El Vecindario oriental de la Unión Europea y los conflictos post-soviéticos

JOSÉ ÁNGEL LÓPEZ JIMÉNEZ

Universidad Pontificia Comillas, Madrid

 

Title: European Union Eastern Neighbourhood and the Post-Soviet Conflicts

Resumen: La desaparición abrupta de la Unión Soviética vino acompañada por un conjunto de conflictos de muy diversa tipología que han provocado un elevado grado de complejidad a los ya convulsos procesos de construcción de estatalidades independientes. El secesionismo en cascada de entidades territoriales y administrativas ha sido una herramienta muy eficaz en manos del Kremlin para potenciar sus intereses en buena parte del espacio post-soviético. La política exterior de Rusia en este vecindario compartido con las fronteras orientales de la Unión Europea ha otorgado prioridad absoluta a la consecución de sus intereses-definidos en sus diversos documentos estratégicos- vulnerando los principios y normas del Derecho Internacional Contemporáneo. El intervencionismo ruso en los diferentes territorios de las repúblicas independientes adquiere diversas modalidades y, desde el verano de 2008-con las fuerzas armadas rusas entrando en Georgia para apoyar militarmente a los secesionistas de Abjasia y Osetia del sur- se ha intensificado. En el año 2014, con la anexión de Crimea y el conflicto en los distritos orientales de Ucrania, el expansionismo ruso parece haber alcanzado un camino sin retorno. Especialmente por la inacción de la comunidad internacional y el retorno de Rusia a un papel protagonista en un orden multipolar claramente en construcción.

Palabras clave: Espacio post-soviético; Extranjero próximo; Conflictos congelados; Política exterior; Rusia; Secesionismo; Vecindario Compartido.

Abstract: The abrupt Soviet Union´s dissolution came accompanied by a whole of different typology of conflicts causing high complexity in the convulsed independent statehood construction process. Secessionism in cascade of territorial and administrative entities have been a useful tool in Kremlin´s hand in order to enhance their interests in the post-soviet space. Russian Foreign Policy in shared neighborhood with Eastern European Union borders has an absolute priority in their interests-defined in strategic documents- infringing the main Contemporary International Law principles. Russian interventionism in the independent republics acquires different modalities since the 2008 summer- with Russian armed forces penetrating in Georgia and supporting Abjasia and South Ossetia secessionist movements- are even increasing these actions. In 2014, with Crimea´s annexation and the conflict in Ukraine -Eastern districts-, Russian expansionism seems to be reached a road without return. Specially due to international community inaction and Russia´s return to a protagonist role in a multipolar order in construction.

Keywords: Foreign affair; Frozen conflicts; Near abroad; Russia; Secessionism; Shared Neighborhood; Post-soviet space.

Recibido: 20 de junio de 2018. Aceptado: 17 de julio de 2018.

Para citar este artículo: José Ángel López Jiménez, “El Vecindario oriental de la Unión Europea y los conflictos post-soviéticos”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 4, No. 2, (2018), pp. 49-66. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.8.4

 

Introducción

Decía Churchill que Rusia era un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma. Pero la afortunada definición de Rusia como un país que se colonizaba a sí mismo -en palabras del historiador Kliuchevskii- nos remite a una imagen de su historia como la de una permanente colonización lo que, en la tesis mantenida por el ilustre Geoffrey Hosking, hizo de Rusia antes un imperio que una nación. Este aspecto explicaría, en buena medida, la permanente búsqueda de la identidad nacional rusa como consecuencia directa de un despliegue imperial continuado, que no permitió a Rusia realizar un proceso de construcción nacional imprescindible (Hosking, 2011)

Otros autores insisten en la importancia del poder autocrático que ha presidido su desarrollo histórico y la diferencia entre el centro y la periferia imperial, que ha limitado los valores compartidos -más allá de la identidad cultural y étnica- en el conjunto político y que, con la experiencia soviética, diluyó la identidad rusa en favor de la estrictamente soviética (Tolz, 2001) Desde las explicaciones históricas que nos remiten a que la “pulsión imperial” de Rusia” y a su expansión permanente ha estado motivada por las dificultades geográficas de las vastas zonas boscosas del norte que impedían su habitabilidad, hasta el debate durante el siglo XIX entre las posiciones de eslavófilos y occidentalistas (Pipes, 1995) en torno al modelo de construcción nacional, Rusia acabó -a finales de 1991- poniendo sobre el tapete, con carácter de urgencia y de manera bastante precipitada, la cuestión de la identidad nacional (Service, 2015).

Una constante en el desarrollo de la política exterior rusa desde los tiempos de Pedro el Grande ha sido mirar hacia Europa con una mezcla de esperanza y aversión -al menos desde las élites-. Sin embargo, desde Occidente ha habido una línea, más o menos constante, de rechazo del carácter genuinamente europeo de Rusia (Sergunin, 2016: 15) La europeización a marchas forzadas de Rusia durante los reinados de Pedro y Catalina -en el siglo XVIII- se tradujo en dos ámbitos fundamentales: el cultural y el territorial.

El siglo XIX en Rusia adquirió, desde el prisma de su política exterior y su inserción continental, una suerte de evolución pendular, con una primera mitad de repliegue y de antiliberalismo -con la excepción de movimientos como el decembrista en 1825- y una segunda mitad más aperturista hacia las potencias occidentales, especialmente con la llegada de las ideologías abiertamente contrarias al zarismo que radicalizaron su oposición al mismo durante las dos últimas décadas de esta centuria. El desdén y la indiferencia hacia Rusia por parte de las potencias occidentales han sido una constante durante siglos. Incluso en el siglo XIX, durante la Edad de Oro de la literatura rusa, la cultura de este país fue ignorada profundamente. Mientras en Rusia las élites políticas y sociales utilizaban el francés, el ruso ha sido ignorado sistemáticamente por las élites intelectuales occidentales. Esta visión tan negativa del vecino oriental fomentó una imagen poco europea del Imperio ruso, y buena parte del continente europeo vivió de espaldas a su realidad. Esta imagen tan arraigada pervive cuando se insiste en la ausencia de valores compartidos y en la existencia de la “especificidad rusa”.

El derrocamiento del régimen y su sustitución por el comunismo alejó definitivamente a Rusia de su aproximación pendular a Occidente, liquidando la búsqueda de la identidad nacional genuina de Rusia. Además, la creación de una superestructura soviética sobre el marco de la amalgama de mosaicos étnico-nacionales en el imperio soviético aparcaba la búsqueda del discurso identitario nacional de Rusia, con un mito aglutinador fundamental representado por la Gran Guerra Patriótica. Por ello, tras la desaparición de la Unión Soviética, producto en buena medida de la explosión de los nacionalismos soterrados durante décadas, afloró la recuperación de las diversas identidades nacionales y, en muchos casos, la colisión entre las mismas y su derivada territorial en los diferentes proyectos de construcción nacional y de las estatalidades independientes en cada república. Así, por ejemplo, sucede con los ejemplos ruso y ucraniano. La reconstrucción del mencionado discurso identitario ruso entre las nuevas élites políticas y en los nuevos partidos nacionalistas surgidos en el contexto de reformas democráticas y de un incipiente Estado de derecho va a influir de manera muy notoria en la relación entre principios e intereses-y su jerarquía o prevalencia- en la orientación de la política exterior de la Rusia independiente. Además de condicionar la relación con los Estados vecinos y con el resto de Europa.

Las fronteras que se hundieron en 1991 no eran las que se habían creado con la revolución bolchevique, sino las construidas por el Imperio ruso en un proceso que abarcó varios siglos. En el caso de Rusia, el nuevo Estado:

[…] No se había convertido en un etno-Estado, como la mayoría de las demás ex repúblicas soviéticas… la terminología oficial incluyó a todos los ciudadanos rusos en rossiane-a grandes rasgos, pueblo de Rusia-no solo russkie-rusos, en el sentido étnico- algo imposible de traducir pero altamente significativo como intento de ser inclusiva. (Bushkovitch, 2013: 477).

Los primeros meses tras la desaparición de la Unión Soviética la preocupación esencial de Boris Eltsin pasaba por la formación de unas genuinas fuerzas armadas rusas, producto del reparto del extinto ejército soviético. La intervención militar en Chechenia se produjo cuando el Secretario del Consejo de Seguridad del Kremlin -Oleg Lobov- convenció a Eltsin del poder disuasorio que tendría en el resto de los movimientos independentistas -en curso y potenciales- y consolidó el gran repliegue táctico de Rusia propuesto por la doctrina del “Nuevo Pensamiento” de Gorbachov.

No obstante, el sometimiento a la unipolaridad norteamericana impuesto por las circunstancias propias del desmoronamiento soviético -crisis económica brutal, golpe de Estado de octubre de 1993, inestabilidad social, transición entre desde un Estado totalitario hacia uno pre-democrático- no descuidó las relaciones, en cierta medida tuteladas desde la distancia, con las repúblicas de la extinta Unión Soviética y en una dificultosa transición. Los problemas secesionistas  y los conflictos de soberanía territorial acentuaron el repliegue ruso desde la comunidad internacional hacia el antiguo espacio soviético a través de su presencia en los conflictos que, tiempo después, pasaron a convertirse en congelados (Transnistria, Nagorno-Karabaj, Osetia del Sur, Abjasia) Sin embargo, la posterior intervención de la OTAN en 1999, sin mandato de Naciones Unidas y con el bloqueo en el Consejo de Seguridad de China y de la propia Rusia -en el contexto del conflicto de Kosovo- provocó la definitiva ruptura de Rusia en su política de acercamiento/sumisión/repliegue frente a Occidente-en particular hacia Estados Unidos (Felkay, 2002: 189).

La permisividad de Eltsin y de Primakov con lo acontecido en la antigua Yugoslavia tenía que acabar y la dignidad rusa debía ser restituida. El tiempo de Eltsin acababa y llegaba el de Putin (Sakwa, 2002: 121). Durante esta breve primera fase de la configuración de la política exterior rusa-hasta 1993- ya se consideraba al extranjero próximo durante 1992 como esfera de interés rusa, cuando se acababa de desarrollar el conflicto bélico en Transnistria. La presencia de 25 millones de rusos residiendo en 14 nuevas repúblicas, cuando pertenecían al mismo Estado unos meses antes, tenía que provocar forzosamente un período de ajuste de poblaciones y Estados a la nueva realidad: “No se trata de un ajuste post-imperial: la realidad es que muchos rusos en particular simplemente no reconocen las fronteras del nuevo Estado como auténticas” (Allison, 1996: 6).

Entre 1993 y 1995 hubo un interés ruso en la recuperación de su natural esfera de influencia participando en los conflictos periféricos -incluida la guerra civil en Tayikistán-. La masacre de Sebrenica y la intervención de la OTAN en el conflicto de Bosnia marcaron el punto más bajo de Rusia como potencia decadente en la comunidad internacional. La última etapa de la política exterior de Eltsin estuvo presidida por la sustitución de Kozyrev por Primakov en el Ministerio de Asuntos Exteriores, quien lo ocuparía entre enero de 1996 y septiembre de 1998. La falta de asertividad de Rusia en la escena internacional, sin embargo, no le impidió reafirmar sus políticas externas en el curso de los conflictos congelados y obtener diversas concesiones por parte de potencias y organizaciones regionales.

La reorientación al euroasianismo (Kerr, 1995) y hacia el vecindario común ex soviético en materia de política exterior durante la segunda mitad de la década de los 90 fue un giro estratégico motivado, en buena medida, por la decepción y el fracaso de su inserción entre los miembros de la comunidad occidental en pie de igualdad -según la consideración de las élites políticas rusas y buena parte de la sociedad civil- (Kanet &  Kozhemiakin, 1997) El fortalecimiento de los vínculos potenciando las estructuras de cooperación de la CEI tuvo un objetivo inicial claro: era la principal herramienta de cohesión después de la fragmentación de las fuerzas armadas soviéticas. Sin embargo, muy pronto el Kremlin comenzó a utilizar como instrumento adicional de presencia y control en el resto de las repúblicas independientes el despliegue de las fuerzas de interposición rusas, carentes de mandatos específicos de Naciones Unidas y actuando en una suerte de limbo legal, más allá de la aquiescencia “obligada” de las repúblicas en cuestión.

El evidente fracaso del proyecto ruso de inserción en la comunidad internacional a través de diversos mecanismos de integración/organizaciones internacionales, acabó por excluir a Rusia de la arquitectura de seguridad europea, situación que se ha consolidado hasta nuestros días y que, de forma significativa, afecta al desarrollo y mantenimiento de los conflictos congelados en el vecindario compartido entre la Unión Europea y Rusia. Durante estos años comenzaron a definirse las relaciones diferenciadas entre Rusia y las repúblicas de su entorno: las repúblicas bálticas estaban claramente fuera de su esfera de influencia; Bielorrusia actúa como una prolongación del Kremlin -siempre que Lukashenko tenga las manos libres para actuar en su república-; las repúblicas asiáticas y Armenia presentaban una clara orientación pro-rusa; con Azerbaiyán mantiene una actitud ambivalente y, el resto, son protagonistas de conflictos congelados que se arrastran desde el inicio de sus independencias (Donaldson, Nogee & Nadkarni, 2014).

A partir de 1999 y, con el cambio de siglo y de liderazgo político en Rusia, en unión con el nuevo contexto internacional que favoreció el despliegue del unilateralismo norteamericano, se percibe como el retorno paulatino del Kremlin al escenario mundial como una de las potencias de un nuevo orden multipolar estaba comenzando. Toda una serie de cambios se combinaron en este proceso: una rápida recuperación económica de Rusia, apoyada en el elevado incremento de los precios energéticos-básicamente el del petróleo-, una evolución del sistema político que dota al presidente y al ejecutivo de fuertes poderes -giro autoritario- y una evolución en los conceptos de seguridad y política exterior que refleja una percepción de amenazas y unos intereses cambiantes en un entorno internacional que ya no se considera tan seguro como el que presidió el último mandato de Eltsin. Además, el abanico de relaciones de Rusia comenzó a ampliarse con la integración de nuevos socios importantes -China, India, Irán- (Kanet, 2007).

En definitiva, entre los rasgos más positivos cabe destacar un mayor pragmatismo en las relaciones con Occidente, la introducción de algunos elementos democráticos en los procedimientos de decisión, una mayor atención al espacio postsoviético y la apertura a nuevos focos de oportunidades al margen de Occidente. La transformación paulatina en el liderazgo político de la Federación Rusa, con la llegada al Kremlin de Vladimir Putin, provocó un cambio estratégico en la política exterior de Rusia que, de manera especial, impactó en sus relaciones con el extranjero próximo y con los denominados conflictos congelados (Shevtsova, 2005).

 

Aproximación conceptual

El concepto de conflicto congelado, en su denominación más compartida por la terminología anglosajona especializada en el ámbito de las relaciones internacionales, nos remite a cualquier conflicto bélico que, habiendo finalizado su fase armada, no ha conseguido cerrarse definitivamente porque no ha alcanzado ningún acuerdo de paz definitivo, o bien porque el que se ha conseguido no se aplica por las partes o, en último término, porque tampoco se fijado un marco político satisfactorio para todas las partes. En esta situación, el conflicto armado puede reactivarse en cualquier momento creando una situación regional de extrema inseguridad, teniendo normalmente complejas ramificaciones internacionales, con la participación -directa o indirecta- de varios Estados.

Aunque la existencia de este tipo de conflictos ha sido bastante frecuente en la comunidad internacional en los diversos períodos históricos, desde la disolución de la Unión Soviética ha venido a calificar a todo un conjunto de controversias surgidas entre movimientos secesionistas que han aparecido en los procesos de construcción de las estatalidades independientes de las repúblicas integrantes de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Los contenciosos abiertos por los líderes de estos territorios, rebelados contra sus respectivas autoridades centrales, han acabado por consolidarse como Estados de facto, aunque no de iure, porque no han gozado del reconocimiento internacional. Su consolidación en el tiempo no hubiese sido posible, en ningún caso, sin el apoyo político, económico y militar de la Federación Rusa.

Afecta en la actualidad a Moldova (Transnistria), Georgia (Abjasia y Osetia del Sur), Armenia y Azerbaiyán (Nagorno-Karabaj) y Ucrania (Crimea-Distritos orientales de Lugansk y Donetsk) y, aunque comparten toda una serie de elementos y dinámicas-en especial el protagonismo ruso y su interés geopolítico y geoestratégico en la toda la región- tienen una historia, unos orígenes, una evolución y unos procedimientos de solución diferentes entre sí. Aunque algunos se gestaron durante el período final de la Unión Soviética, la fase estrictamente militar de los conflictos se desarrolló en el inicio de la andadura independiente de las repúblicas afectadas -entre 1992 y 1994- a excepción de lo acontecido más recientemente en Ucrania -desde el año 2014- Algunos autores prefieren la denominación de conflictos prolongados, sin haber pasado por ninguna fase de aparente resolución. Así cabría diferenciar en este sentido entre lo sucedido en Transnistria y, por ejemplo, la fase de aparente resolución que tienen los conflictos de Georgia -al margen de la legalidad internacional- o la anexión de Crimea. Además, la secesión abierta y apoyada por Rusia en los distritos orientales de Ucrania claramente se correspondería con un conflicto abierto -ni prolongado, ni congelado-. En sentido estricto cabría calificar a este tipo de conflictos de manera más precisa como conflictos separatistas no resueltos en la región post-soviética (Halbach, 2014: 22).

Los instrumentos utilizados por Rusia en estos conflictos, especialmente en Transnistria y en Georgia comparten un objetivo común: sabotear cualquier intento de aproximación a Occidente y a sus organizaciones internacionales de carácter regional políticas, económicas y de seguridad (Unión Europea y OTAN) para que, con el paso del tiempo, se reorientasen hacia Moscú y sus proyectos de integración regional.

Mapa 1. Regiones en conflicto

Fuente: Segura, José Manuel (2015), “Geopolítica en el entorno del Mar Negro”, El Orden Mundial

 

Intervencionismo ruso y respuesta de la comunidad internacional

La forma básica aparentemente inocua de intervencionismo, desde el inicio de los conflictos separatistas, fue mediante el despliegue de fuerzas armadas de interposición -a excepción del enclave de Nagorno-Karabaj-  como principal actor de todos los formatos negociadores. Con posterioridad se añadirían la ayuda financiera, militar, el apoyo político y, en algunos ejemplos más recientes, el reconocimiento internacional y su posterior anexión a Rusia (Abjasia y Osetia en el primer caso y Crimea en el segundo). Sin el respaldo de Naciones Unidas y con una actuación básicamente unilateral, las intervenciones en Georgia, Tayikistán, Moldova o Azerbaiyán desde la independencia de Rusia evidenciaron desde sus inicios un apoyo a los diferentes movimientos secesionistas que operaban en estas repúblicas con el indisimulado objetivo de crear un espacio de influencia rusa y un intervencionismo en los distintos procesos de construcción de una estatalidad independiente, ya marcados por una evidente complejidad y una problemática multifactorial.

La hegemonía de Rusia en el espacio post-soviético intentó utilizar los diversos instrumentos de cooperación creados al amparo de la Comunidad de Estados Independientes, especialmente los de carácter económico y militar. Sin embargo, la diáspora rusa ofrecía el argumento esencial para convertir la cuestión de su seguridad como un elemento primordial para la conversión de Rusia como el principal actor regional garante de la estabilidad en buena parte de este espacio (Kolsto, 1995). La CEI acabó por convertirse en un instrumento de control ruso sobre el resto de las repúblicas al servicio de sus intereses (Roubinski, 2001). La posibilidad del recurso a la fuerza contra un Estado miembro, así como la creación de unas fuerzas de interposición de la CEI acabó por sancionar la creación de uno de los principales instrumentos de intervencionismo ruso en los principales conflictos secesionistas.

Los objetivos planteados en el ámbito de la política exterior rusa para justificar esta presencia regional rusa eran varios y complementarios entre sí:

[…] Primero, el deseo de rellenar el vacío de poder resultado del lapso de la Unión Soviética, asegurando el dominio regional de Rusia; segundo, en un momento de rápido deterioro del ejército ruso, el liderazgo militar era una forma de imponer unidad sobre los restos de la colapsada unión; tercero, la necesidad de Rusia de la como una manera de preservar los lazos de la cooperación inter-republicana, especialmente en la esfera económica; finalmente, la intervención militar rusa en estos conflictos estaba justificada por el deseo de proteger los intereses de la población étnica rusa o rusófona en la CEI. (Kanet, 2012).

Este argumento formará parte de la retórica intervencionista rusa hasta la actualidad, como justificación de su participación en el conjunto de los conflictos congelados. El ejemplo de Chechenia con el liderazgo de Kadirov -impuesto y tutelado desde Moscú- constituye un modelo de actuación con respecto a los líderes secesionistas regionales en las diversas repúblicas, así como una experiencia trasladada a posteriores intervenciones militares rusas, como la realizada en el mes de agosto de 2008 en Georgia (Osetia del sur y Abjasia) La cuestión de Kosovo, tanto la intervención militar al margen de la legalidad internacional como la declaración unilateral de independencia, avalada por el discutible dictamen de la Corte Internacional de Justicia y el reconocimiento internacional de la independencia kosovar, han pasado a formar parte del argumentario ruso justificativo de su política intervencionista en las repúblicas vecinas (Toal, 2009).

Se puede delimitar con claridad la existencia de dos modelos de intervencionismo claramente diferenciados: antes y después de Kosovo. El efecto provocado en Moscú por la intervención de la OTAN en 1999 fue múltiple: puso en evidencia su debilidad en la escena internacional durante toda la década -desde la disolución de la Unión Soviética-; socavó su posición en el Consejo de Seguridad y demostró que Occidente también sorteaba la legalidad internacional forzando al límite el denominado derecho internacional de “injerencia humanitaria”. Además, la posterior declaración unilateral de independencia, avalada por las mismas potencias occidentales, mostró el camino a Moscú en un período en el que su recuperación económica -fundamentalmente por el alto precio del petróleo- le permitió fortalecer sus fuerzas armadas y sustituir su nula presencia internacional por el ejercicio del hard power en su extranjero próximo. La primera piedra de toque fue Georgia, con la excusa de su eventual petición de adhesión a la OTAN (Allison, 2008). Por vez primera la pugna por atraer a este conjunto de repúblicas hacia sus proyectos regionales de integración (Unión Europea, OTAN, CEI, Comunidad Euroasiática) terminó colisionando y provocó la primera intervención militar rusa a gran escala en el territorio de otra República, provocando la secesión de facto, de Osetia del Sur y de Abjasia y, un tiempo después también de iure, al reconocer internacionalmente su independencia respecto a Georgia (Baev, 2008). A partir de ese momento empezó a imperar la línea dura en el Kremlin respecto a este tipo de conflictos, reforzando la posición de los respectivos líderes secesionistas y lanzando un serio aviso a las autoridades centrales de Moldova, Georgia, Armenia, Azerbaiyán y Ucrania. Pero también a los líderes occidentales sobre el retorno de Rusia a un orden internacional cada vez más multipolar, en el que debían tenerse en cuenta las respectivas zonas de influencia.

La independencia kosovar y la aplicación del derecho de autodeterminación de los pueblos ofreció a Rusia la posibilidad de utilizar el mismo argumento jurídico para defender la independencia de Osetia del Sur y de Abjasia. Los derechos de las minorías nacionales supuestamente en peligro -la rusa en los dos últimos casos- se enfrentaron normativamente -en el ordenamiento jurídico internacional- con el principio de integridad territorial de los Estados. Situación que se repitió en 2014 en Crimea con la reintegración final del territorio a Rusia:

[…] Sencillamente porque el mediador tiene una potente influencia en las partes y no respeta el derecho internacional. En este sentido la situación de los conflictos congelados en el área post-soviética añade claridad al criterio procesal de las negociaciones. Las negociaciones de buena fe solo son posibles si las partes en conflicto no están influidas por terceros Estados, que violan el derecho internacional, incluyendo los principios de no intervención en asuntos internos de los Estados y la prohibición del uso de la amenaza y de la fuerza. (Laurinaviciute & Bieksa, 2015).

La Unión Europea, como actor principal regional, está impactada directamente por la política exterior rusa desplegada en su región fronteriza que, al mismo tiempo, ha pasado -como consecuencia de las sucesivas adhesiones- a ser también frontera de la propia Unión. En su reciente Estrategia Global de Política Exterior y de Seguridad, la Unión Europea recoge como premisa fundamental para que se produzca un cambio sustancial en las relaciones con Rusia el respeto integral al derecho internacional. Solo así se contempla la posibilidad de discutir sobre aquellos asuntos en los que exista desacuerdo y de cooperar en aquellos en los que se solapen intereses comunes. No obstante, hay algunas aportaciones interesantes en torno a algunas novedades que podrían favorecer el desbloqueo del eterno punto muerto en el que parecen encontrarse las posiciones antagónicas demostradas en el diálogo político y en los formatos de negociación diplomática desplegados hasta el momento actual. En esta línea tenemos:

  • La Unión Europea y Rusia deberían establecer un mecanismo regular de consultas y de encuentros periódicos en los que este diálogo sea directo, sin el rígido formato que incluya al resto de los actores.
  • La figura de los Representantes Especiales -figura no existente en el caso de Rusia- con un mandato negociador preciso podría ser fructífero.
  • Aislar a este conflicto del resto. En el marco negociador directo no es práctico incluir otros conflictos, aunque presenten evidentes similitudes. El diálogo con las autoridades centrales y con las secesionistas por parte de ambos actores tendría que producirse cuando se hubiesen dado pasos seguros y efectivos a la hora de elevar una propuesta consensuada por los actores clave: Rusia y Unión Europea.
  • A partir del alcance de este objetivo -establecimiento de las adecuadas medidas de confianza- se podría plantear, desde una perspectiva equitativa, la puesta en marcha de misiones de paz conjuntas con la participación de ambos actores.
  • Solo una vez conseguidas estas premisas podrían intervenir los instrumentos propios de la actual arquitectura de seguridad regional, con la participación y supervisión de la OSCE. A la espera de que Rusia no se encuentre al margen del mismo y retorne a una activa participación bajo el sistema actual o bien otro reformado.

Para lograr articular y llevar a la práctica este tipo de opciones alternativas deben evitarse errores comunes a las estrategias mantenidas hasta el punto actual por ambos actores:

  • El interés común por el mantenimiento del statu quo del conflicto: la Unión Europea buscaba tiempo para que sus instrumentos puestos en marcha en la región comenzasen a obtener resultados; Rusia, porque es su estrategia habitual en estos conflictos, con el mantenimiento de operativos militares en la zona.
  • El nivel de atención mostrado ha variado en cada conflicto: Transnistria y Osetia del sur han sido los más interesantes para ambas partes porque pensaban que su resolución podía ser más fácil de alcanzar, al menos teóricamente.
  • Ninguno de los dos actores ha favorecido la participación de un marco o foro en el que las partes en conflicto se expresasen en igualdad de condiciones. Han adoptado una posición partidista apoyando claramente a los secesionistas -Rusia- o a las autoridades centrales -Unión Europea- lo que ha impedido el establecimiento de medidas de confianza y, por consiguiente, la obtención de avances sustanciales.
  • En ambos casos han otorgado prioridad al lanzamiento o mantenimiento de sus respectivas operaciones de paz, es decir, el uso de instrumentos a corto plazo. En este tipo de resolución de conflictos suelen ser más efectivos instrumentos que trabajen orientados hacia un diálogo político de largo recorrido (Kuzmicheva, 2011).

La participación de Rusia en los conflictos congelados se produce como manifestación lógica de un arrastre, de una inercia inicial, consecuencia de la necesaria adaptación a un escenario nuevo en lo que había constituido territorio de la Unión Soviética. Moscú se sentía legitimado, impelido y -sobre todo- interesado en tener un papel protagonista en las numerosas controversias étnico-nacionales, territoriales, e inter-republicanos y civiles. Desde este enfoque, llegar a conclusiones de este cariz parece ser precipitado e incluso algo impreciso:

[…] En relación con la situación geopolítica del espacio postsoviético, y en particular de los conflictos congelados, cabe destacar que Rusia se vio obligada a intervenir en solitario en los mismos, dada la falta de capacidad y/o interés en la época de los restantes actores de la región euroasiática. Además, el objetivo principal fue detener la violencia, por lo que Moscú priorizó el alcanzar acuerdos de alto el fuego, aunque fueran frágiles, y garantizó su cumplimiento mediante el despliegue de sus tropas. (Ruiz, 2015).

La comunidad internacional -grandes potencias y organizaciones internacionales-Naciones Unidas, y la entonces Comunidad Europea incluidas fueron sorprendidas por la disolución de la Unión Soviética y, desde el inicio, Rusia y sus fuerzas armadas estuvieron presentes en los conflictos en su vecindario próximo y, en ningún caso, eran una presencia que fuese bien acogida por las repúblicas recién independizadas. De hecho, en algunos casos, como el de Transnistria, fueron consideradas fuerzas de ocupación en un territorio extranjero, en clara violación de los principios de no injerencia y de la soberanía territorial, desde el momento de la declaración de independencia de Moldova y su reconocimiento internacional. República en la que, además, el XIV Ejército ruso y su comandante en jefe, el general Lébed, no ejercían misiones de paz en ningún conflicto interétnico, sino en uno de carácter puramente político-ideológico sustentado por Moscú. Las operaciones de mantenimiento de paz, con mandatos poco precisos o inexistentes, pocas veces auspiciadas por Naciones Unidas y parcialmente por la OSCE, apoyadas en una difusa organización como la CEI -instrumento al servicio de Rusia- y sin el consentimiento de los Estados implicados -explicitado cuando consiguen sacudirse las medidas de presión de Rusia- son instrumentos evidentes de ejecución de los intereses rusos en una amplia región considerada como su indiscutible esfera de influencia (Lynch, 2000).

Un elemento compartido por todos los movimientos secesionistas ha sido la consolidación de liderazgos políticos de corte autocrático. En una clasificación establecida por Obydenkova y Libman  sobre el apoyo ruso a los secesionismos con autogobiernos autocráticos en el antiguo espacio soviético entre 1991 y 2014, en todos los casos Rusia ha facilitado la ruptura-excepto en Gagauzia y Donbas- y en todos excepto en estos dos, además de Nagorno-Karabaj ha ayudado a consolidarse a líderes autoritarios (los casos recogidos son Crimea y Donbas en Ucrania; Transnistria y Gagauzia en Moldova; Osetia del Sur, Abjasia y Adjaria en Georgia y Nagono-Karabaj en Azerbaiyán) De tal forma que “si las campañas secesionistas tenían éxito y se materializaba la ruptura el “patrocinador” externo podía solidificar el nuevo liderazgo autoritario y reforzarlo contra los desafíos externos e internos” (Obydenkova & Libman, 2016).

La política de aislamiento de las sociedades en las que se produce un conflicto congelado crea resentimientos hacia sus gobiernos centrales, acentuando las actitudes separatistas ante la ausencia de incentivos para la reintegración. Esta situación se está produciendo en cinco de los seis Estados que están integrados en la Asociación Oriental de la Unión Europea (Grono, 2016).

Desde la disolución de la Unión Soviética se inició un proceso de construcciones estatales que confirmaron -como en el caso de la extinta Yugoslavia- que las fronteras que habían delimitado a Estados multinacionales no podían ajustarse a partir de ese momento con las nuevas realidades de los procesos de construcción estatal en curso. Los modelos de cooperación de entre Rusia y la Comunidad Internacional, especialmente su nuevo encaje como Estado independiente, fueron más estrechos en los momentos de mayor debilidad de la primera, durante la década de los 90. Una vez recuperada parcialmente, en el terreno económico y con un nuevo liderazgo político, Rusia inició un proceso de “resurrección nacional” que -tras la intervención militar en Georgia en el verano de 2008- quebró definitivamente “la capacidad de Rusia y de Occidente de encontrar un marco adecuado de carácter político-institucional para normalizar sus relaciones entró en declive” (Sakwa, 2002).

Desde un punto de vista estrictamente legal hay bastante consenso a la hora de realizar valoraciones en torno a la legalidad de los ejercicios de autodeterminación/secesionistas de los diversos territorios protagonistas de los conflictos congelados. El Derecho Internacional no avala a los movimientos separatistas que han acabado conformando una estatalidad independiente -de facto- en el extranjero próximo ruso. Por ello, adolecen del reconocimiento internacional imprescindible para convertirse -de iure- en Estados homologables al resto de los que conforman la comunidad internacional. La cuestión que activó a Rusia como un modelo a imitar en los casos de Osetia del Sur, Abjasia y Crimea -con diferentes itinerarios- fue el precedente kosovar. Por ello:

[…] La Comunidad Internacional no debería reconocer como Estados independientes ni a Kosovo ni a Osetia del Sur…las ambigüedades del derecho internacional pueden difuminar las distinciones de los casos, y se ha sugerido que la comunidad internacional debería clarificar el derecho de autodeterminación en contextos no coloniales para llegar a conclusiones menos propensas a lo político. (Thomas, 2008).

Los discursos oficiales lanzados desde el Kremlin en sucesivos períodos desde la independencia de Rusia que, además, se han traducido en unas prácticas específicas, han insistido en conectarse con la esfera de influencia del Estado más allá de sus fronteras con el objetivo de hacer prevalecer su seguridad. La conclusión ha sido la destrucción de unos Estados para, en algunos casos, construir otros nuevos. La consideración de Chechenia y del Cáucaso Norte como dos zonas idénticas demuestra que el discurso nacional apoyado en el permanente elemento de la seguridad ha acabado interiorizando la idea de pertenencia a Rusia de territorios como Osetia del Sur o Abjasia (Snetkov, 2015: 195). La evolución económica de Rusia a medio plazo es un factor que conviene tener presente para valorar el eventual impacto que pueda tener, tanto en su apoyo financiero como en el despliegue de fuerzas armadas que tiene en todo el espacio post-soviético. Este elemento es especialmente importan          te en un contexto en el que la situación económica en Abjasia, Osetia del Sur, Crimea, Nagorno Karabaj y Transnistria comienza a ser compleja (Calus, 2015).

Los procesos mediadores de Rusia en este tipo de conflictos también han sido objeto de múltiples análisis. El hecho de su participación como herramienta esencial de control de los diversos formatos para preservar sus intereses estratégicos no se traduce en un modelo inmovilista, sino en evolución permanente. Si se diferencian los procedimientos utilizados se puede concluir que no han sido idénticos en todos los casos, ni tampoco se han realizado de forma constante e igual en el mismo conflicto durante todo el tiempo en el que se ha desarrollado -o continúa haciéndose- este rol mediador (Fain, 2006). La cuestión del liderazgo personal está muy conectada con el cambio de estrategia hacia este tipo de conflictos. La           línea dura y directa de actuación mostrada por Putin se ha visto refrendada por la opinión pública rusa, aunque el ejercicio de este nuevo tipo de populismo en materia de política exterior pueda recordar un tipo de discurso político, en ocasiones, ultranacionalista al estilo de Zhirinovsky (Schoen & Roth, 2016). En ocasiones se ha calificado a la posición de Rusia respecto a su extranjero próximo y a sus proyectos de integración regional liderados por ella como un abandono de Occidente en favor de la creación de un sistema regional centralizado, orientado, dirigido y, por consiguiente, al servicio de Moscú (Trenin, 2006).

Los diversos formatos diplomáticos de negociación se han mostrado sumamente ineficaces hasta la fecha. Han sido útiles para poner fin al período de hostilidades pero, en su fase negociadora para culminar con acuerdos definitivos sobre el estatus jurídico de los territorios en conflicto. Interrumpidos y reanudados en numerosas ocasiones han demostrado la absoluta ineficacia de organizaciones internacionales de carácter regional, como la OSCE y la Unión Europea, y del propio sistema de Naciones Unidas para resolver conflictos en los que Rusia ha sido actor y mediador al mismo tiempo. Desde la perspectiva rusa –sin entrar en juicios de valor- no hay una asimilación en torno a las repúblicas independizadas de la Unión Soviética como de un territorio genuinamente extranjero. Por ello la utilización de términos como near abroad para denominarlos: “(…) La ruptura de Rusia con su imperio no fue inmediatamente considerado como final. Tan lejano como en el año 1994 Henry Kissinger advertía del riesgo de reimperialización de Rusia” (Trenin, 2016).

Algunas hipótesis de trabajo que caracterizan a determinados análisis sobre la política exterior rusa desplegada por Putin en el espacio post-soviético destacan una doble lógica en sus actuaciones que, en ocasiones, presenta algunas coincidencias. Una remite a una versión nacionalista radical que no puede tener otra aproximación hacia las repúblicas vecinas que el control estratégico a través de múltiples modalidades de sometimiento. La otra opción contemplaría el compromiso con otros actores estratégicos, que ha sido utilizada antes de la intervención en Georgia, pero que carece de reglas de funcionamiento y que, probablemente, haya sido interpretada por sus interlocutores occidentales como una muestra de debilidad. En este contexto la cooperación con la Unión Europea o con Estados Unidos, tras una definición previa de objetivos e intereses clara, podría establecer ámbitos en los que se podrían alcanzar acuerdos. Un punto intermedio podría definir la actitud del liderazgo ruso, teniendo siempre en cuenta las circunstancias concretas que modulan las actuaciones concretas en cada momento (Makarychev, 2015).

La comunidad internacional, pero, de manera específica, la Unión Europea, deberá de aprender a convivir con un fenómeno geopolítico como es la existencia de los conflictos congelados en su frontera oriental y en un espacio compartido -en su frontera occidental-con Rusia. No son anomalías temporales, sino consecuencias de la descomposición del imperio soviético, con vocación de permanencia en función de las circunstancias que acompañen al resto de los actores regionales implicados. Se han producido ejemplos de esta naturaleza en toda la Historia Contemporánea, aunque la originalidad de los ejemplos aquí analizados reside en la concentración geográfica de los mismos. La ausencia de un reconocimiento internacional generalizado, en unión con el enfrentamiento latente con el Estado que reclama su soberanía territorial se traduce en un nivel de dependencia extremo del Estado-patrón.  En este sentido, la sostenibilidad a largo plazo de este tipo de Estados se ha venido cuestionando desde hace años (Kolsto, 2006). Rusia, por lo tanto, tiene en su mano la supervivencia financiera, política y militar de todo este conjunto de Estados de facto, condenados -por ello- a actuar como entidades marioneta al servicio de sus intereses. Su condición como tales les confiere un alto grado de irregularidades -economía bajo sospecha, regímenes autoritarios, nula supervisión internacional en materia de derechos humanos- que les convierte en potenciales Estados fallidos sin que -de forma contradictoria- hayan llegado a serlo de manera completa desde el punto de vista del ordenamiento jurídico internacional.

 

¿Inestabilidad permanente?

Hay varios componentes importantes que implican un peligro potencial en la insistencia temporal de este fenómeno y en la consistencia y la extensión de los ejemplos aquí estudia dos. En primer término, conviene recordar que estamos ante una flagrante violación de normas y principios básicos del ordenamiento jurídico internacional y la proliferación de estos casos puede provocar un peligroso efecto contagio en la comunidad internacional y en el contexto regional europeo (Rezvani, 2010). En segundo lugar, la incapacidad de encontrar ningún tipo de solución político-diplomática pactada para uno solo de estos conflictos ha evidenciado una falla de todo el sistema institucional creado por una amplia red de organizaciones internacionales -de carácter universal y regional- que amenaza con convertirlas en inanes, superfluas y puramente propagandísticas y prescindibles. Naciones Unidas y buena parte de su sistema, la OSCE y la Unión Europea quedan muy malparadas después de 25 años de experiencia en la gestión diplomática de este tipo de conflictos (Hoch, 2011). En tercer lugar, la permanencia de los mismos se traduce en un potencial desestabilizador muy importante, con un grado porcentual elevado de activación cuando el número de ellos tiende a aumentar -en lugar de reducirse o eliminarse- y además se encuentran muy concentrados geográficamente. En cuarto y último término, los tres elementos descritos con anterioridad vienen a corroborar y confirmar que Rusia está consiguiendo objetivos que responden a una planificación en materia de política exterior hacia su vecindario próximo tan exitosa como errónea lo es la de la Unión Europea, caracterizada por una ausencia generalizada de planificación y, en numerosas ocasiones, de reacción, además de plagada de errores estratégicos monumentales, muy propios de una organización que adolece de unidad en su Acción Exterior y de una política excesivamente paralela y poco independiente de su alianza transatlántica (Ker-Lindsay, 2012). Si Rusia no se plantea la incorporación directa de estos territorios es, básicamente, porque perderían su potencial desestabilizador con respecto a las repúblicas en las que se encuentran insertos y, por lo tanto, dejarían de ser útiles para condicionar el comportamiento de todos estos Estados en consonancia con sus intereses estratégicos.

Entre los escenarios de futuro que se pueden anticipar en el antiguo espacio soviético el despliegue de una política neo-imperial por parte de Rusia en su vecindario compartido con la Unión Europea parece que se inició hace ya algunos años. No necesariamente tiene que traducirse en la anexión directa de un conjunto de territorios sino, más bien, en el desarrollo de todo un conjunto de instrumentos en materia de política exterior, que permitan ejercer un control “difuso” de la acción realizada por parte de las élites políticas que lideran estas “entidades administrativo-territoriales”. El coste generalizado de este tipo actuaciones, en     términos económicos, de relaciones con el resto de la comunidad internacional, y de liderazgo regional frente al resto de potencias regionales pueden verse reducidos frente a la alternativa de la integración a la Federación Rusa. Por ello se antoja improbable que ejemplos como el de Crimea, con claras motivaciones geoestratégicas y de calado histórico para el nacionalismo ruso, se repitan como modelo de actuación en otros conflictos congelados o potenciales nuevos conflictos (Ismayilov, 2011).

Sin embargo, parece razonable descartar, en este escenario de potenciales conflictos regionales en la post-Guerra Fría, un enfrentamiento directo entre grandes potencias. Para Estados Unidos, el margen de actuación que parece admitir para Rusia en su patio trasero doméstico es bastante amplio. Si la intervención en Ucrania era un test definitivo para medir la intensidad reactiva de Occidente frente a la injerencia rusa la respuesta de la comunidad internacional ha sido muy satisfactoria para los intereses de Moscú. La aplicación de sanciones -cuyo efecto se diluye en el tiempo y es fuente de disensiones internas en las organizaciones internacionales implicadas- parece un precio que el Kremlin está dispuesto a pagar. Además, la Unión Europea debería establecer, a mi juicio, un análisis particularizado de este tipo de políticas de sanciones, dejando de lado los intereses de su socio transatlántico y abandonando una estrategia puramente seguidista. No hay que olvidar, por obvio que parezca, que quienes comparten vecindario -y, por tanto, están obligados a entenderse- son la Unión Europea y Rusia (Harrell, Keatinge, Lain & Rosenberg, 2017).

En cualquier caso, resulta imprescindible contextualizar la política exterior rusa en sus fronteras más próximas con su versión más global. No estamos ante dos tipos de políticas diferenciadas: la primera está incardinada en la segunda y no responde a principios ni intereses distintos. Por ello resulta pertinente seguir la evolución -a medio y largo plazo- de las alianzas estratégicas que se tejan entre Rusia y alguna de las potencias orientales con mayor proyección en la comunidad internacional, como China e India. Con la primera pueden presentarse escenarios conflictivos de futuro en Asia Central, con choques interétnicos entre Kirguistán y Uzbekistán, por ejemplo (Rezvani, 2010). Aunque también se abren numerosos ámbitos de potencial cooperación, cuestión que preocupa notablemente a los defensores de la teoría del interés nacional en Estados Unidos pero que también debería de hacerlo a la Unión Europea (Rezvani, 2013).

En la consolidación del liderazgo político de Putin se suele añadir la popularidad acumulada con el retorno ruso al conjunto de las potencias internacionales. Conviene mencionar al   respecto que, en paralelo a la recuperación económica ya reseñada, desde el año 2004 comenzó el declive de lo que algunos analistas denominaban como los paradigmas de la transición a la rusa. A partir de ese momento el paisaje interno de Rusia se caracterizó por

[…] Un retroceso de las libertades y del sufragio universal directo, el control de la información y de los medios de comunicación, la regresión en el funcionamiento de todas las instituciones públicas y la exacerbación de la violencia, fenómeno que nadie contesta pero contra los cuales muy pocas personas en Rusia luchan con constancia. (Mendras, 2005).

La firme convicción, producto de los acontecimientos desarrollados desde la crisis en Ucrania, de la inexistencia de soluciones militares ni diplomáticas para el conflicto latente en la república confirma la debilidad de las instituciones y potencias occidentales para contrarrestar el auge de Rusia en su esfera de influencia. No basta con constatar el declive del orden unipolar en clave de ausencia de intervencionismo militar norteamericano frente a las denominadas potencias revisionistas, que propician el desarrollo de la actual política exterior rusa en su vecindario próximo. La multipolaridad incipiente que apunta en el horizonte internacional no debería de pasar por un nuevo reparto en zonas de influencia entre las diversas potencias. Sin embargo, parece que estamos ante el inicio de una nueva partida en la que habrá que repartir cartas de nuevo. Si autores como Robert Kagan consideran que “es un mito recurrente entre las democracias liberales que las potencias revisionistas pueden ser pacificadas mediante la aquiescencia frente a sus demandas” (Kagan, 2017).

Se debería de plantear un escenario alternativo consistente y factible que, desde luego, fuese más allá de las soluciones tradicionales de un orden unipolar que, cada vez con más fuerza, se va diluyendo. Además, podemos encontrar algún factor adicional de desequilibrio potencial entre las repúblicas vecinas de Rusia. En los últimos tiempos aparecen de manera recurrente un conjunto de señales que evidencian las malas relaciones entre Bielorrusia y Rusia. Pese a ser el único Estado ex soviético con el que Moscú mantiene un tratado de Unión las discrepancias en torno a la instalación de una base aérea rusa en el territorio bielorruso -próximo a la frontera con Ucrania-, la influencia de los medios de comunicación rusos en el territorio republicano, el obstáculo a la recuperación de los símbolos identitarios genuinos al margen de los elementos culturales rusos y la construcción de determinados lazos de cooperación con Estados Unidos y la Unión Europea ha colocado a la república vecina de Rusia como un foco adicional de inestabilidad susceptible de protagonizar algún tipo de intervención reactiva. Bien como fruto de desórdenes internas -como las manifestaciones por la llamada ley contra los parásitos sociales- que amenacen con una eventual revolución de colores, bien por el ejercicio de algún tipo de veleidad soberanista/independentista en materia de política exterior, al margen de la égida del Kremlin (Sivitski, 2017).

El difícil equilibrio neutralista mantenido por Lukashenko entre Rusia y Ucrania -tercer socio comercial de Bielorrusia- tiene dificultades para poder mantenerse (Shukan, 2017). Las exportaciones a Rusia de productos importados de la Unión Europea, sorteando el embargo ruso de los mismos como respuesta a las sanciones comunitarias han constituido un elemento adicional de fricción, evidenciando además que esta política punitiva de la Unión Europea es un instrumento perfectamente inútil en la consecución de sus objetivos: si estaba pensada como elemento disuasorio tras la intervención rusa en Ucrania y no con un objetivo lesivo          en la economía de la Federación, no ha conseguido ni lo uno ni lo otro ( De Pedro, 2017). De igual manera que lo acontecido con otras repúblicas la política energética de Rusia ha sido utilizada como una herramienta para adecuar el comportamiento de Bielorrusia a los intereses estratégicos del Kremlin (Milov, 2006).

La cadena de acontecimientos desde 2008 ya la conocemos: intervención militar en Georgia, declaración independentista y posterior reconocimiento internacional de Rusia de Osetia del Sur y de Abjasia, anexión territorial de Crimea -tras el referéndum de autodeterminación- e intervención en los distritos orientales de Ucrania (Donetsk y Lugansk) tras el Euromaidán. La consecuente aplicación de sanciones internacionales por parte de Estados Unidos y de la Unión Europea no ha tenido efectos en la aplicación de la política exterior rusa conforme a sus intereses estratégicos. Al contrario, Rusia ha mostrado musculatura en el despliegue de hard power, con la intervención en Siria -al margen del sistema de Naciones Unidas- y después de haber advertido previamente a Estados Unidos de las consecuencias sobre una hipotética intervención norteamericana; por no mencionar las aún no aclaradas “interferencias” domésticas de Moscú en las últimas elecciones presidenciales demuestran hasta qué punto Rusia ha retomado el protagonismo en la comunidad internacional que perdió la Unión Soviética; y lo ha hecho para quedarse. Por ello es urgente identificar las pautas negociadoras que posibiliten la viabilidad de una colaboración imprescindible con Rusia, en particular en el caso de la Unión Europea, cuyo vecindario común es un hervidero de conflictos: congelados, potenciales y en curso.

Parece que el protagonismo ruso a nivel regional no va a remitir (IISS, 2017). En este contexto, Europa habrá de reinventarse un nuevo modelo relacional con Rusia para lo cual deberá, inexcusablemente, marcar diferencias con respecto a la cooperación transatlántica y definir y ejecutar su propio modelo estratégico bilateral, previa identificación de sus intereses regionales. En definitiva, enfrentarse a un dilema en términos de seguridad (García, 2016). No parece que los diversos proyectos regionales liderados por Rusia, en el marco de la CEI o de la Comunidad Euroasiática, vayan a permanecer exentos de un alto contenido político ajeno a los principios y, en especial, a los intereses rusos. Desconocer este presupuesto ha traído al espacio post-soviético hasta aquí; insistir en el mismo desconocemos hacia dónde lo llevaría.

La persistencia en las argumentaciones sobre la complejidad que supone la interlocución con Rusia, así como la diferente percepción que el mundo ruso tiene sobre lo que significa la multipolaridad impide, a mi juicio, buscar espacios de entendimiento ni fórmulas de cooperación que, en los presentes tiempos de desafíos tan importantes se muestran imprescindibles. Porque, en otro caso, se confirmará que el vecindario oriental de la Unión Europea y el occidental de Rusia, no es un espacio común ni compartido, y -lo que es peor- un área territorial conformada por Estados independientes, sino simplemente una región en la que el objetivo ruso es integrar política y económicamente, así como en términos de seguridad, a un conjunto de repúblicas tuteladas por ella (Haukkala & Popescu, 2016).

 

Nota sobre el autor:

José Ángel López Jiménez. Profesor de Derecho Internacional Público en la Facultad de        Derecho/ICADE de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid; autor de numerosas publicaciones sobre el espacio post-soviético y Europa Oriental. Email: jalopez@comillas.edu

 

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