Kazajstán: sucesión presidencial e inestabilidad política en un Estado neopatrimonial

RUBÉN RUIZ RAMAS

Sun Yat-sen University, China

UNED, España

 

Title: Kazakhstan: Presidential Succession and Political Instability in a Neopatrimonial State

Resumen: La negativa de Nursultán Nazarbayev tanto a designar públicamente un sucesor, como a fortalecer las instituciones sobre las que puede recaer esta responsabilidad, alimenta el potencial de conflictividad del futuro contexto de sucesión. El horizonte de la transferencia del poder preocupa desde hace años a Nazarbáyev, quien en verano de 2018 cumple 78 años, no solo por las consecuencias para su familia sino también por el riesgo de conflicto entre las redes de élites y sus bases de poder sociales, étnicas o regionales. Un tipo de inestabilidad política vulnerable a una escalada a eventos de mayor amenaza para la seguridad nacional e incluso regional. Este artículo tiene por objeto analizar, por un lado, la vulnerabilidad estructural de Kazajstán ante un contexto de sucesión presidencial producto de su naturaleza como régimen autoritario y Estado neopatrimonial; y por otro lado, examinar la preparación por parte de las autoridades de dicho contexto y las opciones disponibles para acometer la transferencia del poder ante la eventual salida del presidente Nursultán Nazarbáyev. Para ello, inicialmente se aborda el modelo de Estado neopatrimonial en Asia Central, para a continuación estudiar la naturaleza específica del autoritarismo y del neopatrimonialismo en Kazajstán. Finalmente, se profundiza en el contexto de sucesión kazajo y se consideran las distintas opciones de transferencia del poder, así como los actores políticos unidos a ellas.

Palabras clave: Inestabilidad Política; Kazajstán; Neopatrimonialismo; Sucesión.

Abstract: The refusal of Nursultan Nazarbayev, both to designate his future successor and to strengthen the institutions that can take responsibility for this task, fuel the potential for conflict attached to the future context of succession. The horizon of the transfer of power concerns Nazarbayev, who in July 2018 reaches 78 years old. The sources of concern are related not only to Nazarbayev’s family safety but also to the risk of confrontation among the elite networks and their social, ethnic and regional power basis. A kind of political instability vulnerable to escalation to major threatens to the national and even regional security.  On the one hand, this article aims to analyse the structural vulnerability of Kazakhstan to a context of presidential succession product of its nature as an authoritarian regime and a neopatrimonial state. On the other hand, the paper also tackles the preparation of that context by the authorities and the options available to deal with the transfer of power. To this end, the paper begins with an analysis of the neopatrimonial state heterogeneity in Central Asia, followed by a section focused on the specific nature of the authoritarianism and neopatrimonialism in Kazakhstan. Finally, it elaborates the Kazakh context of succession, and the several options of transfer of power and the likely actors involved in them are examined.

Keywords: Kazakhstan; Neopatrimonialism; Political Instability; Succession.

Recibido: 15 de junio de 2018. Aceptado: 9 de julio de 2018.

Para citar este artículo: Rubén Ruiz Ramas, “Kazajstán: sucesión presidencial e inestabilidad política en un Estado neopatrimonial”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 4, No. 2, (2018), pp. 81-98. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.8.6

 

Introducción

Kazajstán es la república postsoviética no europea que más ha visto incrementada su renta per cápita, así como su IDH (2000-2017), desde la independencia. Ello ha sido posible gracias a sus vastas reservas de hidrocarburos, especialmente de petróleo, pues la suma de los yacimientos del Caspio de Tengiz, descubierto en 1979, y Kashagán, en el año 2000, suponen la mayor reserva descubierta en los últimos cuarenta años a nivel global. La comparación entre la relativa estabilidad de Kazajstán, y el crecimiento sostenido de su economía respecto a sus vecinos postsoviéticos, favorece la popularidad de Nursultán Nazarbáyev, ayudado a su vez por un fuerte culto a la personalidad promovido por el Estado, y la instrumentalización del islam para su propia legitimación (Omelicheva, 2016). No obstante, Kazajstán no ha escapado a la maldición de los recursos o paradoja de la abundancia, habiendo afectado negativamente el volumen de ingresos de los hidrocarburos a la calidad institucional, la competitividad del resto de sectores productivos y la desigualdad regional y social (Sabonis-Helf, 2005; Franke et al., 2009; Aliev, 2013). Así, los veinticinco años de experiencia postsoviética no están exentos de conflicto y disenso tanto desde la ciudadanía como en el seno de las élites. Hasta 2005 Nazarbáyev hizo frente a serios desafíos a su autoridad que solucionó como acostumbran a hacerlo los regímenes autoritarios: reprimiendo, cooptando y aprovechando las redes de patronazgo para revisar las lealtades perdidas.

Nazarbáyev preside un régimen autoritario en el que los mecanismos democráticos son poco más que herramientas de certificación interna e internacional. Solo en una de las cinco elecciones presidenciales que ha ganado Nazarbáyev obtuvo menos del 90% de los votos, alcanzando en las elecciones anticipadas de abril de 2015 un 97,75% de los votos con un 95% de participación[1]. Cifras similares se han dado en los procesos parlamentarios[2], siempre, sin excepción, con informes negativos de las misiones de observación de la OSCE. A pesar de ello, no se ha registrado ninguna movilización poselectoral de protesta (OSCE/ODHIR, 2015). En paralelo, cuando una fuerza opositora ha cobrado envergadura ha sufrido una fuerte represión incluyendo encarcelamientos donde algunos activistas y líderes opositores fallecieron en extrañas circunstancias. La naturaleza autoritaria del régimen político kazajo no ha sido respondida por una fuerte condena internacional, en buena medida porque el acceso a sus reservas de hidrocarburos y las oportunidades de negocios e inversiones en el país son la prioridad de Occidente en el país, pasando la promoción de la democracia y los DD.HH. a un segundo o tercer plano. Tanto es así que, paradójicamente, Kazajstán logró la presidencia de la OSCE en 2010 con el apoyo de Rusia, pero también de EE.MM. de la UE como España, a pesar de haber suspendido todas y cada una de las evaluaciones electorales de la propia OSCE.

El régimen de Nazarbáyev ha sorteado con cierta solvencia las principales amenazas a la estabilidad política y seguridad interior proyectadas llegada la independencia. Ni en las regiones septentrionales ha emergido un movimiento secesionista en el seno de la minoría rusa; ni en el sur el islam político radical se ha extendido entre la población; ni las identidades étnicas o subétnicas tradicionales, léase los clanes en los que se profundiza más adelante, han proporcionado episodios de conflictividad severa. Habiendo superado estos desafíos, Nazarbáyev, quien cumple 78 años en julio de 2018, viene observando desde hace más de una década un punto focal de vulnerabilidad ante la inestabilidad política: la transferencia del poder a su sucesor o sucesora. Los contextos de sucesión son un punto crítico en la supervivencia de los regímenes autoritarios, máxime si éstos tienen un carácter patrimonial o neopatrimonial. Entre las 340 transferencias del poder experimentadas entre 1946 y 2009 en regímenes autoritarios en el mundo, solo en un 53% de ellas el régimen sobrevivió, aumentando esa cifra a un 64% cuando se trataba de autoritarismos así constituidos en su marco legal, a diferencia de dictaduras fruto de acontecimientos de excepción como un golpe militar (Ezrow & Frantz, 2011: 6).

Si atendemos a los regímenes bien autoritarios bien propios de un autoritarismo competitivo (Levitsky & Way, 2010) en el espacio postsoviético, la inestabilidad política severa ha estado presente hasta en seis transferencias del poder por vía no institucional a consecuencia de movimientos de protesta. Inicialmente acontecieron las conocidas como revoluciones de colores – Georgia 2003, Ucrania 2004 y Kirguistán 2005 –, dándose en los dos últimos casos nuevas revoluciones en 2014 en Ucrania y en 2010 en Kirguistán, y finalmente un nuevo ejemplo en Armenia en 2018. Conviene tener presente que tanto el estallido de violencia étnica en el sur de Kirguistán, el cual derivó en la muerte de más de 2.000 personas y el desplazamiento temporal de más 400.000, como el conflicto en Ucrania abierto en 2014, con la ocupación y anexión de Crimea por Rusia y la guerra del Donbass, son procesos que continúan a transferencias del poder por vía no institucional.

Solo se ha dado alguna transferencia tras elecciones mínimamente competitivas en cinco países: Ucrania, Bielorrusia, Moldavia, Kirguistán y Georgia[3].   Otros modelos de transferencia del poder se han desplegado amparándose en la búsqueda de estabilidad, como la sucesión dinástica, en Azerbaiyán de Gueidar a Ilham Aliyev en 2003, y la designación burocrática. La designación burocrática tiene dos variantes: la “Opción Yeltsin” y la “Opción Karimov”. La “Opción Yeltsin” implica designar un sucesor influyente en el aparato estatal pero no perteneciente al círculo del presidente, como fue el traspaso de Boris Yeltsin a Vladimir Putin en 1999. La “Opción Karimov” hace referencia a la designación de un alto cargo perteneciente al entorno del presidente sin ser familiar directo; tal como sucedió en 2016 en Uzbekistán cuando se supo que Shavkat Mirziyoyev, primer ministro entre 2003 y 2016, había sido designado por Islam Karimov antes de morir como su sucesor. Pero en el Asia Central postsoviética todavía se dan dos casos en los que la transferencia del poder no se ciñe a un modelo y la transferencia se asoció a una crisis de inestabilidad política. En Tajikistán, en 1992, Emomali Rajmon tuvo que consolidar el poder heredado de Rajmon Nabiyev en una cruenta guerra civil, permaneciendo en la jefatura del Estado desde entonces. Y en Turkmenistán en 2006, en la única transferencia del poder experimentada en este país, una camarilla de élites liderada por el actual presidente Gurbangulí Berdimujamédov reaccionó a la muerte de Saparmurat Niyázov mediante la detención y encarcelamiento de quien debía ocupar la presidencia según la Constitución.

De este modo, este artículo tiene por objeto analizar, por un lado, la vulnerabilidad estructural de Kazajstán ante un contexto de sucesión presidencial producto de su naturaleza como régimen autoritario y Estado neopatrimonial; y por otro lado, examinar la preparación por parte de las autoridades de dicho contexto y las opciones disponibles para acometer la transferencia del poder ante la eventual salida del presidente Nazarbáyev. Para ello inicialmente se aborda el modelo de Estado neopatrimonial en Asia Central, para a continuación estudiar la naturaleza específica del autoritarismo y del neopatrimonialismo en Kazajstán. Finalmente, se profundiza en el contexto de sucesión kazajo y se consideran las distintas opciones de transferencia del poder, así como los actores políticos unidos a ellas.

 

El modelo de Estado neopatrimonial en Asia Central y Kazajstán

El modelo de gobernanza de las repúblicas centroasiáticas durante el periodo soviético se ha descrito como “comunismo patrimonialista” (Kitschelt, 1999: 39): una administración basada en las redes personales de lealtades e intercambio mutuo, así como el patronazgo, corrupción y nepotismo en la selección de las élites. Tras el fin de la URSS, el concepto de neopatrimonialismo – diseñado para estudiar los países en desarrollo donde se han consolidado sistemas autoritarios tras la descolonización –  nos sirve para entender la evolución de las cinco repúblicas centroasiáticas ahora independientes. Un Estado neopatrimonial es aquél donde coexisten e interactúan lógicas de acción formales o burocráticas, por un lado, e informales o patrimoniales por otro. El concepto, que tiene su origen en la distinción de Weber de distintos tipos de autoridad – tradicional, carismática, y burocrática o legal-racional –, fue desarrollado en su forma actual por investigadores sobre los Estados africanos surgidos de la descolonización (Eisenstadt, 1978; Médard, 1982;  Snyder, 1992; Bratton & Van de Walle, 1997; Erdmann & Engel, 2006; Erdmann, 2012).

Cuando se habla de neopatrimonialismo no identificamos un tipo particular de régimen político, sino un conjunto de prácticas institucionalizadas en los agentes e instituciones estatales, que no pueden ser fácilmente eliminadas o desafiadas por nuevos actores ya que están históricamente enraizadas (Von Soests, 2010: 5-7). Estas prácticas pueden relacionarse con aspectos políticos – gobiernos fuertes y con una toma de decisiones concentrada, clientelismo, patronazgo, incertidumbre institucional, reclutamiento nepotista, lealtad a los superiores – o económicos – corrupción, apropiación ilícita de bienes privados o activos del Estado, rentismo –, desarrollados tanto en las estructuras del gobierno como en otros sectores de la administración del Estado.

Las instituciones informales primigenias de un Estado neopatrimonial son cuatro: un régimen personalista con una concentración informal de poder, la apropiación privada de la arena pública, el clientelismo sistémico y el uso de los recursos del Estado para la legitimación política de particulares (Bratton & Van de Walle, 1997: 63-68). No obstante, existen otros rasgos fundamentales. En primer lugar, la persistencia del neopatrimonialismo en un Estado concreto depende de una constante interacción entre las instituciones políticas formales e informales, que únicamente se puede realizar por medio de la incertidumbre institucional; la cual permite moldear las instituciones formales – por ejemplo, la regulación y supervisión de los procesos electorales o de la economía de mercado – para servir a los intereses de las autoridades o de personas concretas (Ruiz Ramas, 2010; 2013). Esta incertidumbre también contribuye a reforzar los vínculos clientelares con la élite dirigente, ya que los actores económicos y sociales interpretan que necesitan del patronazgo de las autoridades para dotar de cierta predictibilidad a las actividades afectadas por la regulación estatal (Timm, 2010).

En un Estado neopatrimonial, el poder político está concentrado en un pequeño grupo; existe un “culto a la personalidad” del líder; y no hay mecanismos formales que impidan a los políticos traspasar sus puestos a quienes ellos mismos elijan (Ruiz Ramas, 2010: 16-18). Sin embargo, a diferencia del patrimonialismo clásico, el régimen no sólo se legitima mediante un liderazgo personalista derivado de valores patriarcales, donde los cargos se heredan en lugar de ser elegidos a través de instituciones. La legitimación informal y tradicional se combina con mecanismos racionales que proporcionan estabilidad en el ejercicio del poder: en especial, las relaciones establecidas de patronazgo, en las que el patrón compra la lealtad política de sus clientes protegiendo sus intereses privados en el marco de una economía de mercado. No obstante, el alto grado de intervención en todos los ámbitos de líderes como Nazarbáyev hace que la legitimación informal sea siempre más importante que la legal-racional: tanto las instituciones formales o el ordenamiento jurídico como esos intercambios “de negocios” entre patrón y cliente han estado sujetos a las decisiones arbitrarias del presidente (Iljamov, 2007: 66).

En segundo lugar, los Estados neopatrimoniales son vulnerables ante la fragmentación del poder político, y raras veces – pese a que el personalismo sea una de sus características centrales – funcionan como sistemas verticales cohesionados. Por el contrario, el gobierno central necesita de la lealtad y colaboración de intermediadores (power brokers) locales, con quienes los conflictos, exigencias, negociaciones y compromisos en la sombra marcan las relaciones cotidianas. La implementación de las políticas aprobadas por el centro en las regiones queda así frecuentemente al margen de la capacidad de control del centro. En muchas ocasiones, de hecho, “el desafío central para la autoridad neopatrimonial es evitar una descentralización incontrolada de las estructuras de poder” (Timm, 2010: 6).

En tercer lugar, la política en estos Estados es una arena flexible, donde los elementos programáticos de fractura (cleavages) son fácilmente reemplazables, y los enemigos hoy irreconciliables pueden compartir mañana coaliciones en el poder. Esta situación se ve favorecida por el papel clave de las redes informales como vehículo de acción colectiva tan importante o más que los propios partidos políticos (power-sharing coalitions). Existe un amplio consenso en la academia acerca de la centralidad de las redes informales en la política postsoviética, pero no lo hay respecto a su naturaleza. En los estudios sobre Asia Central, destacan cuatro conceptuaciones: el clan-tribal como identidad subnacional (Schatz, 2005); la red informal como asociación regional de élites (Jones Luong, 2002; Iljamov, 2007); la red informal como entidad personalista y local, no regional, en países como Kirguistán (Radnitz 2005; 2006; 2010; Ruiz Ramas 2010; 2013; Sjöberg, 2011); y finalmente para casos como Rusia, Ucrania o Kazajstán los finansovo-promyshlennye gruppy o grupos financiero-industriales (a partir de ahora GFI), redes de élites económicas de alcance global controlando corporaciones financieras, industriales y energéticas además de significativas parcelas del poder político (Cummings, 2005; Balmaceda, 2008; Ostrowski, 2009; Junisbai, 2010; Kononenko & Moshes, 2011).

En el contexto del Asia Central postsoviética, las características de las redes predominantes varían de un país a otro al divergir las condiciones económicas, políticas y sociales en que se han desarrollado. Con todo, los estudios más recientes rechazan que los clanes-tribales tradicionales mantengan su influencia en la esfera política. Por el contrario, se sostiene la creciente consolidación de camarillas clientelistas alimentadas más por el dinero y el intercambio de favores que por ancestrales vínculos sanguíneos, estructuradas mediante conexiones personales vitales y profesionales en vez de por el parentesco e identidades subnacionales (Iljamov, 2007; Cummings, 2012; Radnitz, 2010; Ruiz Ramas, 2013).  Las redes informales hoy tienden a ser flexibles en composición, temporales y no grupos corporativos. Organizadas en una estricta jerarquía, compiten entre sí por recursos limitados, pero son capaces de coordinar acciones colectivas en coaliciones transitorias. De hecho, en un mismo país pueden coexistir y colaborar redes de distinta naturaleza tales como camarillas de élites operando solo en los estratos más altos del poder político junto a redes de ámbito local o regional capaces de movilizar distritos y actuar así como agentes influyentes (power brokers) en favor de una opción influyente a nivel central. En aquellas sociedades centroasiáticas que anteriormente eran nómadas – caso de Kirguistán o Kazajstán – existe todavía una concepción de estructura clánica o tribal más allá del núcleo familiar. Su genealogía se emplea en rituales, bodas, entierros o conmemoraciones. Sin embargo, esta división no se traduce en una vertebración política ni las redes informales de élites se componen con base a una correspondencia a ellas.

 

Autoritarismo personalista de Nazarbáyev y equilibrio neopatrimonial

La competición por la autoridad, la asignación de recursos y la influencia sobre el nivel central de toma de decisiones ha tenido en Kazajstán dos dimensiones distintas pero interrelacionadas: las luchas entre las redes informales de élites más relevantes y la centralización del poder en las manos de Nazarbáyev. La ubicación privilegiada de esas redes en las arenas política y económica se hizo patente desde la primera fase de la independencia. Como en otros casos centroasiáticos, también en Kazajstán la naturaleza y conceptuación especifica de estos grupos informales ha sido largamente debatida. En resumen, por un lado, varios autores (Masanov, 1996; Collins, 2004; 2006; Schatz, 2004) han enfatizado el rol de las identidades subétnicas asociadas a comprensiones antropológicas de los clanes o tribus como factor predominante para entender la organización de estos grupos de interés. En Kazajstán, la principal filiación subétnica se basa en los tres zhus, conglomerados de tribus conocidos como el Mayor, el Mediano y el Joven. Por otro lado, los estudios más recientes proveen evidencia empírica de las contradicciones existentes en las teorías basadas en la política de clanes y sitúan el análisis de los principales conflictos políticos centrado en los grupos financiero-industriales – finansovo-promyshlennye gruppy, GFI o FPGs en su acrónimo en ruso – (Satpaev, 1999; 2007; Cummings, 2005; Junisbai, 2010; Ostrowski, 2010; Peyrouse, 2012).

Los grupos financiero-industriales están compuestos por élites políticas y empresariales cuyos más prominentes miembros ocupan altos cargos en el Gobierno o en las empresas y holdings estatales, mientras al mismo tiempo son propietarios de una parte significativa o de su totalidad de empresas punteras en los principales sectores de actividad: hidrocarburos, banca, minería, comercio, mass media y otras actividades industriales (Kjærnet et al., 2008; Satpaev, 2007; Junisbai, 2010). Las redes compiten entre ellas por la asignación de los recursos, los cargos gubernamentales y la influencia sobre la Administración Presidencial, favoreciendo con ello una posición de dependencia de todos los GFI del rol de Nazarbáyev como árbitro en sus conflictos.

Se pueden distinguir dos variables principales para establecer una tipología de los GFI. En primer lugar, el GFI según el origen profesional y social al que pertenecen sus líderes, diferenciándose los antiguos miembros de la nomenclatura y los nuevos empresarios emergidos como resultado de la fase más temprana de liberalización económica a comienzo de los noventa del siglo pasado. Si los ex apparatchik estuvieron en el momento adecuado en una posición privilegiada para beneficiarse de la privatización de los activos estatales; los conocidos como nuevos kazajos aprovecharon en los primeros años de independencia los créditos libres de intereses – cuando no a interés negativo debido a la inflación como también ocurrió en el caso ucraniano – del Banco Nacional, lo que les permitió acumular capital y penetrar en otros sectores de la economía (Satpaev, 2007: 13). Dado que la élite de la era soviética ganó la batalla por mantener el poder durante la reorganización económica (Murphy, 2006), los principales desafíos al liderazgo Nazarbáyev provinieron de una insatisfecha nueva clase empresarial. En segundo lugar, al establecer una tipología de la élite kazaja el otro criterio esencial es el grado de proximidad a Nazarbáyev, siendo en este sentido muy influyentes los trabajos seminales de Dosym Satpaev (1999; 2007) sobre posteriores investigaciones (Dave, 2007; Junisbai, 2010; Peyrouse, 2012). Satpaev proponía dividir en dos categorías los GFI, por un lado dentro del círculo interior de la Administración Presidencial se pueden discriminar a su vez entre aquellos que incorporan a familiares directos de Nazarbáyev – Dariga Nazarbáyeva, hija mayor del presidente y su marido Rajat Alíev; y Dinara Nazarbáyeva, hija mediana de Nazarbáyev y su marido Timur Kulibáye –;  y los que no – Nurtai Abykaev, Vladimir Kim, el Grupo Euroasiático [Alexander Mashkevich, Fattoj Shodiev, Alijan IgRajimov], y Utemuratov[4] ; y por otro lado, en una segunda categoría de GFI, externa al estrecho círculo de Nazarbáyev, destacarían Mujtar Ablyazov, Beibut Atamkulov, Bajytbek Baiseitov, Amandyk Batalov, Margulan y Yerlan Seisembaev y, finalmente, Nurzhan Subjanberdin.

En resumen, la naturaleza de las redes informales de élites en Kazajstán es más cercana a las existentes en Rusia o Ucrania antes que a los otros casos centroasiáticos. Los oligarcas kazajos pueden competir en riqueza con cualquier magnate postsoviético y, al igual que los Rinat Ajmetov o Roman Abramovich, están más acostumbrados a pasar su tiempo disfrutando de sus propiedades en Londres que en sus comunidades locales cuidando sus conexiones y prestigio social. La élite político-económica kazaja no actúa con base a un patronazgo localista y no representa una circunscripción en particular cuando ocupan altos cargos gubernamentales. El patronazgo tiene un componente antes sectorial que territorial, estando las relaciones patrón-cliente poco influenciadas por otros grupos sociales ajenos a la propia élite.

Con relación a la centralización del poder por Nazarbáyev, Cummings (2005: 98-103) enfatiza tres estrategias seguidas por el presidente tras la independencia para dar forma a las instituciones y mantener su poder en ellas:

a) desplazar la dimensión étnica fuera del espacio político y establecer límites a la oportunidad política al margen del poder ejecutivo; b) cancelar la territorialidad de la política y aumentar su centralización; c) adoptar una política de cuadros por la que, simultáneamente, buscar aliados y proteger a la tecnocracia como parte de una amplia red clientelar.

De este modo, Nazarbáyev intentó neutralizar diversos desafíos políticos relevantes para la creación de autoridad estatal en Kazajstán, tal como el secesionista de una parte significativa de la población étnica rusa de las regiones del norte, o el reparto territorial del poder central por presión de la élite regional soviética. Entre 1991 y 1995, Nazarbáyev fue capaz de concentrar la toma de decisiones sobre estos asuntos activando sus alianzas informales basadas en relaciones clientelares con compañeros de armas en la antigua nomenclatura ejecutiva del partido. Estos viejos camaradas ayudaron a Nazarbáyev a fortalecer sus poderes presidenciales, primero provocando la autodisolución del Parlamento (Danilovich, 2010: 5); y segundo, apoyando una nueva Constitución, en 1995, que redujo las libertades políticas y dislocó el equilibrio entre el legislativo y el ejecutivo en favor de último. En esta primera fase también tuvo lugar la redistribución de la propiedad estatal, principalmente entre los miembros mejor posicionados de la nomenclatura, y la liberalización de la economía por la que se desarrolló rápidamente una nueva élite empresarial. Implicado en la distribución de activos económicos y políticos, a mediados de los noventa Nazarbáyev era más un “empresario político” más que en un dictador dotado de una rígida vertical cadena de mando (Peyrouse, 2012:348).

En la segunda parte de los noventa creció la implicación de la familia de Nazarbáyev en los sectores económicos claves, como los hidrocarburos y la construcción, comenzando así a romper el equilibrio en la distribución de activos entre las redes de élites más prominentes. En 1998 estalló el escándalo conocido como el kazakhgate, que relacionaba al círculo más estrecho de Nazarbáyev con comisiones millonarias en la firma de contratos en el sector del petróleo con inversores extranjeros. Como se ha comentado en el anterior apartado, preservar la estabilidad en los regímenes neopatrimoniales depende del equilibrio de intereses entre las principales redes informales. Tan pronto como se evidenció que Nazarbáyev había dejado de respetar esa ley tácita, surgieron un número de desafíos a su autoridad incluyendo una ola de deserciones de miembros de la élite política y económica. Aquel mismo año el entonces primer ministro, Akezhan Kazhegeldin, formó el Partido Popular Republicano de Kazajstán aliándose a un grupo de jóvenes empresarios con el objetivo de desplazar a Nazarbáyev del poder.  Aunque la iniciativa fracasaría, tres años después un proyecto opositor similar fue implementado con un número mayor de desertores políticos y de nuevos kazajos implicados; la formación se denominó Opción Democrática de Kazajstán (Demokraticheski Vybor Kazajstana, DVK)[5]. La fuente del descontento fue nuevamente el creciente rol de Nazarbáyev como aglutinador de activos, quebrando así su papel de árbitro entre redes de mediados de los noventa. La nueva clase empresarial le acusó de imposibilitar su acceso al sector de los hidrocarburos y de alimentar una atmósfera de vulnerabilidad sobre los derechos de propiedad (Ostrowski, 2009:354). Tras varias manifestaciones en Almaty las autoridades respondieron con una represión cruda al detener y encarcelar a dos de los líderes de DVK, Zhakiyanov y Ablyazov. El DVK se dividió y algunos de sus miembros crearon Ak Zhol, un partido más moderado que nunca ha alcanzado un impacto relevante. Sin embargo, como resultado del desafío a Nazarbáyev, se dio inicio a un proceso de cooptación de la base electoral del DVK – empresarios y clases medias – mediante la implementación de un número de reformas orientadas a proporcionar certidumbre a la élite empresarial.

Dentro de las reformas para cooptar al empresariado y capital privado kazajo, la Administración de Nazarbáyev estableció órganos empresariales liderados por el Estado con reminiscencias a un modelo corporativista. El Gobierno ofreció a los empresarios abandonar el sistema de patrones y clientes, donde el equilibrio de intereses tendía a no ser respetado por el propio círculo de Nazarbáyev, e institucionalizar las relaciones Estado-empresariado dentro de una estrategia desarrollista de capitalismo de Estado, donde el capital privado kazajo fuera incorporado en una posición privilegiada (Ostrowski, 2009: 361).

En cuanto a reformas políticas la década del 2000 se caracterizaron por el intento de conciliar iniciativas empleadas a nivel externo para ganar legitimidad y a nivel interno planteaban una cooptación ordenada de las élites, con una profundización efectiva de la centralización del poder en Nazarbáyev para la que se apoyó en las reformas constitucionales de 1998, 2007 y 2011 (Schatz & Maltseva, 2012: 50; Nurumov y Vashchanka, 2016).  Por un lado, se dieron procesos como la transferencia de competencias desde la presidencia al parlamento tanto a nivel presupuestario como de control y formación del gobierno, o la creación de un partido del poder, Nur Otan (Patria Radiante). Desde entonces, Nur Otan ha dominado el sistema de partidos dentro del régimen neopatrimonial liderado por Nazarbáyev siendo un útil vehículo para neutralizar la inestabilidad generada por las redes informales de élites que compiten entre sí por recursos políticos y económicos (Isaacs, 2011; 2013: 1073-1076). Por otro lado, se intensificó la represión selectiva de los oponentes políticos llamados a competir en popularidad y apoyo entre las élites con el oficialismo, así como el cierre de medios de comunicación críticos. En paralelo, Nazarbáyev con la reforma constitucional que posibilitaba su reelección vitalicia envió un claro mensaje tanto a las élites cooptadas como a las opositoras: sólo él gestionaría su sucesión renunciando a convertirse en un Lame Duck[6].

En términos económicos se siguieron dos estrategias que aportaron un mayor control a la Administración Presidencial sobre los activos de mayor capitalización. Por un lado, esta centralización benefició al círculo interno de Nazarbáyev, especialmente con la progresión de dos de sus yernos, Rajat Aliyev y Timur Kulibáyev, y con la expansión de los negocios familiares a nuevos sectores como el del cobre, el zinc o el oro (Peyrouse, 2012: 354).  Por otro lado, tras el desafío del DVK Nazarbáyev decidió adoptar algunas de sus demandas tales como la renegociación al alza de los impuestos que pagan los inversores extranjeros en el sector de los hidrocarburos. Un primer paso hacia el modelo de capitalismo de Estado, también calificado como “nacionalismo de recursos” (Domjan & Stone, 2010), y que marcaría un punto sin retorno en la penetración estatal en el sector de los hidrocarburos. Para ello, primero se creó una compañía única de transporte de petróleo y gas: Trans Neft I Gaz (TNG); para a continuación fusionar TNG con Kazakh Oil en el nuevo holding estatal KazMunayGas. Además, se establecieron garantías para el acceso preferencial del Estado en cualquier nuevo proyecto petrolero o gasístico a llevar a cabo en territorio kazajo (Ostrowski, 2010: 61-80). El modelo de capitalismo de Estado fue finalmente culminado en 2008 con la implantación del Fondo de Desarrollo Sostenible Samruk-Kazyna, siendo sus objetivos prioritarios el control de activos y reforzar la función del Estado como inversor[7].

Sin embargo, ni las deserciones ni la inestabilidad en el seno de la élite finalizó con la represión del DVK. En 2004 comenzó una nueva ola de abandonos en las filas del oficialismo[8] durante la cual dos desertores que pasaron a liderar la oposición murieron en extrañas circunstancias, Zamanbek Nurkadilov y Altynbek Sarsenbáyev. Un segundo periodo de competición entre los aliados presidenciales y otras redes político-económicas coincidió con la crisis económica de 2008. El principal perjudicado de estos conflictos fue el líder del DVK Ablyazov, acusado de malversación y desfalco de cuatro mil millones de dólares en el BTA Bank entre 2005 y 2009. Ablyazov abandonó el país solicitando asilo político en Reino Unido. Siendo éste aprobado en 2011, dos años después un tribunal de Londres condenó a Ablyazov y a sus socios a pagar mil quinientos millones de dólares al BTA Bank (Tengrinews, 2013). Su actividad económica, los procesos judiciales por crímenes financieros son analizados profundamente por Cooley y Heathershaw (2017: 54-79). Respecto a su actividad política, Ablyazov ha procurado mantenerse como un opositor de referencia a Nazarbáyev en el exterior. En 2011 fue acusado por la fiscalía kazaja de haber contribuido a orquestar las protestas laborales en Zhanaozen cuya represión provocó, según fuentes oficiales, dieciséis muertos (Rustemova, 2011; 2012). Desde mediados de 2017 Ablyazov ha renovado sus esfuerzos por influir el devenir político de Kazajstán, pero en marzo de 2018 su formación Opción Democrática de Kazajstán (Demokraticheskii Vybor Kazakhstana, DVK), fue ilegalizada al ser registrada como organización extremista. Si bien Ablyazov, residente en Londres, continúa convocando manifestaciones antigubernamentales en redes sociales y You Tube, su impacto en Kazajstán es muy limitado, máxime cuando varios de sus apoyos en territorio kazajo han sido detenidos por las autoridades en un breve periodo de tiempo.

 

La sucesión, un punto focal de inestabilidad no resuelto por Nazarbáyev

A pesar de que la transferencia del poder ha ocupado un lugar protagónico entre las preocupaciones de Nazarbáyev en la última década, éste ni ha designado públicamente a su sucesor, ni ha dado muestras concluyentes por el tipo de sucesión que optará llegado el momento. El tema es recurrente tanto en los pocos medios opositores existentes, en su mayoría online, como en los medios gubernamentales. Desde el círculo presidencial se ha sostenido que buena parte de las reformas políticas aprobadas desde 2005 tenían como objetivo dotar de mayor solidez sistémica a las instituciones kazajas. El propio Nazarbáyev puso como ejemplo a países asiáticos como Singapur o Malasia en una entrevista televisada en julio de 2013 tras afirmar que “debe establecerse un sistema sostenible que proporcione estabilidad cuando llegue el cambio de líder” (Tengri News, 2013). 

A pesar de los esfuerzos de Nazarbáyev por cooptar, equilibrar intereses y dotar de estabilidad y previsibilidad al sistema, el presidente no confía plenamente en evitar una lucha abierta por el poder entre las élites en un contexto de sucesión. Muestra de ello es que Nazarbáyev no solo está retrasando la designación de un sucesor, que puede tener sentido no solo estratégico sino también táctico, sino que trata de demorar el propio contexto de sucesión y convertirse en un Lame Duck. Primero lo hizo mediante la reforma que posibilitaba su relección sin límites (Schatz & Maltseva, 2012) y después con los adelantos electorales en 2011 y 2015, administrando a su favor por consiguiente el final de su presidencia (Nurumov & Vashchanka, 2016). En caso de emergencia mayor, el art. 48 de la Constitución contiene un mecanismo legal preciso para sustituir al jefe del Estado. Si el presidente no es capaz de desempeñar sus funciones, a causa de renuncia, enfermedad, alta traición o muerte, queda prestablecida una línea de sucesión encabezada por el presidente del Senado, y seguida por el presidente del Majilis con el primer ministro ocupando el tercer y último lugar (Shenin, 2014: 143). No obstante, el único precedente en Asia Central en el que se hizo necesario actuar ante una transferencia del poder sobrevenida evidenció que, en contextos institucionales débiles, un mecanismo legal no frena la lucha entre las redes de élites. Según establecía la Constitución de 1992 de Turkmenistán, a la muerte del presidente Saparmurat Niyázov en 2006, el sucesor debía ser el presidente de la cámara legislativa Ovezgeldy Ataev. Ataev reclamó sus derechos pero el así llamado Grupo 21 de Diciembre, compuesto por personal de la Administración Presidencial y de las agencias de seguridad del Estado, decidieron llevar a cabo un golpe de palacio y designar a uno de ellos presidente así como arrestar y encarcelar a Ataev (Horák, 2012: 376). Dotado además del apoyo de las autoridades no turkmenas, Gurbangulí Berdimujamédov, ministro de Salud desde 1995 y viceprimer ministro desde 2001, se convirtió en el segundo presidente de Turkmenistán (Ruiz Ramas, 2017: 177-178).

Este tipo de escenarios dramáticos con ganadores y perdedores tras una transferencia del poder preocupan a todo jefe de Estado de un régimen autoritario. Sin un proceso tutelado, el bienestar y patrimonio suyo y de los suyos puede ser puesto en entredicho. Dicho eso, las narrativas de Nazarbáyev y su régimen para justificar un control político y social severo destacan la estabilidad política como prioridad máxima en esta fase del desarrollo económico, social y también estatal de Kazajstán (Koch, 2018). En ese relato suponen distintos ejemplos de transferencia del poder unidas a la exaltación democrática suponen una amenaza a la seguridad nacional.  Tanto unas elecciones presidenciales con resultado abierto, es decir una transferencia del poder por vía institucional sin tutela; como una ola de protestas que conduzca a una transferencia del poder no institucionalizada, esto es, una “revolución de color” (De Andrés y Ruiz Ramas, 2016).

La inquietud de Nazarbáyev explica parcialmente la última reforma constitucional del 10 de marzo de 2017. La misma se desarrolló en tiempo record a la orden de Nazarbáyev.  El presidente anunció la creación de una comisión constitucional en diciembre, en enero los resultados de la misma, en la primera semana se marzo se aprobó en el Parlamento, el Consejo Constitucional proporcionó su aval a continuación, y el 10 de marzo entró en vigor. Su celeridad evidencia la eficiencia de la vertical de poder de Nazarbáyev, así como la ausencia de debate y contrapeso en el resto de instituciones y poderes del Estado. Paradójicamente la reforma, a diferencia de las anteriores, proponía en teoría un mayor equilibrio de poderes entre el presidente y el Parlamento y al gobierno, especialmente en cuanto a la composición del gabinete y la rendición de cuentas. No obstante, distintos académicos tildan de cosméticas las reformas en el contexto kazajo (Kembayev, 2017; Pistan, 2017).  Como la constitucionalista Carna Pistan, que asegura que lo que se quiere presentar como “la construcción de un sistema de equilibrios y controles diseñado para prevenir la acumulación de poder (…) puede servir como mecanismo para prevenir la potencial inestabilidad política”. Esto es, se trataría de evitar en la sucesión tanto la inestabilidad de un conflicto abierto entre redes de élites, como el advenimiento de un inesperado free rider en la presidencia que pudiera incumplir un preacuerdo con los Nazarbáyev. En ese sentido la reforma empuja al hipotético sucesor de Nazarbáyev a “compartir el poder con otras instituciones” (Pistan, 2017).

Una vez ejecutada la reforma, y con las prioridades de estabilidad política y seguridad para su familia en mente, Nazarbáyev tiene tres opciones de modelo de transferencia de poder. La primera y menos probable sería lo que Ambrosio (2015: 55) denomina la “Opción Yeltsin”, designar un sucesor que goce de influencia dentro del aparato estatal pero que no pertenezca al entorno más cercano del presidente.  El nuevo presidente garantizaría la libertad y patrimonio de los Nazarbáyev siguiendo el patrón de la promesa de Vladimir Putin a Boris Yeltsin a finales de los noventa en Rusia. En Kazajstán, esa figura bien pudiera ser un dirigente de Nur Otan, fortaleciendo así la institucionalidad del partido. Una segunda opción sería la que se puede nombrar como “Opción Karimov”: decantarse por un dirigente de dilatada trayectoria política en las administraciones de Nazarbáyev que, perteneciente al círculo de leales, no sea familiar directo. El modelo reflejaría la relación entre Islam Karimov, presidente de Uzbekistán entre 1989 y 2016, por tanto equivalente a Nazarbáyev, y Shavkat Mirziyoyev, su primer ministro entre 2003 y 2016, designado sucesor tras la muerte del primero. En Kazajstán hay varias figuras que encajan de un modo u otro en ese perfil: Karim Masimov, antiguo primer ministro y jefe del Consejo de Seguridad Nacional; Adilbek Dzhaksybekov, presidente de la administración presidencial; Bakytzhan Sagintayev, actual primer ministro; Imangali Tasmagambetov, alcalde de Astana; Kassym-Jomart Tokayev, antiguo primer ministro y presidente del Senado; y Sauat Mujametbayevich Mynbayev, presidente de Kazmunaigaz.

En último lugar figura la sucesión dinástica seguida en el espacio post-soviético por la familia Aliyev en Azerbaiyán. Hasta mediados de la década pasada los analistas consideraban a la transferencia del poder hereditaria la opción preferida por Nazarbáyev, quien delegaría no tanto en alguna de sus tres hijas, sino uno de los dos maridos de sus hijas mayores Dinara y Dariga. En aquel periodo el favorito era Rajat Aliyev, hasta junio de 2007 casado con Dariga Nazarbáyeva, hija mayor del presidente, pero tras varios desencuentros con Nazarbáyev, fue acusado del secuestro y asesinato de tres ejecutivos del Nurbank. Tres días después, Nazarbáyev decretó retirar a su yerno de todos los cargos públicos que ostentaba y abrir contra él una orden de arresto internacional ya que Aliyev residía en aquel momento en Austria (Schatz & Maltseva, 2012: 57). Aliyev, que había sido viceministro de Asuntos Exteriores, disfrutaba un status de oligarca y junto a Dariga controlaba importantes medios de comunicación, habiendo lanzado además su propio partido: Asar. Pero los problemas para él comenzaron cuando anunció que presentaría su candidatura a la presidencia en 2012, lo que enfrentaba tanto a Nazarbáyev, como al otro yerno de éste, Timur Kulibáyev.

En los años inmediatamente posteriores a la caída de Aliyev, la popularidad de Kulibáyev creció permitiéndole ser percibido como el candidato mejor posicionado en la carrera de la sucesión. Esta percepción se robusteció con su nombramiento como director del fondo Samruk-Kazyna. No obstante, a finales de 2011 Kulibáyev fue forzado a dimitir como resultado de los disturbios en Zhanaozen (Rustemova, 2011; 2012). Aunque Kulibáyev mantuvo otros puestos relevantes, como el de presidente del Comité Nacional Kazajo del Consejo Mundial del Petróleo, su despido de Samruk-Kazyna, junto a otros ceses dentro de la remodelación de los gobiernos en 2012 y 2013 (Isaacs, 2013: 1073), actualizaron los debates sobre qué redes de élites dirigían el país tras Nazarbáyev. Algunas fuentes apuntan que en los últimos años Kulibáyev habría recobrado la confianza de su suegro (Kochan, 2014), y lo cierto es que ha mantenido importantes responsabilidades en el sector de la energía, incluido su puesto en el Consejo de Administración de Gazprom. En 2017 todavía figuraba como tercera fortuna de Kazajstán en la lista de la revista Forbes y 973º del mundo. No obstante, haber tenido dos hijos extramatrimoniales, así como su supuesta implicación en un caso de lavado de dinero (Ambrosio, 2015: 57), pueden lastrar las opciones de Kulibáyev. En la carrera de la sucesión también se ha posicionado a Dariga Nazarbáyeva, quien precisamente en las últimas renovaciones de gabinete ha visto incrementadas sus responsabilidades, siendo nombrada en abril de 2014 vicepresidenta de Mazhilis y ya en septiembre de 2015 viceprimera ministra. No se descarta a Kairat Satybaldy, sobrino del presidente y alto cargo en los servicios de seguridad. Igualmente, se ha apuntado a Nurali Aliyev (Shenin, 2014: 143), hijo de Dariga y Rajat Aliyev, nieto de Nazarbáyev, pero la aparición en abril de 2016 de un holding offshore a su nombre en los Papeles de Panamá, a pesar de que la fiscalía kazaja renunció a su investigación, limita sus expectativas (Sharkov, 2016; International Consortium of Investigative Journalists, 2015). Meses antes, en 2015, su padre fue hallado muerto en su celda de Austria – él mismo se había entregado en junio a las autoridades austriacas –, supuestamente tras haberse suicidado, si bien esta versión es rechazada por sus abogados y su esposa (Paterson, 2015).

 

Conclusiones

Nursultán Nazarbáyev, al frente de Kazajstán desde que en 1989 fue elegido primer secretario del Partido Comunista de Kazajstán, ha reunido durante su largo mandato tanto una gran cuota de poder ejecutivo, así como potestad sobre los principales recursos económicos, destacando el sector de los hidrocarburos. En especial desde 1994, Nazarbáyev maniobró exitosamente para fortalecer la presidencia respecto al Parlamento avanzando hacia un sistema de gobierno hiperpresidencialista. En paralelo, su círculo familiar más cercano aceleró la acumulación de activos económicos, asegurándose de igual modo una posición privilegiada ante nuevas oportunidades de negocios en los que mediase capital extranjero.

Al margen de estos dos procesos, las instituciones kazajas han promovido sin descanso un culto a la personalidad de Nazarbáyev con puntos culminantes tales como ser nombrado por el Parlamento “Líder de la Nación”. Honor que lleva implícita la inmunidad vitalicia ante cualquier tipo de acusación. Sin embargo, representar a Kazajstán como un Estado donde un hombre posee un control vertical e ilimitado sobre las arenas política y económica no encaja con la realidad. Ninguna decisión esencial puede ser tomada en Kazajstán sin la aprobación de Nazarbáyev, pero en cada periodo desde la independencia ha habido un número de redes de élites capaces de influenciar las decisiones de las instituciones centrales, e incluso de desafiar abiertamente la autoridad central cuando han entendido que sus intereses no estaban siendo atendidos. En paralelo, la alta concentración de poder en las instituciones centrales no ha impedido ni una indeseada descentralización territorial ni que élites regionales ampliasen su autonomía aprovechando su control sobre las inversiones extranjeras en el sector energético. Siendo esto así, la fragmentación regional del país, sin élites regionales liderando fuerzas políticas con aspiraciones a dominar el centro político, no ha devenido en un serio desafío a la autoridad presidencial. Ni han aparecido redes de patronazgo dominantes en una región disputando la presidencia a Nazarbáyev, ni se han verificado los temores de los noventa a que, en las regiones del norte, con una fuerte presencia de etnia rusa, surgiera un movimiento secesionista.

A medida que la presidencia de Nazarbáyev, de setenta y ocho años, se acerca a su fin, sin contar ni con un claro sucesor ni con una figura capaz de substituir el liderazgo de Nazarbáyev, no se puede excluir el estallido de encarnizadas luchas por el poder entre las principales redes informales de élites. Siendo esto cierto, existen factores estructurales e institucionales que permiten prever, por el contrario, la neutralización de ese choque a través de un pacto orientado a la instauración de un neopatrimonialismo oligárquico más o menos inclusivo. Entre los factores estructurales destaca la necesidad de estabilidad para mantener la calma en los inversores foráneos. A nivel institucional en los últimos años se identifica una tendencia hacia la consolidación de un neopatrimonialismo oligárquico. Por un lado, con respecto al marco político, en el nivel central destaca la implementación de compromisos e iniciativas para acomodar una pluralidad de élites en instituciones donde compartir poder y acceso a recursos. Entre ellas destacan el Parlamento o el partido oficialista Nur Otan. En la esfera económica se cumple ese mismo objetivo, el de la inclusión de las principales agrupaciones políticas informales, con la creación de holdings estatales tales como Samruk-Kazyna. Por último, la oligarquización kazaja se afianza con el mencionado robustecimiento de las élites regionales.

 

Nota sobre el autor:

Rubén Ruiz Ramas es Research Fellow en el Center for European Studier de la School of International Studies en la Sun Yat-sen University y Codirector de GEurasia.

 

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[1] En 2011 venció con un 95,5% de los sufragios, en 2005 obtuvo el 91,1%, en 1999 el 81% y en 1991 el 98,8%. En 1995 se celebró un referéndum para prolongar la presidencia de Nazarbáyev obtenida en 1991 hasta el año 2000, con la respuesta oficial favorable del 95% del electorado kazajo.

[2] Desde la creación de Nur-Otan, el partido surgido de la unión de varios partidos progubernamentales en 2005, los resultados han sido comparables a los de las elecciones presidenciales: en 2007, Nur-Otan recibió el 88% de los votos y el total de los escaños, noventa y ocho; mientras en 2012, se hizo con el 80% y ochenta y tres escaños de noventa y ocho.

[3] En Ucrania en 2010 de Víktor Yúshenko a Víktor Yanukóvich; en Georgia en 2013 de Mijeíl Saakashvili a Giorgi Margvelashvili, en Bielorrusia en 1994 cuando Alexander Lukashenko fue elegido primer presidente del país; en Kirguistán en 2010 de Roza Otunbayeva a Almazbek Atambáyev, y en 2017 de Atambáyev a Sooronbay Jeenbekov; y en el caso de Moldavia, donde el presidente lo escoge el parlamento, las transferencias se han dado de manera regular habiendo ocupado el cargo siete hombres distintos desde la independencia. Se deja al margen de este listado a Lituania, Letonia y Estonia, con regímenes homologables a las democracias liberales europeas y EE.MM. de la UE.

[4] Información en mayor profundidad sobre cada GFI en Junisbai (2010: 243-247) y Peyrouse (2012: 349-365).

[5] La secuencia de deserción de élites fue mucho más seria e inmediata que en 1998, incorporando el grupo de fundadores de DVK a Galymzhan Zhakiyanov, gobernador de la provincia de Pavlodar; Oraz Jandosov, vice primer ministro, ministro de Finanzas y presidente del Banco Central de Kazajstán; Mujtar Ablyazov, ministro de Energía y jefe del grupo inversor Astana-Holding; Zhannat Yertlesova, vice ministro de Defensa; Kairat Kelimbetov, vice ministro de Finanzas; Nurzhan Subjanberdin, jefe del mayor banco de Asia Central, el Kazkommertz Bank; Yerzhan Tatishev, al frente del Turan Alem Bank; y Nurlan Kapparov, ex presidente del monopolio estatal del petróleo Kazakhoil – posteriormente se reintegró en el oficialismo siendo nombrado ministro de Protección Medioambiental desde enero de 2012, y director de la empresa estatal KazAtomProm desde agosto de 2014, murió en marzo de 2015 de un ataque al corazón –.

[6] En EE.UU. se denomina Lame Duck a un presidente que entra en la fase final de su último mandato, en la que pierde margen de maniobra o capacidad política para decidir o negociar con el Congreso.

[7] El fondo Samruk-Kazyna interviene en el conjunto de sectores claves de la economía kazaja: petróleo, gas, generación de electricidad, siderurgia, minería, química, telecomunicaciones, transporte, desarrollo financiero, banca y bienes inmuebles. En 2012, Samruk-Kazyna era propietaria, de manera parcial o total, de más de cuatrocientas compañías con un total de setenta y ocho mil millones de dólares en activos, lo que corresponde a un 60% del PIB de Kazajstán (Peyrouse, 2012:356).

[8] Cuatro de los desertores merecen mayor atención. Primero, Zamanbek Nurkadilov, ex alcalde de Almaty y exministro de Situaciones de Emergencia, quien en marzo de 2004 comenzó a criticar fuertemente a Nazarbáyev. El 11 de noviembre de 2005, tres semanas antes de la elección presidencial fue asesinado a sangre fría por arma de fuego. En septiembre de 2004, se produjo la dimisión del ministro de Información Altynbek Sarsenbaev, quien compartía presidencia del partido opositor Ak Zhol hasta su asesinato en febrero de 2006. En octubre de 2004, el tercero en dimitir fue Grigori Marchenko, entonces asesor presidencial. Marchenko antes había estado al frente del Banco Nacional de Kazajstán entre octubre de 1999 y enero de 2004, cuando paso a dirigir el JSC Halyk Bank of Kazakhstan. La cuarta persona en abandonar su cargo fue Zharmajan Tuyakbai, presidente de la cámara baja de Kazajstán, el Mazhilis, y vicepresidente del partido del poder Nur Otan. En octubre de 2004, Tuyakbai abandonó su escaño en el Parlamento y la presidencia de Nur Otan en protesta por las irregularidades existentes en las elecciones parlamentarias de 2004. Un año más tarde lideró el movimiento opositor Por un Kazajstán Justo (Ediletti Qazaqstan Ushin) fundado por el Partido Comunista de Kazajstán, Ak Zhol y el DVK, a fin de designar un candidato único de la oposición para las elecciones de 2005. Tuyakbai fue el candidato de esta coalición opositora, recibiendo el 6,6% de los votos en las elecciones presidenciales de diciembre de 2005.

 

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