De los Estudios Estratégicos. Conceptualización y evolución de un campo de estudio

ALBERTO BUENO

 Universidad de Granada

 

Título: On Strategic Studies. Conceptualization and Evolution of a Field of Study.

Resumen: Los Estudios Estratégicos son un campo académico y profesional interdisciplinar de ya larga tradición en el mundo anglosajón, pero todavía en sus primeras fases desarrollo en España. Por esta razón, este artículo pretende contribuir a su consolidación y estudio. Para ello, en primer lugar aborda sus fundamentos conceptuales, partiendo del término estrategia. En segundo, presenta el encaje disciplinar del campo y debate una de sus características constitutivas, como es su interés por contribuir a las políticas públicas. A continuación describe el desarrollo histórico experimentado hasta llegar a los temas que copan la agenda en la actualidad. Por último, plantea unas conclusiones con el fin de resaltar la importancia de tener un campo de conocimiento dedicado al estudio del poder militar.

Palabras Clave: Estrategia, Estudios Estratégicos, Estudios de Seguridad Internacional, Guerra

Abstract: Strategic Studies is an interdisciplinary academic and professional field with a long tradition in the Anglo-Saxon world, but it is still in its early stages of development in Spain. For this reason, this article aims to contribute to its consolidation and study. To do this, firstly it addresses its conceptual foundations, based on the term of strategy. Secondly, the disciplinary boundaries of Strategic Studies are presented and one of its constitutive characteristics, such as its interest in policy advice, is discussed. After that, it describes the historical development of the field up to the topics that currently cover the agenda. Finally, it sets out some conclusions in order to highlight the importance of having a field of knowledge dedicated to the study of military power.

Keywords: Strategy, Strategic Studies, International Security Studies, War

Recibido: 13 de marzo de 2018

Aceptado: 20 de abril de 2018

Para citar este artículo: Alberto Bueno, “De los Estudios Estratégicos. Conceptualización y evolución de un campo de estudio”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 4, No. 1, (2018), pp. 237-256. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.7.14

        

Introducción

Los Estudios Estratégicos representan el campo de conocimiento más estrechamente ligado al estudio de la guerra como objeto de investigación social, con la estrategia en su base conceptual. Pese a su popularidad creciente, su encaje en la academia es complicado (Kane & Lonsdale, 2012) debido entre otros motivos a la extensión de la agenda investigadora desde el final de la Guerra Fría (Hughes y Meng, 2011; Collins, 2010; Buzan, 1991), las posiciones normativistas en las democracias liberales (Duyvestyen & Worrall, 2017) o la naturaleza misma del conflicto. Respecto a ese último hecho, Speller (2016) afirma que la guerra no es una asignatura académica “cómoda”; unas reservas profesionales sobre las que ya reflexionaran Harries-Jenkies y Moscos (1984). Alega que en las sociedades occidentales se ha preferido poner el foco en el impacto del enfrentamiento armado en la sociedad, produciéndose una “desmilitarización” de la materia en las universidades. Un fenómeno que el historiador Michael Howard (2006: 17) ha descrito como una “huida a los suburbios” de esta especialización. Por otro lado, y vinculado a la primera circunstancia enumerada, desde algunos sectores de la academia se han denunciado los Estudios Estratégicos como poco prácticos, obsoletos o irrelevantes (Duyvestyen & Worrall, 2017; Baylis & Wirtz, 2002). Por último, se ha de mencionar igualmente que es un campo con un atractivo cíclico, muy apegado al devenir de los acontecimientos y escenarios del panorama internacional, y por ello con altibajos en su avance y dedicación.

En el caso español, a estas dificultades se le suman otros motivos históricos e institucionales (Bueno, 2016). El estudio acerca del fenómeno bélico se encuentra todavía en España en una fase embrionaria, aunque incipiente, de desarrollo (Palacios, 2016; Calvo, 2016; Jordán, 2013a). Si bien es cierto, los problemas relacionados con la seguridad internacional y la defensa poseen un creciente y palpable interés, como atestigua el sustancial número de cursos, seminarios, publicaciones, etc., que ya se llevan a cabo, así como la implantación paulatina de estas asignaturas en los programas curriculares y de trabajo de universidades y otros centros de pensamiento. Por eso se han publicado algunos trabajos exploratorios acerca de su naturaleza (Laborie, 2011) o recorrido en España (Parente, 2008; Cachinero & Rodríguez, 1993), en los que se observa que, aun trazando claramente su origen, su alcance y límites no aparecen tan nítidamente dibujados.

Por las razones argüidas, este artículo analiza los principios conceptuales y teóricos de los Estudios Estratégicos, su encaje disciplinar y inclinación a ser un área de conocimiento relevante para las políticas públicas, así como su desarrollo histórico, con el objetivo de contribuir a una mejor comprensión de su objeto de estudio. Indagar acerca de un campo estudio supone asumir que tiene propiedades distintivas y que refleja determinadas condiciones sociales (Holsti, 1998). De tal modo, partiendo del convencimiento de que la estrategia “requiere de su propia tradición intelectual” (Lonsdale, 2016: 21), pretende así señalar las bases de esta (sub)disciplina y campo de estudio con el fin de estimular la reflexión académica e intelectual sobre el fenómeno político de la guerra. Este trabajo se aborda desde la perspectiva clásica de los Estudios Estratégicos y, por tanto, confronta la posición de quienes lo critican y revisan desde una óptica bien distinta, tal y como Miller (2010: 648) ha puesto de relieve. Ello no es óbice para recoger diversas aportaciones de provecho para los Estudios Estratégicos planteadas desde dichos sectores.

 

El estudio de la estrategia por otros medios: los Estudios Estratégicos

Examinar los Estudios Estratégicos es interrogarse por los fundamentos esenciales de un concepto: estrategia. Éste tiene la virtud de: 1) ser la idea sobre la que se cimientan; 2) iluminar sobre sus orígenes, más allá de su noción moderna; y 3) reflejar las transformaciones experimentadas por el campo. Asimismo, es en extremo útil para entender mejor la naturaleza misma del conflicto armado (Strachan, 2011). No obstante, esta potencia analítica enfrenta el escollo de no contar con una definición universalmente aceptada[1].

Un recorrido histórico sobre su evolución ilustra perfectamente su devenir desde la Edad Antigua. Hay consenso en trazar su origen en la Grecia Clásica (Luttwak, 2001), con Tucídides y su magna Historia de la Guerra del Peloponeso como obra cumbre de la época. Ello no impide situar en el otro extremo del mapa otro de sus hitos: El arte de la guerra, del militar y filósofo chino Sun Tzu. Posiblemente como buena muestra de la recepción de esta obra en el pensamiento occidental, la idea de estrategia atravesó la Edad Media hasta alcanzar la Edad Moderna considerada como “el arte de la guerra”. Del arte de la guerra fue precisamente como tituló Nicolás Maquiavelo su tratado militar. 

Con el acaecimiento de la Ilustración, la reflexión en torno a la estrategia se quiso entregar a la razón. La estrategia militar ilustrada se configuró a partir de la experiencia práctica de hombres de armas y letras. Sus dos máximos exponentes fueron Henri de Jomini y Carl von Clausewitz, “los intérpretes de Napoleón” (Calvo, 2013), cuyas obras estructurarían el pensamiento estratégico moderno. En su magistral De la guerra, Clausewitz legó su imperecedero aforismo “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. También en su ánimo de elaborar una teoría sobre la guerra, sobre su naturaleza inmutable, sus principios y los límites de la estrategia, aportó ideas aún vigentes como las de “trinidad”, “fricción” o “centro de gravedad”, por lo que la herencia clausewitziana es respetada por esencial (Echevarria, 2007; Gray, 2004; Gray, 1999). La ciencia de la estrategia se desarrollaría entonces entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, principalmente en Alemania, Francia, Reino Unido y los Estados Unidos. Otros nombres que destacaron fueron los de Sir Julian Corbett y Alfred Mahan, quienes hicieron avanzar “el arte de la guerra en el mar” y son reivindicados en la actualidad del mismo modo (Baqués, 2018; Sumida, 1999). Por su parte, Basil H. Liddell Hart representaría la reflexión militar posterior a la Gran Guerra, fruto de la cual nacería su tratado Estrategia. La aproximación indirecta.

Todas estas aportaciones al pensamiento estratégico[2] contribuyeron a conformar un corpus teórico-práctico reconocible y, lo que es todavía más importante, reconocido entre quienes se dedican al análisis y la praxis de la estrategia. La clave de todas estas primeras aportaciones es su dedicación principal al estudio de la dirección y ejecución de las operaciones militares en el teatro bélico. Por ende, la estrategia ocupaba al mando supremo militar de los ejércitos y su articulación con la guerra era absoluta.

El siguiente avance relevante que se produce en el terreno del pensamiento estratégico arriba con el fin de la Segunda Guerra Mundial y la irrupción del devastador poder atómico. Tal fue su impacto que motivó una auténtica revolución intelectual en la manera de entender la estrategia y esa relación ya clásica entre guerra y política. Los terribles efectos de esas novísimas armas incitaron a los teóricos coetáneos a girar su atención hacia el nivel político. A partir de este momento, se preocuparon por estudiar los efectos del poder militar en relación con los objetivos políticos marcados. Unos objetivos racionales (Lonsdale, 2011); luego racional habría de ser el empleo de la fuerza. Así el enfrentamiento entendido como “dos voluntades opuestas” permanecía (Beaufre, 1966), pero el “coste” del mismo entra en la ecuación (Betts, 2002). Como consecuencia de alcanzar con el análisis el estrato superior político se inició la reconceptualización misma de la estrategia. Metafórica, pero también materialmente, la estrategia quedó intercalada entre la política (policy) y los criterios militares, uniéndolos y dotándoles de sentido. Por tanto, el problema ya no era tanto la definición de la estrategia, sino “sus límites con respecto a la política” (Strachan, 2005: 36). Ahora no se fija sólo en el poder militar, en la fuerza per se, sino en la “explotación potencial” de éstos (Schelling, 1960: 5).

La última característica apuntada y esta relación política-militar resultan básicas para la comprensión moderna de la estrategia. De esta manera, se concibe como el modo en que el poder militar, esto es, el instrumento de la fuerza, es empleado para conseguir los objetivos políticos; la segunda nota que presenta es interpretar como carácter definitorio, no solo la utilización de la fuerza, sino también la amenaza de su utilización (Vennesson, 2017; Heuser, 2010; Freedman, 2008; Baylis, 2001; Gray, 1999; Gray, 1992; Buzan, 1987; Garnett, 1975). Por tanto, son los efectos políticos del poder militar lo que interesa a los estrategas (Vennesson, 2017; Kane y Lonsdale, 2012; Gray, 1999; Garnett, 1987), “otorgándole a la actividad militar sentido más allá del campo de batalla” (Lonsdale, 2016: 123) y analizándola mucho más allá de “la guerra y las campañas militares” (Garnett, 1987: 4). Por esta razón, porque los efectos políticos son determinantes (y no tanto la victoria militar por sí sola), se estima como un proceso de continuo ajuste y reconsideración frente a las cambiantes circunstancias y condiciones (Murray y Grismley, 1994; Murray, 1999; Strachan, 2006).

Hay que subrayar la revolución ontológica que supuso apreciar la amenaza del empleo de la fuerza, puesto que este uso pacífico, “preventivo” (Buzan, 1987: 12), “explica por qué el poder militar permanece como un elemento central para gobernar (statecraft)” (Art, 1999: 4). La estrategia ya no sea aplica sólo en tiempo de guerra, sino también en la paz para lograr los fines de la política (Earle, 1943, en Heuser, 2010). Y es que hablar de fuerza es hacerlo de la relación entre Estados, pero también de poder, posición, ideología o riqueza (Buzan, 1987).

Hoy en día, este concepto de estrategia ha sido completado, definiéndose como “el logro de los fines políticos deseados, a través de la elección de los modos estratégicos adecuados, empleando en gran medida los medios militares disponibles o accesibles” (Gray, 2015: 10). Igualmente ha dado lugar a otro término no lejano, pero sustancialmente distinto en su naturaleza y enfoque, como es el de la grand strategy[3].

Bajo estos presupuestos surgieron los Estudios Estratégicos a comienzos de los años 50 del siglo XX, tratando, en palabras de Garigue (1979: 259), de superar “la fragmentación teórica y el déficit conceptual de las etapas anteriores”, así como de proveer a la estrategia de conocimiento científico al calor del avance positivista de esas décadas. Se centran en investigar y analizar el rol que desempeña la fuerza armada (organizada), o la amenaza de su uso, en cualquier tiempo como instrumento de la política y para la consecución de fines políticos (Jordán, 2013a; Heuser, 2010; Freedman, 2007; Mahnken, 2003). Así, buscan producir teorías para reducir el recurso de la guerra (Baylis y Wirtz, 2002; Buzan, 1987), pero asumiendo que la guerra es un instrumento racional para preservar el poder (Jordán & Calvo, 2005). Abarcan como campo de estudio todas las dimensiones relacionadas con la política de defensa y el planeamiento estratégico, pero también examinan todos los aspectos relevantes del conflicto en las sociedades y cómo impactan eventuales fenómenos en los objetivos políticos o militares (Garigue, 1979: 251-252). Por este motivo el elemento estructural del análisis estratégico es el posible uso de la fuerza con fines políticos (Chipman, 1992). Y aunque el Estado sea el actor principal a escrutar, no eluden la acción de otros actores, pues la clave es esa finalidad política de la violencia. En síntesis, por tanto, los Estudios Estratégicos facilitan una herramienta epistemológica para estudiar el empleo de la fuerza con los medios y modos militares/armados, atendiendo a los elementos y dinámicas tanto internas como exógenas del conflicto, en relación a los efectos políticos que produce y a cómo los actores pueden recurrir a la misma para lograr sus objetivos.

 

La tensión entre la disciplina científica y el policy advice

Para que cualquier campo de estudio progrese, resulta esencial su institucionalización a través de una comunidad que se identifique con él y cree los medios para difundir el conocimiento y organizar la disciplina tanto académica como profesionalmente (Buzan & Hansen, 2009). En el caso de los Estudios Estratégicos, estos antecedentes se hallan en las academias militares y, a partir de la segunda mitad del XX, se institucionalizarían en los think-tanks y, posteriormente, en las universidades. La aparición tardía en la universidad es una de las singularidades del campo. A su vez, es otra de las rémoras que dificultan su consolidación en ese ámbito, dado que los Estudios Estratégicos han estado muy ligados al asesoramiento de políticas o financiados por entes gubernamentales, por lo que la divergencia entre la orientación hacia la recomendación de políticas o la orientación puramente disciplinar es una tensión existente[4]. Así el campo se ha encontrado tradicionalmente divido entre aquellos que creen que los especialistas deberían servir a las políticas gubernamentales y aquellos que rechazan esta implicación (Gray, 1982). Al mismo tiempo, esa voluntad se servir como policy advice disuade de un encaje académico, puesto que los constreñiría para unos, mientras que enturbiaría la pretendida objetividad académica para otros.

 

El acomodo disciplinar de los Estudios Estratégicos

El encaje académico de los Estudios Estratégicos no es sencillo, empezando por que incluso existe cierta confusión terminológica en cuanto a la denominación del campo, como Estudios Estratégicos o como Estudios de Seguridad Internacional. Wæver y Buzan (2010) señalan que unas veces ambos se emplean indistintamente; otras se entiende que los segundos poseen un objeto de estudio más amplio; y otras, que siguen una secuencia cronológica. El examen de la literatura especializada invita a descartar la primera opción y a asumir, por el contrario, las otras dos. Así, los Estudios Estratégicos forman parte de los Estudios de Seguridad Internacional, con un objeto y foco más preciso o delimitado, “un énfasis particular” (Garnett, 1987: 4), además de haber surgido antes como campo de especialización (como se expondrá en el epígrafe siguiente); no significa esto que los Estudios de Seguridad Internacional los reemplazaran, sino que éstos acogieron aquellos otros aspectos y enfoques no militares de la seguridad en la sociedad internacional. No obstante, la realidad es que el campo de los Estudios de Seguridad Internacional “está dividido en otros subcampos incluso sin reconocimiento mutuo o incluso sin conciencia mutua” (Wæver y Buzan, 2010: 465)[5].

El estudio de la estrategia se sitúa “como un área académica distintiva y valiosa” (Baylis y Wirtz, 2002), entre los Estudios de Seguridad Internacional y los Estudios Militares, éstos más centrados en los aspectos técnicos y operacionales (Mahnken, 2003). Sin embargo, algunos autores optan por mantener a los últimos fuera del ámbito de los Estudios de Seguridad Internacional (Nye & Lynn-Jonnes, 1988), lo que crearía una importante laguna, en tanto que “la teoría estratégica es la principal fuente para la doctrina militar” (Gray, 2015: 47-48). Esto implica distinguir entre estrategia y seguridad (Baylis, 2001: 12-13). Por tanto, el encaje lógico es el de los Estudios Estratégicos como espacio propio, acogiendo las cuestiones tácticas y operativas de los Estudios Militares, y dentro de un campo más amplio como es el de los Estudios de Seguridad Internacional que comprende también el poder militar. Probablemente la mejor manera de hilarlos es apreciar su interés común por “explorar las condiciones que hacen el uso de la fuerza más probable, los modos en que el uso de la fuerza afecta a los individuos, a los Estados y a las sociedades, y las políticas específicas que los Estados adoptan por preparar, prevenir o librar la guerra” (Walt, 1991: 212).

De igual manera, hay que ver los Estudios de Seguridad Internacional situados dentro de la disciplina de las Relaciones Internacionales (Collins, 2010; Heuser, 2010; Garnett, 1987; Freedman, 1984), cuyo estudio está relacionado desde sus inicios con la guerra (Barbé, 1989), como atestigua el magistral trabajo del politólogo estadounidense Quincy Wright, The Study of War.

Por último, este continuum culmina con la Ciencia Política (Baylis y Wirtz, 2002)[6], tal y como refleja el Gráfico 1. En tanto que la estrategia se relaciona de forma directa con el poder, y éste es un elemento constitutivo de esta disciplina (Lasswell & Kaplan, 1950), es razonable incardinarlo en esta área del saber y así ha sido defendido (Wæver, 2015; Russett & Arnold, 2010; Baylis y Wirtz, 2002; Betts, 1997; Nye y Lynn-Jones, 1988; Garnett, 1987; Halle, 1984; Gray, 1982; Smoke, 1975; Kaplan, 1961).

Aparte de este esquema disciplinar, dirigido a guiar una institucionalización más profunda del campo, lo cierto es que hay consenso en señalar igualmente la (necesaria) interdisciplinariedad de los Estudios Estratégicos (entre otros, Vennesson, 2017; Duyvesteyn & Worrall, 2017; Milevski, 2016; Croft, 2013; Gooch, 2003; Mahnken, 2003; Baylis y Wirtz, 2002; Walt, 1991; Nye y Lynn-Jones, 1988), con el propósito de diseccionar y atender más adecuadamente la complejidad e interconexión de los problemas actuales (Williams, 2013; Hughes y Meng, 2011). Además de esta poderosa razón, se arguye que la teoría de seguridad no está directamente vinculada a las Relaciones Internacionales, aunque compartan intereses (Wæver y Buzan, 2010). Ésta es una apreciación realmente útil para los Estudios Estratégicos, pues enfatiza que su interés no radica exclusivamente en los Estados, sino en ese subrayado empleo de la fuerza, de la violencia… la amenaza de su uso, con fines políticos. En este sentido, Croft (2013) recalca que los bordes porosos de la subdisciplina contribuyen a que gradualmente se está configurando como un subcampo interdisciplinar, algo también destacado por Beier & Arnold (2005). Hay quienes incluso, como Baylis (2001), rechaza su categoría de disciplina al apreciar que su concentrado foco exige múltiples aproximaciones desde las Ciencias Sociales[7].

 

Gráfico 1. El encaje disciplinar de los Estudios Estratégicos

Elaboración propia a partir de Betts (1997)

 

Teoría realista y crítica de los Estudios Estratégicos: apuntes breves

Afirma Colin S. Gray (1982: 33) que un prerrequisito para el desarrollo de los Estudios Estratégicos fue aceptar el realismo como paradigma de la política internacional[8]. De tal modo, la tradición teórica realista y sus enfoques (clásico, estructural, defensivo, ofensivo y neoclásico) predominan (Jordán, 2013b). Aunque  existen diferencias entre ellos, los autores realistas comparten sus visiones o asunciones en cuanto a la naturaleza humana, el poder o el papel de las instituciones (Baylis, 2001).

Lo cierto es que las primeras críticas que reciben estos autores se refieren a esta estrecha vinculación teórica. Una apreciación que ha sido contestado subrayando el elemento central que representa el poder para la estrategia y el realismo (Lonsdale, 2011). En esa línea, también los Estudios Estratégicos han sido criticados por su excesiva preocupación por las denominadas “4 S” (en inglés), Estado, Estrategia, Ciencia y Statu quo (Williams 2013: 3)[9], o cuestiones éticas o profesionales (precisamente por esa tensión explicada en apartados superiores). Todos estos juicios negativos acerca de los Estudios Estratégicos, procedentes principalmente de los autonodenominados Estudios Críticos de Seguridad, han sido contundente y detalladamente rebatidos por otros autores (Vennesson, 2017; Mill, 2010; Baylis & Wirtz, 2002; Gray, 1982), por lo que no se insistirá aquí en esta cuestión. Si bien, y como ejemplo de la permeabilidad del campo, diversos autores (Duyvestyen & Worral, 2017; Duyvestyen & Michaels, 2015) están apuntando a determinadas debilidades de los Estudios Estratégicos con propuestas a su vez de mejora, dirigidas a: los elementos no racionales de las decisiones estratégicas; la aproximación desde otros paradigmas como el liberalismo o el constructivismo; los cambios en el entorno hacia estructuras, mecanismos, interdependencias, etc., globales y globalizados; la necesidad de una mayor atención hacia tradiciones estratégicas no occidentales; o los efectos positivos de una reflexión estratégica a largo plazo; entre otras cuestiones.

 

Entre Escila y Caribdis[10]

Esta visión de los Estudios Estratégicos como campo de estudio interdisciplinar subraya su inclinación por el policy advice, un enfoque que también representa un elemento constitutivo del campo. Y es que su concepción en instituciones muy centradas en la producción de análisis relevantes para las políticas influyó en esta determinación (Freedman, 2007). Un rasgo que no es exclusivo de los Estudios Estratégicos, dado que es compartido con los Estudios de Seguridad Internacional (Wæver, 2015) o incluso con las mismas Relaciones Internacionales, cuyos inicios estuvieron igualmente marcados por la inquietud por generar conocimiento útil tanto para la disciplina en sí misma como para contribuir a la paz internacional (Kaplan, 1961). De tal forma, hay que autores que entienden que investigación sobre seguridad y paz ha de estar necesariamente orientada hacia las políticas (policy oriented) (Lebow, 1987). Lo ideal es que rinda en “un proceso iterativo donde la teoría y la práctica se modifican y reforzaban la una a la otra” (Baylis y Wirtz, 2007: 2), tal como sucedía en la conocida como “Época dorada” de los Estudios Estratégicos (vid. epígrafe siguiente).

Es indudable que un estímulo para la reflexión estratégica es tanto el devenir de los eventos (Martin, 1980), como la búsqueda de la relevancia para las políticas (Horowitz, 2015). Por estas razones, autores como Duyvestyen & Michaels (2015) piden igualmente elaborar una aportación científica alejada de los temas de moda, atractivos por el interés coyuntural del establishment o la mera legitimación de conceptos existentes; consideran que los académicos conseguirán un mayor respeto, no sólo por su conocimiento especializado, sino también por su perspectiva independiente de los intereses políticos o burocráticos. Hay que considerar que la colusión entre la perspectiva del académico y la del legislador es inevitable (Gray, 1982), pero que la búsqueda del interés público no implica per se que tenga que haber una relación directa personal entre el académico y quien implementa la estrategia (Gray, 1992). Este criterio propio, lejos de suponer una rémora, será la garantía de una mayor relevancia para las políticas. Por ello, se advierte sobre la necesidad de mantener una adecuado equilibrio entre este servicio al interés público y la solidez y rigor teóricos (Duyvestyen & Worrall, 2017). Y es que, como escribe Walt (1991), la existencia de una comunidad de expertos independiente es fundamental.

Como en el mito griego, los Estudios Estratégicos habrán de saber navegar alejados de los peligros, tanto de una excesiva dependencia gubernamental en los temas o fondos de financiación, de la obsesión por el análisis despojado de cualquier reflexión teórica, como de un confinamiento en la academia que liquidaría su interés por mejorar las políticas públicas de defensa y por perfeccionar el pensamiento estratégico.

 

La evolución de los Estudios Estratégicos: más allá de la cuestión nuclear

Las características en torno a los Estudios Estratégicos explican el consenso académico en situar su aparición en paralelo al surgimiento de la Guerra Fría (Buzan & Hansen, 2009). Sin embargo, por idénticas razones, la “tradición estratégica” no circunscribe su evolución a partir de este momento histórico, sino que éste constituiría solo un paso más, muy significativo por otra parte, en una dilatada historia del pensamiento estratégico asumido por los autores contemporáneos (Kelleher, 2016; Miller, 2010; Jervis, 1986; Gray, 1977).

La singularidad de ese momento viene marcada por dos claves: por un lado, frente a la mirada clausewitziana de los militares centrada en “principios bien conocidos” de la guerra (Brodie, 1959), se apuesta por el método científico para el estudio de la estrategia. Este impulso positivista tiene un nombre propio: Bernard Brodie y su seminal trabajo Strategy as a Science (1949). Por otro lado, y Brodie es igualmente su mejor ejemplo, dicho pensamiento estratégico es desarrollado por expertos civiles. Con algunas excepciones, como las de Julian Corbett y Liddell Hart, antes de la Segunda Guerra Mundial sólo los militares habían mostrado interés por la estrategia, por lo que este nuevo conocimiento aportado por los civiles es el verdadero hecho diferencial (Wæver, 2015; Strachan, 2011). Posiblemente ésta fue una de las consecuencias de la propia reconceptualización que había experimentado la estrategia. Una vez que la estrategia incorporó inexcusablemente el elemento político y su empleo también en los períodos de paz, se rompió el monopolio de los ejércitos en la materia (Garnett, 1987).

Ambas circunstancias son muy específicas del contexto estadounidense, donde por primera vez se sintió la necesidad de pensar estratégicamente en tiempos de paz (Gray, 1982)… o de guerra fría, al menos. Si Bernard Brodie es el nombre propio, la RAND Corporation es el lugar indicado. En este centro financiado por el U.S. Air Force coincidieron en el tiempo y en el espacio una serie de intelectuales, procedentes de diversas disciplinas, que concentraron todos sus esfuerzos en desarrollar diferentes conceptos y teorías acerca de la eventual guerra nuclear en ciernes y cómo evitarla o librarla. La implicación y vinculación de la RAND y sus proyectos con el gobierno de los Estados Unidos para la consecución de estos fines fue absoluta. Brodie, Thomas Schelling, Albert Wohlstetter o Herman Kahn fueron algunos de sus investigadores. En palabras de Trachtenber (1989), todos ellos entraron en una “tierra de nadie” que hasta entonces había permanecido estéril y abandonada tanto por los militares como por los primeros académicos de los estudios internacionales. Su enfoque cientifista cambió para siempre la manera de concebir la estrategia.

En efecto, lo original de esos años está en la emergencia de esa categoría distinta y distintiva de trabajo, en la intersección entre experiencia y teoría, entre el arte militar y las Ciencias Sociales y Naturales (Wæver y Buzan, 2010), centrados en proveer de conocimiento científico útil a las políticas públicas. Su crecimiento en universidades y otros institutos de investigación profusamente financiados por el gobierno y los ejércitos permitió crear una comunidad civil de estudios estratégicos. Si bien, y a diferencia de lo que en algunas ocasiones se ha argumentado, nunca conformaron una comunidad unificada u homogénea, sino que se componía por individuos e instituciones divididos política, ideológica, disciplinar, teórica y metodológicamente (Miller, 2010). Sin embargo, sí había una confianza compartida en la creencia de un conocimiento científico social que coadyuvase a la gobernanza durante la Guerra Fría (Rohde, 2013).

Se produjo un importante crecimiento de la mencionada comunidad, especialmente a través de think-tanks y otros centros públicos o privados que, en efecto, realizaron una contribución significativa a las políticas (Freedman, 1982). De ahí surgieron las teorías acerca de la disuasión nuclear[11], la capacidad de segundo golpe (second strike capability), el “OODA Loop” de John Boyd (militar, pero ya imbuido completamente por la racionalidad científica) o la “teoría de juegos” de John von Neumann y Oskar Morgenstern. Seguramente el culmen de esta comunidad de expertos entrelazada con el establishment político y la administración sería la llegada a la Casa Blanca de Robert McNamara, como Secretario de Defensa de John F. Kennedy, y sus “whiz kids” (Kaplan, 1983). Éste fue un fenómeno singularmente estadounidense, aunque fuera de allí destacarían también nombres como los de Hedley Bull (aunque formado en buena medida en ese país) y Andre Beaufre.

De este manera se establecen dos primeros períodos en los Estudios Estratégicos: el primero, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de los años 50, cuando se empieza a configurar este campo de trabajo, y el segundo entre esta fecha y 1965, conocido como la “Edad dorada” de los Estudios Estratégicos (Gray, 1982). Para este mismo autor, los principales catalizadores de este movimiento fueron tanto la necesidad de guiar las políticas como la innovación tecnológica de las armas nucleares; pero igualmente la misma fascinación por la materia. Se experimentó un incremento en el número de instituciones dedicadas a los Estudios Estratégicos sin parangón (Garigue, 1979) y un volumen de producción científica tampoco con precedentes (Booth, 1987). Todo este progreso no fue impedimento, sin embargo, para que también recibieran críticas desde el lado militar por su falta de experiencia práctica (Booth, 1987).

Esta “primera generación” de Estudios Estratégicos encalló a comienzos de los años 70, cuando la Guerra de Vietnam se enfangaba estrepitosamente para los norteamericanos y la teoría producida hasta el momento parecía del todo inútil para resolver tales problemas, llegándose a considerar que se había alcanzado “un punto muerto” para los Estudios Estratégicos (Freedman, 1979). También se piensa como causa de ese freno en este avance disciplinar el que esa primera generación de intelectuales no fuera capaz de estimular una nueva cantera de jóvenes doctores que siguieran sus pasos (Walt, 1991).

El fracaso en Vietnam y las lecciones aprendidas del conflicto, junto con los movimientos revolucionarios que se venían sucediendo a lo largo y ancho del mapa, motivaron integrar de pleno derecho en los Estudios Estratégicos las cuestiones relacionadas con la (contra)insurgencia, la guerra de guerrillas, etc., así como los problemas derivados de los valores políticos, culturales, sociales… en definitiva, asumir completamente uno de los pilares de la “trinidad” de Clausewitz. Asimismo se autocriticó la sobreestimada confianza en los factores técnicos y tecnológicos, de los que no se podía depender únicamente para el progreso del campo (Freedman, 1982; Freedman, 1979). A partir de mediados de los 70, los Estudios Estratégicos entraron con mayor fuerza en las universidades y prestaron mayor atención e interés a las perspectivas de las Ciencias Sociales, sumándose así al debate académico en torno a la seguridad (Walt, 1991). Aparecieron asimismo áreas vinculadas, aunque ya con derivaciones más alejadas de los Estudios Estratégicos, como fueron los especialistas en control de armas (Buzan & Hansen, 2009).

De igual manera, mientras que entre finales de los años 60 y la década de los 70 las cuestiones del llamado Tercer Mundo priorizaban en la agenda, en los años 80 la tensión Este-Oeste volvió a imponerse (Wirzt, 2007; Nye, 1989). Si bien, la vitalidad intelectual del campo no volvió a ser tan fructífera como en la “Época dorada”, al menos en lo que a estrategia nuclear se refiere. Además, a partir de entonces la perspectiva de los Estudios Estratégicos dejó de ser la más sobresaliente de unos Estudios de Seguridad Internacional que ya tomaban forma y fuerza. En efecto, el colapso de la Unión Soviética y la aminoración del peligro nuclear puso en entredicho para ciertos sectores de la academia la validez de los Estudios Estratégicos, tal y como se ha mencionado en los párrafos iniciales del artículo. Desde la década de los 80, el debate en torno al concepto de seguridad, su ampliación o no, y cuáles serían las consecuencias políticas de dicha reformulación, estaba sobre la mesa. Por ello, el fin de la Guerra Fría aceleró los términos del mismo y enfrentó a quienes querían mantenerlo y quienes proponía su apertura hacia otras dimensiones (Crawford, 1991). Es ahí cuando arreciaron las críticas contra los Estudios Estratégicos y su especial fijación por las cuestiones relacionadas con la tecnología, la seguridad militar de los Estados y las armas nucleares, en opinión de sus detractores (Ullman 1983).

La llamada al “cambio de paradigma” (Brown, 1992) tuvo especial eco en las universidades europeas. De tal modo, la redefinición de la agenda de seguridad (Baldwin, 1997) o la oportunidad política para cuestionar las tradicionales formas de pensamiento (Gheciu y Wohlforth, 2018: 3) fueron una constante en los años 90. En este sentido, hay que destacar la obra de Barry Buzan (1991), People, States & Fear, como una cita ineludible de este interés por crear una nueva agenda de seguridad para los Estudios de Seguridad Internacional en el escenario de la post-Guerra Fría. Es así como los Estudios de Seguridad Internacional adquieren un protagonismo que eclipsa por completo a los Estudios Estratégicos, al menos en buena parte de la academia y sobre todo en Europa. El “todo” de los Estudios de Seguridad Internacional trata de hacer olvidar la “parte” de los Estudios Estratégicos, con el prejuicio de que el uso del poder militar era parte del problema. Fijan así su atención en otras cuestiones de la seguridad, como el cambio climático, los recursos energéticos o el género. Además, se impregnan de un fuerte componente normativo.

Este estado del arte y los grandes debates en torno al “fin de la historia” de Fukuyama, el pretendido nuevo orden unipolar o el choque de civilizaciones huntingtoniano, se vieron sacudidos por dramáticos acontecimientos como la Guerra del Golfo, el conflicto de los Balcanes o el genocidio de Ruanda, que evidenciaron que la fuerza, la violencia y el poder militar seguían estando presentes por la realidad internacional (Gray, 2011). Se abrió así la discusión en torno a la revolución en los asuntos militares (Colom, 2008), las “nuevas guerras” (Kaldor, 2001; Smith, 2007) o las distintas cultura de seguridad nacional (Katzenstein, 1996)[12]. Estos ejemplos ilustran la voluntad de los especialistas en Estudios Estratégicos por ampliar el foco hacia factores políticos, económicos y sociales, los cuales en definitiva también condicionan el uso de la fuerza militar (Chipman, 1992). No hubo, por tanto, un rechazo a esa ampliación de la agenda tal y como se proponía, pero sí enfatizaban la necesidad de seguir estudiando la fuerza armada como instrumento del Estado o de otros actores para la consecución de sus fines políticos. Tal y como afirma Baylis (2001: 1):

“[en] los diversos conflictos ocurridos desde el fin de la Guerra Fría, el rol de la fuerza permanece como un aspecto significativo de las políticas domésticas y mundiales, por lo que la comprensión de la estrategia sigue siendo, no sólo relevante, sino importante en cualquier estudio de las Relaciones Internacionales”.

Estas dinámicas se vieron acrecentadas con los ataques terroristas del 11 de septiembre y la “Guerra contra el terror” iniciada después, junto con las intervenciones militares en Afganistán e Irak. Estos conflictos y la violencia terrorista de tipo yihadista desatada en distintas partes del mundo (Europa, Oriente Próximo, Norte de África, Sudeste asiático, Cuerno de África) “generaron una atención sin precedentes sobre los actores no estatales y su impacto en el entorno de seguridad internacional” (Gheciu y Wohlforth, 2018: 4). El terrorismo y la definición del enemigo se convirtió así en uno de los grandes temas de estudio, cuando hasta ese momento había pasado un tanto desapercibido (Strachan, 2013; Schwarz, 2011). Este hecho ha provocado también un acercamiento entre los estudios de inteligencia y la estrategia (Lonsdale, 2011). Para Rasmussen (2004) este fue un asunto que agudizó las divisiones entre aquellos que querían seguir ampliando el concepto de seguridad y aquellos que quería reafirmar el foco sobre el poder militar. En este sentido, se puede afirmar la verdadera y creciente importancia de los riesgos no tradicionales para la seguridad y cómo pueden ser objeto de análisis estratégico; pero lo singular para los Estudios Estratégicos será el estudio acerca de los efectos políticos de la utilización de la fuerza y los medios militares, por lo que la disuasión (no necesariamente nuclear) sigue siendo, por ejemplo, un concepto con vigencia  (Rotte & Schwarz, 2011). En la actualidad, las renovadas tensiones entre Rusia y Estados Unidos, los conflictos en Ucrania y Siria, o la pervivencia del terrorismo yihadista, avivan el interés por y la necesidad de los Estudios Estratégicos, muy ligados en efecto a los cambios del orden mundial o la relevancia política de estos problemas (Lonsdale, 2011; Ferris, 2007).

Por todas estas razones, se conviene con Baylis (2001: 1) que los intentos de suprimir o evitar esta materia en los programas académicos, no sólo fue prematuro, sino insensatos e imprudentes. La gran virtud de los Estudios Estratégicos, amén de esa contribución a la cuestiones de actualidad e interés, reside en su disposición por “ayudar a pensar estratégicamente” (Gray, 1992: 622) y relacionar los medios y modos con los fines de la política.

Si se hubiera de fijar una agenda tentativa acerca de los temas objeto de examen, investigación y análisis por parte de los Estudios Estratégicos, se podrían mencionar los siguientes, basados parcialmente en las propuestas de Gray (2011; 2009) y Baylis, Wirtz, Cohen & Gray (2002), sin ánimo de exhaustividad pero sí con el propósito de estimular el debate: a) teoría estratégica; b) causas de la guerra y condiciones para la paz; c) tecnología, innovación y transformación militar; d) guerra irregular, insurgencia y terrorismo; e) competición entre los grandes poderes; f) geografía y estrategia; g) poder nuclear; h) poder aéreo; i) poder naval; j) poder terrestre; k) control de armas de destrucción masiva; l) cultura estratégica; m) relaciones civiles-militares; n) política de defensa y planeamiento estratégico. Por supuesto, también se incorporarán nuevas realidades como el ámbito cibernético o el espacio. Habrá que evaluar la agenda de seguridad para determinar cómo la estrategia puede responder a todas estas cuestiones y otras que se abran (Wirtz, 2007). La clave en cualquier caso será mantener la coherencia y el foco de la subdisciplina, uno de las principales fortalezas de este campo de estudio.

 

Conclusiones

Examinar tanto el devenir histórico de los Estudios Estratégicos como su conceptualización en torno al término de estrategia permite comprenderlos más allá de su configuración a partir de la Guerra Fría y la competición nuclear entre los grandes poderes. Además, supone aceptar sus dimensiones científicas y teóricas. Por tanto, es esencial resaltar la relevancia que mantienen hoy en día los Estudios Estratégicos para interpretar, analizar y explicar la acción política de los actores, principalmente estatales, pero también los de los no estatales. Por ello es importante recalcar la fortaleza epistemológica que representa su énfasis en el estudio del empleo de la fuerza o la amenaza de su uso como instrumento de la política y sus efectos.

De ahí nace el interés por contar con un campo de estudio que se incardina dentro de los Estudios de Seguridad Internacional, pero que requiere un abordaje desde un prisma multidisciplinar. Los desarrollos futuros habrán de cuidar la coherencia del campo (Croft, 2013) y prestar especialmente atención a lo que suponen las bases de la moderna concepción de la estrategia: medios, modos y fines. El equilibrio entre el análisis político y la profundidad teórica ha de ser un eje de su progreso y habrá de saber moverse para ello entre el rigor y la validez científica, las demandas de planificación a largo plazo y las elecciones críticas en el tiempo, por recuperar aquí a ese triángulo señalado por Coletta (2007). En tanto que cumplan estas premisas esenciales y sigan queriendo ser un instrumento útil para las políticas, los Estudios Estratégicos seguirán siendo relevantes.

En el futuro más inmediato será importante entender tanto política como intelectualmente cómo la seguridad y el poder militar se integran como parte fundamental con otros retos para la seguridad en esa agenda más amplia (Lonsdale, 2011, Baylis, 2001). Lo esencial es saber que aunque el contexto social, cultural y político de las cuestiones estratégicas cambie y sea distinto del pasado, la naturaleza de la estrategia permanece inalterada. Ello no implica que todas estas cuestiones hayan de ser sólo o exclusivamente preocupación de la comunidad de estudios estratégicos (Lawrence, 1985), ya que en democracia hay que tener una discusión lo más amplia posible sobre las cuestiones militares y en particular, sobre el empleo de la fuerza (Earle, 1940) como instrumento del Estado y en su monopolio legítimo de la violencia, en afortunada expresión weberiana. También hay que prestar ineludible atención a aquellos otros actores no estatales que puedan desencadenar efectos similares por medios y modos parecidos. Para cumplir con este propósito es imprescindible que los Estudios Estratégicos “regresen de los suburbios” (o simplemente lleguen, en el caso español) y se consoliden como un campo de estudio e interés público.

 

Nota sobre el autor:

Alberto Bueno es investigador predoctoral FPU en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad de Granada.

Este artículo ha contado con la financiación del programa de ayudas para contratos predoctorales de Formación de Profesorado Universitario 2015 del Ministerio de Educación.

 

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[1] Una circunstancia que se complejiza al advertir sus otras acepciones contemporáneas, bien alejadas de cualquier veleidad belicista. Betts (2002) señala cómo se ha convertido en una “palabra de moda”, penetrando con gran éxito en las escuelas de negocios (Freedman, 2016; Strachan, 2005), entendida ahí como una serie de acciones dirigidas hacia la consecución de objetivos empresariales y económicos.

[2] Para un recorrido en profundidad sobre la evolución del pensamiento estratégico y las contribuciones de éstos y otros autores, consúltese, entre otros: Freedman (2016), Gray (2013), Heuser (2009), Handel (2005) Gat (2001), Luttwak (2001) o Gat (1989).

[3] Éste alude al conjunto de medios y fines militares, económicos, políticos [o de otra índole] con los que el Estado trata de garantizar su seguridad (Posen, 1986). Para profundizar en la evolución del concepto y en su metodología de elaboración véase, respectivamente, Milevski (2016) y Ballesteros (2016).

[4] Una peculiaridad objeto de duras críticas (entre otros, Berling & Bueger, 2015;  Rohde, 2013).

[5] Para un estudio en profundidad desde la óptica de los Estudios de Seguridad Internacional acerca de la evolución, diversidad y divergencias de subcampos, véase Buzan & Hansen (2009).

[6] A pesar de este cuadro, lo cierto es que las tradiciones particulares de cada país matizan esta composición. Así, las Relaciones Internacionales se presentan como un campo autónomo de la Ciencia Política en la tradición británica, también con una mayor influencia de la Historia (y de la Historia Militar en particular), mientras que son parte de la Ciencia Política en la escuela estadounidense. En España esta relación es aún más problemática debido a que “el Derecho Internacional ha tratado de monopolizar el estudio de los fenómenos internacionales” (Del Arenal, 1984: 59).

[7] Estas otras aproximaciones vendrán desde la Economía, como reclamaba Brodie (1949) en su seminal trabajo, la Sociología (Croft, 2013) o, de manera muy significativa, desde la Historia (militar). Sobre ésta última, se ha resaltado la riqueza que puede aportar a los Estudios Estratégicos, especialmente en una contribución conjunta con la Ciencia Política (Jordán, 2017; Strachan, 2013; Gooch, 2006, 2003; Mahnken, 2003; Betts, 1997; Gaddis, 1987).

[8] Baylis & Wirtz (2007: 2) explican que fue el fracaso estrepitoso de la política de apaciguamiento y las ideas utópicas sobre la paz internacional lo que provocó que la mentalidad realista prevaleciese durante la Guerra Fría. Quizá este enfoque también guarde relación con el realismo conservador característico de los militares (Huntington, 1985).

[9] La “vieja visión militar y estato-céntrica” de los tradicionalistas” en palabras de Buzan, De Wilde & Wæver (1998: 1).

[10] Este dilema, planteado para los Estudios de Seguridad por Stephen Walt (1991: 223), es replicable por idénticas razones para los Estudios Estratégicos.

[11] El problema esencial para que levantó el campo de estudio de los Estudios Estratégicos, en opinión de Martin (1980: 93).

[12] Un tema que remite a la cuestión de la cultura estratégica, una asunto ya iniciado durante la Guerra Fría (Snyder, 1977).

 

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