Narcotráfico
entre América Latina y África: un caso contemporáneo entre seguridad y
gobernanza global
Drug
Trafficking between Latin America and Africa: A contemporary Case between Security
and Global Governance
MOHAMED
BADINE EL YATTIOUI
CLAUDIA
BARONA CASTAÑEDA
Universidad
de las Américas Puebla, México
Resumen: En este artículo analizaremos dos regiones y su relación
con el tráfico de drogas. Una región productora de drogas y una región de
tránsito principalmente (con la excepción de Marruecos, productor de hachís).
Esto plantea muchos desafíos de seguridad para los Estados y su cooperación. Y
más allá de eso, hay una cuestión real de gobernanza global. ¿Cómo crear
instrumentos originales e internacionalmente adaptados para combatir este
comercio ilegal que tiene un impacto en Europa?
Palabras clave: África, América Latina, Desafío para los estados, Estrategia
internacional, Producción y tráfico de drogas, Seguridad.
Abstract: In this paper, we will analyze two regions and the relationship
between them, concerning drug trafficking (excepting Morocco, a hashish
producer), posing a great variability challenges for State Security and their
formal cooperation and even further, a real concern of global governance matter.
How to create original and international instruments adapted to fight this
illegal market, which has an impact on Europe?
Keywords: Africa, International behavior and strategies, Latina America, Production
and drug trafficking, Security, State challenges.
Recibido: 22 de febrero de 2019. Aceptado:
11 de marzo de 2019.
Introducción
A lo
largo del presente artículo se pretende describir la conformación de una
economía criminal en dos regiones cuyos lazos se han consolidado: América
Latina y África. Dicha economía criminal se comenzó a formar en la década de
los ochenta cuando los programas del Fondo Monetario Internacional empezaron a
debilitar a los Estados y la economía se transformó en un modelo neopatrimonial
en el año 1980 (Medard, 1990: 25-37). Las élites políticas se reconfiguraron y
operaron en el vacío institucional estatal provocado por el colapso del Estado.
Una parte de éstas élites políticas y económicas abandonaron la órbita
neopatrimonial y se alinearon con otros actores tanto regionales como
internacionales dando paso a una economía criminal ligada con un proceso de
globalización de las actividades ilícitas.
En
este sentido, tanto élites locales como regionales, poblaciones locales,
empresas y trasnacionales, se han integrado en un sistema desigualmente
benéfico que, de manera económica posibilita seguir transfiriendo plusvalía a
países occidentales y a nuevas potencias. Es necesario, por tanto, transformar
la jerarquía estatal y social, así como facilitar la entrada de otros sectores
en la regulación del Estado. Todo eso generó problemas de seguridad global y de
gobernanza global. En este punto recordemos que, la seguridad global se define
como:
La
capacidad de proporcionar a una comunidad determinada y a sus miembros, un
nivel suficiente de prevención y protección contra los riesgos y amenazas de
todo tipo e impacto, donde sea que provengan, en condiciones que promueven el
desarrollo sin romper la vida, actividades colectivas e individuales (INHES,
2003).
Mientras que la gobernanza
global se define como:
El concepto que reside en el espacio abierto entre la
globalización de la economía y un sistema internacional pluralista; tiene como
objetivo cerrar esta brecha entre la creciente singularidad del mercado y la
pluralidad de los Estados, entre lo económico y lo político; con este fin, el
concepto plantea que las capacidades de toma de decisiones y una cierta forma
de organización política son necesarias en la escala para la integración de las
economías, es decir a nivel global (Andréani, 2001: 549-568).
A
fin de comprender el papel de la seguridad global y de la gobernanza global en
nuestras regiones de estudio, hemos dividido nuestro trabajo en cuatro
apartados.
Los dos primeros tienen como objetivo revisar
las particularidades de América Latina como productora de drogas, tanto
naturales como químicas. Una región con tradición en la producción y que ha
permeado la sociedad y al mismo Estado. Un modelo que se alía con África
Occidental. Este último considerado zona de tránsito y cuya debilidad política
lo transforma en híbrida, productora y de tránsito. En ambas es clara la
alianza económica y la forma en que se beneficia de la globalización.
Cerramos nuestra disertación revisando dos
puntos clave y eje de nuestro trabajo, las respuestas en materia de seguridad y
gobernanza. La población; la demanda creciente de drogas, en especial de
cocaína; la desfragmentación del Estado y la fragmentación socio-cultural son
temas a considerar en la agenda regional.
América Latina, una
región productora
El narcotráfico constituye en América Latina un vector
económico verdaderamente consistente. En este sentido, el tráfico de drogas no
puede reducirse a una mera ganancia inesperada. Este comercio es una
institución real con vínculos políticos, culturales, ideológicos y económicos.
Por lo tanto, debe abordarse a nivel de la gobernanza y de la seguridad global.
La geografía de la cocaína que anteriormente se extendía a Bolivia, Perú
y Colombia ahora ha logrado esparcirse por todo el subcontinente
latinoamericano (México, Argentina, Venezuela, Brasil, Guyana…).
Del examen
anterior se estima que entre 1395 toneladas de cocaína se producen cada año en
América Latina. Ahora bien, si lo revisamos por país productor, vemos que Colombia
es el principal productor de cocaína, con alrededor de 710 toneladas por año,
mientras que Bolivia produce 255 toneladas (RFI, 2017). En Perú, Colombia y
Bolivia, aproximadamente una de cada seis personas está involucrada en la
explotación de sustancias ilícitas (Gallice y Legouteil, 2008). Por otro lado,
el mercado de EE. UU. recibe alrededor de 600 toneladas por año de esta
producción. Según la Oficina de las Naciones Unidas para el Control de Drogas y
Prevención del Delito, el tráfico ilícito de drogas es una industria que genera
400 mil millones de dólares al año (Gallice y Legouteil, 2008).
Las cifras antes
mencionadas nos permiten concluir que se ha consolidado una economía criminal
derivada de la crisis socio cultural y política que han enfrentado estos
países. Esto se refleja en marzo de 2000, cuando la Asociación Nacional de
Instituciones Financieras de Colombia publicó un informe en donde se revela que
la narcoeconomía del país (todas las drogas) alcanzó una facturación de 300 mil
millones de francos franceses en 1999 (52 mil millones de dólares), el
equivalente al 56% de su PIB. El documento resalta que entre los principales
beneficiarios de esta colosal ganancia inesperada se encuentran los cárteles
colombianos. Para producir un kilogramo
de clorhidrato de cocaína se necesitan 200 kilogramos de hoja de coca,
aproximadamente se le paga 400 dólares al agricultor que produce la hoja de
coca; el kilo de base de cocaína que se despide vale alrededor de 800 dólares;
este kilo transformado en hidrocloruro se paga a la salida del laboratorio en 1.700
dólares (Gallice y Legouteil, 2008).
Las cifras de
ganancia son, en gran medida, derivadas de una infraestructura que se ha
consolidado con el paso del tiempo. Un claro ejemplo es la línea de producción
y exportación de la cocaína. Producida en la región andina (Bolivia, Perú,
Colombia), la coca se convierte en cocaína en Colombia, luego pasa por el
Caribe, América Central y México antes de ingresar al territorio del mayor
consumidor mundial, los Estados Unidos. Bolivia, Colombia y Perú tienen el
monopolio de la producción de hoja de coca. En definitiva, el tráfico de droga
se extiende por toda la región (México, Venezuela, Ecuador). Argentina, por
ejemplo, comienza a preocuparse por la proliferación de laboratorios en el
norte del país; Brasil también tiene un problema con el narcotráfico, aunque,
en términos de consumo de drogas, el país ocupa el cuarto lugar entre los
traficantes de la región. También ha sido durante unos años, el país de salida
para nuevas rutas de tráfico a Europa a través de África Occidental. A medida
que la cooperación policial entre los Estados Unidos y Europa se ha fortalecido
en el Caribe, las rutas privilegiadas ahora son México y el Atlántico (Gallice
y Legouteil, 2008).
Lo anteriormente expuesto
nos hace concluir que casi el 80% de la cocaína exportada a los EE. UU.
proviene de Colombia. En este panorama, cuantos más estados combaten contra los
narcotraficantes, mayor es la competición entre organizaciones criminales
dedicadas al narcotráfico para que sus productos llegen desde la producción
hasta el consumo (Gallice y Legouteil, 2008).
África Occidental, una región de
tránsito
Las regiones productoras, como se mencionó anteriormente,
evolucionaron de una economía tradicional a una economía criminal marcada por
los lazos familiares. De ahí su arraigo a nivel local y regional. En esta línea
habría que preguntarse cómo África Occidental, nuestra otra zona de estudio, se
ha convertido en un objetivo para los traficantes de drogas. Considerada durante
una década como una zona de tránsito de cocaína, ahora África Occidental
también produce metanfetaminas. ¿Qué elementos confluyen entre ambas zonas?
Un ejemplo de este rápido crecimiento queda claro con el
anunció de la policía maliense quien rompió un récord al incautar mercancía
ilegal. El jueves 19 de mayo de 2016, su unidad de drogas descubrió cerca de
Bamako 2.7 toneladas de cannabis. Cierto es que las cifras de la policía nos
permiten afirmar que la región occidental del continente, en especial el Sahel,
ha sufrido importantes transformaciones (Lepidi, 2016).
En este sentido, considerada durante una
década como una zona de tránsito, África Occidental ahora también es un
mercado, pues la población es consumidora y productora de una gran cantidad de
narcóticos. Según las últimas estimaciones de UNODC (United Nations Office on
Drugs and Crime u Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito), que
datan de marzo de 2015, al menos 18 toneladas de cocaína pasan a través de la
zona cada año. El polvo blanco, desembarcado en los países costeros africanos,
vuelve a Europa: entre el 50% y el 60% se reenviaría en unas pocas semanas. Por
el camino, la droga toma prestado la inmensidad del desierto, a través de
Marruecos, Argelia o el caos libio. A través del aire, es por las “mulas”
(contrabandistas) que llega a Europa (Lepidi, 2016).
Las costas europeas son vigiladas de cerca, por ello, los cárteles de
cocaína sudamericanos han aumentado en los últimos años las zonas de tránsito a
lo largo de la costa de África Occidental, en Mauritania se descubrieron dos
toneladas de cocaína en febrero y 280 kg. en un velero de Cabo Verde en abril
de 2016 (Lepidi, 2016).
En lo que se
refiere a las tasas de consumo de los africanos “Se estimó en 2004 que, de 100
usuarios de cocaína en el mundo, siete eran africanos. Hoy tienen 15 años.
Parte de la cocaína que llega a la costa africana ahora se usa para alimentar
el mercado local, que ha estado creciendo durante dos o tres años. Como
cualquier empresario, los narcotraficantes, desde la década de 2000, fueron en
busca de nuevos mercados, nuevos territorios” (Lepidi, 2016).
Nigeria está hoy en el punto de mira de
toda la policía.
Sus
pandillas son muy temidas y tienen ramificaciones en América del Sur, desde
donde importan cocaína […]. Las organizaciones criminales nigerianas han
logrado recuperar el control del tráfico de cocaína y dejar la porción latente
a los latinos, específicamente colombianos y
bolivianos. Están estructurados y son muy efectivos. Incluso se llegaron a
acuerdos entre paquistaníes, afganos y nigerianos para que la subregión se
convirtiera en un punto de llegada para la heroína con destino a Europa
(Lepidi, 2016).
África Occidental es hoy el principal centro de tráfico de
cocaína entre América Latina y Europa. La policía francesa estima que 240
toneladas de drogas pasan cada año entre Cabo Verde, Guinea-Bissau y Senegal.
El 21 de febrero de 2006 permanecerá en la historia de la lucha contra las
drogas, ese día, la armada española registró un récord de tres toneladas de
cocaína a bordo de un barco pesquero frente al archipiélago de Cabo Verde en
África Occidental. Seis días después, son los franceses los que descubren a
1.300 km. de Dakar, una tonelada y media a bordo del “Master Endeavour”, un
barco que también venía de Sudamérica. Para los especialistas en la lucha
contra el narcotráfico, estos ataques tan espectaculares ya no son una
sorpresa. “El triángulo de Senegal, Cabo Verde y Guinea-Bissau se ha convertido
en una verdadera carretera para el tráfico de cocaína”, dijo un policía
francés. “Estimamos en alrededor de 240 toneladas la cantidad que pasa por esta
área cada año” (Lepidi, 2016).
De hecho, desde 2003, según la Oficina de
las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), las capturas de las
armadas portuguesa, española o francesa de esta región se han multiplicado. Se
miden con mayor frecuencia en toneladas que en kilos. El oeste de África es
ahora uno de los principales centros de tráfico de cocaína de América Latina a
Europa confirma Antonio Mazitelli, director de UNODC para África Occidental y
Central. El aumento en el norte de África Occidental como un área estratégica
para los narcotraficantes se puede explicar fácilmente. Está idealmente ubicado
porque está cerca de Latinoamérica y Europa. Presenta todas las condiciones que
facilitan el tráfico: una incapacidad estructural de los Estados para controlar
su territorio y sus aguas y un alto nivel de corrupción que permite operar con
impunidad – continúa el policía francés – (Lepidi, 2016).
En este “triángulo blanco”, Guinea-Bissau
es el nuevo destino de tendencia. Esta antigua colonia portuguesa situada entre
Senegal y Guinea-Conakry, lo tiene todo: hay una política digna de ese nombre,
no hay prisiones, ninguna guardia costera, mientras que su costa se compone de
una multitud de islotes. En diciembre de 2005, en el aeropuerto de Segovia, la
policía española descubrió más de 100 kg. de drogas en un avión privado desde
Bissau y arrestó a varios pasajeros latinoamericanos. Unos meses antes, sus colegas
portugueses habían incautado 550 kg. de cocaína en un contenedor de anacardos
de Guinea-Bissau (Champin, 2007).
Las redes y el entramado social y político son claros, el modelo
neopatrimonial ya permea la economía y la política regional. Siguiendo esta
línea y no lejos de la zona antes descrita, Cabo Verde también se encuentra en
la parte superior de la lista de países en riesgo. Para los líderes de los cárteles
de droga, este archipiélago tiene una doble ventaja: estar cerca de Europa y
América Latina, y no tener casi ningún medio de control de sus aguas
territoriales, sin mencionar las muchas conexiones entre esta nación de habla portuguesa
con Brasil, Portugal y los Estados Unidos a través de su gran comunidad de
emigrantes. También en Cabo Verde las capturas más espectaculares se han
realizado en los últimos tres años. El método más popular es parar un barco procedente de América Latina
para descargar en alta mar a bordo de buques de pesca, estos buques por lo
general, proceden del continente africano, a fin de no despertar sospechas,
dice Flemming Quist, un experto de la ONUDC. Pero parte de la cocaína también
viaja por tierra. "Todos los medios son buenos: correo urgente, camiones
que vuelven al Magreb, pero también, por supuesto, contrabandistas” (Champin,
2007).
En el aeropuerto de Dakar, los agentes de aduanas suelen detener a “mulas
humanas” de todas las nacionalidades que llevan pequeñas bolsas de cocaína. “Senegal
tiene muchas ventajas”, dijo el comisionado Niang, director de la Oficina
Central para la Represión del Tráfico de Drogas en Dakar. “Los servicios aéreos
a Europa y América Latina a través de Cabo Verde son buenos. Y en el lugar, el
acceso a Internet para posibles transacciones financieras electrónicas es
excelente” (Champin, 2007).
La capital senegalesa se ha convertido en una especie de “centro” para
los traficantes. Y como en la mayoría de las ciudades costeras, su puerto,
donde miles de contenedores pasan cada año, también es un punto de acceso. La
Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) lo ha
entendido bien al comenzar hace unos meses un programa piloto que consiste en
instalar sistemas de escáner en las plataformas y formar unidades conjuntas de
policía, gendarmería y aduanas (Champin, 2007).
La Junta
Internacional de Fiscalización de Estupefacientes presentó su informe
correspondiente al año 2015, en donde se confirmó un hecho conocido durante
mucho tiempo: África es, de hecho, una puerta de entrada, una zona de tránsito
para todo tipo de drogas que son luego transportadas a los Estados Unidos,
Europa y Asia. Como un nuevo desarrollo, el continente también se está
convirtiendo en un área de fabricación de drogas sintéticas. Constantemente,
los traficantes en América Latina han cambiado sus métodos para el trasiego de
droga, los envíos menos grandes son a través de paquetes más pequeños para la
cocaína que se envía a África, particularmente desde el oeste. El aumento de
los vuelos comerciales desde Brasil explica en parte este aumento: se
incautaron 120 kilos en Lagos en 2014, 286 kilos en Lomé.
Por último, pero no por ello menos importante, África occidental, particularmente
en Nigeria, Costa de Marfil y Guinea, se han convertido en área de fabricación
de drogas sintéticas. Diez laboratorios fueron desmantelados en el 2015. En
Senegal se incautaron más de 100 kilogramos de metanfetamina de Malí (Thibault,
2016). De lo anterior se concluye que, la economía
tradicional se ha transformado y el neopatrimonialismo es el eje del Estado
influyendo en las élites políticas.
Asimismo, la presencia de las elites
políticas en el tráfico de drogas también queda en evidencia cuando se informa
que varios barones de la droga de América Latina viven en África Occidental
(Brown, 2013: 3). La infraestructura, por lo que podemos ver, es muy sólida en
todas las esferas. Las rutas comerciales, especialmente el Sahel y en el
Sahara, son viejas y han sido usadas durante mucho tiempo para el tráfico de
drogas, comenzando con el cannabis. La base de las mismas son las antiguas
rutas caravaneras que venían de Asia hasta el Senegal. Las redes africanas,
incluida la nigeriana, donde se incautó del tráfico de cocaína, estuvieron
involucradas anteriormente en el tráfico de heroína entre Asia y los Estados
Unidos. La publicación del informe de 2007 de la Oficina de las Naciones Unidas
contra la Droga y el Delito (ONUDD) ha resaltado el papel desempeñado por
África Occidental en el tráfico de cocaína (ONUDC, 2007). Algunos observadores
hablan de esta región como “Coke Coast” (Brice, 2009). La pregunta ahora es
cómo esta área se ha convertido tan rápidamente en una importante puerta de
entrada al comercio mundial de drogas. El valor de mercado de la cocaína que transita por África
occidental se estima en $ 1,15 mil millones por año (Bastin y Bretonniere,
2014: 25).
Es importante señalar que si bien el tráfico de drogas en
esta región genera muchos beneficios y afecta a muchos países, la participación
de sus élites políticas y militares varía considerablemente de un país a otro
(Bastin y Bretonniere, 2014: 25).
Guinea-Bissau es quizás el ejemplo más
destacado de la porosidad entre los gobiernos y los intereses de los narcóticos.
El 5 de abril de 2013, el ex jefe de personal de la marina de Guinea-Bissau,
Bubo Na Tchuto, fue encarcelado en Nueva York tras ser arrestado junto con dos
cómplices de agentes estadounidenses en un barco anclado en aguas
internacionales frente a Cabo Verde. Dos semanas más tarde, la DEA anunció el
cargo de narcoterrorismo, por un juez de Nueva York, del jefe de personal de
las Fuerzas Armadas de este país de habla portuguesa, Antonio Indjai. Este
último, ya acusado de estar en el origen del golpe de estado de abril de 2012,
es sospechoso de haber buscado almacenar cocaína y de haber proporcionado armas
en nombre de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Según los
informes, Antonio Indjai utilizó su rango de jefe del ejército de Guinea-Bissau
para mediar en los narcotraficantes y “para hacer de su país un paso adelante
para los presuntos terroristas y traficantes de drogas al ofrecerles la
posibilidad de almacenar y luego transportar drogas a los Estados Unidos”
(Champin, 2013a).
La DEA lo acusa de haber participado
también en una operación para “proporcionar misiles tierra-aire y otras armas
para ser utilizadas contra soldados estadounidenses”. Los infiltrados de la
DEA, haciéndose pasar por miembros de las FARC, revelaron que parte de la droga
acumulada se usó para sobornar a miembros de las fuerzas armadas de Guinea-Bissau,
incluido el propio Antonio Indjai. Sin embargo, este último no podría ser
extraditado de su país, donde continúa trabajando. Estos dos cargos han puesto
de manifiesto la codicia de los intermediarios de Bissau. Bubo Na Tchuto señaló
a sus interlocutores, quienes dijeron que querían pasar drogas por su país
antes de exportar a los Estados Unidos, así mismo mencionan que “El gobierno de
Guinea-Bissau [fue] frágil, después de un golpe reciente y el momento de la
transacción”. Su arancel habría sido de un millón de dólares por tonelada
recibida en Guinea-Bissau (Champin, 2013b).
El jefe de
personal de la fuerza aérea, Ibrahima Papa Camara, mismo que se encuentra en la
lista negra de los Estados Unidos, también está acusado de participar en el
tráfico de drogas. por lo tanto, se inculpa a los líderes de los tres cuerpos
de ejército de Bissau-Guinea por participar en el tráfico de drogas que recorre
su país y por utilizar el ejército nacional para este fin.
De ahí que, las
raíces del desarrollo del tráfico de drogas se encuentren por primera vez en la
reciente historia política y económica de la región. Todo inicia cuando, sin
haber sabido el destino de Somalia, los países de África Occidental se vieron
debilitados por los programas de ajuste estructural puestos en marcha por el
Fondo Monetario Internacional (FMI) en la década de 1980. Los mismos,
aceleraron las problemáticas locales y por ende debilitaron estos estados y la
criminalización de algunas de sus élites se maximiza. Estas nuevas
organizaciones de la mafia, a veces radicales, han podido aprovechar las fallas
del Estado en términos de redistribución, administración de infraestructura y
servicios a la población.
Estas asociaciones, pronto reemplazadas por
grupos terroristas en la banda saheliana, han logrado ocupar el vacío dejado
por un Estado que se ha apartado de las políticas públicas. La población quedó
seducida por la satisfacción de sus necesidades de servicios básicos como la
higiene, la justicia, la seguridad y la ayuda alimentaria. El Movimiento por la
Unidad y la Jihad en África occidental (MUJAO), por ejemplo, estaba ocupado
descargando alcantarillas abandonadas en Gao, una gran ciudad del norte de Mali
(Chevènement y Larcher, 2013). Si bien los grupos terroristas pueden haber
estado involucrados en el tráfico de drogas, es importante separar a los
traficantes de drogas africanos de los grupos terroristas. Estas dos entidades
parecen mantener entre ellos sólo informes oportunistas y puntuales. El
tráfico de drogas se ha expandido rápidamente en África Occidental desde los
años ochenta. Sin embargo, la diferencia es particularmente notable cuando uno
mira a los actores involucrados en el tráfico. En muchos países de América
Latina, el narcotráfico se ha desarrollado en los márgenes del Estado. A
comparación de los grupos terroristas que están en contra del Estado,
floreciendo en áreas dejadas de lado por las autoridades públicas. Los ingresos
provenientes de las drogas han sido una forma de financiar grupos armados
revolucionarios antes de convertirse en la fuerza motriz de sus acciones.
En África
Occidental, el narcotráfico parece haber beneficiado principalmente a las
élites políticas, militares y económicas, como lo demuestra el caso de
Guinea-Bissau. Cálculos políticos simples también pueden llevar a un Estado a
tolerar el tránsito y la producción de ciertas drogas en su territorio, sin la
necesidad de involucrar directamente a las élites políticas en la organización
de este tráfico.
Al igual que en América Latina, grandes cantidades
de droga comenzaron a llegar a África occidental desde la década de 1980, pero
no fue hasta la década de 1990 que el tráfico creció, en un momento en que las
redes criminales nigerianas comenzaron a usar el oeste de África como una zona
de tránsito para la heroína asiática destinada al mercado europeo y
norteamericano (Mazzitelli, 2011).
Estas redes se basaban entonces en una diáspora nigeriana muy
importante. A mediados de la década de 1990 participaron en el tráfico de
cocaína y en la estructuración de este tráfico en África Occidental.
La subregión se ha convertido así en una “zona de
rebote” de la cocaína destinada al mercado europeo (Champin, 2012: 1) principalmente
en las costas de Guinea y Guinea-Bissau, y en el Golfo de Benin (Berghezan,
2012: 6).
África occidental, como se observa, se ha
convertido en un territorio atractivo para los narcotraficantes. Varios
factores pueden explicarlo: su posición geográfica estratégica, que lo
convierte en una zona ideal para el tránsito entre América Latina y Europa,
pero también el contexto “post conflicto” de varios Estados de ECOWAS. Por
ejemplo, la frágil gobernanza de estos países, la dificultad para hacer cumplir
las leyes y la importancia de la corrupción han atraído a los traficantes latinoamericanos.
Según un informe de los EE. UU., al menos nueve de los mayores cárteles
latinoamericanos han establecido bases en África occidental (Brown, 2013: 2-3).
La debilidad de los controles fronterizos (tierra, mar y aire) también facilita
el tráfico.
Los traficantes utilizan todos los canales
disponibles haciendo que el tránsito de cocaína siga creciendo. En 2007, la UNODC
estimó que alrededor del 80% de la cocaína en América Latina que transitaba por
África se enviaba por mar y el 20% por avión (BBC News, 2011). Los traficantes
usan contenedores en embarcaciones comerciales. Los viajes realizados en este
tipo de edificio representan la mayor parte, a menudo cientos de libras de
cocaína. Los traficantes están tomando prestada de América Latina una ruta
conocida de buques mercantes a lo largo del paralelo 10, apodado el “A10”
(Champin, 2012: 2).
En general, la droga se transporta desde
América Latina a través de grandes buques pesqueros o buques de carga, antes de
ocultarse en barcos más pequeños (lanchas, veleros, barcos de pesca) en la
entrada de los barcos en aguas territoriales de África (Brown, 2013: 2-3). Una
vez en el continente africano, las drogas son transportadas en pequeñas
cantidades en vuelos comerciales, o por traficantes, a través del desierto
Sahelo-Sahariano hasta el Magreb y Europa. Los traficantes nigerianos usarían
guías tuareg para cruzar el desierto Sahelo-Sahariano antes de que los
traficantes de hachís marroquíes lleven la cocaína a Europa. La tierra siempre
se utiliza para el transporte de cocaína (Berghezan, 2012: 6), como lo
demuestra el descubrimiento en 2008 de 750 kilos de cocaína en Tin Zawatine en
medio del Sahara (BBC News, 2008).
El presidente de Guinea, Alpha Conde, por
su parte, ha dicho a la prensa que la operación francesa en Malí privó a los
traficantes de sus rutas habituales. Los aviones también se usarían para enviar
drogas de América Latina a África. En un informe de 2010, la UNODC observó que
varios aviones habían despegado de Venezuela, incluidos Cabo Verde,
Guinea-Bissau, Malí, Mauritania y Sierra Leona. El uso de estos aviones era
para transportar la droga (Brune, 2011).
Fue particularmente difundido durante el
caso conocido como “Aire cocaína”, cuando en noviembre de 2009, un Boeing 727
quemado fue encontrado en el norte de Malí, cerca de Tarkint, después de ser
utilizado para transportar toneladas de cocaína desde Venezuela. Para algunos
observadores, este caso habría sido signo de un cambio en los métodos de
tráfico de drogas (Simon, 2011: 132).
A lo largo de este tiempo, se han reportado otros casos de aviones que
transportan cocaína, especialmente de Guinea-Bissau, y a menudo con la
complicidad de las autoridades locales (Berghezan, 2012: 27). Estas evoluciones
permanentes demuestran la capacidad de reacción y los considerables medios
financieros disponibles para los traficantes. Según la UNODC, hasta 50
toneladas de cocaína de los países andinos podían transitar cada año desde
África Occidental a Europa (18 toneladas en 2012), miles de millones ($ 1.5 mil
millones en 2012).
Desde 2009, las
cantidades de drogas incautadas en la región han disminuido. Sin embargo, esta
reducción de las incautaciones no implica una disminución del tráfico, refleja
más bien la capacidad de los traficantes para adaptarse a las nuevas
limitaciones impuestas por las políticas de lucha contra el tráfico de drogas.
Además, África ya no es solo una zona de tránsito de cocaína en América Latina,
ahora también es una zona de consumo y producción de drogas (Bastin y
Bretonniere, 2014: 35).
En esta tesitura, África Occidental ha
dejado de ser una mera zona de tránsito a corto plazo para convertirse en un
área de almacenamiento y reenvasado al por mayor, redireccionamiento y, a
veces, reventa de la droga (Brown, 2013: 2-3). Por lo tanto, la cocaína se
almacena en varios países del occidente africano (Nigeria, Benín, Togo, Ghana,
Guinea, Guinea-Bissau, Senegal, Cabo Verde y Mauritania), donde llegan grandes
cantidades de cocaína provenientes de América Latina para ser reempaquetadas y enviadas
en pequeñas cantidades a sus mercados de destino. Es así como, África
Occidental se convirtió en un centro de distribución, producción y venta al por
mayor de diversas drogas. El desarrollo más notable de los últimos años está
relacionado con el aumento en el consumo de narcóticos en el continente, según
la UNODC, alrededor del 30% de las drogas que transitan por África Occidental
se consumen localmente. Según la misma organización, actualmente hay 1.1
millones de usuarios de cocaína en África Occidental (en comparación con
793,000 en 2009). La circulación de estos productos se ve facilitada por la
libre circulación de mercancías dentro de la CEDEAO (Brown, 2013: 2-3).
Los desafíos
en materia de seguridad
Como muestra la evolución de las zonas productoras y las de
tránsito que se vuelven híbridas tras la patente debilidad de los Estados, es
importante revisar el papel de la seguridad y la gobernanza. En qué medida
ambas pueden contribuir al desarrollo de los gobiernos y su población. En este
contexto, los cárteles fueron la primera generación de este tipo de
organización, estructurada y centralizada, misma que está profundamente
vinculada a sus líderes, los capos. Son ellos quienes establecerán las
estrategias comerciales, los modos de relación con el mundo político y los
modos de uso de la violencia.
El modelo evoluciona y la segunda generación de organizaciones fueron
las empresas en red. El surgimiento de esta generación de organizaciones tuvo
como principal objetivo el desmantelamiento de los grandes cárteles. Acusado de
haber financiado su campaña con fondos de los hermanos Orejuela, el presidente
Ernesto Samper Pizano (1994-1998) estuvo durante su mandato, bajo constante
presión por parte de Estados Unidos. Como resultado, el gobierno colombiano
ordenó una de las mayores destrucciones de cultivos ilícitos en la historia de
Colombia, y se llevaron a cabo acciones policiales que permitieron la detención
de los capos de Cali. Se firmaron acuerdos bilaterales con EE. UU. como el Plan
Colombia y se tomaron medidas judiciales, por ejemplo, el restablecimiento de
la extradición en la Constitución o el aumento de las penas. A pesar del
desmantelamiento de los dos principales cárteles y la destrucción de los
cultivos, se descubrió que el tráfico se mantuvo. Como resultado, hoy en día
estamos siendo testigos de la “democratización”, la fragmentación del comercio
y una mayor integración en las redes mundiales, por ejemplo, el cártel de Norte
del Valle. Estos nuevos traficantes se han convertido en pequeñas empresas
especializadas en parte del proceso productivo y comercial. Incluso más que el
cártel de Norte del Valle, el tamaño y la dispersión de estas organizaciones
hacen que el trabajo de identificación sea muy difícil para las autoridades, a
diferencia de la generación anterior, los nuevos traficantes son de clase media
y modestos en sus estilos de vida, haciéndolos casi invisibles. Además,
participan mucho menos en la vida política y en la vida de las élites sociales.
Al no poder afrontar este problema África Occidental, Estados Unidos, la
ONU, y Europa están tratando de intervenir, poniendo en marcha algunos
proyectos para la guerra contra las drogas, ya que también ponen en riesgo sus
intereses económicos al ver que esta subregión está siendo absorbida por el
crimen organizado. Además de que, en cierto modo, son responsables de que se
haya convertido en el punto de tránsito de drogas.
En este punto, debemos preguntarnos, ¿por qué África Occidental se
volvió una zona de interés para el crimen organizado?
Esta subregión en los últimos años ha llamado la atención por los nexos
que tiene con América Latina, específicamente con Colombia, Venezuela y México,
en temas del tráfico de drogas ilícitas. Además de que también colabora con
organizaciones terroristas como las FARC, AQMI, Hezbolá y a su vez Irán y
Líbano. Todas ellas tienen un solo objetivo, proteger sus intereses. En el caso
de los cárteles de la droga de América Latina, su interés es seguir
produciendo, comercializando y distribuyendo alrededor del mundo sin tener
obstáculos que se los impida. Es por ello, que, en búsqueda de nuevas rutas, se
ha puesto la mirada en la zona.
Por otro lado, las organizaciones terroristas han colaborado con el
tráfico de drogas para poder financiarse, poder seguir comprando armas y hacer
que su organización se siga extendiendo. Sin embargo, África Occidental se ha
vuelto atractiva para estos dos grupos por los bajos estándares de gobernanza,
bajos niveles de capacidad de aplicación de la ley y las altas tasas de
corrupción (Wyler y Cook citado en Brown, 2013: 10).
Desde tiempos remotos, el occidente africano tenía la tradición del
comercio ilegal, específicamente, cannabis. Níger y Ghana eran los principales
proveedores a Europa, hasta que se descubrió que también mantenían relaciones
con Líbano, lo que les permitía vender a Estados Unidos. Con las rutas ya
trazadas, se abrió paso para que después se comercializará con la heroína y la
cocaína, siendo esta última, el centro de atención internacional en África
Occidental.
Como se mencionó anteriormente, los dos importantes mercados de venta de
drogas ilícitas son Estados Unidos y Europa, aunque también Asia es un gran
consumidor y contribuyente en la producción de éstas. El encargado de
almacenarla para después distribuirla en estas zonas es Nigeria, país que se ha
consolidado como la red más importante entre las áreas de oferta y demanda.
Parte de la razón por la que los narcotraficantes nigerianos han tenido tanto
éxito es porque su país de origen les ha proporcionado un entorno relativamente
permisivo (Brown, 2013: 7). Nigeria no opera solo, tiene contactos con Benín,
Ghana, Burkina Faso y actualmente con Guinea-Bissau. Dependiendo de la
aplicación de las leyes de cada país, los grupos delictivos latinoamericanos
pueden tener oportunidad de entrar a esta región y comercializar sin ningún
problema.
Las
respuestas en materia de gobernanza
El tráfico de cocaína consta de seis
etapas principales: cultivo, procesamiento de hojas, cristalización para
obtener cocaína, transporte, distribución en las calles y recolección de
ganancias para reinversión. Durante el tiempo de los carteles de Cali y
Medellín, como todas las grandes empresas, todas las fases de la producción se
incluyeron en la organización. La fragmentación de la cadena de producción
entre varias empresas altamente especializadas permite más discreción, más
movilidad y sobre todo, más seguridad para el comercio. Si surge un problema en
uno de los eslabones de la cadena, la adaptación que muestran estas empresas
les permite modificar sus estrategias y seguir suministrando a los
consumidores. Por lo tanto, estos nuevos traficantes se ocupan menos de la
parte del transporte que se delega a los intermediarios mexicanos, dominicanos
o puertorriqueños.
Como resultado, el tráfico de drogas se ha vuelto extremadamente
fragmentado, y no es inusual que las personas inviertan sus ahorros en este
negocio. Sin embargo, cabe señalar que las ganancias se redujeron en
comparación con la era de oro de los famosos capos. Por contra, a través de
inversiones en carreteras y en el transporte, los riesgos han disminuido
drásticamente, ya que las organizaciones son menos reconocibles y, por tanto,
menos atacables. Las menores ganancias también conducen a la racionalización y
la prudencia en las inversiones. Finalmente, las nuevas organizaciones tipo
mafia se caracterizan por alianzas internacionales con otras organizaciones
criminales, por ejemplo, las autoridades descubrieron un submarino con tecnología
rusa y el desarrollo del cultivo de amapola requirió ayuda asiática. Esto
permite descubrir nuevas técnicas de producción, diversas formas de operación,
abrirse a nuevos mercados y diversificar el tráfico.
Reconociendo la necesidad de luchar conjuntamente
contra el narcotráfico, con el apoyo de sus socios europeos y norteamericanos,
los países de África Occidental están fortaleciendo la cooperación policial y
el intercambio de información. Este entrenamiento fue lanzado el jueves 6 de
marzo de 2014 en los Estados Unidos, en colaboración con otros diez países:
Senegal, Cabo Verde, Liberia, Mauritania, Marruecos, Francia, Gran Bretaña,
España, Portugal y los Países Bajos. El objetivo de este ejercicio, que reunió
a más de 1.500 hombres, fue fortalecer la cooperación de las armadas de África
Occidental en la lucha contra el tráfico de armas y de drogas, así como la
pesca ilegal (RFI, 2014).
Algunos países de África occidental han
modificado sus leyes antidrogas y han creado unidades especializadas (Champin,
2013c). Los estados de África Occidental también se han embarcado en
operaciones de cooperación judicial (All Africa, 2012). Estos esfuerzos dieron
lugar a una serie de número de detenciones de narcotraficantes, pero no logró
detener el tráfico: las agencias nacionales a cargo de la lucha contra las
drogas no siempre tienen los medios suficientes para llevar a cabo su misión
(Brune, 2011).
Sin abogar por este tipo de intervención para combatir el tráfico, cabe
señalar que la intervención iniciada por el presidente francés François
Hollande en enero de 2013 ha detenido momentáneamente las redes activas en el
Sahel. Las carreteras que atraviesan el norte de Malí se han visto seriamente
alteradas. Las organizaciones criminales, sin embargo, ya han pasado por alto
este obstáculo tomando nuevas rutas.
Todo depende de qué tan corruptas puedan ser las máximas autoridades
locales, para que se puedan mover con mayor facilidad por las zonas. En caso de
que las instituciones sean sólidas, se acude con los jefes de los grupos
delictivos locales para que ellos hagan los movimientos de distribución y
almacenamiento, ya que, muchas veces, los cárteles latinoamericanos no se
quieren ver involucrados en los crímenes y así evitan la aplicación de la ley
en esas zonas.
Las estructuras de las redes de los grupos del crimen organizado se
basan en la forma de reclutamiento de una empresa, es decir, van formando
grupos pequeños de diez personas, pero todo queda entre familia, ya sea de la
misma etnia o tribu. Algunas características que tienen las redes delictivas
son: la capacidad de comunicarse mayoritariamente en lenguas africanas
indígenas; poder hacer tratos, adoptar identidades falsas para sus miembros,
incluso cambiar su nacionalidad; y abstenerse del uso de la violencia para no
llamar la atención de los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley (Williams,
citado en Brown, 2013: 9).
Las rutas por las que mercantilizan la heroína, cocaína y las
metanfetaminas atraviesan diferentes puntos y utilizan diferentes medios, es
decir, pueden ser vía marítima, terrestre o por aire, para llegar a América del
Norte y a Europa. En el caso de la heroína, sale de América del Sur atravesando
el Atlántico a través de embarcaciones rápidas, contenedores marítimos o barcos
pesqueros hasta llegar a África Occidental, donde es almacenada y distribuida a
Estados Unidos (Harrigan, citado en Brown, 2013: 11). Sin embargo, una parte de
esta droga es contrabandeada por los demás países africanos hasta llegar a
Medio Oriente.
La ruta de la metanfetamina tiene por origen a México, haciéndola llegar
al oeste de África. Los cárteles mexicanos han reclutado en otras zonas de
África químicos para producirla, a diferencia de otras drogas que necesitan
cultivarse, ésta se puede crear en laboratorios. Es por ello que, los grupos
delictivos mexicanos, están intentando reclutar personas, para capacitarlas en
la elaboración de esta droga en África occidental. La DEA ya ha documentado la
aparición de África occidental como punto de origen de producción significativa
para el envío de grandes cantidades de kilogramos de metanfetaminas al lejano
Oriente (Brown, 2013: 12).
En el caso de la Cocaína, tanto Colombia como Perú y Bolivia se encargan
de producirla y la envían a través de vías tanto marítimas como aéreas, las
cuales son organizadas con la ayuda de África Occidental. Sin embargo, quien
hacía vínculo con África era Venezuela, pero ahora Brasil está haciendo
conexión con Guinea-Bissau y Cabo verde (antiguas colonias portuguesas),
convirtiéndose en los principales centros de transbordo. “Con ello, Brasil
ahora rivaliza con Venezuela como el punto de partida número uno para la cocaína
transportada a África y ésta pueda llegar a Europa” (Brown, 2013: 18).
Entre América Latina y África Occidental ha habido hasta el momento una
relación de cooperación en cuanto al crimen organizado. Los latinos han
instruido a los africanos a manejar los embarques, pagándoles en especie
(cocaína).
Esto
ha llevado a dos sistemas paralelos de importación a Europa: uno que implica
grandes cantidades que quedan bajo el control de América del Sur, y otro que
implica cantidades más pequeñas propiedad de los africanos occidentales. Es más
probable que los primeros usen embarques marítimos, mientras que los últimos
usan con mayor frecuencia mensajeros en vuelos aéreos comerciales, una técnica
preferida de los grupos de África Occidental en todo el mundo (UNODC, citado en
Brown, 2013: 20).
Por otro lado, la relación entre las
organizaciones terroristas y los grupos delictivos de África occidental se ha
convertido en una amenaza para la seguridad del mundo, pero especialmente para
Estados Unidos. Estas organizaciones terroristas se han acercado a estos grupos
delictivos de droga para financiar sus actividades, compra de armas más
sofisticadas y la expansión de sus organizaciones por diversos territorios. Un
claro ejemplo son las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), las
cuales, con ayuda del entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se permitió
que se establecieran rutas a través de su país para reducir la amenaza y el costo
del traslado de la cocaína (Farah, citado en Brown, 2013: 21).
El caso de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) retoma importancia
cuando se establece en el Norte de Mali y hace alianza con los tuaregs,
especialmente con Ánsar Dine y el Movimiento por la Unidad y Jihad en África
occidental (MUJAO). AQMI recauda un "impuesto" sobre los traficantes
que pasan por el territorio bajo su control (Anónimo, citado en Brown, 2013: 22).
El impacto que ha tenido el crimen organizado en la buena gobernanza
poco a poco debilita la estructura del Estado poniendo en riesgo a sus
ciudadanos, el territorio, las instituciones y principalmente la forma de
gobernar en dicha zona. Brown (2013: 26) menciona que estos actores violentos
no estatales representan con el tiempo, una amenaza existencial a la viabilidad
de los estados de África Occidental y el mayor desafío para la seguridad humana
en la subregión desde que los conflictos de recursos sacudieron a varios países
a partir de los primeros años noventa.
Se piensa que la narco-corrupción puede desestabilizar el gobierno a
través de golpes de estado, la compra del poder y la protección política.
Cockayne menciona que:
El tráfico de cocaína se está
convirtiendo en parte integral de cómo se gobierna África Occidental. Los
actores políticos están utilizando la organización delictiva como un aspecto
del arte de gobernar, y los actores delictivos están utilizando los privilegios
políticos como activos comerciales. Los traficantes tienen acceso a las
inmunidades del estado, pasaportes y valijas diplomáticas, el espacio aéreo y
los accesos marítimos, e incluso los buques estatales. Las instituciones
políticas y militares nacionales a su vez se utilizan para gravar el comercio (citado
en Brown, 2013: 27).
Por otro lado, también se teme que
el tráfico de drogas sea motivo para generar violencia al grado de llegar a
asesinatos como ocurren en América Latina, específicamente México. Algunos especialistas
mencionan que por las rivalidades existentes entre políticos corruptos y
organizaciones delictivas podría generarse la violencia, pero otros mencionan
que, debido a la débil gobernanza de los estados y la diversidad de las rutas,
canales o gasoductos que hay en la subregión, no hay motivo de lucha. Brown
menciona que hay una excepción, ya que el control de las pistas de aterrizaje
de las islas de Guinea-Bissau, que con el pacto de un gobierno anfitrión débil,
son tuberías especialmente valiosas (2013: 31). Sin embargo, la única que puede
ver los efectos que produce el tráfico de drogas es la sociedad civil, debido a
que está siendo reprimida en cuanto a su libertad de expresión y sus derechos humanos
en general.
También se dice que el tráfico de drogas es una amenaza para la
estabilidad política; pero al tener un gobierno débil, los grupos delictivos
gozan de cierta inmunidad, lo que les permite reforzar su estado y así evitar
que sus intereses se vean perdidos. El problema fundamental con este punto de
vista es que la estabilidad a corto plazo de tener élites gobernantes no
democráticas que entren en relaciones "simbióticas" con
narcotraficantes a largo plazo ahogará la evolución democrática en África
Occidental (Brown, 2013: 33).
De lo antes mencionado, un claro ejemplo es Guinea-Bissau, considerado
ya como un narco estado, es decir, la estructura del Estado es tan débil que ya
queda impune cualquier delito que tenga que ver con el tráfico de drogas. Un
"narco estado" ha sido definido como una nación que ha sido controlada
y corrompida por los cárteles de la droga y donde la aplicación de la ley es
efectivamente inexistente (Wechsler, citado en Brown, 2013: 33). Aunque algunos
sí están de acuerdo en que es un narco estado, otros ya lo consideran como un
estado fallido. Pero Brown (2013: 34) menciona que este término es más
definitorio que sustantivo, porque implica que la asistencia internacional a
las autoridades policiales de Guinea-Bissau puede ayudar a crear una cabeza de
puente dentro del estado contra la narco corrupción. Aunque es débil en
comparación con el ejército, las autoridades policiales, en alianza con la
sociedad civil en conjunto podrían ayudar a liderar una lucha en el futuro para
recuperar a Guinea-Bissau de los narcotraficantes.
Uno de los países que está a punto de ser un narco estado es Guinea,
tras el golpe de estado en 2008, se recibieron informes de que había un
importante número de traficantes latinos y que algunos familiares del fallecido
presidente Lansana Ousmane Conte formaban parte de estos grupos delictivos. Al
igual que con Guinea-Bissau, la comunidad internacional necesita urgentemente trabajar
junto con Guinea para cambiar el rumbo de los narcotraficantes contra la captura
del Estado (Brown, 2013: 36).
La presencia del crimen
organizado en África Occidental como en cualquier otro país que tiene este
problema, ha tenido un impacto negativo en algunos sectores y han surtido
efecto en la sociedad. Por ejemplo, el sector salud ha sido deficiente y no
cuenta con los suficientes recursos para atender a la mayoría de la población.
Sin embargo, en toda África Occidental, la presencia de drogas está engendrando
una creciente población de usuarios y, de alguna manera, se está forzando a los
sistemas de salud ya de por sí débiles, sin mecanismos reales, a enfrentarlos y
posiblemente los efectos sean graves, debido a que el gobierno invierte más en
seguridad que en educación o salud.
Los narcotraficantes al apoyar a la sociedad en cosas que el gobierno no
les provee, hacen que de alguna manera adquieran legitimidad y por su parte, la
sociedad no los rechaza ni hace que sientan vergüenza de sus oficios, al
contrario, los admira por representar un lugar importante dentro de la élite.
En el sector económico, algunos piensan que el tráfico de drogas ha
contribuido de manera importante a la economía de los estados involucrados, que
es una parte esencial, debido a que algunos productos importantes de la región
no contribuyen tanto como lo hace la droga. Sin embargo, cabe recordar que es
un ingreso ilícito, en el cual un país no puede basar su economía a largo
plazo. Algunos sectores como el turismo y las inversiones han perdido ingresos
a consecuencia de la inseguridad que se vive. Los inversores están menos
dispuestos a hacer negocios en países de tránsito de drogas porque los entornos
inestables son riesgosos y operar en áreas de mayor criminalidad implica
mayores costos comerciales (Shehu, citado en Brown, 2013: 43).
La comunidad internacional ha reaccionado a través de algunos programas
para intentar resolver los problemas que se han suscitado por parte del crimen
organizado. No obstante, algunas de las agencias de antinarcóticos que están en
África Occidental no tienen una estrategia ni el conocimiento para recabar e
interpretar la información.
Con la ONU se trabajó el Plan de Acción Regional de ECOWAS y formó parte
del Programa Regional de las Naciones Unidas para África Occidental para
2010-2014. WACI y el Programa Regional están diseñados para apoyar los
esfuerzos de los Estados del África Occidental, las organizaciones regionales y
la sociedad civil para responder a las amenazas de seguridad en evolución y
para promover el estado de derecho y el buen gobierno (Brown, 2013: 45).
Otros programas de la ONU, como el Proyecto de Comunicación Aérea de
2010 (AIRCOP) patrocinado por la UE y Canadá, se han desarrollado para atacar
el tráfico de drogas. Una operación de AIRCOP, Cocair 3, dio como resultado
casi 50 arrestos, la incautación de más de 500 kilogramos de drogas y la
recuperación de 2,5 millones de euros en efectivo, en 25 aeropuertos de África
Occidental, Central y Brasil (INTERPOL, citado en Brown, 2013: 46), aun así se quiso buscar un mecanismo de
financiamiento del Banco Mundial.
Estados Unidos, bajo el mandato de Obama, lanzó un proyecto de 5 años de
duración, con la participación de la DEA, el Departamento de Estado,
Departamento de Defensa y la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID)
que tenía por objetivo capacitar a las instituciones de los estados para que
pudieran aplicar correctamente la ley a los grupos delictivos.
La ayuda de Estados Unidos en gran medida es para combatir el
terrorismo, mismo que amenaza su seguridad, pero también lo hace porque sus
intereses económicos y de política exterior se ven en riesgo, como la promoción
del crecimiento económico legítimo, la creación de instituciones estatales y
diversos objetivos del programa de ayuda exterior (Wyler, citado en Brown,
2013: 51).
Para evitar que África Occidental se sumerja más en el crimen
organizado, es necesario la cooperación principalmente con Estados Unidos.
Algunas recomendaciones que hace Brown (2013) requieren de presupuesto y de
mano de obra, por ejemplo: expandir la presencia de Estados Unidos con los
funcionarios para que se tenga una convivencia con los ciudadanos; buscar un
financiamiento adecuado, el cual requiere compromiso de ambos territorios;
colaborar con asociaciones tanto locales como internacionales, ya que las
locales no podrán hacer frente a los traficantes; ayudar a África a expandir la
conciencia y cooperación en el dominio marítimo. Finalmente, promover acuerdos
regionales e internacionales para cambiar el derecho interno.
Consideraciones
finales
A lo largo de estas páginas hemos visto
que los temas de seguridad han recobrado gran relevancia internacional. En este
caso, el narcotráfico, ha pasado de ser un problema local a uno internacional,
evoluciono de manera gradual y acorde. Este fenómeno cada vez más creciente en
la zona de estudio gravita sobre la realidad política, económica y
sociocultural de los Estados y pueblos y sus explicaciones son multicausales,
multifactoriales y multidimensionales. De ahí, la complejidad de la
problemática y de sus soluciones.
Algunos
de los factores que gravitan de manera interconectada en este fenómeno, se
resumen en los siguientes:
•
La inestabilidad y desigualdad económica y política
regional.
•
La fragilidad de los Estados y la fuerte presencia en
la política de las fuerzas armadas, especialmente en la región occidental
africana.
•
Existencia de espacios carentes de control por parte
del Estado y que se convierten en territorios para grupos ilegales.
•
El control de los recursos estratégicos. Eso lo tenemos
presente en África Occidental y América Latina.
•
La economía informal, motivando actividades de tráfico
de drogas y contrabando.
•
Los altos índices de corrupción.
•
La creciente densidad poblacional con altas tasas de
natalidad.
•
Larga historia de flujos migratorios, convirtiéndose en
punto de partida y corredor clave para las rutas de migración.
•
La migración como un motor económico importante y con
ello el tráfico y redes de contrabando de personas.
La combinación de estos factores,
entre otros, nos permite concluir que frente a esos nuevos desafíos los
sistemas nacionales de seguridad no son pertinentes ni eficientes, en América
latina como en África. Los sistemas regionales de cooperación tampoco. Además,
no existe ningún sistema de cooperación y de coordinación específico entre
América Latina y África. Esos elementos quieren decir que estamos en realidad
en una fase de preguntas sin verdaderas respuestas. Ese es el desafío real para
los próximos años y las próximas décadas: la creación de un sistema de
cooperación y de coordinación totalmente nuevo que permitiría responder a este
fenómeno importante de crimen organizado global. La gobernanza global lo
necesita para permitir tener un sistema de seguridad global mucho más
eficiente.
Nota sobre los
autores:
Dr. Mohamed Badine El
Yattioui (francés y marroquí). Profesor/investigador de tiempo completo en el
Departamento de Relaciones Internacionales y Ciencia Política de la Universidad
de las Américas Puebla. Es Licenciado, Maestro en Historia, Maestro en
Relaciones Internacionales con especialidad en Seguridad Internacional/Defensa
y Doctor en Ciencia Politica por la Universidad Jean Moulin Lyon III, Francia.
Es presidente del think-tank NejMaroc especializado en la política exterior de
Marruecos y coordinador del Seminario permanente sobre el mundo musulmán en la
UDLAP. Es profesor de "Políticas Publicas Internacionales" en cursos
de posgrado en la Universidad Jean Moulin, Lyon III, Francia. Ha impartido
clases y conferencias, sobre los temas de Geopolítica, Seguridad Internacional
y Políticas Publicas Internacionales en Francia, Marruecos, México y Colombia y
fue investigador visitante en Oxford, en la UPB de Medellín y en la Universidad
de La Habana. Se ha desempeñado como funcionario del ministerio francés de
Educación, especializado en evaluación de políticas públicas durante cinco
años. Cuenta con varios artículos publicados en revistas y portales de
información en Francia, Marruecos, Colombia y Mexico. Colaborador en espacios
de opinión como Radio Fórmula, The Huffington Post, Russia Today, Anadolu
Agency, La Voz del Árabe, CNN, Magreb Arab Press entre otros.
Claudia Barona
Castañeda (mexicana). Licenciada en historia por la Escuela Nacional de
Antropología e Historia (ENAH). Doctora en Filosofía y Letras (Sección
Filología Árabe) por la Universidad Autónoma de Madrid. Actualmente se
desempeña como Profesora e Investigadora de la Universidad de la Américas,
Puebla. Así mismo, es Investigadora asociada de AXE 3 Sociétés
nomades et rencontres des cultures (Afrique du Nord et de l’Ouest). Universidad de
Tours; y, del Taller de Estudios Internaciones Mediterráneos de la Universidad
Autónoma de Madrid. Grupos de investigación en los que colabora: Grupo de
investigación F-079 "Estudios poscoloniales: Sahara Occidental-EPSO"
de la Universidad Autónoma de Madrid. Coordinadora del Seminario permanente
sobre el mundo musulmán en la UDLAP. Miembro del Proyecto Análisis de la
gestión y explotación de los recursos naturales en situación de conflicto: el
caso del Sáhara Occidental de la Universidad de Granada. Líneas de
investigación, Historia del Norte de África (Magreb). Estudios sobre la
identidad nacional. Historia y tradición oral. Organizaciones civiles. Ha
participado en varios Congresos nacionales e internacionales. Cuenta con varias
publicaciones y documentales sobre el Sáhara y el Mundo Árabe.
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