Los consejos de al-Harawi sobre estratagemas de guerra: un manual político-militar árabe del siglo XII

OLGA TORRES

Universidad de Sevilla, España

 

Title: Al-Harawi´s Admonitions on The Stratagems of War: a 12th-Century Arab Political-Military Handbook

Resumen: El manual de al-Harawi constituye un ejemplo singular de los llamados espejos de príncipes, fue redactado en la época de las Cruzadas y destinado a consolidar el emergente Estado ayyubí de Saladino. En su momento, su peculiaridad consistió en la defensa del uso de artimañas y argucias en el ejercicio de un poder militar, y político, cuya sola mención debía causar temor y debilidad. En la actualidad, en los evidentes paralelismos que se encuentran entre algunos de sus postulados y los de Abu Bakr Naji en La gestión del salvajismo.

Palabras clave: Manuales militares, Edad Media árabe, Estratagemas, Actualizaciones.

Abstract: Al-Harawi’s manual presents a unique example of the so-called mirrors of princes, it was written at the time of the Crusades, and aiming at the consolidation of the emerging Ayyubi state of Saladin. At that time, its singularity lied in the defence of the use of trickery and stratagems in the exercise of a military, and political, power whose only mention ought to cause fearfulness and debility. Nowadays, in the noticeable parallels found between some of its premises and those in Abu Bakr Naji’s The Management of Savagery.

Keywords: Military handbooks, Arab Middle Ages, Stratagems, Updates.

Recibido: 15 de mayo de 2017

Aceptado: 26 de junio de 2017

Para citar este artículoOlga Torres, “Los consejos de al-Harawi sobre estratagemas de guerra: un manual político-militar árabe del siglo XII”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 3, No. 2, (2017), pp. 225-239. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.6.12

 

Introducción

Entre los llamados en Occidente espejos de príncipes, el Kitab al-tadkira al-harawiyya fi l-hiyal al-harbiyya (El libro de los consejos de al-Harawi sobre estratagemas de guerra), de Ali b. Abi Bakr al-Harawi (m. 1215), presenta ciertas singularidades que suponen una ruptura con la línea seguida por sus precedentes hasta la fecha de su redacción. De gran tradición en la literatura y destinados al asesoramiento en cuestiones de Estado y gobierno de los mandatarios que solían encargarlos, experimentaron una paulatina evolución formal y conceptual entre los siglos VIII y XV, con una clara inflexión en el XII que este texto ilustra.

De origen indo-persa –y largo recorrido hasta llegar más tardíamente a Europa, ­donde El Príncipe de Nicolás Maquiavelo constituye un claro ejemplo–, en su camino hacia el oeste fusionaron las tradiciones culturales sasánida y árabe, asentándose como un género individualizado dentro de la literatura clásica, y componiendo el retrato de lo que posteriormente se erigió como el pensamiento político de la civilización arabo-musulmana medieval. La primera filtración árabe del género se identifica en el siglo VIII con el Kalila wa Dimna de Ibn al-Muqaffa, tributario formal y conceptualmente de sus antecedentes persas al igual que cualquier otro ejemplo hasta el siglo X, fuera en Kufa como en Córdoba. El apogeo del género se situaría en el XI con el Siyasat-nama de Nizam al-Mulk, el Qabus-nama de Kay Kaʾus, el Nasihat al-muluk de al-Gazali, todos ellos persas, y el al-Ahkam al-sultaniyya del iraquí al-Mawardi. Durante estos siglos, los espejos de príncipes evolucionaron desde los consejos de tipo moral para fundamentar el ejercicio del poder hacia el establecimiento de teorías político-administrativas en cuestiones de Estado, en cualquier caso con una fuerte impregnación religiosa para la justificación de la autoridad constituida. Una siguiente fase, ya en el siglo XII, comenzó a prescindir de esta apelación casi exclusiva a la moralidad y a los preceptos religiosos para empezar a defender la idea de la necesidad de un poderío militar que consolidara y mantuviera al político.

En esa nueva línea argumental se insertarían los manuales que el sultán Saladino habría encargado redactar (Hamblin, 1992: 229) como guía para el afianzamiento de un naciente Estado ayyubí. Tres reputados eruditos de la época acometieron la tarea y proporcionaron otros tantos compendios: al-Shayzari (Musa, 1987) el de corte administrativo, al-Tarsusi (Cahen, 1948) otro de técnicas militares y al-Harawi (Torres, 2014) un tercero, más teórico, sobre estrategia política y militar. Este tercer texto –examinado en este trabajo y en adelante la Tadkira– ha sido objeto de escasa atención tanto en el mundo árabe como en el occidental pese a lo revolucionario y transgresor de muchos de sus postulados.

La Tadkira está compuesta por veinticuatro capítulos encuadrados en dos secciones bien individualizadas: del primero al decimosegundo es un prontuario político, el decimotercero es de transición y los restantes son un manual militar. En ambas partes se defiende con un provocador desparpajo que el desempeño del poder del Estado, sea político como militar, no debe desdeñar el uso de las estratagemas, las tretas y la manipulación para imponerse. En este sentido, adelantándose y prefigurando las doctrinas realistas posteriores en las que el poder es un fin en sí mismo, la hegemonía esencial y los principios morales no han de condicionar las acciones del Estado. Además, se insiste también en la conveniencia de infundir en las propias tropas y en el enemigo la sensación de que se está ante un impulso guerrero imparable mediante acciones concretas, rápidas e impactantes, aunque estas sean de tipo aparentemente menor. Un acercamiento que han retomado no pocos movimientos terroristas e insurgentes de supuesta inspiración islámica en la actualidad, como se verá al comparar este texto con La gestión del salvajismo de Abu Bakr Naji.

 

Contextualización histórica

A principios del siglo XI el oriente mediterráneo árabe y musulmán se convirtió en el teatro de operaciones de dos poderosas fuerzas militares que trastocaron el statu quo de un territorio hasta entonces controlado por un ya declinante califato abasí. Por un lado, y provenientes de Europa, las tropas de los reinos cristianos convocadas en 1095 por el papa Urbano II a la Primera Cruzada – que agrupó a las conocidas como de los pobres y de los nobles–, destinada a liberar Tierra Santa del yugo musulmán. Por el otro, y llegadas de las estepas centroasiáticas, las compuestas por los nómadas turcos selyúcidas –una mera confederación de tribus–, que, atravesando los actuales Irán e Irak, ocuparon Bagdad en 1055 y se asentaron luego en Anatolia desplazando al imperio bizantino. Ambos contingentes tenían en común la fortaleza militar ya citada y también una relevante debilidad: el estar constituidos por un conglomerado de diversos orígenes nacionales, tribales o clánicos, de lealtades divididas y difícil gestión conjunta. Esa confluencia de fuerzas externas se producía, además, en un área de gran fragmentación política y administrativa en el seno del propio califato, nominalmente aún abasí, pero en realidad en manos de diversos sultanatos con sus propias estructuras y ejércitos en los territorios bajo su control. La división y el fraccionamiento constituían así una característica compartida tanto por los propios como por los ajenos presentes en la zona.

La Primera Cruzada, entre 1095 y 1099, culminó con la conquista cristiana de Jerusalén y el establecimiento posterior de cuatro Estados feudales en la región: los condados de Edesa y Trípoli, el principado de Antioquía y el reino de Jerusalén. Reconquistada Edesa por los musulmanes en 1144, el papa Eugenio III llamó a una Segunda Cruzada –liderada por Luis VII de Francia y Conrado III de Alemania– en 1147 para retomarla. Ambos ejércitos se dirigieron a Tierra Santa atravesando Europa, ambos fueron derrotados por los selyúcidas en Anatolia y, una pequeña fuerza que logró llegar hasta Damasco, por Nur al-Din, gobernador de la provincia siria en nombre de los anteriores.

En medio de esa convulsión, provocada por factores internos y externos y que duraba ya cien años, nació en 1138 Salah al-Din al-Malik al-Nasir Abu’l-Muzaffar bin Ayyub, conocido como Saladino y una figura fundamental en el imaginario caballeresco de la tradición cristiana europea y no solo araboislámica. De origen kurdo, suní, proveniente de una familia militar que servía a los regentes selyúcidas, se convertiría en el fundador de la dinastía ayyubí y en el gran unificador del islam, agrupando bajo su dominio el Kurdistán, Siria, Egipto, Yemen y el Hiyaz. En los principios de su carrera militar estuvo a las órdenes de Nur al-Din, el gobernador sirio que se había destacado en su lucha contra los Estados cristianos, y en 1169 ya había alcanzado el rango de segundo comandante de su ejército dirigiendo las campañas contra los fatimíes chiíes de Egipto, a los que desalojó del poder en 1171. Con las ganancias obtenidas en la conquista de Egipto regresó a Siria, donde, a la muerte de Nur al-Din, se hizo con el control de ese territorio uniéndolo al anterior. En el período comprendido entre 1174 y 1187, su concentración en combatir a otros musulmanes e instaurar su propia dinastía hizo necesario el establecimiento de treguas con los caudillos francos de los vecinos Estados cristianos. Entre ellos, y muy especialmente, con Reinaldo de Chatillon, príncipe de Antioquía hasta que fue hecho prisionero por los musulmanes en 1160 –un cautiverio del que fue liberado diecisiete años después tras pagar un rescate–. La tregua con el entonces señor de la fortaleza de Krak –en Siria, cerca de la actual Homs, y sede central de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén durante las Cruzadas– se estableció en 1185 y resultaba fundamental para garantizar los suministros de toda la región. Este castillo estaba estratégicamente situado en el camino de las caravanas que unían Egipto con Damasco y, además, era un punto desde el que acceder al golfo de Aqaba –vía marítima hacia Jeddah, Medina y la Meca–, ambas rutas atacadas con anterioridad por Chatillon en 1179 y 1182 respectivamente.

Saladino no ignoraba que las treguas con el señor de Krak no suponían garantía alguna, pues su fama como quebrantador de casi todas ellas era bien conocida tanto por los musulmanes como por los propios cristianos. Balduino IV, rey de Jerusalén y quien le había otorgado el señorío de esta fortaleza al finalizar su cautividad, se lamentaba de no ser capaz de controlar sus continuos saqueos y pendencias (Richard, 2001: 201). En 1186, transcurrido un único año de paz tras la firma de la última, Chatillon volvió a asaltar una caravana en la que, quizás, viajaba una hermana del sultán, que ante esta tercera afrenta –tomada ahora a título personal– dio por rota la tregua y comenzó los preparativos para la serie de victoriosas campañas que concluyeron con la toma de Jerusalén al año siguiente y el abandono del cerco de Tiro en 1188 tras solo dos meses de asedio. Este desistimiento, tras una sucesión de triunfos que parecían imparables, ha sido considerado históricamente un error táctico incomprensible y una equivocación fundamental. Porque la caída de Jerusalén conmocionó y enfervorizó a la vez a los Estados latinos europeos, convocados por el papa Urbano III a una Tercera Cruzada –liderada ahora por Felipe II de Francia y Ricardo I de Inglaterra, ayudados por Leopoldo de Austria tras la muerte en campaña del emperador alemán Federico I Barbarroja–, que hizo desembarcar el grueso de su contingente precisamente en el puerto de Tiro.

Pero más allá de las indudables consecuencias negativas que esta acción puntual tuvo, al facilitar la entrada de las tropas cristianas de la Tercera Cruzada, esta retirada táctica quizás estuviera perfectamente encuadrada en el marco de una estrategia global apoyada en los consejos de uno de los tres manuales antes citados: el redactado por al-Harawi. La Tadkira se constituye como el ejemplo más evidente del giro ideológico y conceptual que en la redacción de los espejos de príncipes se produjo en el siglo XII. Si hasta entonces la legitimidad del poder de los gobernantes árabes califales se había basado en el concepto islámico de la autoridad y sustentado en la continuada imitación de los antecedentes más gloriosos, las influencias turco-mongoles (y al-Harawi era originario de Mosul, en Irak, de familia procedente de Herat, en Afganistán, puerta de entrada de las mismas) del momento hicieron virar el discurso hacia la conveniencia de apoyarse en un poderío militar indiscutible (Bosworth, 2010: 22). Este giro supuso por tanto una, relativa pero evidente, secularización del ejercicio de la política y la introducción de la lógica y la racionalidad en el desempeño de las funciones asociadas a ella, con especial énfasis en las militares.  Una racionalidad que no solo se distanciaba de las prácticas guerreras convencionales y tradicionales araboislámicas (Shaw, 2009), sino que hacía hincapié en las hasta entonces consideradas impropias de un gobernante recto por alejadas de la épica o el romanticismo. Además, y formulado de manera sorprendentemente moderna, aparecían también en la Tadkira otros elementos novedosos. De una parte, la trascendencia del factor psicológico tanto en la evaluación del enemigo como en la de las propias acciones y tropas; de otra, y conectada con la anterior, la importancia del efecto expansivo y desmoralizador de pequeñas pero continuadas operaciones victoriosas.

Como se verá, no resulta imposible trazar la conexión entre el comportamiento y los movimientos de Saladino en el último cuarto del siglo XII y la argumentación que sostiene el pensamiento de al-Harawi.

 

Al–Harawi y Saladino: teoría y práctica militar en Hattin y en Tiro

No existe certeza de que la hermana de Saladino viajara en la caravana atacada por Chatillon que desencadenó lo que culminaría en la conquista de Jerusalén por el sultán. Sin embargo, el propio al-Harawi confirmó en otra de sus obras – el Kitab al-ishara ila ma’rifat al-ziyara, una guía de viajes a los lugares de peregrinación de la época traducida al inglés (Meri, 2005)– haber formado parte de ella. Su presencia, en cualquier caso, no suponía ninguna rareza puesto que su reputada fama de viajero ya fue reconocida por las fuentes árabes. Lo llamaron en su época el “asceta errante” y hay constancia tanto de sus diferentes misiones diplomáticas o de espionaje durante el mandato de Saladino –al igual que de su participación en varias de sus campañas militares– como de la protección que le dispensó su tercer hijo, al-Zahir Gazi, señor de Alepo, al que asesoró posteriormente. Este hecho ha propiciado la discusión sobre si la Tadkira fue encargada por el sultán para sí mismo o para su hijo, aunque el hecho de que conjugue aspectos políticos claramente enfocados al afianzamiento de un nuevo Estado con la necesidad del empleo de una fuerza militar poderosa hace más presumible que fuera para el propio Saladino y sus circunstancias.

En la introducción que precede a sus veinticuatro capítulos, al-Harawi explica que su texto se redacta a solicitud de “un bondadoso hermano, estrecho amigo y mentor” (p. 57)[1], gobernante y guía de sus súbditos, que debía consolidar la perdurabilidad de su gobierno y la pervivencia de sus reinos. Ese prefacio termina con “Respondí yo a su petición con este breve compendio en el que le he mostrado aquello que debe recordar ante los que se le revuelvan y a lo que debe apelar frente a los que se le opongan” (p. 58). Pese a que no resulta posible incluir una traducción completa del manual en razón de los límites de este artículo, se reproduce a continuación el índice de los capítulos que lo componen para una mejor comprensión de su espíritu y conjunto:

I – De lo que debe hacer el sultán

II – De los atributos de los visires

III – De los atributos de los chambelanes

IV – De los atributos de los gobernadores

V – De la cuestión de los cadíes

VI – De la cuestión de los recaudadores y funcionarios de la corte

VII – De los que rodean al sultán

VIII – Del desvelamiento de la índole de los funcionarios del Estado

IX – De la consulta y el consejo

X – De los atributos de los emisarios enviados en delegación

XI – De los atributos de los recibidos en delegación y de cómo manejarlos

XII – De la condición de los espías y agentes de información

XIII – Del acopio de fondos, reservas e ingenios de guerra y de cómo granjearse el afecto de las tropas

XIV – Del encuentro con el enemigo y de las etapas y ardides de guerra

XV – De mantener a resguardo los secretos

XVI – De la expedición de tropas

XVII – De vigilar al enemigo y guardarse de él

XVIII – De perseguir la verdad en lo que se emprenda

XIX – De espolear a los hombres ante la batalla

XX ­– Del ataque a formaciones de combate y de las tretas de guerra

XXI – Del asalto y asedio a fortalezas, con argucias y estratagemas para ello

XXII ­– Del uso de la clemencia tras la fuerza y del sostén del buen nombre

XXIII – De la estratagema a emplear ante el asedio enemigo y de su manejo

XXIV – Del uso de la firmeza si la victoria es incierta y no bastan las tretas       

Ya en el primer capítulo, “De lo que ha de saber el sultán”, y recordando a un soberano sasánida del siglo VI y su ministro, se expresa una clara concepción del Estado y la estrecha conexión que el pensamiento del consejero establece entre gobierno, ejército y finanzas:

Se cuenta que Kusra Anusharawan dijo una vez a su visir Buzurymihr[2]: “levántame una cúpula y escribe sobre su cenefa aquello que favorece la permanencia del Estado y la continuidad del reino”. El visir la erigió y escribió en ella: “El mundo es un jardín y su valla es el Estado; el Estado es un gobierno que encabeza el rey; el rey es un pastor al que asiste el ejército; el ejército se compone de servidores que el dinero mantiene; el dinero es sustento que se obtiene del pueblo; el pueblo son súbditos sometidos a la justicia; la justicia constituye el sostén del mundo”. (63).

Siguiendo a al-Harawi, el tratado y la tregua constituían siempre opciones preferibles a la abierta confrontación y la pérdida de recursos materiales y humanos, tanto civiles como militares. Por tanto, resultaba especialmente conveniente un escenario estable que mantuviera a salvo las transacciones comerciales y, con ellas, unos impuestos equitativos –no puede olvidarse el hecho de que la sociedad araboislámica es desde sus orígenes comerciante y tributaria– que garantizaran el mantenimiento de una milicia feudal mercenaria. La de Saladino, como casi todas las de la época por otra parte, estaba compuesta por un conglomerado de etnias, lenguas y lealtades fraccionadas, en campaña permanente durante años. El sultán era consciente de que un pago puntual y liberal constituía el único elemento de cohesión y continuidad en un ejército de esas características, porque:

Los corazones de la gente, como pájaros al vuelo, no se adquieren sino dispensándoles favores y proporcionándoles alegrías; y, aun así, se descontentan con presteza. [...]Protéjase por tanto de ello y, si no es de natural generoso, apréstese a fingirlo en favor de la conservación de su casa y la estabilidad de su reino. (80).

Si el pago de estos haberes no venía garantizado por el cobro de impuestos antes aludido, la alternativa no era otra que el estímulo del reparto del botín que proporcionaran campañas exitosas y sucesivas. Es por ello que, como se verá en el sitio de Tiro, resultaba más provechoso no detenerse ante asedios onerosos de incierto resultado sino continuar hacia objetivos más factibles que generaran ingresos y fama.

La importancia del avituallamiento de las tropas y de una provisión suficiente de agua es otro de los aspectos en los que al-Harawi pone especial cuidado en varios capítulos, recomendando tanto la acumulación propia como la privación al enemigo de la suya. Y eso fue exactamente lo que puso en práctica Saladino en la famosa batalla de Hattin en 1187, que abrió luego paso a la serie de victorias que culminaron en la conquista de Jerusalén. En el verano de ese año sitió Tiberíades, en Palestina, –una fortaleza menor, pero en la que se encontraba la esposa de Raymond de Trípoli, regente de ese condado latino– y acampó sus tropas en los llamados Cuernos de Hattin. Allí, en uno de los dos pequeños montes que dan nombre al lugar, se encontraba la única fuente de agua de la zona y, además, desde su altura se dominaba toda la planicie y paso obligado que había de tomar el contingente enemigo cuando viniera de Acre en auxilio de los sitiados. La humillante derrota que sufrieron las tropas cristianas en un mes de julio que se mostró especialmente abrasador, no se debió a la asimetría numérica –se estima que ambos ejércitos estaban compuestos por alrededor de 20.000 soldados– sino a la carencia de reserva de agua suficiente de los Cruzados. La sed no solo martirizó y enloqueció a los hombres –entre los que se contaban varios cientos de las órdenes templaria y hospitalaria– sino que obligó a la caballería a luchar a pie como infantes tras la pérdida de sus monturas, una ventaja que resultó decisiva para la victoria musulmana.

Acampar y cómo hacerlo estaba también perfectamente establecido en el capítulo XIV del manual y así se tuvo en cuenta en esta ocasión:

 ... no vacile ni acampe al azar, porque entonces lo hará quizás en sitios de escasa agua o pastos, donde lo cercará el enemigo y perecerá. Acérquese al agua dulce y acampe en posiciones elevadas o llanos despejados y poco pantanosos, orientados al norte si fuera posible, y no lo haga en barrancos por temor a inundaciones y riadas nocturnas. No disemine las tiendas dejando mucho espacio entre ellas porque el enemigo podría así asaltar una parte de sus tropas y reducirla, cundiendo la inquietud en el resto de ellas e invadiéndolas el pavor. Tampoco acerque las tiendas unas a otras hasta apiñarlas de forma que se impida el reposo o se propague el fuego entre ellas sembrando el temor y el abatimiento. Antes mejor que el campamento ocupe dos tercios del círculo de un compás, con la guardia alrededor y la avanzadilla cerca del enemigo junto a un destacamento de ataque y los espías. (87).

Esta batalla, una victoria indiscutible y trascendental en la trayectoria militar de Saladino, constituye quizás un primer ejemplo de seguimiento de los consejos de al-Harawi en más de un aspecto. No solo en cuanto a la ubicación del campamento o la monopolización del agua sino también en lo relativo al diferente trato que se dispensó después a los vencidos. El sultán ofreció de inmediato a Guido de Lusignan, rey de Jerusalén, una copa de agua fría y lo llevó posteriormente prisionero hasta Damasco; mató él mismo a Chatillon; dejó en libertad a la mujer de Raymond de Trípoli, junto a su familia y séquito; e hizo ajusticiar a todos los supervivientes de las órdenes templarias y hospitalarias. Y para todo ello se encuentra respaldo y motivo en el manual.

Mostrarse magnánimo y benevolente tras el uso de la fuerza, al permitir la salida de la esposa del conde, por ejemplo, se recomienda vivamente en varios pasajes y el capítulo XXII está dedicado expresamente a ello. También el hacerse con prisioneros de renombre y fama como el rey, cargarlos de cadenas y servirse de este hecho para conquistar fortalezas o regiones que resistieran tercamente, porque “las noticias alarmantes y las imágenes desalentadoras alteran el coraje, desbaratan los planes y debilitan los corazones” (111). Sin olvidar el trato a dispensar a unas órdenes monásticas hacia las que al-Harawi sentía una especial inquina, que se hace patente en el capítulo XXI, donde puede leerse:

Guárdese de religiosos y monjes, pues no han de permitirle conseguir sus fines ni alcanzar su destino porque su apego a la religión, su empecinamiento y su distanciamiento de las cuestiones terrenales hacen que no les atraigan los asuntos mundanos ni sus complejidades. Yo mismo he tenido ocasión de comprobarlo por propia experiencia, sin asomo de duda ni hecho posterior que lo desmintiera. (104).

Hattin fue el punto de partida de una corta y exitosa campaña en toda Palestina que llevó a Saladino a las puertas de Jerusalén el 20 de septiembre de ese mismo año. La joya de la corona cristiana capitulaba tan solo doce días más tarde, cuando el 2 de octubre Balian de Ibelin entregaba las llaves de la Torre de David al sultán tras negociar los términos de la rendición (Lane-Poole, 1898: 229). La convulsión que en los Estados cristianos causó la caída de Jerusalén facilitó el que Saladino se hiciera con el control de toda la zona a excepción de cuatro pequeñas fortificaciones y el fundamental puerto de Tiro. Esas fortalezas menores fueron sitiadas, en espera de su rendición por hambre y sin mediar desgaste, mientras el grueso de las tropas se dirigió hacia Tiro, donde confluyó en noviembre con una flota de diez barcos venidos del ya conquistado Acre. El puerto fue sitiado en la confianza de un rápido desenlace, pues si Jerusalén no había sido capaz de resistir el asedio nada hacía pensar que Tiro lo hiciera. Sin embargo, los cristianos no solo no rindieron la plaza, sino que infligieron terribles pérdidas tanto a la armada como a las tropas en tierra. El levantamiento del cerco el 1 de enero de 1188 –tras dos meses de asaltos infructuosos– interrumpió la serie de victorias que enardecía al ejército de Saladino y lo proveía de botines de guerra. Además, supuso también una pausa en el devastador efecto psicológico que esas mismas victorias tenían sobre el enemigo, estremecido ante un avance que parecía imparable.

Pero este desistimiento, que luego se confirmaría como un error de graves consecuencias, pudo haber estado de nuevo sustentado en las teorías de la Tadkira. El ya citado capítulo XXI –dedicado al asalto y asedio de fortalezas y no la única muestra de que a la poliorcética otorgaba al-Harawi una especial atención– comienza así:

Cuídese el príncipe de detenerse ante una fortaleza de importancia y poderosa tropa que no pueda vencer, porque tener que abandonar una plaza tras haber acampado bajo sus muros y haberla asediado es derrota vergonzosa. Que tampoco ataque ni castillo sólido ni plaza bien fortificada [...] sin haber sabido antes, a través de sus espías y enviados encubiertos, que en tal fortaleza escasean las reservas, los hombres, las municiones o el agua. (152).

Tiro había constituido un tropiezo indudable y ponía en peligro la continuidad de la campaña, porque “Una tropa desmoralizada, que se ha visto frenada en su fulgurante sucesión de victorias y que ha perdido el incentivo del botín, se convierte en un avispero de difícil gobierno y Saladino era consciente de su ejército carecía de la cohesión necesaria para soportar el trance” (Torres, 2016: 61). Era quizás más prudente retomar el patrón táctico y estrategia global que se habían probado efectivos hasta llegar a ese enclave: atacar con ímpetu, aunque fuera objetivos menores, vencer en el menor plazo posible y continuar hacia el siguiente destino sin apenas detenerse. Para al-Harawi esto tenía un doble e innegable efecto psicológico: enardecía a la propia tropa, afianzada en su poderío, y debilitaba la moral del enemigo, que se percibía abocado a sucumbir como todos los anteriores.

Sepa el príncipe que el tomar una fortaleza o plaza, ocupándola luego de una acometida vigorosa; su conquista a la fuerza o por rendición, ofendiendo su honor con un asalto irrefrenable, siembran la inquietud en la región ante el pavor que producen la violencia del ataque y el brío de la embestida. Y que después de ello no habrá de fatigarse en asediar castillos ni plazas fuertes, porque tal vez verá como sus ocupantes le escriben y sus señores le imploran la paz por el mucho temor que les infunde, el afán por cobijarse bajo su poder y el miedo a su furia. (153).

Estuviera o no al-Harawi en lo cierto y siguiera o no el sultán sus consejos, la revisión de los movimientos a partir de Tiro apoyan de nuevo la intuición del nexo entre la teoría del primero y las acciones del segundo, además de su eficacia. Tras dejar descansar a sus hombres en Acre hasta la llegada de la primavera, en el mes de mayo se dirigió hacia el norte y el interior, alejándose de la costa. El verano fue testigo de la toma sin excesiva lucha, la capitulación o el abandono previo de ciudades y fortalezas en la ruta hacia el norte desde Tiro hasta el principado de Antioquía, en lo que se consideró “un monótono registro de asaltos y rendiciones” (Lane-Poole, 1898: 246). Como colofón de esta serie ininterrumpida de victorias, las tres poderosas y aún resistentes fortalezas de Safed, templaria, y Belvoir y Krak, hospitalarias, cayeron también antes de finalizar el año.

 

La conveniencia del uso de la argucia, las tretas y las estratagemas

Tal y como se ha señalado, la historia militar islámica presenta un modelo específico y distintivo que puede rastrearse desde los tiempos del Profeta hasta la actualidad. Una de sus características sería la habilidad de sus ejércitos para incorporar tecnología y armamento provenientes de fuentes externas, a la vez que su rechazo a asimilar simultáneamente la cultura o concepciones globales de esas mismas fuentes (Shaw, 2009). En el mundo araboislámico en general, el peso de los precedentes gloriosos y la continuidad de las cadenas de transmisión han constituido siempre la base de la legitimidad de cualquier actividad o pensamiento, tanto religioso como político. En ese sentido, y así ha sido reseñado también (Black, 2011), la innovación, bid’a, –no solo en el ámbito de la religión sino en los relacionados con ella, como el del buen gobierno y el ejercicio del poder– ha sido siempre, como mínimo, mirada con recelo.

La Tadkira se distingue en ese sentido de manera evidente dentro de la tradición de los espejos de príncipes. En ella son escasas las referencias al Corán y los hadices –de hecho, solo se recoge uno de ellos en todo el texto– y tampoco se prodiga en ejemplos de reyes o dinastías anteriores. El autor parece fiarlo casi todo a su propia experiencia y pensamiento, que considera suficientes para hacerse oír y aconsejar al sultán. Además, junto a la proclama de los ideales de justicia que deben presidir las acciones de un buen regente musulmán, se defiende sin complejos el uso de procedimientos poco ortodoxos y hasta entonces ausentes de los manuales. Ahora, la argucia, las tretas y las estratagemas son elevadas a la categoría de lícitas en el ejercicio de la política y en el desempeño militar.

La argucia –sutileza, sofisma o argumento falso presentado con agudeza según el diccionario de la RAE– se erige aquí como una herramienta fundamental para el manejo tanto del contrincante como de los propios subordinados. El empleo del análisis psicológico para poner al descubierto las debilidades ajenas es no solo estimulado sino tenido por imprescindible. En el caso de los que rodean al sultán, el examen minucioso de las capacidades y flaquezas de aquellos destinados a servirle es requisito principal para adecuar a cada uno a sus funciones. De ese modo se evita caer en el ejemplo de un príncipe omeya que, preguntado por el motivo del ocaso de su poderío, dijo: “nos hicimos servir de los más ínfimos subalternos para las más grandes empresas y así se nos vino lo que se nos vino” (p. 67). Es preferible entonces actuar de la manera indicada en el capítulo VII, bajo el expresivo título de “Del desvelamiento de la índole de los funcionarios del Estado”:

Cuando quiera el príncipe indagar sobre el buen juicio de sus visires, chambelanes, funcionarios y representantes del Estado, que examine a cada uno individualmente, atrayéndolo junto a sí y haciéndole sentir cómodo ante él. Si se manifestara con desparpajo a la medida de su propio rango, sepa el príncipe que está ante un mentecato; si se manifestara a la medida del rango del soberano y la dignidad del sultanato, que lo mantenga a su lado. Haga esto varias veces con cuantos desee examinar, pues esa condición no se manifiesta desde el primer momento por refrenarlos el temor al rey y sujetarlos el poderío del sultán. (72).

Y si la elección de servidores en las labores administrativas debe hacerse tras un cuidadoso análisis, aún más crítica es la de quienes han de comandar a los ejércitos en sus expediciones.

Que se guarde de enviar a sus tropas bajo el mando de un inexperto o ignorante de la guerra. Sea mejor el caudillo de estas como el hábil cazador que, embargado de avidez ante la presa, se le acerca y abalanza, pero marchando sobre ella con dignidad y regresando con prestigio. Y sea también dotado de juicio, entendimiento, astucia y trapacería. [...] hágase escuchar por ellas sin que contradigan sus órdenes, marchando como un solo cuerpo y acampando como un todo compacto. Yo mismo viajaba con las tropas egipcias y el refuerzo auxiliar en el año 588 (1192 d. C.) y no había en ellas ni criterio que las concertara ni comandante que las sujetara ni adalid que las contuviera. Al acampar eran como camellos arremolinados y al avanzar como asnos aspaventeros; tal que ovejas en tropel o sueños alucinados parecían. (90).

Las tretas, por otro lado, se revelan especialmente convenientes en el trato con cualquier emisario que el enemigo pueda enviar ante el sultán. Es recomendable indagar en él pidiéndole asesoramiento, aparentando amabilidad y espoleándolo a cambiar de bando. “Réstele importancia a su posición y menospréciela, mostrándole que merecería más de lo que tiene y que pierde estando con un señor que ignora su capacidad y no reconoce su rango” (77). Un ejemplo evidente de aplicación de este consejo tuvo lugar en Trípoli, en la primavera de 1188, cuando el Caballero Verde, que se había distinguido liderando la defensa de Tiro, fue enviado por Conrado de Monferrato a entrevistarse con Saladino. Este lo recibió con honores, le regaló caballos y joyas, y le ofreció tierras y riquezas si entraba a su servicio y abandonaba el ejército cristiano. El caballero no solo se negó, sino que confirmó haber venido a Tierra Santa a matar y confundir sarracenos, y que así tenía la firme intención de seguir haciéndolo. Pese a tal declaración, Saladino se despidió de él en los mejores términos y lo dejó partir en paz.

Aunque esa ocasión concreta resultara fallida, al-Harawi sostenía que actuando así se obtiene habitualmente una valiosa información que ha de añadirse a la proporcionada por los espías. Esto debe hacerse a la vez que se infiltra en la tropa enemiga a agentes propios que extiendan falsos rumores e incluso falsificando consignas que imiten el estilo de sus superiores:

Amañe también escritos a la manera de sus príncipes, caudillos, comandantes, nobles y clérigos, y siémbrelos entre su ejército de manera que se difundan a través de sus conversaciones. Ello no podrá menos que afectar al enemigo, cuyo ánimo se enfurecerá ante la presencia de sus propios compañeros de tropa, temiendo que sea cierto y no descansando ni apoyándose en ellos. Y no se repondrá ya nunca de esto, pues es cosa que deja huella en los corazones. (88).

Además, en el caso de los sacerdotes y eclesiásticos, se obtienen también grandes beneficios al entrar en correspondencia con ellos porque, según al-Harawi, siempre se puede contar con su inclinación a la traición y a sucumbir al soborno, codiciosos como son de bienes materiales y riquezas.

En lo relativo a las estratagemas en combate, los capítulos XIV, XX, XXI y XXIII se extienden en diversos ardides y artimañas tanto en las confrontaciones en campo abierto como en los asedios realizados o sufridos. Pero sea cual sea el tipo de contienda al que deba hacerse frente, se insiste una y otra vez en la capital importancia de los aprovisionamientos y en que sea el propio sultán quien se haga cargo de su supervisión:

El sultán ha de comprobar los arsenales y sus provisiones de espadas, lanzas, petos, cotas de malla, escudos, aparejos diversos, pernos, empalizadas, forjas, dardos, arcos y sus cuerdas, balistas y ballestas, flechas, pinchos, útiles de excavación, garfios de asedio, plataformas de catapultas y ballestas, y cuerdas de cáñamo. Además, todo lo preciso para los ingenios de guerra: piedras grandes en abundancia, proyectiles pequeños, argollas, clavos, betún, pez, cal; pieles de búfalo, camello, buey y cabra montesa; nafta y sus arreos; marmitas y sus trebejos. Ha de revisar tanto los graneros, y sus reservas de trigo, cebada, lentejas y almorta, como los depósitos de forraje. Y vigilar también los almacenes y sus aprovisionamientos de sal, manteca, aceite, grasa, sebo en abundancia y namaksud[3] de carne e hígado salados en trizas secas. 

Puede que algún ignorante se pregunte: “¿cuál es la utilidad de esto que se ha dicho, escrito, recordado y reiterado?”. Pues sepa que nosotros mismos hemos visto a quienes, en una fortaleza fuerte e inexpugnable, luchaban con denuedo y cómo, al faltarles la sal, la abandonaban y salían de ella entregándola. Y ese fue el caso de la fortaleza de Kawkab, junto al lago Tiberíades. (86).

 

La tadkira y la gestión del salvajismo: algunas similitudes

Los espejos de príncipes, como ya se ha apuntado, florecieron en la Edad Media, tuvieron su apogeo en siglo XI y fueron comunes hasta el XV, cuando empezaron a languidecer en la tradición literaria araboislámica. Su difusión estuvo ciertamente restringida al círculo cortesano más inmediato al gobernante y fue, por tanto, un género elitista. Sin embargo, en la segunda mitad del XIX y comienzos del XX se asistió a un renovado interés por ellos y a la publicación de diversas ediciones que los reverdecieron (Dakhlia, 2002), al calor de las corrientes nacionalistas e islamistas y en Egipto sobre todo. En el mismo período, en Europa, y muy especialmente en Alemania, también volvió a prestárseles atención por parte de la academia, como confirma por ejemplo Studien zur Geschichte der älteren arabischen Fürstenspiegel (Richter, 1932).

Quizás no por casualidad, Abu Bakr Naji –cuyo verdadero nombre era Muhammad Hasan Khalil al-Hukaymah–, una prominente figura en el aparato estratégico de al-Qaeda, era un egipcio originario de Asuán. Ayman al-Zawahiri, sucesor de Bin Laden al frente de la organización y egipcio también nacido en El Cairo, lo presentó en sociedad en un vídeo de 2006 como un antiguo integrante de la Gama’a al-Islamiyya, encarcelado tras el asesinato del presidente Sadat en 1981. Naji murió en 2008 en el ataque de un dron mientras se desplazaba por el Waziristán del Norte, en Pakistán y muy cerca de la frontera afgana, pero había ya alcanzado renombre por ser el autor de diversas obras y panfletos en apoyo del yihad. Entre ellas, La gestión del salvajismo: la fase más crítica por la que ha de pasar la umma ha sido objeto de un notable interés por parte de analistas occidentales tras su traducción al inglés (McCants, 2006). Estos análisis, como no es infrecuente que suceda, han puesto el acento en su justificación del uso de una violencia extrema para imponer las tesis de un nuevo califato islámico global, aunque ese no sea el elemento principal en el texto. Lo que no se ha examinado tan cuidadosamente es la retórica y el historicismo araboislámicos que realmente constituyen su eje central, sobre los que se apoya y en los que busca la legitimidad doctrinal. Probablemente, porque lo intrincado de esa retórica hace que parezca un mero artificio y sus conexiones con los precedentes no son fácilmente identificables por quienes los desconocen.

El texto de Naji no permite afirmar que leyera o conociera el manual de al-Harawi, pero sí que señala claramente el ejemplo de las campañas del sultán y de la organización de su nuevo Estado tras lidiar con los cristianos. Cita también, por ejemplo, la victoria musulmana frente a los Cruzados en la batalla de Hattin, subrayando que no hubiera sido posible sin la serie de pequeñas escaramuzas previas en diversos emplazamientos que fueron puliendo las tácticas y enardeciendo a las tropas. Defiende asimismo que, antes de que Saladino agrupara a los musulmanes en un solo ejército y bajo un único Estado, la lucha contra el invasor la habían llevado a cabo pequeñas facciones con operaciones de baja intensidad. Y ese argumento se basa en una referencia, esta sí explícita, a otra obra del siglo XII que también se ha catalogado como espejo de príncipes: el Kitab al-i’tibar de Usama Ibn Munqidh, de nuevo un cortesano al servicio de Saladino y testigo directo de las campañas ayyubíes contra los cristianos al igual que al-Harawi. Conocido como El libro de la contemplación o El libro de la instrucción por el ejemplo, ha sido mucho más examinado en Occidente que la Tadkira gracias también a una respetada traducción y edición inglesa (Hitti, 1929).

Aunque un conocimiento directo no esté acreditado, la similitud entre los títulos de algunas de las secciones de la Tadkira y los de La gestión del salvajismo no puede menos que sorprender en una lectura comparada. Del mismo modo en que llama la atención que en su desarrollo y argumentación tienen evidentes puntos de confluencia. En ambos escritos se pone especial énfasis en la importancia de los principios que han de regir el combate, el papel fundamental de un liderazgo único e indiscutible –en lo político como en lo militar–, la conveniencia de infiltrar espías en el enemigo a la vez que se evitan en las propias filas, las dificultades derivadas de la carencia de cuadros administrativos en los que confiar, el problema que suponen tanto la ausencia de lealtad como el exceso de celo en los subordinados, el ganarse el corazón de las gentes dispensándoles beneficios, el examinar cuidadosamente la índole de aquellos a los que se otorga mando o, incluso, la conveniencia de desgastar al oponente mediante acciones continuadas aunque no sean de gran envergadura. Esta última operativa es la que Naji llama de humillación y agotamiento y constituye la primera de las tres fases que considera indispensables para la constitución de un nuevo Estado. La segunda se correspondería con la ya citada de la gestión de la barbarie –considerada desde el propio título del texto como la decisiva y crucial– y el proceso habría de culminar con la tercera o de establecimiento de la estructura estatal.

Sirva como ejemplo de las similitudes citadas la reproducción textual de un párrafo[4] (Naji, 2004: 29) de La gestión del salvajismo con claras resonancias de al-Harawi en lo relativo al efecto psicológico que el miedo ante un avance continuado genera en el enemigo:

El ritmo de las operaciones ha de intensificarse de modo que se envíe un mensaje evidente y enérgico, al pueblo y a la tropa enemiga, de que el poder de los muyahidines va en progresión. Porque una escalada operativa deja huella en el ánimo –tanto por el número de acciones como por el área de su extensión– y hace sentir que el avance de los combatientes musulmanes es continuo, que el enemigo retrocede y que su destino final es la derrota. Por tanto, al planificar nuestras operaciones, deberemos comenzar por las pequeñas para luego proceder con las mayores.

 

Conclusiones

Lejos de ser un artefacto medieval y anacrónico, los espejos de príncipes son un género que sigue cultivándose hoy en día con las actualizaciones y acomodos que son del caso. Que ahora estén encaminados a un fin que genera un comprensible y generalizado rechazo no debe ser obstáculo para su estudio y comprensión en profundidad. El texto de Naji –que no es el único ejemplo de modernización del género– retoma el formato, la argumentación y la intención de estos antiguos manuales, pero, cuando se ha hecho referencia a su contenido, se han espigado del mismo solo las manifestaciones que afianzaban una cierta narrativa. Esa espiga, junto a deformaciones interpretativas quizás no siempre inocentes, ha consolidado la idea de que se estaba ante otra manifestación más de pura demencia y crueldad.

El situar cualquier expresión proveniente del islamismo radical y violento en la casilla de la mera locura destructiva puede resultar más confortable a la hora de encuadrar sus acciones, pero hace persistir en el error de obviar el hecho de que tiene un soporte ideológico de perfiles más amplios. Por ejemplo, porque el salvajismo al que se refiere Naji no tiene ninguna relación con el uso de la violencia –que sí que justifica en diversos pasajes y capítulos de manera inequívoca– y ha sido una traducción apresurada e inexacta que ha hecho fortuna como tantas otras. El término árabe tawahhush se corresponde más bien con la palabra barbarie, en su acepción de falta de cultura o civilización. Según Naji, la gestión de la barbarie, entendida como un lapso no civilizado, se define como el manejo del salvaje caos que se produce cuando un nuevo Estado emergente sustituye a otro anterior que acaba de desmoronarse. Y precisa, ya en el primer capítulo del original árabe (Naji, 2004: 11):

Detallando la definición, (la administración) es diferente en función de las metas y naturaleza de los individuos a administrar. En su forma inicial, consiste en gestionar las necesidades de la población en lo relativo a alimentación y asistencia sanitaria, preservar la seguridad y la justicia entre aquellos que viven en las regiones bárbaras, y asegurar las fronteras mediante contingentes que erijan fortificaciones defensivas e impidan la invasión del territorio.

La gestión del salvajismo no es otra cosa que un espejo de príncipes del siglo XXI al modo de la Tadkira de al-Harawi en el XII. Establece un programa práctico e ideológico completo, con expresión de las tres fases por las que se ha de transitar, convenientemente actualizado en la identificación de los enemigos y dificultades del momento, pero destinado al mismo fin que el que animaba a su predecesor: la consolidación de un nuevo Estado emergente a través del ejercicio de la guerra y la política.

Porque los tiempos cambian y los hombres pasan, pero las doctrinas permanecen y solo pueden ser contrarrestadas si se conocen en profundidad y se insertan correctamente en su continuo histórico.

 

Nota sobre la autora:

Olga Torres es arabista e islamóloga. Especialista en Análisis del Terrorismo Yihadista, Insurgencias y Movimientos Radicales, Máster en Relaciones Internacionales y doctoranda en la Universidad de Sevilla, es profesora colaboradora en la Escuela de Guerra del Ejército de Tierra.

 

Referencias:

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- (2016), Mirar con otros ojos. Genios, figuras, ficciones y creaciones árabes, Sevilla: Benilde editorial.


[1] Todos los fragmentos y citas textuales que se incluyen, con expresión de su página en el original árabe, son traducción propia del texto en la edición de Murabit que se incluye en las referencias.

[2] Ministro del soberano sasánida Anusharawan (s. VI d. C.), héroe de leyendas populares y al que se atribuyen sabios preceptos y sentencias.

[3] En persa en el original. Vocablo para referirse a tiras de carne seca y salada, como nuestros tasajos o cecinas.

[4] De traducción propia al igual que el siguiente.

 

 
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