La ausencia de política disuasoria: el caso de la guerra de Ifni-Sáhara

JUAN PASTRANA PIÑERO

GRENS, Universitat Pompeu Fabra, España

 

Title: Lack of Dissuasive Policy: the Case of Ifni-Sahara War

Resumen: La ausencia de una política de disuasión fue uno de los factores clave que explica el estallido de la última guerra colonial española. Este artículo analiza las contradicciones de la política del régimen franquista en sus territorios del África Occidental Española, en especial la carencia de una política creíble de disuasión ante la creciente amenaza de la presencia del denominado Ejército de Liberación del Sáhara.

Palabras clave: Ifni, Sáhara, Política de disuasión, Marruecos, Franquismo, Colonialismo

Abstract: The lack of a dissuasive policy was one of the key factors that explains the outbreak of the last Spanish colonial war. This article analyses the contradictory policy of general Franco’s regime about its territories of the Africa Occidental Española. Especially, it deals with the absence of a credible dissuasive policy in contrast to the increasing menacing presence of the so-called Army of Liberation of the Sahara.

Keywords: Ifni, Sahara, Dissuasive policy, Marruecos, Franquism, Colonialism

Recibido: 28 de mayo de 2017

Aceptado: 9 de julio de 2017

Para citar este artículo: Juan Pastrana Piñero, “La ausencia de política disuasoria: el caso de la guerra de Ifni-Sáhara”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 3, No. 2, (2017), pp. 61-76. http://dx.doi.org/10.18847/1.6.4

 

Introducción

El presente artículo pretende analizar la situación política existente en los territorios del ya extinto África Occidental Española (en adelante, A.O.E.) en los meses previos al estallido de hostilidades que condujeron a la conocida como guerra de Ifni-Sáhara (noviembre de 1957 a junio de 1958). Este conflicto involucró a fuerzas militares españolas y francesas contra el denominado Ejército de Liberación del Sáhara, grupos armados de origen marroquí que perseguían la incorporación al recientemente independizado Estado norteafricano de una serie de territorios que conformarían lo que Allal el Fassi denominó el Gran Marruecos.

En concreto, el estudio centrará su análisis en las contradicciones de la política española desarrollada entre los años 1956 y 1957, y, particularmente, en la ausencia de una política creíble de disuasión frente al Ejército de Liberación que hubiese podido evitar el choque armado. Asimismo, se analizarán las diferentes perspectivas que sobre esta pauta de actuación tenían el gobierno de Madrid y los sucesivos gobernadores militares del A.O.E. a través de la documentación conservada en el Servicio Histórico-Militar de Madrid, así como la contradictoria política respecto a una eventual alianza con Francia. Se distinguirán tres períodos en concreto: el apoyo español a los movimientos independentistas marroquíes durante su lucha por la emancipación de la tutela francesa, la fase mauritana del conflicto y, por último, los meses que transcurren entre el final de los ataques sobre Mauritania y el inicio de las hostilidades contra los españoles.

 

Los restos de un imperio

En 1956 España apenas poseía los restos del que fuera uno de los mayores imperios mundiales. La presencia en tierras africanas se había visto reducida a los dos protectorados de Marruecos, en el Rif y al norte del Sáhara, Guinea Ecuatorial, el Sáhara e Ifni, siendo esta última posesión la más recientemente incorporada, en fecha tan tardía como 1934 (García-Figueras, 1941: 289-302).

Los territorios que conformaban el A.O.E. siempre estuvieron detrás, a nivel de asignaciones de recursos, de la pequeña joya de la corona que era el denominado Protectorado Norte, auténtica escuela para varias generaciones de militares españoles que debían sus carreras, empezando por el propio dictador, a las constantes guerras libradas en ese territorio. Los vínculos emocionales de gran parte del régimen con el Rif quedarían claramente de manifiesto en diversos momentos de la convulsa historia de dicho territorio.

A nivel administrativo, el A.O.E. estaba en su conjunto sometido a la autoridad del denominado Gobernador General, posición que en 1956 recaía en el general Ramón Pardo de Santayana (Fernández-Aceytuno, 2001: 339-342). Había tomado posesión de su cargo dos años antes, en sustitución del general Venancio Tutor y esperaba poder pasar sus últimos años de servicio tranquilamente como administrador de los territorios, sin sospechar que pronto debería hacer frente a una de las mayores crisis políticas del franquismo.

La independencia de Marruecos en marzo de 1956 redujo aún más las ya exiguas posesiones españolas. Tras la abolición por parte de Francia de la existencia de su Protectorado, España se vio obligada, según rezaba el Tratado conjunto, a extinguir también su presencia en el norte de Marruecos, aunque se resistió, inicialmente, a finiquitar su autoridad en el denominado Protectorado Sur. Esta resistencia se escudaba en el poco creíble argumento de que la situación política en la zona era de gran inestabilidad y no era conveniente, por el momento, el traspaso de soberanía a Rabat.

La independencia de Marruecos no sólo supuso la extinción del Protectorado, sino también una amenaza para cualquier otra presencia española en tierras magrebíes. A pesar de que el sultán Mohammed V parecía no estar demasiado dispuesto a emprender aventuras expansionistas, la situación política interna marroquí atravesaba un momento especialmente complicado (Vermeren, 2006: 19-31). Los deseos del monarca alauita chocaban frontalmente con los del ala más radical del partido Istiqlal, verdadero artífice de la independencia marroquí, y, en concreto, con las aspiraciones políticas de Allal el-Fassi, uno de sus principales líderes. Para este dirigente irredentista, Marruecos debía recuperar los que él denominó como “límites históricos del Gran Marruecos”, y que, grosso modo, incluían toda la Mauritania francesa, parte de Argelia, el Sáhara español e Ifni, llegando por su extremo sur hasta San Luis de Senegal (Ashford, 1962: 643). Huelga decir que dichos deseos suponían, inevitablemente, entrar en conflicto armado con las antiguas potencias protectoras, algo que Mohammed V, deseoso de establecer una monarquía todopoderosa en el recién independizado país, veía con preocupación (Pastrana, 2017: 75-83).

En realidad, todo el sueño del Gran Marruecos no era más que el reflejo de la lucha interna por el poder en el recién independizado país africano. Mientras la monarquía alauita soñaba con arrogarse unos poderes cuasi absolutistas, el ala más radical del Istiqlal pretendía una monarquía con poderes limitados, subordinada a un gobierno civil del que, inevitablemente, el Fassi quería ser la figura protagonista. Sin embargo, el propio Istiqlal se encontraba dividido, con un ala más moderada, encabezada por Ahmed Balafrej, que aceptaba el papel preponderante de la Mohammed V y había conseguido marginar a el Fassi de los principales órganos de dirección del partido (M’Barek, 1987: 108-110). La lucha entre las diversas facciones por la preeminencia política y la configuración del renacido Marruecos, sería la razón de fondo para la guerra de Ifni-Sáhara.

 

La creciente amenaza irredentista marroquí

El discurso irredentista marroquí fue seguido con preocupación por los máximos responsables españoles en el A.O.E., pero no así por otros responsables políticos y militares como el almirante Carrero Blanco. Para este último, confiado en el propio discurso franquista de la amistad hispano-marroquí, resultaba inconcebible que un país como Marruecos, al cual se había apoyado activamente en su lucha por la independencia, ahora representase una amenaza para los territorios bajo soberanía española (Pastrana, 2017: 55-67). De hecho, y si hemos de creer las declaraciones del antiguo espía español Luis González-Mata, la participación española en el proceso de independencia de Marruecos distaba mucho de ser la de un país neutral. Según sus memorias, España acogió en su Protectorado Norte diversas bases del Ejército de Liberación de Marruecos, entrenó a los guerrilleros, les proporcionó armas y, en algunos casos, llegó incluso a llevar operaciones encubiertas de apoyo a los marroquíes en el interior de los territorios franceses (González-Mata, 1977: 11-35).

 Por tanto, la presencia militar española en el A.O.E. continuó siendo extremadamente reducida, confiándose en que ante cualquier problema medianamente grave se podría recurrir rápidamente a las guarniciones de las islas Canarias como refuerzo. Así pues, a mediados de 1956 apenas se disponía en la zona de unos tres mil efectivos, repartidos entre Ifni (I, II y IV Tabores del Grupo de Tiradores de Ifni número 1 (GTI)) y el Sáhara (Grupo de Tropas Nómadas y III Tabor del GTI) (“Estadillo de Fuerzas”, abril de 1956, SHM, legajo 1, carpeta 8). Eran unas fuerzas claramente insuficientes para llevar a cabo su labor de defensa del territorio, en especial tras los primeros incidentes protagonizados por elementos favorables a la unión con Marruecos, como el acaecido en el poblado de Sidi Inno el 2 de enero de 1956 y que se saldó con tres muertos marroquíes (“Informe de los acontecimientos sucedidos en Sidi Inno”, AGA, legajo 357).

Al mismo tiempo, el-Fassi proseguía con sus reivindicaciones, presionando al gobierno de Mohammed V para que cumpliese con el denominado pacto de El Cairo. Este acuerdo fue firmado el 22 de febrero de 1947 en la capital egipcia por representantes de los partidos Istiqlal marroquí, Néo-Destour tunecino y el FLN argelino. Básicamente, dicho pacto establecía que los tres firmantes se comprometían a proseguir la lucha armada en el Magreb hasta la completa independencia de los tres países; incluso si uno de los firmantes obtenía su autogobierno, continuaría la lucha hasta que todos estuviesen emancipados de la tutela colonial (M’Barek, 1987: 31; Joffe, 1985: 289-307).

Durante los primeros meses de 1956 el Ejército de Liberación empezó a hacer cada vez más acto de presencia (Bataller, 2012: 31), poniendo en entredicho la soberanía española del A.O.E., tal y cómo advirtió el gobernador general Pardo de Santayana, para el que era necesario tomar medidas inmediatas contra los guerrilleros marroquíes.

Aunque el gobierno de Madrid no estaba dispuesto a ejecutar acciones militares contra el Ejército de Liberación, debido a la creciente tensión en la zona, el gobierno del general Franco se avino a destinar un pequeño refuerzo a la zona, concretado en la XIII Bandera de la Legión para el Sáhara y la recientemente creada I Bandera Paracaidista a Ifni. Pero como la llegada de estas unidades coincidió con el repliegue de diversas unidades asignadas temporalmente a la zona (Compañías Expedicionarias de los Regimientos Tenerife-49, Canarias-50 y mixta de los batallones Fuerteventura-53 y Lanzarote-54), el efecto neto fue mucho menor del previsto (Bataller, 2012: 38).

Mientras tanto, y tal y como recogían los servicios de información españoles, la presencia del Ejército de Liberación tanto en el Sáhara como en Ifni crecía paulatinamente, y aunque sus dirigentes afirmaban que no tenían ninguna intención hostil respecto a España (Diego, 1989: 305), seguía siendo una presencia incómoda y amenazante que podía volverse en cualquier momento contra los territorios españoles (“Nota de información exterior núm. 996”, 20 de agosto de 1956, SHM, legajo 2, carpeta 6).

Preocupado ante la presencia de elementos armados en los territorios de soberanía española, Pardo de Santayana informó en sendos telegramas al Capitán General de Canarias y al Director General de Marruecos y Colonias sobre lo que se percibía como una amenaza, ya que:

«Infórmole que continúa la organización intensiva del partido y milicias Isticlal al margen de las Autoridades PUNTO Dan consignas y órdenes expresivas de situación independencia PUNTO Tales actividades han sido toleradas en evitación derramamiento de sangre que indudablemente se hubiera producido de intentar evitarlas PUNTO Confirmado oficialmente el mantenimiento de la soberanía en A.O.E. se precisa por VE se gestione diplomáticamente que un representante Rabat venga a Territorio con el fin de divulgar verdadera situación jurídica Territorios PUNTO Todo caso sería necesario la ocupación militar con todas sus consecuencias si se quiere mantener el principio de Autoridad muy mermado con las concesiones de estos días PUNTO Se ha confirmado el rumor de que el próximo 7 de mayo se hará efectiva independencia Territorio». (“Telegrama del Gobernador General del A.O.E. al Director General de Marruecos y Colonias”, 8 de abril de 1956, SHM, legajo 2, carpeta 7).

La respuesta fue la que menos podía esperar Ramón Pardo de Santayana, ya que se le instruía, por parte del Director General de Marruecos y Colonias a que:

«Situación amistad España y circunstancias especiales de la población de ese Territorio Ifni aconseja el extremar las medidas de prudencia, autorizo a VE a encuentros y (ilegible) con habitantes del territorio esperando momentos favorables para restablecer el derecho cuando éste pudiera ser vulnerado no dando estado a infracciones eventuales fruto de la ignorancia de los naturales y situación equívoca de estos momentos». (“Radiograma del Director General de Marruecos y Colonias al Gobernador General del A.O.E.”, 14 de abril de 1956, SHM, legajo 2, carpeta 7).

Como puede observase, se confiaba plenamente en la vía diplomática para solucionar el tema de la presencia de los guerrilleros; el Pardo era prisionero de su propio discurso sobre la amistad hispano-árabe, a pesar de la contradicción que detectaba Pardo de Santayana entre el discurso oficial y la realidad sobre el terreno. Pero dado que el mensaje recibido procedía del mismísimo Carrero Blanco, aunque su mensajero fuese García Valiño, solamente cabía aceptar lo ordenado, por lo que el Gobernador envió una lacónica respuesta a Madrid:

«Recibida instrucción sentido político, no procede por mi parte solicitar refuerzo alguno salvo orden en contrario Sr. Ministro que estará más enterado» (“Radiograma del Gobernador General del A.O.E al Teniente General Jefe EM”, 15 de abril de 1956, SHM, legajo 2, carpeta 7).

Apenas unos días después, y ante lo que consideraba un error mayúsculo por parte de Madrid, Pardo de Santayana presentó su dimisión, que no fue aceptada (Casas, 2008: 60-61).

Durante el mes de julio de 1956 entró en escena el que sería el máximo dirigente militar del Ejército de Liberación, un antiguo sargento del ejército francés llamado Ben Hammú, que reiteró el discurso de amistad respecto a España en una entrevista con el comandante Álvarez-Chas (“Nota de información exterior núm. 996”, 20 de agosto de 1956, SHM, legajo 2, carpeta 6). Por la información proporcionada, se vio claramente que el Ejército de Liberación no era un grupo reducido de irredentistas, sino una fuerza que claramente podía constituir una amenaza para el A.O.E. en el caso de volverse contra España. Pero la consigna recibida desde Madrid fue la de mantener la calma y no realizar movimientos que llevasen a un choque armado con los guerrilleros. Pero Pardo de Santayana encontraba cada vez más difícil congraciar estas órdenes con el mantenimiento de la autoridad española en el territorio bajo su mando, como manifestó, una vez más, ante sus superiores en Madrid:

«Mantengo forcejeo jefes EL impedir pretensiones atravesar Sáhara camino Mauritania. Disposición cordial pero insistente en sus propósitos. He dado cuenta a Dirección General de Marruecos y Colonias de la imposibilidad de continuar tantos meses actitud ganar tiempo que se me impuso como consigna. Éxito alcanzado hasta ahora fallará ante excesiva duración de difícil equilibrio que vengo practicando» (“Radiograma del Gobernador General del A.O.E. al Teniente General Jefe E.M.”, 18 de septiembre de 1956, SHM, legajo 3, carpeta 6).

La respuesta de Madrid, fue, una vez más, negar el envío de refuerzos, insistiendo en la necesidad de inhibirse ante cualquier enfrentamiento entre los marroquíes y las fuerzas militares francesas.

El primer movimiento del Ejército de Liberación no se dirigió contra las posesiones españolas, como temía Pardo de Santayana, sino que apuntó contra el África Occidental Francesa (A.O.F.). Entre octubre de 1956 y febrero de 1957 se sucedieron toda una serie de incursiones sobre territorio francés usando el Sáhara como santuario para las bases guerrilleras, un hecho que provocó la ira de los militares franceses que no cesaron de reclamar a las autoridades del A.O.E. que pusieran fin a la presencia marroquí en su zona de autoridad. Asimismo, comunicaron al general Pardo de Santayana que habían establecido, de forma unilateral, una zona de seguridad que podría ser batida por la aviación francesa ante posibles movimientos de los guerrilleros (“Radiograma del subgobernador del A.O.E. al Gobernador General (EM)”, 24 de septiembre de 1956, SHM, legajo 3, carpeta 3).

A pesar de contar con la tranquilidad que le otorgaban sus santuarios en la zona española, el Ejército de Liberación no estaba en absoluto preparado para desafiar militarmente a las tropas galas. En realidad, toda su planificación militar se sustentaba en el crédito otorgado a las informaciones que les había hecho llegar un político mauritano exiliado en Marruecos, Horma Uld Banana (De la Serre, 1966: 322-323), que les había manifestado que la población mauritana se alzaría contra las autoridades coloniales francesas en cuanto se produjese el primer ataque del Ejército de Liberación (Chaffard, 1965: 255). Pero la realidad era que dicha insurrección no llegó a producirse jamás, y que, militarmente hablando, los guerrilleros no tuvieron la más mínima oportunidad ante el despliegue de efectivos francés: a principios de 1957, las fuerzas galas ya ascendían a más de ocho mil efectivos con amplio apoyo de medios aéreos y blindados (Casas, 2008: 84-87). Por parte guerrillera, las diversas partidas que atacaron Mauritania nunca superaron los cuatro mil efectivos totales, siendo las incursiones llevadas a cabo por grupos de unos pocos centenares de hombres.

Habida cuenta de la inexistencia de un canal de cooperación oficial, las autoridades francesas intentaron, mientras tanto, acercamientos indirectos a las españolas, como detalló el general Galera en un informe sobre el encuentro que mantuvo con el general francés Cogny:

«Me habló de los incidentes que suele tener, y me preguntó si yo tenía estas molestias. Le dije que por ahora no, y que me movía con completa libertad, pero que, conociendo el país, no tendría nada de particular que a mí me ocurriera alguna vez lo mismo. Me preguntó si yo tenía mando sobre el Desierto. No hay duda que esto les preocupa, pues recientemente ha habido una agresión al itinerario número 1, del que ya Morales ha comunicado la noticia. Me dio a entender que este Ejército Real Marroquí es muy joven, y que, en caso de emergencia, tendrían que ser los ejércitos nuestros los que resolvieran lo que se planteara (esto no me enteré). Me indicó que todo giraba alrededor de Argelia, sin que me diera detalles». (“Carta del Teniente General Jefe del Ejército de España en el Norte de África al Ministro del Ejército D. Agustín Muñoz-Grandes”, Fund. Francisco Franco, documento 16875).

Probablemente, el general Cogny intentaba sondear la realidad de la situación en la zona española, así como la predisposición de sus colegas hispanos a la hora de lidiar con el Ejército de Liberación, en especial si se tiene en cuenta la que se percibía como política de connivencia con los guerrilleros, ya que se interpretaba como tal la negativa española a eliminar militarmente los santuarios guerrilleros en el A.O.E.

 

Las contradicciones entre la realidad y la política española

Tras el episodio de la fallida invasión de Mauritania, el Ejército de Liberación volvió sus ojos hacia las posesiones coloniales españolas como una especie de objetivo de compensación. La captura de estos territorios aparecía, a priori, como mucho más sencilla, debido a la menor presencia militar española en la zona, lo que permitiría a los guerrilleros recuperarse de la derrota sufrida y forzar a Mohammed V a una mayor implicación en la conquista del Gran Marruecos preconizado por el-Fassi.

Es en este punto cuando la falta de una política de disuasión convincente por parte de las autoridades españolas empezó a dejarse notar con fuerza. La inhibición mostrada por las tropas españolas, siguiendo las instrucciones emanadas desde Madrid, fue interpretada por el Ejército de Liberación, correctamente, como la intención de evitar a cualquier coste un nuevo conflicto colonial para el que la sociedad española se estimaba que no estaba preparada. En concreto, los propios franceses llegaban a afirmar que:

«La présence en Zone Espagnole de nombreuses bandes de l’Armée dite de Liberation a l’égard desquelles les autorités Espagnoles n’intervindrait pas et les considerant méme parfois avec bienvillance. Les points suivants seraient utilisés comme bases: Leglat et Abderhamane, au Nord Ouest d’Aoueert, Tenonaka  au Nord d’Aoueert, la guelta de Zemmour». (“Journal de Marche de le Goum Akfauft. 1-janvier-1957/30-juin-1957”, SHD, documento 7U2984, p. 13).

Sin embargo, estos deseos del Pardo no se correspondían con la realidad que afrontaba el Gobernador General del A.O.E., Ramón Pardo de Santayana, para el que la debilidad mostrada acabaría volviéndose contra España. En su opinión, era necesario mostrar una mayor firmeza ante los guerrilleros, además de buscar una alianza militar con la Francia republicana.

Ante los insistentes ruegos del Gobernador, el almirante Carrero Blanco le envió una larga misiva en la que exponía los motivos y las líneas de actuación que debían seguir las autoridades coloniales españolas. En concreto, se especificaba que:

« […] si se localizan partidas que puedan ser interceptadas con fuerzas francamente superiores para proceder sin lucha a su cercamiento [sic] y desarme, procederá hacerlo así.

Si la partida localizada no puede ser interceptada o es lo suficientemente numerosa para que su detención o intento de desarme no pueda efectuarse sin un choque armada, convendrá dejarla seguir, vigilada por la aviación, e informar secretamente a los franceses para que sus tropas se las entiendan con ellos en Mauritania.

Cuando los franceses informes de haber batido algún grupo, interesará capturar y desarmar a los fugitivos que se internen en nuestra zona». (“Carta de Luis Carrero Blanco al general Pardo de Santayana”, 21 de marzo de 1956, SHM, legajo 3, carpeta 6).

El documento es, en sí mismo, una mezcla de ideas preconcebidas y realidades malinterpretadas. Por un lado, Carrero Blanco identificaba al Ejército de Liberación como un instrumento de la Unión Soviética, algo completamente alejado de la realidad, pero era una ficción muy en línea con el discurso internacional de la España de la época (Pérez, 2006: 179-196). Por otro lado, insistía a Pardo de Santayana a que mantuviese una acción política constante sobre la población local para evitar el conflicto bélico, convencido de que la lealtad del elemento civil impediría al Ejército de Liberación llevar a cabo cualquier proyecto violento que tuviesen en mente para las posesiones españolas. Sin embargo resulta difícil pensar en un argumento por el cual, al menos en Ifni, la población civil, de origen marroquí, tuviese que alinearse al lado de las autoridades coloniales en lugar de pedir la reintegración a Marruecos.

Además, Carrero Blanco partía de un presupuesto que prácticamente alcanzaba la categoría de axioma: que el objetivo del Ejército de Liberación no era el A.O.E., sino un nuevo ataque sobre la Mauritania francesa. Esto era así porque de lo contrario supondría tener que atacar a las partidas guerrilleras para expulsarlas del territorio español, algo que pretendía evitar a toda costa.

Por tanto, y en contra de los ruegos de Pardo de Santayana, Carrero Blanco no autorizaba el uso de la fuerza militar para la erradicación de los guerrilleros marroquíes, a los que se aludía como “bandas armadas”, sino que seguía con la política de esperar que los franceses hiciesen el trabajo sucio. Lo que no explicaba en modo alguno era la razón que impulsaría al Ejército de Liberación a abandonar el territorio español, aunque los franceses fuesen capaces de derrotarle repetidamente en Mauritania. Tal vez esperaba que una serie de reveses militares acabase conduciendo a la disgregación de las partidas guerrilleras por simple cansancio o hundimiento de su moral.

Debido al escaso margen de actuación que le dejaban las órdenes de Carrero Blanco, Pardo de Santayana optó por intensificar sus contactos con los franceses, a la espera de poder mejorar las relaciones con el general Bourgund, máximo responsable militar de París en el A.O.F. Sin embargo, estos primeros contactos tuvieron que llevarse con la máxima discreción, probablemente a espaldas del Pardo. Resulta significativo que en la documentación francesa depositada en el Service Historique Militaire relativa a la visita de los oficiales españoles del 15 de mayo de 1957 se indicase que:

       «Une mission Espagnole arrive et répart ce jour de FORT-TRINQUET. Elle est venue pour traîter une question de contrôle de population». (“Historique des faits de la Mauritanie”, SHD, documento 7U2570, p. 7).

El eufemismo “control de población” indicaría precisamente que no se trataba de una misión con sanción oficial, sino de un acuerdo bajo mano entre los dos máximos responsables militares de la zona para intentar poner fin a la situación creada por la presencia del Ejército de Liberación. Tras informar a Madrid de los resultados de dicha entrevista, el gobierno del general Franco finalmente dio su autorización a la intensificación de contactos, pero seguía siendo una medida limitada que necesitaba más tiempo y voluntad por parte de Madrid para poder revertir la situación creada por el Ejército de Liberación en el A.O.E. Sin embargo, el tiempo para el general español estaba a punto de llegar a su fin.

 

Una política de disuasión nunca implementada: el plan Madrid

Pardo de Santayana cesó en su cargo de Gobernador General del A.O.E. el 23 de mayo de 1957, por razones de edad. Su sucesor iba a ser el laureado general Mariano Gómez Zamalloa, destacado militar del bando nacional en la Guerra Civil, que obtuvo la máxima distinción militar española durante la batalla del Jarama por su defensa de la posición del Pingarrón.

Sin embargo, apenas unos días antes de dejar el cargo, Pardo de Santayana envió sendos telegramas dando cuenta de la situación actual en los territorios del A.O.E. En el primero de ellos, dirigido a la embajada española en Rabat, informaba que:

«Tengo informes y datos suficientes para suponer casi segura una acción del Ejército de Liberación contra nosotros en el Sáhara en plazo de mes o mes y medio. Ruégole que en lo posible y con conocimiento ambiente medios Rabat me advierta posibilidades este supuesto, interviniendo en lo posible para evitar tal contingencia. Agradeceré informes estado actual pretensiones Marruecos sobre Ifni tanto diplomáticas como acción directa. Ruego asimismo contestación lo más urgente para prevenirme acontecimientos». (“Órdenes y comunicaciones cursadas”, SHM, legajo 5, carpeta 18).

El segundo telegrama iba dirigido a la Dirección General de Plazas y Provincias africanas, a la que advertía que:

«En relación con su cifrado fecha 21 mayo sobre conversaciones carácter política africana de Ministerio Asuntos Exteriores creo que después entrevista emisario con el enviado por General Bourgund debo someter consideración Gobierno respuesta colaboración francesa aun atendiendo últimos informes recibidos acerca Ejército Liberación que pueden suponer grave amenaza para nuestro Territorio en plazo no inmediato que puede cifrarse en mes o mes y medio». (“Órdenes y comunicaciones cursadas”, SHM, legajo 5, carpeta 18).

Así pues, antes de abandonar su puesto, Pardo de Santayana denunciaba por última vez la amenaza que se cernía sobre los territorios del A.O.E., esperando, infructuosamente, hacer cambiar de punto de vista al gobierno.

El gobernador saliente no esperó la llegada de su relevo, sino que abandonó el A.O.E. antes de la llegada de Gómez Zamalloa, consciente de la situación que dejaba, y comentando a sus colaboradores más cercanos que «en mi vida he tenido ocasión de rebelarme tres veces: una en el 32 con el general Sanjurjo, otra en el 36 con el general Franco y otra en el 57, con motivo de la crítica situación a que se había llegado en los territorios bajo mi mando», (Fernández-Aceytuno, 2001: 460) situación que achacaba a las órdenes que había recibido de Madrid.

El nuevo Gobernador General no tuvo más remedio que seguir las órdenes recibidas desde Madrid y que tanto malestar le habían causado a Pardo de Santayana. Sin embargo, logró obtener autorización para intensificar la colaboración ya establecida inicialmente por Pardo de Santayana con los franceses, dándole, ahora sí, mayor amplitud al contar con la sanción oficial del Pardo.

Sin embargo la situación general, lejos de apaciguarse, fue incrementando paulatinamente su nivel de violencia. Los incidentes entre tropas españolas y el Ejército de Liberación continuaban siendo la tónica general, incluyendo el asesinato selectivo de nativos al servicio de las autoridades del A.O.E. (Bosque, 1998: 100). El objetivo estaba claro: minar la moral de las fuerzas reclutadas localmente y provocar su deserción para disminuir la fuerza militar española en la zona; como objetivo secundario, mostraría a la población civil la incapacidad de las autoridades españolas de protegerla, ya que ni siquiera eran capaces de defender a sus propios soldados.

Significativamente, Gómez Zamalloa, tras analizar la situación en el territorio, dirigió un informe al Director General de Marruecos y Colonias (“Carta a José Díaz de Villegas”, SHM, legajo 3, carpeta 6) en el que detallaba sus impresiones, señalando que: […] estimo es necesaria la eliminación de las bandas del Ejército de Liberación, una vez agotados cuantos procedimientos pacíficos pudiera haber, llegando, paulatinamente, a un cierre o corte de abastecimientos bien en el Draa o en la Saguia el Hamra, o a una acción de fuerza siempre que se disponga de los medios necesarios y para ello creo conveniente la colaboración francesa.

  • Las partidas existentes van engrosando continuamente con filiación de nativos y existe la posibilidad de una sorpresa en algún punto e incluso producirse en el plazo de dos o tres meses un ataque general.
  • Quedó claro el deseo francés de plasmar el cambio de impresiones verificado en un protocolo o tratado en el que se especificase dicha colaboración
  • Se precisó su preocupación ante un posible ataque o pérdida de puntos neurálgicos (Smara, Bir Huaren, Auserd) y el deseo de apoyar con sus medios su mantenimiento.
  • Parece deducirse, buscan la colaboración por todos los medios y que incluso procuran forzarla de una manera más o menos encubierta, sirviendo de pretexto el estado de ánimo de sus administrados por los incidentes que dicen provocados por desaparición de nativos al cruzar la frontera que suponen y achacan al Ejército de Liberación.
  • Finalmente, creo necesaria una colaboración parcial mientras se agotan los medios y procedimientos pacíficos o se procura el cierre de la frontera y una colaboración total siempre que dispongamos de los medios necesarios, y en el caso de agresiones que incluso pueden ser más o menos provocadas.

Es decir, que Gómez Zamalloa advertía que la situación estaba escapando al control español, y que, aunque insistiría en los medios pacíficos para contener las pretensiones de los guerrilleros, no podía descartarse un ataque contra las fuerzas españolas, de manera que reclamaba, solapadamente, un incremento de tropas. Y como punto principal, sostenía la necesidad de colaborar con las fuerzas francesas para garantizar la más rápida y completa victoria posible sobre los guerrilleros.

La espiral de violencia continuó aumentando con el transcurso de los meses hasta llegar a la denominada guerra de agosto, cuando las fuerzas españolas tuvieron los primeros choques armados de relativa importancia con el Ejército de Liberación, cuyas fuerzas se estimaban, a finales de julio de 1957, en unos mil ochocientos efectivos en y alrededor de Ifni (Alonso, 2010: 149).

Por su parte, las fuerzas españolas se situaban, tras la llegada de algunos refuerzos y traslados de tropas entre los diversos territorios del A.O.E. en unos tres mil seiscientos efectivos, distribuidos entre el Sáhara e Ifni (Casas, 2008: 143-144). En concreto, en Ifni se desplegaba el Grupo de Tiradores de Ifni nº1 (salvo su III Tabor) con unos mil cien efectivos, el Grupo de Artillería a Pie nº1 (trescientos cincuenta efectivos) y la II Bandera Paracaidista (cuatrocientos efectivos). En el Sáhara se situaban las XIII y IV Banderas de la Legión (setecientos y seiscientos sesenta efectivos respectivamente) y el III Tabor del GTI (cuatrocientos efectivos).

Ante la situación creada, Madrid se avino, finalmente, a mantener una reunión para establecer líneas de actuación destinadas a expulsar al Ejército de Liberación del Sáhara, pero la tan largamente esperada cumbre resultó ser una gran decepción para Gómez Zamalloa. Celebrada el 27 de julio de 1957 en Madrid, asistieron, aparte del gobernador del A.O.E., el propio Franco, el almirante Carrero Blanco, los tres ministros militares (almirante Felipe José Abárzuza, ministro de Marina, teniente general Antonio Barroso, ministro del Ejército, y teniente general José Rodríguez y Díaz, ministro del Ejército del Aire) y sus respectivos jefes de Estado Mayor (Alonso, 2010:155). Gómez Zamalloa insistió en la necesidad de refuerzos, estimados en una unidad tipo batallón para Ifni y otros dos para el Sáhara, a lo que Franco se negó repetidamente (Segura, 2006: 188). Tras las continuas insistencias del gobernador, a las que el dictador español se negó a prestar oídos, Franco pasó de tutearle a tratarle de usted, señal inequívoca de su enfado, al mismo tiempo que uno de los asistentes le espetaba a Gómez Zamalloa un lacónico “Mariano, no insistas más” (Alonso, 2010: 145-146).

Por tanto, la reunión, de la que salió un plan de actuación denominado “Plan Madrid”, (“Síntesis del Plan Madrid”, 27de julio de 1957, SHM, legajo 6, carpeta 1)  descartó el incremento de presencia militar en el A.O.E., algo que hubiera constituido una clara muestra de determinación política frente al Ejército de Liberación. En concreto, este plan abogaba por incrementar la presión política sobre Rabat para lidiase con el Ejército de Liberación, a pesar del hecho de que los guerrilleros escapaban al control de la monarquía alauita, para, seguidamente, pasar a una fase de ataque a cargo de la aviación. Tras esta actuación aérea, se entraría en la tercera fase, a cargo de fuerzas motorizadas que acabarían de expulsar a las partidas guerrilleras para, posteriormente, desplegarse para garantizar la soberanía española del territorio y evitar nuevas infiltraciones. Además se autorizaba a Gómez Zamalloa a establecer contacto con las fuerzas francesas para colaborar en la expulsión de los guerrilleros del Sáhara. Por tanto, solamente se estimaba necesario el envío de refuerzos una vez hubiesen fracasado por completo todos los esfuerzos diplomáticos, una línea de actuación que se continuaba priorizando, a pesar de que el acompañamiento de dichas acciones con un despliegue militar adecuado en el A.O.E. hubiese sido una medida de mucho mayor alcance.

El documento resultaba de escasa credibilidad por varios motivos. En primer lugar la actuación española se circunscribiría exclusivamente al Sáhara, pero no se decía nada de Ifni, con lo que solamente se atacaba la mitad del problema. Además, se confiaba demasiado en la actuación de unos medios aéreos escasos en número y en capacidad ofensiva, poco adecuados para la tarea que se les pretendía encomendar. Tal vez se pensase en incrementarlos cuando se pasase a la segunda fase, pero dada la resistencia del dictador a enviar cualquier tipo de refuerzo, parece probable que se pensase en que nunca se llegaría a dar este paso.

Porque estaba claro que Madrid pretendía priorizar, por encima de todo, la vía diplomática. Pero si, como reconocían los propios servicios de información militar españoles, el Ejército de Liberación no era un instrumento de Rabat y escapaba al control del Sultán, ¿qué podía hacer éste para controlarlos? Estaba claro que la única medida que podía adoptar Mohammed V era implicar a las recientemente creadas Fuerzas Armadas Reales (F.A.R.) para que redujesen a las partidas manu militari, algo imposible de hacer sin entrar en una guerra civil y sin violar la soberanía territorial española, ya que los santuarios del Ejército de Liberación estaban en el interior del Sáhara. Tal vez se pensase que Mohammed V podía actuar sobre las fuentes de suministro que avituallaban a los guerrilleros desde el interior de Marruecos, pero esta era una pauta de actuación que iba a necesitar tiempo para que surtiese efecto.

Tal vez lo más provechoso surgido de la reunión celebrada en Madrid fuese la autorización a una mayor colaboración con las autoridades francesas del A.O.F. Con la nueva libertad otorgada, Gómez Zamalloa concertó una entrevista con el general Bourgund, la denominada Conferencia de Dakar y que debería celebrarse en la ciudad senegalesa el 20 de septiembre.

Pero antes de que llegase a celebrarse dicha reunión, el Ejército de Liberación decidió sondear la determinación y capacidades de las fuerzas españolas: el 11 de agosto una patrulla española fue atacada en las cercanías de Id Aisa, y aunque no se registraron bajas entre los europeos, un bombardero B2I se perdió en el mar al regresar a la base tras intentar proporcionar apoyo aéreo (Canales y Del Rey, 2010: 66). A bordo se encontraba el comandante de infantería Álvarez Chas, uno de los oficiales más respetados del territorio. Por su parte, el Ejército de Liberación dejó un muerto en el terreno.

La escaramuza se repitió apenas tres días después, cuando una patrulla de la II Bandera Paracaidista fue atacada a la altura de Tamucha. Tras responder al ataque, los paracaidistas se replegaron sufriendo tan sólo un herido leve, mientras los guerrilleros sufrían tres bajas (“Informe sobre el combate del 11 de agosto”, SHM, legajo 5, carpeta 18). 

Mientras tanto, el Ejército de Liberación seguía incrementando sus efectivos, que los servicios de inteligencia españoles estimaban en unos cinco mil efectivos en y alrededor de Ifni, mientras en el Sáhara se habían identificado doce concentraciones guerrilleras cuyo número oscilaba entre los dos mil y tres mil efectivos, a los que había que añadir otra partida localizada en Tarfaya, compuesta por algo menos de doscientos hombres. (“Situación político-militar. 1ª quincena de agosto”, SHM, legajo 5, carpeta 19). 

Dada la creciente tensión, se enviaron algunos refuerzos, pero de muy escasa entidad, tan sólo dos compañías de infantería provenientes de Canarias y que se desplegaron en Villa Bens. Asimismo, se decidió hacer una demostración de fuerza mediante el envío de un tabor del GTI a recorrer el territorio del Sáhara (nombre en clave: operación Asaca), pero más que una muestra de fuerza era un signo de debilidad, tanto por la escasa entidad de la fuerza comprometida como por el carácter temporal de la presencia militar en determinadas zonas. (“Instrucciones para operación Asaca”, SHM, legajo 8, carpeta 12).  El reconocimiento puso de manifiesto tanto el amplio despliegue de los guerrilleros como los medios a su disposición, que configuraban una imagen muy cercana a un auténtico ejército, con centros de instrucción y razonablemente bien equipado con armas ligeras y medios de transporte.

Cuando finalmente se produjo la reunión de Dakar, los franceses continuaron insistiendo en sus propuestas de hacía ya varios meses, reclamando una total colaboración entre ambos países, mientras la delegación española tan sólo pretendía el establecimiento de planes tácticos que se aplicarían en el caso de un ataque general por parte del Ejército de Liberación contra el A.O.E. Las conclusiones de la reunión fueron un compromiso a medias, (“Informe de la conferencia de Dakar”, SHM, legajo 6, carpetas 1 y 2) ya que se elaboraron dichos planes, que servirían como base para la posterior ejecución de la ofensiva Teide/Écouvillon en 1958, pero Gómez Zamalloa no pudo comprometerse a erradicar los santuarios del Ejército de Liberación en el Sáhara inmediatamente, ya que dicho compromiso excedía lo autorizado por su gobierno. Su argumento fue que aún se encontraban en la fase política del Plan Madrid (Segura, 2006: 202-206).

El establecer una verdadera política de disuasión hubiese podido tener un efecto mucho más inmediato sobre los guerrilleros que las medidas tomadas hasta la fecha. Si Madrid hubiese autorizado el envío de importantes contingentes militares como señal de que el territorio se iba a defender a toda costa, y, al mismo tiempo, hubiese difundido entre la población la noticia de que se iba a alcanzar una alianza operativa con los franceses, el efecto disuasorio hubiese sido mucho más efectivo que el reconocimiento del Asaka o la presión diplomática sobre Rabat. Pero dar dicho paso significaba arriesgarse a un estallido de las hostilidades que se pretendía evitar a cualquier precio; de lo que no se dio cuenta el Pardo era que la situación estaba a punto de estallar y que había que actuar lo más rápidamente posible.

A pesar de todo, el régimen franquista no estaba preparado para dar el paso decisivo de movilizar y desplazar a miles de quintos hasta el A.O.E., así que se continuó insistiendo en la vía diplomática, de forma preferente ante el ministerio de asuntos exteriores marroquí. Se sostuvieron toda una serie de conversaciones entre representantes españoles y marroquíes cuyos resultados Madrid trasladó al A.O.E. para intentar apaciguar los ánimos de los militares destacados en las colonias:

«Ministro Asuntos Exteriores me comunica resultados conversaciones Tánger en las que han prevalecido nuestros argumentos y puntos de vista» (“Radiograma cifrado de DIRPROA a GAOE”, SHM, legajo 6, carpeta 1). Sobre el documento, alguien garabateó un lacónico “ja, ja”. La distancia entre la visión percibida por Madrid de toda la situación y la realidad sobre el terreno continuaba agrandándose por momentos.

Finalmente, y tras una nueva serie de asesinatos selectivos, sabotajes y pequeños choques armados durante los meses de septiembre y octubre, el Pardo reconoció que las medidas adoptadas hasta la fecha no eran suficientes para evitar una guerra. Así pues, el 5 de noviembre dio comienzo la denominada Operación Águila, (Canales, 2008: 25) el envío de refuerzos al A.O.E. para evitar una posible agresión por parte de los guerrilleros. Era el tipo de política de disuasión que había reclamado Pardo de Santayana un año y medio antes, e incluía el traslado de la II Bandera de la Legión por vía aérea desde el norte de Marruecos a Villa Bens, la VI Bandera por vía marítima a el Aaiún, el batallón disciplinario Cabrerizas a Villa Cisneros, envío de unidades navales, incremento de efectivos aéreos, etc. (“Despliegue de fuerzas en el A.O.E.”, SHM, legajo 6, carpeta 3).

Desgraciadamente, el Ejército de Liberación no pensaba esperar a que Madrid determinase libremente su actuación, ni tampoco iba a concederle tiempo para reconducir la situación, por lo que el 23 de noviembre de 1957, las posesiones españolas del A.O.E. se vieron sorprendidas por una ofensiva del Ejército de Liberación sobre la práctica totalidad de enclaves militares en el Sáhara e Ifni. A pesar de todos los intentos de negar la realidad, la guerra había llegado por fin al A.O.E.

A partir de aquí el flujo de unidades de refuerzo en dirección al A.O.E. fue una constante: Escuadrón Paracaidista del Ejército del Aire, I Bandera Paracaidista, IV y IX Banderas de la Legión, Grupos Expedicionarios de los Regimientos Santiago-1, Artillería-19, Extremadura-15, Guadalajara-20, Pavía-19, San Fernando-11, Castilla-16, Soria-9, Cádiz-41, Belchite-57, Fuerteventura-53, Wad Ras-55, Ultonia-59, además de unidades de apoyo, aéreas y navales. La negativa a realizar el mismo despliegue militar a finales de 1956, tal y cómo reclamaba Pardo de Santayana, no había podido evitar el estallido de las hostilidades que tan largamente había esperado soslayar el gobierno franquista. Ahora, docenas de jóvenes iban a pagar con sus vidas la inexistencia de una política disuasoria en los restos del imperio colonial español.

 

Disuasión mal aplicada: el episodio Agadir

El 9 de diciembre de 1957, y con España inmersa en una guerra que había tratado de evitar, se produjo uno de los acontecimientos más extraños de todo el conflicto. Ese día, el almirante Pedro Nieto Antúnez, siguiendo órdenes de Madrid, condujo a una agrupación naval formada por los cruceros Canarias y Méndez Núñez y los destructores, José Luís Díez, Gravina, Escaño y Almirante Miranda frente a la ciudad marroquí de Agadir, efectuando un simulacro de bombardeo naval contra la población costera (Casas, 2008: 284). En realidad, nunca hubo la menor intención de ejecutar dicho bombardeo, sino que tan sólo se trataba de un ejemplo desfasado de política de las cañoneras, más propio del siglo XVIII o XIX que del año 1957. O si se prefiere, se intentó establecer una política de disuasión para con la monarquía alauita, con el implícito mensaje de que el Pardo no iba a permitir una mayor involucración de Marruecos en el A.O.E.

Sin embargo, esta trasnochada demostración de fuerza a punto estuvo de provocar justo la reacción contraria a la que pretendía tener, puesto que el príncipe heredero, el futuro Hassan II, amenazó con derribar a cualquier avión español que se internase en espacio aéreo marroquí y con llevar a cabo acciones de represalia contra las fuerzas españolas en el caso de producirse un ataque (Ouardighi, 1979: 94).

Como política disuasoria frente a Marruecos, la acción naval de Agadir llegaba tarde y adoptando una forma completamente errónea. Una demostración de fuerza militar debe conllevar la amenaza creíble de su uso, pero nadie dudó que España no bombardearía jamás una indefensa ciudad marroquí provocando numerosas muertes civiles y comportando una debacle política a nivel internacional. Según reconocía años después el propio dictador, la acción: «No tuvo otro objetivo que hacer ver a los marroquíes que podíamos destruir los centros de aprovisionamiento del Ejército de Liberación, y que también estábamos dispuestos a garantizar la vida y hacienda de nuestros compatriotas» (Franco, 1976: 221)

Agadir no fue más que la constatación de la confusión reinante en la esfera política española sobre el uso de políticas de disuasión, una ignorancia casi total de como plantearla y ejecutarla, que había dado como resultado el estallido de unas hostilidades que la timorata política del A.O.E. había espoleado en lugar de evitar.

 

Conclusiones

La guerra de Ifni-Sáhara fue la trágica conclusión de una desacertada política exterior española en sus relaciones con Marruecos. El régimen del general Franco fue víctima de sus propias convicciones que se habían convertido en axiomas, tales como la amistad hispano-marroquí y el convencimiento de que la política colonial española había conseguido lo que los norteamericanos llamarían durante la guerra de Vietnam “ganar los corazones y las mentes” de la población civil. Probablemente tampoco se quería comprometer una de las vías diplomáticas que buscaban romper el aislamiento internacional de España, que era la de la amistad con los países árabes. Presentarse como el represor de los incipientes movimientos populares en Ifni y el Sáhara podría suponer un distanciamiento de países como Jordania que se mostraban proclives al reconocimiento internacional del régimen franquista. Así pues, se ignoraron todas las señales que apuntaban hacia la inminencia de un ataque del Ejército de Liberación en el A.O.E. hasta que, cuando se pretendió reaccionar, ya era demasiado tarde.

Tal vez lo más dramático fuese que los dos gobernadores del A.O.E. del período 1956-1958, Ramón Pardo de Santayana y Mariano Gómez Zamalloa, habían advertido claramente dichas señales, en especial el primero. Pero todos sus ruegos fueron ignorados o rechazados, justo cuando una auténtica política de disuasión podía haber sido implementada mediante el refuerzo de las unidades militares en la zona y la deportación de los elementos del Ejército de Liberación localizados en las ciudades españolas de Ifni y el Sáhara. Además, el rechazo a las peticiones de ayuda y colaboración de las autoridades francesas del A.O.F. fue otro error incomprensible, puesto que una publicitada alianza frente al Ejército de Liberación hubiese reforzado una política disuasoria que jamás se quiso ni supo implementar. Centenares de jóvenes reclutas españoles acabarían pagando con su vida ese error.

 

Nota sobre el autor:

Juan Pastrana Piñero es miembro del grupo de investigación GRENS de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, España.

 

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