La Caballería española en una época de cambio: las reflexiones del Teniente Coronel José de Monasterio, 1930

AGUSTÍN GUIMERÁ RAVINA

Centro Superior de Investigaciones Científicas, España

 

Title: The Spanish Cavalry in a Period of Military Change: The Thoughts of Lieutenant Colonel José de Monasterio, 1930

Resumen: El general africanista José de Monasterio Ituarte (1882-1952), líder de la caballería española en aquella época, es un gran desconocido. En general, la historia de esta arma durante el primer tercio del siglo XX es un campo de investigación que sigue demandando mayores exploraciones. En este caso me ocupo del único trabajo publicado por el entonces teniente coronel Monasterio, allá por el año 1930. Se titula El momento de la Caballería. En esta obra llevó a cabo unas reflexiones interesantes sobre las funciones de la caballería y, en general, de las fuerzas móviles en la guerra moderna.

Palabras clave: Reinado de Alfonso XIII, Caballería española, Fuerzas móviles, José de Monasterio Ituarte

Abstract: The General “Africanist” José de Monasterio Ituarte (1882-1952), leader of the Spanish Cavalry in that time, is an unknown historical figure. The Spanish Cavalry in 1900-1939 is generally demanding new researches. This paper is studying a General Monasterio’s publication, entitled The Moment of the Cavalry, which appeared in 1930. The author is also giving us an overview of this Corps and the mobile forces of the Army in a modern war.

Keywords: Kingdom of Alfonso XIII, Spanish Cavalry, Mobile forces, José de Monasterio Ituarte

Recibido: 28 de junio de 2017

Para citar este artículoAgustín Guimerá Ravina, “La Caballería española en una época de cambio: las reflexiones del Teniente Coronel José de Monasterio, 1930”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 3, No. 2, (2017), pp. 113-127. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.6.7

 

Introducción

Se conoce bien la trayectoria vital de otros generales africanistas españoles del siglo XX, algunos de los cuales han publicado interesantes escritos. Pero el general José de Monasterio Ituarte (1882-1952), líder de la caballería española en aquella época y guerrero por antonomasia,  es un gran desconocido, salvo los ecos de la carga de caballería de su mando en el combate de Alfambra, el 6 de febrero de 1937, la última de nuestro pasado reciente[1]. Por otra parte, la historia de la caballería española en el primer tercio del siglo XX es un terreno que demanda mayores exploraciones. Hay algunos estudios de la caballería en la guerra de Marruecos o la Guerra Civil. Pero queda mucho por hacer[2].

Este artículo es un adelanto de mi trabajo en elaboración sobre el general Monasterio, desde la perspectiva del liderazgo: contexto histórico, origen, familia, formación, carácter, escenarios, pensamiento, acciones, resultados, etc. En este caso me ocupo del único trabajo publicado por el entonces teniente coronel Monasterio, allá por el año 1930. Se titula El momento de la Caballería. En el mismo llevó a cabo unas reflexiones interesantes sobre las funciones de la caballería y, en general, de las fuerzas móviles en la guerra moderna. Por un lado, realizó un largo recorrido histórico de esta arma desde la Antigüedad, comparando finalmente la caballería de otros países europeos después de la Primera Guerra Mundial. Por otro, analizó las ventajas e inconvenientes del uso de estas antiguas y nuevas armas en una guerra futura. Tras un breve recorrido biográfico, me centraré en el análisis de esta obra, su contexto, forma y contenido. A modo de epílogo, estudiaré cómo el ya general Monasterio pudo poner en práctica aquellas máximas en la batalla de Teruel, durante la Guerra Civil.

 

Breve recorrido biográfico

El general Monasterio vivió una época turbulenta de nuestra historia, llena de grandes acontecimientos. Durante la primera mitad del siglo XX tuvieron lugar el reinado de Alfonso XIII –con sus campañas de Marruecos y la Dictadura de Primo de Rivera, entre otros acontecimientos relevantes-, la Segunda República, la Guerra Civil y los inicios del régimen de Franco. Los conflictos bélicos que tuvieron lugar en esas décadas, sobre todo las dos guerras mundiales, produjeron a medio plazo cambios espectaculares en el arte de la guerra, con la generalización del motor de explosión -aviación, camiones, automóviles, carros de combate, etc.- y las mejoras en el armamento -artillería, ametralladoras, armas químicas, etc. Estas innovaciones provocaron una revolución estratégica y táctica, que representó el fin de la caballería. El general Monasterio fue testigo y protagonista de estos acontecimientos.

Descendía de una saga militar muy notable, que se remontaba un siglo atrás. Su bisabuelo, el coronel de infantería Francisco de Paula Monasterio y Ximénez (1790-1850), se había distinguido durante la guerra de Independencia, el Trienio Liberal y la Primera Guerra Carlista. Su abuelo, el general de infantería Francisco de Paula Monasterio y Ferrandis (1818-1880), tuvo igualmente un comportamiento heroico en aquella guerra carlista y participó con posterioridad en algunas sublevaciones militares. Tres de sus hijos sobresalieron asimismo en el mundo castrense. José Monasterio y Ollivier de Pera (1862-1912), teniente coronel de artillería, luchó en Las Carolinas y Filipinas. Su hermano Ángel (1867-1925), coronel de infantería y gobernador militar de Alhucemas, murió durante la defensa de esta plaza. Otro hermano, padre de nuestro biografiado, Francisco de Paula (1848-1928), coronel de infantería, tomó parte en la Tercera Guerra Carlista y en la Guerra de Cuba, siendo además un hombre de estudio, con una excelente formación técnica. El general Monasterio plasmó en sus escritos la admiración que sentía por su padre y lució con orgullo las medallas conquistadas por su bisabuelo en la guerra contra Napoleón.

Los tres hijos de aquel militar del 98 se decantaron por el arma de caballería, a diferencia de sus antepasados. Un hermano mayor, por nombre Francisco de Paula de Monasterio Ituarte, había muerto muy joven en la Academia de Caballería. El entonces coronel Monasterio luchó junto a su hermano, el teniente coronel Félix de Monasterio Ituarte (1884-1963) en la columna de caballería que al mando del primero llevó a cabo importantes operaciones en Ávila, Toledo y Madrid, durante el verano de 1936.

La aproximación al retrato psicológico del general Monasterio constituye una gran ayuda a la hora de valorar su obra. Poseía una estatura mediana, rostro adusto y complexión delgada, debida a su mala salud. Era un fumador empedernido, elegante por naturaleza y estoico por convicción. Fue caballero de la Orden de Malta, admirando la figura del “monje-soldado” y los héroes de la Antigüedad. Hombre de pocas palabras, tenía un carácter serio, incluso seco y tajante, suavizado por un humor flemático –muy inglés-, donde la ironía hacía acto de presencia. Pero en algunos de sus escritos se nos revela sorpresivamente como un alma apasionada, amante de la épica y sensible a la belleza. Su curiosidad le convirtió en un gran lector toda su vida, especialmente interesado en la Historia. Conocía el francés, inglés y alemán. Su estilo combinaba muy bien el rigor y la claridad con la elocuencia, la buena literatura. Le gustaba una buena conversación, prefiriendo siempre escuchar a su interlocutor. Era muy religioso, de pensamiento conservador y monárquico hasta la médula. Estaba orgulloso de sus raíces hidalgas, sintiendo atracción por la genealogía y heráldica de sus antepasados. Debió dar una imagen pública entre caballero medieval y militar moderno. Nunca fue partidario de que los militares se metiesen en política. No le gustaban los festejos públicos ni los actos sociales, lo que parecía esconder una faceta tímida, incluso cohibida, de su personalidad.

El general Monasterio fue todo un líder militar: valiente hasta la heroicidad, inmutable y enérgico ante el peligro, imaginativo en el campo de batalla, atrevido y prudente a la vez, justo con sus subordinados, gran estudioso de la caballería, entregado con pasión a su oficio de jinete, cuidadoso con sus hombres y caballos, jefe que predicaba siempre con su ejemplo,  innovador –fue uno de los primeros pilotos de la aviación española en 1913- y celoso de los derechos adquiridos en su vida guerrera. El propio Franco y otros militares que habían conquistado el generalato con anterioridad le respetaron siempre.

Combatió en destacadas campañas de Marruecos entre 1911 y 1927, incluido el desembarco de Alhucemas. Este teatro de operaciones fue un verdadero laboratorio de la guerra irregular, con múltiples misiones y combates de caballería. Fue herido gravemente en una ocasión. En aquellos años difíciles ascendió con rapidez por méritos militares, de teniente a teniente coronel. Nos encontramos pues ante un héroe experimentado. Este es el autor del excelente ensayo El momento de la Caballería, redactado durante su etapa de profesor de la famosa Academia General Militar de Zaragoza, en el período 1927-1931[3].

 

Contexto histórico y estructura formal

No hay porqué negar que en ningún período de su historia ha sido el porvenir de la caballería tan incierto como hoy… Hoy los inventos que principalmente ponen a discusión su razón de ser son la aviación y los vehículos mecánicos combatientes, que sin duda ejercerán sobre la táctica una verdadera revolución. ¿Podrá la caballería adaptarse al nuevo estado de cosas?

Con este rigor científico iniciaba el entonces teniente coronel Monasterio su ensayo sobre la caballería (Monasterio, 1930: 3). Lo publicó en la famosa Colección Bibliográfica Militar (1928-1936), considerada como un verdadero “hito en la historia del ejército español” (Martínez Paricio et alt., 1984: 64)[4].

Fue una publicación mensual, codirigida por los capitanes Vicente Rojo (1894-1966) y Emilio Alamán (1896-1989), a la sazón profesores en la Academia de Infantería de Toledo. Nació sin apoyo financiero oficial, siendo una labor editorial a caballo entre la empresa privada y los escritos de autor. Seguía la estela de una tradición de literatura militar de fines del siglo XIX y comienzos de la centuria siguiente. Se sumaba en su tiempo a otras publicaciones castrenses, como los memoriales de las distintas armas y la revista oficial La Guerra y su Preparación (1916-1936), de carácter mensual[5]. Pero se diferenciaba de estas obras en que, inspirada por la Biblioteca del Oficial de Argentina, buscaba dar a conocer trabajos militares extranjeros. La colección seguía asimismo la huella del general Camilo García de Polavieja (1838-1914) que, tras la pérdida de las últimas colonias en 1898, había defendido en su manifiesto de ese año la necesidad urgente del estudio de los avances militares en los países más poderosos. Era un producto de la época, con fuerte carácter pedagógico y regeneracionista, en este caso del período de entreguerras, con los cambios dramáticos que estaba experimentando la guerra moderna a partir de la Primera Guerra Mundial.

Se publicaron 95 títulos entre septiembre de 1928 y julio de 1936, en formato de bolsillo, encuadernados en pasta blanda. Entre sus aportaciones figuraban traducciones de obras militares extranjeras: francesas especialmente, pero también italianas y británicas, amén de una belga y una alemana. No faltaban autores de renombre como el mariscal francés Philippe Pétain (1856-1951) o el general británico John F.C. Fuller (1878-1966). Sumaban 107 artículos de firma, 102 recensiones de libros y 2 recensiones de revistas, amén de repertorios bibliográficos donde abundaban las obras extranjeras. Hubo un número dedicado a bibliografía militar y otro a la bibliografía general sobre Marruecos. No hay que olvidar que estamos en el período del Protectorado.

Los temas tratados en sus páginas fueron variados, algunos de ellos muy novedosos, prevaleciendo las enseñanzas de la Primera Guerra Mundial en sus contenidos: aviación, guerra química, enseñanza, cooperación de las armas, economía de guerra, actitudes sociales, psicología del soldado, la guerra futura, etc. Algunos de estas materias serían objeto de análisis por el general Monasterio en su ensayo El momento de la Caballería. En la colección se publicaron incluso memorias de los militares más prestigiosos de la Gran Guerra. Los trabajos de pensadores y estadistas extranjeros –Marx, Lenin, Splenger, Troski, Jünger, etc.- encontraron asimismo un hueco en sus volúmenes, a través de una cita o recensión. Existía una sección dedicada a la publicidad de obras militares y otros asuntos de interés castrense. En otras palabras, se perseguía la formación integral del mando, tanto en sus aspectos militares como en relación al contexto socioeconómico en que se iba a desenvolver una guerra futura.

Las tiradas se acercaron a los doscientos mil ejemplares, teniendo una gran difusión nacional e internacional, especialmente en Hispanoamérica. Algunos militares españoles colaboraron activamente en la colección, dotados de una buena formación cultural. Poseían una experiencia práctica en las campañas de Marruecos y varios de ellos alcanzarían altos puestos de responsabilidad durante la Guerra Civil, caso de los generales Rojo y Monasterio:

La Colección Bibliográfica fue una obra hecha por oficiales que tuvieron como característica principal la de escribir en y desde el desarrollo de su vida profesional. Combinando su propia experiencia en el combate con el estudio y el análisis crítico de los planteamientos teóricos, tanto de los tratadistas militares españoles como extranjeros. (Martínez Paricio et alt., 1989: 57).

La colección alcanzó una media de dos mil suscriptores, hecho que refleja el sentimiento común de muchos hombres de la milicia sobre la necesidad de un cambio en las fuerzas armadas españolas de la época. Fue todo un éxito editorial.

El balance de esta obra es evidente. Según los autores citados, este impulso editorial estaba contribuyendo sin duda a poner los fundamentos de un pensamiento estratégico propiamente español. Pero la Guerra Civil dejó en suspenso este proyecto renovador.

En su primera parte de El momento de la Caballería el general Monasterio llevó a cabo una larga presentación histórica de la caballería, desde el siglo IV a.C. hasta 1914 (Monasterio, 1930: 5-68). Representaba el 47% del total. En este apartado citó los logros de Alejandro Magno, Mahoma, Mauricio de Sajonia, Federico II y Napoleón, entre otros. La caballería napoleónica fue objeto de especial interés (pp. 30-39). Dedicó algunas páginas al liderazgo de grandes jefes como el general prusiano Friedrich G. von Seydlitz (1721-1773) durante las campañas que tuvieron lugar a mediados del siglo XVIII, o el general confederado James E. B. Stuart (1833-1864) durante la Guerra de Secesión Americana (Monasterio, 1930: 15-29 y 39-45). Asimismo se ocupó largamente de la batalla de Mars La Tours en 1870, la guerra franco-prusiana, hecho de armas que consideraba el cénit de las cargas de caballería (Monasterio, 1930: 46-66). En la segunda y tercera parte de su estudio analizó la doctrina sobre esta arma en 1914 y las actuaciones durante la Primera Guerra Mundial (Monasterio, 1930: 79-91). Suponía el 22% del total.

La cuarta parte es la que nos interesa más: la dedicada a la caballería después del conflicto (Monasterio, 1930: 92-134), es decir un 31% del total. El general Monasterio desarrolló en este apartado el principio de movilidad en la guerra, desglosando las misiones de las fuerzas móviles existentes en todo ejército moderno. Realizó también, con todo detalle, un análisis comparado de la caballería en Europa y Estados Unidos entre 1919 y 1930. Ello le permitió profundizar en los retos inherentes a la motorización y mecanización de los ejércitos, indicando las ventajas e inconvenientes de la caballería tradicional, la aviación y el carro de combate, aplicándolo al caso español.

En su discurso muestra así un dominio de las fuentes bibliográficas de su tiempo y su afición a la historia militar. Entre la nómina de los autores citados están destacados historiadores y militares como Xenofontes, Jomini, Oman, Lewal, Erskine, von Bernhardi, French, Haig, von Kluck, Allenby, von Brenken y Hanotaux. Además, sus conocimientos del francés, inglés y alemán le permitieron conocer a fondo las controversias de su época sobre la utilidad de la caballería. Tal es el caso del debate sostenido por el general francés Féraud y el general alemán von Poseck sobre las acciones de esta arma durante la Primera Guerra Mundial, desde las columnas de la Revue de deux mondes y la Militar Wochenblatt respectivamente (Monasterio, 1930: 76-80). Su dominio de la lengua germana le permitió transmitir al lector los conceptos de gelandeganging y strassenganging, aplicados a las fuerzas móviles por la doctrina militar alemana del momento: el primero representaba un arma que se podía mover y maniobrar sobre cualquier terreno; y el segundo un arma que estaba más o menos sujeta a las carreteras (Monasterio, 1930: 116-117)[6].

El general Monasterio muestra en su obra un buen estilo: claro, riguroso y ameno, alcanzando en algunas ocasiones calidad literaria. Un ejemplo lo tenemos en su descripción de la primera carga de la caballería prusiana, al mando del general von Seydlitz, en la batalla de Rosbach, el año 1757 (Monasterio, 1930: 27):

…y las trompetas dejaron oír el toque de carga, y los 38 escuadrones aparecieron en lo alto de la loma con su bravo general a la cabeza, irrumpiendo sobre el flanco enemigo ‘compactos como una muralla y a una velocidad increíble’[7].

En este trabajo se trasluce un espíritu militar propio de la época. El general Monasterio describía así con entusiasmo ciertas acciones de la caballería, caso de la batalla de Mars La Tour en 1870 o la campaña de Palestina en 1918, y defendía la necesidad de “conservar las grandes tradiciones de la época heroica” del arma, apelando a “los jóvenes de espíritu más elevado, con ansia de nombradía y gloria” (Monasterio, 1930: 30-31, 60, 66 y 90).

Su elogio de la caballería, en aquel momento de grandes transformaciones de la guerra moderna, es bien ilustrativo de esta mentalidad épica (Monasterio, 1930: 61):

Pues, aun cuando estas montas hayan pasado para siempre, tendrán que convencerse los que claman por el desplazamiento de la caballería, ante los tanques y la química, que hay todavía sitio en la guerra para los hombres bravos, disciplinados y bien conducidos, que saben galopar indiferentes a la muerte.

 

Una visión completa de la Caballería

El hilo conductor del trabajo es el concepto de movilidad, la defensa de la maniobra frente a la guerra de trincheras, que tantas desgracias había generado en el conflicto mundial de 1914. Ya en las primeras páginas, el autor se refería a los éxitos de la caballería de Alejandro Magno en su acción ofensiva: buscar, fijar, batir y “destrozar” al enemigo (Monasterio, 1930: 7).  Mencionaba también el uso de estas fuerzas móviles por Napoleón para recabar información del oponente y crear cortinas, con el fin de cubrir su ejército y al mismo tiempo engañar a su adversario (Monasterio, 1930: 38). Desarrolló este concepto en la cuarta parte de su obra, al estudiar la caballería después de la Gran Guerra. Estas fuerzas móviles estaban compuestas en 1930 por la caballería, las fuerzas mecanizadas de infantería y artillería, los carros de combate y la aviación.

El general Monasterio fue bien claro sobre las misiones de las fuerzas móviles en un ejército de campaña (Monasterio, 1930: 98): “…ganar información para la fuerza principal, ocultar sus movimientos, protegerla de las sorpresas, confirmar sus éxitos, cubrir su retirada y, finalmente, actuar como reserva móvil”.

Las misiones de la caballería durante el combate eran múltiples: flanqueo, envolvimiento, asalto a la posición adversaria –si se daban las condiciones favorables para ello-, consolidación en la ocupación del objetivo y persecución del enemigo. Añadía la acción a distancia del campo de batalla principal. Ya había citado en su ensayo los famosos raids del general confederado Stuart, durante la Guerra de Secesión Americana. Concluía que las fuerzas móviles poseían en teoría un poder ilimitado, por sus características propias: máximo de velocidad, máxima potencia de fuego y mínimo de vulnerabilidad (Monasterio, 1930: 105). El autor tenía bien claro el papel de estas fuerzas en una guerra futura (Monasterio, 1930: 134): “Cualquiera que sea la organización del arma móvil del futuro, el espíritu que la anime será el de la movilidad, movilidad en el pensamiento y movilidad en el cuerpo”.

A lo largo de su exposición el autor fue enumerando todos los factores a tener en cuenta para el uso de la caballería, acudiendo a la narrativa histórica. Aquí sólo puedo resumirlos.

El terreno es clave. Aunque la caballería tiene limitaciones a la hora de actuar en un relieve montañoso, el autor concedía importancia a la adaptación de esta arma a toda clase de terreno, con el fin de sacarle el máximo rendimiento. También se refirió a la evolución de las razas caballares en Europa, Asia y norte de África, desde la Antigüedad hasta el siglo XVIII. Afirmaba que a partir del siglo XVII la mezcla del caballo pura sangre inglés con otras razas, especialmente el pura sangre árabe, había originado el caballo de guerra ideal. Concedía mucha importancia a la logística: el forraje, la veterinaria y el descanso necesario del “ganado”. Ponía ejemplos de grandes fracasos militares debido a las negligencias en esta materia, como la campaña de Rusia por Napoleón o las enormes pérdidas de caballos en la Guerra de los Bóers y la Primera Guerra Mundial.

Se extendió asimismo en el equipo y armamento del caballo y su jinete. En este tema el autor puso su énfasis en los cambios vertiginosos que estaba experimentando la caballería en 1930, tras haber alcanzado su cénit en 1870, con sus famosas cargas de sable. Ello se debía a la generalización del fusil de repetición y la ametralladora. Se ocupó también de la organización de la caballería en sus distintas ramas: ligera, de línea y pesada. Concluía señalando la importancia de la información exacta del teatro de operaciones y la batalla principal por un jefe de caballería, pues ello le permitiría tomar decisiones rápidas en cuanto a la difusión de la inteligencia militar y las posibles acciones de su arma. El comportamiento del general Seydlitz en la batalla de Rosbach de 1757 fue utilizado por el general Monasterio como un claro ejemplo del valor táctico de la información.

Y así entramos en uno de los temas favoritos del autor: la carga de caballería. Tras citar al mariscal francés Mauricio de Sajonia (1696-1750) como promotor de esta táctica resolutiva, se centró en los casos ya mencionados de Seydlitz, Napoleón y la batalla de Mars La Tour[8].

 

Liderazgo

El autor plasma su admiración por dos líderes del arma. El primero fue el ya citado von Seydlitz, que destacó principalmente en la Guerra de los Siete Años. Lo calificaba como el típico jefe militar, dotado de valentía, iniciativa, paciencia, serenidad, energía y rapidez de ejecución, atrevimiento y prudencia a la vez. Fue famoso por su coup d’oeil en el campo de batalla. Preocupado siempre por la instrucción completa de sus subordinados, convirtió sus regimientos de caballería en una verdadera máquina de combate. El autor se extendió en un caso concreto: la batalla de Rosbach el 5 de noviembre de 1757, donde von Seydlitz colaboró en la victoria aplastante de Federico II sobre el ejército aliado, mediante dos grandes cargas de caballería[9].

El general Monasterio valoró entonces sus dotes de mando en Rosbach (Monasterio, 1930: 29):

Seydlitz demostró con su genio militar que había nacido para jefe de caballería; la coordinación de todas las armas, la concentración de la caballería; su formación y agilidad; y, sobre todo, su golpe de vista y prudencia como jefe fueron los factores decisivos de la victoria. Su táctica muy sencilla, pero inspirada, consistió en vigilar cuidadosamente los acontecimientos para aprovechar la oportunidad cuando se presentaba, considerar todas las posibilidades y actuar con prontitud sin esperar órdenes.

En cuanto al general Stuart, el autor alabó sus incursiones profundas en territorio de la Unión en 1862. Al mando de unidades de experimentados jinetes, con caballos propios y buenos conocedores del terreno, Stuart atacó por sorpresa diversas posiciones enemigas. En junio recorrió 177 kilómetros en tres días. En agosto cabalgó 96 kilómetros en sólo veinte horas y en octubre hizo nada menos que 192 kilómetros en sesenta horas. Ocasionó importantes daños al enemigo, capturando prisioneros y caballos, recabando información estratégica y minando su moral de combate.

En mi opinión, a la hora de describir el carácter de estos líderes militares el general Monasterio se retrató de una manera subconsciente. El caso de von Seydlitz es bien ilustrativo (Monasterio, 1930: 21):

Era rígido, pero amable con sus soldados, no les pedía nada que no fuese capaz de hacer él mismo, como tampoco consentía que los oficiales les mandasen cosas que ellos no supiesen ejecutar a la perfección. Pronto ganó el corazón de sus hombres, que le adoraban y que a sus órdenes se consideraban invencibles.

 

“El momento de la caballería”: entre la tradición y la modernidad

Durante el período 1919-1930 hubo una fuerte controversia en los ejércitos europeos sobre la reconversión de la caballería en una fuerza acorazada, por las dudas que existían sobre la eficacia del carro de combate, su coste y la oposición de algunos mandos militares a estos cambios dramáticos del arma tradicional.

En el ejército español predominaron las reservas en torno al carro de combate y, por lo tanto, a la creación de fuerzas acorazadas[10]. Así, en los años 1928-1929 se publicaron instrucciones oficiales sobre el uso de esta nueva arma de apoyo a la infantería. La revista La Guerra y su Preparación dio a conocer en enero de 1926 un resumen de un artículo del comandante Castro sobre aquel vehículo acorazado, donde el autor defendía el hecho de que la introducción de armas anticarro y otras medidas de neutralización habían disminuido su valor combativo. El comandante Luis Fumarola, en su libro Democracia y Ejército, editado en 1928, lo contemplaba solamente como un arma auxiliar de la infantería, opinión compartida por muchos. Otro artículo publicado en la revista La Correspondencia Militar, en febrero de 1928, se oponía a la conversión de la caballería en un arma mecanizada. El teniente coronel Federico Beigbeder mostró asimismo muchas cautelas acerca del uso del carro de combate en su artículo de agosto de 1928, en la revista La Guerra y su Preparación, aunque reconocía las ventajas de la motorización y mecanización para el transporte de soldados y material. Iba más allá, al afirmar que el relieve montañoso de la Península Ibérica, la debilidad de su industria del motor y la dificultad de aprovisionamiento de combustible, aceites y neumáticos constituían fuertes obstáculos a este proyecto. En la misma línea se expresaba el general Emilio Mola, en su libro El pasado, Azaña y el porvenir, que vio la luz en 1934, al incidir en las dificultades impuestas por el relieve español, la falta de buenas vías de comunicación y el problema del carburante para una modernización militar de este calibre. 

La única voz que disintió de esta atmósfera crítica fue precisamente la de un oficial de artillería. El comandante Vicente Montojo, en su libro Ejército moderno, publicado en 1930, apostaba por la motorización y mecanización de los ejércitos, para llevar a cabo una guerra de movimiento y superar la parálisis de la guerra de trincheras, que tantas penalidades había traído consigo durante la Primera Guerra Mundial. La caballería debería así sustituir el caballo por el carro de combate. A la hora del asalto, el uso en masa del carro de combate se asemejaría a la tradicional carga de caballería pesada, pero de mayor eficacia en el choque y el fuego de sus armas. Esta nueva arma acorazada debía de ser independiente de la infantería.

La polémica influyó en el hecho de que a la altura de 1930 el ejército español contase con muy pocos carros de combate. Había utilizado algunas unidades de fabricación extranjera en las campañas de Marruecos, ya desde 1912, y se había ensayado la construcción de un modelo nacional en 1926. Durante la Dictadura de Primo de Rivera se pensó incluso en formar un grupo de carros de combate que sería integrado en la infantería, pero no pasó de un mero proyecto.

La Colección Bibliográfica Militar se hizo eco de este debate. Había publicado la traducción de una obra del general Fuller, La guerra futura, antes de 1930. Según este autor, los vehículos mecánicos, movidos por el carburante procedente del petróleo, habían sido claves en la victoria aliada durante la Gran Guerra. En consecuencia, defendía el carro de combate como un arma ofensiva en una futura guerra de trincheras. En otras palabras, la motorización y la mecanización darían la victoria al ejército del mañana[11].

Éste era el ambiente en donde vio la luz el ensayo del general Monasterio.

 

Caballería versus carro de combate

Partiendo del concepto de movilidad ya descrito, el general Monasterio fue realista sobre la sustitución de la caballería por los vehículos mecánicos, tras la experiencia de la Primera Guerra Mundial (Monasterio, 1930: 94):

... no sólo es posible, sino muy probable, que en el futuro se produzca un equivalente mecánico del arma montada, que sea capaz de llevar a cabo sus misiones con más eficacia; no es posible ponerse de espaldas a la realidad, ni mirar con recelo todos los progresos del orden mecánico; la ‘mecanización’ todavía en su infancia, marcha a pasos agigantados y tal vez resuelva el problema de la movilidad y de la acción ofensiva, único medio de conseguir la victoria y evitar la lucha en las trincheras[12].

En la cuarta parte de su exposición se extendió sobre las ventajas e inconvenientes de la caballería, la aviación y el carro de combate. Según el autor, la primera tenía sus limitaciones obvias: resistencia y velocidad del caballo; peso del equipo y armamento; naturaleza del terreno; y vulnerabilidad a la artillería y la aviación. Con la generalización del armamento automático –fusiles y ametralladoras- y los avances de la artillería, la caballería había perdido su papel como arma de asalto y elemento resolutivo del combate. Su escasa movilidad y poder de fuego frente a las nuevas armas, así como su vulnerabilidad, la habían relegado a funciones de exploración y cobertura. Sólo podría tomar una posición enemiga por sorpresa. Durante la Primera Guerra Mundial la caballería británica y había tenido un éxito excepcional cuando se había enfrentado a un enemigo inferior en armamento e instrucción, como sucedió en las campañas de Mesopotamia y Palestina.

La aviación poseía también algunos inconvenientes. Dependía en primer lugar de la climatología, pues en caso de niebla no podía llevar a cabo sus reconocimientos y ataques. En zonas boscosas y quebradas era factible la ocultación enemiga a la visión desde el aire. Peor aún, los aviones podrían confundir tropas propias por adversarias, dando lugar a accidentes graves, como había sucedido en las campañas del Rif, tan bien conocidas por el general Monasterio.

El carro de combate tenía asimismo sus defectos. Era un arma ruidosa y visible, lo que dificultaba su tarea exploradora. Al mismo tiempo, su campo de visión era limitado. Existían obstáculos naturales a su avance, como los ríos, las cortaduras, los bosques espesos y las montañas. Sus movimientos nocturnos eran muy fatigosos para las tripulaciones. Tras la sorpresa inicial, habían surgido armas anticarro durante la Gran Guerra, que habían supuesto un freno a sus potencialidades. Por último, su embarque o desembarque era muy dificultoso.

El mayor inconveniente descrito por el autor era que a la altura de 1930 el carro de combate seguía dependiendo de las carreteras existentes. Sin embargo, el general Monasterio era sensible a los últimos adelantos en esta materia. Dejó constancia que en aquel momento se estaba ensayando un carro de combate en campo abierto por los franceses, que el famoso inventor británico William Morris experimentaba con el diseño de un camión ligero de seis ruedas y que los estadounidenses apostaban por un carro de combate ligero, tipo tractor (Monasterio, 1930: 114 y 117-118). Ya vimos su cita de aquella doctrina militar alemana que distinguía entre armas que se podrían mover por cualquier clase de terreno y aquéllas que sólo podían transitar por carretera (Monasterio, 1930: 116-117).

El autor hizo entonces un largo repaso de la caballería existente en otros países europeos antes de 1930. En Francia e Italia, al igual que España, se primaba la caballería, aunque hubiese infantería motorizada, junto a unidades de auto-ametralladoras y carros de combate. Gran Bretaña era un caso bien distinto, pues vivía una “verdadera fiebre de mecanización” (Monasterio, 1930: 134). Ya en 1928 su caballería contaba con dos regimientos mecanizados, de un total de 22. En los Estados Unidos, el gran desarrollo de la industria automovilística había permitido la adopción del transporte a motor en aquel país. En Norteamérica se buscaba ahora una transición gradual de la caballería a la mecanización. Desde el punto de visto organizativo, ya se había incluido una compañía de carros de combate ligeros en cada división de caballería, a la que se añadía una escuadrilla aérea de 13 aparatos y una compañía de transporte automovilístico, con 27 camiones. En Alemania, la impresión del general Monasterio era que el debate seguía abierto. Ponía el ejemplo reciente del mayor von Brenken, que apostaba por el uso de la caballería en campo abierto y terrenos difíciles, reservando los carros de combate para las carreteras. Está claro que el oficial alemán coincidía con el general Fuller cuando adaptaba su doctrina a la geografía de la Península Ibérica.

Tras este análisis comparado, el general Monasterio daba como solución a esta polémica la combinación de armas, idea coincidente con el espíritu que presidía la Colección Bibliográfica Militar. Las fuerzas móviles podrían colaborar entre sí: la aviación se encargaría de la exploración estratégica, por su mayor radio de alcance; la caballería se ocuparía de la exploración táctica, por su mejor adaptación al terreno, la climatología y a cualquier hora del día o de la noche. En combinación con los vehículos mecánicos, la caballería podría levantar cortinas de ocultación ante el enemigo y, al mismo tiempo, servir de eslabón con la infantería. Los pequeños destacamentos de caballería podrían actuar en cooperación con esta última arma. Estaba claro que el uso independiente de grandes masas de caballería contra un enemigo bien disciplinado y armado ya no era posible.

Su diagnóstico sobre una transformación radical de las fuerzas móviles fue pues negativo (Monasterio, 1930: 101): “Por todas las razones apuntadas, es de esperar que todavía, durante muchos años, las fuerzas móviles de las principales naciones mundiales, se formen a base de caballería, aunque asistida por vehículos mecánicos y la aviación”.

 

Epílogo        

El ensayo del general Monasterio se movía así en la frontera de una insospechada revolución de la mecanización y motorización de los ejércitos occidentales. En la década siguiente varios países apostarían decididamente por las fuerzas acorazadas[13].

Estos cambios llegaron con retraso a Francia. En 1934 ya se había organizado la primera división ligera mecanizada, únicamente para misiones de reconocimiento y protección. En 1938 se creó la segunda división y la tercera vio la luz al año siguiente. Gran Bretaña, sin embargo, inició en 1937 la transformación total del arma. En 1939 ya contaba con dos divisiones acorazadas. La caballería desapareció en esa fecha, fusionándose con el Royal Armoured Corps. Por su parte, Alemania había contado con defensores de las fuerzas acorazadas en los años veinte, pero sería en 1933 cuando creó la primera división acorazada –Panzer Division-, una verdadera revolución que se afianzaría en 1935, cuando su ejército ya poseía tres divisiones acorazadas, en donde se habían integrado la caballería y la infantería.

Durante los años treinta la idea de un arma acorazada independiente fue ganando adeptos en los Estados Unidos. Según algún autor de la época, se compondría de carros de combate, infantería, artillería, aviación, zapadores, transmisiones y otros servicios. La victoria de Alemania sobre Francia en junio de 1940 fue el acicate final de esta transformación: en julio de ese año se crearon dos divisiones acorazadas estadounidenses, desapareciendo la caballería como arma.

Es curioso observar que el general Monasterio, pese a sus reservas sobre la transformación radical de las fuerzas móviles, había profetizado esta posible revolución militar diez años antes (Monasterio, 1930: 95): “Si el núcleo principal de un ejército tiene que ser completamente mecanizado y capaz de moverse cientos de kilómetros al día, entonces no hay puesto para la caballería”.

En los años 1931-1936 siguió existiendo en España un gran retraso en este terreno (Guerrero Martín, 2014; y Candil Muñoz, 2016). Es un tema estudiado, que resumo aquí.

En los comienzos de los años treinta la Colección Bibliográfica Militar siguió publicando trabajos sobre la caballería y su futuro. El comandante Epifanio Gascueña, en su estudio La moderna división de caballería, editada en 1931, afirmaba que la imperfección de los vehículos mecánicos y las malas vías de comunicación en la Península Ibérica impedían llevar a cabo la sustitución de la caballería por la aviación y las fuerzas mecanizadas. La premisa para este cambio era que la industria española pudiese fabricar vehículos en suficiente cantidad. Sus ideas coincidían pues con lo ya expuesto por otros autores.

El autor más renovador de la colección fue el teniente Enrique García Albors, que dio a conocer su obra Carros de combate por entregas en los años 1932-1933. Siguió insistiendo en las dificultades mencionadas a la hora de crear un arma acorazada: su elevado coste y el relieve peninsular. A ello se añadían la ausencia de un reglamento actualizado de carros de combate y el entrenamiento de estas unidades en colaboración con la infantería. En su libro Motorización y mecanización del ejército, impreso en 1935, insistía en la mecanización no sólo del transporte sino también del combate. A la larga esta aplicación técnica traería consigo la eliminación o disminución de la caballería. Pero García Albors era realista acerca de la situación económica del país. Por un lado, defendía la motorización de aquellas unidades más fáciles de renovar en el arma de caballería: la artillería, los trenes y servicios. Por otro, abogaba por la creación de unidades de carros ligeros, como apoyo a la infantería. 

Durante la II República, existieron propuestas oficiales para la creación de una división motorizada, incluso la progresiva motorización del ejército. Pero que no se plasmaron en la realidad. La reforma militar de Azaña tenía una marcada finalidad política y no se preocupó por estas cuestiones. Los efectos de la Gran Depresión y la crispación socio-política hicieron el resto. Cuando estalló la Guerra Civil, el ejército sólo contaba con 12 vehículos blindados sobre ruedas y la única división de caballería existente no estaba mecanizada.

Sin embargo, en el transcurso de la guerra el general Monasterio pudo demostrar que, ante la escasez de fuerzas mecanizadas en el ejército de Franco, la caballería era todavía capaz de llevar a cabo numerosas misiones. El ejemplo más espectacular fue la carga de tres mil jinetes de su división el 6 de febrero de 1937, durante la conocida maniobra de Alfambra, en el sector montañoso al norte de Teruel. Sus jinetes tomaron sorpresivamente la aldea de Visiedo por la espalda, con la ayuda de la artillería y la aviación. Ambas armas habían machacado con su fuego las posiciones republicanas hasta que la caballería, que marchaba al paso, estuvo a sólo cincuenta metros de las trincheras enemigas, momento en que las tomó por asalto, al galope[14]. Este caso ilustra muy bien la idea que el general Monasterio defendía en su libro sobre las necesarias condiciones para el asalto de la caballería a la infantería (Monasterio, 1930: 99):

Para que un ataque a caballo tenga éxito contra una infantería organizada a la moderna, es preciso que su solidez haya sido quebrantada por la desmoralización, la fatiga o la sorpresa, o que el fuego que apoye la carga sea realmente aplastante con relación al de la defensa.

La carga de Alfambra fue así el canto de cisne de la caballería española, que tantos servicios había prestado a lo largo de los siglos.

 

Nota sobre el autor:

Agustín Guimerá Ravina es doctor en Historia Moderna e investigador del Instituto de Historia, CSIC, Madrid.

Este trabajo forma parte del proyecto de investigación “Liderazgo estratégico en España: de la historia a los retos del futuro”, Ministerio de Economía y Competitividad (HAR2015-63729-r)

 

Referencias:

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- (2011), El “Alcántara”, 1921. La Caballería en el desastre de Annual, Madrid: Almena.

- (2014), En torno a Annual, Madrid: Ministerio de Defensa.

Aspizua Turrión, J., Bernabeu Urbina, R. y Molina Benayas, J.  (1989), “La Colección Bibliográfica Militar (Por la reivindicación de la profesión militar en preguerra)”, Revista de Estudios Políticos (Nueva Época), No. 64.

Blázquez Miguel, J. (2013), La última carga. La Caballería en la Guerra Civil española, Madrid: Ediciones Barbarroja.

Candil Muñoz, A. J. (2016), “El futuro de la Caballería (I)”. Recuperado de www.ejercitos.org .

Cardona, G. (2003), El gigante descalzo. El ejército de Franco, Madrid: Aguilar.

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Jomini, A. H. (1805), Traité de grande tactique ou relation de la guerre de sept ans, extraite de Tempelhof, commentée et comparée aux principales opérations de la dernière guerre... par Henry Jomini... avec cartes et plans. Première Partie, Paris: Giguet et Michaud Imprimeurs Libraires- Magimel Libraire.

Guerrero Martín, A. (2014), “La Colección Bibliográfica Militar y el debate sobre la mecanización y la motorización (1928-1936)”, Revista Universitaria de Historia Militar, No. 6, Vol. 3, pp. 174-189.

- (2015), Análisis y trascendencia de la Colección Bibliográfica Militar (1928-1936). Tesis doctoral, UNED, Madrid.

- (2017), “El desarrollo del carro de combate en el ejército español hasta la Guerra Civil (motorización y mecanización del ejército)”, en Gajate Bajo, M.  y González Piote, L.  (eds.), Guerra y tecnología. Interacción desde la Antigüedad al Presente, Madrid: Fundación Ramón Areces, pp. 453-478.

Lión Valderrabano, R., Silvela y Miláns del Bosch, J. y Bellido, A. (1999), La caballería en la Guerra Civil, Valladolid: Quirón Ediciones.

Martínez Bande, J. M. (1974), La batalla de Teruel, Madrid: Librería Editorial San Martín.

Martínez Paricio J.I., Aspizua Turrión, J., Bernabeu Urbina, J. R.  y Molina Benayas, J. (1989), Los papeles del general Vicente Rojo. Un militar de la generación rota, Madrid: Espasa Calpe.

Monasterio, Teniente Coronel (1930), El momento de la caballería; Toledo: Sebastián Rodríguez Impresor, 134 pp.

Silvela Miláns del Bosch, J. (1992), “La Guerra Civil (1936-1939)”, en Albi de la Cuesta, J., Stampa, L. y Silvela Miláns del Bosch, J. Un eco de clarines. La caballería española, Madrid: Tabapress, pp. 317-360.


[1] En este artículo utilizo, a efectos expositivos, el término de “caballería” para referirme al arma tradicional, la caballería de sangre.

[2] Albi de la Cuesta (1992; 2011; 2014); Blázquez Miguel (2013); Candil Muñoz (2016); Lión Valderrábano-Silvela y Miláns del Bosch-Bellido (1999); y Silvela Miláns del Bosch (1992).

[3] Este resumen biográfico se basa en la documentación existente en el Archivo Monasterio Roldán, Vigo. Vaya mi agradecimiento a Zoila y Celia Monasterio Roldán, nietas del general Monasterio, por su inestimable ayuda. También fueron muy útiles mis conversaciones con otros familiares que le conocieron, como Francisco Ortega Monasterio, Concepción Monasterio Prendes y Milagros Pascual de Riquelme, a quienes agradezco también su colaboración.

[4] Resumo la trayectoria de esta publicación, basándome en los siguientes estudios: Aspizua Turrión, Bernabeu Urbina y Molina Benayas, 1989; Guerrero Martín, 2014; Guerrero Martín, 2015; Guerrero Martín, 2017; y Martínez Paricio et alt., 1984: 53-64. Agradezco al profesor Guerrero Martín su ayuda en este terreno.

[5] Denominada Revista de Estudios Militares, a partir de 1932.

[6] Sin embargo, llama la atención el que no mencionase las obras de Basil Liddel Hart (1895-1970) y el citado Fuller.

[7] La cita sobre la carga de von Seydlitz que el autor incluye en este párrafo debe pertenecer a un estudio sobre la batalla por Antoine Henry Jomini (1779-1869). El general Monasterio citó a Jomini en su relato de Rosbach (Monasterio, 1930: 26). Véase Jomini (1805: 400-440).

[8] El 16 de agosto de 1870, en Mars La Tour, 67.000 efectivos del III y X cuerpos de ejército alemanes cortaron la retirada del denominado ejército francés del Rin, que sumaba 120.000 hombres. La caballería fue la principal protagonista de la jornada. Intervinieron 20.000 caballos, entre ambos bandos. Se llevaron a cabo nada menos que 18 cargas de arma blanca, en alguna ocasión contra cañones, fusiles y ametralladoras. Las pérdidas fueron de unos 16.000 hombres por cada oponente. Las bajas de la caballería alemana fueron seis veces más que las sufridas por las restantes armas de su ejército. Pero esta dura batalla fue una victoria estratégica, pues impidió la unión de los ejércitos franceses, lo que trajo consigo la derrota francesa de Sedan (Monasterio, 1930: 46-66).

[9] En esta batalla se enfrentaron 22.000 prusianos contra 50.000 aliados. Seydlitz, con sus 38  escuadrones -5.814 sables-, al abrigo de unas colinas, cargó por sorpresa sobre la caballería aliada -52 escuadrones y 8.000 sables-, causándole muchas bajas y una rápida dispersión de sus efectivos. Posteriormente destruyó a la infantería aliada en una segunda carga, con el apoyo de la artillería prusiana (Monasterio, 1930: 25-29).

[10] En este apartado resumo el excelente estudio de Guerrero Martín (2014).

[11] La colección traduciría otro libro del escritor británico, Operaciones entre fuerzas mecanizadas en 1933, donde el autor ofrecía una solución a la movilidad en un teatro de operaciones tan difícil como la Península Ibérica: la caballería actuaría en las montañas y el carro de combate maniobraría simultáneamente en la llanura.

[12] Hay alguna voz que se ha alzado contra el pensamiento del general Monasterio sobre este tema, atribuyéndole la negativa a que la caballería recibiese carros de combate, afirmando que sus jinetes no debían esconderse tras una plancha de acero, pues ello era signo de falta de valor. Lamentablemente, dicho autor no indica la fuente en la que basa su rotunda descalificación de este militar, que es desmentida por todo lo que señalo en este apartado (Cardona, 2003: 54).

[13] Los párrafos siguientes se basan en el trabajo de Candil Muñoz (2016).

[14] En la maniobra de Alfambra (5-7 de febrero), intervinieron dos cuerpos de ejército de Franco, teniendo como reserva la quinta división Navarra de infantería y la primera división de caballería. La proporción de fuerzas era de tres a una, en relación a los defensores republicanos. La superioridad artillera y el dominio aéreo hicieron posible esta carga de caballería. Dicha acción trajo consigo la ocupación inmediata por sus jinetes de los pueblos circundantes -Lidón, Camañas y Perales de Alfambra-, alcanzando así la orilla derecha del río ese mismo día. La división había recorrido unos 35 kilómetros en esa jornada. La infantería consolidó pronto aquellas posiciones, embolsando así a numerosas fuerzas enemigas y capturando 8.235 prisioneros. Esta batalla significó la ruptura de unos 80 kilómetros en el frente republicano de Teruel y la reconquista de la ciudad catorce días más tarde (Blázquez Miguel, 2013, 156-160; Casas de la Vega, 1976, 242-262; Martínez Bande, 1974, 183-189 y croquis número 7; y Silvela Miláns del Bosch, 1992, 334-335).

 

 
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