En busca de los extremos: tres modelos para comprender la radicalización

ROBERTO M. LOBATO

Universidad de Granada, España

 

Title: The Pursuit of Extremes: Three Models to Understand Radicalization

Resumen: la reciente proliferación de los casos de radicalización alrededor del mundo ha colocado esta temática en la agenda de las naciones. La radicalización, entendida como un proceso por el que se alcanza un compromiso cada vez mayor con una ideología política o religiosa extremista, constituye, a día de hoy, un desafío con el que debemos lidiar de cara a mejorar nuestras sociedades en materia de seguridad. Ahora bien, muchos de los procedimientos académicos usados para comprender mejor este fenómeno carecen de validez empírica que nos permita confiar en los conocimientos que aportan. Esta práctica ha llevado a que exista una gran cantidad de material relacionado con la radicalización, sobre todo después del 11-S, pero no a la consolidación y validación del conocimiento que poseemos. A causa de ello, en esta revisión nos proponemos hacer explícitos tres modelos teóricos que se centran en la radicalización violenta. Los tres modelos parten, mayoritariamente, de la psicología social y cuentan con bagaje empírico que sustenta su validez. Estos son: el modelo de las 3N (también conocido como la teoría de la búsqueda de significado), el modelo de los actores devotos y el enfoque de las dos pirámides. Estos tres modelos se centran, respectivamente, en las teorías de la motivación, en la identidad y los valores, y en la diferencia entre las cogniciones y las acciones. Asimismo, cada uno propone diferentes factores explicativos y desencadenantes, así como distintas variables dependientes que explican dichos factores desde comportamientos violentos hasta el sacrificio. En ellos encontramos diferencias y similitudes que validan y complementan algunos de los procesos que proponen. Por tanto, conocerlos y entenderlos va a aportarnos un conocimiento más profundo a la hora de comprender la radicalización, estudiarla y tomar decisiones de cara a su prevención y/o reducción.

Palabras clave: Radicalización, Búsqueda de significado, Actores devotos, Pirámides de la radicalización.

           

Abstract: The recent proliferation of cases of radicalization around the world has placed this issue on the agenda of the nations. Nowadays, the radicalization, understood as a process by which a growing commitment to an extremist political or religious ideology is reached, represents a challenge that we must deal with in order to improve our societies in terms of security. However, much of the academic procedures used to understand this phenomenon lack the empirical validity that allows us to rely on the knowledge they provide. This practice has led to the existence of a large amount of material related to radicalization, especially after 9/11, but not to the consolidation and validation of the knowledge we possess. Because of this, in this review we propose to explain three of the theoretical models that focus on violent radicalization. These three models mostly come from social psychology and have empirical baggage that supports its validity. These are: the 3N model (also known as the significant quest theory), the devoted actors model and the approach of the two pyramids. These three models focus, respectively, on the theories of motivation, on identity and values, and on the difference between cognitions and actions. Likewise, each one proposes different explanatory and triggering factors, as well as different dependent variables that explain these factors from violent behavior to sacrifice. In them we find differences and similarities that validate and complement some of the processes they propose. Therefore, knowing and understanding them will provide us with a deeper knowledge when it comes to understanding radicalization, studying it and making decisions for its prevention and/or reduction.

Keywords: Radicalization, Quest for significance, Devoted actors, Pyramids of radicalization.

Recibido: 25 de febrero de 2019. Aceptado: 5 de julio de 2019.

Para citar este artículo/To cite this article: Roberto M. Lobato, “En busca de los extremos: tres modelos para comprender la radicalización”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 5, No. 2, (2019), pp. 107-125. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.10.7

 

Introducción

Existen muchas y diversas amenazas para la paz, pero una en concreto ha resurgido en los últimos años con gran fuerza, debido, en gran parte, a su capacidad para instaurar miedo. Nos referimos al terrorismo, el cual se ve nutrido por su capacidad para captar y reclutar miembros, proceso que ha recibido el nombre de radicalización. En consecuencia, la radicalización se ha erigido como uno de los grandes desafíos de nuestra época. Entendida como “el proceso social y psicológico por el que se alcanza un compromiso cada vez mayor con la ideología política o religiosa extremista” (Horgan, 2009: 152), la radicalización puede y se convierte en una preocupación cuando las ideas radicales se expresan a través de comportamientos violentos, en cuyo caso los funcionarios del gobierno y académicos comienzan a hablar sobre extremismo violento o radicalización violenta. Sin embargo, el único desafío no es lidiar con los radicalizados sino conocer cómo se radicalizan los sujetos y cómo prevenirlo. Por tanto, para dar respuesta a esta pregunta han surgido diversas teorías y modelos desde diversos campos (para una revisión ver King & Taylor, 2011; Moyano y Trujillo, 2013; Victoroff, 2005).

No obstante, muchos de estos modelos no cuentan con evidencia empírica (Schuurman, 2018; Silke, 2001). Por tanto, a la hora de estudiar este fenómeno, es necesario tener un conocimiento profundo respecto a los modelos que se van a usar. Teniendo todo esto en cuenta, este trabajo de revisión tiene por objeto exponer tres modelos que explican los procesos de radicalización. Estos tres modelos, que parten principalmente de la psicología social, aportan diferentes interpretaciones sobre cómo se radicalizan los individuos poniendo el foco en diferentes procesos psicosociales. A pesar de que existen diferentes concepciones de los procesos de radicalización desde otros campos, consideramos que, dado el alto componente grupal y psicológico que existe en estos procesos, la psicología social puede dar una visión bastante completa de los procesos de radicalización a un nivel meso y micro (Jordán, 2009). Aun así, las aportaciones desde otros campos académicos no solo son útiles sino necesarias para completar los modelos aquí propuestos.

Los tres modelos teóricos seleccionados para esta revisión y que se desarrollarán a continuación son: el modelo de las “3N” (también conocido como la teoría de la búsqueda de significado), el modelo de los actores devotos y el enfoque de las dos pirámides.

 

Modelo de las 3N

Tratando de responder a la pregunta, ¿qué motiva a individuos “normales” para convertirse en radicales? Webber y Kruglanski (2017)proponen que la respuesta se haya en la intersección de tres fuerzas psicológicas a las que denominan las 3N: 1) las necesidades o motivación del individuo, 2) las narrativas ideológicas de la cultura del individuo, y 3) la interacción entre la presión grupal y la influencia social que ocurre dentro de la red social del individuo.

De acuerdo con este modelo (Kruglanski et al., 2013), el camino hacia la radicalización comienza con la activación de la búsqueda de significado, que dirige la atención hacia los medios para conseguir significado. Estos se encuentran en la narrativa colectiva (ideología) del endogrupo pues son las creencias de un grupo las que informan sobre lo que es significativo o importante a ojos de los demás. Si tal ideología identifica la violencia y el terrorismo como un medio para conseguir el significado, las personas pueden apoyar y comprometerse con la violencia y el terrorismo. Por su parte, los procesos grupales serían los que unen los dos procesos previos. De esta forma, el compromiso con el grupo restaura el significado de los individuos ya que los recompensa de varias maneras (prestigio, recursos y sentimiento de pertenencia).

 

Necesidades: motivación individual

El primer factor hace referencia a la motivación del individuo de radicalizarse, la cual no hay que confundir con la motivación que pudiera tener la organización de pertenencia. Intentando integrar los distintos factores motivacionales de los terroristas, estos autores (Kruglanski, Chen, Dechesne, Fishman & Orehek, 2009; Kruglanski et al., 2013; Kruglanski, Chernikova, Rosenzweig & Kopetz 2014)encuentran que existe una única fuerza motivacional, la búsqueda de significado. La búsqueda de significado se refiere a la necesidad de las personas de marcar la diferencia, importar, ser alguien. Así, la búsqueda de significado sería una fuerza motivacional general, más allá de la mera supervivencia, que integra diferentes motivaciones como el honor, el estatus social, la venganza y la lealtad. Ha sido reconocida por los psicológicos teóricos bajo diversas etiquetas tales como competencia, logro, autoestima, dominio y motivación de control. Lo crucial es que la influencia, la estima, la competencia, el logro o el control se definen social o culturalmente. Esto es, precisamente, lo que representa la búsqueda de significado, el logro de aquello que la cultura dice que merece la pena alcanzar, el tipo de competencia que la cultura valora o el control sobre los resultados que la cultura considera dignos y, para los cuales, se admite la admiración de otros a los que consideramos importantes.

La motivación a la búsqueda de significado no siempre es la fuerza dominante. Por lo tanto, el camino hacia la radicalización a menudo comienza con algún tipo de evento desencadenante que active tal motivación; tiene que establecerse una meta, un objetivo, a partir de ese evento. Así, la búsqueda de significado se despierta por alguna circunstancia y, en respuesta, uno inicia una búsqueda de los medios para alcanzar ese objetivo recurriendo al endogrupo, el cual espera que el individuo adopte sus normas y valores mientras, a cambio, le ofrece aceptación y respeto. De acuerdo con Kruglanski et al. (Kruglanski, Chen, Dechesne, Fishman & Orehek 2009; Kruglanski et al., 2013; Kruglanski, Chernikova, Rosenzweig & Kopetz 2014), existen tres eventos que pueden activar la búsqueda de significado: 1) la pérdida de significado (e.g., humillación, alienación social); 2) la percepción de una amenaza al significado (e.g., la posibilidad de ser rechazado); y 3) la oportunidad de obtener una ganancia considerable de significado (e.g., convertirse en un héroe, un mártir).

  • La pérdida de significado se refiere a sentirse insignificante, lo cual puede suceder a través de la humillación, el deshonor y la vergüenza. Esta pérdida puede ser de dos tipos: individual o grupal. La pérdida individual ocurre cuando la humillación se debe a las circunstancias personales. Cualquier fracaso personal o transgresión en contra de una norma social importante puede ser suficiente, sobre todo la pérdida de logro o éxito (e.g., empleo, trabajo, estrato social, aspiraciones; Jasko, LaFree & Kruglanski, 2016). Por otra parte, la pérdida grupal ocurre cuando la humillación o la vergüenza surgen de la identidad grupal o categoría de pertenencia.
  • La percepción de una amenaza puede producir una pérdida potencial de significado. En este caso, los sujetos están motivados para evitar los sentimientos de insignificancia que se producirían si no actuaran en nombre de su grupo.
  • Finalmente, algunos sujetos se sienten atraídos por la posibilidad de ser más importantes. Algunos ejemplos los encontramos en el estatus de mártires o héroes que reciben quienes realizan acciones terroristas (Kruglanski et al., 2013).

Brevemente, la activación de la búsqueda de significado resultaría en la supresión y devaluación de otros objetivos, incluida la auto-preservación, que es la razón por la cual, en el nivel más alto de radicalización, los terroristas están dispuestos a sacrificar todo, incluso sus propias vidas, para promover su ideología (Kruglanski et al., 2013). Sin embargo, para que el proceso de radicalización tenga lugar no basta con que se active la motivación de búsqueda (Kruglanski, Chernikova, Rosenzweig & Kopetz 2014). Para ello, es necesario que la violencia sea identificada como un medio para conseguir significado. Además, el compromiso con el uso de la violencia tiene que volverse dominante hasta ser incompatible con otras posibles fuentes de significado.

 

Narrativa: el rol de la ideología

La segunda fuerza psicológica es la narrativa cultural. Los individuos cuentan con una lista de medios culturalmente determinados que están socialmente compartidos y enraizados en una ideología a la que su grupo se suscribe. La ideología es la que identifica los objetivos y los medios apropiados para alcanzarlos. De este modo, la reacción depende de la norma cultural que sea relevante en cada situación. Si las normas prosociales son salientes, las personas se comportarán de forma más prosocial. Por el contrario, el extremismo violento sigue siendo una opción viable para aquellos altamente comprometidos si se presenta como un medio legítimo y eficaz para conseguir significado (Kruglanski et al., 2013). Típicamente, esto ocurre a través de una ideología justificadora del terrorismo que define la defensa del grupo como la tarea preeminente que será recompensada por la gloria y la veneración (Sabucedo, Blanco & de la Corte, 2003). Por supuesto, estas ideologías variarán en su contenido específico; algunas pueden invocar enseñanzas religiosas o escrituras para justificar actos de violencia, mientras que otras pueden ser puramente nacionalistas o etnocéntricas en valores. Independientemente del contenido invocado, su propósito es sugerir un medio por el cual se pueda obtener o restablecer el significado, en este caso específico, los medios son la violencia y el terrorismo.

Para describir convincentemente la violencia como un medio para conseguir el significado, una ideología debe incluir varios elementos (Webber & Kruglanski, 2017). Uno de estos elementos es la identificación de un agravio o queja que se ha perpetrado contra el endogrupo. Posteriormente es necesario identificar a los responsables o culpables. En ocasiones, el agravio será la consecuencia directa de acciones perpetradas por un enemigo. En tales circunstancias, el agravio está directamente relacionada con el enemigo responsable. En otras ocasiones, sin embargo, los agravios se pueden atribuir a otra entidad a través de un proceso de búsqueda de chivos expiatorios. Además, la ideología debe justificar la violencia como una respuesta adecuada para dirigirse al responsable del agravio y debe reducir la disonancia que produce la práctica de la violencia y el daño a otros individuos, cosas que típicamente se perciben como inmorales, y transformarlas en acciones legítimas. Esencialmente, la ideología proporciona a sus adherentes una justificación que hace que una acción violenta sea no solamente permisible, sino también necesaria y loable (McAlister, Bandura & Owen, 2006). Esto cambia la definición misma del acto en cuestión, ya que las personas ya no consideran las formas legítimas de violencia en la misma categoría que las formas injustificadas de violencia, como el homicidio y la violación. Pero lo más importante es que libera al individuo para que actúe de manera violenta sin sentirse culpable por transgredir la moral. La acción inmoral también puede hacerse permisible a través de una ruta indirecta. Esta consistiría en deslegitimar al exogrupo contra el cual se perpetrará la acción violenta. De este modo, la deslegitimación se entiende como la categorización de un grupo o grupos en categorías sociales extremadamente negativas que están excluidas del ámbito de las normas y/o valores aceptables (Sabucedo, Rodríguez Casal y Fernández Fernández, 2002).

Finalmente, si uno debe percibir los medios prescritos en la ideología como un mecanismo potencial para la ganancia o la restauración del significado, uno debe creer que tales medios tienen una alta probabilidad de éxito. El fracaso solo empeora la humillación y profundiza la insignificancia que uno puede sentir. Por el contrario, el compromiso con el endogrupo restablece el significado mediante recompensas como el prestigio, estatus, recursos y sentimientos de pertenencia (e.g., Tajfel & Turner, 1979). Las consecuencias más inmediatas son el efecto de empoderamiento, al verse a sí mismo como parte de una entidad más grande y fuerte, y los efectos del sacrificio, la disposición a seguir las normas del grupo y/o actuar en su nombre sin importar el precio (Kruglanski et al., 2013). En general, cuando la ideología del grupo es justificadora del terrorismo, puede impulsar el apoyo de la violencia/martirio en nombre del grupo (Dugas et al., 2016). Por el contrario, cuando la ideología del grupo es tolerante y benevolente, puede fomentar conductas conciliatorias y prosociales.

 

Red social: dinámicas grupales

La red social se refiere al grupo de personas que se suscriben a la narrativa. Su manera de contribuir a la radicalización individual es doble (Kruglanski, Jasko, Webber, Chernikova & Molinario, 2018). Por un lado, el contacto con dicha red hace que la narrativa justificadora de la violencia se haga cognitivamente accesible para los sujetos. Por otro lado, el apoyo de la red a la narrativa la valida y sirve como prueba de su veracidad y solidez. La validez de la ideología justificadora del terrorismo se desmoronaría si no se compartiera de manera consensuada dentro de un grupo más grande. Mantener la fe en estas ideologías, como con todos los sistemas de creencias, requiere una validación consensuada (Fu et al., 2007). Convencer a una nación entera de que la violencia y el extremismo son aceptables es una tarea complicada. Dichas acciones, por definición, están fuera de sintonía con la mayoría de la comunidad. Por lo general, la mayoría de las personas tienden a equilibrar las preocupaciones múltiples de la vida en lugar de comprometerse desproporcionadamente con una causa única, abarcando todos los medios necesarios para avanzar. Por otra parte, es más fácil reclutar a un subconjunto mucho más pequeño y concentrado de la población y hacer que respalde valores extremos. Por ejemplo, las personas enajenadas pueden encontrar camaradería en una mezquita y su frustración común puede canalizarse hacia el extremismo a través de ideas que emanan de la predicación de un imam despiadado (Sageman, 2004).

A menudo, sin embargo, estos grupos de radicales representan a un miembro individual más que la categoría social a la que pertenece. En su lugar, se convierten en una segunda familia. En tales casos, los individuos están fusionados con su grupo; van a ver su identidad personal y grupal como una sola (Swann & Buhrmester, 2015; Swann, Jetten, Gómez, Whitehouse & Bastian, 2012). Estos procesos son de gran importancia, dado que esas personas fusionadas están más dispuestas a sacrificarse para proteger al grupo y más dispuestas a participar en la violencia en nombre del grupo ( Swann, Gómez, Seyle, Morales & Huici, 2009).

 

Actores devotos

El modelo teórico de los actores devotos aúna la teoría de la fusión de la identidad y la teoría de los valores sagrados, y ha sido, principalmente, usado para predecir el comportamiento violento grupal (Atran, Sheikh & Gómez, 2014). Este modelo, que ha sido testado empíricamente mediante una metodología que combina estudios de laboratorio y de campo (Atran, 2016; Gómez et al., 2016; 2017), predice que las personas van a estar dispuestas a luchar y morir por diversas causas, entre ellas los miembros de su endogrupo y las ideas y valores (Atran, Sheikh & Gómez, 2014), sobre todo cuando alguno de estos factores se ve amenazado (Atran, Axelrod & Davis, 2007; Atran et al. 2014; Sheikh, Gómez & Atran, 2016). Así, cuando las personas fusionadas perciben que los miembros del grupo comparten atributos físicos y valores, éstas están más dispuestas a proyectar lazos familiares típicos de pequeños grupos a grupos más extensos, lo cual incrementa la disposición a luchar y morir por ese grupo más extenso (Swann et al., 2014). Las personas van a estar dispuestas a proteger valores morales importantes o sagrados a través de sacrificios costosos y acciones extremas, estando incluso dispuestos a matar y morir, particularmente cuando tales valores están incrustados o fusionados con la identidad grupal, llegando a ser intrínsecos al quién soy y quienes somos. De esta forma, cuando las personas acaban actuando como actores devotos para proteger sus valores sagrados o su grupo, su comportamiento es difícil de predecir dado que no se basa en un análisis racional y utilitarista de los costes y las consecuencias (Gómez et al., 2017). Sus comportamientos se basan en un compromiso absoluto con lo que consideran moralmente correcto, sin importar los riesgos que implique ni las recompensas que puedan conseguirse.

 

Fusión de la identidad

La fusión de la identidad ocurre cuando la identidad social se vuelve un componente esencial del autoconcepto personal (Gómez y Vázquez, 2015; Swann & Buhrmester, 2015; Swann, Jetten, Gómez, Whitehouse & Bastian, 2012). La fusión de la identidad es descrita como un sentimiento visceral de unidad con el grupo en el que el yo personal y el yo social se fusionan, de forma que los límites entre ambos se vuelven porosos. La consecuencia es una fuerte unión con el grupo, pero, sin embargo, la identidad del yo personal y social mantienen cierto grado de independencia.

La teoría de la fusión de la identidad se sustenta en cuatro principios que la diferencian de otras teorías como la de la identidad social (Swann, Jetten, Gómez, Whitehouse & Bastian, 2012). Estos son la agencia personal, la sinergia de la identidad, los lazos relacionales y la irrevocabilidad. 1) El principio de la agencia personal nos indica que aquellas personas fuertemente fusionadas con el grupo creen que lo que una sola persona puede hacer puede tener consecuencias en todo el grupo. Por otra parte, 2) el principio de la sinergia de la identidad indica que la combinación de la identidad personal y social de los individuos fuertemente fusionados hace que ambas funcionen como una única entidad. Por tanto, la activación de la identidad personal o de la grupal van a tener las mismas consecuencias. De acuerdo con 3) el principio de los lazos relacionales, las personas fusionadas reconocen y valoran las diferencias entre los miembros del grupo, y los valoran tanto por pertenecer al grupo como por ser singulares, existe un doble vínculo. De esta forma, pueden llegar a tratar a los miembros del grupo como si fueran hermanos y hermanas. Por último, 4) el principio de irrevocabilidad hace referencia a que el vínculo de las personas fusionadas con su grupo tiende a mantenerse fuerte y estable a lo largo del tiempo (Fredman et al., 2015).

Como se ha demostrado, existen, al menos, cuatro mecanismos que median estos efectos. El primero es la agencia personal, la convicción de que su capacidad para dirigir y controlar tanto su comportamiento como el del grupo (Gómez et al., 2011; Swann, Gómez, Dovidio, Hart & Jetten, 2010). El segundo mecanismo es la invulnerabilidad, que consiste en creer que nada malo puede pasar tanto al grupo como al individuo (Gómez et al., 2011). El tercer mecanismo, los lazos relacionales, indica que los miembros fuertemente fusionados tienen la sensación de que los otros miembros del grupo son como hermanos y hermanas, como parte de la familia (Swann et al., 2014). Por último, el compromiso emocional se refiere a que las personas con una fusión fuerte presentan una tendencia a seguir sus convicciones morales y comportarse del modo que consideran adecuado en una situación concreta (Swann, Gómez, Buhrmester, López-Rodríguez, Jiménez & Vázquez, 2014).

De este modo, los individuos fuertemente fusionados están dispuestos a realizar comportamientos extremos en defensa del grupo (Fredman et al., 2015), especialmente cuando las personas fusionadas comparten valores sagrados (Gómez et al., 2017). Esta tendencia a defender al grupo es más destacada cuando existe una amenaza a la identidad personal o grupal, ya que esta va a activar un comportamiento pro-grupal en los individuos fusionados (Gómez et al., 2011; Swann, Jetten, Gómez, Whitehouse & Bastian, 2012), al cual contribuirán tanto la activación fisiológica (e.g., el aumento del ritmo cardíaco) como la activación o la saliencia de las características grupales, ya sean biológicas o sociales (Swann et al., 2014).

 

Valores sagrados

Mientras que la fusión de la identidad puede explicar, en cierta medida, el sacrificio por el grupo, ésta no es suficiente para explicar porque la gente se sacrifica por defender ideas. Estos comportamientos son mejor explicados por la teoría de los valores sagrados (Ginges & Atran, 2014). Algunas personas creen que una cosa o una idea no son simples preferencias que pueden ser cuantificadas, negociadas o intercambiadas por cualquier causa material o inmaterial, sino que son valores sagrados que debe respetarse de forma absoluta y protegerse por encima de todo y de todos (Tetlock, 2003). Cuando una preferencia secular por algo se convierte en un valor sagrado, también se convierte en un imperativo moral con un valor intrínseco que lo hace incomparable con otro tipo de valores. En este momento, el valor sagrado deja de ser intercambiable por bienes materiales o inmateriales.

Los valores sagrados se distinguen de los valores materiales e instrumentales en que incorporan creencias morales que impulsan a la acción sin tener en cuenta la perspectiva del éxito (Tetlock, 2003). Aunque se tienda a pensar que nuestras conductas son racionales y que a la hora de tomar decisiones tenemos en cuenta el balance entre costes y beneficios, muchas de las decisiones importantes que tomamos se ven guiadas por nuestras creencias culturales sobre lo que está bien y lo que está mal (Gelfand et al., 2013). Además, todas las sociedades tienen valores sagrados y éstos varían de unas a otras y con el tiempo. De este modo, los valores sagrados proporcionan ciertas características que, desde una perspectiva evolucionista, pueden considerarse como ventajosas (Atran, 2016). Algunas de estas características son: 1) el compromiso con una lógica regida por normas de idoneidad moral que lleva a hacer lo que es moralmente correcto sin importar los riesgos o recompensas ni seguir un cálculo utilitario de costos y consecuencias; 2) la inmunidad a los compromisos materiales hasta tal punto que las ofertas de incentivos o desincentivos para renunciar a los valores sagrados aumentan la negativa a comprometerse o negociar; 3) la resistencia a la influencia social y a las estrategias de salida, lo que conduce a la solidaridad social; y 4) la insensibilidad a las distancias espaciales y temporales, las consideraciones de lugares y personas lejanas e incluso de los acontecimientos pasados ​​y futuros asociados con los valores sagrados superan con creces las preocupaciones de aquí y ahora. De este modo, las personas con una fuerte fusión de la identidad y que poseen valores sagrados presentan mayor tendencia a realizar comportamientos extremos, ya sea en defensa del grupo o de los valores.

De este modo, los valores sagrados van a influir en la toma de decisiones debido a que forman parte de la identidad personal y social y, por tanto, son una parte intrínseca de quienes somos (Atran & Ginges, 2012; Sheikh, Ginges & Atran, 2013). Según el modelo de protección de los valores sagrados (Tetlock, 2003; Tetlock et al., 2000), utilizamos ciertas estrategias psicológicas para defender nuestros valores cuando estos se ven amenazados. Algunas de estas estrategias son: 1) el ultraje moral, experimentar una aversión que presenta componentes cognitivos, afectivos y comportamentales; y 2) la purificación moral, llevar a cabo actos simbólicos que reafirmen el compromiso con el valor sagrado. Las personas que mantienen valores sagrados van a ser más resistentes a la presión social, su percepción psicológica de la distancia temporal de eventos asociados con los valores sagrados es más reducida (perciben esos eventos como más cercanos en el tiempo) y están menos dispuestos a aprovechar beneficios personales para intercambiar o abandonar sus valores, incluso si esos beneficios implican otros valores también importantes (Sheikh et al., 2013). 

Por otra parte, cuando los valores sagrados son compartidos, cobran relevancia en las situaciones de conflicto intergrupal debido a que los valores sagrados se relacionan con los comportamientos extremos (Atran & Ginges, 2012; Ginges et al., 2007). Se ha comprobado que los intentos de negociación que ofrecen incentivos materiales (e.g., dinero) cuando los valores sagrados están en juego tienen un efecto contraproducente, incrementa el ultraje moral y el apoyo a la acción violenta (Ginges et al., 2007; Ginges & Atran, 2014). Cuando un conflicto determinado pone en juego, o incluso enfrenta, los valores sagrados de diferentes grupos, estos valores contribuyen a la perpetuación de dicho conflicto (Sheikh et al., 2013). Sin embargo, la realización de concesiones simbólicas, sin beneficio material pero que reconocen los valores del otro, puede abrir el camino para resolver conflictos intratables (Ginges & Atran, 2014).

 

Enfoque de las dos pirámides

El enfoque de las dos pirámides (Leuprecht et al., 2010; McCauley & Moskalenko, 2008)ha sido útil a la hora de analizar el apoyo, la legitimidad y la vinculación al terrorismo. Este modelo distingue dos formas de radicalización que son la radicalización de la narrativa (ideología) y la radicalización de la acción, y propone que los procesos de radicalización se producen a través de diferentes mecanismos en tres niveles de análisis (individuo, grupo y masa). De acuerdo con estos autores, la radicalización ocurre como resultado del incremento extremo de creencias, sentimientos y comportamientos en apoyo de un conflicto intergrupal y de la violencia. Para representarlo de forma metafórica, usan una pirámide que hace alusión a las pirámides demográficas de población. De modo que la mayoría de la población se situaría en la base mientras que en la cúspide solo estarían unas pocas personas en comparación con el total de la población.

 

La pirámide de la radicalización de la narrativa

En cuanto a la pirámide de la radicalización de la narrativa (Leuprecht et al., 2010), ésta presenta cuatro niveles: 1) neutrales, 2) simpatizantes, 3) justificadores y 4) obligación moral personal. Tomando como ejemplo la narrativa de la yihad global (Hegghammer, 2014; Leuprecht et al., 2009), en la base de la pirámide se sitúan los musulmanes que no aceptan ninguna de las narrativas que usa la yihad global (neutrales). En un nivel superior están aquellos que simpatizan con algunas de las ideas del marco yihadista, como que Occidente está librando una guerra contra el islam (simpatizantes). A continuación están los musulmanes que creen que los yihadistas actúan en defensa del islam y que sus acciones están justificadas moralmente y religiosamente (justificadores). Por último, en lo más alto de la pirámide se sitúan los musulmanes que creen que es deber individual apoyar y participar en la defensa del islam (obligación moral personal).

En el islam se distingue entre la defensa que debe ser ordenada por una autoridad legítima, una responsabilidad del grupo, y la defensa que es una obligación individual de cada buen musulmán. La cúspide de la pirámide designa a aquellos que piensan que la amenaza actual al islam justifica una obligación individual que no depende de tener autoridad estatal o religiosa detrás de ella.

 

La pirámide de la radicalización de la acción

En cuando a las conductas radicales, se ha visto que las creencias son predictores poco fiables de la predisposición de los individuos a cometer actos de terrorismo (Taylor, 2010). Una posible razón reside en el alto coste que supone usar la violencia. En estos casos, la brecha entre creencias y comportamientos es muy grande. Retomando el ejemplo de la yihad, el costo de oportunidad de creer en una guerra contra el islam y pensar que los ataques suicidas están justificados es relativamente bajo mientras que el coste de una acción en defensa del islam es desproporcionado. De ahí la necesidad de distinguir entre los dos tipos de radicalización representados por las dos pirámides.

La pirámide de la radicalización de la acción (Leuprecht et al., 2010)también distingue entre cuatro niveles, atendiendo al grado de radicalización de las acciones que se realizan en apoyo al endogrupo: 1) inertes, 2) activistas, 3) radicales y 4) terroristas. Usando el ejemplo previo, la base incluye a todos los musulmanes que son políticamente inertes, cualesquiera que sean sus creencias o sentimientos. En el siguiente nivel están representados los activistas comprometidos con las acciones políticas legales y no violentas. En un nivel superior se sitúan los radicales, éstos estarían involucrados en acciones políticas ilegales que pueden incluir violencia. Finalmente, en la cúspide de la pirámide se encuentran los terroristas, que son radicales que apuntan a la violencia letal entre los civiles. La diferencia entre el comportamiento político no violento y violento reside en la importancia de esta distinción para la seguridad pública (Ganor, 2002), ya que los comportamientos políticos no violentos solo van a ser de interés siempre y cuando sean presagios de comportamientos violentos.

Las fronteras entre los distintos niveles de la pirámide de la acción representan los puntos de acción más importantes: de no hacer nada se pasa a hacer algo, de la acción política legal a la acción política ilegal y de ésta a matar a civiles. No obstante, es importante tener claro que la pirámide de la acción no es una cinta transportadora ni una teoría de escenarios en la que un individuo progresa pasando de un nivel a otro de manera lineal hasta convertirse en terrorista (McCauley & Moskalenko, 2014). No es necesario ser un activista para convertirse en radical, ni estar involucrado en la acción radical no violenta para pasar a la acción radical violenta.

 

Relación entre las dos pirámides

La relación de las dos pirámides no es simple. La aceptación de los elementos narrativos se relaciona con los niveles de acción, de modo que la aceptación de una obligación moral personal es muy probable entre los terroristas y menos probable entre los inertes. Del mismo modo, el no creer en ninguno de los aspectos de la narrativa es más probable entre los inertes y menos probable entre los terroristas. Por tanto, la relación entre ambas pirámides es probabilística, no determinista. Solo unos pocos terroristas no van a aceptar ninguna parte de la narrativa, por ejemplo, individuos que se unen a un grupo terrorista por la emoción de las armas y la lucha (Gallagher, 2017). Del mismo modo, solo van a existir algunos individuos políticamente inertes que sientan que la narrativa es una obligación moral personal como los individuos que no quiere herir a sus padres al partir para la yihad (McCauley, 2009). De este modo, un sujeto se podría radicalizar sin ni siquiera ser simpatizante de la narrativa, aunque lo más probable es que durante la participación en un grupo radical pronto se aprenda la narrativa radical. También es de destacar que el enfoque de las dos pirámides considera que el radicalismo es algo más que una forma extrema de activismo (Moskalenko & McCauley, 2009). Causa de ello es que el radicalismo sería una valoración diferente de la situación política que justifica, o incluso requiere, la violencia como el único camino posible para el cambio político. De acuerdo con este enfoque, el activismo y el radicalismo pueden ser respuestas competidoras ante la necesidad percibida de un cambio político. Por tanto, el proceso de radicalización violenta es el resultado de la interacción de múltiples factores en vez de un proceso lineal progresivo. Esto implica que se pueden producir saltos de un nivel a otro, no continuo, de la pirámide.

 

Mecanismos de radicalización

Dentro del enfoque de las dos pirámides se distinguen doce mecanismos de radicalización a tres niveles distintos (McCauley & Moskalenko, 2008, 2011; Moskalenko & McCauley, 2009). El punto de partida se sitúa en el hecho de que la radicalización normalmente se produce en escenarios de acción-reacción entre los radicales y un enemigo hipotético (e.g., un estado), enfatizando el rol que tiene la percepción de una amenaza y las dinámicas que se producen en un conflicto intergrupal. En la tabla 1 aparecen recogidos los mecanismos de radicalización que pueden darse dentro de cada nivel, los cuales son descritos a continuación.

 

Tabla 1. Mecanismos de radicalización en los niveles individual, grupal y de masas

Fuente: elaboración propia a partir de la tabla de McCauley y Moskalenko (2008)

 

1) Radicalización individual por victimización personal. Este mecanismo se refiere a las personas que buscan venganza tras vivir experiencias en las que se han percibido como víctimas (Torres-Marín et al., 2017).

2) Radicalización individual por motivos políticos. En ocasiones, un individuo se radicaliza y usa la violencia en respuesta a acontecimientos políticos. Más que en cualquier otra categoría de radicalización, en ésta hay mayor probabilidad de que exista algún tipo de psicopatología.

3) Radicalización individual por unión a un grupo radical (pendiente resbaladiza). Se refiere a cuando un individuo se radicaliza progresivamente al unirse a un grupo u organización. Normalmente, el progreso de un individuo en un grupo terrorista es lento y gradual, con muchas pruebas pequeñas antes de que se le confíen misiones más importantes, y con muchas tareas no violentas antes de ser invitado a usar la violencia (e.g., mediante armas o bombas).

4) Radicalización individual por unión a un grupo radical (el poder del amor). Muchos individuos son reclutados por un grupo terrorista a través de conexiones personales con terroristas existentes (Sageman, 2004). Ningún terrorista quiere tratar de reclutar a alguien que les pueda traicionar, en la práctica, esto significa reclutar desde la red de amigos, amantes y familiares. La confianza puede determinar la red dentro de la cual los radicales y los terroristas reclutan, pero el amor, a menudo, determina quién se unirá. La atracción del amor romántico y de la camaradería puede ser tan fuerte como la política al mover a los individuos a unirse un grupo radical.

5) Radicalización grupal debida a cambios extremos en grupos de la misma opinión. Las personas sienten presión hacia el acuerdo, tendiendo a mantener unas actitudes y creencias cercanas a la media del grupo (Brown, 1986). Por tanto, la discusión entre individuos con valores similares puede producir un cambio hacia opiniones más extremas.

6) Radicalización grupal debida a la cohesión extrema bajo soledad y amenaza. La interdependencia extrema produce cohesión grupal (Tajfel & Turner, 1979, 1986). Esta cohesión puede hacer que los miembros del grupo perciban que sus compañeros están más cerca que sus hermanos (parentesco psicológico; Whitehouse, 2018). Los niveles muy altos de cohesión van a significar fuertes presiones para el acuerdo con los miembros del grupo. De este modo, una alta cohesión implica altas presiones tanto para el cumplimiento de la conducta como para el consenso de los valores internalizados. Por otra parte, el valor de la realidad social de un grupo es fuerte cuando los miembros son aislados de otros grupos. El consenso del grupo sobre el valor y la moralidad adquiere un enorme poder, incluyendo el poder de justificar e incluso exigir violencia contra quienes amenazan al grupo.

7) Radicalización grupal debida a una competición por la misma base de apoyo. Los grupos en competencia por la misma base de simpatizantes pueden, al igual que los individuos, ganar estatus realizando una acción más radical en apoyo de la causa. Aunque también es posible que un grupo se vuelva demasiado radical y pierda su base de apoyo. La línea que divide este apoyo es muy fina y varía con el tiempo.

8) Radicalización grupal debida a la competición con el poder del estado (condensación). De todos aquellos que participan en las primeras acciones radicales, la mayoría van a renunciar a la acción ya que consideran que los costos son demasiado altos para continuar. Sin embargo, otros no se disuadirán y aumentarán su compromiso y su acción contra el estado. En cualquier caso, el resultado de la interacción entre un grupo estatal y uno no estatal es, a menudo, una escalada mutua de violencia, la cual se ve acompañada de la eliminación de aquellos individuos cuya radicalización no es suficiente para hacer frente a la creciente presión estatal. Estas interacciones pueden hacer que una pequeña fracción del grupo de protesta original se condense en un grupo altamente radicalizado que desde la clandestinidad actúe como una célula terrorista.

9) Radicalización grupal debida a la competición intragrupal (fisión). La competencia dentro del grupo por el estatus, representada en la teoría de comparación social (Festinger, 1954), puede producir un conflicto intenso. La desventaja de combinar lo personal y lo político es que las diferencias de opinión política pueden conducir a animosidades personales y viceversa. De este modo, los conflictos intragrupales conducen a menudo a la división o fisión de un grupo terrorista en múltiples grupos.

10) Radicalización de la masa en conflicto con un exogrupo (políticas jujitsu). En los pequeños grupos, la amenaza del exogrupo conduce a una mayor cohesión, un mayor respeto por los líderes del grupo, un aumento de las sanciones a los que se desvían y la idealización de las normas del grupo (Duckitt & Fisher, 2003). En grupos más grandes, la referencia a la cohesión a menudo se reemplaza con referencia a la identificación del grupo, el patriotismo o el nacionalismo, pero el patrón de respuesta ante una amenaza de un exogrupo es similar a la observada en grupos pequeños. La radicalización masiva producida por un ataque externo es tan confiable que puede ser utilizada como una estrategia. El resultado es la movilización de los simpatizantes mucho más allá de lo que los terroristas podrían lograr por sí mismos. Esta estrategia es llamada política jujitsu: usar la fuerza del enemigo contra él.

11) Radicalización de la masa en conflicto con un exogrupo (odio). A menudo se observa que los grupos en conflicto, especialmente si el conflicto involucra violencia prolongada, se vuelven más extremos en sus percepciones negativas el uno del otro. Esta tendencia puede llegar a ser tan extrema que el enemigo ya no es visto como un ser humano, se deshumaniza (Bandura, 1990).

12) Radicalización de la masa en conflicto con un exogrupo (martirio). Con el martirio nos referimos al hecho de morir (o sufrir) por una causa ideológica o religiosa, algo que en determinadas circunstancias puede provocar apoyo público, adhesión a la causa del mártir, así como minar la confianza de los enemigos, especialmente si el mártir tiene un elevado estatus en su grupo.

Según este enfoque, la radicalización se produce por la combinación de estos mecanismos (McCauley & Moskalenko, 2011). No puede haber ningún perfil de radicalización ni un solo camino hacia el terrorismo. Más bien, hay muchas vías, potencialmente tantas como las combinaciones posibles de los doce mecanismos identificados (Leuprecht et al., 2009). De esta forma, los mecanismos no están separados por niveles, sino anidados. Los mecanismos individuales no desaparecen cuando un individuo se une a un grupo ni los grupales cuando un grupo participa en alguna organización más grande o dentro de una masa. De forma similar, todos los mecanismos a nivel de masas pueden operar a nivel grupal e individual y los mecanismos individuales pueden operar dentro de un grupo cohesionado. Resumiendo, los niveles son interactivos. En el caso más simple de combinación, por ejemplo, dos mecanismos pueden combinarse de forma aditiva o multiplicativa. Esto es, que cada mecanismo agregue su contribución independiente a la radicalización o que el poder de los mecanismos sea más como una multiplicación.

 

Resumen de los modelos

Los tres modelos expuestos se han mostrado útiles a la hora de comprender los procesos por los que los sujetos se radicalizan. Sin embargo, a la hora de seleccionar uno de ellos para trabajar, es necesario valorar las diferencias y similitudes que presentan. Así, nos encontramos que el enfoque de las dos pirámides presenta un modelo progresivo, aunque los saltos entre los escalones de las pirámides no tienen por qué ser lineales; el modelo de las 3N es progresivo en cuanto los tres factores que propone van siguiéndose siendo cualquier orden posible, aunque asemeja más a la metáfora del puzle (Hafez & Mullins, 2015)donde es necesaria la presencia de los tres factores para que se produzca la radicalización; al igual que el modelo de los actores devotos en el que es necesario que la identidad esté fusionada, que haya un valor sagrado y que alguno de ellos se perciba como amenazado.

En cuanto al dogma central de cada modelo, en el modelo de las 3N se centra en la teoría de la motivación de la psicología social; el modelo de los actores devotos en la identidad y los valores; y el enfoque de las dos pirámides en la distinción entre cogniciones y acciones. De esta forma, las variables dependientes que proponen estos modelos son, respectivamente, el ver un comportamiento violento como normativo cuando éste se desvía de la perspectiva de la mayoría; el compromiso incondicional, el sacrificio y la voluntad de participar en comportamientos extremos; y las opiniones radicales (como forma de apoyo) frente a las acciones radicales (como intenciones de comportamiento).

Por otra parte, resumiendo las variables que explicarían la radicalización, nos encontramos con que para el modelo de las 3N estas son: la búsqueda de significado, las narrativas que justifican la violencia, y las redes sociales y grupos. Para el modelo de los actores devotos dichas variables serían los valores sagrados y la fusión de la identidad. Y en el enfoque de las dos pirámides distintos factores a tres niveles: el individual, el grupal y el de masa.

 

Discusión

Después de ver en detalle los tres modelos de radicalización propuestos, podemos concluir que, en primer lugar, el modelo de las 3N parece el modelo más completo. Sin lugar a dudas se puede considerar un modelo generalista. Aunque este modelo se centra en aspectos motivacionales (Kruglanski et al., 2014), no se olvida de los procesos cognitivos, sobre todo englobados en la narrativa y en algunos de los procesos que subyacen al extremismo. A pesar de ello, este modelo es muy general en sus conceptualizaciones intentando integrar la mayoría de factores posibles. Asimismo, este modelo acoge las dinámicas grupales, las cuales, aunque menos explícitas, están englobadas en las redes sociales. Su carácter general también hace que tome en consideración las variables que constituyen el modelo de los actores devotos, la fusión de la identidad y los valores sagrados. En concreto, la amenaza a los valores sagrados como pérdida de significado (Bélanger, 2018)y la fusión de la identidad dentro de las redes sociales (Dugas et al., 2016). En cuanto a los desencadenantes de la radicalización, en este modelo los podemos encontrar en el significado, ya sea en la pérdida, en la percepción de que está amenazada o en la posibilidad de ganarlo.

Por su parte, el modelo de los actores devotos se centra en el componente cognitivo, tanto la identidad como los valores son procesos cognitivos, aunque sin dejar de lado el componente emocional que ambos procesos conllevan. Este modelo expone de manera más explícita cual puede ser la diferencia entre defender a miembros del endogrupo y defender una causa. Como desencadenante, se centra en las amenazas percibidas al endogrupo o a sus valores. Así, cuando esta amenaza está presente, la fusión de la identidad y los valores sagrados llevarían a una valoración no racional de los costes beneficios aumentando la voluntad de luchar y morir. La gran aportación de este modelo es que, por un lado, distingue entre los sacrificios realizados por el grupo o por un valor y, por otro lado, se centra en elecciones a priori irracionales que ayudan a comprender mejor estos sacrificios.

Finalmente, el enfoque de las dos pirámides también es un modelo global, aunque se centra, sobre todo, en las dinámicas grupales, sin restar importancia a algunos aspectos cognitivos. El punto fuerte del modelo se haya en la distinción entre radicalización de las actitudes y radicalización de las acciones. Además, la distinción que hace entre activismo y radicalismo, basándose en la legalidad y el uso de la violencia, resulta remarcable de cara a la adaptabilidad en otros campos más prácticos como la seguridad, la legalidad y la toma de decisiones (Ganor, 2002). Respecto a los desencadenantes, es de destacar que el modelo propone diferentes caminos a diferentes niveles, aunque da una gran importancia a la amenaza. Todos ellos parecen especificar en más detalle los desencadenantes generales que propone la búsqueda de significado.

Si bien se han recogido los aspectos más importantes incluidos en la teoría de estos tres modelos, también es cierto que no se ha ido más allá explicitando los instrumentos de medida que de ellos se derivan. A pesar de ello, existen distintas revisiones en las que se examina la validez interna y externa de estos modelos, así como la de los instrumentos de medida que se desprenden de ellos (e.g., Gøtzsche-Astrup, 2018). Por otra parte, estos modelos también cuentan con algunas limitaciones. Por ejemplo, todos los modelos se centran en procesos psicosociales olvidando otros factores de tipo contextual o macro (Jordán, 2009). La influencia que ejercen los diferentes entornos junto con una valoración de las diferencias entre los modelos teóricos va a ser lo que nos permita tomar decisiones más adecuadas en materias de seguridad, sobre todo cuando se trata de casos muy concretos. Asimismo, el enfoque de las dos pirámides es el único que tiene en cuenta la existencia de diferentes caminos y mecanismos que llevan a la radicalización, destacando que la ideología no tiene por qué estar involucrada en algunos casos. Otra limitación la encontramos en la relación entre quienes justifican la violencia y quienes la usan, la cual se hace explícita en el enfoque de las dos pirámides de manera probabilística, quienes la legitiman moralmente tienen más probabilidad de usarla. Sin embargo, el modelo de las 3Ns la entiende como una cuestión de grados y el modelo de los actores devotos no entra en tal distinción. Por último, otra limitación está en que todos estos modelos son lo que se denomina bottom-up; esto es, presuponen que las personas se radicalizan por sí mismas. Esto implica que no incluyan una perspectiva top-down según la cual los individuos se radicalizan por la acción de terceros, los reclutadores (Trujillo & Moyano, 2018).

Finalmente, destacar que la elección de un modelo u otro dependerá, en última instancia, de las necesidades y preferencias del autor, y de las características del objeto de estudio, de la intervención requerida o de la decisión a tomar. Por ello, esta revisión constituye un documento al que acudir para conocer diferentes modelos teóricos actuales y fundamentados por la evidencia empírica. En consecuencia, se espera que la valoración de las características de estos modelos, a fin de comparar ventajas e inconvenientes en cada contexto, pueda llevar a una toma de decisiones más acertadas.

 

Nota sobre el autor:

Roberto M. Lobato es doctor en Psicología Social por la Universidad de Granada, España.

 

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