El resurgimiento de Irán como potencia tras el levantamiento de las sanciones internacionales

JOSÉ IGNACIO CASTRO

Ejército de Tierra, España

 

Title: Iran’s Resurgence as Power after International Sanctions Relief

Resumen: El acuerdo entre Irán y el Grupo P5+1 se materializó al principio 2016, con el compromiso iraní de reducir y declarar sus capacidades nucleares por un plazo temporal. En paralelo al cumplimiento del acuerdo, Irán ha incrementado su poder hacia su área de expansión geopolítica en la zona de Mesopotamia y Levante. El resurgimiento de Irán ha ocasionado una proliferación de armamentos convencionales, donde los misiles balísticos son la principal fuente de tensión. En el ámbito internacional Irán ha conseguido mejores oportunidades de negocio, aunque su progresión económica es todavía lenta, debido principalmente a las dinámicas de poder internas. El acuerdo ha traído, en el orden mundial, la reestructuración del poder de los grandes actores en el Oriente Medio y en otras zonas del mundo. En el interior de Irán, el acuerdo ha reforzado la autoridad institucional frente a la disidencia y los movimientos independentistas, al tiempo que abre una vía a la esperanza de un futuro mejor para la población iraní.

Palabras Clave: Irán, acuerdo nuclear, Oriente Medio, levantamiento de sanciones, proliferación.

Abstract: Nuclear agreement between Iran and the P5+1 Group become a reality at the beginning of 2016, with the Iranian engagement on declaration and reduction of her nuclear capabilities, for a temporary period. Parallel to the agreement accomplishment, Iran has increased her power towards her geopolitical enlargement area in the Mesopotamia and Levant region. Iran´s resurgence has caused a conventional weapons´ proliferation, where ballistic missiles are the main stress´s source. At international level, Iran has achieved better business opportunities, although her economic evolution is still slow, mainly due internal power´s dynamics. At global order level, the agreement has brought main actors power´s redesign in Middle East and other global areas. Inside Iran, the agreement has reinforced institutional authority and at the same time it is opening up the way for hope and for a better future for the Iranian people.

Key Words: Iran, nuclear agreement, Middle East, sanctions relief, proliferation.

Recibido: 17 de agosto de 2016

Aceptado: 9 de septiembre de 2016

Para citar este artículo/To cite this article: José Ignacio Castro, "El resurgimiento de Irán como potencia tras el levantamiento de las sanciones internacionales", Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 2, No. 2, (2016), pp. 11-30. http://dx.doi.org/10.18847/1.4.2

 

Introducción

Desde la consolidación de la revolución islámica iraní, las relaciones con los Estados Unidos han sido muy tensas y han constituido el punto de partida de sus sanciones. El descubrimiento en 2003 en Irán de un programa nuclear hizo que  las sanciones anteriores se incrementasen por parte de los Estados Unidos y que otros estados se sumasen a ellas. A partir de entonces el proceso negociador ha pasado por una serie de altibajos, cuyos extremos han sido marcados por los diversos tratados y la ruptura de éstos.

El 14 de  julio de 2015 se firmó un acuerdo en materia nuclear entre el llamado Grupo P5+1 e Irán. La denominación P5+1 se atribuye a los estados que componen el Consejo de Seguridad de la ONU a los que se añade Alemania. El grupo también se conoce con el nombre de EU 3+3. Los intereses entre los miembros del grupo eran dispares, aunque las mayores discrepancias en las posturas negociadoras eran las que mantenían los Estados Unidos e Irán, como polos contrapuestos de la negociación. Sin embargo, no fue hasta el 16 de enero de 2016 cuando se consideró que Irán había implementado los términos del acuerdo, tal como anunciaron el ministro de exteriores iraní, Javad Zarif y la representante de la Unión Europea (UE)  Federica Mogherini  (Davenport, 2016).

Haciendo memoria, el acuerdo alcanzado en Viena contemplaba que durante 8 años no se realizasen nuevas actividades de investigación y desarrollo sobre el enriquecimiento de uranio. Además, durante 10 años Irán mantendría para el enriquecimiento tan solo unas 5000 centrifugadoras de su modelo más antiguo (IR-1). Por otra parte, en un plazo de 15 años Irán se prepararía para alcanzar los parámetros de los países que emplean la industria nucleoeléctrica con fines pacíficos, por lo que no almacenaría más de 300 kilogramos de uranio y éste siempre debería poseer un grado de enriquecimiento menor  de un 3,67 por ciento. El acuerdo también contemplaba la remodelación del reactor de agua pesada de Arak, para que no fuese capaz de producir plutonio de uso armamentístico (European External Action Service, 2015).

Hasta la negociación del acuerdo Irán, forzado por las sanciones internacionales, había mantenido lo que el anterior presidente iraní, Mahmud Ahmadinejad, definiría como una “política de visión hacia el este” (Saghafi-Ameri, 2008: 4-5). Rusia se constituía como su aliado de conveniencia y suministrador de armamento, pero no le consentía la injerencia en los mercados energéticos controlados por los rusos (Frear, 2015).

Otra importante faceta de esta mirada hacia el este estaba constituida por las relaciones iraníes con China e India. La primera  veía a Irán como un suministrador de productos energéticos relativamente cercano y que servía para diversificar sus fuentes de abastecimiento. Como contrapartida, los chinos basaban su relación sobre el intercambio de armamento, así como productos manufacturados de baja calidad. Para Irán la India era una fuente de productos alimenticios, intercambiables por los hidrocarburos iraníes, pudiendo de  este modo operar mediante un sistema de trueque y evitar las sanciones que la Comunidad Internacional y sobre todo Estados Unidos, imponían sobre las autoridades y entidades iraníes (Manochehr y Currier, 2008: 66).

Se podría considerar que las relaciones anteriormente descritas como las de mayor entidad, previas al acuerdo, aunque existían otras en Asia, África y algunos estados del sur del continente americano, opuestos a los intereses estadounidenses.

Sin embargo, el acuerdo hizo que numerosos estados buscasen posicionarse ante las posibilidades que les aportaba la apertura del nuevo mercado iraní en la era posterior a las sanciones. Tras la firma de éste, numerosos líderes europeos mantuvieron entrevistas con autoridades iraníes, tratando de obtener posiciones de ventaja(Davenport y Kimball, 2015). La administración estadounidense ha conservado sus reticencias al levantamiento de las sanciones, principalmente por la continuidad del programa de misiles por parte de Irán. A pesar de la postura gubernamental, las empresas norteamericanas también se encuentran ávidas por obtener beneficios ante las nuevas posibilidades de negocio que ofrece Irán (Woodruff, 2016).

El acuerdo no fue precisamente bienvenido en el Oriente Medio. Por una parte el presidente israelí, Benjamin Netanyahu, declaró que este compromiso no era capaz de alejar la proliferación nuclear iraní en un largo plazo, pero además incrementaba significativamente el riesgo de una amenaza no nuclear sobre Israel por parte de Irán y sus aliados. Igualmente la postura de Arabia Saudita sería similar, ya que el antiguo jefe de la inteligencia saudí, el príncipe Turki al-Faisal,  califico que en un lapso de 10 a 15 años Irán volvería a reanudar su programa nuclear militar. Además a los temores sauditas se unían los de los estados suníes del golfo, que veían que la división sectaria de la región se podría decantar del lado chií, en el caso que Irán fuese capaz de liberarse de las sanciones internacionales (Einhorn y Nephew, 2015:19-22).

En el interior de Irán, las autoridades aprovecharon la negociación y el posterior acuerdo para imponer su orden sin que las repercusiones internacionales les fuesen desfavorables. Los movimientos independentistas iraníes, entre los que destaca la resistencia kurda, fueron reprimidos a ambos lados de la frontera (Zaman, 2015). En relación con la disidencia política el acuerdo y los meses posteriores a éste han servido para sofocar a los grupos disconformes, entre los que sobresale el Movimiento Verde. En este entorno de fortaleza el presidente iraní, Hassan Rohani, se presentó ante su pueblo como el dirigente que había conseguido un acuerdo positivo en el que había salido victorioso frente a los estadounidenses y sus aliados (Freund, 2015).

Económicamente para Irán se abría una nueva perspectiva, en la que las sanciones se alejarían, reemplazándose por la integración en los circuitos financieros y comerciales. La repercusión en el interior del estado consolidaría el régimen y lo situaría en un escenario de bonanza económica (The Economist Intelligence Unit, 2016: 2).

A la vista de las circunstancias de partida anteriormente expresadas, en el presente artículo se analizará la evolución de la situación tras un año de que se alcanzase el acuerdo, además de apuntar una posible serie de líneas de futuro según los nuevos acontecimientos se vayan desarrollando.

 

Las repercusiones internas

En el interior de Irán el acuerdo fue aprovechado por el presidente Rouhani para consolidarse como el dirigente que había conseguido alcanzar las metas iraníes y doblegar la voluntad de los otros negociadores (RFE/RL, 2015).

Con la opinión pública a favor, las elecciones al Majlis y a la Asamblea de Expertos de febrero de 2016 se planteaban a favor de las posturas gubernamentales (Nephew, 2016). Para evitar el riesgo de que los reformistas pudiesen acceder a un elevado número de parlamentarios, el tradicional sistema  de vetos iraní se endureció esta vez mucho más que en elecciones anteriores (MacMillan, 2016).

Finalmente y tras diversas apelaciones, las elecciones fueron ganadas por una coalición de carácter moderado, en la que los reformistas también se encontraban incluidos, por lo que el nuevo parlamento sería más afín a la agenda de Rohani. Sin embargo, el contrapunto de los conservadores y fundamentalistas y la incertidumbre de los independientes, impidieron la existencia de una tendencia mayoritaria. En cuanto a la Asamblea de Expertos, el carácter de ésta fue mucho más conservador, obteniendo asiento varios miembros acusados de violaciones de los derechos humanos. Esta orientación de la Asamblea es especialmente significativa, ya que su mandato es de ocho años y es el órgano encargado de la elección del Líder Supremo (Sabet, 2016). Teniendo en cuenta que Khamenei tiene 77 años, es posible que esta asamblea sea la que elija el próximo Líder.

Las posibilidades de negocio que ofrecía Irán hicieron que las reacciones ante las elecciones y la pérdida de las libertades públicas fuese más tibia que en ocasiones anteriores. Entretanto, los líderes opositores del llamado Movimiento Verde, Mehdi Karroubi y Mir Hossein Mousavi, han cumplido su quinto año bajo arresto domiciliario sin haber sido acusados de cometer ningún crimen (International Campaign for Human Rights in Iran, 2016).

El ambiente de mayor laxitud externa e interna también propició que las autoridades iraníes se pudiesen dedicar a perseguir a sus enemigos internos con una relativa facilidad. El nivel de ejecuciones llegaría a alcanzar las cotas del año 1989 y la libertad de expresión se vería reprimida (Gladstone, 2016a). Una de las pruebas más significativas sería la destrucción de más de 100.000 antenas parabólicas y sus receptores, debido a considerar que los programas que se reciben en ellos son destructores de la moral y la cultura de la sociedad (AFP, 2016a).

En este entorno de pasividad internacional se ha vuelto a producir un levantamiento kurdo en el interior de Irán, posiblemente influenciado por los logros de las comunidades kurdas en Irak y Siria. Desde mayo de 2016 los peshmergas kurdos de Irán han comenzado a combatir a las fuerzas de seguridad gubernamentales, aunque hay que tener en cuenta que la variedad de partidos políticos y movimientos no les han permitido ejercer una oposición coordinada (Hama Rasheed, 2016). Las medidas coercitivas iraníes no se hicieron esperar, ya que fueron apresados numerosos kurdos y ejecutados más de veinte, acusados de realizar acciones armadas (Davison, 2016).

Las esperanzas de prosperidad traídas por el acuerdo nuclear serían igualmente un moderador de la tensión social, principalmente vivida en las grandes ciudades. Para apaciguar el clima durante las elecciones el portavoz del gobierno iraní, Mohammad-Baqer Nobakht, anunció fuertes subidas de sueldo entre los empleados gubernamentales y el mantenimiento de los precios de los hidrocarburos, dentro del programa de subsidios (Janes, 2016).

El hecho de que Irán cumpliese los hitos marcados en el acuerdo nuclear sirvió como el punto de partida para el levantamiento de las sanciones, lo que sería especialmente significativo en el ámbito de los hidrocarburos. Los niveles de producción durante la época de las sanciones se limitaba a menos de 1,5 millones de barriles de petróleo por día. Tras la firma del acuerdo Irán comenzó a preparar su infraestructura petrolífera para un fuerte incremento de su producción, que se produjo a partir de enero de 2016. Según el vicepresidente iraní, Es’haq Jahangiri, en el mes de agosto la producción petrolífera alcanzó los 2,5 millones de barriles por día, situándose en las cotas previas a la imposición de sanciones internacionales (Press TV, 2016a).

El potencial iraní, basado en sus yacimientos de hidrocarburos, es el que el gobierno pretende explotar para su despegue económico. Para adaptarse a los requerimientos constitucionales la solución gubernamental es que las compañías petrolíferas extranjeras puedan realizar sociedades con la Compañía Nacional del Petróleo Iraní, شركت ملى نفت اﺍﯾﻳراﺍنﻥ, compartiendo beneficios. Esta nueva orientación está en contraposición con la explotación tradicional, mediante el denominado sistema de bay back, donde el inversor aportaba el capital para establecer y explotar el campo petrolífero, recibiendo a cambio una tasa fija por parte de la compañía nacional una vez estuviese la explotación en marcha. Aunque las empresas chinas e indias no abandonaron el mercado iraní, las nuevas oportunidades han animado a otras como Eni, Total, Lukoip, Shell o Repsol (Montoya, 2016:12).

La popularidad que mantenía Rohani al principio del año ha comenzado a deteriorarse después que se descubriese un escándalo en los bancos de propiedad estatal, donde los directivos se habían otorgado sueldos astronómicos, participaciones e intereses libres de préstamos. Ante esta inmoralidad y la presión del Líder, Rohani se vio forzado a destituir a los ejecutivos. Aun así su imagen ha resultado dañada, ya que él mismo criticó con acritud los altos salarios que se concedían en la época del presidente Ahmadinejad. Supuestamente la información de estos hechos ha partido de sectores conservadores, lo que se comprende si se tiene en cuenta que las elecciones presidenciales iraníes serán en el año 2017 (BBC, 2016).

 Al descenso de popularidad de Rohani también ha contribuido el que no se hayan plasmado los resultados del acuerdo en un fuerte incremento del bienestar de la población y la oportunidad de encontrar un trabajo para los jóvenes. A pesar que muchas de las sanciones se han levantado, las características del sistema económico iraní no permiten el desarrollo de la inversión extranjera con facilidad.

La economía bazarí y el fuerte conservadurismo que mantienen los “lobbies”, como las fundaciones y los Pasdarán, se oponen hacia las nuevas opciones que abre la economía de mercado. El temor a perder parte de su poder por varias de estas instituciones, es a menudo un impedimento con el que se encuentran las compañías que intentan hacer negocio en el interior de Irán. Otro escollo con el que se tropiezan los inversores exteriores es que las compañías iraníes se encuentran infiltradas con personal perteneciente a los Pasdarán, sobre los que Estados Unidos aún mantiene sanciones, por lo que no pueden operar por temor a situarse en el grupo de los sancionados (Nakhoul y Mably, 2016).

Lo que  trasciende de estas actuaciones es la tradicional pugna por el poder, incluido el económico, entre los pragmáticos y reformistas en contra de los conservadores y fundamentalistas. Mientras que los primeros intentan que el acuerdo inyecte en Irán el capital internacional, los segundos quieren mantener sus privilegios. Aunque las declaraciones oficiales deniegan estas tensiones, las opiniones son discordantes. La postura gubernamental, encarnada en su portavoz Mohammad Bagher Nobakhtes, es que el sector privado debe crecer sin entrar en competencia con el sector público y las instituciones (Faucon, Meichtry y Fitch, 2016).

 

La situación en el ámbito regional

En el entorno regional iraní la situación geopolítica ha evolucionado desde la firma del acuerdo, aunque a grandes rasgos la percepción sigue siendo la misma. A los temores sauditas e israelíes ante un Irán que aproveche su futuro fortalecimiento para proyectar su influencia en su entorno, se opone la narrativa que los iraníes emplean para contrarrestar la expansión del autodenominado Estado Islámico o Daesh.

La extensión del Daesh a través de Irak y Siria ha situado a Irán en un contexto de abierta oposición hacia el Estado Islámico. Hay que tener en cuenta que los gobiernos sirios e iraquí son aliados de Irán y que el Daesh se caracteriza por su orientación sunnita de carácter totalmente radical.

Sin embargo, la existencia del Daesh ha proporcionado a Irán una excusa sin parangón para poder ejercer su influencia a través del Oriente Medio. Con la justificación de combatir a una organización terrorista también se enfrenta a otros grupos que no le son afines. Por ello, la estrategia iraní se ha focalizado sobre tres líneas de actuación. La primera de ellas es la preservación de la estructura estatal de sus aliados, ya que un territorio dividido evitaría la extensión iraní en las zonas exclusivamente sunnitas. La segunda se basa en la formación y soporte a las fuerzas armadas gubernamentales de Irak y Siria, al tiempo que proporciona dirección y apoyo a las milicias chiíes para el combate y la asistencia humanitaria. La tercera se constituye en el establecimiento de un vínculo de dependencia entre Irán y sus aliados estatales, para que vean a éste en un corto y largo plazo como la solución para la supervivencia de sus regímenes (Ben Taleblu, 2015:1).

Durante los últimos meses la coalición liderada por los Estados Unidos y dirigida por el Teniente General Sean MacFarland, ha entrenado seis brigadas del ejército iraquí para su lucha contra el ISIS, denominadas “Brigadas de Contraataque de Mosul” y ha realizado con mayor precisión ataques aéreos contra posiciones e intereses del Daesh. La situación tras la liberación de Fallujah beneficia directamente los intereses de Irán, que sostiene entre otras a la milicia chiita Hashd ash-Shaabi, infiltrada en las estructuras militares iraquíes (Pollack, 2016).

En el conflicto sirio Irán se encuentra presente con un mayor grado de implicación, para mantener al régimen de Al Assad, que con su existencia garantiza el acceso iraní al Líbano e Israel. La muerte del general iraní Allah-Dadi en los Altos del Golán corrobora esta implicación y la determinación iraní de extender su presencia más allá de sus límites actuales (Ben Taleblu, 2015:3). Además de la intervención de los Guardianes de la Revolución Islámica o Pasdarán y de las fuerzas regulares iraníes, Irán ha enviado a Siria al contingente chiita afgano denominado Fattemiyoun y al contingente paquistaní Zainabiyoun. También se encuentran presentes bajo la coordinación de los Pasdarán los contingentes libaneses de Hizbollah (Alfoneh, 2015).

El apoyo entre rusos e iraníes en el conflicto sirio ha reforzado su dependencia mutua. A pesar que Irán quiere mantener al presidente Al-Assad en el poder y esto no es prioritario para los rusos, lo cierto es que sobre el terreno las medidas de coordinación se estrechan cada vez más. Tras los fallos de sincronización de los apoyos de fuego producidos en la batalla de Alepo, el Jefe de la Fuerza Qods de los Pasdarán, General Qassem Soleimani, viajó a Rusia posiblemente para discutir este punto y el programa de misiles iraní (Lund, 2016). En junio de 2016 se reunieron en Teherán los ministros de defensa de los tres Estados implicados, acordando su determinación de derrotar al Daseh, Al Nusra y otros grupos “terroristas”, tomando medidas en el ámbito regional y operacional por lo que Moscú incrementaría su presencia aérea y de fuerzas de operaciones especiales, mientras que Teherán enviaría y entrenaría a un mayor número de asesores y milicias progubernamentales (Press TV, 2016c).

Los primeros frutos de la reunión ministerial se manifestaron con rapidez, ya que inmediatamente se nombró coordinador conjunto al almirante iraní Ali Shamkhani, quien mantiene contacto directo con el Líder iraní, Alí Khamenei (Hashem, 2016). A lo largo del verano de 2016 se produjo el esperado envío de refuerzos y una fuerte operación ofensiva gubernamental sobre Aleppo, que fue contestada con contundencia por las fuerzas opositoras (Al Jazeera, 2016).

Los éxitos en su entorno inmediato y la determinación de Irán tras la firma del acuerdo le han llevado a potenciar sus acciones en toda la zona árabe e islámica, donde ha influido en la estabilidad de varios estados del Golfo yen conflictos como el de Yemen, Líbano o Palestina. Precisamente este último escenario ha sido un área de expansión, después que los iraníes se enemistasen con el grupo Hamas por su negativa a apoyar al régimen de Al-Assad. Irán ha vuelto a la Franja de Gaza con renovadas energías, esta vez de la mano del grupo Al Sabirín. Este grupo está integrado por antiguos miembros de Hamas, de la Yihad Islámica y activistas descontentos del Al Fatah, que se sienten traicionados por la Autoridad Nacional Palestina y su presidente, Mahmud Abás, por su mala gestión económica y su poca radicalización (Abu Toameh, 2016).

Otro de los temas candentes en el entorno regional ha sido el progreso del programa de misiles iraní, que Teherán quiere desvincular completamente del acuerdo nuclear. Una de las pruebas más controvertidas fue el lanzamiento el pasado octubre del misil Emad, variante del Sahab-3, pero con capacidad de ser guiado a su objetivo y transportar una cabeza nuclear. Estados Unidos denunció este incidente ante la ONU, alegando que era una violación de la resolución 2010 de las Naciones Unidas (Lederer, 2015). El hecho sería confirmado por un panel de expertos de esta organización (Fassihi y Norman, 2015).

A este lanzamiento se le unieron otros varios a lo largo del año 2016, lo que suscitó una polémica en el seno del propio Irán entre los partidarios de su continuación y los que optaban por un diálogo, encabezados por el expresidente Rafsanjani. Las disputas fueron zanjadas por el Líder Khamenei, quien dictaminó que los misiles eran necesarios y que los que actuaban exclusivamente en el marco negociador eran “ignorantes o traidores”. De este modo Irán mantiene clara su postura, en la que los misiles no forman parte del acuerdo nuclear, que cubre la resolución 2231 de Naciones Unidas (Sharafedin, 2106).

Con la dirección del líder se oficializó la orientación iraní hacia su programa de misiles, por lo que en el mes de mayo el parlamento o Majlis tomó las medidas necesarias para “el desarrollo e incremento de la capacidad de misiles balísticos” y “las capacidades de defensa antiaérea de alta, media y baja cota” (AFP, 2016c). Esta decisión parlamentaría se realizaría en un entorno en el que el presidente ruso, Vladimir Putin, había desbloqueado la venta del sistema antiaéreo S-300, que podría desestabilizar las dinámicas regionales en favor de Irán. La adquisición de Irán del sistema S-300 ha sido un requerimiento constante, que según numerosos analistas ha estado condicionado a que Irán se decante completamente por la tecnología nuclear rusa. Por este motivo se ha considerado que la construcción de un segundo reactor nuclear en Busherh sería la causa de desbloqueo de la venta de este importante sistema antiaéreo.

Arabia Saudita y sus aliados del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) han continuado expresando sus preocupaciones después de la materialización del acuerdo. Aunque en abril de 2015 el presidente Obama intentase tranquilizarles en Camp David, la posterior evolución de los acontecimientos no ha  hecho más que confirmar sus temores. Por ello el presidente estadounidense acudió, en abril de 2016, a una cumbre en Ryad para aquietar sus inquietudes. No obstante la percepción de los estados del CCG durante la cumbre fue que los Estados Unidos habían permitido a los iraníes todo tipo de prerrogativas regionales, con tal de mantener el acuerdo nuclear y llegar a alcanzar en un futuro una especie de “paz fría” en la región del Golfo Pérsico (Policy Analysis Unit Assessment Report, 2016: 1-4).

La posición de los sauditas es comprensible toda vez que Irán es visto como una amenaza regional y existencial, que busca la desestabilización de la estructura interna saudí. Hay que tener en cuenta que el concepto la de república islámica iraní se opone a la monarquía saudí, quien tiene que enfrentarse a una gran minoría chiita, que en numerosas ocasiones ha provocado levantamientos.

Las tensiones han aumentado aún más en los últimos tiempos tras la ejecución en Arabia del clérigo chiita Nimr al-Nimr, acusado de provocar revueltas en Arabia y Bahrain y de “servir a los intereses de terceros países”, como podría ser Irán (Al-Sughair, 2016).

Ante el temor a un Irán más fuerte en la región, Arabia Saudita ha incrementado su programa de armamentos confiando por el momento en su proveedor estadounidense, que ha tenido que hacer alguna concesión compensatoria hacia los saudíes. El aumento de la fuerza aérea saudí ha sido significativo, pero aún más lo ha sido el incremento de su sistema de defensa aérea teniendo en cuenta el crecimiento del programa iraní de misiles balísticos. Por este motivo los saudíes han adquirido 600 unidades de la versión PAC-3 del sistema norteamericano de defensa antiaérea Patriot (Weisgerber, 2015).

A la vista de los hechos parece ser que Arabia Saudita se ve todavía forzada a mantener una relación de estrecha cooperación con los estadounidenses ya que no puede confiar en otro suministrador de armamentos, del que tienen prácticamente dependencia absoluta. Sin embargo en un largo plazo no habrá que olvidar el resentimiento de los árabes por la relación de Estados Unidos con Irán, al que apoyaron en la época del Shah. Además en el pasado reciente, la actuación estadounidense minimizó las dos grandes amenazas que pendían sobre los iraníes, constituidas por el régimen Talibán de Afganistán y la dictadura de Saddam Hussein en Irak. En el pasado inmediato los árabes han contemplado como los norteamericanos no han actuado o lo han hecho tibiamente en conflictos como Irak, Siria, Yemen o las provincias del sur de Arabia Saudita.

Israel también se ha considerado perjudicado por al firma del acuerdo. El presidente Netayahu intentó por todos los medios a su alcance que el pacto no llegase a consolidarse en los términos en los que se redactó, ya que consideraba que “un acuerdo basado en este marco amenazaría la supervivencia de Israel” (Gordon y Sanger, 2015).

Netanyahu quiso entrevistarse con el presidente Obama, aunque éste declinó reunirse con él con el pretexto de que el presidente estadounidense no debía coincidir con el presidente israelí, dada la proximidad de las elecciones israelíes. La reacción republicana en los Estados Unidos fue encabezada por el antiguo contrincante de Obama, John McCain, quien declaró que la relación entre los Estados Unidos e Israel durante la presidencia de Obama era “la peor de las que había visto en su vida” lo cual constituía una tragedia, ya que era la única democracia en funcionamiento de todo el Oriente Medio. McCain añadió que las expectativas de Obama con Irán sobre la cuestión nuclear eran del todo irreales (Benari, 2015).

La amenaza del programa de misiles iraní supuso también para Israel incrementar su programa de defensa antiaérea. En su excelente escudo antimisiles cuenta con el sistema Iron Dome que ha sido complementado desde principios de 2016 con el Iron Beam, sistema antiaéreo de energía dirigida mediante láser (Katz, 2016). En este sentido el ministro de defensa israelí, Avigdor Liberman, afirmó que un año después de la firma del acuerdo se ha demostrado que Irán continúa siendo la mayor amenaza para la supervivencia de Israel y como prueba de ello basta ver que el programa de misiles iraníes sigue activo en toda la plenitud de sus capacidades. El ministro israelí comparó la situación actual con la posterior al Pacto de Múnich del año 1938, en el que Francia e Inglaterra cedieron al expansionismo nazi sin conseguir apaciguar sus ansias (Harkov, 2016).

Igualmente habría que preguntarse si, a la vista de la fuerza que va tomando el grupo Al Sabirín, Israel podría retirarse de la Franja de Gaza. En dicho caso, tras la ocupación por Hamas se podría provocar una pugna por el poder con este nuevo grupo, dando la posibilidad de acceso a los iraníes dentro de los límites israelitas.

Para Turquía la situación es completamente diferente de la que viven Israel y Arabia Saudita. El Gobierno de Ankara ha visto el acuerdo como un éxito diplomático que le abre expectativas de negocio con sus vecinos iraníes. Las previsiones económicas con un Irán integrado en la economía de mercado abre la posibilidad a que Turquía le ofrezca sus productos industriales y servicios con la contrapartida de recibir a cambio los hidrocarburos iraníes (Yildiz et al, 2016: 10-13).

Sin embargo no hay que olvidar que Turquía es un estado mayoritariamente suní y que a caballo del cambio de año desplegó tropas en las cercanías de la población iraquí de Mosul, para ayudar a las milicias suníes y kurdas de la zona a luchar contra el Daesh. La postura iraní fue totalmente contraria a la intervención militar turca, por lo que el proiraní primer ministro de Irak, Haider al-Abadi, advirtió sobre la posibilidad de solicitar la intervención de Rusia en el norte de Irak a menos que Turquía retirase sus tropas (Iran Press TV, 2016). Tanto Estados Unidos como Rusia han presionado a Turquía para que retire sus tropas, aunque ésta ha mantenido su postura. Por dicho motivo durante la cumbre de la Liga Árabe celebrada en Nouakchott el ministro de exteriores iraquí, Ibrahim al-Jaafari, realizó un renovado llamamiento para que los países árabes influyesen para que Turquía cambiase su decisión (Kurd Press, 2016).

Igualmente la cuestión siria es un factor de discrepancia entre Turquía e Irán, ya que el primero apoya a la coalición de las fuerzas de oposición, mientras que el segundo apoya junto con Rusia el mantenimiento del régimen de Al-Assad.

Entretanto, después del fallido intento de golpe de estado en Turquía, la posición del presidente Erdogan tiende hacia la consolidación, tras las depuraciones de sus posibles opositores en todos los ámbitos de la administración. A pesar de las discrepancias en Irak y Siria, Irán se decantó desde un primer momento del lado de Erdogan, ya que el panorama económico desde su ascenso al poder ha sido positivo para los iraníes. En el caso que el golpe hubiese triunfado Irán habría tenido que presenciar cómo la zona Este de Turquía, de mayoría kurda, incrementaba su nivel de inestabilidad, con el consiguiente riesgo de extensión hacia Irán. Además, Fethullah Gulen, al que Erdogan acusa de ser el instigador del golpe, es manifiestamente contrario a Irán, al chiismo y especialmente crítico con la revolución iraní de 1979. Otra razón de peso para Irán es que, previo al intento de golpe, Erdogan había decidido restablecer las relaciones con Rusia, después de haberse disculpado por haber derribado un avión de combate ruso en  la frontera turco-siria (Jafari, 2016).

 

La situación en el ámbito internacional

La firma del acuerdo y el reconocimiento por parte del OIEA de su implantación en enero de 2016 hizo que los estados que participaron en la negociación del acuerdo cumpliesen lo pactado en éste, levantando progresivamente las sanciones. No obstante, Estados Unidos mantiene otro tipo de sanciones sobre las entidades relacionadas con la Guardia de la Revolución Islámica. A pesar de ello, la postura iraní ha sido de manifiesta queja, ya que los beneficios económicos obtenidos han estado al parecer muy por debajo de las expectativas marcadas (Heinonen et al, 2016).

Las tensiones entre Irán y Estados Unidos se han incrementado en el ámbito internacional, principalmente por motivos económicos. Hay que tener en cuenta que las sanciones que Estados Unidos mantiene sobre determinadas entidades iraníes impiden que las empresas norteamericanas comercien con éstas a la par que el resto de inversores extranjeros deben investigar a las empresas iraníes para no entrar en conflicto con los intereses estadounidenses (Nakhoul y Mably, 2016). Al no poder alcanzarlos beneficios esperados, Irán ha acusado a los Estados Unidos de obstaculizar su capacidad de hacer negocios y de atraer las inversiones económicas exteriores. Aparte de las entidades bajo sanción, las empresas estadounidenses están buscando oportunidades de establecer lazos comerciales con los iraníes, como puede ser el caso de la aeronáutica Boeing. A pesar de ello existen presiones en el ámbito político estadounidense para evitar este tipo de relaciones, en un entorno en que habrá un nuevo presidente en la Casa Blanca a principios de 2017 (Gladstone, 2016b).

La amenaza del cierre del estrecho de Ormuz, por parte de los iraníes, es un tema recurrente cuando no existen los progresos esperados en el ámbito de las relaciones exteriores. Esta amenaza se produjo de nuevo cuando los republicanos estadounidenses introdujeron en el Congreso una resolución de condena por el apresamiento de marinos estadounidenses en aguas del “Golfo Arábigo”. Varias autoridades militares iraníes, entre las que destaca el general Ali Shadmani segundo jefe del Estado Mayor, han declarado que sus fuerzas armadas bloquearán el paso a cualquier nave en el caso que Estados Unidos realizase una escalada en el conflicto (Fars News, 2016). Irán no es signatario de la “Ley del Mar” del año 1982, por lo que su legislación se apoya en el tratado de 1959. Por ello los espacios marítimos del Golfo tienen para los iraníes la consideración de aguas interiores, por lo que el estrecho no podría ser considerado internacional y debería estar bajo la jurisdicción iraní.

Entretanto, las posturas de los otros negociadores del acuerdo han mostrado sus particularidades. El punto de vista francés, expresado por el embajador Gérard Araud, parte de que el acuerdo ha frenado el riesgo de proliferación nuclear regional y en otros lugares del globo, si se tiene en cuenta que el ejemplo iraní pudiera ser seguido en torno a Corea del Norte. Aunque se han levantado las sanciones que pendían sobre Irán por el tema nuclear, las sanciones secundarias que mantiene Estados Unidos podrían impedir a los demás incumplir con lo pactado. Como ejemplo, la posibilidad de que Boeing o Airbus puedan suministrar aparatos y repuestos a la aviación comercial iraní depende de piezas de patente estadounidense (Davenport y Philipp, 2016).

La orientación francesa hacia Irán se encuentra buscando cauces de cooperación, por lo que el presidente Rohaní viajo a Francia a principios de 2016. La visita de Rohani trajo la firma de acuerdos multimillonarios entre los dos estados, amparados por los créditos del banco francés Coface. Las inversiones han correspondido a empresas como la petrolífera Total, el grupo PSA de automoción, la aeronáutica Airbus o las constructoras Alston, Bouygues y Aeroports de Paris (Marlowe, 2016).

La relación se estrecharía más cuando el ministro de exteriores francés, Jean-Marc Ayrault, viajó a Teherán donde declaró que Francia “quiere una cooperación a largo término con Irán”. Los temas de discusión no versaron únicamente sobre aspectos económicos, sino que también se focalizaron en la solución de conflictos como los de Siria, Líbano o Yemen (IRNA, 2016). Es posible que Francia busque un papel activo en la región, ante la posible redistribución de poder entre otros grandes actores como Rusia o Estados Unidos.

La visión alemana, aunque es positiva ante las inversiones en Irán, es mucho más cauta. La inteligencia germana ha estado pendiente del seguimiento del tratado y todavía tiene sospechas de que Irán posea un programa encubierto para la obtención de tecnología nuclear en conexión con su ambicioso programa de misiles (Browne, 2016). Entretanto las oportunidades de negocio entre ambos actores se abrieron tras la entrevista entre el ministro de exteriores iraní, Javad Zarif, y su homónimo alemán, Frank-Walter Steinmeier, en la que se alcanzaron las bases para que bancos y empresas alemanas invirtiesen en Irán (Salal, 2016). Casi con simultaneidad Irán canceló las deudas pendientes a la exportación que tenía con Alemania, abriendo de este modo la posibilidad de nuevas relaciones comerciales y el restablecimiento de garantías para la concesión de nuevos créditos (Donahue, 2016).

A pesar de este clima de entendimiento y de que las exportaciones alemanas crecieron un once por ciento en el primer semestre de 2016, ha habido cierto desencanto en las empresas germanas, representadas en la Cámara Alemana de Comercio e Industria, conocida como DHIK. No obstante las compañías germanas siguen intentando introducirse en el mercado iraní, siendo Siemens un ejemplo significativo, ya que ha contratado la instalación de generadores de energía y turbinas de gas (AFP, 2016b). Igualmente Daimler ha comenzado las gestiones para fabricar en consorcio vehículos Mercedes-Benz en el gran mercado de la automoción iraní, en el que hay una importante demanda de vehículos industriales (Tasnim News, 2016).

El reino Unido se ha desligado de sus colaboradores continentales tras la salida de la Unión Europea. En el tema iraní ha acercado posiciones a los Estados Unidos ejerciendo el papel de interlocutor. En marzo de 2016 se cancelaron las conversaciones en Londres entre el departamento del Tesoro estadounidense, el Banco Central Iraní y bancos europeos, temerosos de invertir en Irán por haber sido sancionados por los estadounidenses (MacLellan y James, 2016). A pesar de todo, Irán intenta que el Reino Unido no se decante completamente del lado norteamericano. Durante la felicitación que el presidente Rohani realizó a la nueva premier británica, Theresa May, ésta subrayó que continuaría impulsando la implantación del tratado nuclear y enfatizó la importancia de la colaboración en el sector bancario. No obstante, las relaciones diplomáticas siguen en el nivel de intercambio de encargados de negocios, sin haberse nombrado embajadores respectivamente (Press TV, 2016b).

La aproximación rusa hacia Irán muestra la continuidad por los esfuerzos en proyectarse hacia su eje sur, aprovechando las relaciones con Teherán. En este sentido ambos estados han acordado, junto con Azerbaiyán, la construcción de un corredor terrestre por ferrocarril que ponga en comunicación Europa y Asia. Según el ministro ruso de transporte, Maxim Sokolov, este corredor podría atraer parte de las mercancías que hoy en día se transportan a través del Canal de Suez (Agayev y Arkhipov, 2016).

Aunque no estuviesen claros los intereses rusos en las negociaciones y el compromiso del posterior acuerdo, parece ser que la aproximación rusa buscase conseguir que el fortalecimiento de Irán desestabilizase la región del Oriente Medio, obligando a diversificar los esfuerzos estadounidenses. Tras el acuerdo alcanzado, Rusia aumentó sus relaciones con Irán, intercambiando por del petróleo iraní todo tipo de bienes, incluidos los armamentos (Saradzhyan, 2016). Además, tras la construcción de la central nuclear de Busherh, ambos estados han acordado la construcción de dos nuevas centrales, dentro de un proyecto de futuro de diez plantas nucleoeléctricas (Sputnik, 2016).

En el campo armamentístico el presidente ruso, Vladimir Putin, firmó un decreto por el que levantaba la prohibición de la venta del sistema antiaéreo S-300, que incrementaría la protección de Irán ante un ataque aéreo, pudiendo proporcionar a los iraníes la suficiente capacidad defensiva para proteger sus instalaciones críticas. Sin embargo, el despliegue de este arma podría ser utilizado en otros escenarios como un elemento disuasorio ante un ataque norteamericano, israelí o saudí, por lo que la localización de este material en Líbano, Yemen o Siria reforzaría el papel regional de Irán. De este modo le daría un vasto control de los espacios aéreos, en similitud al despliegue de los mismos misiles que Rusia realizó durante la crisis de Ucrania (Kahn, 2016).

No obstante, Rusia siempre ha buscado el modo de controlar a Irán para que su dependencia no pueda romper la relación de conveniencia que les une. Puede ser que en consonancia, la compañía rusa OAO Rosneft haya ofrecido comprar parte de la petrolera India Essar Oil Ltd (Sundria, 2016). A pesar de todo, las ventas de petróleo a India se han incrementado drásticamente, alcanzando los 500.000 barriles por día y colocando a los indios como los segundos clientes de Irán, después de China (Verma, 2016)

China ve con preocupación la situación en el Oriente Medio, donde Estados Unidos está empleando menos recursos que en ocasiones anteriores, mientras realiza lo que se ha denominado “estrategia de pivote hacia Asia”, lo que le sitúa como rival contra los intereses chinos de expansión en esta región. Mientras, los chinos achacan el incremento del terrorismo en el Oriente Medio al repliegue militar de  Estados Unidos en Irak, Afganistán y el Golfo Pérsico (Zhiqin y Yun, 2016).

El acuerdo nuclear abrió las puertas a una mayor cooperación entre China e Irán, que considera a este estado como crucial para su estrategia de “un cinturón, un camino” por la que pretende que en Eurasia se ponga de nuevo en funcionamiento la antigua “Ruta de la Seda”, al tiempo que se asienta la “Nueva Ruta de la Seda” de carácter marítimo, apoyada en el “Collar de Perlas” que constituyen las bases y asentamientos chinos a lo largo de la costa de los Océanos Índico y Pacífico.

La venta de armamento chino a Irán declinó durante los años noventa y primera década de siglo, debido a las sanciones de los Estados Unidos. Ahora se abre de nuevo un territorio de oportunidades para mayores negocios en los próximos ocho años, con el visto bueno de Naciones Unidas. Si tras este periodo se cumplen los requisitos del acuerdo de Viena, la venta de armamentos a Irán podría encontrase libre de restricciones (Wuthnow, 2016).

El levantamiento de sanciones también ha abierto las puertas a un mayor comercio de productos petrolíferos entre China e Irán. Al tradicional intercambio de petróleo a por productos manufacturados se ha sumado la carrera por el refinado del petróleo entre las distintas refinerías independientes, denominadas teapots. Irán ha visto una nueva oportunidad en negociar con estas compañías, principalmente localizadas en la provincia china de Shandong, por lo que la Compañía Nacional del Petróleo Iraní ha empezado a comerciar enviando crudo a través de la compañía Trafigura. Debido a que estas teapots no son capaces de absorber todo el cargamento de un petrolero de gran capacidad, también se beneficiarían las compañías estatales chinas Sinopec y PetroChina (Tan y Aizhu. 2016).

Sin embargo, la apertura de los nuevos mercados iraníes es para China una espada de doble filo, ya que ha atraído a otros inversores. Por ello el presidente chino, Xi Jinping, realizó una visita a Oriente medio con escalas en Irán, Arabia saudita y Egipto (Tiezzi, 2016). El levantamiento de sanciones ha perjudicado ciertos sectores de la exportación china, ya que su industria automovilística servía para intercambiar vehículos a cambio de petróleo. Los nuevos inversores europeos y la puesta de nuevo en funcionamiento del sector de automoción iraní han puesto en peligro estas tradicionales ventas chinas (Yan, 2016).

La relación china con Arabia Saudita es contraria a los intereses de Irán. Al igual que los iraníes, los saudíes se encuentran interesados en la venta de petróleo y en la energía nuclear. El mercado de la tecnología nuclear ha llevado a que Arabia haya establecido relaciones con China para la construcción de reactores nucleares de última generación, enfriados por gas a presión (Chang y Meidong, 2016).

 

Conclusiones y perspectivas de futuro

Pasado más de un año conviene hacer una recapitulación de lo que el acuerdo nuclear alcanzado en julio de 2015 e implementado en enero de 2016 ha acarreado para Irán, la seguridad de la región y sus repercusiones a nivel mundial.

Irán se ha visto beneficiado internamente por haber alcanzado un pacto, ya que las autoridades se han reforzado contra sus enemigos interiores, sin que prácticamente se hayan alzado voces de protesta desde el ámbito internacional. Los líderes del Movimiento Verde siguen bajo arresto y sin perspectivas de liberación, al tiempo que la libertad de expresión se encuentra en uno de los momentos más bajos dentro del régimen islámico.

Los movimientos independentistas iraníes han dado poco que hablar, con la excepción de la región del Kurdistán iraní, donde la disidencia ha sido sofocada y subsiste con dificultad gracias a algo de la ayuda procedente de las provincias kurdas de Irak, que por otra parte tienen sus propias dinámicas, ya que deben luchar contra las fuerzas del Daesh y en alguna ocasión han sido apoyados por Irán.

Aunque el levantamiento de las sanciones no haya traído inmediatamente el esperado resurgimiento económico, lo cierto es que Irán se encuentra en una situación de despegue que no había vivido desde el primer mandato del presidente Khatami. A pesar de que prevalecen sanciones secundarias, principalmente por parte de Estados Unidos, también es cierto que los sectores reaccionarios de la oligarquía iraní no quieren perder la cuota de poder que la economía tradicional les proporciona, obstaculizando de este modo el desarrollo de una economía de mercado.

La extensión del poder de Irán y los nuevos armamentos que éste ha desarrollado o adquirido, han ocasionado una escalada en la proliferación de armamento convencional en la región. En concreto, Israel y Arabia Saudita han aumentado significativamente sus capacidades de defensa antiaérea ante la amenaza de los misiles iraníes, que en un futuro podrían tener la capacidad de constituirse en vectores nucleares.

Un Irán más fuerte a nivel regional es un paso adelante para proyectar su influencia y extenderse entre las poblaciones chiíes del Oriente Medio. Las bazas internacionales jugadas por Irán le han situado como la solución al terrorismo islámico, promovido por el Daesh u otros grupos como Al-Nusra. Por ello Estados Unidos ha tenido que reconocer su papel en los conflictos de Irán y Siria, al tiempo que ha perdido una parte importante de su influencia en el Oriente Medio, en favor de Rusia, aliada de conveniencia de Irán. Al tiempo, la fortaleza de Irán permite a los estadounidenses disminuir drásticamente su presencia en él área para focalizarse en la región Asia-Pacífico, donde han decidido frenar la expansión de China.

En el plano económico internacional el levantamiento de las sanciones ha abierto a los iraníes la posibilidad de abrirse a los mercados mundiales. Aparte de incrementar las relaciones comerciales con sus socios tradicionales, ha encontrado otros nuevos muy competitivos con los anteriores, como pueden ser los países de la Unión Europea. De esta manera se ha otorgado a Irán la posibilidad de elegir a sus clientes y proveedores.

Parece ser que el acuerdo, a menos que exista un fuerte factor distorsionador tiene reforzado su futuro en los plazos marcados, por los beneficios que ha reportado hasta el momento a todos los que han participado en éste. Es muy posible que el acuerdo deje de ser el eje de las relaciones entre los actores implicados, para convertirse en un hecho cotidiano, donde los inspectores del OIEA realicen sus labores de inspección e informes. No obstante, es también posible que Irán intente que la labor de los inspectores no sea completamente fácil y que los términos del tratado sean reinterpretados de otro modo. Esta situación en un entorno de levantamiento de sanciones podría volver a traer otra complicada etapa de negociaciones mientras el acuerdo subsistiría, perdiendo parte de su credibilidad, pero beneficiando los intereses iraníes.

Esta nueva etapa de negociaciones podría de nuevo traer posturas encontradas, porque las partes implicadas podrían haberse radicalizado. Esto sería especialmente significativo en negociadores como Rusia, Estados Unidos o el propio Irán, donde habrá que tener en cuenta el carácter de sus gobiernos tras las elecciones. Igualmente existen otros actores implicados con los que no se ha contado esta vez, como puede ser Arabia Saudita o Israel, que estarían más que interesados en dar su visto bueno a cualquier situación que afecte a su seguridad.

Con posturas más encontradas, las oportunidades para alcanzar un nuevo acuerdo serían más difíciles y la desconfianza podría aumentar las tensiones, por lo que un Irán que se encontrase en el umbral de la proliferación nuclear podría saltar esta línea con una relativa facilidad. Hay que tener en cuenta que Israel es una potencia nuclear de facto y Arabia Saudita posee misiles con capacidad de albergar armas nucleares, por lo que si encontrase un proveedor como Pakistán o China, la proliferación nuclear en el Oriente Medio podría producirse en un medio plazo.

En el caso que Irán cumpliese todo lo pactado en el acuerdo, no tendría por qué someterse a éste tras transcurrir los plazos marcados, cuyo límite más lejano se encuentra en un horizonte de quince años. Deberían plantearse nuevos incentivos atractivos para Irán, para que éste aceptase someterse voluntariamente a un nuevo pacto, o por el contrario podría reanudar su programa nuclear con fines militares, si lo considerarse una necesidad nacional.

Hay que tener en cuenta que la medida del tiempo para la mentalidad iraní es muy diferente que para la occidental, donde los objetivos se plantean con pocos años de visibilidad. La construcción del antiguo Iranshar, como el conjunto de los territorios chiitas que abarcan desde el Hindu Kush hasta los Altos del Golán es algo que puede llevar mucho tiempo, pero tal y como reza el proverbio iraní “el futuro es nuestro”.

 

Nota sobre el autor:

José Ignacio Castro es Coronel (DEM) del Ejército de Tierra y Doctor en Estudios de Paz y Seguridad Internacional por el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado.

 

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