Venezuela… ¿La Cuba del siglo XXI?

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Venezuela y Cuba. Antaño integraban dos de las sociedades más prometedoras del Nuevo continente. En los últimos años de la década de los 50 del siglo XX, los dos Estados con mayor renta per cápita de Latinoamérica eran, por este orden, precisamente, Venezuela y Cuba. Esto no resuelve, claro, otras cuestiones como la paradoja de la cena (o de los pollos). Pero hogaño Venezuela está perpetuando un experimento de pseudo-socialismo real, (mal) adaptado al siglo XXI, que ha sumido al país en una profunda crisis económica, institucional, y de valores.

En 2018, por ejemplo, Venezuela fue el país con más homicidios por habitante de toda Latinoamérica -lo cual ya tiene mérito-, una parte significativa de ellos cometidos por “resistencia a la autoridad”. Tampoco le han ido muy bien las cosas a Cuba, una vez pasaron los tiempos felices en los que la URSS le compraba el azúcar diez veces más caro de lo que señalaba el mercado. La situación, en definitiva, es que ambos han puesto el acento en la distribución, pero ni en eso la mejora es espectacular, quedando su coeficiente de Gini por debajo de la media de la muy capitalista UE.

Ante esa realidad, el régimen de Maduro se aferra al poder mediante la continuación de las políticas chavistas de control interno, así como mediante la típica política internacional de alianzas que tan pronto es útil para generar enemigos externos, con ánimo de volver a cohesionar a una sociedad rota en mil pedazos (una de las recetas más viejas), como para servir a intereses de terceros… amigos de circunstancias, que tienen (lógicamente) su propia agenda.

Ese “amigo especial” es Rusia. Tiene lógica. Moscú sigue enfadado, por esa mezcla de expansiones pacíficas y menosprecios que los EEUU y la OTAN han ido generando desde el final de la Guerra Fría. Pero con especial énfasis por el atrevimiento que tuvieron con Georgia y Ucrania, auténticos baluartes defensivos para Rusia que, en 2008, estaban a punto de entrar en la OTAN. Algo que una docena de años después todavía no han hecho, aunque prosiga el noviazgo.

¿Cuál es la respuesta rusa (una de ellas)? Tener un pie (militarmente hablando) en el patio trasero de los EEUU. Eso sí, empleando para ello las recetas posmodernas de la propia OTAN: pacíficamente. Todo es legal. O casi todo. ¿Acaso no es legítimo que Rusia tenga bases militares en el extranjero? Claro que lo es: chapeau para Moscú.

La presencia rusa en Venezuela, aunque esporádica, tiene ya cierta tradición. Pensemos en la flotilla de su marina de guerra que visitó esas aguas en otoño del 2008, encabezada por el flamante crucero nuclear Pedro el Grande, o en los Tu-160 que hicieron lo propio en esas mismas fechas. En todo caso, los pilotos de esos bombarderos han sido y siguen siendo clientes habituales de tan paradisíaco enclave.

Pero a lo largo de 2019 las cosas han adquirido un ritmo frenético… en enero llegaron unos 400 contratistas del grupo Wagner. Cifra avalada por Yevgeni Shabaiev, el exmilitar ruso que lidera el comité de la unión de militares de su país. Como siempre, el Kremlin no reconoce a esos contratistas. Son las cosas del mercado y de la privatización de los servicios públicos (por cierto… ¿pero en Caracas no pensaban que estaban luchando por un mundo alternativo, en el que reinara lo público?)

En marzo de 2019, tres aviones rusos llegaron a Venezuela, llevando a bordo más de 100 técnicos, oficialmente para recalibrar unos misiles comprados a Rusia. Pero, a lo largo de la primavera de 2019, también se ha visto a miembros de las fuerzas armadas rusas en suelo venezolano, extremo confirmado, en este caso, por el propio Lavrov. Algunos de ellos han lucido uniformes venezolanos (el “fidelito”): soldados de etnia eslava, hablando en ruso, han sido vistos en Fuerte Tiuna. Algunos de ellos (unos 80) se trasladaron a Táchira, donde siguieron haciendo uso de su lengua, y de uniforme ajeno. Otros visten, total o parcialmente, con ropas civiles. Aunque portan armas. Pueden ser miembros de Wagner. Para el caso, poco importa.

No. Eso, pese a las apariencias, es lo de menos. Lo de más es lo que comentó el general de división Vladimir Bogatyrev, a la sazón presidente de la Asociación Nacional de Oficiales de Reserva. Porque, a su entender, las unidades de la marina rusa equipadas con los temidos misiles de crucero Kalibr podrían operar desde Venezuela, dados los acuerdos a los que el Kremlin ha llegado con el gobierno de Caracas, referentes al empleo de sus puertos por parte de buques de guerra rusos (los nicaragüenses, por cierto, han llegado a un acuerdo similar). Con un alcance de unos 2.500 kilómetros, esos misiles pueden ser armados con cabeza convencional, o nuclear. Sin duda, una respuesta de Rusia a la salida de los EEUU del Tratado INF. Trump también podría reflexionar un poco.

Siendo todo eso lo que interesa -ciertamente- al Kremlin, lo que podemos discutir es que también le interese a Venezuela. De momento, parece que es útil a los objetivos de supervivencia del gobierno de Maduro (que eso sea más o menos adecuado para Venezuela, o los niveles de legitimidad democrática de ese gobierno, daría para un análisis de mayor enjundia). Lo que se venderá, en definitiva, como parte del esfuerzo realizado por el gobierno chavista para disuadir a los EEUU de invadir el país. Pero… ¿acabará Venezuela siendo un rehén de la política exterior rusa? Más claro, todavía… ¿acabará siendo la Cuba del siglo XXI?, ¿utilizará Rusia a Venezuela como moneda de cambio para lograr acuerdos similares a los que Krushev arrancó en relación con los misiles estadounidenses sitos en Turquía, en 1962? (eso, en el mejor de los casos) ¿O se avecina una escalada, con el consiguiente riesgo de caer en un dilema de seguridad?

La historia se repite. Suele pasar. Esperemos que esta vez no se llegue tan lejos. Afortunadamente, falta la crispación y la cerrazón propias de la Guerra Fría. Pero sobra el tiempo que ha transcurrido desde la última guerra entre grandes potencias (un científico diría que las épocas de paz prolongada nunca han durado muchas décadas, con lo cual… aunque siempre nos quedará a modo de consuelo, hablando de pollos, el gallo de Hume). Además, parece que el cálculo racional de costes y beneficios está regresando. En ocasiones, es mejor no ponerse a calcular. No siempre es un buen indicio.

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI) de la Universidad de Granada.