ganancias se redujeron en comparación con la era de oro de los famosos capos. Por contra, a través de inversiones en carreteras y en el transporte, los riesgos han disminuido drásticamente, ya que las organizaciones son menos reconocibles y, por tanto, menos atacables. Las menores ganancias también conducen a la racionalización y la prudencia en las inversiones. Finalmente, las nuevas organizaciones tipo mafia se caracterizan por alianzas internacionales con otras organizaciones criminales, por ejemplo, las autoridades descubrieron un submarino con tecnología rusa y el desarrollo del cultivo de amapola requirió ayuda asiática. Esto permite descubrir nuevas técnicas de producción, diversas formas de operación, abrirse a nuevos mercados y diversificar el tráfico.

Reconociendo la necesidad de luchar conjuntamente contra el narcotráfico, con el apoyo de sus socios europeos y norteamericanos, los países de África Occidental están fortaleciendo la cooperación policial y el intercambio de información. Este entrenamiento fue lanzado el jueves 6 de marzo de 2014 en los Estados Unidos, en colaboración con otros diez países: Senegal, Cabo Verde, Liberia, Mauritania, Marruecos, Francia, Gran Bretaña, España, Portugal y los Países Bajos. El objetivo de este ejercicio, que reunió a más de 1.500 hombres, fue fortalecer la cooperación de las armadas de África Occidental en la lucha contra el tráfico de armas y de drogas, así como la pesca ilegal (RFI, 2014).

Algunos países de África occidental han modificado sus leyes antidrogas y han creado unidades especializadas (Champin, 2013c). Los estados de África Occidental también se han embarcado en operaciones de cooperación judicial (All Africa, 2012). Estos esfuerzos dieron lugar a una serie de número de detenciones de narcotraficantes, pero no logró detener el tráfico: las agencias nacionales a cargo de la lucha contra las drogas no siempre tienen los medios suficientes para llevar a cabo su misión (Brune, 2011).

Sin abogar por este tipo de intervención para combatir el tráfico, cabe señalar que la intervención iniciada por el presidente francés François Hollande en enero de 2013 ha detenido momentáneamente las redes activas en el Sahel. Las carreteras que atraviesan el norte de Malí se han visto seriamente alteradas. Las organizaciones criminales, sin embargo, ya han pasado por alto este obstáculo tomando nuevas rutas.

Todo depende de qué tan corruptas puedan ser las máximas autoridades locales, para que se puedan mover con mayor facilidad por las zonas. En caso de que las instituciones sean sólidas, se acude con los jefes de los grupos delictivos locales para que ellos hagan los movimientos de distribución y almacenamiento, ya que, muchas veces, los cárteles latinoamericanos no se quieren ver involucrados en los crímenes y así evitan la aplicación de la ley en esas zonas.

Las estructuras de las redes de los grupos del crimen organizado se basan en la forma de reclutamiento de una empresa, es decir, van formando grupos pequeños de diez personas, pero todo queda entre familia, ya sea de la misma etnia o tribu. Algunas características que tienen las redes delictivas son: la capacidad de comunicarse mayoritariamente en lenguas africanas indígenas; poder hacer tratos, adoptar identidades falsas para sus miembros, incluso cambiar su nacionalidad; y abstenerse del uso de la violencia para no llamar la atención de los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley (Williams, citado en Brown, 2013: 9).

Las rutas por las que mercantilizan la heroína, cocaína y las metanfetaminas atraviesan diferentes puntos y utilizan diferentes medios, es decir, pueden ser vía marítima, terrestre o por aire, para llegar a América del Norte y a Europa. En el caso de la heroína, sale de América del Sur atravesando el Atlántico a través de embarcaciones rápidas, contenedores marítimos o barcos pesqueros hasta llegar a África Occidental, donde es almacenada y distribuida a Estados Unidos (Harrigan, citado en Brown, 2013: 11). Sin embargo, una parte de esta droga es contrabandeada por los demás países africanos hasta llegar a Medio Oriente.

La ruta de la metanfetamina tiene por origen a México, haciéndola llegar al oeste de África. Los cárteles mexicanos han reclutado en otras zonas de África químicos para producirla, a diferencia de otras drogas que necesitan cultivarse, ésta se puede crear en laboratorios. Es por ello que, los grupos delictivos mexicanos, están intentando reclutar personas, para capacitarlas en la elaboración de esta droga en África occidental. La DEA ya ha documentado la aparición de África occidental como punto de origen de producción significativa para el envío de grandes cantidades de kilogramos de metanfetaminas al lejano Oriente (Brown, 2013: 12).

En el caso de la Cocaína, tanto Colombia como Perú y Bolivia se encargan de producirla y la envían a través de vías tanto marítimas como aéreas, las cuales son organizadas con la ayuda de África Occidental. Sin embargo, quien hacía vínculo con África era Venezuela, pero ahora Brasil está haciendo conexión con Guinea-Bissau y Cabo verde (antiguas colonias portuguesas), convirtiéndose en los principales centros de transbordo. “Con ello, Brasil ahora rivaliza con Venezuela como el punto de partida número uno para la cocaína transportada a África y ésta pueda llegar a Europa” (Brown, 2013: 18).

Entre América Latina y África Occidental ha habido hasta el momento una relación de cooperación en cuanto al crimen organizado. Los latinos han instruido a los africanos a manejar los embarques, pagándoles en especie (cocaína).

Esto ha llevado a dos sistemas paralelos de importación a Europa: uno que implica grandes cantidades que quedan bajo el control de América del Sur, y otro que implica cantidades más pequeñas propiedad de los africanos occidentales. Es más probable que los primeros usen embarques marítimos, mientras que los últimos usan con mayor frecuencia mensajeros en vuelos aéreos comerciales, una técnica preferida de los grupos de África Occidental en todo el mundo (UNODC, citado en Brown, 2013: 20).

Por otro lado, la relación entre las organizaciones terroristas y los grupos delictivos de África occidental se ha convertido en una amenaza para la seguridad del mundo, pero especialmente para Estados Unidos. Estas organizaciones terroristas se han acercado a estos grupos delictivos de droga para financiar sus actividades, compra de armas más sofisticadas y la expansión de sus organizaciones por diversos territorios. Un claro ejemplo son las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), las cuales, con ayuda del entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se permitió que se establecieran rutas a través de su país para reducir la amenaza y el costo del traslado de la cocaína (Farah, citado en Brown, 2013: 21).

El caso de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) retoma importancia cuando se establece en el Norte de Mali y hace alianza con los tuaregs, especialmente con Ánsar Dine y el Movimiento por la Unidad y Jihad en África occidental (MUJAO). AQMI recauda un "impuesto" sobre los traficantes que pasan por el territorio bajo su control (Anónimo, citado en Brown, 2013: 22).

El impacto que ha tenido el crimen organizado en la buena gobernanza poco a poco debilita la estructura del Estado poniendo en riesgo a sus ciudadanos, el territorio, las instituciones y principalmente la forma de gobernar en dicha zona. Brown (2013: 26) menciona que estos actores violentos no estatales representan con el tiempo, una amenaza existencial a la viabilidad de los estados de África Occidental y el mayor desafío para la seguridad humana en la subregión desde que los conflictos de recursos sacudieron a varios países a partir de los primeros años noventa.

Se piensa que la narco-corrupción puede desestabilizar el gobierno a través de golpes de estado, la compra del poder y la protección política. Cockayne menciona que:

El tráfico de cocaína se está convirtiendo en parte integral de cómo se gobierna África Occidental. Los actores políticos están utilizando la organización delictiva como un aspecto del arte de gobernar, y los actores delictivos están utilizando los privilegios políticos como activos comerciales. Los traficantes tienen acceso a las inmunidades del estado, pasaportes y valijas diplomáticas, el espacio aéreo y los accesos marítimos, e incluso los buques estatales. Las instituciones políticas y militares nacionales a su vez se utilizan para gravar el comercio (citado en Brown, 2013: 27).

Por otro lado, también se teme que el tráfico de drogas sea motivo para generar violencia al grado de llegar a asesinatos como ocurren en América Latina, específicamente México. Algunos especialistas mencionan que por las rivalidades existentes entre políticos corruptos y organizaciones delictivas podría generarse la violencia, pero otros mencionan que, debido a la débil gobernanza de los estados y la diversidad de las rutas, canales o gasoductos que hay en la subregión, no hay motivo de lucha. Brown menciona que hay una excepción, ya que el control de las pistas de aterrizaje de las islas de Guinea-Bissau, que con el pacto de un gobierno anfitrión débil, son tuberías especialmente valiosas (2013: 31). Sin embargo, la única que puede ver los efectos que produce el tráfico de drogas es la sociedad civil, debido a que está siendo reprimida en cuanto a su libertad de expresión y sus derechos humanos en general.

También se dice que el tráfico de drogas es una amenaza para la estabilidad política; pero al tener un gobierno débil, los grupos delictivos gozan de cierta inmunidad, lo que les permite reforzar su estado y así evitar que sus intereses se vean perdidos. El problema fundamental con este punto de vista es que la estabilidad a corto plazo de tener élites gobernantes no democráticas que entren en relaciones "simbióticas" con narcotraficantes a largo plazo ahogará la evolución democrática en África Occidental (Brown, 2013: 33).

De lo antes mencionado, un claro ejemplo es Guinea-Bissau, considerado ya como un narco estado, es decir, la estructura del Estado es tan débil que ya queda impune cualquier delito que tenga que ver con el tráfico de drogas. Un "narco estado" ha sido definido como una nación que ha sido controlada y corrompida por los cárteles de la droga y donde la aplicación de la ley es efectivamente inexistente (Wechsler, citado en Brown, 2013: 33). Aunque algunos sí están de acuerdo en que es un narco estado, otros ya lo consideran como un estado fallido. Pero Brown (2013: 34) menciona que este término es más definitorio que sustantivo, porque implica que la asistencia internacional a las autoridades policiales de Guinea-Bissau puede ayudar a crear una cabeza de puente dentro del estado contra la narco corrupción. Aunque es débil en comparación con el ejército, las autoridades policiales, en alianza con la sociedad civil en conjunto podrían ayudar a liderar una lucha en el futuro para recuperar a Guinea-Bissau de los narcotraficantes.

Uno de los países que está a punto de ser un narco estado es Guinea, tras el golpe de estado en 2008, se recibieron informes de que había un importante número de traficantes latinos y que algunos familiares del fallecido presidente Lansana Ousmane Conte formaban parte de estos grupos delictivos. Al igual que con Guinea-Bissau, la comunidad internacional necesita urgentemente trabajar junto con Guinea para cambiar el rumbo de los narcotraficantes contra la captura del Estado (Brown, 2013: 36).

La presencia del crimen organizado en África Occidental como en cualquier otro país que tiene este problema, ha tenido un impacto negativo en algunos sectores y han surtido efecto en la sociedad. Por ejemplo, el sector salud ha sido deficiente y no cuenta con los suficientes recursos para atender a la mayoría de la población. Sin embargo, en toda África Occidental, la presencia de drogas está engendrando una creciente población de usuarios y, de alguna manera, se está forzando a los sistemas de salud ya de por sí débiles, sin mecanismos reales, a enfrentarlos y posiblemente los efectos sean graves, debido a que el gobierno invierte más en seguridad que en educación o salud.

Los narcotraficantes al apoyar a la sociedad en cosas que el gobierno no les provee, hacen que de alguna manera adquieran legitimidad y por su parte, la sociedad no los rechaza ni hace que sientan vergüenza de sus oficios, al contrario, los admira por representar un lugar importante dentro de la élite.

En el sector económico, algunos piensan que el tráfico de drogas ha contribuido de manera importante a la economía de los estados involucrados, que es una parte esencial, debido a que algunos productos importantes de la región no contribuyen tanto como lo hace la droga. Sin embargo, cabe recordar que es un ingreso ilícito, en el cual un país no puede basar su economía a largo plazo. Algunos sectores como el turismo y las inversiones han perdido ingresos a consecuencia de la inseguridad que se vive. Los inversores están menos dispuestos a hacer negocios en países de tránsito de drogas porque los entornos inestables son riesgosos y operar en áreas de mayor criminalidad implica mayores costos comerciales (Shehu, citado en Brown, 2013: 43).

La comunidad internacional ha reaccionado a través de algunos programas para intentar resolver los problemas que se han suscitado por parte del crimen organizado. No obstante, algunas de las agencias de antinarcóticos que están en África Occidental no tienen una estrategia ni el conocimiento para recabar e interpretar la información.

Con la ONU se trabajó el Plan de Acción Regional de ECOWAS y formó parte del Programa Regional de las Naciones Unidas para África Occidental para 2010-2014. WACI y el Programa Regional están diseñados para apoyar los esfuerzos de los Estados del África Occidental, las organizaciones regionales y la sociedad civil para responder a las amenazas de seguridad en evolución y para promover el estado de derecho y el buen gobierno (Brown, 2013: 45).

Otros programas de la ONU, como el Proyecto de Comunicación Aérea de 2010 (AIRCOP) patrocinado por la UE y Canadá, se han desarrollado para atacar el tráfico de drogas. Una operación de AIRCOP, Cocair 3, dio como resultado casi 50 arrestos, la incautación de más de 500 kilogramos de drogas y la recuperación de 2,5 millones de euros en efectivo, en 25 aeropuertos de África Occidental, Central y Brasil (INTERPOL, citado en Brown, 2013: 46),  aun así se quiso buscar un mecanismo de financiamiento del Banco Mundial.

Estados Unidos, bajo el mandato de Obama, lanzó un proyecto de 5 años de duración, con la participación de la DEA, el Departamento de Estado, Departamento de Defensa y la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID) que tenía por objetivo capacitar a las instituciones de los estados para que pudieran aplicar correctamente la ley a los grupos delictivos.

La ayuda de Estados Unidos en gran medida es para combatir el terrorismo, mismo que amenaza su seguridad, pero también lo hace porque sus intereses económicos y de política exterior se ven en riesgo, como la promoción del crecimiento económico legítimo, la creación de instituciones estatales y diversos objetivos del programa de ayuda exterior (Wyler, citado en Brown, 2013: 51).

Para evitar que África Occidental se sumerja más en el crimen organizado, es necesario la cooperación principalmente con Estados Unidos. Algunas recomendaciones que hace Brown (2013) requieren de presupuesto y de mano de obra, por ejemplo: expandir la presencia de Estados Unidos con los funcionarios para que se tenga una convivencia con los ciudadanos; buscar un financiamiento adecuado, el cual requiere compromiso de ambos territorios; colaborar con asociaciones tanto locales como internacionales, ya que las locales no podrán hacer frente a los traficantes; ayudar a África a expandir la conciencia y cooperación en el dominio marítimo. Finalmente, promover acuerdos regionales e internacionales para cambiar el derecho interno.

 

Consideraciones finales

A lo largo de estas páginas hemos visto que los temas de seguridad han recobrado gran relevancia internacional. En este caso, el narcotráfico, ha pasado de ser un problema local a uno internacional, evoluciono de manera gradual y acorde. Este fenómeno cada vez más creciente en la zona de estudio gravita sobre la realidad política, económica y sociocultural de los Estados y pueblos y sus explicaciones son multicausales, multifactoriales y multidimensionales. De ahí, la complejidad de la problemática y de sus soluciones.

Algunos de los factores que gravitan de manera interconectada en este fenómeno, se resumen en los siguientes:

  • La inestabilidad y desigualdad económica y política regional.
  • La fragilidad de los Estados y la fuerte presencia en la política de las fuerzas armadas, especialmente en la región occidental africana.
  • Existencia de espacios carentes de control por parte del Estado y que se convierten en territorios para grupos ilegales.
  • El control de los recursos estratégicos. Eso lo tenemos presente en África Occidental y América Latina.
  • La economía informal, motivando actividades de tráfico de drogas y contrabando.
  • Los altos índices de corrupción.
  • La creciente densidad poblacional con altas tasas de natalidad.
  • Larga historia de flujos migratorios, convirtiéndose en punto de partida y corredor clave para las rutas de migración.
  • La migración como un motor económico importante y con ello el tráfico y redes de contrabando de personas. 

La combinación de estos factores, entre otros, nos permite concluir que frente a esos nuevos desafíos los sistemas nacionales de seguridad no son pertinentes ni eficientes, en América latina como en África. Los sistemas regionales de cooperación tampoco. Además, no existe ningún sistema de cooperación y de coordinación específico entre América Latina y África. Esos elementos quieren decir que estamos en realidad en una fase de preguntas sin verdaderas respuestas. Ese es el desafío real para los próximos años y las próximas décadas: la creación de un sistema de cooperación y de coordinación totalmente nuevo que permitiría responder a este fenómeno importante de crimen organizado global. La gobernanza global lo necesita para permitir tener un sistema de seguridad global mucho más eficiente.

 

Nota sobre los autores:

Dr. Mohamed Badine El Yattioui (francés y marroquí). Profesor/investigador de tiempo completo en el Departamento de Relaciones Internacionales y Ciencia Política de la Universidad de las Américas Puebla. Es Licenciado, Maestro en Historia, Maestro en Relaciones Internacionales con especialidad en Seguridad Internacional/Defensa y Doctor en Ciencia Politica por la Universidad Jean Moulin Lyon III, Francia. Es presidente del think-tank NejMaroc especializado en la política exterior de Marruecos y coordinador del Seminario permanente sobre el mundo musulmán en la UDLAP. Es profesor de "Políticas Publicas Internacionales" en cursos de posgrado en la Universidad Jean Moulin, Lyon III, Francia. Ha impartido clases y conferencias, sobre los temas de Geopolítica, Seguridad Internacional y Políticas Publicas Internacionales en Francia, Marruecos, México y Colombia y fue investigador visitante en Oxford, en la UPB de Medellín y en la Universidad de La Habana. Se ha desempeñado como funcionario del ministerio francés de Educación, especializado en evaluación de políticas públicas durante cinco años. Cuenta con varios artículos publicados en revistas y portales de información en Francia, Marruecos, Colombia y Mexico. Colaborador en espacios de opinión como Radio Fórmula, The Huffington Post, Russia Today, Anadolu Agency, La Voz del Árabe, CNN, Magreb Arab Press entre otros.

 

Claudia Barona Castañeda, (mexicana). Licenciada en historia por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Doctora en Filosofía y Letras (Sección Filología Árabe) por la Universidad Autónoma de Madrid. Actualmente se desempeña como Profesora e Investigadora de la Universidad de la Américas, Puebla. Así mismo, es Investigadora asociada de AXE 3 Sociétés nomades et rencontres des cultures (Afrique du Nord et de l’Ouest). Universidad de Tours; y, del Taller de Estudios Internaciones Mediterráneos de la Universidad Autónoma de Madrid. Grupos de investigación en los que colabora: Grupo de investigación F-079 "Estudios poscoloniales: Sahara Occidental-EPSO" de la Universidad Autónoma de Madrid. Coordinadora del Seminario permanente sobre el mundo musulmán en la UDLAP. Miembro del Proyecto Análisis de la gestión y explotación de los recursos naturales en situación de conflicto: el caso del Sáhara Occidental de la Universidad de Granada. Líneas de investigación, Historia del Norte de África (Magreb). Estudios sobre la identidad nacional. Historia y tradición oral. Organizaciones civiles. Ha participado en varios Congresos nacionales e internacionales. Cuenta con varias publicaciones y documentales sobre el Sáhara y el Mundo Árabe.

 

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