Herramientas de modificación y ampliación del área de influencia estratégica de Rusia

 

SAMUEL MORALES MORALES

Departamento de Seguridad Nacional. Presidencia del Gobierno, España

 

Resumen: Este trabajo analiza las herramientas que en la actualidad emplea Rusia con la intención de modificar y ampliar su área de influencia estratégica en el este de Europa. Para ello se centra fundamentalmente en la acción exterior de Rusia tras el cambio de Gobierno en Ucrania. El trabajo pretende dar respuesta, en primer lugar, a cuáles son las intenciones de Rusia con respecto a sus relaciones con la Unión Europea; en segundo lugar si Rusia utiliza como herramienta política sus recursos energéticos; y en tercer lugar, si las acciones de guerra no lineal desarrolladas en la península de Crimea forman parte estructural de la política exterior de Rusia. En su desarrollo no se considera que el Euromaidán constituya un punto de inflexión en el pensamiento estratégico ruso, sino más bien el punto de decisión de una aproximación estratégica al nuevo orden mundial presentada en 2007 y que fue aplicada por primera vez en la guerra de Georgia en 2008.

Palabras clave: Guerra no lineal, influencia energética, Rusia, seguridad, Ucrania

Title: Tools of modification and extension of the area of strategic influence of Russia

Abstract: This document analyzes the tools that at present Russia uses with the intention of modifying and extending his area of strategic influence in the East of Europe. It centers fundamentally on the external action of Russia after the change of Government on Ukraine. The document tries to give response, first, to which they are the intentions of Russia with regard to his relations with the European Union; secondly if Russia uses as political tool his energetic resources; and thirdly, if the actions of not linear war developed in the peninsula of Crimea form a part structurally of the external action of Russia. In his development it does not think that the Euromaidan constitutes a point of inflexion in the strategic Russian thought, but rather the point of decision of a strategic approximation to the new world order presented in 2007 and that was applied by the first time in Georgia's war in 2008.

Key words: Energy influence, non lineal war, Russia, security, Ukraine

Para citar este artículo/To cite this articleSamuel Morales, “Herramientas de modificación y ampliación del área de influencia estratégica de Rusia”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 1, No. 2 (2015), pp. 85-107. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.2.4

 

Introducción

Durante los últimos años del siglo XX, Rusia y Ucrania vivieron entre tensiones y desencuentros que de forma colateral afectaban, entre otros aspectos, al suministro energético de algunos países de Europa central; que han contribuido a exacerbar los temores de algunos países de Europa del este, fundamentalmente entre los Estados bálticos[1]. A estas malas relaciones contribuyó también el enfrentamiento surgido entre Rusia y Ucrania por la determinación de este último país de dotarse de unas fuerzas armadas propias y quedarse con parte de la flota del mar Negro con base en el puerto ucraniano de Sebastopol, que para Moscú constituía una fuerza estratégica y por tanto debía mantenerse bajo el mando conjunto de la Comunidad de Estados Independientes (Zárate, 2015). Rusia aceptó inicialmente la asignación territorial que la extinta Unión Soviética realizó a las nuevas repúblicas surgidas tras el colapso soviético. Debido a los procesos en clave interna desarrollados en Rusia tras la caída de la Unión Soviética, tampoco interfirió de forma manifiesta en los procesos revisionistas desarrollados en algunas de las ex repúblicas soviéticas, entre las que se encontraba Ucrania[2].

El levantamiento popular a finales de 2013 contra un gobierno considerado corrupto por la población, pero de carácter constitucional, y los hechos posteriores que pueden ser considerados de dudosa legalidad, provocaron el inicio de acciones, por parte de Rusia, que han dado lugar a un nuevo paradigma en las relaciones entre Occidente y Rusia, cuyas consecuencias son aún difíciles de vislumbrar de forma completa. En este nuevo estado de la situación Estados Unidos, la Unión Europea, la Alianza Atlántica y otros países alineados con la comunidad occidental como Japón y Australia, han condenado expresamente las acciones que Rusia llevó a cabo en la península de Crimea tras el Euromaidán, adoptando medidas de represalias, fundamentalmente de carácter económico.

Rusia, como potencia continental, ha utilizado sin ambages las herramientas a su alcance para constituir y mantener una zona de seguridad en el este de Europa y en la región del Cáucaso. Entre éstas destaca el empleo de los recursos energéticos como herramienta de su acción exterior, recursos cuya abundancia constituyen uno de los pilares fundamentales del actual nacionalismo ruso. Nacionalismo que está siendo catalizado en el seno de la sociedad en aras de respaldar una política que de forma artificiosa revive la grandeza de tiempos pasados.

No obstante, la política nacionalista de las autoridades rusas y su acción exterior se sustentan, en gran medida, en el crecimiento económico que ha proporcionado durante años los beneficios derivados de la venta de hidrocarburos. El actual precio del petróleo, así como las consecuencias derivadas de su intervención en la península de Crimea, ponen en cuestión la viabilidad no sólo de una ambiciosa renovación del poder militar, sino también de la propia supervivencia del sistema en su actual configuración. Esta imperiosa necesidad de supervivencia podría provocar una nueva reorientación estratégica de Rusia con efectos aún por determinar.

A través del análisis de las herramientas que Rusia emplea para modificar y ampliar su área de influencia estratégica, se presenta en este trabajo un análisis de la evolución del actual escenario en tres ámbitos diferentes. El primero es su orientación estratégica en el corto y medio plazo, el segundo es la eventualidad de que se produzca una evolución de la situación actual hasta alcanzar cotas de desencuentro similares a las alcanzadas tras la Segunda Guerra Mundial, el tercero se centra en la utilización de acciones de guerra no lineal en sus relaciones con terceros Estados.

 

Antecedentes de la actual situación

La intervención rusa en Ucrania ha provocado intensas ondas de choque en Europa central. La amenaza rusa es percibida por los países del este de Europa de forma tan real que se están implementando medidas defensivas. En este sentido, Lituania ha anunciado planes para modificar el servicio militar ante, lo que es considerado por el Jefe de Estado Mayor lituano, como “una carencia crítica de soldados […] que representa una amenaza real a nuestra soberanía” (Cichowlas, 2015). Las acciones rusas en la península de Crimea y las posteriores represalias económicas europeas y estadounidenses han debilitado los vínculos entre Rusia y Occidente, marcando un nuevo momento en la geopolítica al estilo del caracterizado, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, por la Guerra Fría pero con matices diferenciadores.

El presidente Putin mostró, durante la Conferencia de Seguridad celebrada en Múnich en 2007, una imagen más agresiva de la política exterior rusa. Sus planteamientos, sustentados en la reducción de la dependencia exterior gracias a la recuperación económica, se orientaron hacia la defensa de los intereses nacionales y la concepción de Rusia como potencia internacional en un orden que se oponía a la hegemonía norteamericana bajo el discurso de la multipolaridad. El punto culminante de esta nueva reafirmación internacional se produjo con la intervención en Georgia en el año 2008 (James, 2014). Rusia desarrolló una operación militar para proteger la región y fortaleció su presencia en Abjasia. La crisis fue precedida por una concesión en gran escala de pasaportes rusos a georgianos, presagio del despliegue de fuerzas rusas en la península de Crimea con el pretexto de proteger a los ciudadanos rusos.

Rusia no está aislada de un mundo globalizado que se caracteriza por la interdependencia. La bajada del precio del petróleo, junto a las antedichas represalias económicas, ha puesto en apuros una economía poco diversificada y muy dependiente de las exportaciones de materias primas. La caída del precio del petróleo merma su capacidad económica y amenaza uno de los pilares de su política nacionalista, la enorme riqueza en materias primas. Rusia ha tomado en los últimos años una posición mucho más asertiva tratando de encontrar su sitio en el nuevo orden mundial, multipolar y global. La manera de actuar parece mirar al pasado rememorando los tiempos de superpotencia; sin embargo, basa su política en el nacionalismo (Solana, 2014).

 

Herramientas de la acción exterior rusa

La rápida recuperación económica, tras el colapso económico de finales del siglo XX, redujo la dependencia de Rusia respecto a la ayuda económica exterior, lo que permitió presentar una oposición más enérgica, en el ámbito de la política exterior, a aquellas políticas occidentales que se enfrentaban a las expectativas de las autoridades rusas; todo ello como consecuencia de la percepción de que no se habían tenido en cuenta los intereses rusos en el ámbito internacional. Putin recuperó la idea de Rusia como gran potencia como principio de su política exterior bajo las directrices del acatamiento de los intereses nacionales (Fundación CIDOB, 2010).

Posteriormente, durante el período de presidencia de Medvédev, el objetivo fundamental de la política exterior fue la integración de la Federación Rusa en la comunidad internacional en pie de igualdad respecto a la Unión Europea y la OTAN, sin perder el enfoque de mantener la primacía de los intereses nacionales, sobre la base de la toma colectiva de decisiones, la indivisibilidad de la seguridad y la primacía de la ley internacional, pero resguardando la esfera de intereses privilegiados para impedir cualquier interferencia en dicha esfera.

El último concepto de la política exterior rusa, publicado durante el año 2013, mantiene, en términos generales, un carácter continuista sustentado por una parte en la defensa de sus intereses nacionales y por otra, en la adaptación a un entorno estratégico cambiante; aunque manteniendo la sensación de cerco estratégico por parte de Occidente iniciada tras los movimientos sociales de Georgia en 2003, Ucrania en 2004 y Kirguistán en 2005 (Ruiz González, 2013).

En la política nacionalista de Rusia se pueden distuinguir dos pilares fundamentales, la enorme riqueza en materias primas que posee y el inmenso tamaño geográfico del país. Sobre estos dos pilares intenta, tras el colapso de la Unión Soviética, encontrar su sitio en el nuevo orden mundial, multipolar y global. En el ámbito exterior, Rusia desarrolla una importante campaña de influencia sobre sus potenciales objetivos. Un país puede obligar a otros a que actúen en beneficio de sus intereses principalmente de tres formas: la coerción, el pago o la atracción (Nye, 2014). Putin ha intentado la coerción y ha sido objeto de severas represalias por parte de Estados Unidos y la Unión Europea.

Con la economía de Rusia en serios apuros tras la caída de los precios del petróleo, a Rusia le será cada vez más difícil utilizar la segunda herramienta del poder, caracterizada por el pago. Ni siquiera el petróleo y el gas, sus recursos más valiosos, pueden rescatar a la economía, como lo demuestra el acuerdo para suministrar gas a China durante treinta años. La única herramienta de poder de Rusia en la actualidad es la atracción[3]. Su problema es que ya le queda muy poco poder blando con qué maniobrar. Como señaló en 2009 el analista Sergei Karaganov, la carencia de poder blando de Rusia es exactamente lo que hace que se comporte de modo agresivo, como sucedió en 2008 durante la guerra con Georgia. Sin embargo, en opinión de Joseph Nye, los soviéticos desperdiciaron ese poder blando que poseían cuando invadieron Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968. En 1989, la Unión Soviética apenas ejercía ninguna influencia en su entorno lo que facilitó la caída del muro de Berlín a manos de personas que habían cambiado de opinión sobre la ideología soviética.

En 2013, Putin reorganizó la agencia de noticias RIA Novosti y despidió al cuarenta por ciento de su personal, incluida una relativamente independiente dirección. Dmitry Kiselyov, el nuevo director de la agencia, anunció a finales de 2014 la creación de Sputnik, una red de centros de noticias financiada por el gobierno en treinta y cuatro países que producen contenido para radio y medios sociales en los idiomas locales. No obstante, una de las paradojas del poder blando es que la propaganda suele ser contraproducente debido a su falta de credibilidad. Durante la Guerra Fría, los intercambios culturales abiertos demostraron que el contacto entre culturas era mucho más significativo.

Las encuestas de opinión muestran que los rusos consideran que las presiones y sanciones occidentales no van dirigidas contra Putin y los oligarcas, sino contra Rusia y sus ciudadanos. La propaganda rusa recurre al fomento del  nacionalismo, aprovechando los sentimientos y la imaginería de la Segunda Guerra Mundial. En este contexto, el presidente ruso, ha podido utilizar las presiones occidentales como un instrumento para recuperar el apoyo de muchos rusos, que hace tan sólo unos años se habrían sentido alejados de su Gobierno, si no marginados por él. Ante una amenaza real o imaginaria a su patria, el ruso medio apoya a los dirigentes del país.

Durante el tradicional discurso anual al parlamento ruso a finales de 2014, el presidente ruso, apeló a la amenaza externa como explicación de todos los males actuales del país. Su intención fue estimular una reacción ciudadana de perfil nacionalista y patriótico que pretende, no sólo reorientar el descontento de la población, sino también recuperar el necesario margen de maniobra para insistir en la estrategia político-militar que busca consolidar un amplio espacio de influencia más allá de las fronteras de Rusia (Núñez Villaverde, 2014).

En el ámbito interno, la limitación de las actividades de las organizaciones no gubernamentales, la represión de la libertad de prensa y de las actividades de los medios de comunicación independientes, y el silenciamiento de las voces opositoras; han sido en gran medida disimuladas por la repercusión que ha tenido la acción exterior de Rusia en el espacio post-soviético (Khrushcheva, 2015). En noviembre de 2014, la Iglesia Ortodoxa llevó a cabo una concentración en Moscú que congregó una media de diecisiete mil personas diarias durante dos semanas. En esta concentración se pudieron escuchar alegatos que definían a la civilización rusa cómo excepcional y a la Iglesia Ortodoxa como una institución central de carácter cultural; también se hicieron referencias a la necesidad de contar con un estado poderoso y centralizado como requisito para protegerse contra los enemigos internos y externos

Esta idea es coincidente con la idea del presidente Putin que considera que el crecimiento económico, la prosperidad y la influencia geopolítica se fundamentan en la creencia de que los ciudadanos se considerasen parte de una nación, lo que hace necesario que se éstos se identifiquen con sus tradiciones, valores e historia (Dal Santo, 2015). Putin ha recurrido de forma sistemática al empleo del imaginario ruso. En 2012, lamentó la falta de lazos espirituales entre la población y el gobierno. Un año después afirmó que “[…] la identidad nacional rusa estaba experimentando las consecuencias de las catástrofes del siglo XX, momento en el que la nación colapsó en dos ocasiones diferentes”.

La ruptura con las tradiciones, la historia y la desmoralización de la sociedad son, según el presidente Putin, las causas de los problemas actuales que enfrenta Rusia. En consonancia, durante el discurso anual al parlamento ruso a finales de 2014, afirmó que los actuales desafíos sólo podían ser superados por “[…] una nación madura y unida; y por un estado fuerte y una verdadera soberanía”. Explotar el nacionalismo ruso se constituye en una herramienta para conseguir el apoyo al liderazgo y para unificar a la nación promoviendo la idea de una amenaza exterior constante, desde una perspectiva en la que los intereses de los individuos siempre han sido puestas bajo el interés del Estado.

Según la ideología nacionalista del presidente Putin, la historia del país debe ser la fuente dónde revivir la moral de la sociedad, “[…] Rusia ha llegado dónde está gracias a sus ciudadanos, gracia a su trabajo y a los resultados alcanzados entre todos, y gracias a nuestro profundo entendimiento de la esencia e importancia de nuestros intereses nacionales. Hemos comprendido el significado de la indivisibilidad e integridad de la historia de miles de años de nuestro país” (Kremlin, 2014).

No obstante, de acuerdo a Alexei Miller, “Es muy probable que con perspectiva histórica el año 2014 sea percibido como el comienzo de un largo proceso de movilización social a través de una plataforma, no sólo anti liberal, sino también nacionalista” (Miller, 2014).

En el ámbito de las relaciones estratégicas, los debilitados vínculos políticos entre Rusia y Occidente han llevado a que Rusia fortalezca sus relaciones con China, en un claro ejemplo de desarrollo de las teorías clásicas del equilibrio de poder. China y Rusia comparten una gran frontera terrestre, ambos son miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), del grupo BRICS y del Nuevo Banco de Desarrollo. Los dos países consideran obsoleto el sistema de gobernanza económica mundial surgido tras los acuerdos de Bretton Woods. Además, tanto Rusia como China, han manifestado en reiteradas ocasiones su postura contraria a la interferencia de Occidente en lo que consideran sus áreas naturales de influencia (Barrett, 2015). Estos intereses comunes han provocado que en los últimos años China y Rusia hayan trabajado conjuntamente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y tomado posiciones similares en múltiples campos. También han utilizado las oportunidades diplomáticas, proporcionadas por el grupo BRICS o la OCS, para coordinar sus posiciones.

Esta relación, que se basa en el antiliberalismo interno y el deseo de contrarrestar la ideología e influencia estadounidense (Nye, 2015), se ha fortalecido sobre la base de una reconstrucción de las identidades de ambos países, que las aleja de Occidente acercándolas entre sí; la prioridad que dan a la seguridad con objeto de hacer frente a las amenazas compartidas, fundamentalmente en Asia continental; los problemas económicos de Rusia y la convicción de las élites políticas de Moscú de que el futuro está en afianzar las relaciones con Asia (Rozman, 2015).

China es uno de los pocos Estados que en la actualidad se interesa por los recursos naturales de Rusia, único activo que ésta puede ofrecer a la potencia asiática. Por otra parte, las autoridades rusas necesitan más que nunca la alianza con China para demostrar que no están aisladas y que, gracias a los acuerdos económicos adoptados, su economía puede hacer frente a las represalias occidentales. Sin embargo, una eventual alianza podría presentar problemas de considerables dimensiones. China tiene un peso económico, militar y demográfico que es percibido como una amenaza por Rusia. Por otra parte, la estrategia de desarrollo de China se fundamenta en un acceso a los mercados y la tecnología estadounidense con objeto de continuar con el crecimiento económico que proporciona legitimidad a las autoridades chinas. Estos desequilibrios podrían limitar la posible extensión de la alianza entre los dos países.

No parece aventurado anticipar, a pesar de que en la actualidad ambos países están controlando sus divergencias en cuanto a la Unión Euroasiática y el cinturón económico de la Ruta de la Seda al insistir en su complementariedad, que a la larga será difícil obviar la contradicción entre la pretensión rusa de ejercer el liderazgo en Asia Central o en otros lugares de la extinta Unión Soviética y de su esfera de dominio, y el avance del objetivo sino-céntrico de China.

En la esfera económica destaca el sector energético. En 1999, los ingresos del gas y el petróleo aportaron 40.500 millones de dólares al Producto Interior Bruto (PIB) ruso. Con el aumento de los precios y de la producción, la proporción se incrementó considerablemente, llegando a promediar 73.500 millones de dólares por año entre los años 2001 y 2004. Esta inmensa disponibilidad económica fue uno de los activos del presidente de Rusia. Entre 2005 y 2008, el ingreso anual por venta la de hidrocarburos fue 223.600 millones de dólares, superior al obtenido en 1999, al final de este período Rusia invadió Georgia. Entre 2011 a 2013, el ingreso anual  por la venta de hidrocarburos alcanzó un máximo de 394.000 millones de dólares, por encima de los niveles de 1999, esta recuperación económica contribuyó a sentar las bases para las intervenciones de Rusia en Ucrania. Es evidente que en todos estos casos, el presidente Putin actuó con la convicción de que la riqueza petrolera de Rusia lo ponía por encima de las normas y el derecho internacional, declarándose defensor no sólo de los ciudadanos rusos, sino de cualquiera que sea de etnia rusa, rusófono o simplemente cristiano ortodoxo (Inozemtsev, 2015).

La actitud occidental para con Rusia se basa en la suposición de que una presión continua obligará al régimen del presidente Putin a hacer concesiones o incluso provocará su desplome. Nada podría estar más alejado de la verdad, según Andrei Kolesnikov, semejante actitud en lugar de socavar a Rusia, hará que los rusos cierren filas tras él (Kolesnikov, 2015).

Rusia se enfrenta en el ámbito económico a cuatro grandes retos representados por la hiperinflación, la quiebra de los grandes imperios industriales y gobiernos locales, la huida de capitales extranjeros y un eventual rescate de su economía. Una hipotética intervención financiera desde el exterior para rescatar a la economía Rusa, a semejanza de la realizada en el año 1998 por el Fondo Monetario Internacional, significaría con casi absoluta seguridad el final del Putin, cuyo prestigio se sustenta en el orgullo de haber construido una nueva Rusia independiente, influyente y temida. La deuda pública, concentrada en las administraciones regionales, podría llegar a transformarse en un lastre para el Estado si fuese necesario afrontar el rescate de administraciones locales, bancos y multinacionales; situación, que combinada con la caída del precio del petróleo y las represalias económicas occidentales puede convertirse en el origen de esta eventual intervención.

Las represalias occidentales han tenido un claro impacto en la economía rusa. Sin embargo, una Rusia debilitada no es una Rusia más estable ni dispuesta a colaborar con Occidente. El giro hacia Asia, con el consiguiente estrechamiento de lazos económicos y militares con China a través de una política energética, es un claro ejemplo de consecuencias no previstas (Estudios de Política Exterior, 2014). Además, el mantenimiento de las represalias perjudican también a los países europeos, lo que proporciona a Rusia herramientas en la esfera de la diplomacia económica que permiten condicionar la conducta de algunos países. El petróleo y el gas representan más del sesenta por ciento de las exportaciones de Rusia; gran parte del resto corresponde a otros productos básicos primarios. En vista de ello, la reciente bajada, repentina y profunda, de los precios del petróleo representa, evidentemente, un inconveniente lo suficientemente grande –al combinarse con el efecto de unas represalias económicas occidentales cada vez más estrictas– para provocar una recesión considerable, circunstancia en la que la pérdida de ingresos llegaría a ser mucho más que un contratiempo temporal.

No debe ser obviado que en los últimos años Rusia ha gozado de un superávit presupuestario considerable y que su deuda pública es inferior al veinte por ciento del PIB. Cierto es que los ingresos del petróleo y del gas, que representan la mayor parte de los ingresos estatales, se han reducido a la mitad al calcularse en dólares, pero la divisa rusa ha bajado con el mismo porcentaje, por lo que la renta estatal en rublos sigue siendo aproximadamente la misma. El balance por cuenta corriente en los últimos años ha tenido más que nada superávit. La deuda exterior, pública y privada, bruta es inferior al cuarenta por ciento del PIB y gran parte de ella está denominada en rublos. La profunda bajada de los ingresos por exportación está cambiando rápidamente la situación, pero Rusia parte de una posición cómoda. Aunque no cabe duda de que la economía rusa tenga problemas, no es probable su hundimiento.

Putin corre el riesgo de tener el mismo destino que su predecesor, Boris Yeltsin, que presidió el país en un período de precios del petróleo inhabitualmente bajos. La mayoría de los ciudadanos rusos le atribuyen el mérito por dos decenios de aumento del nivel de vida, tras el colapso económico de finales de la década de los noventa. La decisión de Putin de no aplicar reformas impopulares para crear un fuerte sector exportador no petrolero ha sido negativa para la salud a largo plazo de la economía, pero le ha permitido conservar un apoyo público generalizado. Su gestión económica, combinada con su disposición para hacer frente a Occidente, ha creado una falsa impresión en Rusia de que es una vez más una potencia mundial (Wyplosz, 2015).

Ante esta situación, no debe obviarse la importancia de la oligarquía rusa. Las élites económicas rusa se han visto sometidas a una férrea persecución por parte de las autoridades cuando han traspasado la línea que divide el mundo de los negocios del de la política, de manera que las élites económicas han comprendido que mientras el presidente Putin dirija los designios del país, la única forma de mantener sus negocios en territorio ruso es no interfiriendo en la política nacional. En este sentido, también es necesario tener en cuenta que el sector económico representado por las grandes empresas rusas representa casi el único sector de trabajo en vastas regiones rusas, lo que proporciona un poder relativo de considerable valor a los oligarcas rusos ya que, en gran parte, de su actividad depende la estabilidad social.

La actual crisis, en particular el desplome del rublo, revela la fragilidad de la economía rusa, del orden internacional vigente y de los fundamentos del pensamiento contemporáneo sobre la sostenibilidad económica y política. Claudio Borio y Hyuan Song Shin, economistas del Banco de Pagos Internacionales, han puesto de relieve que “[…] las balanzas de activos financieros con frecuencia reflejan la utilización del sector exterior como medio para crear una intermediación mayor, sistema que permite una fuga de capitales en gran escala” (Borio et al., 2014). Es decir, las empresas rusas utilizan el capital que recaudan en el extranjero para acumular activos que no necesariamente revierten en la economía de Rusia. La clase dirigente rusa había abrigado la esperanza de que apareciera un nuevo mecanismo substitutivo de la gestión económica mundial, respaldado por las economías más importantes en ascenso, esto es, Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica.

Por otra parte, la política exterior de Rusia está directamente relacionada con la seguridad energética. El concepto de seguridad energética mayoritariamente asumido por los países consumidores se define, de forma somera, como la disponibilidad de suficientes suministros a un coste asequible. Para los países europeos, vulnerables en gran medida en el ámbito energético, una fuente de energía cara o sujeta a perturbaciones en el flujo, como los sucedidos en enero de 2006 y enero de 2009, genera inseguridad energética. Por otra parte, el presidente de Rusia, también aludió a la seguridad de la demanda para los productores en la cumbre del G8 celebrada en San Petersburgo en julio de 2006, donde pidió que se le garantizase a largo plazo tanto la demanda de sus recursos como unos precios favorables, evitando así que Europa forzase a Rusia a competir en el mercado global (G7/G8 Summit, 2006).

La dependencia energética de los países europeos con Rusia se fraguó con los sucesivos descubrimientos de enormes yacimientos de gas natural durante el período de la Guerra Fría, dónde fueron sacrificados consumidores domésticos como Ucrania, Bielorrusia, Lituania y Letonia; o los consumidores de Europa del este con tal de que los compromisos exteriores quedasen garantizados  y de esa forma, no sólo desarrollar los yacimientos de Siberia sino también mostrarse como un socio fiable y proveedor de gas a precios competitivos (Högselius, 2013). Durante este período, si bien la política puede ser considerada omnipresente dada la situación entre los bloques, se aprecia de forma manifiesta que es el criterio económico el que prevalece sobre los intentos de politizar las relaciones energéticas Este-Oeste.

Con la desaparición de la Unión Soviética aparecen en escena Ucrania, Bielorrusia y Lituania como nuevos actores en la relación energética entre Rusia y Europa, en calidad de países de tránsito. Estos tres países crearon intereses rentistas en su relación de dependencia energética con Rusia, en busca de perpetuar una situación y provocando una distorsión a la relación de interdependencia existente. Distorsión que alcanzó su cénit cuando la extracción del gas que circulaba por sus respectivos territorios se convirtió en un arma, bien para sobrevivir a los cortes de suministro, bien para presionar a Rusia tomando a los países consumidores en una suerte de rehenes (Balmaceda, 2013). Por los servicios de tránsito, los tres países exigen el pago, bien en dinero, bien a través del suministro de hidrocarburos; todo ello en un marco en el que los legados de la Unión Soviética en forma de gas subvencionado, junto con la politización que significa el mantenimiento de los subsidios y la arbitrariedad a la hora de negociar los precios, establecieron las condiciones para su negociación y las crisis de enero de 2006 y enero de 2009 por la pretensión, por parte de los países de tránsito, de mantener los precios subvencionados.

La falta de diversificación en los países de tránsito, y la utilización en clave política de su condición para obtener cesiones económicas por parte de Rusia, ha proporcionado una cierta posición de poder de éstos con respecto Rusia, exponiéndola desde entonces a perturbaciones en el flujo de gas natural hacia los países consumidores y constriñendo la seguridad de demanda que reclamaba el presidente de Rusia en la mencionada cumbre del G8 (Sauvageot, 2015).

El anhelo por parte de Rusia de reducir su dependencia con respecto a los países de tránsito para su exportación energética a Occidente, y las acusaciones por parte de Occidente de la utilización de los recursos energéticos como herramienta de intimidación y chantaje llevaron al ministro de Defensa de Polonia, durante la Cumbre de San Petersburgo, a comparar el acuerdo entre Alemania y Rusia para construir un gasoducto bajo el mar Báltico, circunvalando Polonia y el resto de los estado litorales, con el pacto Molotov-Ribbentrop (El País, 2006).

Por otra parte, Rusia también ve dificultada su relación con la Unión Europea por la aplicación por parte de la Comisión Europea del tercer paquete energético que, desde su entrada  en vigor en abril  2009 con la intención de introducir un mayor grado de liberalización en el mercado interior de la electricidad y el gas, impide a las compañías abastecedoras de gas controlar también las redes de gasoductos.

En la actualidad Rusia se encuentra ante una situación imprevista debido a la caída en el precio del barril de petróleo. Después de una década en la que se había configurado como uno de los principales exportadores de hidrocarburos a nivel mundial, lo que redundaba positivamente en una economía poco modernizada y dependiente de estas exportaciones; cabe reseñar, que sus empresas más importantes afrontan enormes necesidades de refinanciación de la deuda, que su economía va camino de una profunda recesión y que el rublo está sometido a tensiones que producen su depreciación (Gregory, 2015).

Rusia quiere seguir manteniendo su papel de llave energética para Europa occidental, por lo que es previsible que mantenga en los próximos años unos elevados niveles de exportación de hidrocarburos a Europa. Para ello intentará evitar los tradicionales países de tránsito, estableciendo siempre que sea posible conexiones directamente a los países consumidores; o realizando el transito a través de Turquía (Echeverría, 2015). Esta estrategia proporcionará más flexibilidad al sistema de provisión de recursos y limitara las posibilidades de los países de tránsito.

Sin embargo, parece probable que Europa realice inversiones en el futuro, más que en gasoductos provenientes de Rusia, en otros que permitan diversificar sus fuentes de gas natural, reduciendo su dependencia de Rusia. Si bien la influencia que Rusia ejerce sobre Europa es notable, los programas de diversificación adoptados y las entrada en el mercado de los hidrocarburos no convencionales producidos en Estados Unidos y Canadá reducirán de forma paulatina, no sólo la dependencia que mantienen los países europeos, sino también la eventual influencia política que Rusia pudiera intentar ejercer a través de la continuidad de su suministro.

Por otra parte, es de esperar que en los próximos años el aspecto más importante en la estrategia energética de Rusia sea su giro hacia los mercados asiáticos; giro que necesitará de importantes inversiones para materializarse, lo que mantendrá una incógnita razonable sobre el futuro de la política de influencia rusa a través de la exportación de hidrocarburos; y del cambio de inercias comerciales establecidas previamente.

En el ámbito militar, Rusia parece haber adoptado una aproximación estratégica orientada a evitar el enfrentamiento directo con el enemigo. Esta nueva aproximación estratégica que es denominada por Dimitri Rogozin, vice primer ministro de Rusia, como guerra no lineal, también es conocida en Occidente, con matices, como guerra asimétrica, guerra híbrida o guerra de cuarta generación (Milosevich-Juaristi, 2015). Según esta aproximación estratégica, la guerra no lineal es más un proceso que una guerra propiamente dicha, dónde el conflicto armado es sólo un aspecto más, el más espectacular, pero no el más importante. Las batallas se librarán fundamentalmente en el ámbito político y social bajo un enfoque ideológico, aunque no de la misma clase que las de la Guerra Fría. No se trata de un enfrentamiento entre capitalismo y comunismo, sino de un enfrentamiento entre dos visiones del mundo, la de Occidente con la promoción de la democracia liberal, el libre comercio y los derechos individuales; frente al mantenimiento del autoritarismo a través de la modernización económica.

Esta nueva estrategia, en parte desarrollada por Evgeny Messner en los años sesenta, se basa en provocar una degradación de la situación sobre la base de conflictos internos; incitar posteriormente la desintegración el Estado y su transformación en un eventual estado fallido para permitir la sustitución de las estructuras políticas por otras más alineadas con las intenciones de Rusia. Messner definió esta nueva forma de hacer la guerra de la siguiente manera:

In earlier wars, conquest of territory was considered important. In future, the conquest of souls in the country will be more important, The fighting will not happen on a two dimensional level, as in the past, nor in three dimensional space, as during the birth of military aviation, but in a four dimensional space where the psychology of the warring nations becomes the fourth dimension… fighting in the future will use rebels, guerrillas, saboteurs, terrorist, propagandist on large scale.[JP1]

En el ámbito de la seguridad energética, también la guerra no lineal ha  mostrado sus posibilidades para socavar la seguridad nacional de un eventual país objetivo. Con la ocupación de los yacimientos de gas en la península de Crimea, Rusia introdujo un nuevo elemento de presión sobre Ucrania, además de coaccionar un posible apoyo de países occidentales a éste país a través de la provisión de gas. Putin complementó esta acción con una campaña de influencia sobre los países europeos que mostraba a Rusia como un proveedor comprometido y fiable que garantiza su seguridad energética (NATO Defense College, 2015).

La anexión de la península de Crimea vino precedida, entre otras acciones de guerra no lineal, por la toma de control por parte de Rusia de la compañía ucraniana que gestionaba el gas en Crimea, Chornomornaftogaz, y de sus activos en la región; de esta forma Rusia extendía su control efectivo hasta el Mar Negro. Por otra parte, la ya explicada dependencia de ucrania tanto energética como económica del tránsito de los productos energéticos, proporciona a Rusia una herramienta de presión económica que ha alcanzado niveles en su aplicación como nunca antes se habían observados.

Todas estas acciones han ido siempre acompañadas de una intensa campaña de propaganda centrada en mostrar dos aspectos fundamentales. En primer lugar, el papel fundamental que representa Rusia para garantizar la seguridad energética de los países europeos; y en segundo lugar, a través de su asociación con China, para mostrar que Rusia dispone de alternativas, mientras que Europa mantiene su dependencia del gas ruso.

Por otro lado, en el ámbito de la organización y del material, las fuerzas armadas rusas afrontan una reorganización estructural en varias dimensiones. En marzo de 2013 se creó el Mando de Operaciones Especiales y durante el año 2014 el Mando de Ciberdefensa, todo ello a pesar de que durante los últimos años más del veinte por ciento de las plazas ofertadas en las fuerzas armadas no han sido cubiertas. En el plano material la modernización es mucho más importante. En 2008 sólo el diez por ciento de los sistemas de armas disponibles satisfacían los estándares modernos de armamento, se espera que en 2020 este porcentaje alcance el setenta por ciento de los sistemas de armas disponibles en las unidades  (Hedenskog & Vendil Pallin, 2013) y (Johnston & Popescu, 2015).

Esta reorganización se sustenta en un gasto en defensa que está previsto se incremente en un sesenta por ciento en 2016, además está presupuestado una inversión de quinientos quince billones de euros hasta 2020, de los cuales el cuarenta por ciento se destinará a las capacidades nucleares, lo que constata la intención de Rusia de priorizar sus fuerzas nucleares estratégicas como herramienta de disuasión, frente a la supremacía de las fuerzas convencionales de Occidente (Klein & Peter, 2014).

La transformación de las fuerzas armadas rusas se orienta en primer lugar a proporcionar la antedicha disuasión ante un ataque nuclear o contra un ataque convencional a gran escala; pero también a hacer frente a los conflictos étnicos y religiosos en los espacios post soviético del Cáucaso, Asia Central y Transdniéster; y a las amenazas transnacionales tales como el terrorismo y los tráficos ilícitos.

 

Influencia de la política exterior rusa sobre la seguridad europea

El régimen de represalias impuesto por Occidente a Rusia por la crisis de Ucrania se focaliza en tres sectores fundamentales, los bancos rusos, las compañías de los sectores de defensa y energía, y las restricciones a la importación de productos tecnológicos y servicios en el sector de la energía[4]. Estas represalias pueden ser entendidas bajo tres diferentes enfoques: la coerción, la restricción y el envío de un claro mensaje a las autoridades rusas. El primer paquete está orientado a personalidades políticas de la era de Yanukovich y tienen por objeto evitar el mal empleo de fondos públicos por parte de los dirigentes públicos. El segundo paquete, motivado por la intervención rusa en la península de Crimea, se orienta a restringir las capacidades de individuos e instituciones basadas en la península. El tercer y último paquete, orientado contra individuos y entidades privadas y públicas rusas, está dirigido a coaccionar a las autoridades rusas a continuar prestando apoyo a los movimientos separatistas (Giumelli, 2015).

Si bien las represalias occidentales se han visto amplificadas por la caída de los precios de petróleo y por la depreciación del rublo, su imposición ha tenido dos efectos no previstos, el fomento de relaciones bilaterales con otros actores como China, India o Irán; y que el Banco Central Ruso sea el único recurso disponible para la financiación del que disponen las élites económicas rusas. De forma intencionada o casual, el mayor efecto se ha producido sobre el sector energético ruso cuyas grandes compañías se están viendo obligadas a racionalizar sus planes de inversiones o a solicitar directamente ayuda al Estado. Las previsiones iniciales rusas apuntaban a una rápida recuperación de los precios de los hidrocarburos, sin embargo el incremento de producción no convencional en los Estados Unidos y el retroceso en la demanda de los países emergentes, permiten que el mercado pueda asumir un período prologando de sanciones contra los productos rusos (Bradshaw, 2015).

El presupuesto ruso para 2015 fue calculado con un precio medio del barril de petróleo de cien dólares. A principios de año, el Ministro de Economía ruso anuncio que el mantenimiento de los precios del barril del petróleo entorno a los sesenta dólares por barril tendría un efecto negativo sobre la economía del país de un cuatro por ciento y provocaría un déficit en el presupuesto de entorno al tres por ciento.

En otro orden de cosas, resulta extremadamente difícil valorar los actuales apoyos de Rusia entre los países europeos. Tras las dificultades en las negociaciones de Grecia con el resto de la Unión Europea relativas al pago de su deuda, podría producirse un refuerzo de las relaciones entre ésta y Rusia que, por otra parte, también se sustentan sobre una importante base religiosa representada por el cristianismo ortodoxo. El impulso de valores tradicionales que realiza Rusia en la actualidad en el marco de su política exterior, en connivencia con la iglesia ortodoxa, defiende el nacionalismo y el patriotismo, valores que vuelven a Europa de la mano de partidos políticos de corte extremista, situados fundamentalmente en concepciones conservadoras, aunque también de corte más populista (Ortega, 2015). En este sentido, no sólo Grecia, sino también en Chipre; en Francia a través de Marine Le Pen; en Austria por el Partido de la Libertad (FPÖ de sus siglas en alemán) y en el Reino Unido desde las posiciones antieuropeas de Nigel Farage podrían favorecer, directa o indirectamente, los intereses de Rusia.

A finales de 2007, el European Council on Foreign Relations realizó un estudio sobre las relaciones entre Rusia y la Unión Europea. Como resultado de este estudio obtuvo una clasificación de los Estados miembros de la Unión Europea en cinco grupos de acuerdo a su nivel de apoyo hacia Rusia (Leonard & Popescu, 2007). Estos cinco grupos tendían hacia dos grandes políticas contrapuestas. Por un lado estaban quienes veían a Rusia como un socio potencial que podría ser atraído a la órbita europea a través de un proceso de integración progresiva; y por otro lado, aquellos Estados que consideraban a Rusia como una amenaza cuyo expansionismo y carencia de consideración por los valores democráticos debían ser combatidos por una política de contención suave. Siete años después, la situación entre los países europeos, con respecto a Rusia, está dominada por el pragmatismo de los intereses nacionales, influenciados por intereses históricos, comerciales y sociales más que por una visión homogénea (Estudios de Política Exterior, 2015).

De acuerdo a algunos analistas europeos, no cabe duda de que Putin se beneficiaría con la desaparición de la Unión Europea, ya que el atractivo de Europa como modelo de gobierno democrático se vería muy debilitado y los Estados aspirantes a miembros de la Unión Europea buscarían otros objetivos. De hecho, algunos de los actuales miembros, donde el euroescepticismo y los sentimientos intransigentes ya se han difundido, podrían verse tentados a seguir a Putin por la senda del autoritarismo, favoreciendo que los países en la región se viesen más expuestos a la presión rusa y a las tentaciones de su influencia (Gorodnichenko et al., 2015).

La narrativa de Putin parece recordar a la propaganda soviética, pero eso no ha evitado que sea abrazada una y otra vez cuando el proyecto europeo ya sufre fuertes presiones por la crisis económica del continente. Existe constancia de acciones por parte de Rusia en la República Checa, Hungría y Eslovaquia; países que no apoyan las intenciones de Polonia y Rumania de incrementar la presencia de la OTAN en la región. Rusia también ha extendido sus acciones hacia Siria y Líbano, zonas que influyen directamente en la seguridad europea y donde la diplomacia rusa se presenta como un potencial mediador en la zona frente a la inacción de la Unión Europea y la falta de resultado de los Estados Unidos. Esta mediación en Oriente Medio también proporciona a las autoridades rusas la posibilidad de acercar posiciones, de forma indirecta, con Estados Unidos.

Los Estados bálticos han advertido a la Unión Europea y la OTAN que Rusia está utilizando a las minorías rusas en sus respecticos países para presionar a los gobiernos[5] a través de acciones de propaganda que minan la soberanía nacional. Por otra parte, Rusia mantiene una posición firme en la región del Cáucaso en países como Armenia, Azerbaiyán y Georgia. La presencia rusa en Armenia significa una amenaza para Azerbaiyán, especialmente a la luz del conflicto entre Armenia y Azerbaiyán por el territorio de Nagorno Karabaj. Tras el conflicto de Ucrania, la estabilidad en la región se ha reducido y han aumentado los niveles de violencia que han provocado el derribo de un helicóptero armenio por las fuerzas armadas de Azerbaiyán en noviembre de 2014. La Unión Europea ha intentado acercar posiciones con Armenia, sin embargo, y pesar de ciertos movimientos pro-europeos en el seno de la sociedad armenia, su economía está fuertemente vinculada a Rusia de manera que el Gobierno contempla la alianza con Rusia y su integración en la Unión Euroasiática como su mejor opción en las actuales circunstancias.

Por otra parte, Serbia y Bulgaria son objetivos de la estrategia rusa en los Balcanes debido a su estratégica posición geográfica, su pertenencia a la Unión Europea y los históricos lazos de amistad con Rusia. El vector de su estrategia en la región durante años, especialmente con estos dos países, había sido la construcción del gasoducto South Stream. Sin embargo, la congelación del proyecto, anunciada a finales de 2014, limita considerablemente la influencia sobre estos dos países, basada en las inversiones y ventajas económicas derivadas de la construcción del gasoducto.

El actual sistema logístico ruso no es capaz de proporcionar apoyo logístico a la península de Crimea, por lo que algunos analistas consideran inevitable la apertura de un corredor terrestre desde la frontera de Rusia hasta la península de Crimea a través del sudeste de Ucrania. Esta misma necesidad estratégica se repite entre Kaliningrado y la frontera de Rusia a través de Bielorrusia y Lituania.  Sin embargo, no es previsible que Rusia inicie ninguna otra acción militar hasta que consolide su expansión en el este de Ucrania y en Georgia (Cichowlas, 2015).

La empresa Strategic Forecasting, Inc. (Stratfor) desarrolló durante el mes de marzo una simulación sobre las opciones militares de Rusia en el este de Europa (Stratfor, 2015). De acuerdo a su análisis, Rusia tiene tres opciones para asegurar un corredor entre su frontera y la península de Crimea. Un primer escenario contemplaría la unión de la península de Crimea, a través de la costa este de Ucrania, con las posiciones separatistas del este de Ucrania en Donetsk, manteniendo el río Dniéper como límite a su expansión hacia el oeste. El segundo escenario contemplaría la ocupación de la franja costera de Ucrania desde Donetsk hasta Odesa, lo que le permitiría enlazar con la región de Transdniéster en Moldavia. El tercer escenario contemplaría la ocupación del este de Ucrania, estableciendo como frontera el río Dniéper, no sólo alrededor de la península de Crimea, sino también hacia el norte, hasta la frontera con Bielorrusia.

Entre las conclusiones alcanzadas en este estudio destacan dos. Todos los escenarios analizados eran técnicamente alcanzables por las fuerzas armadas rusas; sin embargo, ninguno de ellos proporciona un coste razonable en términos políticos y de seguridad, por lo que si bien una victoria militar en cualquier de los tres escenarios podría ser considerada un éxito frente a una eventual integración de Ucrania en la OTAN o en la Unión Europea; también podría ser considerada una considerable derrota ante la eventualidad de que Ucrania pueda mantener un statu quo de neutralidad.

 

Posible evolución del escenario

Rusia podría haber iniciado un giro estratégico paulatino hacia Asia en los últimos años, pero de forma más decisiva tras las represalias de Estados Unidos y la Unión Europea. Ese eventual giro estratégico contribuiría decisivamente a asegurar tanto su prosperidad económica, como su carácter de potencia energética. No puede obviarse, que la entrada en el mercado energético de los hidrocarburos no convencionales producidos en Estados Unidos y Canadá permitirá a los países europeos diversificar la fuente de obtención de sus recursos con un proveedor más fiable. Este hecho provoca que Rusia disponga de una ventana de oportunidad para reorientar su sector energético hacia la región asiática, dónde en los próximos años se producirá un crecimiento exponencial del consumo de hidrocarburos.

Este giro estratégico permitirá un incremento de las relaciones comerciales entre Rusia y la región asiática, lo que llevará a incrementar también su colaboración en el ámbito de la seguridad y a la transformación de Rusia en un eventual  pivote geopolítico en la región, además de en uno de los principales proveedores de recursos energéticos a países cuyo crecimiento económico en los próximos años se espera alcance cotas muy importantes.

Las represalias económicas y el inicio de una política de disuasión por parte de la OTAN, que contempla el pre-posicionamiento de unidades militares en los países del este de Europa, a modo de barrera de contención, con el objeto de protegerlos de una eventual intervención rusa, han degradado las relaciones entre Rusia y Occidente hasta niveles en los que se considera oportuno recurrir a la comparación con la situación existente durante la Guerra Fría.

Sin embargo, en ningún caso la presente situación puede ser considerada similar a la existente durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. La confrontación ideológica y la estructura de bloques no existe en la actualidad; además el fenómeno de la interdependencia favorece la construcción de un clima de confianza, cuya destrucción puede situarse en el origen de la actual situación. La confianza construida en el continente tras el final de la Guerra Fría parece haber colapsado a raíz de los acontecimientos de los últimos años y fundamentalmente durante la crisis en el este de Europa. Sin embargo, no puede obviarse que las causas profundas de la presente situación se podrían encontrar en acontecimientos previos a la actual crisis entre; y estar más relacionadas con la imposición de una única voluntad en acontecimientos como la guerra de Yugoslavia, Irak, Libia, Siria, los planes de despliegue del escudo antimisil y la expansión de la OTAN hacia el este de Europa.

No se considera que tras la anexión de la península de Crimea, Rusia pudiera desarrollar nuevas operaciones militares con la intención de redibujar las fronteras en Europa. En sentido estratégico, la implicación de Rusia en el este de Ucrania se concibe como un claro mensaje a Occidente para que no interfiera en su zona de seguridad en el este de Europa, que podría ser identificada como el espacio ex soviético a excepción de los Estados bálticos. Los intereses comunes recomiendan modulación con el fin de evitar una escalada de futuro incierto. Será necesario, que ambas partes, pasen de la polémica y las acusaciones mutuas a la búsqueda de puntos de convergencia que conduzca al levantamiento progresivo de las represalias adoptadas.

Rusia, a diferencia de Estados Unidos, es una potencia continental y es inevitable que considere imprescindible para su seguridad el establecimiento de una zona de seguridad en el este de Europa y en la región del Cáucaso. El pensamiento geopolítico ruso se orienta hacia el mundo multipolar de Alexander Dugin, donde se establece una multipolaridad asimétrica que refleja el aumento progresivo del poder de otras potencias y que no llega a generar una situación equivalente a la multipolaridad tradicional. En tanto en cuanto Rusia vea amenazado el establecimiento de una zona de seguridad en el este de Europa, o en la región del Cáucaso, es de esperar que desarrolle acciones de guerra no lineal sobre aquellos países incluidos en su eventual zona de seguridad, a través de campañas de influencia sobre la población mediante la propaganda, el patrocinio de opciones políticas afines y el control del sistema financiero. En ningún caso pueden descartarse intervenciones de más intensidad en caso de llegarse a producir un claro alineamiento de algunos de los países de su zona de seguridad con la OTAN. En este sentido, Georgia y Ucrania pudieran ser los principales candidatos para que se produzcan este tipo de acciones.

 

Conclusiones

Este trabajo se ha centrado en el análisis de las herramientas que en la actualidad emplea Rusia con la intención de modificar y ampliar su área de influencia estratégica en el este de Europa a través de su política exterior. Como principales herramientas se han identificado la política nacionalista y el entorno social ruso,  las alianzas estratégicas,  la influencia tanto económica como energética sobre otros países y la guerra no lineal. Su objeto de la investigación era determinar, en primer lugar, cuales son las intenciones de Rusia con respecto a sus relaciones con la Unión Europea; en segundo lugar si Rusia utiliza como herramienta política sus recursos energéticos; y en tercer lugar, si las acciones de guerra no lineal desarrolladas en la península de Crimea forman parte estructural de la política exterior de Rusia.

El mayor error de Occidente en relación con Rusia y Ucrania fue elegir el camino de la indiferencia después del fin de la Guerra Fría. Eso llevó a la creación de la Comunidad de Estados Independientes en 1991 y al Memorándum de Budapest sobre Garantías de Seguridad de 1994. En los próximos años Rusia mantendrá su firme decisión de asegurar la influencia en aquellos territorios que considera vitales para sus intereses geopolíticos y geoeconómicos. Sin embargo, esa firme decisión está haciendo que soporte unas cargas superiores a las que previsiblemente calculó, no sólo en el ámbito del mantenimiento del esfuerzo militar en apoyo a sus aliados locales, sino por el impacto de la política de represalias desarrollada por Estados Unidos y la Unión Europea.

Europa es considerada por Rusia como su área de interés geopolítico primordial, además de ser un socio natural de Europa, sin embargo una escalada de la actual situación, como la que representa la prolongación represalias por ambas partes, puede llevar a la confirmación definitiva del giro estratégico de Rusia hacia China. La ruptura del actual impasse en las relaciones con Occidente pasa por la construcción de medidas de confianza mutua; la aceptación por parte de Occidente de un orden mundial basado en una multipolaridad asimétrica y la cautela en las acciones que se desarrollen en los países que forman parte de la teórica zona de seguridad de Rusia. En este sentido, las narrativas de países como Polonia y los Estados bálticos, pudieran llegar a ser el origen de una profecía auto-cumplida que llevase a un incremento de la tensión en la zona.

De no ser aceptada su pretensión de ser considerada una potencia, y de mantenerse la actual escalada de represalias, es muy probable que Rusia deje de considerar el establecimiento de una asociación con la Unión Europea y los Estados Unidos como su principal prioridad a favor de un eventual giro estratégico hacia Asia. En este giro estratégico, que se encuentra precedido por el desarrollo de las relaciones sino-rusas, fomentaría el establecimiento de asociaciones mucho más intensas con las que Rusia pretendería proteger su economía, aunque no es previsible una alianza firme o la creación de un bloque debido al efecto negativo que podría provocar su creación en las necesarias relaciones para China con los Estados Unidos. De confirmarse este giro estratégico, y ante el nuevo escenario energético internacional, es de esperar que Rusia intente ir disminuyendo su peso como principal proveedor de los países europeos a favor de los países de Asia, aunque esta opción está condicionada a la realización de importantes inversiones económicas para el desarrollo de las estructuras necesarias.

Por otra parte, la actual política de restricción del papel de las organizaciones no gubernamentales y de la sociedad civil limita las posibilidades de complementariedad entre el poder blando y el poder duro. Como consecuencia, la capacidad de atracción de Rusia seguirá disminuyendo y sólo podrá ejercer influencia sobre los países de su teórica zona de seguridad a través de la coacción que representa el empleo de la guerra no lineal, por lo que es previsible que se desarrollen campañas de propaganda sobre la sociedad y de infiltración sobre los sectores económico y financiero. 

Rusia sigue considerando el espacio post-soviético como su zona de seguridad y espacio prioritario de actuación, dónde el mantenimiento de los conflictos en Transdniéster, Nagorno Karabaj, Osetia del Sur y Abjasia, le permite mantener influencia y capacidad de presión en la región. El incremento de acciones de todo tipo, tanto abiertas como encubiertas, en la región central de Europa después de la crisis de Ucrania, demuestran que tanto la comprensión del desarrollo de los acontecimientos futuros en la región, como las acciones de influencia, serán parte de su estrategia en los próximos años.

El mensaje a Occidente con respecto a la interferencia en su zona de seguridad es claro, al igual que también lo es a los gobiernos de aquellos países del espacio post-soviético situados en su zona de seguridad contra los que podría llegar a desarrollar acciones de guerra no lineal como parte estructural de su política exterior, como se ha podido ver durante el primer semestre de este año con acciones que mostraban su potencial militar, pero también a través de acciones de guerra no lineal.

La Unión Europea es el actor más interesado en mantener una relación amistosa con Rusia, los intereses comunes recomiendan modulación con el fin de evitar una escalada de futuro incierto. Será necesario, que ambas partes, pasen de la polémica y las acusaciones mutuas a la búsqueda de puntos de convergencia que conduzca al levantamiento progresivo de las represalias adoptadas.

 

Nota sobre el autor:

Samuel Morales Morales. Departamento de Seguridad Nacional. Presidencia del Gobierno-España

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[1] Si bien estos desencuentros no alcanzaron el nivel de intensidad de la actual crisis, o de sus antecesoras en los años 2006 y 2009, cabe destacar la resolución del Soviet Supremo de Rusia de 1993, reivindicando Sebastopol (Serbeto, 1993). Ya desde la segunda cumbre regular, la de Minsk el 14 de febrero de 1992, Yeltsin y los demás presidentes constataron que cada república veía a la CEI a su modo, que no existía una voluntad (como el europeísmo en la Unión Europea) supraestatal de construir sin prioridades puramente nacionales y que no se disponía de medios para realizar todos los propósitos que guiaron su fundación.

[2] En el caso concreto de Ucrania, según apunta Antonio Remiro, se pueden considerar algunos acciones institucionales, dado el carácter estratégico de la península de Crimea, como una reivindicación del Soviet Supremo en 1993 reivindicando Sebastopol, o la resolución de la Duma, en 1996, declarando que Rusia tenía derecho de soberanía sobre esta ciudad (Remiro, 2014).

[3] El poder blando de un país se basa en tres recursos principales: una cultura atractiva, valores políticos que defiende de forma fiable y una política exterior con autoridad moral. El desafío consiste en combinar estos recursos con los medios del poder duro, como la fuerza militar o económica, de modo que se refuercen mutuamente.

[4] En concreto, las sanciones en el sector energético están orientadas a la exploración y producción en aguas de profundidad superior a ciento cincuenta metros; la exploración y producción en el área del Círculo Polar Ártico; y productos que potencialmente puedan ser empleados en la extracción de hidrocarburos no convencionales.

[5] De acuerdo a los datos ofrecidos por la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos, a través de “The World Factbook”, disponible en  https://cia.gov/library/publications/the-world-factbook/index.html, en Estonia la minoría rusa representa el 29,6%, el 26,2% en Letonia y el 5,8% en Lituania (Consultado el 24 de junio de 2015). Es importante señalar que Rusia se muestra dispuesta a usar todas las herramientas para proteger no sólo a esos ciudadanos, sino también a cualquier ruso étnico cuyos derechos o intereses se consideren amenazados; la sensibilidad de la sociedad rusa sobre este tema favorece las posibilidades de conflicto en aquellos países en los que existen minorías (Ruiz González, 2013).

 

 
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