Los actores externos en la guerra civil siria. Choque de intereses y estrategias

JOSÉ LUIS CALVO ALBERO

US Army War College, Estados Unidos

 

Title: External Actors in the Syrian Civil War. Clash of Interests and Strategies

Resumen: La guerra civil en Siria se ha convertido en un ejemplo clásico de guerra por delegación, en la que diferentes potencias regionales y globales defienden sus intereses a través de terceros. Eso explica su larga duración y el altísimo nivel de violencia sin que se llegue al agotamiento. En este artículo se repasan las motivaciones de los diferentes actores externos en el conflicto y las líneas estratégicas que siguen para alcanzar sus objetivos.

Palabras clave: Siria, Oriente Medio, Guerras por delegación.

Abstract: The civil war in Syria has become a classic example of proxy war, in which different regional and global powers defend their interests through third parties. That explains its long duration and the high level of violence without reaching exhaustion. This article describes the motivations of the different external actors in the conflict and the strategic lines they follow to achieve their objectives.

Keywords: Syria, Middle East, Proxy wars.

Recibido: 17 de septiembre de  2016

Aceptado: 20 de octubre de 2016

Para citar este artículo/To cite this article: José Luis Calvo Albero, "Los actores externos en la guerra civil siria. Choque de intereses y de estrategias", Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 2, No. 2, (2016), pp. 1-20. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.4.1

 

Incluso en la atormentada historia de Oriente Medio resulta difícil encontrar un conflicto más complejo que la actual guerra civil en Siria. Iniciada como un levantamiento popular, hoy es ya un conflicto regional en el que se han visto envueltas todas las potencias de la zona aparte de Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea. La crisis que afronta esta última, probablemente la mayor de su historia, se debe en parte a las consecuencias del conflicto sirio, que también puede anotar en su cuenta la desestabilización de Turquía o la amenaza de ruina en todo el sistema de alianzas de Estados Unidos en la región.

En los centros de enseñanza militar de Occidente la guerra de Siria se utiliza como ejemplo de proxy war, una guerra por delegación en la que varias potencias se enfrentan indirectamente a través de terceros. Toda guerra es un desastre pero las proxy wars lo son especialmente porque reciben un flujo continuo de combatientes, dinero y equipos desde el exterior que evita el agotamiento habitual en una guerra entre actores locales. Lo peor de las guerras por delegación es que tienen tendencia a contagiarse y rebasar fronteras. Y esto es lo que progresivamente ha ido ocurriendo en el conflicto sirio.

Un repaso a los posibles objetivos y estrategias de cada uno de los participantes externos puede arrojar algo de luz sobre lo que cabe esperar en el futuro de la evolución y consecuencias del conflicto. La definición de objetivos no es tarea fácil porque existen diferencias a veces muy marcadas entre las razones oficiales que cada estado alega para intervenir en el conflicto y las que existen bajo la superficie de las declaraciones públicas.

Rusia es uno de los actores que tiene más claros sus objetivos en Siria, que no son otros que la supervivencia del régimen de Damasco y la satisfacción del objetivo personal de Vladimir Putin de recuperar para Rusia la categoría de actor de primer orden en la escena internacional (The Economist, 2015). El apoyo al régimen tampoco significa que Putin esté de acuerdo con todos los objetivos de al- Assad, y probablemente el presidente ruso se conformaría con la supervivencia del régimen en la “Siria útil”, que incluye la mayoría de las ciudades principales en el oeste del país. Como su aliado sirio quiere reconquistar todo el territorio perdido, algo que en los cálculos rusos sería excesivamente costoso, no faltan los roces entre ambos dirigentes que llevan a situaciones como la aparente retirada del apoyo aéreo ruso en la primavera de 2016, que finalmente quedó en una mera señal al régimen de Damasco (Lauria, 2016). Pero Putin se arriesga a uno de los fenómenos habituales en las proxy wars: el chantaje de los actores locales. Como al-Assad sabe que resulta imprescindible para los planes del Kremlin, y no hay alternativa a la vista, intentará forzar a Rusia a empeñarse en unos objetivos más ambiciosos de los que Putin desearía.

Mientras apuntala a su aliado, Moscú pone a Estados Unidos en una posición difícil, jugando con una estudiada mezcla de provocación y mano tendida. Oficialmente Moscú esta en Siria para combatir al Daesh, y para ello nada sería más de su gusto que contar con la colaboración norteamericana. En realidad, los aviones de Moscú se dedican a golpear sistemáticamente al resto de la oposición siria (Kaim & Tamminga, 2015)  identificada como la amenaza más grave para el régimen de Damasco, y apoyada por algunos de los aliados tradicionales de Washington en Oriente Medio. Lo que Putin persigue con esa estrategia es sencillamente el gran anhelo ruso desde el final de la Guerra Fría: que Estados Unidos les trate en pie de igualdad. De hecho toda la política exterior rusa en los últimos quince años podría resumirse en esa idea (Russia Today, 2015). Ya que Rusia no pretende meter sus narices en territorios  geopolíticamente sensibles para Estados Unidos se espera de Washington una actitud recíproca. Y si hay que resolver un problema en una zona sensible donde haya intereses mutuos, se espera que Washington escuche a Moscú antes de hacer nada. En definitiva, un reto a la pretendida supremacía de Occidente y una vuelta a la dinámica de hostilidad contenida y respetuosa propia de la Guerra Fría.

Junto a Moscú se alinea Irán en un momento especialmente delicado de su política exterior, cuando el acuerdo de desnuclearización permite al régimen de Teherán una cierta reintegración en la escena internacional y un renacimiento económico que facilite la gestión de los múltiples problemas internos. Desde hace miles de años el objetivo permanente de cualquiera de las sucesivas versiones del Imperio Persa ha sido siempre el control de las zonas adyacentes en Asia Central y Oriente Medio, y el régimen de los ayatolás no va a romper la tradición. No obstante, el momento estratégico aconseja también prudencia para no malograr los beneficios del acuerdo con Estados Unidos y la UE, aunque entre la clase política iraní haya división de opiniones a la hora de considerar dicho acuerdo como una bendición o una humillación (Reuters, agosto 2016). Curiosamente el mismo fenómeno que se observa en la clase política norteamericana.

La estrategia de Teherán pasa por la consolidación de al-Assad en el poder al menos en la parte “útil” de Siria, pudiendo aceptar una cierta autonomía en las regiones sunníes del este. Una Siria aliada de Teherán garantizaría el apoyo a Hizbollah en el Líbano y el mantenimiento de la presión sobre Israel (Karam, 2015). En cualquier caso el apoyo iraní se ha mostrado esencial para el régimen de Damasco que probablemente le debe su supervivencia. Los grupos al-Quds, una rama de la Guardia Republicana encargada de las operaciones militares en el exterior, han formado y equipado a decenas de miles de miembros de las milicias de defensa sirias (NDF) y han organizado milicias de voluntarios extranjeros procedentes del propio Irán, Iraq y Afganistán (Smyth, 2015). A ellos se debe también en parte el compromiso de las eficientes milicias libanesas de Hizbollah con el régimen de al-Assad, pese al considerable desgaste que el conflicto les está causando (Harel, 2016).

En el otro lado del conflicto se sitúa Estados Unidos, sus aliados occidentales, Turquía y las monarquías del Golfo. Para la  ya saliente administración Obama, Siria es una crisis especialmente incómoda. El presidente nunca se ha convencido de que la guerra sea un recurso deseable en política internacional, y menos todavía en Oriente Medio. Toda su doctrina estratégica de recuperar la tendencia geopolítica natural de Estados Unidos, y orientarse hacia el Pacifico, se ha visto afectada por la imposibilidad de librarse de la conflictividad en Europa y Oriente Medio, algo que le debe a los interminables conflictos heredados de la era Bush, a la agresiva impertinencia de Moscú y en cierta medida también a la cerrazón del gobierno israelí. 

Cansado de la conflictividad permanente de sus tradicionales aliados, Obama buscó un desenganche progresivo de Estados Unidos de la región. Los acuerdos con Irán fueron un aviso de que Washington estaba dispuesto a ejecutar su propia estrategia en Oriente Medio aun contra la opinión de Israel y Arabia Saudí (Ignatius, 2015). Incluso parece probable que Obama haya intentado un equilibrio de poder entre Irán y las monarquías del Golfo(Friedman, 2015),algo que se comprende mejor en el marco de la guerra de producción de crudo entre Estados Unidos y Arabia Saudí con la que esta última intentó hundir el fenómeno del fracking norteamericano. En realidad la guerra de precios y producción fue la gota que ha colmado el vaso en un proceso de alejamiento entre Estados Unidos y el reino saudí que comenzó ya con los atentados del 11-S.

El problema para Obama fue que una cosa es hacer planteamientos estratégicos y otra muy diferente llevarlos a la práctica. Aparte de una considerable resistencia en su propia administración a renunciar a la política tradicional en Oriente Medio (Landler, 2016) la estrategia del presidente se ha enfrentado a la posibilidad de que Irán no solo sea un actor geopolítico más en la región, sino que llegue a controlar un vasto territorio que, desde su propia frontera, incluya un Iraq con gobierno chiita, una Siria gobernada por al-Assad y sus alauitas, y un Líbano en el que los chiitas de Hizbollah son el verdadero poder.  Esto es algo que produce terror tanto en las monarquías del Golfo como en Israel. Y una cosa es que Obama envíe una señal de advertencia a sus difíciles aliados y otra que los ponga una situación insostenible, que sin duda llevaría a una guerra regional generalizada.

La solución al entuerto es difícil, y el cambio de inquilino en la Casa Blanca no contribuye a arrojar claridad. Como en todo lo demás, la futura política de Donald Trump en Oriente Medio es una incógnita. El nuevo presidente no parece muy dispuesto a embrollarse en asuntos complejos de política internacional, aunque puede verse obligado a demostrar que Estados Unidos “es grande de nuevo” como no ha cesado de repetir en la campaña electoral.

Lo más sencillo seria quebrar ese nuevo “eje del mal” derrocando a al-Assad y apoyando un gobierno sunní en Siria, lo que rompería la continuidad del “creciente chiita”, pero esa solución se ha complicado considerablemente, sobre todo después de la intervención rusa. Otra posibilidad es un gobierno equilibrado en Iraq que incluya a la considerable minoría sunní y garantice un cierto alejamiento de Teherán, pero esto también resulta poco probable en la actualidad.  Una última solución, pero que sería compleja y controvertida sería crear un nuevo estado en la región: un territorio sunní que incluya el centro y oeste de Iraq y el este de Siria, y que pueda servir de cuña en el creciente chiita. Aunque esta opción presenta el serio problema de que la mayor parte de ese territorio y población está actualmente bajo el control del Daesh, la idea parece haber tenido cierto éxito entre sus aliados, sobre todo Turquía y Arabia Saudí (Lauria, 2016). La reciente intervención turca en el conflicto, con fuerzas desplegadas tanto en Iraq como en Siria apoyando a grupos sunníes, puede apuntar en esa dirección.

Ante semejante panorama Obama ha seguido una estrategia prudente. Aunque ha definido la destrucción del Daesh como “su máxima prioridad” (Obama, 2016), le hubiera gustado hacerlo antes del final de su mandato, e intentará dejar gran parte del trabajo hecho, nunca quiso iniciar una nueva aventura norteamericana en Oriente Medio que pudiera consumir recursos necesarios en otros lugares (Shear & Baker, 2016). Por otro lado la política norteamericana siempre ha sido evitar  que un rápido derrumbamiento del Daesh se traduzca en el  aplastamiento de gran parte de la comunidad sunní en la región, lo que llevaría a la materialización del dominio iraní (Takeyh & Gerecht, 2016).Entre las alternativas que Obama ha barajado, y que quizás Trump mantenga, está el forzar un acuerdo con Rusia que implique la salida del poder de al-Assad y su sustitución por un gobierno más representativo y menos alineado con Teherán. Probablemente esta estrategia se basa en la suposición de que Rusia sufre un considerable desgaste por su intervención en Siria y podría ser flexible a la hora de un acuerdo con tal de aparecer como uno de los protagonistas de la paz. El fracasado acuerdo de alto el fuego de septiembre seguía esa línea. Obama se encontró con que la negociación con Rusia se consideraba en círculos políticos de Washington como una rendición, especialmente con Alepo, la segunda ciudad del país, y el último gran centro urbano en manos de la oposición, sitiada y sometida a un bombardeo sistemático. La moderación de Obama chocó con una actitud menos moderada de algunos de sus asesores, que plantearon abiertamente la realización de ataques aéreos contra el régimen de Damasco (Mohammed & Landay, 2016). La llegada de Trump y su aparente mejor sintonía con Putin podría dar un vuelco a esta situación de bloqueo en la colaboración mutua, aunque habrá que esperar para comprobar si realmente existe algo más que retórica en esa relación.

Otra alternativa en la que ya se trabaja desde hace meses es el apoyo a las milicias kurdas sirias, organizadas en su mayoría en torno al YPG (Unidades de Protección Popular). Los kurdos son mayoritariamente sunníes, no están relacionados con Teherán y además son razonablemente eficaces en la lucha contra el Daesh. Sin embargo, la carta kurda ha demostrado ser difícil de jugar, esencialmente por la alarma que produce en Turquía.  El apoyo norteamericano al YPG en Siria, con presencia de fuerzas de operaciones especiales y apoyo aéreo, ha provocado una violenta reacción turca que se ha materializado en la operación “Escudo del Éufrates” con intervención directa de tropas turcas en apoyo a las milicias de la oposición siria entrenadas y equipadas en Turquía. La posibilidad de que el YPG llegase a establecer su control sobre la totalidad de la frontera turco-siria era lo suficientemente alarmante como para implicarse directamente en el conflicto. Con ello Turquía ha conseguido su viejo objetivo de crear una zona colchón en la frontera siria, dominada por una oposición no excesivamente sospechosa de yihadismo y que mantenga tanto al Daesh como a las milicias kurdas a distancia (Cunnigham, 2016), aunque lo cierto es que esa zona colchón solo abarca de momento unos 150 kilómetros entre el norte de Alepo y el río Éufrates.

Probablemente Turquía sea uno de los actores cuyos objetivos estratégicos en Siria sean más difíciles de comprender, y eso se debe en gran medida a los sucesivos cambios de enfoque que el presidente Erdogan ha dado a su política exterior. En términos generales, y aun a riesgo de caer en la simplificación, podría decirse que Erdogan pretende sustituir el proyecto kemalista que ha gobernado Turquía en los últimos noventa años por otro más próximo a su pasado otomano, o al menos a lo que Erdogan entiende que fue el Imperio Otomano (Cagaptay, 2016). Eso significaría que el laicismo se ha terminado y que el intento de integración en el mundo occidental, y concretamente en Europa, se observa desde una perspectiva mucho más crítica. Sin renunciar al nacionalismo Turquía recupera el Islam como signo primario de identidad, y también su vocación de gran potencia tanto en Oriente Medio como en todo el mundo musulmán.

Aunque libre del radicalismo religioso propio de las monarquías del Golfo, Ankara desearía un gobierno islamista sunní en Damasco que mantuviese bajo control a la minoría kurda. Pero Erdogan se las ha arreglado para que esa línea política le haya causado serios problemas tanto internos como externos. Su agresividad contra el régimen de al-Assad después de más de una década de buenas relaciones, la ruptura de relaciones con Israel, el claro apoyo a grupos islamistas en Siria (Hunter, 2016), el alejamiento de Estados Unidos, el derribo de un avión ruso en la frontera o el papel turco en la reactivación de conflictos en el Cáucaso no han hecho demasiado bien a la imagen de estadista de presidente turco. Para ser justos, habría que decir también que la crisis siria es enormemente compleja y que su impacto en Turquía ha sido muy notable, especialmente por la necesidad de acoger casi tres millones de refugiados en su territorio. También habría que señalar que controlar los más de 800 kilómetros de frontera turco-siria, en un terreno montañoso en el que el contrabando es una tradición histórica, supone todo un reto.

La islamización progresiva de las instituciones del estado y la errática política exterior estuvieron entre las causas del intento de golpe de estado de julio, aunque las culpas oficiales se las llevase el movimiento “gülenista” en realidad muy próximo en sus tesis al modelo islamista moderado que propone Erdogan. Como ocurre muchas veces en política, los adversarios más cercanos suelen ser los más peligrosos. En cualquier caso, el fracaso del golpe ha proporcionado al presidente turco una excusa para purgar tanto las fuerzas armadas como la administración del estado, aunque también le ha llevado a variar su política exterior. Por un lado ha intentado recuperar las relaciones con Rusia, probablemente para compensar el distanciamiento de Estados Unidos tras el golpe (Stratfor, 2016). Por otro ha decidido desempeñar un papel más activo en Siria, lo que ha desembocado en la operación “Escudo del Éufrates”. De momento la operación ha puesto en serios aprietos al aliado norteamericano que ha asistido estupefacto al enfrentamiento directo y con bajas entre dos de sus aliados (Turquía y el YPG) con el problema añadido de la presencia de fuerzas de operaciones especiales norteamericanas en el escenario de los combates.

Es muy probable que Erdogan comience pronto una política de reasentamiento de refugiados en la franja bajo control de sus aliados en Siria, y que intente debilitar aún más la presencia del YPG en la frontera tomando como excusa el apoyo a una eventual ofensiva sobre Raqqa, la capital del Daesh ( Reuters, Sep. 2016). En cuanto a las relaciones con el régimen de Damasco probablemente su actitud sea menos beligerante, aunque sigue facilitando el apoyo de las monarquías del Golfo a la oposición más radical a través de su territorio. La partición de Siria en un área sunní en el noreste, que dificulte una entidad política kurda independiente, y otra alauita/cristiana en el oeste podría resultar satisfactoria para Turquía (Lauria, 2016).

En cuanto a las monarquías del Golfo hay que señalar que se enfrentan a un periodo difícil. La tradicional política de sustituir los regímenes laicos y nacionalistas árabes por gobiernos islamistas sunníes no ha dado los frutos deseados. El golpe de estado en Egipto, perfectamente aceptado por Occidente, el caos en Libia, la resistencia del gobierno sirio, y el control chiita de Iraq han sido golpes sustanciales a su proyecto, rematados por los acuerdos de Occidente con Irán y el conflicto en Yemen.

Desde hace unos años se extiende por Europa y Estados Unidos la idea de que el apoyo a versiones radicales del Islam por parte de Arabia Saudí y otros estados de la zona es la principal razón detrás del auge del yihadismo (Shane, 2016). Las tensiones derivadas del mercado del petróleo han sido la gota que ha colmado el vaso y las relaciones mutuas se han enfriado considerablemente abriendo paso a críticas generalizadas en los medios de comunicación occidentales, y una actitud mucho más hostil de las clases políticas. Esto resulta muy evidente en Estados Unidos, donde el Congreso ha aprobado recientemente por abrumadora mayoría, superando incluso el veto presidencial, la posibilidad de que ciudadanos norteamericanos denuncien a Arabia Saudí por su posible papel en los atentados del 11-S (Demirjian & Elperin, 2016).

En esas circunstancias los regímenes del Golfo se ven obligados a una política de prudencia en Siria, aunque su apoyo a la oposición no haya disminuido. Todavía cuentan con el apoyo de Turquía y con su decidida intervención en  favor de la causa sunní, y aunque las relaciones con Estados Unidos se hayan enfriado resulte improbable que Washington abandone a sus aliados y simplemente acepte la expansión iraní. De momento hay señales de una cierta apertura en la rígida legislación islámica de Arabia Saudí y continuas declaraciones de que no se está apoyando al Daesh (Agerholm, 2016). Incluso el lavado de cara del Frente al Nusra, que ha roto oficialmente sus lazos con al-Qaeda y ha cambiado su nombre a Fatah al Sham puede estar motivado en parte por la necesidad de seguir contando con el apoyo de los estados del Golfo

Al igual que Turquía las monarquías del Golfo preferirían la sustitución del régimen de al-Assad en Damasco por un gobierno islamista. Pero ante las crecientes dificultades para lograrlo podrían contentarse también con la partición de Siria y la formación de un estado sunní que garantizase la imposibilidad del Creciente Chiita. Arabia Saudí desearía distanciarse de los grupos islamistas más radicales como Fatah al Sham, pero lo cierto es que, sobre el terreno, esos grupos son los que han mostrado mayor eficacia en combate, hasta el punto de marginalizar a cualquier otro grupo opositor en el norte de Siria, por lo que resulta inevitable seguir apoyándolos. Como Estados Unidos, los estados del Golfo también albergan la esperanza de que si Rusia se ve enfrentada a un conflicto de larga duración se mostrará flexible para llegar a un acuerdo que suponga la sustitución del régimen de al-Assad por otro que no lastime demasiado sus intereses.

Finamente algunas palabras sobre Israel. Oficialmente el estado hebreo no participa en las hostilidades ni toma partido por ningún beligerante, pero en la práctica ataca con frecuencia a las fuerzas de al-Assad y sobre todo a Hizbollah, cuando se detecta que la milicia islamista recibe materiales especialmente sofisticados (Harel, 2016).

Paradójicamente la frontera sirio –israelí en los Altos del Golán está prácticamente controlada por grupos islamistas, incluyendo Fatah al Sham y el Daesh. Cuando en los combates en Siria algún proyectil termina cayendo en territorio controlado por Israel la respuesta recae sistemáticamente sobre las fuerzas de al-Assad, que apenas dominan unos kilómetros de frontera. Lo cierto es que para Israel los islamistas radicales son vecinos más cómodos que una Siria aliada de Irán (Harel, 2016). Al-Qaeda o el Daesh pueden ser peligrosos, pero difícilmente representan una amenaza existencial para el estado judío. Sin embargo, una alianza de estados liderada por Irán y con una población total que multiplica por más de 20 la población israelí resulta inaceptable. Así pues, Israel hará todo lo que esté en su mano para debilitar a al-Assad y a sus aliados libaneses e iraníes.

En definitiva el principal punto de discordia entre todos los estados que intervienen en la guerra en Siria es la supervivencia del régimen de al-Assad. Curiosamente este punto adquiere una importancia mucho mayor que la derrota del Daesh que, pese a toda la retórica oficial, se ve en realidad como una amenaza menor, probablemente porque el propio extremismo y la dinámica apocalíptica del grupo se consideran difícilmente sostenibles en el tiempo.  La creación de un ente político sunní podría ser el punto en el que casi todas las partes podrían llegar a cierto nivel de acuerdo, y que resolvería tanto el problema de la probable supervivencia del régimen en el oeste como la transición post-Daesh.

El problema de fondo es una lucha por el poder en Oriente Medio que inicialmente implicaba a Irán y Arabia Saudí, a la que se ha unido Turquía con entusiasmo. Y a los problemas derivados del poder y el interés, que son fácilmente discutibles en una mesa de negociación, se une ahora el dela frustración, que resulta mucho más difícil de gestionar. Rusia intenta resarcirse de décadas de lo que identifica como abusos de Occidente, mientras que Estados Unidos ve la estrategia rusa como una amenaza intolerable a su imagen de hegemón. Arabia Saudí lucha por extender su modelo de islamismo radical, que es una parte esencial de su identidad, mientras Irán maquina cómo resarcir a la comunidad chiita de siglos de opresión. Turquía reacciona contra el desprecio de Europa intentando recuperar sus viejas vestiduras imperiales e Israel se atrinchera en un concepto de estado judío tan irrenunciable como insostenible. Lo más peligroso de esta confrontación de humillados, irritados y ofendidos es que la pasión termine por imponerse a la razón, algo que parece cada vez más común en este siglo XXI, y que un paso en falso de uno u otro termine por internacionalizar todavía más el conflicto sacándolo incluso del ámbito regional.

En ese maremágnum de orgullos, frustraciones e intereses los oportunistas intentan como siempre obtener el mayor beneficio. Los yihadistas se han convertido en Siria en ejércitos semiconvencionales de prestaciones bastante notables. El antecedente ya está consolidado y la eficacia del concepto demostrada. Y aunque probablemente el Daesh y los grupos asociados a al-Qaeda serán finalmente derrotados en el campo de batalla y regresaran a la clandestinidad, ya han demostrado que un ejército de yihadistas motivado, bien organizado y equipado, y capaz de utilizar el terror con eficacia, puede imponerse a los ejércitos de la zona e incluso mantener a raya a sus aliados extranjeros. Solo falta que otros decidan seguir el ejemplo. Esta es una de las consecuencias de las guerras por delegación cuando se convierten en endémicas: que nunca se sabe qué clase monstruos pueden producir.

 

Nota sobre el autor:

José Luis Calvo es Coronel de Infantería del Ejército de Tierra, diplomado en Estado Mayor. Destinado actualmente Profesor de Estrategia y Seguridad Nacional en la Escuela de Guerra del Ejército norteamericano (USAWC). Miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional de la Universidad de Granada.

 

Referencias:

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