Los modelos estratégicos: de la Revolución Francesa a la guerra de Vietnam

GALO CRUZ

Universidad de las Fuerzas Armadas ESPE, Ecuador

 

Title: Strategic Models: from The French Revolution to The Vietnam War

Resumen: Para comprender y valorar la Historia Militar, desde una perspectiva estratégica, es importante partir de elementos de análisis que permitan confluir al devenir histórico militar con el pensamiento estratégico y en este sentido, nada más apropiado que utilizar los modelos estratégicos. En este artículo se analiza esta relación de los cinco modelos estratégicos de André Beaufré: amenaza directa, presión indirecta, acciones sucesivas, conflicto prolongado de baja intensidad y el conflicto violento, en el contexto de las guerras contemporáneas durante el período comprendido entre la Revolución Francesa y la guerra de Vietnam.

Palabras clave: Historia militar, Estrategia, Modelos estratégicos, Guerra

Abstract: An in-depth understanding of military history includes a strategic perspective. In practice, this covers a broad range of factors that have subsequent actions in the historical evolution, as well as in the strategic thinking. Since this point of view, it is of importance to bring to the table of discussion the strategic models. Therefore, this paper will address the relationship among five strategic models developed by André Beaufré: direct threatening, indirect pressure, successive actions, low-intensity conflict, and violent conflict. In this spectrum, it will be studied the social phenomenon of “contemporary wars”, in a particular period of time from French Revolution to Vietnam War.

Keywords: Military history, Strategy, Strategic models, War

Recibido: 19 de septiembre de 2017

Aceptado: 2 de octubre de 2017

Para citar este artículo: Galo Cruz, “Los modelos estratégicos: de la Revolución Francesa a la guerra de Vietnam”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 3, No. 2, (2017), pp. 97-112. http://dx.doi.org/10.18847/1.6.5

 

Todas las disposiciones que se tomen sin tener en cuenta consideraciones estratégicas serán aparentes y, quizá, fatales. Archiduque Carlos, 1813.

 

Introducción

Desde que el mundo entró en la Edad Contemporánea, marcada en sus inicios por la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, se evidenciaron cambios decisivos en la naturaleza y concepción de la guerra. Es importante tener presente los cambios que se presentaron en la estrategia, táctica, organización, logística, sanidad, ciencia y tecnología, psicología del soldado, pero también, en las problemáticas contemporáneas relacionadas a la búsqueda de opciones estratégicas a partir de los modelos estratégicos.

En ese sentido se tomó como aspecto de comparación los modelos que el General francés André Beaufré construyó en el siglo pasado y que tienen plena vigencia actual; este breve estudio de la historia se inicia en la Revolución Francesa de 1789 y concluye en la guerra de Vietnam (1955-1975); por la naturaleza del documento se acompañará el análisis con una rápida y muy general descripción histórica de cada evento bélico.

 

Aproximación teórica a los modelos estratégicos

Uno de los pensadores estratégicos más importantes es sin lugar a dudas el General francés André Beaufré (1902-1975), para muchos el mejor tratadista estratégico después de Clausewitz; fue muy influyente en los teóricos de las relaciones internacionales con sus publicaciones “Introducción a la Estrategia” y “Disuasión y Estrategia”, motivando una auténtica revolución del pensamiento estratégico. Incluso, Sir Vasile Liddell Hart, calificó a su “Introducción a la Estrategia” como el tratado de estrategia más completo que publicó su generación (García, 2001: 72). Beaufré considera que la estrategia es una dialéctica de voluntades que emplea una fuerza para resolver conflictos y así alcanzar los objetivos establecidos por la política, utilizando de la mejor manera los medios disponibles.

Este pensador francés desarrolló lo que se podría llamar un balance estratégico con una comparación de recursos, libertad de acción, comparación de medios y objetivos deseados. En este sentido considera que todas las posibles acciones estratégicas, que son resultantes del planeamiento estratégico, pueden ser encuadradas en uno de los cinco modelos: la amenaza directa, la presión indirecta, las acciones sucesivas, la lucha prolongada y la acción directa. (Escuela Superior de Guerra "Tte Grl L. M. Campos". 2013: 39-40)

  • La amenaza directa es aquella en la que se emplea medios poderosos y para la que se debe contar con una adecuada libertad de acción, apoyada por la amenaza o disuasión nuclear. En esta se emplea una estrategia directa y se considera que es la gran contribución de Beaufré a estos modelos. Para ello, el actor estratégico debe tener la certeza de que es realmente superior a su adversario y que, además, el objetivo que se persigue no es de vital importancia; aquí también la coacción juega un papel importante. En este modelo se pretende provocar en el adversario un temor a partir de la sola amenaza, para que éste acepte las condiciones que se le pretenden imponer y también para que cambie sus pretensiones de alterar el statu quo imperante. La disuasión pasa a ser el elemento central de este modelo (Ibáñez, 1993: 28).
  • La presión indirecta está caracterizada por el empleo de acciones políticas, económicas y diplomáticas y se emplea idealmente cuando no se dispone de medios importantes; el actor estratégico tiene claro que no posee una apreciable libertad de acción y no tiene una marcada superioridad, por lo cual no le será conveniente entrar a una resolución directa, su accionar entonces debe orientarse desde otras áreas, eludiendo la decisión. La estrategia empleada es indirecta.
  • Las acciones sucesivas se emplean cuando los medios son reducidos, se quiere alcanzar objetivos decisivos y cuando se cuenta con una libertad de acción reducida. Se puede emplear tanto la estrategia directa como la indirecta y se fundamentan en las ideas de Liddell sobre la aproximación indirecta. Es aplicable a naciones fuertes defensivamente y con una privilegiada ubicación geográfica.
  • El conflicto prolongado de baja intensidad se busca cuando el objetivo es decisivo, vital, se tiene una importante o gran libertad de acción, pero no se dispone de recursos suficientes para decidir militarmente un conflicto. Se busca entonces el desgate moral, la guerra psicológica contra el adversario, generando así un conflicto prolongado y de baja intensidad, lo cual sucede generalmente en las guerras de liberación y que fue aplicado exitosamente en las guerras de descolonización (Ibáñez, 1993: 29); se emplea en este modelo la estrategia directa.
  • El conflicto violento o frontal está ideado para una decisión militar violenta ya que se tiene la certeza de contar con medios potentes, muy superiores al adversario. Los objetivos son importantes, la libertad de acción no es la adecuada para otras opciones y se emplea la estrategia directa. Napoleón fue un clásico ejecutor de este modelo, siendo sustentado teóricamente por Clausewitz (ECEME, 2011: 27-28).

 

Los modelos estratégicos en la historia de la guerra

Sobre la base de los modelos estratégicos planteados por el General André Beaufre, a continuación, se realizará una aproximación a la historia de la guerra, desde la Revolución Francesa (1789) hasta la guerra de Vietnam (1955-1975), buscando caracterizar la utilización de estos modelos en los principales hechos bélicos del período señalado. Para tal efecto, los eventos principales que se abordarán, debido a su importancia y que marcaron un momento de inflexión en la historia, serán los siguientes: La Revolución Francesa y Napoleón Bonaparte, el siglo XIX y los imperialismos, la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, así como la guerra de Vietnam.

 

La Revolución Francesa y Napoleón

La línea de tiempo del presente estudio se inicia con la Revolución Francesa de 1789, hecho histórico culminante que marca el fin de la Edad Moderna y comienzos de la Contemporánea. Su importancia en el devenir histórico de Occidente es determinante y ha sido estudiada muy al detalle en cuanto a sus causas y efectos. En resumen, el mundo a partir de entonces fue muy diferente.

Con anterioridad a la Revolución habían tenido lugar dos hechos bélicos importantes: la guerra de los Siete Años (1756-1763) y la guerra por la Independencia Norteamericana (1775-1783); el primer conflicto confirmó a Prusia como superpotencia europea y a Gran Bretaña como primera potencia naval del mundo. Estas potencias se enfrentaron a España, Francia, Austria y Rusia. El Estado francés fue el gran perdedor, en especial en lo referente a su extenso imperio colonial. En cuanto a la guerra de Independencia Norteamericana, fue posiblemente el primer conflicto que potencias europeas libraban en otro continente y allí participaron de diferente manera Gran Bretaña, Francia y España.  A pesar de los importantes intereses europeos, las Trece Colonias proclamaron su independencia y se creó un nuevo Estado.

Entre 1740 y 1825, años en que sucedieron las guerras de los Siete Años, de Independencia Norteamericana y las Napoleónicas, fue un período decisivo en la historia de la guerra, al punto que Martínez (2001: 185) considera que se transformaron los ejércitos como no había pasado en mucho tiempo. Lo más importante se produjo en la concepción misma de la guerra, surgiendo a partir de la Revolución Francesa la guerra nacional, concebida ya no para defender a un monarca sino a toda una nación; surge con esta Revolución el concepto de pueblo en armas.

Para Lynn (2010: 195-201-202), la Revolución y la guerra cambiaron la faz y el corazón del mundo occidental; la Revolución Francesa materializó la nación en armas y el nacionalismo fortaleció la idea occidental de la disciplina.  Sólo en 1794 consiguieron enlistar a un millón de personas. Así, el decreto de Lazare Carnot, de 23 de agosto de 1793, el mismo que fue refrendado por la Convención, el 23 de agosto de 1793 expresaba:

Todos los franceses son llamados por su país para defender la libertad. Los jóvenes irán al frente; los hombres casados forjarán armas y transportarán alimentos, las mujeres harán tiendas y ropas y trabajarán en los hospitales, los niños harán vendas usadas; los viejos serán llevados a las plazas para levantar el ánimo de los combatientes, para enseñarles el odio a los reyes y la unidad republicana. (Puell, 1976: 61).

Una vez consolidado el nuevo Gobierno revolucionario francés, Francia pasó a constituirse en una preocupación importante para las monarquías europeas que pronto se unieron contra el primer Estado revolucionario. A pesar de enfrentar sola y aislada la invasión de potencias europeas, se convirtió en una amenaza militar creciente para sus vecinos, por la nueva configuración de su ejército, fundamentado en el instinto táctico, el espíritu revolucionario, la flexibilidad en su logística y en la organización (Liddell, 1984: 177-178).

Ante el riesgo probable de la desaparición del Gobierno y los ideales revolucionarios de la libertad, que pondrían en peligro la supervivencia de la Revolución, Francia abandonó el modelo de guerra limitada y recurrió a la implantación de un innovador pensamiento militar dirigido a la gestión de grandes masas de soldados, aprovechando el potencial poblacional de la nación agrupados en una organización divisionaria en la cual los ejércitos marchaban y combatían juntos (Calvo, 2013: 92-93).  

El Comité de Seguridad Pública de la Revolución canalizó las posibilidades militares del Estado, generó una drástica economía de guerra, masificó el servicio militar haciéndolo universal, pasó a la ofensiva, yendo más allá de sus fronteras y derrotando a la coalición conformada por Austria, Prusia, Gran Bretaña, Holanda, Cerdeña y España (Palmer, 1992: 122-123). En esta defensa y expansión de la Francia revolucionaria, Napoleón Bonaparte hizo su aparición estelar.

Estas guerras de la Revolución Francesa se prolongaron hasta 1815 y tuvieron como personaje central a Napoleón Bonaparte que asumió en 1799 el cargo de Primer Cónsul. Napoleón organizó los grandes ejércitos que llegaron en 1812 a sobrepasar el millón de soldados desplegados en Europa continental (Keegan, 2014: 464).

Convencido de su capacidad como estratega, Napoleón siempre concedió una importancia absoluta a la gran batalla y lo que importaba era llegar al grueso de la formación enemiga para destruirlo; el resto se daría por añadidura; por ello, siempre trató de llegar a la decisión lo más pronto posible (Chandler, 1994: 6)

Como nos refiere Tolstoi, (1985: 546-547) cuando se describe una guerra el historiador general no busca las causas de los acontecimientos en el poder de un solo personaje, sino de las reciprocas influencias de muchas personas ligadas al hecho. Los grandes personajes son producto de su tiempo y su poder es el resultante de las fuerzas, mientras que otros historiadores sostienen que es ese poder, de los grandes personajes, el que produce los sucesos en la historia. En ese sentido mientras algunos sostienen que Napoleón es el producto de la Revolución Francesa y de las ideas de 1789, otros piensan que fue el líder corso, con su voluntad, quien detuvo y aplastó el desarrollo de este ideario revolucionario.

Las condiciones imperantes en el escenario europeo de ese entonces obligaron a que la Francia revolucionaria adoptase un modelo estratégico que se inscribía en el conflicto violento, frontal, toda vez que su supervivencia estaba en juego. Por tanto, el objetivo perseguido era vital y al mismo tiempo se contaba con escasa libertad de acción. La transformación de la organización y movilización bajo el precepto del pueblo en armas determinó que se pudiese contar con fuerzas numéricamente superiores y con capacidad de acción apoyada por una logística fundamentada en la explotación de los recursos locales. La estrategia directa, fundamentada en la resolución militar fue aplicada y dio buenos resultados. El Imperio napoleónico también empleó este modelo ya que el emperador actuó contundentemente para evitar que las sucesivas coaliciones derrumbasen su imperio.

Sin embargo, es importante considerar que este modelo estratégico de lucha violenta y frontal no fue el único aplicado por Napoleón como emperador de la Revolución, ya que como anota Paret (1992: 141) el líder francés integró la diplomacia y la violencia, lo que complementó, además, con el aislamiento político de sus adversarios. Si bien no evitó la conformación de alianzas entre las potencias europeas, se puso a favor de unos y de otros para así dilatar la integración de sus fuerzas aliadas. Con esto era evidente que las fuerzas de los imperios se viesen obligadas a manejar tiempos diferentes y así concurrir por separado a las batallas. Esto implicó que Napoleón, en determinadas etapas de su poder sobre Europa, aplicó el modelo estratégico de acciones sucesivas ya que el objetivo seguía siendo vital, pero, al no poseer una superioridad evidente y significativa, ni tampoco una apropiada libertad de acción, escogió aproximarse por etapas, sincronizando admirablemente sus campañas y presiones sobre las potencias europeas. Así, en 1860, Inglaterra y Rusia, impotentes, caían en cuenta que su aliado Prusia era derrotado militarmente.

 

Siglo XIX, los imperialismos y el resurgimiento alemán

Una vez que Napoleón Bonaparte salió de la escena histórica, las potencias europeas trataron en 1815 de reconstruir el sistema continental que seguía siendo precario; inmediatamente después de la batalla de Waterloo, el zar Alejandro I de Rusia, convertida en la potencia victoriosa y Lord Castlereagh, ministro de Relaciones Exteriores británico, invocaron los intereses colectivos europeos a partir de los pactos de la Santa Alianza (Rusia, Prusia y Austria) y de Garantía, firmados en 1815 y que viabilizaban el reparto de Europa y la restauración monárquica (Reunovin, 1998: 37). Eran momentos de consolidar un equilibrio y orden continental bajo el liderazgo de las dos potencias visibles: Rusia e Inglaterra. También se hicieron evidentes los intereses de estas potencias y el recelo entre ellas. Además, después del Congreso de Viena (noviembre 1814-junio 1815) y del consiguiente reparto del mundo, Gran Bretaña se convertía en la primera potencia mundial, marcándose además el declive de España y Francia.

Prusia, parte del bando triunfante, era entonces una potencia secundaria con escasa capacidad demográfica, con problemas sociales y económicos derivados de las guerras napoleónicas y con un relativo aislamiento geográfico. A pesar de ello y durante las últimas décadas del siglo XIX fue el Estado que mejor asimiló los cambios políticos y sobre todo militares y que se preparaba para ser el protagonista principal en el escenario europeo de fin de siglo.

Durante el siglo XIX se vivió la transformación más radical de la guerra desde el Neolítico, lo cual no fue entendido por la mayoría de los decisores políticos y estrategas militares de aquel entonces. Sólo algunos países como Prusia comprendieron las transformaciones que se estaban dando en lo ejércitos, con la ampliación del campo de batalla, los avances tecnológicos, las necesidades de coordinación y sincronización de grandes masas de tropas (Martínez, 2001: 231-232).

Por la contribución a la historia de la guerra contemporánea, a continuación, se abordarán los acontecimientos que permitieron a Prusia convertirse en la potencia continental, lo que tuvo su máxima expresión en la guerra Franco - Prusiana y en la proclamación del Imperio Alemán, eventos que también fueron los antecedentes para los conflictos mundiales que sucedieron en el siglo XX.

En 1864 tenía lugar en el norte de Europa, un conflicto al que no se le prestó mucha atención: la guerra de los Ducados entre Prusia y Dinamarca, en la cual toman relieve el liderazgo político de Otto Von Bismark, el canciller de hierro y el liderazgo estratégico del general Von Moltke, quien luego de que le confirieran el mando necesario, realizó una campaña relámpago que afirmó su nombre y dio confiabilidad a su pericia como estratega. Esta fue también la prueba real de la reorganización militar o modernización de la maquinaria bélica prusiana, lo que además viabilizó el papel hegemónico de Prusia en los asuntos germanos, así como el inicio de la unificación alemana.

Dos años después de la guerra contra Dinamarca, en 1866, Prusia entraba en guerra con Austria y allí Moltke evidenció la eficacia de los nuevos planes de movilización, así como del funcionamiento de los estados mayores. Su nombre se tornó célebre al materializar el ideal de Clausewitz sustentado en su obra “De la guerra”, esto es, la victoria decisiva por medio de una batalla de destrucción, la de Sadowa (Leach, 1975: 17-18).

De la guerra fue un libro de espoleta retardada; pero cuando el ejército prusiano libró las guerras de hegemonía en Alemania, ya estaba impregnado de esas ideas, y las victorias logradas en 1866 y 1870-1871 hicieron que, a partir de entonces, la diplomacia del nuevo imperio alemán siguiera la misma directriz...  (Keegan, 2014: 471).

Según Clausewitz (1922: 42-44) la guerra es un grave medio empleado para un grave fin; se origina en una situación política y estalla por un motivo político; es un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de las mismas con otros medios. Los escritos de Clausewitz, interpretados por su alumno Von Moltke influyeron para que este estratega cooperase con Bismarck y así se clarificara la relación de lo político con lo estratégico. Como nos refiere Martínez (2001: 240), en el siglo XIX se rompe definitivamente la figura del rey guerrero, se clarifica la subordinación de las operaciones militares a los fines políticos y se separa la dirección militar de la dirección política.

Posiblemente uno de los conflictos bélicos de mayor incidencia en la historia contemporánea fue la guerra entre Francia y Prusia (1870-1871). Para entonces, Bismarck había generado las condiciones necesarias para contar con la capacidad política y militar que le asegure una victoria definitiva y, por tanto, escaló el conflicto diplomático que existía entre las dos potencias. Con las acciones llevadas a cabo en los años anteriores, Prusia como líder de la confederación de Estados alemanes, podía ya disponer de aproximadamente medio millón de soldados y estaba listo para ejecutar las acciones estratégicas preliminares (movilización, concentración y despliegue) en plazos insospechados para esa época[1].

  Bismark y Moltke mantuvieron siempre diferencias, pero en lo que estaban de acuerdo era en el hecho de que la campaña sobre Francia debía ser breve y decisiva, toda vez que, por su situación geoestratégica, Prusia estaba rodeada de enemigos potenciales y no podría correr los riesgos de un extenso conflicto. En ese contexto la batalla de Sedán (1870) marcó para la historia militar la apoteosis de Von Moltke y su envolvimiento estratégico, lográndose la rendición de 100.000 soldados y del propio emperador francés Napoleón III. Esta batalla junto con el bombardeo de París ordenado por Bismarck (1871) fue trascendente y el 18 de enero de 1871 se proclamaba en el Palacio de Versalles, en el corazón de Francia, el Segundo Imperio Alemán con Guillermo I de Prusia como emperador. Así se cerraba la unificación de los pueblos alemanes y el siglo XIX concluía con Gran Bretaña y Alemania como superpotencias.

En lo referente al modelo estratégico empleado, este fue de acciones sucesivas, toda vez que los objetivos marcados por Prusia para iniciar la unificación alemana eran decisivos. Los prusianos no contaban con la suficiente libertad de acción puesto que debían asegurar que Austria y Francia no interviniesen en su contra; además no disponían de medios significativamente superiores. Bismark calculó minuciosamente para conseguir el apoyo austriaco en el ataque a Dinamarca; consiguió también que Napoleón III, emperador de Francia se mantuviese al margen a cambio de que Prusia apoyase los intereses franceses en Italia. Dos años después, Prusia generó el cuadro conflictivo para entrar en guerra con Austria (1866) a la cual derrotó en siete semanas, decidiendo así el liderazgo de la Confederación Germánica. Posteriormente se encargaría de Francia con mayor libertad de acción, pero con la certeza de que debía actuar decidida y rápidamente con todo su poder militar.

 

La Gran Guerra o la Primera Guerra Mundial (1914-1918)

Cuando se firmó el Tratado de Frankfurt en mayo de 1871, se puso fin a la guerra entre Francia y Prusia. También se marcó un nuevo statu quo en la política internacional de Occidente; sin embargo, este tratado era desde todo punto de vista lesivo a los intereses nacionales franceses y trataba de evitar que Francia resurgiese como potencia, a la vez que limitaban sus ideas revolucionarias. Se acordó que la provincia francesa de Alsacia y parte de Lorena pasarían al Imperio Alemán. Además, Francia fue obligada a pagar una indemnización de guerra de cinco billones de francos de oro y a financiar los costos de ocupación alemana de las provincias del norte, hasta el pago de la indemnización.

Estas circunstancias provocaron sentimientos de revanchismo francés en todos sus componentes sociales, desde los dirigentes hasta el pueblo y sobre todo en sus militares que buscaban recuperar el honor y devolverle épocas gloriosas a su nación. Mientras Gran Bretaña y Alemania[2] disputaban el poder o la supremacía, Francia preparaba su revancha. Fue así como este inusual período de paz que vivía Europa y se lo llamó la paz armada, evidenciaba una carrera armamentista sin precedentes. En ese contexto, las potencias se iban agrupando en alianzas con miras a un futuro violento que ya se advertía. En 1882 surgía la Triple Alianza integrada por los Imperios Alemán, Austro -Húngaro e Italia[3], en tanto que en 1907 Gran Bretaña, Francia, Rusia y posteriormente Serbia constituían la Triple Entente[4]

El escenario político y estratégico estaba cambiando; las guerras prusianas de Von Moltke eran diseñadas para ser breves y violentas, siguiendo una línea de pensamiento de Napoleón y Clausewitz, siendo el objetivo fundamental la destrucción del ejército de campaña enemigo. En ese sentido se privilegiaba la concentración, el ataque sorpresivo y violento, así como una persecución implacable; esto se tornó doctrina. Su sucesor, Von Schlieffen, jefe del Estado Mayor alemán hasta 1906, estaba en cambio muy preocupado por la posibilidad de que Alemania tenga que enfrentar a potencias en dos frentes (Rusia y Francia) y los planes alemanes se inclinaban, ante esta probabilidad, con un ataque letal y violento a Francia mientras que, con el apoyo austriaco, se contendría a Rusia (Keegan, 1978: 14-15).

El escenario geoestratégico europeo, a comienzos del siglo XX, estaba marcado por las disputas entre las potencias, como ya se explicó anteriormente. La crisis otomana dejó un vacío de poder en los Balcanes, el mismo que fue disputado por las potencias europeas y aprovechado por Serbia, triunfador en las guerras balcánicas (1911-1913) y que como pueblo eslavo contaba con el apoyo de Rusia. El Imperio Austro-Húngaro invadió Bosnia – Herzegovina y las tensiones entre austriacos y serbios escalaron peligrosamente, llegando al momento de crisis cuando el heredero del trono austriaco, el archiduque Francisco Fernando de Habsburgo y su esposa Sofía Chotek fueron asesinados el 24 de junio de 1914 en Sarajevo por el anarquista serbo bosnio, Gavrilo Princip.

El conflicto ya no fue maniobrable, no pudo ser evitado y Austria-Hungría declaraba la guerra a Serbia el 28 de julio de 1914; inmediatamente  Rusia movilizaba su inmenso ejército en apoyó a sus hermanos eslavos, por lo que Alemania le declaró la guerra y de allí en adelante empezó una serie de declaraciones de guerra entre los países que integraban la Triple Alianza y los aliados que apoyaban a la Entente[5]. Posteriormente Japón declararía la guerra a Alemania (24 de agosto de 2014); y los Estados Unidos de Norteamérica, luego del hundimiento del buque Lusitania entrarían en guerra con Alemania el 2 de abril de 1917, con lo que la guerra fue mundial.

En los inicios de la guerra, todas las potencias beligerantes tomaron una actitud ofensiva. Alemania, en aplicación al Plan Schlieffen, invadió Francia a través de Bélgica, Francia siguiendo su Plan XVII intentó reconquistar Alsacia y Lorena; Rusia invadió el este de Prusia; Austria – Hungría invadió Polonia; los resultados fueron desastrosos y antes de terminar el primer año de guerra ya había 900.000 bajas (Howard, 1992: 527).

En cuanto al inicio de la guerra, el jefe del Estado Mayor alemán, Von Moltke (el joven) en concordancia con el plan diseñado por Alfred Von Schlieffen y fiel a los principios y modelo estratégico heredado de Helmuth Von Moltke, determinó que era imposible una guerra limitada y que se debía dar una batalla de aniquilamiento decisiva y total, para lo cual y al no haber el suficiente espacio de maniobra en la frontera con Francia para realizar el envolvimiento estratégico, era imperativo invadir Bélgica y los Países Bajos. Esto, mientras el VIII Ejército alemán apoyado por Austria – Hungría, contenía un posible avance ruso hacia Prusia Oriental.

Francia, en cambio, intentó realizar lo previsto en sus planes, esto es una ofensiva sorpresa en Lorena para destruir a buena parte del ejército alemán antes de que pudiese realizarse la movilización, pero terminó en un desastre que les costó en las tres primeras semanas de guerra más de 400.000 bajas.  Mientras tanto, los alemanes avanzaron a través de un gran envolvimiento por territorio belga, pero Von Moltke no arriesgó, demoró el avance y se creó una brecha que fue aprovechada por un contrataque franco – británico. Los envolvimientos fracasaron y la intención de ocupar las costas del canal de la Mancha provocó una paralización en el frente occidental. Los ejércitos quedaron frente a frente, sin poder avanzar, se vieron obligados a fortificarse y cayeron en una situación estática, en la terrible guerra de trincheras con elevados costos humanos.

Por ello, uno de los elementos característicos en el desarrollo de loes eventos de la Primera Guerra Mundial, fue el mayúsculo fracaso estratégico que se dio en el frente occidental por la paralización de operaciones y la costosa ruptura estratégica para recuperar la maniobra. 

Otro de los aspectos singulares de esta guerra es, como nos refiere Calvo (2013: 105), el hecho de que, en lo concerniente a la dirección de la guerra y la estrategia, los parlamentos de las democracias europeas suspendieron sus sesiones y dejaron que los militares resolviesen satisfactoriamente la guerra, por lo que no hubo espacio de negociación puesto que el mando militar, en especial el alemán, era casi dictatorial.

Ya refiriéndonos a los modelos estratégicos aplicados, Alemania empleó las acciones sucesivas, para tratar de resolver de la manera más rápida y contundente la situación en el Occidente europeo. Su objetivo era decisivo, llegar a París y destruir la voluntad de lucha de Francia y sus aliados; para esto contaba con medios poderosos, con capacidades militares modernas, pero no las suficientes para destruir violentamente a los aliados. Tenía poca libertad de acción, con lo que la sincronización era importante y por ello arrolló a Bélgica en 1914, con el fin de arrasar la resistencia francesa con un envolvimiento estratégico y así estar en condiciones de dirigir posteriormente su grueso contra Rusia en el Este. Al adueñarse entonces de Europa continental dificultaría las intenciones británicas. El Plan ideado fracasó cuando se detuvo su avance y se cayó en la guerra de desgaste en las trincheras.  En el Este fue exitoso gracias a la capacidad de los mariscales Hindenburg y Ludendorff, así como a la llegada de la Revolución Rusa (1917) que determinó la rendición de esa potencia.

Las fuerzas aliadas también emplearon las acciones sucesivas, tomando en cuenta el importante avance inicial de Alemania; sus objetivos eran decisivos: evitar ser conquistados. Además, tenían poca libertad de acción y sus recursos no eran superiores a las potencias centrales; recién con la entrada de Estados Unidos en la guerra pudieron pasar a la ofensiva general. Los británicos y franceses trataron de aplicar la estrategia indirecta, atacando a las fuerzas austriacas y turcas en los otros frentes de operaciones, pero fracasaron y los desembarcos en Galípoli y Salónica ocasionaron graves pérdidas. La acumulación de fuerzas aliadas determinó que, al fin de la guerra, un millón y medio de soldados aliados continuasen empleados en frentes secundarios, contradiciendo así los principios de la estrategia indirecta (Martínez, 2001: 319-321).

 

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945)

Como manifestaba el general Karl Guderian (1953: 285), el pueblo alemán no es más guerrero que los otros pueblos europeos, pero “habita en el centro de la casa” y a lo largo de su historia, sólo rara vez, ha podido desviarse de los conflictos declarados por sus vecinos. Esta condición geoestratégica, además de las injustas imposiciones del Tratado de Versalles y la llegada del nacional socialismo al gobierno alemán, determinaron que nuevamente el conflicto bélico generalizado hiciese su aparición en el escenario europeo.

Si bien Clausewitz fue el estratega más influyente hasta la Primera Guerra Mundial, los graves traumas poblacionales, la destrucción de los Estados y la fragmentación en que quedaron los países por efecto de esas grandes batallas de aniquilación, que buscaban la destrucción de la fuerza enemiga, influyeron en los estrategas de esa posguerra para orientar sus esfuerzos hacia otro objetivo menos traumático y más efectivo. Para entonces se volvió más importante la destrucción de la voluntad de lucha, el efecto psicológico, la sorpresa e incertidumbre para agotar al adversario en frentes secundarios. Por tanto, adquirió plena vigencia la estrategia de aproximación indirecta sustentada por Liddell Hart, el mismo que desde ese entonces pasaba a convertirse en el estratega más influyente y cuya vigencia se mantiene hasta nuestros días.  Posiblemente el país que asimiló estos cambios de manera más rápida y apropiada fue la propia Alemania, la misma que en 1930 tomaba ventaja sobre el resto de potencias. (Calvo, 2013: 106-110).

La Segunda Guerra Mundial pasó a ser una continuación de la Primera, pero superó el estatismo de ésta, sentando las bases de la guerra moderna. Los estrategas franceses seguían creyendo que sólo la ofensiva tenía un carácter decisivo, aunque con previsiones defensivas como la construcción de la Línea Maginot. En cambio, Alemania tomó otro camino; sus reformas consideraban adaptar las nuevas armas (aviones y tanques de guerra) a los ataques profundos; eso fue probado en su participación en la Guerra Civil Española (1936-1939).

Cuando en 1934 Adolfo Hitler accedió al poder alemán, su discurso y convicción era la de recuperar el honor nacional perdido en la Primera Guerra Mundial, y entendió la guerra desde una perspectiva psicológica y moral. Ocupó Renania en contra de lo prescrito en el Tratado de Versalles, decretó la anexión de Austria y ocupó Checoeslovaquia, prácticamente sin oposición de las potencias europeas que se mostraban cautas y hasta temerosas. En 1938, a través de amenazas y declaraciones de paz, acalló a los líderes europeos; anexó Prusia Oriental y exigió a Polonia el derecho de paso y la devolución de Danzig. Por el respaldo que Gran Bretaña y Francia le aseguraron a Polonia, era evidente que estallaría la guerra y Alemania tendría que combatir en dos frentes. Alemania arriesgó y atacó violentamente Polonia el 1 de septiembre de 1939 y contó con el apoyo soviético por efecto del Pacto de no agresión[6] entre las dos potencias, lo que incluía la división polaca (Martínez, 2001: 373-374).

Los objetivos que perseguían los países beligerantes eran, de manera general, los siguientes: (Fuller, 1988: 31-41)

  • Gran Bretaña tenía como prioridad la conservación del equilibrio de poder en Europa y el mundo; por lo tanto, cualquier potencia cuya política exterior amenazase su imperio era su enemiga. Su objetivo de guerra no era la aniquilación sino la conservación del equilibrio vigente.
  • Francia en lo que respecta a su prioridad política pretendía siempre asegurar su frontera Este y mantener dividida a Alemania, que era la potencia continental que podría rivalizar con Francia.
  • Para la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) no era conveniente una guerra ya que Stalin trataba de consolidar la Nueva Política Económica y sus ejércitos estaban debilitados por la purga de 1934, donde fueron eliminados 35.000 soldados. Le interesaba que se diese una guerra entre potencias capitalistas para que se facilitase el desarrollo de las revoluciones comunistas.
  • Para Alemania, bajo el ideario de Hitler la premisa fundamental era asegurar un espacio vital, un “lebensraum”; por tal motivo no sólo pretendía recuperar los territorios perdidos en la Primera Guerra Mundial, sino ocupar todos los territorios que correspondiesen a la nación alemana. Su posición geográfica central era un peligro porque la obligaba a prever conflictos en varios frentes; por ello el Pacto de no agresión con la URSS fue fundamental, hasta que Hitler decidió lo contrario ya que una de sus prioridades político – ideológicas era acabar con el comunismo.
  • Los Estados Unidos de Norteamérica habían salido de la Primera Guerra Mundial no sólo como el mayor acreedor del mundo, sino como la primera potencia mundial; por ello y para cumplir con sus intereses nacionales, buscaban mantener ese equilibrio de poder en el mundo y también para ellos era muy importante apoyar a su aliado, Gran Bretaña. Con el ataque japonés a Pearl Harbor[7] ingresó en la Segunda Guerra Mundial.
  • El Japón era la potencia dominante de Asia y rivalizaba esta condición con los intereses de la URSS y de potencias extra continentales (EE.UU., Inglaterra, Francia y Países Bajos). Su objetivo buscaba consolidar su posición de potencia regional y alejar del extremo oriente a las potencias europeas y a los EEUU.  La caída y el posterior resurgimiento de China como potencia asiática fue un punto clave en la rivalidad con EE.UU. hasta llegar a posiciones irreconciliables que aceleraron el estado de guerra entre esas potencias (Clayton, 2012: 725).

Con una conducción militar brillante en lo estratégico, operativo y táctico, Alemania y su aliado Japón logaron expandir sus dominios en Europa y el Asia. Sin embargo, el agotamiento industrial al sobrellevar durante un extenso tiempo una guerra en varios frentes y notables equivocaciones estratégicas como la invasión a la URSS en cumplimiento al Plan Barbarroja (junio de 1941) y el ataque sorpresivo a la base norteamericana de Pearl Harbor (diciembre de 1941), cambiaron el curso de la guerra. 

Como nos refiere John F. Fuller, (1988: 254-255-273) el fracaso alemán en la toma de Moscú[8] fue seguido de otro error, el cambio de la línea de operaciones; esto coincidió con la entrada de EE.UU. en la guerra y marcó también la pérdida de la iniciativa estratégica que llevaba Alemania. Japón, en cambio, perdió su iniciativa en la guerra, a partir de la batalla de Midway (junio 1942) cuando cambió el equilibrio del conflicto mundial y EE.UU. y los Aliados se preparaban para invadir el archipiélago japonés.

En el ámbito de la estrategia, la Segunda Guerra Mundial revolucionó el pensamiento estratégico, consolidando el empleo del poder aéreo, la aparición del arma nuclear, la mecanización de los ejércitos y la importancia de las operaciones anfibias, así como del bombardeo estratégico. Tuvieron especial importancia las operaciones profundas y con fuerzas altamente móviles, lo que pasó a denominarse guerra relámpago. Al mismo tiempo la radio reinó en las comunicaciones tácticas. Además, se consolidó la dirección política de la guerra (Martínez, 2001: 407-414).

En esta guerra, por sus características estratégicas y operativas, así como por ser librada en varios frentes y escenarios, es difícil establecer modelos estratégicos fijos; por tanto, se relievarán los que fueron empleados por las principales potencias beligerantes.

En cuanto a Alemania, antes del inicio de la guerra, esto es entre 1936 y 1939, Hitler empleó un modelo estratégico de acciones sucesivas, combinando la amenaza directa con acciones de fuerzas limitadas; su condición de nación fuerte defensivamente, pero que no poseía una ventaja abrumadora y que buscaba alcanzar resultados progresivamente, facilitaron este modelo (Ibáñez, 1993: 28). Posteriormente, ya iniciada la guerra y con éxitos inmediatos, siguió un modelo de lucha frontal, con la conquista de la mayor parte del continente europeo e incluso invadiendo la URSS; la adopción de este modelo estratégico significaría la pérdida de la guerra.

Los países aliados, una vez completados los preparativos y cerrados los acuerdos políticos en la conferencia de Teherán (1943), aplicaron un modelo estratégico de lucha frontal o conflicto violento para decidir la guerra y fue así como a partir del desembarco en Normandía (Operación Overlord 1944) se estableció como objetivo decisivo el reconquistar Europa, llevando la guerra a territorio alemán para destruir el régimen de Hitler y su voluntad de lucha. La libertad de acción no era total y se disponía de los medios más importantes que una fuerza combinada tenía en toda la historia de la guerra.

 

La guerra revolucionaria: Vietnam el mejor ejemplo

Mao Tse - tung es considerado el ideólogo de la teoría de la guerra prolongada y su éxito le permitió vencer en la Revolución China (1945-1949); este modelo fue el posteriormente adoptado exitosamente por Vietnam en su guerra de independencia contra Francia (1946-1954) y después contra los Estados Unidos (1955-1964). En su generalidad, Mao sostenía que se podía derrotar a enemigos más poderosos si se difería la decisión, si se los llevaba al agotamiento; la lucha no debía ser exclusivamente armada, sino también política y debía llevarse del campo a las ciudades, sin premura y mediante etapas marcadas por: la subversión, la insurrección guerrillera y la formación de una tropa regular. Afirmaba también que la ocupación territorial no aseguraba ni la destrucción de la capacidad militar enemiga ni la capitulación. Además, creía que la guerra de guerrillas y su influencia podría extenderse rápidamente por el mundo y que las tropas guerrilleras debían tener claro el objetivo político por el que luchaban (Rivas y Rodríguez 2010: 34-35).

La doctrina de guerra revolucionaria se expandió por el mundo llegando a ser una solución en las guerras de liberación nacional, pero también en muchos casos el seguir la ideología maoísta era un serio problema. El pensamiento de Mao era radical; afirmaba que: “cuando uno hace la revolución, en efecto, es preciso que todo el mundo lo haga, inclusive aquellos que no quieren saber. Es la dictadura del proletariado” (Loi, 1976: 51-52). Una de sus premisas fundamentales era que: “Si el enemigo avanza nos retiramos, acampa, lo hostigamos. Rehúsa el combate, atacamos. Se retira, lo perseguimos” (Malraux, 1968: 499).

La mejor aplicación de la guerra revolucionaria fue posiblemente la guerra de Vietnam (1955-1975), en que luego de derrotar a las fuerzas coloniales francesas enfrentó exitosamente a la primera potencia del mundo. A manera de un resumen muy breve recordaríamos que Francia llegó a Indochina a mediados del siglo XIX, en plena expansión de los imperialismos, en especial de Gran Bretaña y Rusia, los mismos que trataban de asegurar rutas para llegar al corazón comercial de China. A comienzos del siglo XX, comenzó una oposición vietnamita de carácter clandestino en contra del emperador Bao Dai, que era un monarca títere de Francia; en este contexto apareció un líder político de prestigio, Ho Chi Minh, quién, en la dirección del Partido Comunista  indochino, impulsó la insurrección que derivó en la proclamación de la independencia de Vietnam (1945), iniciándose un complejo proceso de negociaciones que tuvo un desenlace violento.

El estratega militar vietnamita era Vo Nguyen Giap, quien se convertiría en uno de los más brillantes estrategas militares de la historia. Giap aprendió de Mao los principios de la larga guerra, cuando estuvo como refugiado en el cuartel general de Yenan y siguiendo la doctrina de guerra revolucionaria, aplicó sus principios cuando se enfrentó a una potencia superior como Francia, siguiendo cinco fases bien definidas: 1) movilización de las masas; 2) guerra de guerrillas; 3) larga guerra; 4) guerra móvil; y 5) ofensiva general (Keegan, 1975: 35-36). Su genio militar se conocería mundialmente en la épica batalla de Dien Bien Phu (1954).

Como consecuencia de los acuerdos de Ginebra (1954), Francia salió de Indochina. Fue entonces cuando Estados Unidos, preocupado por la pérdida de materias primas, en especial estaño y tungsteno, además consciente de la posición estratégica de Vietnam, hizo su aparición en el sudoeste asiático. Así, el presidente D. Eisenhower justificó la creciente ayuda norteamericana a Vietnam, el cual quedó dividido en dos países: el norte comunista, a cargo del Viet Minh, y Vietnam del Sur, pro occidental y afín a los intereses estadounidenses (Minué, 1985: 45-46)

Estados Unidos intervino masiva y directamente en el conflicto de Vietnam a partir del 2 de agosto de 1964, cuando el destructor Maddox fue atacado en el Golfo de Tonkín por patrulleras norvietnamitas. Desde esa fecha aumentó progresivamente sus fuerzas y acciones militares, en especial con masivos bombardeos aéreos contra las estructuras y tropas norvietnamitas. En 1968, el número de soldados norteamericanos llegó a medio millón. La Ofensiva del Tet (1968) marcó el momento de quiebre en la guerra; si bien sus resultados no fueron del todo favorables para Giap, las imágenes recorrieron el mundo y causaron gran impresión. El recién elegido presidente Richard Nixon comenzó a pasar la responsabilidad a Vietnam del Sur y repatriar a los soldados norteamericanos; se iniciaron conversaciones de paz en París.  En 1974, Giap comenzaba una ofensiva definitiva de Vietnam del Norte y en abril de 1975 entraba a Saigón, unificando Vietnam en una sola república de carácter socialista (Martínez, 2001: 495-500).

El modelo estratégico adoptado por Vietnam del Norte, bajo la conducción estratégica del general Vo Nguyen Giap se inscribe en la lucha prolongada, ya que el objetivo tanto contra los franceses como contra EE.UU., fue vital: la independencia y liberación de todo Vietnam. Los medios, comparativamente eran menores presentándose una pronunciada asimetría, en especial en lo tecnológico, en la calidad y disponibilidad de armamento, municiones y equipo; sin embargo, contaban con un conocimiento y adaptación en el difícil escenario geográfico cubierto de selvas y montañas, lo que les daba libertad de acción. El éxito fue el desgaste del enemigo. Giap diseñó una estrategia a largo plazo, no se oponían directamente en combates, soportaban importantes bajas y además se logró que la guerra fuese impopular entre los ciudadanos de los EE.UU. Al final, la victoria vietnamita fue completa.

 

Conclusión

Finalizado un muy breve recorrido de la historia de la guerra desde la Revolución Francesa a la guerra de Vietnam, se aprecia algunas certezas y muchas inquietudes y dilemas propios de la complejidad de este fenómeno humano. Desde la perspectiva de los modelos estratégicos que presentó uno de los más brillantes pensadores estratégicos de los últimos tiempos, el general André Beaufré, podemos apreciar que, en los principales conflictos bélicos de esta época, tienen primacía los modelos de lucha frontal o acción directa, el de acciones sucesivas y el de lucha prolongada.

El período estudiado no marca una mayor complejidad porque corresponde a acontecimientos en los cuales había una mayor certidumbre y por tanto el planeamiento y desarrollo de la guerra se realizaba sobre hechos evidentes y cercanas suposiciones. El paradigma estratégico dominante era la prevención, disuasión y respuesta.

En la actualidad y en el futuro inmediato se advierte que estos modelos estratégicos deben ser revisados, en la medida en que en esta sociedad del conocimiento o del riesgo, nuevas formas de conflictos emergen y marcan una complejidad e incertidumbre que pone a prueba los esquemas de pensamiento vigentes en el ámbito de seguridad y defensa.

 

Nota sobre el autor:

Galo Cruz es Director del Centro de Estudios Estratégicos de la Universidad de las Fuerzas Armadas ESPE, Ecuador; Profesor honoris causa de la Academia de Guerra del Ejército ecuatoriano, docente de Geopolítica y miembro del Grupo de Trabajo de Seguridad de FES/ILDIS.

 

Referencias:

Calvo, José (2013), “La evolución de la estrategia militar desde Clausewitz hasta la Segunda Guerra Mundial”, en Jordán, J (Coord.), Manual de Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional. Madrid: Plaza & Valdés, S.L, pp. 92-110.

Chandler, David (1994), “Jena 1806 Napoleón destruye Prusia”, España: Ediciones del Prado, p.6.

Clausewitz, Carl Von (1922), “De la Guerra”, Biblioteca del Oficial Vol. XLII, Buenos Aires: Taller Gráfico de L. Bernard, pp. 42-44.

Clayton, James (1992), “Estrategias Americana y Japonesa en la Guerra del Pacífico”, en Creadores de la Estrategia Moderna. Desde Maquiavelo a la Era Nuclear. Madrid: Ministerio de Defensa, p. 725.

Escuela Superior de Guerra "Tte Grl L. M. Campos" (2013), “Fundamentos Teóricos de la Estrategia. Bases para el Pensamiento Estratégico”. Recuperado de http://www.escuelasuperiordeguerra.iese.edu.ar/archivos/bppe_-_1parte.pdf

ECEME (2011), “Introdução a Estratégia”, Rio de Janeiro: CP/ECEME, pp. 27-28.

Fuller, J.F.C. (1988), “La II guerra mundial, 1939-1945: historia táctica y estrategia”, Círculo Militar, Buenos Aires: Talleres Ladino, p. 31-273.

García, Luis (2001), “La disuasión convencional”, Military Review, Marzo-Abril 2001, p.72.

Guderian, Heinz (1953), “Recuerdos de un soldado”, Barcelona: Editor Luis de Caralt, Talleres Gráficos Agustín Núñez, p.285.

Howard, Michael (1992), “Los Hombres contra el Fuego: La Doctrina de la Ofensiva en 1914”, en Creadores de la Estrategia Moderna. Desde Maquiavelo a la Era Nuclear. Madrid: Ministerio de Defensa, pp. 527-536.

Ibáñez, José (1993), “Un estratega francés: André Beaufre (1902-1975)”, Cuadernos de Estrategia No. 63, Madrid: Instituto Español de Estudios Estratégicos. Ministerio de Defensa, pp. 28.29.

Keegan, John (1975), “Dien Bien Phu”, Madrid: Ediciones San Martín S.L, pp. 35-36.

- (1978), “Agosto de 1914 irrompe a Grande Guerra”, Río de Janeiro: Ed. Renes Ltda, pp. 14-15.

- (2014), “Historia de la guerra”, Madrid: Turner Publicaciones, pp. 464-471.

Leach, Barry (1975), “El alto estado mayor alemán”, Madrid: Ediciones San Martín S.L, pp. 17,18.

Liddell, Hart B.H. (1984), “Estrategia La aproximación indirecta”, Buenos Aires: Publinautas S.R.L, pp. 177-178.

Loi, Michelle (1976), “Teoría Maoísta del Conocimiento”, Bogotá: Ediciones Praxis, pp. 51-52.

Lynn, John (2010), “Naciones en Armas”, en Historia de la Guerra", Madrid: Ediciones Akal, pp. 195-202.

Malraux, André (1978), “Antimemorias”, Buenos Aires: Editorial Sudamericana, p. 499.

Martínez, Antonio (2001), “Enciclopedia del Arte de la Guerra”, Madrid: Planeta, pp. 185-500.

Minué, Lázaro (1985), “Vietnam la guerra que nunca acabó”, Madrid: Ediciones San Martín, pp. 45-46.

Palmer, Robert (1992), “Federico el Grande, Guibert, Bulow: De las Guerras Dinásticas a las Nacionales”, en Creadores de la Estrategia Moderna. Desde Maquiavelo a la Era Nuclear, Madrid: Ministerio de Defensa, pp. 222-223

Paret, Peter (1992), “Napoleón y la Revolución en la Guerra”, en Creadores de la Estrategia Moderna. Desde Maquiavelo a la Era Nuclear (141). Madrid: Ministerio de Defensa, p. 141.

Puell, Fernando (1979), “La ideología militar europea en la época del imperialismo”, Revista de las Armas y Servicios, Ministerio del Ejército, No. 433, pp. 61-65.

Reunovin, Pierre (1998), “Historia de las Relaciones Internacionales”. Madrid: Priting Book S.A, p.37.

Rivas, Pedro y Rodríguez, María (2010), “La política de las armas. Conflicto armado y política en tiempo de insurrección”, Revista Enfoques, VIII, No.13, pp.34-35.

Tolstoi, León (1985), “La Guerra y la Paz”, Colombia: Oveja Negra Ltda, pp. 546-547.


[1] En dos semanas Von Moltke movilizó aproximadamente 500.000 combatientes para atacar a Francia y la movilización, así como el servicio militar obligatorio, implantado en Prusia en 1815, pasaron a convertirse en piedras angulares de la estrategia nacional.

[2] La salida del escenario político estratégico de Otto Von Bismarck, así como de Von Moltke, ya ancianos, determinó que el emperador alemán Guillermo I asumiese autocráticamente los destinos de la política exterior; eso le llevó a graves equivocaciones, como la de intentar rivalizar con Gran Bretaña en el dominio del mar y en la expansión colonial.

[3] En la Gran Guerra se unió el Imperio Otomano (octubre de 1914) y Bulgaria (octubre de 1915), en tanto que Italia no cumplió lo pactado.

[4] Durante el conflicto mundial se unieron Bélgica, Japón (agosto de 1914), Italia (mayo de 1915), Rumanía (junio de 1916), Portugal (marzo de 1916); Estados Unidos (abril de 1917); Grecia (junio de 1917); y también China y varios Estados latinoamericanos.

[5] En cuanto a las principales declaraciones de guerra se cumplieron las siguientes: Austria Hungría a Serbia (28 de julio de 1914 ;) Alemania a Rusia (1 de agosto de 1914 ); Alemania a Francia (3 de agosto de 1914); Alemania a Bélgica (4 de a agosto de 1914); Gran Bretaña a Alemania (4 de agosto de 1914); Rusia al Imperio Otomano o Turquía (4 de noviembre de 1914); Gran Bretaña y Francia declaran la guerra al Imperio Otomano (5 de noviembre de 1914); Japón a Alemania (24 de agosto de 2014);   Italia declaró la guerra al Imperio de Austria – Hungría ( 23 de mayo de 1915 ) y los Estados Unidos de Norteamérica a Alemania ( 2 de abril de 1917).

[6] Pacto firmado en Moscú el 23 de agosto de 1939, por los responsables de Relaciones Exteriores de Alemania y la Unión Soviética, Joachim von Ribbentrop y Viacheslav Mólotov respectivamente.  

[7] En 1940 se produce la invasión japonesa a Indochina, el 26 de julio de 1941; ante eso los EE.UU. congelaron fondos e inversiones japoneses; además Gran Bretaña, Holanda y sus aliados interrumpieron el comercio con Japón provocando que el petróleo de las Indias Orientales Holandesas dejase de llegar al país nipón. Este sería uno de los motivos principales para el ataque de la Armada japonesa a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941. Al día siguiente los Estados Unidos declaraban la guerra a Japón, entrando en la Segunda Guerra Mundial.

[8] En diciembre de 1941 la temperatura en Moscú y sus alrededores bajó a 40 grados centígrados bajo 0.

 

 
Español

          Licencia de Creative Commons

Revista de Estudios en Seguridad Internacional is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://www.seguridadinternacional.es/revista/.