Mensaje de error

Deprecated function: The each() function is deprecated. This message will be suppressed on further calls en menu_set_active_trail() (línea 2405 de /home/seguridint/public_html/revista/includes/menu.inc).

Factores endógenos de riesgo en el proceso de unificación de Yemen y Birmania

JESÚS ROMERO MOÑIVAS

Universidad Complutense de Madrid, España

 

Title: Endogenous Risk Factors of the Unification Process of Yemen and Burma. 

Resumen: este artículo reconstruye la historia de los procesos sociopolíticos de unificación de Yemen y Birmania para discernir algunas semejanzas y diferencias entre ambos países. La clave de comprensión del proceso es triple en ambos países: (a) primero, se analiza la fragmentación territorial previa a la unificación: mientras que en Yemen existe una fuerte diferenciación dual entre el Norte y el Sur, en Birmania la configuración sigue un modelo de “aureolas concéntricas” de difusión del poder central; (b) segundo, se explican las dificultades del proceso de unificación a partir de esta dispar realidad territorial: en Yemen este proceso es largo y complejo y se produce dos décadas después de la independencia colonial, mientras que en Birmania la unificación se produce de facto simultáneamente con la independencia; y (c) finalmente, se entresacan los elementos estructurales que no se resolvieron en la unificación y que siguen generando inestabilidad en los dos países con desigual importancia. Actualmente, Yemen se sitúa en un claro peligro de desintegración que sin embargo no parece darse en Birmania. 

Palabras clave: Birmania, Yemen, proceso de unificación, Estado fallido, colonización.

 

Abstract: This article reconstructs the history of the socio-political processes of unification of Yemen and Burma in order to discern some similarities and differences between both countries. The key to understanding the process is threefold in both countries: (a) first, the territorial fragmentation prior to unification is analyzed: in Yemen there is a strong dual differentiation between the North and the South, and in Burma the configuration follows a model of "concentric aureoles" of diffusion of the central power; (b) second, the difficulties of the unification process are explained from this disparate territorial reality: in Yemen, this process is long and complex and takes place two decades after colonial independence, while in Burma unification occurs de facto simultaneously with independence; and (c) finally, the structural elements which were not solved in the unification are analyzed and that continue generating instability in the two countries with unequal importance. Currently, Yemen is in a clear danger of disintegration that however does not seem to occur in Burma.

Keywords: Burma, Yemen, process of unification, failed State, colonization.

Recibido: 19 de noviembre de 2019. Aceptado: 29 de abril de 2020. 

Para citar este artículo/To cite this article: Jesús Romero Moñivas, "Factores endógenos de riesgo en el proceso de unificación de Yemen y Birmania", Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 6, No. 1, (2020), pp. 163-187. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.11.10

 

Introducción

Yemen y Birmania[1] son epicentro de dos importantes crisis humanitarias y de seguridad regional e internacional con escasa atención mediática. El territorio yemení es escenario desde mediados del siglo XX de conflictos intermitentes, que desde la Primavera Árabe en 2011 con la caída de Saleh han sumido al país en un conflicto multilateral. Birmania desde su independencia en 1948 se ha encontrado fracturada en multitud de conflictos entre el Estado central de mayoría Bamar y algunas de las regiones habitadas por las otras muchas comunidades étnicas. Ambos países estuvieron bajo la órbita del dominio colonial británico —Yemen también de los otomanos, y Birmania brevemente de los japoneses— y ambos vivieron complejos procesos de unificación tras su independencia. Sin embargo, sus procesos históricos han dado lugar a dos realidades socio-políticas distintas: Birmania, a pesar de sus conflictos inter-étnicos, mantiene una estructura política más estable —semejante a la que tienen otros países del entorno— de aureolas concéntricas a lo largo de la cual el control centralizado va perdiendo fuerza y difuminándose; por su parte, Yemen había pervivido a través de un equilibrio inestable de fuerzas y actores socio-políticos controlado por el presidente Saleh mediante una política que consistía, según sus propias palabras, en “bailar con serpientes”, y que desde 2011 ha quebrado y amenaza con convertir el país en un Estado fallido o inviable. Precisamente, este artículo tiene como objetivo comprender el problema de la territorialidad en los procesos de unificación de Yemen y Birmania para tratar de vislumbrar algunos de los factores que han condicionado estos dos resultados desiguales en ambos países.

 

El problema de la territorialidad

De hecho, la territorialidad es un rasgo biológico presente en muchas especies animales, que condiciona e influye en otros aspectos del comportamiento social (Wilson, 1980). En el caso humano, el problema de la territorialidad es incomparablemente más complejo que en el mundo animal, uniendo aspectos de raigambre biológica con otros de carácter cultural y simbólico. En el caso que nos ocupa hay dos dimensiones clásicas relacionadas con el problema territorial que esbozaré someramente:

En primer lugar, la conceptualización geopolítica del territorio. Aunque en el mundo animal puede hablarse de una proto-geopolítica, sólo con el ser humano se produce la compleja conceptualización del territorio que llamamos geopolítica. El planeta se conceptualiza en términos de recursos, regiones de interés, centros de consumo y producción, vías de comunicación, etc. Por tanto, los accidentes geográficos, y la composición y estructura del planeta dejan de ser “neutrales”, y se convierten en espacios de interés. Así, desde las sociedades nómadas del paleolítico hasta las modernas configuraciones estatales, se ha ido extendiendo la importancia del territorio a niveles cada vez mayores, debido a que los recursos necesarios para determinadas unidades sociopolíticos pueden encontrarse en localizaciones controladas por otras unidades sociopolíticas mucho más lejanas (Berenguer Hernández, 2010: 79). Este problema de la territorialidad desde un punto de vista geopolítico es dinámico y cambiante, puesto que la innovación tecnológica, la formación o disolución volátil de alianzas, o la integración y desintegración de Estados, puede cambiar el contexto geopolítico (Starr, 2013: 435). Los problemas derivados de la dimensión geopolítica se centran en dos tipos de cuestiones. Por un lado, que regiones son relevantes porque poseen determinados recursos, porque son centros de consumo o producción, o porque son vías de comunicación entre otras regiones relevantes. Y, por otro lado, que actores son relevantes porque son propietarios de regiones relevantes, son consumidores de recursos relevantes, son productores de recursos relevantes, son comerciantes de recursos relevantes, controlan vías de comunicación relevantes, etc. La geopolítica es dinámica porque los recursos, regiones y actores implicados en las dinámicas geopolíticas son cambiantes.

En segundo lugar, la otra dimensión de la territorialidad se refiere precisamente al problema específico de la formación de los estados. Esta dimensión es diferente de la anterior, puesto que estrictamente hablando la geopolítica no exige comunidades socio-políticas con base territorial estable y definida, solo una territorialidad difusa. Aunque es cierto que, como señala Grosby (1995), la territorialidad ha estado presente siempre en la historia de las sociedades humanas, en realidad, a diferencia de lo que él defiende, sí que existe un cambio esencial en la territorialidad tradicional y la moderna. Desde el surgimiento del modelo de estado el problema del territorio ha pasado a un nuevo nivel, en el que el territorio está delimitado por fronteras definidas respecto a otros territorios estatales igualmente definidos. Es de esta nueva forma de comprender la territorialidad de donde emerge el fenómeno de la sacralización del territorio y de los nacionalismos modernos (Santiago, 2015), lo que explica el “deseo de amurallar” que aun caracteriza a los estados actuales (Brown, 2015), como un intento de garantizar la seguridad y soberanía estatal en declive. Así, pues, desde esta segunda perspectiva la territorialidad está en el centro mismo del proyecto político: no es simplemente una conceptualización cambiante en términos de recursos y vías de comunicación (como en la dimensión geopolítica), sino que el territorio o el espacio adquiere en este caso una importancia decisiva en la propia identidad de la comunidad política, en el alcance real de la soberanía de las instituciones políticas y, finalmente, en la seguridad física y simbólica de los ciudadanos políticos. Por ello, esta dimensión territorial es menos cambiante que la dimensión geopolítica y tiene dificultades diferentes derivadas del proceso de formación y construcción del estado y de la comunidad que lo constituye. Los clásicos problemas del state-building y del nation-building, y las complejas relaciones entre ambos; la creación de una adecuada estructura política del territorio (estados unitarios, descentralizados, federales, etc.) y su integración real y no conflictiva; y finalmente, el problema de asegurar las fronteras territoriales frente a disgregaciones internas e injerencias externas.

Aunque son distintas, la dimensión geopolítica y la dimensión estatal se encuentran estrechamente unidas desde la modernidad. Así, por ejemplo, el momento histórico y el contexto geopolítico concreto pueden condicionar de manera inevitable la formación o no de unas u otras comunidades estatales. Pero, a la vez, los desequilibrios y diferencias de poder entre estados (y otros actores como empresas, organizaciones terroristas, organismos regionales o internacionales, entidades subestatales, etc.) son la causa principal de las dinámicas geopolíticas y del problema de la seguridad internacional. Ahora bien, aun así es posible distinguir analíticamente ambas dimensiones y analizarlas con cierto grado de autonomía.

 

Consideraciones metodológicas y teórico-epistemológicas

Por lo tanto, el objetivo general de este artículo es analizar la dimensión estatal del problema de la territorialidad de Yemen y Birmania, para tratar de discernir posibles factores por los que ambos países, que han construido sus estados en el siglo XX, han tenido resultados finales desiguales. La elección de los dos casos de estudio elegidos deriva tanto de sus semejanzas como de las diferencias. Hay dos semejanzas fundamentales: ambos son de procedencia colonial británica y ambos parten de un territorio previamente fragmentado física y étnico-culturalmente. Y de entre las diferencias hay también tres factores clave: la época de unificación, la simultaneidad del proceso de independencia y de unificación, y el tipo de fragmentación territorial previa a la unificación.

Este trabajo nace como un estudio meramente exploratorio, sin una hipótesis definida previamente, pero con una sospecha teórica que hago explícita, y que está en la base de la elección de los dos casos de estudio por la triple diferencia indicada antes: considero que, aparte de otros tipos de factores que puedan estar en juego, los resultados desiguales se deben fundamentalmente a tres factores:

(a) Un factor exógeno, que tiene que ver con la época del proceso de unificación de ambos países (en 1948 para Birmania y 1990 para Yemen). Considero que la tesis clásica de la influencia del contexto geopolítico de las grandes potencias mundiales en la formación de nuevos estados es uno de los factores causales (Lustick, 1997). La unificación de Birmania se llevó a cabo entre 1947-1948, y contó con un contexto geopolítico favorable por coincidir con el proceso de descolonización tras la Segunda Guerra Mundial. Mientras que en el caso de Yemen, en 1990, la crisis de la URSS y la ruptura del desequilibrio de la Guerra Fría, así como el espectacular crecimiento como potencia regional de Arabia Saudí y sus relaciones con Estados Unidos, hizo que el proceso de unificación fuera más lento, intermitente y desigual.

(b) Hay dos factores endógenos: el primero tiene que ver con la simultaneidad de los procesos de unificación y de independencia. Así, la unificación de Birmania coincide con el propio proceso de independencia del país, lo que permitió establecer —con mayor o menor desequilibrio de poder— un pacto doble que a través del objetivo de la independencia, facilitaba a la vez la negociación de la unificación territorial, a pesar de las diversas formas de entenderla. Por el contrario, en el caso de Yemen, la independencia de la parte Norte y Sur se llevó a cabo más de dos décadas antes de la unificación, lo que produjo una evolución socio-cultural, política y económica paralelas. La lucha por la independencia de cada parte territorial de Yemen no llevó aparejada simultáneamente de forma real —sólo meramente simbólica y declarativa— la unificación del territorio.

(c) El segundo factor endógeno se refiere al tipo de fragmentación territorial previa a la unificación. Por un lado, en el caso de Birmania el territorio estaba constituido de aureolas concéntricas que establecían una difusión del poder muy semejante a la de territorios imperiales extensos, que acabaría facilitando la integración birmana, aunque zonas y áreas más externas hayan mantenido una resistencia política y militar. Por otro lado, Yemen tenía una fragmentación entre dos partes —norte y sur— bien diferenciadas, algo que penalizó la posible integración futura.

En un estudio de este tipo, histórico-sistemático, no es posible controlar metodológicamente la propuesta de una correlación —y aún mucho menos una causalidad— unívoca entre estas tres variables independientes y la variable dependiente (el fracaso o éxito de la estabilidad del Estado). Por ello, el análisis es exploratorio y descriptivo, con el objetivo de hacer recaer la atención sobre esos posibles factores de influencia. En este trabajo, aunque hay referencias al factor exógeno, he querido centrarme en el desarrollo de los dos factores endógenos.  Para ello, he estructurado el texto en tres partes bien diferenciadas: la fragmentación territorial previa, el proceso de unificación y los factores que derivados de lo anterior continúan siendo objeto de inestabilidad en ambos países.

 

Fragmentación territorial y ocupación colonial

La unión de un país presupone la unificación de un territorio que estaba fragmentado social, cultural, administrativa y/o políticamente. Pero no toda fragmentación tiene las mismas consecuencias para la posterior unificación.

 

La dualidad político-territorial de Yemen

Yemen había sido una entidad cultural: incluso antes de la llegada del Islam, existía “la idea de Yemen como una unidad natural” cuyas estructuras estaban referidas a la religión o la dinastía, pero no al territorio. La historia política del Yemen moderno ha estado determinada por la presencia de dos potencias extranjeras: los imperios británico (controlando el Sur) y otomano (controlando el Norte) (Dresch, 2000: 1), que antes de la unificación generaron una dinámica histórica muy diferente en ambas.

a) Yemen del Sur. A finales del siglo XIX la región de Oriente Medio era considerada un lugar geoestratégico para Reino Unido: los británicos pretendían asegurar la ruta de las especias que desde Ceilán (Sri Lanka), Java y Sumatra, y pasando por el Estrecho de Malaca llegaba a Kerala en la parte sur de la India para bifurcarse en dos posibles caminos, hacia el Golfo Pérsico o hacia el Mar Rojo. Los británicos estaban obligados a controlar ambas vías para mantener sus ventajas geopolíticas diversas. En la ruta hacia el Mar Rojo se consideró útil controlar la pequeña Isla Perim —situada en el estrecho de Bab el-Mandeb— que facilitaría un control y bloqueo del acceso al índico. La isla sin embargo no era apropiada para acoger la fuerza naval británica y el Sultán de Lahej accedió a recibirlos en Adén, negociando acuerdos que fueron rechazados. Los problemas que sufrieron algunos barcos británicos y la negativa del sultán a ceder la soberanía sobre los ciudadanos de Adén, provocó que Reino Unido tomara la ciudad por la fuerza en 1839. Aunque su captura fue un acto de conquista, la relación posterior con los sultanatos, emiratos y reinos de Yemen, así como la adquisición de nuevos territorios, se regularizó a través de pagos anuales y acuerdos bilaterales (Robbins, 1939: 701).

Sin embargo, la soberanía directa de Reino Unido en el Sur de Yemen era muy limitada: circunscrita a la propia ciudad de Adén y sus alrededores, además de algunas islas clave como las Islas Kuria Muria, Kamaran y Perim. Al hilo de los sucesivos avatares de la organización territorial del Imperio, las posesiones británicas en el territorio yemení fueron cambiando su estatuto político: Asentamiento de Adén (1839–1932) y Provincia de Adén (1932–1937) gobernada como parte de la India Británica. Años después, la Ley del Gobierno de la India de 1935 declaraba que: “Adén dejará de ser parte de la India” (Robbins, 1939), y por ello, desde 1937 fue una colonia real bajo el nombre de Colonia de Adén (1937–1963) y Estado de Adén (1963–1967). Ahora bien, junto a este territorio de soberanía directa, existía una amplia región del sur de Yemen divida en diversos estados, sultanatos o emiratos, que se unieron nominalmente bajo protección británica bajo el estatuto administrativo de Protectorado de Adén. En él los ciudadanos no tenían la ciudadanía británica y funcionaban de modo similar a los Estados de la Tregua del Golfo: a cambio de la seguridad británica, los emiratos se comprometían a no establecer ninguna política exterior con otras potencias extranjeras sin consultarles. Por supuesto, la existencia de diferentes centros de poder en el territorio del protectorado exigió una pacificación que los británicos lograron a través del pragmatismo y no del costoso dominio militar: a cambio de un estipendio mensual o anual a los diferentes líderes, estos se comprometían a mantener la paz dentro de sus territorios y con los territorios vecinos; el uso de fuerza área selectiva para doblegar a tribus díscolas y la construcción de carreteras en las zonas fundamentales de Adén permitieron el control del vasto territorio del protectorado (Robbins, 1939: 709-710), que estaba dividido administrativamente en una zona occidental y otra oriental; pero debido a algunas resistencias indígenas, en 1959 algunos emiratos de la parte occidental se unificaron formando la Federación de Emiratos Árabes del Sur. En 1963 —tras los sucesos violentos de la llamada Emergencia de Adén— se unieron otros emiratos occidentales y el Estado de Adén, formando la Federación del Sur de Arabia hasta 1967. Cuatro estados del protectorado oriental no se unieron a la Federación y siguieron agrupados bajo el Protectorado del Sur de Arabia. En resumen, justo antes de la retirada de los británicos, el Sur de Yemen estaba dividido en una parte occidental —Federación del Sur de Arabia— y una parte oriental —Protectorado del Sur de Arabia—. Con la independencia en 1967 la Federación, absorbiendo a la parte oriental, se convirtió en la República Democrática Popular del Yemen (Yemen del Sur) de ideología marxista y vinculada a la Unión Soviética con quien mantuvo alianzas geoestratégicas.

b) Yemen del Norte. El territorio de Yemen de Sur tenía una frontera norte con el Vilayato de Yemen, bajo control del Imperio Otomano desde el siglo XVI. No obstante, la lejanía respecto al centro imperial en Estambul y la naturaleza montañosa de algunas partes del territorio, hacían que el control otomano fuera difuso: la verdadera importancia de la península Arábiga residía en las zonas costeras del Mar Rojo y el Golfo Pérsico por motivos estratégicos comerciales, y en las ciudades sagradas de Meca y Medina de la región de Hiyaz, ya que los Otomanos se habían erigido en protectores del Islam y de esa narrativa religiosa dependía su legitimidad política. Pero la soberanía sobre al-Hasa —la región oriental de la península— y el distante territorio de Yemen fue intermitente y relajada porque los costes del control eran mayores que las ganancias que podían adquirir a través de la tasación. Por ello, la presencia otomana en Yemen suele ser divida en dos periodos diferentes (Ochsenwald, 2015: 24): en el primero, desde 1538 hasta 1636 el Imperio crea el Eyalato de Yemen y se esfuerza por controlar algunas zonas, especialmente las costeras y el puerto de Adén, pero también las tierras altas del norte que estaban habitadas por los zaydíes, quienes expulsaron a las últimas guarniciones otomanas destruyendo el Eyalato. El segundo se refiere al Vilayato de Yemen y comienza en la segunda mitad del siglo XIX con un control más estrecho en las regiones interiores y la costa. Pero los británicos ya se habían apoderado de Adén y entraron en conflicto con los otomanos, con los que se llegó a un acuerdo fronterizo: la línea de demarcación que separaba el Vilayato de Yemen y el protectorado británico se conocía como Línea Violeta, se formalizó en 1914 y suponía la renuncia otomana formal al control de toda la zona sur de Yemen.

Sin embargo, los otomanos no eran capaces de controlar la zona norte donde, al menos desde el siglo X, se había establecido una sólida comunidad de una de las principales ramas del chiismo, la zaidí, estableciendo su propio imamato que resistía a la influencia del sunismo otomano. Tras la caída otomana en la I Guerra Mundial el antiguo Vilayato se independizó como Reino Mutawakkilita de Yemen, liderado por el Imán zaydí Yahya Mohamed Hamidaddin que trató de fortalecer la monarquía y extender su territorio: al norte en confrontación con Arabia Saudí y al Sur con los británicos. En esos años el nacionalismo árabe de corte republicano y constitucional estaba comenzando a extenderse, provocando en 1948 un golpe de estado. Fracasó, pero Yahya fue asesinado y sucedido por su hijo Ahmad, también impopular, quien sufrió otro intento de derrocamiento en 1956. Ahmad continúo la política conservadora y autoritaria de su padre. De hecho, el presidente egipcio y líder del nacionalismo árabe, Nasser, comenzó a ganarse la confianza del príncipe heredero, al-Badr, afirmando públicamente que Yemen se modernizaría y avanzaría cuando sucediera a su padre. El nacionalismo comenzaba a extenderse entre las capas sociales más jóvenes y el Imán Ahmad se vio presionado para buscar un acercamiento con China y la URSS y unirse a la República Árabe Unida (RAU), en la que permaneció hasta 1961. Nasser aprovechó para introducir células de espionaje. Uno de sus informadores fue detenido en Siria y se interceptó un documento que aseguraba que “mientras el régimen del Imamato continúe funcionando no podremos imponer el mismo sistema que hemos introducido en Siria […]” y afirmaba que la simple unión de Yemen a la RAU no eliminaría la monarquía, puesto que el zaydismo era un obstáculo para el establecimiento del socialismo, y por tanto “la mejor táctica que podemos adoptar para ganar a nuestro programa a los yemeníes es efectuar un golpe de estado” (Guldescu, 1965: 69). Por ello, cuando murió el Iman Ahmad, su hijo al-Badr le sucedió en el trono anunciando una serie de medidas muy progresistas. Pero los golpistas se apresuraron a dar el golpe de estado antes de que estás medidas socialmente populares hicieran ganar apoyo a al-Badr y le permitieran mantener la monarquía. El derrocamiento definitivo del Imamato propició el establecimiento de la República Árabe de Yemen bajo el patrocinio de Nasser, desencadenándose una guerra civil dentro del marco de la Guerra Fría Árabe entre los partidarios de la restauración de la Monarquía apoyados por Arabia Saudí e inicialmente también por Jordania, Reino Unido (este último temía la influencia de Nasser en Yemen del Sur) e incluso Israel, y los partidarios del Golpe de estado, con el apoyo del Egipto de Nasser. Finalmente las fuerzas republicanas derrotaron a las últimas resistencias realistas en 1970, momento en el que Arabia Saudí reconocía la República (Cf. Bryjka, 2016). Sin embargo, el bastión de resistencia monárquica del Norte, la provincia de Saada, nunca fue conquistada por las tropas republicanas. Esta circunstancia, como veremos, ha tenido consecuencias fundamentales para la inestabilidad de Yemen.

 

Las “aureolas concéntricas” del territorio birmano

El territorio birmano presenta una configuración territorial compleja, pero que permitirá una trayectoria de unificación diferente. Bruneau (1991) señala que Birmania ha mantenido desde hace siglos una estructura en “aureolas concéntricas de control y desarrollo decreciente entorno a un centro constituido por la capital y el espacio que le rodea”. ¿Cuál es la historia de esta territorialidad?

a) Primeros intentos de unificación pre-coloniales. Las simplificaciones nunca se ajustan a la realidad, pero son útiles puntos de partida para entender procesos complejos. Como señala Za Mang (2016: 629):

La historia política de Birmania antes de la ocupación británica puede ser resumida como una lucha interminable entre cuatro diferentes grupos étnicos: los Bamar, que vivía en el Valle del Irrawaddy; los Mon, que vivían en el sur; los Shan, del norte y del este de Birmania; y los Arakaneses, cuya tierra natal estaba en el oeste.

Estas comunidades eran reinos en los que un rey gobernaba sobre grandes ciudades-estado, habitaban especialmente en los valles, eran cultivadores de arroz húmedo, tenían cultura escrita y generalmente practicaban el Budismo Therevada. Pero junto a ellos había otras comunidades étnicas con rasgos socio-culturales y formas socio-políticas diferentes: los Chin, los Kachin, Karen o Wa habitaban especialmente las zonas montañosas, eran animistas, no tenían cultura escrita, cultivaban arroz seco y el poder político recaía en líderes tribales-rurales (Smith, 2002: 6). Esta compleja configuración étnica tiene una larga historia. Pueblos antiguos como los Pyu, los Mon, Karen, Shan, Chin, penetraron en territorio birmano por diferentes accesos y se fueron asentando en diversas regiones. En el siglo IX llegó un nuevo pueblo, los Bamar, el grupo étnico actualmente mayoritario en Birmania (Cf. Shall, 1960). Bajo su progresiva influencia se fue gestando la historia de unificación política, representada en los tres proyectos de unidad pre-coloniales bajo el dominio de dinastías de origen Bamar.

La primera unificación se debe al Reino de Pagan (849-1297), constituida por la pequeña comunidad del pueblo Bamar que se extendió y adquirió más peso e influencia, dominando al resto de pueblos, y creciendo la importancia de su cultura y lengua. Tras la caída del Reino de Pagan —debido a las oleadas de invasiones mongolas a partir del siglo XIII— se inicia de nuevo la fragmentación política, con reinos que rivalizaban entre sí en medio de una enorme diversidad étnica. La siguiente unificación del país se produjo bajo el mayor de los imperios birmanos, la Dinastía Toungoo (1531-1752), que se vio envuelta en varios conflictos y acuerdos con los portugueses —en ese momento la máxima potencia marítima junto con España, y que a partir de finales del siglo XIV comenzaron a comerciar e iniciar conversiones al cristianismo—, así como con China, además de sucesivas guerras internas con otros reinos independientes y que fueron modificando los límites fronterizos del Reino Toungoo. En el siglo XVI holandeses y británicos, que se interesaron por el comercio de especias, aun pasaron deliberadamente por alto el territorio birmano y se centraron en la Isla de Java. Pero en el siglo XVII los holandeses y británicos abrieron sus primeras fábricas en Birmania. El interés británico adquiría mayor importancia a finales de siglo precisamente cuando los holandeses cerraban sus fábricas y se retiraban de Birmania, coincidiendo con movimientos geopolíticos franceses en regiones cercanas. Finalmente, la última unificación pre-colonial se llevó a cabo bajo la Dinastía Konbaung (1752–1885), que se vio envuelta en numerosas guerras internas. Por primera vez se integró bajo su dominio la región de Arakan —en la parte noroccidental—, lindando con la Bengala oriental, así como las áreas Mon y muchos de los reinos del actual estado Shan. A lo largo de todo el territorio las autoridades Konbaung mantenían diferentes formas de control directo o indirecto y relaciones político-administrativas diversas con las autoridades locales; en las regiones más remotas los diversos pueblos mantenían sus propias estructuras organizativas.

b) El proceso de unificación colonial. La historia birmana moderna se inicia con la ocupación británica. Aunque Birmania tenía una prioridad geoestratégica secundaria para los británicos —como zona amortiguadora entre la India británica y la Indochina francesa que aseguraba la frontera oriental de la India—, su valor económico y comercial fue clave para el Reino Unido, especialmente por su incipiente industria petrolífera, una de las más antiguas del Sudeste Asiático: así lo atestiguan testimonios del siglo XIII que refieren la existencia de pozos poco profundos de los que se extraía el crudo, especialmente con la función de reforzar y preservar la madera de las viviendas y de los barcos. Por ello, los británicos se enfrentaron con la Dinastía Konbaung a lo largo de las tres guerras anglo-birmanas que se iniciaron en 1824, conquistando primero las partes más cercanas a la India británica, y terminaron en 1885 con el control completo del territorio, la abolición de la monarquía birmana y su sustitución por la administración colonial. Las dos primeras guerras y sus posesiones territoriales fueron llevadas a cabo por el gobierno de la Compañía británica de las Indias orientales, pasando al Raj en 1858. Desde 1885 toda Birmania fue divida administrativamente y pasó a ser una provincia más dentro de la India británica (Cf. Kyaw, 2014), es decir, del “imperio formal” bajo control directo, y no del “imperio informal” constituido por los “estados principescos o nativos” que mantenían nominalmente gobernantes locales (Onley, 2009). Además, se estableció una separación entre aquellos territorios en los que existía una mayoría Bamar (la “Birmania ministerial”) y aquellos en los que dominaban minorías étnicas como los Shan, Chin, Kachin y los Karenni (“regiones fronterizas”). La Birmania ministerial era la región más importante para los intereses británicos, por ello fue gobernada de manera directa a través de una forma de parlamentarismo, mientras que las regiones fronterizas fueron controladas de manera indirecta gobernadas por sus propias autoridades. Tempranamente se desarrolló la industria petrolífera: en 1886 se crea la Burmah Oil Company (BOC), que extiende rápidamente su capacidad y poder en la región (Segaram Arumugam, 1977: 4-5, Thornton, 2015: 1). La BOC poseía un monopolio casi total de la producción del crudo birmano (el 75%) y de sus productos derivados (el 85%), con la excepción de otras dos compañías británicas —Indo-Burma Petroleum Company y la British Burmah Petroleum Company—. Este monopolio se debía a la prohibición del Gobierno Británico de la India de permitir que otras compañías no británicas pudieran entrar en el juego de la explotación del crudo de la región. Además, tenía también el papel de suministrador principal al gran mercado indio, especialmente relacionado con las necesidades del keroseno.

Puesto que Birmania era una provincia de la India británica, la frontera “internacional” entre ambos había dejado de existir, agudizando su tradicional tensión histórica. De hecho, los birmanos se sintieron actores de segunda fila porque la diarquía otorgada a la India en 1917 —en vigor en 1919— no llegaría a la Birmania ministerial hasta 1921 —en vigor en 1923—. No obstante, esta diarquía seguía considerándose insuficiente porque Birmania seguía aún bajo la órbita de la India, como una provincia periférica. Las aspiraciones de autonomía respecto al territorio vecino no llegaron hasta que se produjo la separación oficial entre Birmania y la India en 1937, momento en el que el Gobierno Birmano quedaba directamente bajo el control del Parlamento Británico, según la Ley del Gobierno Birmano de 1935. A partir de este momento, los nacionalistas birmanos adquirieron mayor poder porque podían controlar la inmigración india, y liderados por Aung San —fundador del Partido Comunista Birmano— aprovecharon la nueva coyuntura internacional aliándose con los japoneses que ambicionaban el control de Birmania para bloquear el suministro de armamento de China. San creó el Ejército Independiente Birmano que ayudó a los japoneses a derrotar y desplazar a las tropas británicas entre 1942-1945. Durante estos años, la industria petrolífera birmana se vio en peligro porque los británicos destruyeron completamente toda la infraestructura del petróleo para evitar que los japoneses pudieran obtener fuentes de energía. La alianza con la nueva potencia invasora fue considerada por los thakins —intelectuales de la organización nacionalista Dobama Asiayone— como la única forma de expulsar a los británicos (Gomá, 2011: 123). Sin embargo, los japoneses no cumplieron su palabra y, una vez expulsados los británicos, siguieron ocupando Birmania. Por ello San cambió su percepción y aun siendo Ministro de Defensa del gobierno títere creado por Japón, fundaba la Anti-Fascist Peoples Freedom League (AFPFL) y dirigía las tropas del ejército nacional birmano contra su antiguo aliado nipón. Tras la expulsión de los japoneses, los británicos retomaron el control del país —y del petróleo—, conscientes de que era necesario tener como interlocutor a la AFPFL y a su ejército nacional. Tras la Segunda Guerra mundial el futuro de Birmania se jugaba en dos frentes diferentes pero estrechamente unidos: conseguir la independencia del dominio británico y dotar de una configuración territorial y administrativa específica al país, es decir, negociar la unificación de la antigua Birmania ministerial y las Regiones fronterizas.

 

La difícil unificación político-territorial

Esos puntos de partida territoriales generaron dos procesos de unificación diferentes que tuvieron resultados distintos.

 

La larga y tortuosa unificación de Yemen tras años de independencia

La fragmentación territorial no eliminó la idea de la unidad yemení, siempre culturalmente considerada una entidad distintiva. La evolución del concepto mismo de la unificación refleja las diferentes vicisitudes histórico-políticas. F. Gregory Gaus III (1987) distingue tres fases diferentes en la concepción de la unidad: la primera estaba vinculada a los intereses nacionalistas de los imanes zaydí del Norte, fruto de las aspiraciones expansionistas de Hamidaddi que exigía la integración en su reino del territorio de Asir en el norte y de Adén y los territorios del protectorado británico en el Sur; pero esta concepción del Gran Yemen no cuajó políticamente ni en el Norte ni en el Sur, más preocupados de su oposición política interna. A mediados de los años cincuenta se inicia la segunda fase del nacionalismo yemení vinculado al nacionalismo árabe capitaneado por Nasser. Este nacionalismo “progresista” arrinconó al nacionalismo “conservador” del imamato y generó más interés y expectativas, considerando que los obstáculos para este “noble fin” de la unidad de Yemen eran la tiranía del Imán en el Norte y el colonialismo británico en el Sur. Sin embargo, en 1962 tras la caída del imamato en el Norte y en 1967 la independencia del Sur, la unidad no se produjo automáticamente. Al contrario, a partir de los años sesenta, se inicia la tercera fase en la que las vicisitudes de la unificación dependieron de las circunstancias políticas domésticas de cada estado, que tras sus respectivas independencias habían seguido pautas políticas, económicas e ideológicas antagónicas: Yemen del Norte era considerado capitalista y Yemen del Sur socialista. Sin embargo, ambos “sistemas” eran más etiquetas ideológicas que estrictamente políticas. Las economías de ambas partes eran mixtas, con ayuda financiera externa similar y con un subdesarrollo similar. Este carácter mixto obedecía a razones históricas: el Norte por su aislamiento geográfico era más agrario-feudal, y el Sur por la importancia comercial del puerto de Adén, la situación costera y su influencia británica desarrolló un sistema de clases, mercados y empresas capitalistas. Sin embargo, en los años 60-70 el Norte se convirtió en una economía con pocas restricciones, mientras que el Sur quedó controlado por el Partido Socialista con una economía nacionalizada. Pero los antecedentes históricos de ambos impidieron que cayeran en un estado capitalista y socialista “puros” (Carapico, 1993). La posibilidad de unificación parecía difícil debido a las complejas relaciones fronterizas e ideológicas. Algunas autoridades consideraban que la unificación no sería posible en un plazo de menos de 50 años. Charles Dunbar (1992: 457-463) distingue cinco fases diferentes en este proceso:

1. La primera abarca 1967-1972: tras la independencia del Sur se generaron ciertas expectativas de unificación que, debido a la deriva ideológica antagónica de ambos países, acabaron en la primera guerra fronteriza de 1972. El documento del Acuerdo del Cairo que puso fin al conflicto constaba de 15 artículos donde se afirmaba que “Los dos gobiernos han acordado el establecimiento de un estado unificado uniendo las dos partes de Yemen, norte y sur, de acuerdo con las bases y los principios que se mencionan a continuación”. Aunque se consideraba que el nuevo estado sería “republicano, nacional y democrático” (art. 3a), existía el compromiso de que “el estado unificado garantizará todas las ganancias que las dos revoluciones de septiembre y octubre han realizado” (art. 3c). Un mes después, en Tripoli las dos partes “concedieron” —sin un compromiso políticamente serio— las dos exigencias más esenciales: el Sur aceptaba que la sharia islámica sería “la principal fuente de la legislación”, mientras que el Norte aceptaba que el nuevo Yemen sería socialista y que se permitiría una única organización política poderosa (Gaus, 1988: 38). El islamismo del Norte y el marxismo del Sur parecían irreconciliables: los líderes tribales y Arabia Saudí se oponían al ateo y anti-tribal vecino del Sur, y este difícilmente aceptaría el pluralismo multipartidista del Norte, puesto que para el Yemen marxista la unificación exigía previamente la creación de un único partido de vanguardia revolucionario. 

2. La segunda comprende 1973-1981: a pesar de las buenas intenciones del Acuerdo del Cairo, no se continuaron los esfuerzos de unificación, y en 1979 estalló la segunda guerra fronteriza entre ambos territorios. El conflicto concluyó con la Cumbre de Kuwait donde se firmó una declaración conjunta de los presidentes del Norte y del Sur, y en la que se insistía en lograr “el preciado objetivo del pueblo yemení de la unidad yemení”, considerándolo como un “noble objetivo” y “un imperativo histórico”. La declaración conecta la unificación yemení y las aspiraciones nacionalistas árabes —el “destino árabe”— exacerbadas por los recientes acuerdos del presidente egipcio Sadat con Israel, percibidos como conspiratorios y signo de capitulación ante el imperialismo sionista. Por ello, “considerando que la unidad yemení reforzará la solidaridad árabe antiimperialista y sionista y fortalecerá la justa lucha nacional árabe contra el enemigo común representado por la traidora alianza sionista-estadounidense-imperialista”, se considera necesario redoblar esfuerzos en la lucha por la unificación de Yemen. Sin embargo, la estrategia del Sur se desvela claramente: en 1976 se crea el Frente Democrático Nacional (FDN) constituido por grupos opositores de izquierdas —que contaban con vínculos ideológico-organizativos con el Sur— al régimen del Norte cuyo objetivo era unificar Yemen bajo el paraguas ideológico-político del Sur socialista (Gause, 1987, 1988). Por su parte, la política del recién nombrado presidente del Norte, Saleh, a partir de 1978 fue un intento de acercamiento a los líderes del Sur y al FDN —incluso en 1979 llegó a un acuerdo armamentístico con la URSS—, que encontró oposición interna del sector tribal e islamista con la creación del Frente Islámico —desde 1990 Islah o Congregación Yemení para la Reforma—: el islamismo yemení siempre tuvo como objetivo el “izquierdismo ateo” del Sur marxista (Yadav, 2015).

3. La tercera abarca 1981-1988: la retórica verbal de los acuerdos anteriores no se correspondía con verdaderos esfuerzos políticos. Pero algo invirtió esta tendencia: las luchas internas entre las dos facciones del Partido Socialista del Sur, la de Abdul Fattah Ismail que se oponía a la del entonces presidente Ali Nasir, desencadenaron los acontecimientos sangrientos de 1986 en Adén. Ismail y otros líderes opositores fueron asesinados y el presidente Nasir tuvo que refugiarse en el Norte, lo que favoreció los diálogos con Saleh.

4. La cuarta comienza con los encuentros de abril y mayo de 1988. En ellos se tomaron por primera vez medidas que permitieron un acercamiento real entre ambos países: se creó una zona fronteriza desmilitarizada, se establecieron puestos fronterizos conjuntos que posteriormente permitieron a los ciudadanos cruzar la frontera con tarjetas de identificación; se creó una compañía petrolífera conjunta para la explotación de los yacimientos petrolíferos recién encontrados. Aun así, según Dubar (1992: 460) para las autoridades norteñas la unificación seguía sin ser una prioridad política.

5. La quinta comienza con el Acuerdo del 30 de noviembre de 1989 que generó una cascada de encuentros y medidas que culminarían con la declaración de unidad el 22 de mayo de 1990.

En este largo y tortuoso proceso hubo factores nacionales, regionales y globales que coadyuvaron a su éxito (Cf. Xia, 2010; Dunbar, 1992; Dingli, 2012; Bryjka, 2016). En el ámbito nacional la cooperación económica tras el descubrimiento de petróleo en 1984, culminó en un acuerdo de explotación conjunta que aceleraría la reunificación política (Carapico, 1993). Además, si la oposición de las tribus norteñas fue determinante para el fracaso de las tres primeras fases, a partir de los años ochenta Saleh consiguió extender su control a los territorios tribales acomodando a los líderes tribales en el sistema estatal, así como en diversos negocios económicos, estrategia que continuaría tras la unificación, especialmente a partir de 1994. Esta nueva situación suavizó el bloqueo tribal durante los últimos años ochenta. En el ámbito regional, el papel de Arabia Saudí, la mayor potencia de la península Arábiga, ha sido y sigue siendo clave en todo lo que concierne a la política Yemení. Las modernas relaciones entre Yemen y Arabia Saudí se inician en los años veinte debido a disputas fronterizas entre el líder saudí Ibn Saúd y el Iman Zaydí, que se agudizaron tras la creación oficial del Reino de Arabia Saudí en 1932: la primera guerra fronteriza entre ambos terminó con el Tratado de Taif de 1934 que estableció una partición que incorporaba grandes porciones (Asir, Jizan y Najran,) al país saudí, que ya habían sido negociadas en 1926 con al desparecido Emirato de Asir. Sin embargo, este acuerdo fue cuestionado una y otra vez por Yemen, muy especialmente a partir de la unificación, y no ha sido hasta el Tratado de Yeda del año 2000 cuando se ha producido una solución —no exenta de problemas— a esta disputa (Cf. Enazy, 2002). En cualquier caso, el papel de Arabia Saudí respecto a la unificación de Yemen sufrió una evolución semejante a la tribal, y dependiendo de sus intereses apoyó al Norte o al Sur y, más tarde, la unificación. En el ámbito internacional, la cuestión más importante fue el cambio de relaciones geopolíticas. El proceso de unificación yemení no sólo se encontraba en la disputa regional en medio de la Guerra Fría Árabe, sino que también estaba condicionada por los intereses geopolíticos globales de la Guerra Fría mundial. Antes de la independencia del Sur, la Unión Soviética consideraba al Norte como un lugar estratégico, ya que su posible influencia permitiría presionar a los Estados del Golfo, de ahí que utilizara sus alianzas con Egipto, Libia, Siria e Irak para aumentar su influencia en Yemen, especialmente durante la guerra civil entre republicanos y monárquicos. Sin embargo, la revolución marxista y la instauración de un régimen comunista en el Sur permitieron una influencia directa y una ventaja naval en el Estrecho de Bab el-Mandeb, Adén y la Isla de Socotra. En principio, ni Rusia ni Estados Unidos se habrían opuesto a la unificación de Yemen, pero el problema era el sistema político-ideológico que se impondría. Sin embargo, este “bloqueo geopolítico” despareció con el debilitamiento soviético durante los años ochenta, que redujo drásticamente su ayuda económica, militar y política al Sur. Esta situación obligó a los líderes de Adén a reconducir su política y a comenzar medidas de liberalización económica. La falta de alternativas condujo al Sur a buscar la unificación que nunca supuso la estabilidad real del país. Su primer presidente, Saleh, se encontró con varias fuentes de desestabilización (Berenguer Hernández, 2015: 2-3).

 

La rápida pero insuficiente unificación de Birmania

La unificación birmana, aunque compleja, tuvo menos escollos que superar y fue más rápida. Tras la expulsión de los japoneses,  los británicos habían retomado el control del territorio y sus planes no incluían la independencia (Rubio García, 1958: 65-69). La política británica respecto a Birmania quedaba especificada en el Libro Blanco del 17 de mayo de 1945, que ofrecía a Birmania “completo autogobierno dentro la Commonwealth británica” a lo largo de tres fases de larga duración, sin especificar siquiera la fecha exacta para su terminación (Thorner, 1945: 145). Esta situación dividió a los nacionalistas entre aquellos que pretendían negociar de forma moderada la transición a la independencia y los que, como el Partido Comunista, exigían incluso la rebelión armada. Esta misma tensión se vivió en los intentos iniciales liderados por los nacionalistas de nacionalizar el crudo: el primer ministro U Un justificó la permanencia de las empresas británicas debido a la falta de dinero y recursos técnicos para que el propio país pudiera llevar adelante la industria y ser competitiva internacionalmente, aunque el gobierno consiguió participar minoritariamente de algunos proyectos conjuntos. En cualquier caso, el Libro Blanco intensificó las protestas de la AFPFL, que comenzaron negociaciones para ganarse a las minorías con el objetivo de hacer fuerza ante los británicos, quienes tomaron conciencia de que la independencia era inevitable (Mynt Aung, 2004: 13).

Durante 1946 se produjeron algunos movimientos importantes (Dassé, 1978: 115-120; Weiss, 2017). En primer lugar, aprovechando que tanto los británicos como la AFPFL estaban tratando de ganarse el favor de las minorías, los Shan organizan una primera Conferencia de Panglong en marzo de 1946 a la que asistieron los treinta y cuatro Saopha (los reyes o dirigentes que gobernaban los diferentes Estados Shan), representantes de la AFPFL y del gobernador británico; también fueron invitados como observadores representantes de los Karen, Kachin y Chin. En esa Conferencia se percibieron las divergencias profundas en las aspiraciones de los diferentes interlocutores políticos. Como resultado se llevó a cabo otro movimiento de importancia: los Karen, que pretendían fundar un estado propio y, por lo tanto, no aceptarían una unificación con Birmania, mandaron una delegación a Londres en julio de 1946 capitaneada por el líder Karen Saw Ba U Gyi para ganarse el favor de los británicos —considerados una “protección” frente a los Bamar— y su apoyo para crear un Estado Karen independiente. Sin embargo, los británicos rechazaron su propuesta. Los dos líderes birmanos más importantes, Aung San y U Un, iniciaron un recorrido por las regiones fronterizas y lograron que en noviembre de 1946 se formara el Supreme Council of the United Hills Peoples. Con el apoyo de algunos líderes de las comunidades fronterizas, la AFPFL lanza un ultimátum a los británicos exigiendo la celebración de una asamblea constituyente incluyendo a representantes de las minorías y la proclamación de la independencia antes del 31 de enero de 1947, y aseguraba a las regiones fronterizas que su unión a la Birmania independiente les permitiría una autonomía completa y el derecho de secesión (Dassé, 1978: 117). El ultimátum obligó a los británicos a invitar a una delegación liderada por Aung San, que concluyó con el acuerdo del 27 de enero de 1947 entre Sang y el primer ministro británico Attlee, y que se recoge en un documento de 10 artículos. Para el problema de la unificación el más importantes es el artículo 8 que trata de las Áreas Fronterizas y en el que se acuerda la unificación de la Birmania Ministerial y de las Áreas Fronterizas “con el libre consentimiento de los habitantes de esas áreas” y se insta a “preguntar a los líderes y representantes” en una reunión entre las partes. Esta consulta se materializó en la segunda Conferencia de Panglong en la que se reunió el Gobierno de transición encabezado por San representando a la mayoría Bamar y los representantes de algunas de las principales minorías étnicas. El Acuerdo final tras cinco días de negociación fue firmado por San y los líderes de los Kachin, Chin y Shan, que componían las “áreas fronterizas” de los británicos, mientras que los Karen se negaron a firmarlo, ya que exigían un Estado propio más amplio y con real independencia.

San fue asesinado poco después de la firma del Acuerdo, según los británicos planeado por U Saw —primer ministro de la Birmania británica— y según los Karen por U Nu y Ne Win —posteriores primeros ministros— con el pretexto de que San pretendía dar mayores concesiones a las minorías (Cf. Nepote, 1992: 112-113), y quizá porque San mantenía una concepción de la Unión birmana inclusiva en la que no hubiera distinción étnica ni religiosa, defendiendo un estado secular con separación estado y religión y una república en vez de una monarquía, por sus convicciones sobre la libertad religiosa y por la influencia de sus lecturas políticas europeas (Za Mang, 2016: 641). Aunque su prematuro asesinato no le permitió participar en la redacción de la Constitución de 1947, los nueve puntos de Panglong fueron inspiradores de la constitución, que reflejaba la compleja realidad étnica del país: sólo se crearon estados para cuatro grupos étnicos (Kachin, Karen, Karenni y Shan); dos de ellos, el Karenni y el Shan, según el Capítulo 10, obtendrían el derecho de secesión después de un período de diez años, algo que le fue denegado a los estados Kachin y Karen. A los Chin se les otorgaba una "división especial". Otras minorías como los Mon, Pao y Rakhine no tenían disposiciones territoriales de ningún tipo (Smith, 2002: 8). De hecho, en esos años la comunidad musulmana de Rakhine —ahora llamada Rohingya— tenía como objetivo fundar un estado en el norte que se uniera a la recién creada Pakistán. Esta pretensión se vio frustrada, pero los conflictos con el gobierno central fueron continuos, e incluso entre 1961-1964 se creó el Distrito Fronterizo Mayu que separaba las ciudades más al norte de Arakan de mayoría musulmana del resto de mayoría budista. En cualquier caso, el difícil e inestable equilibrio que se había pretendido entre las diferentes comunidades étnicas y las diversas estructuras político-administrativas, así como el secularismo del país, quedaron olvidados muy pronto. Los territorios poblados por las diversas minorías étnicas del país iniciaron conflictos para lograr su autonomía, que condujeron a un golpe de estado en 1962 liderado por Ne Win, que desembocó en una dictadura militar controlada por el ejército bajo el Partido del Programa Socialista de Birmania, en el que la política a seguir fue netamente centralista, bajo el lema: “una nación, una sangre, y una voz”, y cuyo amparo jurídico sería la nueva constitución de 1974. Desde entonces se ha producido lo que algunos autores han denominado una “birmanización” del país, que ha agudizado los problemas que veremos más abajo.

 

Factores estructurales de riesgo no resueltos

Tras el análisis de los procesos de unificación, trataré de destacar cuales son los elementos estructurales que aun presionan debilitando la unidad.

 

Tensiones múltiples en el territorio yemení

Los factores de riesgo en el caso Yemení proceden de diversos frentes socio-políticos, aunque se alimenten y a menudo refuercen mutuamente, y que derivan tanto del problema del tipo de territorialidad previa como de la no simultaneidad de los procesos de independencia y unificación.

a) La estructura tribal. La relación entre Estados y Estructura tribal es compleja y dialéctica. Corstange (2008: 33) insiste: “En lugar de causar que el estado se debilite, las tribus persisten cuando el estado es débil”, y se convierten en proveedoras de marcos jurídicos, culturales e incluso servicios públicos allí donde las estructuras estatales no pueden o no quieren hacerlo. Por ello, el fenómeno tribal es un rasgo estructural clave en Yemen: se calcula que entre un 25-35% de la población se agrupa de manera tribal y su influencia se ejerce también sobre aquellas poblaciones que habitan territorios controlados por las tribus (Cf. Hamad Zahonero, 2007, 2013 cap. 4 y 5). Las tribus yemenís son fundamentalmente sedentarias, lo que ha hecho emerger una fuerte conexión territorial: “son unidades geográficas, políticas y territoriales con fronteras definidas” (Hamad Zahonero, 2013: 208), rodeadas con zonas de amortiguación o seguridad (kufala) entre los diferentes territorios tribales. Son un factor esencial en la identificación personal y social de las personas. Como todo sistema tribal está organizado en torno a diferentes unidades: familias, linajes, clanes, tribus y confederaciones (o alianzas entre tribus para situaciones excepcionales), descendientes todas de la figura ancestral mítica Qahtan. La coexistencia del poder central del Estado y de las tribus genera siempre una tensión latente de lealtades dividas. El Estado se ha servido del sistema tribal para reforzar su poder o para llegar a aquellos territorios donde el sistema centralizado no llegaba, encargándose de proveer a las poblaciones de infraestructuras y servicios básicos, a la creación del Estado Yemeni y a su identidad nacional. La tensión entre ambos sistemas socio-políticos es inevitable, porque la lealtad tribal emerge del parentesco, mientras que la estatal deriva de la ciudadanía. Si en el Yemen antiguo se mantenía una relación interdependiente entre las tribus y los reinos clásicos de los mineos, los sabeos y los himyaritas, tras su caída,

 sin una autoridad centralizada las tribus tuvieron que aprender a gestionar el uso de la tierra. En el Norte, su carácter árido e infértil hizo que la guerra se impusiera como mecanismo de control de los recursos escasos mientras que en el Sur las áreas fértiles propiciaron el establecimiento de pequeñas entidades políticas como sultanatos, emiratos y principados. […] Esta dinámica divergente entre Norte y Sur se incrementó aún más con los diferentes regímenes que se establecieron en las dos regiones. (Hamad Zahonero 2007: 4).

Desde entonces, el sistema tribal siempre ha mantenido una presencia importante en la vida social y política. En la guerra civil del Norte las tribus se situaron a favor o en contra del bando monárquico o republicano, y salieron muy reforzadas debido al armamento que recibieron de las potencias extranjeras. En el Sur las tribus han gozado de menos poder e influencia debido al proceso de destribalización iniciado por los británicos —especialmente en Adén, puesto que en el resto del protectorado se llegaron acuerdos con los jefes tribales a través de pagos— y continuado por los comunistas. Aunque Saleh logró disponer favorablemente a las tribus a la unificación, la tensión entre Estado y tribus ha persistido de una u otra manera, hasta que la llegada de la Primavera Árabe puso en evidencia ese inestable equilibrio. De hecho, algunas tribus apoyaron a los manifestantes anti-Saleh y otras al movimiento pro-Saleh; además, algunos hombres tribales retiraron su apoyo aun cuando sus propios líderes permanecían fieles a Saleh (Hamad Zahonero, 2011: 124).

b) La falta de integración norte-sur. Además la unificación del Norte y del Sur ha sido siempre precaria. Las diferentes trayectorias político-económicas dieron lugar a dos concepciones culturales y construcciones sociales mutuas: para los norteños, los yemenís del Sur eran “ateos” y sus mujeres eran demasiado “licenciosas”, mientras que los sureños consideraban a los del Norte como “ignorantes” y “saqueadores” (Dahlgren, 2008: 50). La unificación no eliminó esta diferenciación, sino que más bien se logró de forma sesgada hacia el Norte, donde se concentraba más población. Uno de los más claros ejemplos de este dominio norteño se evidenció en el control de la educación con la “islamización” de la enseñanza, la eliminación de la escolarización obligatoria que existía en el Sur —lo que generó una disminución significativa de la escolarización femenina— y el fortalecimiento de los “institutos científicos” (macahid cilmiyya) que habían proliferado en el Norte en los años setenta con financiación saudí y egipcia, especialmente en las zonas rurales controladas por las tribus y donde el control del Estado fue siempre precario, y que tras la unificación consiguió mayor matriculación que las empobrecidas instituciones escolares estatales. En las primeras elecciones del Yemen unificado en 1993 los resultados fortalecieron al Partido Socialista Yemeni que exigía más autonomía y un sistema federal rechazado por las autoridades norteñas y que terminaría desembocado en la guerra de 1994, que se saldó con la victoria de los partidarios de la unificación y el exilio de los separatistas. Políticos, empresarios, líderes tribales, etc. acudieron al Sur para aprovechar el vacío de poder, lo que reavivó la percepción de colonialismo Norte-Sur. Desde entonces la tensión ha sido permanente. La reticencia de Saleh a aumentar la descentralización alimentó la desconfianza del Sur en él, que terminó por generar en 2007 el Movimiento del Sur: un movimiento descentralizado y con movilización local en las que se insistía en la no-violencia para no ser identificados con los Huthis ni con los yihadistas de Al Qaeda. No obstante, desde 2009 el Movimiento del Sur ha iniciado también lucha armada exigiendo la secesión (infisāl). Si en el inicio del Movimiento las demandas no cuestionaban la unificación, sino su gestión desequilibrada, buscando la “igualdad con los ciudadanos en el norte de la nación; empleos; mayor poder de decisión local; y un mayor control sobre los recursos económicos del sur, incluido el campo petrolífero más grande de Yemen en al-Maseela en la provincia de Hadramaut” (Cf. Day, 2010), ahora algunas de sus organizaciones integrantes luchan por la secesión. De hecho, desde 2017 se ha creado una especie de brazo político institucional bajo el nombre de Consejo de Transición del Sur (CTS), liderado por el que fue el Gobernador de Adén Aidarus al-Zoubaidi y que controla algunas de las regiones del sur yemení. El CTS tiene un estatuto y apoyo ambiguo tanto nacional como internacionalmente, aunque es alimentado por los Emiratos Árabes por sus propios intereses geopolíticos. El fortalecimiento del CTS dibuja dos escenarios potenciales: la independencia/secesión o la reconstrucción de Yemen en un estado federal (Foster, 2017).

c) El zaydismo del Norte. Otro factor desestabilizador tiene que ver con el zaydismo y sus reivindicaciones en el Norte.  Los zaydíes son una rama del islam chií, que se inicia con Zayd b. ʻAli al-Husayni (Cf. Kohlberg, 1976). De las complejidades doctrinales entre las diferentes ramas islámicas y entre los propios zaydíes, nos interesa rescatar tres rasgos para comprender sus derivaciones políticas frente al régimen republicano: (1) el Imán debe ser un descendiente de Ali, primo y yerno de Mahoma, a través de cualquiera de los dos hijos que tuvo con Fátima, la hija de Mahoma: al-Hasan y al-Husayn. (2) El Imam zaydí no es infalible, sin pecado y omnisciente sino que tiene que probar su liderazgo luchando por la fe, y puede ser depuesto por causas políticas. (3) Hay una clase de estatus superior compuesta por aquellas personas descendientes genealógicos de Ali y Fátima, a los que se les denomina sayyid[2] (en plural sāda) y que además del derecho al Imamato tienen un conjunto de privilegios y de restricciones propias de su posición social. De hecho, a partir del siglo XVIII el Imamato se convirtió en hereditario y tras la caída del imperio otomano fue un bastión contra las fuerzas republicanas durante la guerra civil del Norte. Sin embargo, la región de Sadah —ahora una de las gobernaciones que componen Yemen— nunca fue conquistada por las tropas republicanas, y se integró en la república a través de un pacto de reconciliación: los republicanos no consiguieron transmitir a las tribus de Sadah que la creación de la república “representaba para ellos un factor de emancipación respecto a los sāda” (Dorlian, 2008). Debido a su carácter fronterizo con Arabia Saudí, a partir de los años ochenta Sadah se convirtió también en bastión del salafismo sunní, provocando como reacción que en la región el zaydismo se convirtiera en un rasgo identitario, religioso y político: en 1962 se creó una organización política de carácter zaydi llamado Partido de la Unión de las Fuerzas Populares, y en 1990 emergió el que aún sigue siendo el partido más importante de filiación zaydi, el Partido de la Verdad, como contrapeso político al sunismo de la Congregación Yemení para la Reforma (al-Islah). Ambos partidos han insistido en que el zaydismo es compatible con la modernización política y no está vinculado necesariamente con la defensa del primado del sayyid ni del Imamato, sino que aceptan el pluralismo y que la rebelión (jurudj) contra gobernantes ilegítimos se lleve a cabo a través de los cauces políticos establecidos (Cf. Dorlian, 2006). Ahora bien, el complejo rompecabezas político tras la unificación, hizo que el presidente Saleh apoyara al partido suní al-Islah para contrapesar la fuerza de los zaydíes tradicionalistas que querían restaurar el Imamato. Pero ante la creciente influencia de al-Islah apoyada por Arabia Saudí, Saleh cambió de política y estableció un acercamiento con Los Jóvenes Creyentes —un movimiento de revitalización zaydi que surgió y después se separó del Partido de la Verdad— liderados por el jeque tribal Hussein Badreddin al-Houthi. Este difícil e inestable equilibrio político fue la razón para que Saleh aprovechara la coyuntura de los atentados de las Torres Gemelas para aliarse con Estados Unidos en un intento de conseguir una mayor centralización del poder. Esta alianza con los americanos fue duramente criticada por los Jóvenes Creyentes y su líder al-Houthi. El intento de represión de Saleh enviando tropas a Sadah para detener a al-Houthi desembocó en un alzamiento zaydí en 2004 que se extendió hasta 2010 en seis fases y que estalló de nuevo en 2011 aprovechando la destitución de Saleh y que se recrudeció a partir de 2015. La continuación de la lucha huthi permanece actualmente en el grupo Ansar Allah (partidarios de Dios), que ha traspasado la frontera de Sadah y se ha extendido a otras gobernaciones incluyendo la toma de la capital Sana, institucionalizando su poder en la formación del Consejo Político Supremo de Yemen. El Gobierno Yemení acusa a los huthies de querer restablecer el imamato y de recibir ayuda militar de Irán, ambas acusaciones no demostradas. Pero lo cierto es que si en la historia del Yemen moderno las identidades sectarias no habían tenido un papel relevante, el levantamiento huthi y sus derivaciones están abriendo un nuevo frente de tensión sectaria en la unificación.

d) El islamismo y el yihadismo. Más brevemente, me referiré también a un último factor, y que es tanto una consecuencia como una causa. Toda esta compleja inestabilidad político-territorial ha fomentado el fortalecimiento de los grupos yihadistas salafistas. Al Qaeda en la Península Arábiga (AQAP) tienen precursores ideológicos en los primeros movimientos yihadistas que se formaron tras la vuelta de algunos muyahidines que habían combatido en Afganistán, y que comenzaron a operar como células locales que juraron obediencia a Al Qaeda Central (Corte Ibañez, 2014). La franquicia AQAP se formó oficialmente en 2009 y desde 2011 las diversas unidades procedentes de AQAP se han agrupado bajo la organización Ansar al-Shari'a, ganando influencia en territorio yemení. El fortalecimiento de AQAP especialmente en el Norte se debe en gran parte a que para la coalición liderada por Arabia Saudí la prioridad militar ha sido derrotar la rebelión de los huthis, generando alianzas tácticas con AQAP o al menos tolerándoles. En el Sur, sin embargo, los Emiratos Árabes Unidos están combatiendo con éxito a los yihadistas. Por su parte, el Estado Islámico (EI) desde 2014 ha establecido una rama con el objetivo de ganarse a Yemen también como una provincia de su califato. Sin embargo, la fuerte presencia histórica de AQ y la excesiva violencia y radicalismo del EI le han regalado a un segundo plano en el yihadismo en Yemen (Cf. International Crisis Group, 2017). Aun así, la proliferación del salafismo yihadista coadyuva a la fragmentación yemení.

 

El problema de la fragmentación multiétnica birmana

Si en Yemen los factores estructurales que debilitan la unificación son de diferente signo y generan una matriz de tensiones políticas múltiples, en Birmania la situación es más específica, y está relacionada con el factor étnico y su integración político-administrativa a nivel estatal. Para comprender bien este problema lo organizo en diversos epígrafes.

a) El problema multiétnico. En el caso de Birmania la complejidad es mejor categorizada como “étnica” que como “tribal” y tiene dos dimensiones en su historia. El primero —digamos de carácter endógeno— se refiere a la diversidad étnica del territorio que se encuentra en la historia misma de Birmania y sus diversos pueblos y regiones. Ni los imperios birmanos ni el colonialismo británico construyeron una “ciudadanía” que aglutinara y fuera extendida a todos los habitantes del país sin distinción étnica. Al contrario, los británicos aprovecharon esa división interna que se reflejó, entre otras cosas, en la formación del ejército colonial: durante los años de las tres guerras anglo-birmanas el grueso de las tropas eran de procedencia británica e india, con muy pocos indígenas —se estima que antes de 1914 rondarían los 300 efectivos— de las diferentes comunidades étnicas birmanas. Sin embargo, esto cambió tras la Primera Guerra Mundial y los primeros pasos para la separación completa de Birmania del resto de la India: en los años 30 los Karen, Kachin y Chin representaban tan solo el 13% de la población de Birmania, pero constituían el 83% de los efectivos indígenas del ejército colonial. Quedó fuera la mayoría Bamar, que por esa época ya estaba organizándose en torno a movimientos nacionalistas anti-coloniales con sus propios ejércitos (tat) tolerados por los británicos. Este desequilibrio se reprodujo en el Ejército Británico Birmano en 1937: de los oficiales y altos rangos el 50% eran Karen, 25% Chin, 25% Kachin, y tan sólo 4 oficiales eran Bamar, aunque en otras unidades, como la de Zapadores y Mineros, la mayoría eran Bamar (Cf. Callahan, 2002: 523-533).  El segundo es un factor exógeno relacionado de forma directa con la desaparición de la frontera entre India y Birmania: aunque habían existido contactos ancestrales, hasta la llegada de los británicos no se produjo la llegada masiva de indios, desequilibrando la balanza en favor de estos últimos, a los que consideraban más “capaces” que a los birmanos. A pesar de que Birmania era territorialmente una de las mayores provincias del Raj británico estaba infra-poblada. Por ello, los Bamar percibieron la masiva entrada de indios en su territorio como un peligro real por la posibilidad de ser sobrepasados en número y poder, lo que generó tensiones diversas: (1) los indios ocupaban mejores puestos en la administración y la economía; (2) la administración colonial se centró en los centros urbanos donde se asentaba la migración india frente a la ruralidad mayoritaria de la población autóctona; (3) la migración india satisfacía la necesidad de mano de obra para el cultivo del arroz a gran escala creado por los británicos así como el de la industria minera, metalúrgica, textil, de servicios, etc.; (4) los indios eran mayoritariamente hinduistas y musulmanes frente al budismo birmano; y (5) el ejército colonial británico estuvo gran parte de su historia dominado por tropas procedentes de la India.

b) La compleja organización administrativo-territorial. El problema multiétnico lo es también administrativo-territorial. Los británicos habían mantenido la diferenciación regional pre-colonial a través de la distinción entre la Birmania Ministerial y las Áreas Fronterizas. Actualmente, la Constitución de 2008 recoge en su Capítulo 2 Artículos 49-51 la siguiente división administrativa, que ya estaba presente con pequeñas variaciones en la Constitución de 1974 (Jolliffe, 2015: 28-39). (1) Hay siete regiones en las que predominan el grupo étnico Bamar: Sagaing, Taninthayi, Bago, Magway Region, Mandalay, Yangon, Ayeyawady. (2) Hay siete estados en los que predominan otras minorías étnicas: Kachin, Kayah, Kayin, Chin, Mon, Rakhine, Shan. Tanto los Estados como las Regiones son equivalentes administrativamente y tienen un gobierno propio y cámaras legislativas propias. No obstante, competencias como seguridad local, cuestiones fronterizas, desarrollo, gestión de recursos naturales, educación y sanidad, entre otras, recaen en los ministerios del gobierno central birmano. Pero ni cada estado tiene una población homogénea de cada minoría, ni en las regiones habitan sólo poblaciones Bamar (Holliday, 2010: 119). (3) Hay algunas ciudades o territorios que son auto-administrados por otras minorías étnicas: hay cinco zonas auto-administradas (Naga, Danu, Pa-O, Palaung y Kokang) y una única división auto-administrada (Wa), compuestas por varias ciudades. Estas áreas “están organizadas con el objetivo explícito de proporcionar un mayor autogobierno a específicas nacionalidades étnicas no-Bamar” (Ibíd.: 32). Tienen también poderes legislativos y ejecutivos pero limitados a unas pocas áreas específicas, de las que se excluyen seguridad, educación, gestión de recursos naturales, etc. Además, las leyes que promulgan deben ajustarse al marco legislativo de la Unión. En general, algunas minorías están satisfechos con este nivel de autonomía en cooperación con el gobierno central, mientras que otras aspiran a un federalismo o incluso a la secesión (Ibíd. 38). (4) Por último, se encuentra aparte la capital del país Naypyidaw, que se denomina Territorio de la Unión y está gobernada directamente por el Presidente, aunque en su nombre lo hace un Consejo. Toda esta división administrativa no ha dejado de generar conflictos armados entre las diferentes comunidades étnicas y el gobierno central, y ha dado lugar a diferentes modos de comprender la formación del Estado-nacional birmano en relación con su pluralidad étnica (Íbid.: 120-122). En primer lugar, el asimilacionismo conducido sobre todo desde el golpe militar de 1962 por los diferentes gobiernos que han alentado la centralización y la construcción de una identidad nacional basada esencialmente en la mayoría Bamar. En segundo lugar, como respuesta a esta postura existe la propuesta multiculturalista liderada tradicionalmente por la Liga Nacional para la Democracia y su líder Aung San Suu Ky, que viene a insistir en que Birmania ya es de hecho un país multicultural, aunque la articulación concreta de esta multiculturalidad no está bien definida. Algunas de las minorías étnicas han propuesto una concepción que podría llamarse de enclaves étnicos, que aunque tampoco esté formulada con precisión teórico-política busca esencialmente el fortalecimiento de derechos especiales para determinados grupos étnicos dentro de territorios específicos. Finalmente, desde 1962 junto a la política asimilacionista se han conducido una cuarta forma de gestión, la marginalización, que tiene su blanco de actuación más importante en la minoría musulmana Rohingya, asentada especialmente en el actual Estado de Rakhine. Todo esto se refleja en los diversos conflictos, muchos de los cuales aún siguen activos, y que han producido víctimas mortales y miles de refugiados en los países fronterizos. Kim Jolliffe (2015: 40-45) ha propuesto una geografía política de estas “zonas contestadas” estructurada en tres categorías: la primera son aquellas zonas con reivindicaciones hostiles, en las que las guerrillas usan la fuerza para conseguir o mantener el control del territorio, que en muchos casos no han sido nunca controlados por las fuerzas estatales y suelen ser gobernados por grupos armados, con una integración económica mayor en los países vecinos. La segunda son zonas de objetivos tolerados en las que las fuerzas estatales toleran que los grupos armados guerrilleros tengan presencia tras las oleadas de cese al fuego de los años 80, 90, y 2011. Y en tercer lugar en otros territorios hay presencia de grupos armados con objetivos acomodados, que mantienen mayores vínculos de cooperación con las autoridades centrales de la Unión. En definitiva, estas dinámicas de tensión por el acceso al poder y al control político-militar del territorio han dado como resultado “una geografía altamente compleja en la que las estructuras de gobierno oficial representan sólo una de las muchas formas de gobierno en las áreas no-Bamar” (Ibíd.: vi).

c) El nacionalismo birmano: la birmanización. El territorio birmano, a diferencia de su vecina India, no había sido prácticamente ocupada por poblaciones extranjeras, a excepción de las invasiones mongolas en el siglo XIII, y no estaban habituados al sometimiento externo que supusieron los británicos y que generó focos de nacionalismo anti-colonial, que se muestran en su feroz resistencia a la invasión británica (Cf. Myint Aung, 2004: 1-9), pero también hacia los indios que eran considerados colonizadores y colaboradores de los británicos (Hendrik, 2017: 4-5, 22-24, 66). El budismo theverada había sido adoptado como religión oficial en 1056 y formaba una estrecha relación con el poder político: durante siglos los birmanos vinculaban su identidad nacional con el budismo, haciendo de la religión el verdadero factor aglutinador de Birmania. Como consecuencia el papel de los monjes budistas también ha sido clave, de ahí que no fuera extraño que los primeros movimientos nacionalistas surgieran de los monasterios y monjes (pongyi), con reivindicaciones más culturales que estrictamente políticas. Este “nacionalismo religioso” ya desde 1906 se evidencia en la Young Men's Buddhist Association, que tiene como bestias negras a los europeos británicos, a los hinduistas y a los musulmanes indios. La masiva migración de indios hizo temer a los birmanos su desaparición cultural, especialmente porque era esencialmente masculina, provocando recelo ante los matrimonios mixtos entre mujeres birmanas y hombres extranjeros, y muy especialmente con indios musulmanes. En los 1920-1930 el problema de los matrimonios mixtos se convirtió en uno de los ataques fundamentales. Una mujer budista debe convertirse al islam si quiere casarse con un musulmán y su descendencia será también musulmana, de ahí que para los nacionalistas esto supusiera una “estrategia” islámica de islamización. La imagen de la mujer se instrumentalizó desde un punto de vista político, considerándola como la garante de la pureza “racial” birmana, como transmisora generacional de la identidad cultural, así que era esencial poder controlar la “política matrimonial”: cuando se produjo la separación de la India se promulgaron leyes que regulaban los matrimonios mixtos (Cf. Hendrick, 2017: 87-101). Tras la Primera Guerra Mundial las reivindicaciones nacionalistas habían comenzado a volverse políticas: mejor educación para un autogobierno y oposición a la diarquía por considerarla insuficiente. De hecho, estos sentimientos culturales e incipientemente políticos se reforzaron por la crisis económica de 1929 aumentando la tensión contras las comunidades indias, sus competidores laborales directos. Dentro de este nacionalismo politizado surgieron dos corrientes respecto a si mantenerse unidos o no a la India. La aparición de Japón en la escena birmana también ahondó las diferencias internas (Gomá, 2011: 123-124): el Ejército Independiente estaba constituido en su mayoría de Bamar, el Ejército colonial británico estaba compuesto de minorías étnicas, especialmente los Karen, de los que una parte ya había sido convertida al cristianismo por los misioneros americanos, y que ocuparon puestos de importancia en la administración colonial, mientras que la mayoría budista Karen (más del 75% de la población) permanecieron generalmente ignorados (Cf. Ikeda, 2012: 431-437). La política nacionalista secularista y republicana liderada por San que triunfó tras la Segunda Guerra Mundial chocaba frontalmente con el nacionalismo de los monjes, pero tras su prematura muerte el nacionalismo volvió a sus raíces religiosas. De hecho, U Un a través del gobierno fomentó un fortalecimiento del budismo: de1954 a 1956 se convocó en Ragún —en ese momento capital birmana— el sexto concilio Budista, en el que el Estado invirtió mucho dinero en demostración del apoyo estatal al budismo como marco ideológico de unificación nacional y un intento de arreglar la desintegración de los valores y moralidad budista que las autoridades birmanas achacaban a la colonización británica (Cf. Clark, 2015: 79-80). Desde entonces el proceso de birmanización desde el golpe de 1962 ha conducido a la agudización del conflicto con algunas de las minorías étnicas más castigadas como la facción cristiana de los Karen y la musulmana de los Rohingya.

d) La política de ciudadanía y el conflicto con el islam. Todo este proceso tiene derivaciones jurídicas importantes, como la Ley de Ciudadanía de 1982, que reconoce 8 razas étnicas nacionales, a su vez compuestas por un número específico de  diferentes grupos étnicos (indicado entre paréntesis): Bamar (9), Chin (53), Kachin (12), Kayah (9), Kayin (11), Mon (1), Rakhine (7), y Shan (33), lo que da lugar a 135 grupos étnicos reconocidos como ciudadanos: son aquellos establecidos en cualquiera de los territorios incluidos dentro del Estado como su hogar permanente desde el año 1185 a.C. hasta 1823 d.C., antes de las guerras de colonización británica (Capítulo 2 Artículo 3). La Ley distingue entre la ciudadanía normal y automática, y aquellas dos que pueden adquirirse bajo determinados supuestos: la asociada y la naturalizada. Por lo tanto, hay minorías étnicas que no son reconocidas como razas nacionales pero sí tienen ciudadanía Birmana (chinos birmanos, indios birmanos, y panthays que son chinos musulmanes), mientras que otros no tienen ninguna ciudadanía en absoluto (tibetanos, anglo-birmanos, pakistanís birmanos, rohingya). Otra legislación moderna de tendencia birmanizadora es el paquete de cuatro leyes con el título genérico de “Race and Religion Protection Laws”, que han contado con el apoyo de un gran sector de mujeres birmanas, ya que los monjes budistas y los partidos políticos han justificado la necesidad de estas leyes para defender a la mujer. Por ejemplo, algunos actores políticos y religiosos han afirmado: “Los [Rohingyas] en el estado de Rakhine tienen muchas esposas. Las personas que realmente pierden los derechos humanos son estas mujeres [rohingya] porque temen decirle a sus esposos las dificultades que enfrentan y lo que sienten”, o también “Ocurren muchos incidentes [de conversión forzada], por lo que esta ley matrimonial es para ayudar a las mujeres a hacer algo", o incluso: “‘Nuestras mujeres budistas no son lo suficientemente inteligentes como para protegerse a sí mismas’ de las depredaciones de hombres musulmanes que buscan casarse y convertirse” (cit. en Walton, McKay & Khin Mar Mar Kyim, 2015). Estas leyes son ejemplo de esta concepción nacionalista, especialmente respecto a la comunidad islámica: se exige solicitar permiso a una Comisión de Registro para convertirse a otra religión, se regula de forma precisa los supuestos y circunstancias que permiten el matrimonio entre una mujer budista y un hombre no-budista, se regula la posibilidad de que en determinadas regiones unos “expertos” —sin especificar— puedan exigir que se espacien los nacimientos 36 meses y, finalmente, se prohíbe el matrimonio polígamo (cf. Rahman & Zeldin, 2015). Estas medidas de control religioso-reproductivo dentro de la política nacionalista derivan de un largo contacto conflictivo del islam con el budismo, especialmente en Arakan, el actual Estado de Rakhine, debido a que la región de Bengala tuvo contactos muy tempranos con los comerciantes árabes, y desde el siglo IX el puerto de Chittagong adquirió gran importancia comercial e islámica, a través de tres oleadas de migración musulmana en (Yusuf Siddiq, 2012; Varios, 2000: 5). Como consecuencia en Birmania se distinguen al menos cuatro comunidades islámicas: los Pashu, que descienden de musulmanes de Malasia, los Panthays que son descendientes de chinos musulmanes, diferentes grupos de Bamar musulmanes (Pathi, Myedu y Zerbadee), los Kaman y los Ronhinya. Estos tres últimos representan aproximadamente el 90% de la comunidad musulmana en Birmania. Todos son comunidades estables en el país y todos se presentan como descendientes originarios del país antes de la colonización británica. De hecho, todos a excepción de los Rohinya tienen la ciudadanía legal de Birmania (Cf. Ayako, 2014). Aunque los ciudadanos musulmanes han sido progresivamente degradados en el país birmano, el “islam” se considera una afiliación “cultural” y no “étnica” (Smith, 2002: 18). Las autoridades birmanas alegan que no es un problema religioso, sino étnico-migratorio. Los Rohinya afirman que sus ancestros se remontan a las primeras comunidades musulmanes que se crearon con el contacto con los mercaderes árabes. El fuerte contenido budista del nacionalismo birmano se manifiesta también en los grupos radicales anti-musulmanes como el Movimiento 969, liderado por monjes budistas. El conflicto de ciudadanía no ha generado una gran inestabilidad porque ha sido muy circunscrita a pequeñas comunidades, aunque es un factor más de la potencial desintegración del país.

 

Conclusiones

Si Yemen es actualmente un país quebrado, seriamente amenazado como estado unificado y con gran riesgo para la seguridad regional de Oriente Medio, Birmania sin embargo a pesar de sus conflictos étnicos no parece presentar un grado semejante de desintegración y puede considerarse un estado sólido. ¿Cuáles son las razones de esta disparidad política? Más allá de las evidentes semejanzas en algunas dimensiones del proceso de unificación, considero que existen especialmente diferencias que han condicionado el destino de ambos países:

(1) La fragmentación territorial pre-independencia era muy diferente: Yemen, además de sus múltiples sultanatos, emiratos, reinos y territoriales tribales, tenía una fuerte línea fronteriza entre el Norte y el Sur que, a pesar de su “unidad cultural” terminó generando dos realidades sociales, políticas, económicas e ideológicas, con apoyos geopolíticos internacionales antagónicos. Por el contrario, en Birmania la disposición en aureolas concéntricas hacía más difusa la fragmentación, siendo más un problema de gestión centralización-descentralización que de ruptura entre partes.

(2) Esto ya condicionó el propio proceso de unificación de ambos países: el primero —mucho más complejo y dilatado en el tiempo— partía de una unidad cultural previa, pero que no encontraba las vías apropiadas para su implementación político-administrativa: de hecho, la unificación no se produjo automáticamente como resultado de la independencia, sino que hubo que esperar más de dos décadas. El segundo —un proceso rápido de facto tras la independencia— tuvo menos complejidad: ha sido un problema de integración de realidades étnico-culturales distintas en un estado más o menos centralizado en el que el grueso del territorio central era de mayoría Bamar, lo que facilitó que la aureola central tuviera suficiente control para desarrollar el proceso de unificación.

(3) Finalmente, los elementos estructurales que no se resolvieron han tenido una fuerza de desestabilización muy desigualdad en Yemen y Birmania: el sistema tribal, la falta de integración Norte-Sur, los problemas “políticos” del zaydismo y más recientemente el salafismo yihadista, han generado un problema de multifragmentación del poder. En el caso birmano, se ha producido un problema político de gestión injusta y discriminatoria de la diversidad étnica basado en un modelo fuertemente centralizado y liderado desde las autoridades centrales, especialmente el ejército —Tatmadaw— hacia una homogenización (birmanización) religioso-étnica que ha motivado un sinfín de conflictos bélicos, pero que progresivamente se han ido negociando a lo largo de los últimos años, aunque generando por el camino procesos de apartamiento de diversas minorías e incluso de negaciones de la ciudadanía.

             

Nota sobre el autor:

Jesús Romero Moñivas se doctoró en la UCM (2009). Desde 2010 es profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid (Departamento de Sociología Aplicada) y profesor-tutor de Ciencia Política e Historia en la UNED (Madrid-Sur). Es fundador de la Asociación de Investigación científica e intervención social-UBUNTU. Entre sus últimas publicaciones pueden destacarse: El tapiz de Oriente Medio. Geopolítica. Poder. Religión (Sevilla: Ecúmene Ediciones 2019); “La difusión del poder y su organización socio-política en Oriente Medio”, Revista de Estudios Políticos 180 (2018): 197-222; “Is the Ambivalence a Sign of the Multiple-Self Nature of the Human Being? Interdisciplinary Remarks”, Integrative Psychological & Behavioral Science 52 (2018): 523-545; “El juego de los márgenes de acción estratégica. Apuntes para una sociología de la libertad”, Razón y fe: Revista hispanoamericana de cultura 1432 (2017)205-2016. Para más información sobre publicaciones puede visitarse la página web: www.jesromero.wordpress.com Correo electrónico: jesus.romero@edu.ucm.es

 

Referencias

Ayako, Saito (2014), “The Formation of the Concept of Myanmar Muslims as Indigenous Citizens: Their History and Current Situation”, The Journal of Sophia Asian Studies, No. 32, pp. 25-40.

Berenguer Hernández, Francisco J. (2010), “Geoestrategia de la energía”, en García González, José A. (Ed.), La nueva geopolítica de la energía, Madrid: Monografías del CESEDEN, pp. 77-90.

Brown, Wendy (2015), Estados amurallados, soberanía en declive, Barcelona: Herder.

Brown, Warwick Michael (2003), The Royal Navy’s Fuel Supplies, 1889-1939. The transition from coal to oil, Doctoral Thesis. King’s College London, University of London.

Bruneau, Michel (1991), “Modèle spatiaux des États de l’Asie du Sud-Est continentale”, Cahiers de géographie du Québec, Vol. 35, No. 94, pp. 89–116.

Bryjka, Filip (2016), “North and South Yemen as a Theatre of a Proxy War during the Cold War”, Journal of Science of the Military Academy of Land Forces, Vol. 48, No. 2, pp. 19-34.

Callahan, Mary P. (2002), “State Formation in the Shadow of the Raj: Violence, Warfare and Politics in Colonial Burma”, Southeast Asian Studies, Vol. 39, No. 4, pp. 513-536.

Carapico, Sheila (1993), “The Economic Dimension of Yemeni Unity”, Middle East Report, Vol. 23, No. 5, pp. 9-14.

Clark, Chris (2015), “The Sixth Buddhist Council: Its Purpose, Presentation, and Product”, The Journal of Burma Studies, Vol. 19, No. 1, pp. 79–112.

Corstange, Daniel (2008), “Tribes and the Rule of the Law in Yemen”, Paper to Annual Conference of the Middle East Studies Association, Washington, November 22–25.

Corte Ibañez, Luis, de la (2014), “Yihadismo global: una visión panorámica”, en Varios Autores (2014), Yihadismo en el mundo actual, Madrid: Documentos de Seguridad y Defensa 62. Escuela de Altos Estudios de la Defensa.

Dahlgren, Susanne (2008), “The Southern Movement in Yemen”, ISIM Review, No. 22, pp. 50-51.

Day, Stephen (2010), “The Political Challenge of Yemen’s Southern Movement”, Middle East Program, No. 108, pp. 1-30.

Dassé, Martial (1978), “Les Droits des minorités nationales dans la Constitution birmane de 1947”, Journal of the Siam Society, Vol. 66, No. 1, pp. 112-138.

Dingli, Su (2012), “The politics of (Re)Unification: Lessons from Yemen for Cyprus”, The Cyprus Review, Vol. 24, No. 2, pp. 29-46.

Dorlian, Samy (2006), “Zaydisme et Modernisation; Émergence d’un novel universel politique?”, Chroniques Yéménites, Vol. 13.

Dorlian, Samy (2008), “Les reformulations identitaires du zaydisme dans leur context socio-politique contemporain”, Chroniques yéménites, Vol. 15.

Dresch, Paul (2000), A History of Modern Yemen, Cambridge: Cambridge University Press.

Dunbar, Charles (1992), “The Unification of Yemen: Process, Politics, and Prospects”, Middle East Journal, Vol. 46, No. 3, pp. 456-476.

Enazy, Askar H. (2002), “The International Boundary Treaty (Treaty of Jeddah) Concluded between the Kingdom of Saudi Arabia and the Yemeni Republic on June 12, 2000”, The American Journal of International Law, Vol. 96, pp. 161-172.

Foster, Robert A. (2017), “The Southern Transitional Council: Implications for Yemen's Peace Process”, Middle East Policy, Vol. 24, No. 3, pp. 133-144.

Furnivall, John Sydenham (1960), The Governance of Modern Burma, New York: International Secretariat, Institute of Pacific Relations.

Gaus, F. Gregory (1988), “Yemeni Unity: Past and Future”, Middle East Journal, Vol. 42, No. 1, pp. 33-47.

Gaus, F. Gregory (1987), “The Idea of Yemeni Unity”, Journal of Arab Affairs, Vol. 6, No. 1, pp. 55-81.

Gomá, Daniel (2011), “El movimiento comunista birmano y el fracaso de su utopía revolucionaria (1945-1975)”, Revista de Estudios Sociales, No. 41, pp. 122-134.

Grosby, Steven (1995), “Territoriality: the transcendental, primordial features of modern societies”, Nations and Nationalism, Vol. I, No. 2, pp. 143-162.

Guldescu, Stanko (1965), “The Background of the Yemeni Revolution of 1962”, The Dalhousie Review, Vol. 45, No. 1, pp. 66-77.

Hamad Zahonero, Leyla (2007), “El fenómeno tribal en Yemen: sustrato histórico del poder de las tribus”, Revista de Estudios Internacionales Mediterráneos, No. 2. Available on: https://revistas.uam.es/index.php/reim/article/view/744

Hamad Zahonero, Leyla (2011), “Los movimientos antigubernamentales en Yemen: ¿la revolución frustrada?”, Relaciones Internacionales, Vol. 18, pp. 113-134.

Hamad Zahonero, Leyla (2013), La relación del Estado y las tribus en Yemen: entre la cooperación y la confrontación, Tesis Doctoral. Universidad Autónoma de Madrid.

Hendrick, Jessica (2017), Burma divorces India: les relations difficiles entre Birmans et Indiens en Birmanie coloniale (1918- 1942), Mémoire présenté comme exigence partielle de la maîtrise en Histoire, Université du Québec à Montréal.

Holliday, Ian (2010), “Ethnicity and Democratization in Myanmar”, Asian Journal of Political Science, Vol 18, No. 2, pp. 111-128.

Ikeda, Kazuto (2012), “Two versions of Buddhist Karen History of the Late British Colonial Period in Burma: Kayin Chronicle (1929) and Kuyin Great Chronicle (1931)”, Southeast Asian Studies, Vol. 1, No. 3, pp. 431–460.

International Crisis Group (2017), “Yemen’s al-Qaeda: Expanding the Base”, Middle East Report No. 174 (2 February).

Jolliffe, Kim (2015), Ethnic Armed Conflict and Territorial Administration in Myanmar, The Asian Foundation.

Kohlberg, Etan (1976), “Some Zaydī Views on the Companions of the Prophet”, Bulletin of the School of Oriental and African Studies, Vol. 39, No. 1, pp. 91-98.

Kyaw, Toe T. (2014), “A Study on the Colonial Administration in Myanmar (1886 - 1945)”, Hinthada University Research Journal, Vol. 5, No. 1, pp. 103-113.

Lustick, Ian S. (1997), “The absence of Middle Eastern great powers: political ‘backwardness’ in historical perspective”, International Organization, Vol. 51, No. 4, pp. 653-683.

Myint Aung, S. (2004), “Le nationalisme birman: naissance et evolution”, Paper for Graduate Seminar in Comparative Politics (Asia).

Nepote, Jaques (1992), “La Birmanie post-coloniale (1942-1992), histoire manquée d’une tentative de reconstruction culturelle?”, Péninsule, Vol. 24/25, pp. 105-129.

Onley, James (2009), “The Raj Reconsidered: British India’s Informal Empire and Spheres of Influence in Asia and Africa”, Asian Affairs, Vol. XL, No. I, pp. 44-62.

Ochsenwald, William (2015), “Ottoman Arabia and the Holy Hijaz, 1516-1918”, Journal of Global Initiatives: Policy, Pedagogy, Perspective, Vol. 10, No. 1, pp. 23-34.

Rahman, Shameema & Zeldin, Wendy (2015), “Burma: Four ‘Race and Religion Protection Laws’ Adopted”, Global Legal Monitor. Retrieved from:

http://www.loc.gov/law/foreign-news/article/burma-four-race-and-religion-protection-laws-adopted/ (Accessed 7/02/2019).

Robbins, Robert R. (1939), “The Legal Status of Aden Colony and the Aden Protectorate”, The American Journal of International Law, Vol. 33, No. 4, pp. 700-715.

Rubio García, Leandro (1958), “Los diez años de la Birmania independiente”, Revista de Política Internacional, No. 39, pp. 65-83.

Santiago, José (2015), Siete lecciones de sociología de la religión y del nacionalismo, Barcelona: Anthropos.

Segara Arumugan, Raja (1977), State and Oil in Burma: An Introductory Survey, Research Notes and Discussions Series 3, Institute of Southeast Asian Studies.

Smith, Martin (2002), Burma (Myanmar): The Time for Change, Londres: Minority Rights Group International.

Starr, Harvey (2013), “On geopolitics: spaces and places”, International Studies Quarterly, No. 57, pp. 433-439.

Thorner, Alice (1945), “White Paper on Burma”, Far Eastern Survey, Vol. 14, No. 11, p. 145.

Thornton, Scott E. (2015), The History of Oil Exploration in the Union of Myanmar, International Conference and Exhibition, Melbourne, 13-16 September.

Varios (2000) “Burma. Repression, Discrimination and Ethnic Cleansing in Arakan”, International Federation of Human Rights Leagues, Vol. 290, No. 2. 

Walton, Mathew J.; McKay, Melyn, & Khin Mar Mar Kyim, Dawn (2015), “Women and Myanmar's ‘Religious Protection Laws’”, The Review of Faith & International Affairs, Vol. 13, No. 4, pp. 36-49.

Weiss, Stanley A. (2017), “Did Aung San Lead at Panglong – or Follow? Myanmar’s ethnic minorities have a different view on Aung San’s place in history”, The Diplomat, July 21.

Wilson, Edward O. (1980), Sociobiología. La nueva síntesis, Barcelona: Omega.

Xia, Lu (2010), “Regional Factors in Yemen’s Reunification”, Journal of Middle Eastern and Islamic Studies (in Asia), Vol. 4, No. 4, pp. 102-120.

Yadav, Stacey P. (2015), Yemen’s Muslim Brotherhood and the perils of powersharing, Washington: Rethinking Political Islam Series, Working Paper, Brookings Institution.

Yusuf Siddiq, Mohammad (2012), “Advent of Islam in Bengal: An Epigraphic Approach”, International Proceedings of Economics Development and Research, Vol. 48, No. 6, pp. 24-27.

Za Mang, Pum (2016), “Religion, Ethnicity, and Nationalism in Burma”, Journal of Church and State, Vol. 59, No. 4, pp. 626–648.


[1] Utilizo Birmania en vez de Myanmar sin ningún interés ideológico, únicamente porque en España la opinión pública reconoce mejor el primer término.

[2] Inicialmente, el término  de sayyid se aplicaba a los descendientes por la rama de Hasan, mientras que los que derivaban de la rama de Husayn solían ser llamados jerife o sharif.

 

Español

         Licencia de Creative Commons

Revista de Estudios en Seguridad Internacional is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://www.seguridadinternacional.es/revista/.