Un modelo de análisis geopolítico para el estudio de las relaciones internacionales

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Trabajos académicos

Resumen: Este documento ofrece un modelo de análisis geopolítico para facilitar el estudio de las relaciones internacionales. Pone en relación los procesos políticos con las variables geográficas. El modelo asume que todo Estado debe atender cuatro imperativos geopolíticos: 1) alcanzar y mantener un nivel adecuado de poder relativo, 2) mantener la unidad de su territorio, 3) proteger las fronteras, y 4) asegurar las conexiones externas. Estos imperativos condicionan –pero no determinan– su acción exterior. El documento ofrece múltiples ejemplos históricos y actuales donde se observa la fuerza de cada uno de esos imperativos en el hacer político.

Referencia completa: Javier Jordán, Un modelo de análisis geopolítico para el estudio de las relaciones internacionales, Documento Marco del Instituto Español de Estudios Estratégicos, 4/2018 2 de febrero de 2018. Pulse aquí para descargar el documento en PDF.

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El estudio de la política internacional exige identificar y establecer relaciones entre las principales variables que afectan al comportamiento exterior de los Estados. Ciertamente, hay otros protagonistas de carácter sub, supra y no estatal, pero a falta de una ‘teoría del todo’ conviene segmentar el análisis e integrarlo posteriormente en una visión más amplia. En este Documento de Investigación nos centraremos exclusivamente en la interacción entre la geografía y los procesos políticos de los actores estatales.[1]

Las variables geográficas son fundamentales en el análisis del entorno estratégico. Muchos términos del vocabulario de seguridad y defensa poseen ese carácter: Alianza Atlántica, Unión Europea, Occidente, pivot to Asia… La inmediatez y accesibilidad de las TICs dan la falsa impresión de haber eliminado las distancias y ‘aplanado’ el globo terrestre.[2] Pero la geografía continúa influyendo tozudamente en el hacer político y presenta todavía retos formidables.[3] La configuración del terreno, la posición de los países, sus líneas de comunicación y otros factores, condicionan tanto la auto-percepción de los Estados como los límites de su poder, así como sus riesgos, amenazas y oportunidades. En definitiva, modelan –aunque no determinan– sus preferencias y opciones en materia de política exterior.[4]

Son abundantes los trabajos que estudian la evolución teórica de la geopolítica clásica, remontándose a Mahan, Mackinder, Ratzel, Kjellen, Haushofer, Spykman… y continuando por autores más recientes como Gray, Brzezinski, Cohen, Kaplan…. Para una introducción a la geopolítica es conveniente remitirse a ellos.[5]

En este Documento nos limitaremos al estudio de cuatro imperativos geopolíticos. Son elementales. Podríamos decir que de sentido común. Pero precisamente por su sencillez ayudan a entender los movimientos básicos en el gran tablero de la política internacional. Relacionados entre sí, estos cuatro imperativos componen un modelo teórico que combina el realismo estructural de las Relaciones Internacionales con la geopolítica clásica.[6]

Son imperativos geopolíticos que llaman a la puerta de todos los Estados. Forman parte de la estructura del sistema. Los gobernantes pueden atenderlos o soslayarlos. Pueden demostrar mayor o menor destreza al tratar de conseguirlos. Todo ello tendrá consecuencias sobre la posición del Estado en el sistema internacional. El modelo no permite predecir el futuro pero sí ayuda a entender los porqués de numerosos comportamientos estatales.

Este trabajo posee cierto carácter didáctico, por lo que utilizaré numerosos ejemplos para ilustrar la relevancia y la concreción histórica de los cuatro imperativos. Confió en que esto no rompa la línea argumental, sino que por el contrario, facilite su comprensión.

 

Primer imperativo geopolítico: alcanzar y mantener un nivel adecuado de poder relativo

A primera vista es el imperativo más ‘-político’ y el menos ‘geo-’ de los cuatro. Aun así, resulta difícil separar el poder de un Estado de su situación geográfica, de su demografía y de los recursos naturales de su territorio.[7] El poder es además un factor esencial a la hora de conseguir los otros tres imperativos geopolíticos. Conviene empezar por él.

En este documento entendemos el poder de manera relacional, de acuerdo con la definición clásica de Robert Dahl: “A tiene poder sobre B en la medida en que consigue que B haga algo que no haría en otras circunstancias”.[8] El tamaño de un país, las riquezas de su territorio, su población, sus medios productivos, etc. son fuentes de recursos y, si se empleen como tales, herramientas de poder para lograr ‘que las cosas se hagan, y que se hagan de una determinada manera’.

La tradición realista dedica una atención especial al poder. Ya he sintetizado los principios y corrientes del realismo en otro lugar.[9] Por tanto, sólo me detendré en tres aspectos imprescindibles en la construcción del modelo geopolítico: 1) el poder relativo 2) las actitudes ante su distribución y 3) modos de incrementarlo y mantenerlo. Lo hago desde la perspectiva del realismo estructural, que estudia el nivel de análisis sistémico. Quedan fuera del modelo las variables del nivel del Estado y del estadista, que se corresponden con la primera y segunda imagen de las Relaciones Internacionales, según Kenneth Waltz.[10] Esas variables son indispensables en el estudio de casos concretos, empleando para ello el enfoque del realismo neoclásico. Pero por su especificidad restan capacidad de generalización y conviene no incluirlas en nuestro modelo geopolítico.

 

Comparándose con los demás: la atención al poder relativo

El nivel adecuado de poder –núcleo de este primer imperativo– hace referencia al poder relativo. Es decir, la cuota de poder que un país posee en comparación con otros Estados, tanto a nivel global como regional. Tomados aisladamente, el PIB, la renta per cápita, el orden de batalla de las fuerzas armadas, y otros indicadores, aluden a indicadores y herramientas de poder absoluto. Son los activos de ese país a la hora de influir sobre otros. Pero su importancia se calibra al ponerlos en relación con el poder de otros Estados. Precisamente por ese carácter relacional del poder del que nos habla Robert Dahl.

Figura 1. Distribución de poder relativo

 

La distribución de poder relativo de la Figura 1 ayuda a entender por qué. El gráfico muestra una clara asimetría de poder. A priori, el Estado A sería capaz de imponer sus términos al resto de actores, y muy probablemente tratará de hacerlo. Como consecuencia, la presión sistémica impulsará a que los Estados con menor cuota de poder relativo (B, C y D) se coaliguen para contrapesar al más poderoso, poniendo coto a sus eventuales ambiciones. Y la historia nos dice que lo harán al margen de las afinidades personales entre sus líderes políticos, formas de gobierno e ideología.[11]

Este mecanismo se encuentra parcialmente condicionado por la geografía. Según Stephen Walt, el equilibrio de poder es en realidad un ‘equilibrio de la amenaza’. Se contrapesa a la potencia percibida como amenazante, y la distancia geográfica es un elemento fundamental de esa ecuación.[12]

 

¿Cuál es el nivel adecuado de poder? Realismo defensivo y realismo ofensivo

Un segundo aspecto a destacar es la actitud de los Estados ante la distribución de poder relativo. Aquí reside la diferencia entre el realismo defensivo y el realismo ofensivo, ambos estructurales. Según la perspectiva realista defensiva, lo acertado sería contentarse con un nivel ‘adecuado’ de poder, sin tratar de sobresalir a expensas de los intereses de los otros Estados. De no ser así, se corre el riesgo de que éstos reaccionen con una estrategia de contrapeso.[13] A la vez, una política exterior acorde con el realismo defensivo facilita la gestión del dilema de seguridad, pues si la otra parte también es realista defensiva resultará más sencillo negociar y ceder para alcanzar la seguridad mutua.[14] Actualmente, las relaciones entre los miembros de la Unión Europea se corresponden con el realismo defensivo: la seguridad entre unos otros se alcanza mediante políticas exteriores y de defensa caracterizadas por la moderación.[15]

La situación cambia de manera drástica en un contexto realista ofensivo, donde toda gran potencia asume que el único nivel ‘adecuado’ de poder consiste en ser significativamente superior al resto. Según John Mearsheimer, referente principal del realismo ofensivo, la estructura de relación de las grandes potencias se caracteriza por una competencia continua.[16]

El realismo ofensivo señala tambión una pauta ligada a la geografía. Las grandes potencias aspiran a ser las únicas con ese estatus en su región geográfica, pues ello garantiza su propia seguridad. Toda gran potencia procura convertirse en la potencia hegemónica de su región geográfica y trata de evitar que surjan ‘iguales’ –más potencias hegemónicas– en otras regiones del mundo. A la vez, en ese proceso de búsqueda y consolidación de hegemonía regional las grandes potencias se oponen a que otras grandes potencias interfieran en su área de influencia.

Mearsheimer pone como ejemplo Estados Unidos. Es la potencia hegemónica en el hemisferio occidental. No tiene de qué preocuparse en términos de defensa territorial frente a Canadá o México (otra cosa son los tránsitos ilícitos de carácter no estatal). No admite intromisiones en su área de influencia (invocando la doctrina Monroe), y actúa en coaliciones de contrapeso (como offshore balancer) para evitar que surjan potencias hegemónicas en otras regiones: maniobra de contrapeso frente a Alemania en la Primera y Segunda Guerra Mundial, durante la Guerra Fría frente a la Unión Soviética; y en la actualidad frente a Rusia en el espacio post-soviético y frente a China en Asia Pacífico.

Oriente Medio es otro escenario claro de realismo ofensivo. Irán, Arabia Saudí y Turquía pugnan por la hegemonía regional. Estados Unidos actúa como offshore balancer frente a Irán; y Rusia trata de aumentar su esfera de influencia y de reducir el poder norteamericano en la región.

Sin embargo, no siempre es fácil saber si nos encontramos en un contexto donde predomina el realismo defensivo o el ofensivo. Según algunos autores, las relaciones entre China y los países de Asia Pacífico dejarían cierto margen a la interpretación, pues Pekín combina actitudes tanto asertivas como cooperativas en su ascenso político y económico.[17] Según Shiping Tang, se trataría de un escenario realista defensivo, enmarcándose la política exterior china dentro de ese enfoque.[18] Por el contrario, según Mearsheimer, las relaciones en Asia Pacífico y la política de Estados Unidos en la región como offshore balancer se corresponden nítidamente con el realismo ofensivo.[19]

La cuestión no es baladí pues en función de quién se tenga delante, las líneas de acción estratégica deben ser marcadamente diferentes (Figura 2). En caso de error la respuesta caería en la infra o sobrerreacción.

Figura 2. Líneas de acción estratégica en función de si el contexto es realista ofensivo o defensivo

Fuente: Adaptación de Shiping Tang (2010), A Theory of Security Strategy for Our Time: Defensive Realism, Palgrave MacMillan, New York, 2010, pp. 117-118.

 

Cómo incrementar y mantener el poder relativo

La tercera cuestión a comentar sobre este primer imperativo geopolítico es el modo como alcanzar ese nivel adecuado de poder relativo. Existen múltiples vías que podemos sintetizar en tres grandes líneas de actuación:

  • Convirtiendo de manera efectiva el poder potencial en poder actual. Y, en términos de poder duro, en poder militar. Un Estado puede contar con abundantes recursos (naturales, demográficos, base industrial y tecnológica, etc.) pero sólo aumentará su cuota de poder relativo si es capaz de traducirlos en herramientas de poder en la esfera internacional. Esta cuestión pasa por varios requisitos: consenso de las elites políticas sobre los intereses nacionales y sobre las estrategias para alcanzarlos, cultura estratégica de la sociedad, competencia de sus fuerzas armadas para generar capacidades militares (la gestión del cambio en los ejércitos que ya hemos abordado en otros trabajos), etc.[20]
  • Mediante una sabia política de alianzas. Las coaliciones son difíciles de gestionar e imponen límites pero aumentan la capacidad de influir sobre los acontecimientos y son necesarias en las estrategias de equilibrio de poder. En ocasiones la composición de las coaliciones puede verse afectada por la geografía mediante una ‘estructura de tablero de ajedrez’ que aplica el principio “mi vecino es mi enemigo, y el vecino de mi vecino es mi amigo”.[21]
  • Reduciendo la cuota de poder del resto, especialmente de las potencias rivales. Mearsheimer enumera algunas prácticas habituales:[22] 1) bloodletting, alimentando indirectamente un conflicto armado donde se desangra una potencia rival (Vietnam en el caso de Estados Unidos, Afganistán en el caso soviético, Yemen y Siria, respectivamente para saudíes e iraníes en la actualidad); 2) buck-passing, intentando que otros asuman la carga del equilibrio de poder (como hizo Turquía en los primeros dos años del auto-proclamado Califato del Daesh); 3) guerra abierta y preventiva, una opción poco frecuente aunque la invasión norteamericana de Irak en 2003 nos recuerda que todavía resulta posible; 4) fragmentando las coaliciones adversarias, tal como está tratando de hacer Rusia frente a la Unión Europea apoyando mediáticamente a grupos de extrema izquierda, de extrema derecha e independentistas. Algo que forma parte de las actividades en la ‘zona gris’ del conflicto.[23]

 

Segundo imperativo geopolítico: mantener la unidad territorial

Este imperativo alude a un claro problema en España por el desafío de los independentistas en Cataluña, y a problemas similares en otros países de Europa y del mundo. No es en absoluto nuevo. A comienzos del siglo XVI Nicolás Maquiavelo se lamentaba de la fragmentación política y de la debilidad de la Península italiana frente al poder de las monarquías unificadoras francesa e hispánica (ver Figura 3).[24]

 

Figura 3. La Península italiana en el Renacimiento

 

Lógicamente, mantener la unidad territorial es compatible con descentralizar el poder en un Estado federal o de un Estado autonómico. La cercanía de las instituciones con los ciudadanos y la gestión de la diversidad histórica, étnica o cultural puede hacerlo no solo recomendable sino necesario a la hora de mantener la legitimidad del Estado y de garantizar este imperativo geopolítico.

Lo opuesto, sin embargo, es la fragmentación política en clave de ruptura, de quiebra del sistema y de nacimiento de nuevos Estados o de otras formas de organización política al margen y/o enfrentadas a la autoridad estatal originaria. Las tendencias centrífugas y disgregadoras tienen mucho de pre-moderno. Son a la vez causa y consecuencia de conflictos armados internos.[25] Saul B. Cohen denomina las zonas geopolíticas afectadas por ellos ‘sectores contestados’ (nonconforming sectors).[26]

Frente a las costas italianas tenemos el caso de Libia (Figura 4). Constituye una situación política anómala a nuestros ojos pero para un lector del siglo XV o XVI –no digamos anterior– su mapa político sería llamativamente familiar: múltiples centros de poder político y económico, señores de la guerra con ejércitos privados, tribus rebeldes, ciudades semi-independientes con milicias propias, grupos extremistas armados con una agenda político-religiosa…

 

Figura 4. Fragmentación del poder político en Libia

Fuente: Stratfor

La debilidad estatal y el riesgo de pérdida de control territorial se encuentran sobrerrepresentados en África, Oriente Medio y en Asia Central (Figura 5). Afganistán es un ejemplo paradigmático donde a su vez el factor geográfico –lo accidentado del terreno– dificulta seriamente la unidad política del territorio.[27] En general las insurgencias utilizan como refugio las oportunidades que brinda la geografía: zonas montañosas, grandes selvas, fronteras difíciles de controlar, etc.[28]

 

Figura 5. Índice mundial de Estados frágiles

Fuente: Fund for Peace

Como ya hemos señalado, la consecución de este imperativo geopolítico no supone un reto sólo para los Estados en vías de desarrollo. También afecta a países europeos como el nuestro, así como a las grandes potencias mundiales. El colapso de la Unión Soviética fue acompañado por su desintegración territorial; proceso que Rusia trató de frenar en el Cáucaso con las dos guerras de Chechenia en las décadas de 1990 y principio de la de 2000.

El mantenimiento de la integridad territorial es otro interrogante que se cierne sobre el futuro de China. Zbigniew Brzezinski en su clásico The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic Imperatives afirma que la historia de China se corresponde con “ciclos de reunificación y expansión, seguidos de decadencia y fragmentación”.[29] Durante las próximas décadas China dedicará gran parte de sus energías a la estabilidad y cohesión interna. La enorme disparidad regional en términos de desarrollo, y la existencia de movimientos rebeldes separatistas en Sinkiang (Xinjiang en inglés) y Tibet son fuentes de riesgo en ese sentido.[30] La atención a este imperativo geopolítico también explica la rotunda negativa china a aceptar la independencia de Taiwán y que su eventual proclamación constituya un casus belli, tal como estipula explícitamente la ley anti-secesión ratificada en 2005.[31]

 

Daños derivados del incumplimiento de este imperativo geopolítico

La pérdida de la unidad político-territorial tiene consecuencias severas para un Estado en el plano internacional:

  • Pérdida de poder absoluto y relativo. El proceso separatista disminuye su poder relativo en el sistema internacional al tener que desviar recursos considerables y gran parte de su atención política a la gestión de ese grave problema interno. Si el proceso secesionista culmina en el nacimiento de un nuevo Estado, o en la desintegración de las estructuras estatales en ciertas regiones del país, la pérdida de fuentes de poder absoluto –recursos naturales, demografía, centros de actividad productiva y económica, prestigio– también rebaja su estatura a nivel internacional: ¿Cuál habría sido el papel de Estados Unidos en el mundo y en la posterior historia del siglo XX si la Confederación hubiera ganado la guerra de secesión norteamericana? (Figura 6). El carácter vital de este imperativo geopolítico explica la respuesta contundente del gobierno de Abraham Lincoln. También se entiende que medio siglo más tarde, en 1902, el entonces primer ministro británico Lord Salisbury se lamentase con cierto cinismo: “It is very sad, but I am afraid America is bound to forge ahead and nothing can restore the equality between us. If we had interfered in the Confederate Wars it was then possible for us to reduce the power of the United States to manageable proportions. But two such chances are not given to a nation in the course of its career”.[32]

Figura 6. Distribución de Estados en la guerra de secesión de los Estados Unidos de América (1861-1865)

Fuente: United States History Website

  • Crea una ventana de oportunidad a favor de los rivales. En un contexto de intensa competición internacional otras potencias pueden alentar y dar respaldo a los grupos independentistas del contendiente con el fin de disminuir su poder relativo. Es una opción peligrosa porque supone una violación fragrante de los intereses vitales del contrario. Pero tenemos casos cercanos geográfica y temporalmente, como el de Argelia prestando apoyo al Frente Polisario en la guerra del Sáhara Occidental contra Marruecos. Aunque el territorio había sido previamente una colonia española, Rabat lo consideraba parte irrenunciable de su territorio nacional.[33] Más atrás en el tiempo, el proceso de independencia de Estados Unidos frente a Gran Bretaña es difícil de explicar sin el apoyo de las monarquías francesa y española con el fin de debilitar al Reino Unido.
  • Genera inestabilidad e inseguridad regional (e incluso global). En fecha tan temprana como 1904 Halford Mackinder hablaba de un sistema mundial cerrado donde “todas las explosiones de fuerzas sociales que se produzcan, en vez de disiparse en un circuito circunvecino de espacio desconocido en el que dominan la barbarie y el caos, serán fielmente reflejadas desde los más lejanos rincones del globo”.[34] Un siglo más tarde esta tendencia se ha incrementado exponencialmente de la mano de la globalización. El colapso parcial o total de las estructuras estatales que a menudo provoca la desunión tiene efectos directos e indirectos sobre la seguridad en un mundo interconectado. Los grupos terroristas trasnacionales, el crimen organizado a gran escala, y la piratería no operan en un vacío geográfico; en muchos casos utilizan esos lugares como base para expandir sus actividades.[35] Prevenir y recomponer la quiebra de Estados débiles es la razón de ser de numerosas misiones internacionales de estabilización.[36]

El primer imperativo geopolítico –mantener el poder relativo– hace perentorio el segundo imperativo. Lo contrario debilitaría su posición en el sistema internacional. En consecuencia  todo Estado se opondrá de manera taxativa, y si es preciso con violencia, a cualquier intento de menoscabar su unidad territorial.

Según el trabajo clásico del Theda Skocpol la capacidad del Estado se determina a través de cinco factores: 1) grado de soberanía y control del territorio, 2) recursos financieros, 3) funcionarios leales y competentes, 4) control militar y burocrático estable, 5) autoridad y mecanismos institucionales que permitan emplear los recursos disponibles.[37] Todos ellos guardan relación con el poder absoluto del Estado. Y aquí encontramos un proceso que se autoalimenta. La debilidad del Estado constituye una oportunidad para las fuerzas disgregadoras que conforme consiguen sus pretensiones reducen aún más la capacidad estatal.

De ahí que el incumplimiento de este segunda imperativo geopolítico se produzca habitualmente en contextos de extrema debilidad y que a menudo desemboque en un conflicto armado interno, frente a otros centros autoproclamados de poder estatal (caso de la ex-Yugoslavia) o frente actores no estatales de distinta naturaleza. De este modo además la precariedad del Estado en términos absolutos se traduce en una pérdida aún mayor de poder relativo en el escenario internacional

Los casos de Quebec (1995) y de Escocia (2014) donde un gobierno central acepta pacíficamente la celebración de un referéndum de independencia –dentro de su territorio nacional, no de una colonia– fueron excepcionales y estuvieron rodeados de intensa polémica. Suponen ir frontalmente contra los dos primeros imperativos geopolíticos y su explicación debe buscarse en variables de política doméstica. También fue objeto de fuerte debate la desmembración de Checoslovaquia. El entonces presidente Vaclav Havel dimitió tras su aprobación. Se produjo en un contexto igualmente excepcional: fin de la Guerra Fría y reordenamiento del mapa político en Europa, pero el carácter pacífico del proceso se explica en buena medida por la propia división interna de las élites políticas de Praga.[38]

 

Riesgo político y territorios de especial valor

A diferencia de hace siglos, cuando el territorio era una propiedad patrimonial susceptible ser dividida y cedida entre los vástagos de un monarca, los Estados contemporáneos consideran la integridad territorial un bien público e irrenunciable. Aun así en situaciones extremas de crisis o de conflicto armado algunos Estados pueden verse obligados a renunciar –aunque sea temporalmente– a ciertos espacios con el fin de salvaguardar otros. ¿Cuál sería en tales casos el orden de preferencias? Sin que exista ni de lejos una jerarquía aceptada, resulta útil la clasificación de espacios geopolíticos de Saul B. Cohen:[39]

  1. Capital o centro político. Donde se concentran las actividades de gobierno, con una importante carga simbólica. Su elección puede obedecer a razones históricas, de acceso geográfico o defensivas.
  2. Ecúmenes. Áreas con gran densidad de población y actividad económica. Normalmente favorecidas por una densa red de transportes y conectadas globalmente gracias a los avances en tecnologías de la comunicación.
  3. Núcleo histórico. Área territorial donde se originó históricamente un Estado y que mantiene su importancia identitaria.
  4. Territorio nacional efectivo. Áreas con densidad de población moderada, favorables a la expansión económica y poblacional.
  5. Áreas vacías. Sin apenas población pero en ocasiones con recursos valiosos y otras veces útiles para disponer de profundidad estratégica (sobre todo si se encuentran próximas a las fronteras).

A partir de esta clasificación cabría esperar –al menos hipotéticamente– que cualquier Estado defendería con particular ahínco las tres primeras y que, en función de lo excepcional y extremo de las circunstancias, estaría dispuesto a ceder –aunque sea de manera transitoria– el control territorial de la quinta y de la cuarta, por ese orden.

La guerra de Siria ofrece un ejemplo de selección in extremis. Si comparamos la figura 7 con la 8, se observa que hasta en los momentos más difíciles y de mayor debilidad (año 2015 antes de la intervención militar rusa en otoño), el régimen de Assad hizo todo lo posible para aferrarse al eje norte-sur Alepo-Hama-Homs-Damasco donde se concentra la mayor parte de la población, de la actividad económica y del simbolismo político.

Figura 7. Distribución demográfica en Siria y Levante

Fuente: Stratfor

Figura 8. El campo de batalla sirio en 2015, un año especialmente difícil para el régimen

Fuente: Stratfor

Siguiendo lógica de este imperativo geopolítico, la concentración de población disidente en áreas de especial valor estratégico y económico genera una situación particularmente incómoda. Así sucede en Arabia Saudí, donde la minoría chií reside sobre las principales reservas de hidrocarburos y a no mucha distancia de Irán (Figura 9). Lo cual explica –además de otros factores de carácter cultural-religioso– que el gobierno de Riad haya actuado de manera implacable frente a cualquier conato de rebelión política chií.

Figura 9. Distribución de población y yacimientos de petróleo en Arabia Saudí

Fuente: Stratfor

Por una razón parecida el gobierno de Bagdad reconoce un amplio grado de autonomía política en los territorios kurdos del norte –otras opciones serían en la práctica peores–, pero no contempla bajo ningún concepto la independencia del Kurdistán iraquí (Figura 10).[40]

Figura 10. Distribución étnica y de yacimientos de petróleo en Irak

Fuente: Stratfor

 

Tercer imperativo geopolítico: defender las fronteras

El tercer imperativo consiste en defender el territorio nacional de las amenazas provenientes del exterior, generalmente de Estados vecinos. Al menos el ochenta por cien de los conflictos armados inter-estatales entre 1816 y 2001 se libró entre países que compartían fronteras terrestres o marítimas.[41] La consecución de este imperativo geopolítico se encuentra estrechamente relacionada con cuatro factores:

  • Presencia de potencias revisionistas que amenazan la soberanía o la integridad territorial. A día de hoy la invasión territorial ofrece pocos incentivos. El nacionalismo y la resistencia que opone la población local, la condena internacional, las sanciones del sistema de seguridad colectiva de Naciones Unidas,  la transformación de los modelos productivos y del sistema económico internacional vuelven contraproducente la invasión parcial o total de un país para hacerse con sus recursos.[42] No obstante, el riesgo se mantiene en los casos donde persisten agudos contenciosos territoriales y minorías nacionales al otro lado de la frontera.[43]

Mención aparte merecen las amenazas contra la soberanía por medio de una intervención militar política (cambio forzado de régimen). La invasión norteamericana de Irak en 2003, la intervención occidental contra el régimen de Gadafi en 2011, y las amenazas no cumplidas por parte de la Administración Obama contra el régimen sirio de Assad son ejemplos de lo que se ha dado en llamar ‘liberalismo ofensivo’, que provoca una comprensible aprehensión en los regímenes no democráticos.[44].

  • Cuota de poder relativo frente a adversarios revisionistas. Es uno de los principios del realismo. Ante la ausencia de una ‘policía’ a la que llamar –situación de anarquía internacional– la seguridad de los Estados depende de su cuota de poder relativo. A este respecto es interesante el caso de los Estados revisionistas que calculan mal su cuota de poder. Por ejemplo, los países árabes vecinos a Israel en la crisis previa a la guerra de los Seis Días (1967), perdiendo como resultado buena parte de su territorio fronterizo (Figura 11). Otro caso fue el régimen de Saddam Hussein que en 1980 trató de hacerse por la fuerza con el control de las dos riberas del Shatt al-Arab pensando que la revolución habría debilitado a Irán. No lo suficiente: no mucho después las fuerzas iraníes conquistaron y permanecieron sólidamente establecidas en territorio iraquí.[45]

Figura 11. Ganancias territoriales de Israel (y pérdida de los países árabes) tras la guerra de los Seis Días, junio de 1967

Fuente: Stratfor

  • Existencia o no de barreras geográficas que ayuden a proteger las fronteras: mares, grandes ríos, cadenas montañosas, desiertos, selvas, etc.
  • Avances tecnológicos que permitan proyectar fuerza militar sorteando los obstáculos geográficos del punto anterior. Es una variable empleada por ciertos autores para hablar del equilibrio ofensiva/defensiva, según el cual la probabilidad de guerra aumenta cuando la tecnología favorece la agresión territorial.[46] Sin embargo, esta propuesta ha sido duramente criticada por otros autores, tanto realistas ofensivos como defensivos.[47] En cualquier caso, y al margen de los avances tecnológicos, la distancia geográfica continúa manteniendo en siglo XXI una relación inversa con la capacidad de proyección de fuerza. Más aún si hay un mar entre medias (lo que Mearsheimer denomina “the stopping power of water”).[48]

Figura 12. Canal de la Mancha

La figura 12 es un ejemplo clásico de los dos últimos factores. En 1588 los vientos, el hostigamiento de la flota inglesa y la dificultad que entrañaba para la época una operación anfibia demasiado compleja salvaron el trono de Isabel I de los Tercios desplegados en Flandes y de la Gran Armada de Felipe II. Aunque los detalles de esta empresa y el desastre inglés del año siguiente no se ajustan al mito ‘patriótico’ británico, lo cierto es que la geografía y las limitaciones tecnológicas jugaron un papel determinante en el fracaso hispano.[49] El Canal de la Mancha ejerció el mismo efecto protector durante las guerras napoleónicas (unido a la aplastante victoria en Trafalgar, octubre de 1805). El desarrollo de la navegación a vapor pocas décadas después creó inseguridad en las Islas Británicas, lo que dio una razón más a la Royal Navy para mantener la ventaja cualitativa y cuantitativa sobre posibles adversarios.

La variable tecnológica provocó un nuevo sobresalto durante la Primera Guerra Mundial cuando los zepelines y bombarderos alemanes atacaron Londres. A ello siguió el pesimismo de entreguerras, resumido en las palabras del primer ministro Stanley Baldwin en 1932: “the bomber will always get through”.[50] En efecto, el Canal de la Mancha no protegió de los bombardeos –estratégicamente no decisivos– de la Lutwaffe pero sí salvó Reino Unido de una invasión tras la debacle de Francia en mayo-junio de 1940.

En sentido contrario, Rusia es un país con miedo estructural por el carácter indefendible de sus extensísimas fronteras, particularmente de la planicie que arranca desde Francia y se extiende hasta el corazón político y económico ruso (Figura 13).

Figura 13. Perspectiva rusa de las barreras geográficas alrededor de sus fronteras

Fuente: Stratfor

En los últimos doscientos años Rusia ha sido invadida en tres ocasiones desde ese corredor (Napoleón, el ejército del Káiser Guillermo II y la Alemania nazi). Tras la victoria sobre Hitler, Stalin procuró alejar las fronteras occidentales consolidando una zona de influencia soviética en Europa del Este. El desplome de los regímenes comunistas y la posterior integración de la mayoría de esos países en la Alianza Atlántica –por recelos geopolíticos similares frente a un resurgimiento del poder de Moscú– han acortado de nuevo las distancias (Figura 14).

Figura 14. Transformación del mapa de alianzas en Europa

Nota: Al mapa de 2015 se añade la incorporación de Montenegro en 2017

Fuente: Stratfor

Hace treinta años San Petersburgo se encontraba a más de mil kilómetros de su potencial enemigo. En la actualidad la frontera OTAN en los Países Bálticos dista apenas cien.[51] No es que el Kremlin considere probable una invasión terrestre en las próximas décadas –aunque la historia está llena de giros insospechados– pero recela del interés norteamericano y europeo por extender el sistema liberal. Rusia ha experimentado dos grandes transformaciones políticas a lo largo del siglo XX. Sus gobernantes son muy sensibles a los movimientos de oposición internos combinados con la injerencia externa y desconfían de la aparición de gobiernos pro-occidentales bordeando sus fronteras. Esto explica las tensiones políticas de la figura 15.[52]

Figura 15. Zonas de fricción política en la periferia occidental de Rusia

Fuente: Stratfor

Desde una perspectiva realista defensiva esas fricciones serían síntomas de un dilema de seguridad. Rusia y sus vecinos se temen y procuran proteger sus respectivas fronteras. Moscú intentado recuperar y consolidar su esfera de influencia en la antigua URSS; lo cual pasa por convertir Ucrania –en el peor de los casos– en una zona colchón (buffer zone) En el mejor, en parte de su propia esfera de influencia.[53] Al otro lado Polonia y los Países Bálticos tratan de estirar hacia ellos el manto protector de la OTAN. La policía aérea aliada en los Países Bálticos y la NATO Enhanced Forward Presence –dos iniciativas en las que participa España– se entienden como parte de dicha reacción (Figura 16).

Figura 16. Composición de la NATO Enhanced Forward Presence

Fuente: IHS Jane’s

Son dinámicas que inevitablemente alimentan los recelos mutuos. En teoría, si ambas partes fuesen realistas defensivas la tensión se podría rebajar mediante el diálogo y medidas de fomento de confianza y seguridad militar (CSBMs en sus iniciales en inglés). Así ocurrió en la década de 1990.

Sin embargo, la situación actual se entiende mejor a través del realismo ofensivo.[54] No se trataría así de un dilema de seguridad genuino sino de la inexorable competencia entre grandes potencias. En ese contexto los dictados del primer y del tercer imperativo estratégico (poder relativo y proteger las fronteras) incentivan la creación de esferas de influencia.

Más al este, China lleva a cabo una política similar en los puntos de contacto con otras potencias. Con India en los extremos occidental y oriental del Himalaya.[55] Y de una manera más alambicada en la Península de Corea. Históricamente, una geografía y población difíciles de someter han evitado que la Península fuese incorporada de manera permanente al imperio chino. Pero al mismo tiempo China ha procurado que no se convierta en aliado o caiga en manos de potencias hostiles. En el siglo XVI una invasión fallida japonesa utilizó la Península como vía de entrada y en el XIX sirvió de nuevo de trampolín para la conquista nipona de territorio chino. Se entiende así que en el invierno de 1950 una China devastada por la guerra civil atacase en masa a Estados Unidos (una superpotencia con armas nucleares) expulsando al U.S. Eighth Army de Corea del Norte. El General MacArthur, máximo responsable militar de las operaciones, no calibró correctamente el sentimiento de inseguridad que generaba la cercanía geográfica de tropas norteamericanas, ni la respuesta que ello podía desencadenar por parte de la recién nacida República Popular.[56]

La paciencia estratégica de Pekín con su extravagante vecino debe interpretarse a través de este tercer imperativo geopolítico. Resulta preferible la supervivencia del régimen Pyongyang​ a la unificación de la Península bajo el liderazgo de un Seúl aliado con Estados Unidos (Figura 17).[57]

Figura 17. La Península de Corea en la geoestrategia china

Fuente: Stratfor

China también trata de afianzar su esfera de influencia en las aguas e islas del Mar Oriental y del Mar del Sur, donde entra en colisión con los intereses fronterizos de los países de la región (Figura 18). Esto se agudiza en lugares concretos como las islas Spratly en el Mar del Sur de China con recursos pesqueros e hidrocarburos.[58]

Figura 18. Disputas territoriales en el Mar del Sur de China

Fuente; Strafor

A diferencia de la cómoda posición geopolítica de Estados Unidos, China comparte fronteras terrestres con más de una docena de países. No es un mero dato geográfico. Pekín ha peleado en esas fronteras contra los ejércitos de Estados Unidos, India, la URSS y Vietnam en la segunda mitad del siglo XX, además de enfrentarse contra fuerzas irregulares en Shinkiang, Tibet y Burna. Por esa razón, la República Popular China dedica actualmente cerca de un tercio de su presupuesto de Defensa y más de un millón de efectivos a tareas de defensa territorial (casi un 45 por cien de su fuerza); lo que supone un lastre evidente a las inversiones en capacidades de proyección de fuerza, también navales.[59]

 

Las esferas de influencia y el offshore balancing

Durante siglos la anexión de territorios para salvaguardar las fronteras y la creación de esferas de influencia se han retroalimentado dando lugar a la creación de imperios. Desde la antigua Roma hasta el japonés de mediados del siglo XX (Figura 19). Sin embargo, ya hemos visto que el modelo de conquista e imperio territorial ha quedado obsoleto. Las aspiraciones hegemónicas pasan hoy día por dictar las reglas del juego, no por despojar de toda su soberanía a quienes caen dentro de la esfera de influencia.

Figura 19. El imperio japonés en su momento de mayor apogeo durante la Segunda Guerra Mundial

Tanto la antigua lógica imperial, como la más sutil del presente se encuentra con dos posibles respuestas por parte de los vecinos. Algunos Estados pueden doblegarse a la espera de recibir protección y ciertas concesiones por parte de la potencia hegemónica (bandwagoning). Es una estrategia de actores débiles mantenida por ejemplo por Rumanía y Hungría con la Alemania nazi al principio de la Segunda Guerra Mundial.[60]

La estrategia contraria es el equilibrio de poder –que ya comentamos en el primer imperativo geopolítico– y al puede sumarse una gran potencia externa a la región a través del contrapeso de ultramar (offshore balancing).[61]  Es la relación Estados Unidos - Europa Occidental frente a Rusia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Y algo similar ocurre actualmente entre los países de la región Indo-Pacífica y Estados Unidos frente al ascenso de poder de China. Washington juega además con la ventaja geográfica de no compartir vecindad. Su enorme poder despierta menos recelos en comparación con el de China (el ‘equilibrio de la amenaza’, que también comentamos páginas atrás). No obstante, –y a diferencia de Europa Occidental durante la Guerra Fría– el hecho de que Pekín no suponga una amenaza similar a lo que fue la URSS para los europeos dificulta la creación de una alianza tan sólida como la OTAN por parte de Singapur, Indonesia, Filipinas, Birmania y Sri Lanka, para quienes las relaciones económicas con Pekín constituyen un incentivo igualmente poderoso.

Todas estas reacciones se entienden también desde este tercer imperativo geopolítico de proteger las fronteras. Incluso el offshore balancing norteamericano posee un ingrediente de defensa territorial. El desarrollo de fuerzas aeronavales y el ataque a Pearl Harbour en diciembre de 1941 provocaron entre otras cosas un ‘shock geopolítico’, haciendo patente la vulnerabilidad del territorio norteamericano en el Pacífico.[62] Desde la década de 1950 la estrategia de Estados Unidos concibe las dos cadenas de islas que rodean China como puestos avanzados de defensa territorial (Figura 20).[63]

Figura 20. Visión solapada de las cadenas de islas en Asia Pacífico

Fuente: The Diplomat

El problema es que la visión geoestratégica norteamericana choca frontalmente con un imperativo geopolítico similar del lado chino. Esto explica el interés de Pekín por dotarse de capacidades de denegación de área y de acceso (A2/AD) que limiten la capacidad de proyección de las fuerzas norteamericanas en ese amplio espacio (Figura 21).[64] Durante la crisis entre China y Taiwán de 1996 la Administración Clinton envió dos grupos de combate de portaviones a la zona. El fortalecimiento actual de las capacidades A2/AD complicaría notablemente la repetición de semejante movimiento en una nueva crisis.[65] Si adoptamos la perspectiva del realismo ofensivo, la secuencia lógica en caso de que China siga incrementando su cuota de poder consistirá en expulsar a Estados Unidos de la primera cadena de islas y posteriormente de la segunda, aplicando así su propia versión de la doctrina Monroe en Asia Pacífico.[66]

Figura 21. Alcance de los sistemas de misiles superficie-superficie chinos

Fuente: Stratfor

 

Proteger las fronteras en el siglo XXI

Un último aspecto a destacar es la complejidad creciente del concepto frontera. La especificidad de este tercer imperativo geopolítico varía lógicamente según el país, el momento histórico y la naturaleza de los problemas que afectan a sus límites territoriales.

Un botón de muestra. Durante los siglos XVI y XVII –disminuyendo paulatinamente en el XVIII– la piratería era la principal amenaza de la España mediterránea. Los piratas berberiscos asaltaban embarcaciones y poblaciones costeras; hacían miles de cautivos que esclavizaban o retenían hasta el pago de un rescate. La respuesta de la Monarquía Hispánica planteaba tres líneas de defensa 1) ocupar los puertos de la costa africana para negárselos a los corsarios (Melilla, Vélez de la Gomera, Orán, Bugía o La Goleta), 2) escuadra de galeras del Mediterráneo; y 3) protección de la costa española fortificando las grandes poblaciones costeras, trasladando las pequeñas al interior o a puntos elevados del terreno que facilitaran su defensa, construyendo una red de torres vigía en el litoral, organizando milicias concejiles, etc.[67]

En el siglo XXI la protección de la frontera sur española consiste en luchar contra el narcotráfico, gestión de los flujos migratorios y –en la zona del Estrecho– garantizar el libre tránsito naval. Hay otros riesgos como el tráfico de armas o la infiltración terrorista –el Daesh ha controlado franjas de costa en Libia–, además de la ‘amenaza no compartida’ derivada de las reclamaciones de Marruecos sobre los territorios españoles en el norte de África.[68] Recordemos a este respecto la crisis de Perejil en el verano de 2002.

En una línea más anticipatoria el Ejército de Tierra ha impulsado el concepto de Frontera Avanzada para contribuir a la estabilidad de los países del Sahel y responder en origen a los riesgos que puedan afectar a España (Figura 22).[69]

La complejidad del fenómeno fronterizo en un mundo cada vez más interconectado tiene múltiples consecuencias. Especialmente para las Fuerzas Armadas, que han de combinar las viejas misiones de defensa territorial –que nunca desaparecen por completo, y menos en el caso de España– con las nuevas de fomento de la estabilidad y seguridad en regiones vecinas, tratando de evitar que los riesgos generados en ellas se materialicen en territorio nacional.

 

Figura 22. Riesgos procedentes de la región Magreb – Sahel

Fuente: Ministerio de Defensa español y Diario ABC

 

Cuarto imperativo geopolítico: asegurar las conexiones externas

Las vías de comunicación, de tránsito de personas y de todo tipo de bienes –materiales e inmateriales– son esenciales para la prosperidad de cualquier Estado. Salvo que se opte por la autarquía –con consecuencias nefastas–, garantizar la seguridad de esas conexiones externas constituye un imperativo geopolítico irrenunciable.

Cuatro factores condicionan este imperativo:

  • Tecnología
  • Situación geográfica
  • Distribución del poder relativo regional/mundial
  • Estabilidad de las regiones de tránsito

Salta a la vista la importancia de la tecnología en la conexión, abaratamiento de costes, velocidad, etc. El proceso de globalización mundial se encuentra condicionado –aunque no de manera exclusiva– por los avances tecnológicos.[70]

La situación geográfica es otro factor determinante. La posición central de un país favorece la interacción con los vecinos, mientras que una situación periférica lo dificulta.[71] La facilidad de acceso al mar libre también es crucial, tal como señaló hace más de un siglo Alfred T. Mahan.[72] Rusia sufre esta desventaja geopolítica. Sus costas septentrionales están bloqueadas por el hielo durante gran parte del año y dos de sus principales vías de tránsito naval (Báltico y Mar Negro) se hallan encajonadas entre países OTAN (Figura 23).[73] Esto añade más recelo a la ampliación de la Alianza y también es de suponer que afectó a la decisión de anexionarse unilateralmente Crimea en 2014.[74]

Figura 23. Principales puertos rusos de entrada y salida de containers

Fuente: World Oil Traders

 

La geografía también afecta a las conexiones de un país en puntos geográficos alejados de su territorio nacional (lugares de paso obligado, choke points).[75] Una ventaja que posee Estados Unidos frente a China y Japón es que sus líneas de suministro de petróleo atraviesan menos lugares potencialmente bloqueables en un contexto de conflicto armado (Figura 24).

Figura 24. Principales líneas de tráfico marítimo de petróleo y puntos de congestión

Fuente: Stratfor

Figura 25. Principales líneas de las importaciones chinas y posibles zonas de bloqueo

Fuente: Stratfor

El caso de China nos lleva al tercer factor: la distribución de poder relativo. En una situación de conflicto armado la US Navy podría ejercer coerción sobre Pekín bloqueando sus rutas navales (Figura 25).[76] Lo cual contribuye a explicar el interés chino por dotarse de una poderosa flota de aguas azules. Sin embargo, aquí vuelve a aparecer el dilema de seguridad. La ambivalencia de unas fuerzas navales robustas, capaces de ejercer tanto el sea control como el sea denial suscita a la vez una inquietud comprensible entre los países de la región. El poder naval chino puede utilizarse para proteger líneas de comunicación vitales para la economía china, pero también para respaldar una política crecientemente asertiva en el Mar del Sur y en el Mar Oriental.[77]

En otro orden de cosas, una elevada cuota de poder relativo –y, asociado a ella, una buena política de alianzas– permite disponer de con nodos geográficos que enlacen la red de conexiones.[78] Es el rol que durante siglos han cumplido las bases y las facilidades de apoyo a las fuerzas navales que Mahan también consideraba un recurso estratégico clave.[79]

Si logra completarse con éxito, la Iniciativa Cinturón y Ruta de la Seda (Belt and Road Initiative, BRI) permitirá que China afiance este cuarto imperativo estratégico, conectando su mercado con los de Asia Central, Rusia, Europa, Oriente Medio y África mediante una red diversificada de rutas y bases navales y terrestres (Figura 26).[80] La BRI es un proyecto a largo plazo que se completará en torno a 2050 y cuya consecución está sujeta a la buena marcha de la economía china, lo cual está por ver.[81] Pretende reconfigurar la estructura de poder económico mundial, situando a China en cabeza y proyectando su influencia sobre tres Continentes.[82] Con el lanzamiento de la BRI quedan atrás los tiempos en que Pekín apostaba por un perfil bajo en la esfera internacional.[83]

En cierta manera, la BRI recuerda la superioridad que otorgaba Mackinder a las potencias terrestres sobre las navales, cuando aquellas son capaces de movilizar ingentes recursos mediantes líneas férreas interiores y exteriores.[84] Pero China pretende ser además una potencia marítima. A la vez, muchos de los países que atraviesa la BRI se encuentran en vías de desarrollo de modo que las inversiones y préstamos aumentarán la influencia china sobre sus respectivas economías y políticas exteriores (otra vía de aumento de su cuota de poder relativo).[85]

Figura 26. Iniciativa china Belt and Road

Fuente: Mercator Institute for China Studies

Como decimos, este proyecto depende de la continuidad del crecimiento económico chino y de un cuarto condicionante de este imperativo estratégico: la estabilidad de las regiones de paso. De entrada, exigirá un coste en protección de infraestructuras que puede resultar muy oneroso en determinados tramos de Asia Central.[86] La inestabilidad también puede ser aprovechada por potencias rivales, dando lugar a cinturones de quiebra (shatterbelts, según la terminología de Saul B. Cohen).[87] Oriente Medio es actualmente uno de ellos, aunque de momento no afecte al BRI.[88]

Queda por ver en qué se convertirá Asia Central desde la geopolítica de la BRI. A día de hoy es una zona de convergencia: un área de contacto entre espacios geopolíticos cuyo estatus se encuentra por determinar.[89] Bien una puerta de entrada (gateway), enlazando diversas regiones del mundo, facilitando la cooperación y el intercambio de personas, bienes e ideas; o bien un cinturón de quiebra.[90] La probabilidad de que acabe siendo un shatterbelt no es pequeña. Abundan los Estados frágiles y se solapan las áreas de influencia de Rusia, India y China. Seguramente, la cautela de Moscú aumentará en la misma medida que lo hagan el poder y las ambiciones de Pekín, deteriorándose las buenas relaciones que por ahora mantienen ambas potencias.[91]

Antes de finalizar este cuarto imperativo geopolítico conviene hacer referencia a los comunes globales (global commons) directamente relacionados con las conexiones externas de los Estados: rutas marítimas y aéreas en aguas internacionales, ciberespacio y espacio extra-atmosférico. El crecimiento de la economía mundial y la estabilidad geopolítica dependen de su gestión bona fide.[92] Pero a veces esto último choca con las ambiciones geopolíticas.[93] La rivalidad que ya hemos comentado entre China, sus vecinos ribereños y Estados Unidos proporciona varios ejemplos: las rutas navales chinas que la US Navy hipotéticamente podría bloquear, las zonas de identificación de defensa aérea ya existentes en el Mar Oriental, o el desarrollo de capacidades de ciberguerra y anti-satélite tanto por parte de China como de Estados Unidos de cara a un conflicto en la región, etc. No hay que hacerse ilusiones; en una situación de enconada rivalidad, los cuatro imperativos geopolíticos tendrían preferencia sobre abstractos intereses colectivos.

 

Conclusión

Los imperativos que componen el modelo están vinculados entre sí a través del aumento o disminución de poder relativo (Figura 27). La pérdida de poder relativo dificulta el cumplimiento de los otros tres en caso de que se presenten amenazas contra ellos. Al mismo tiempo, las carencias en alguno de esos imperativos geopolíticos repercuten en los demás por la merma de poder que entrañan. Son cuatro imperativos ineludibles que evidencian la permanente relación entre geografía y poder en las relaciones internacionales.

Figura 27. Interacción de los cuatro imperativos geopolíticos

Fuente: Elaboración propia

Los cuatro imperativos actúan como variables independientes de la variable dependiente ‘comportamiento estatal’. Su influencia está condicionada por las variables intervinientes de la política interior del Estado –percepción de las élites que dirigen la acción exterior, consenso político, cohesión social, etc.– que de modo semejante a un prisma pueden alterar el recorrido de la luz o, dicho sin analogía, generar respuestas políticas no del todo coherentes con los dictados de las presiones sistémicas.[94] No obstante, el modelo anticipa los efectos nocivos que se derivan de descuidar o de no conseguir alguno de estos imperativos, y lo habitual es que se les preste atención. Otra cosa es que el Estado disponga del poder, liderazgo y mecanismos necesarios para responder adecuadamente.

El modelo posee un carácter abstracto para hacerlo generalizable a cualquier lugar y momento histórico. Al estudiar un caso concreto los cuatro imperativos deben tornarse específicos, situando en el mapa e identificando con nombre y apellidos las amenazas y oportunidades que atañen al país en cuestión. También es interesante interpretar geopolíticamente la historia del país pues es muy probable que algunas de las lecciones que se extraigan sigan estando vigentes. La permanencia de la geografía mantiene inalterados algunos contenidos específicos de los imperativos geopolíticos. Como decía Nicholas Spykman, “Ministers come and go, even dictators die, but mountain ranges stand unperturbed”.[95]

Lógicamente, el modelo no abarca el espectro completo de intereses de un Estado, ni explica el conjunto de su acción exterior. Sin embargo, ofrece una plantilla básica, esencial y fácil de utilizar. A partir de él se obtiene un primer esbozo de los pilares fundamentales de cualquier estrategia de defensa o de seguridad nacional. También ayuda a entender las líneas maestras y los motivos profundos del comportamiento internacional de los Estados. Vuelve previsibles ciertas respuestas a estímulos del entorno y permite intuir qué cuestiones podrían ser objeto de negociación y qué otras son irrenunciables. Como todo modelo simplifica la realidad pero con pocos elementos facilita el análisis de algo tan complejo como es la política internacional.

 

Javier Jordán es Profesor Titular de Ciencia Política y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI) de la Universidad de Granada.

 


[1] Es decir, vamos a hablar de geopolítica. Saul B. Cohen la define como “the analysis of the interaction between, on the one hand, geographical settings and perspectives and, on the other, political processes” en Saul B. Cohen (2009), Geopolitics: The Geography of International Relations, Plymouth: Rowman & Littlefield Rowman Publishers, p. 12. De una manera similar Phil Kelly entiende la geopolítica clásica como “the study of the impact or influence of certain geographic features –these being positions and locations of regions, states, and resources plus topography, climate, distance, immigration, states’ sizes and shapes, demography and the like– upon states’ foreign policies and actions as an aid to statecraft and as a source of theory” en Phil Kelly (2016), Classical Geopolitics. A New Analytical Model, Stanford: Standford University Press, p. 8. Por su parte, según la definición ampliamente citada de Grygiel, la geoestrategia es “the geographic focus of a state’s foreign policy, or where a state directs its power” en Jakub J. Grygiel (2006), Great Powers and Geopolitical Change, Baltimore: John Hopkins University Press, p. 36.

[2] Thomas Friedman (2006), La Tierra es plana: breve historia del mundo globalizado del siglo XXI, Madrid: Martínez Roca.

[3] Colin S. Gray (2004), “ In Defence of the Heartland: Sir Halford Mackinder and His Critics a Hundred Years On”, Comparative Strategy, Vol 23, No. 1, pp. 9-25,

[4] Colin S. Gray (1991), “Geography and Grand Strategy, Comparative Strategy, Vol. 10, No. 4, pp. 311-329.

[5] Lorenzo López Trigal (2011) “Comentario: «Las leyes del crecimiento espacial de los Estados» en el

contexto del determinismo geográfico ratzeliano”, Geopolítica(s). Revista de estudios sobre espacio y poder,

Vol. 2, No. 1, pp. 157-163; Saul B. Cohen (2009), Geopolitics: The Geography of International Relations, pp. 12-27; Geoffrey Sloan (2017), Geopolitics, Geography and Strategic History, London: Routledge, pp. 38-59; Phil Kelly (2016), Classical Geopolitics. A New Analytical Model, pp. 45-54; Robert D. Kaplan, (2012), The Revenge of Geography: What the Map Tells Us about Coming Conflicts and the Battle Against Fate. Nueva York: Random House, pp. 60-113; Andrés González Martín y Federico Aznar Fernández-Montesinos, (2013) “Mahan y la geopolítica”. Geopolítica(s). Revista de estudios sobre espacio y poder, Vol. 4, No. 2, pp. 335-351; Colin S. Gray (2015), “Nicholas John Spykman, the Balance of Power, and International Order”, Journal of Strategic Studies, Vol. 38, No. 6, pp. 873-897; Michael P. Gerace (1991), “Between Mackinder and Spykman: Geopolitics, Containment, and After”, Comparative Strategy, Vol. 10, No. 4, pp. 347-364; Gerry Kearns (2013), “Beyond the Legacy of Mackinder”, Geopolitics, Vol. 18, No. 4, pp. 917-932.

[6] Al mismo tiempo, me gustaría advertir que la combinación que voy a hacer en este documento de la teoría realista de las Relaciones Internacionales con el estudio de factores geopolíticos no es porque considere que la geopolítica clásica se encuadra necesariamente en la tradición realista. En efecto no es así, tal como señalan Geoffrey Sloan (2017), Geopolitics, Geography and Strategic History, pp. 5-6 y Phil Kelly (2016), Classical Geopolitics. A New Analytical Model, p. 2. El empleo de la perspectiva realista en este Documento y en particular en este primer imperativo geopolítico se debe a que en mi opinión es el que mejor explica las relaciones de poder entre Estados.

[7] John J. Mearsheimer (2003), The Tragedy of Great Power Politics, New York, Norton, pp. 60-67. Por ejemplo, el envejecimiento de la población en España y Europa amenaza con convertirse en una causa de pérdida de poder tanto absoluto como relativo en las próximas décadas. Robert Holzmann, (2009), “Introduction, Main Messages and Policy Conclusions”, en Robert Holzamnn (ed.), Aging Population, Pension Funds, and Financial Markets: Regional Perspectives and Global Challenges for Central, Eastern, and Southern Europe, Washington D.C.: The World Bank, pp. 1-11.

[8] Robert A. Dahl, (1957) “The Concept of Power”, Behavioral Science, Vol. 2, No 3, p. 201.

[9] Javier Jordán, “Enfoques teóricos de los Estudios Estratégicos”, en Javier Jordán (Coord.), Manual de Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional, (Madrid: Plaza y Valdés, 2013), pp. 15-43

[10] Kenneth N. Waltz (2001), Man, the State and War. A Theoretical Analysis, New York, Columbia University Press, p. 12.

[11] Kenneth N. Waltz (2010), Theory of International Politics, Long Grove, Waveland Press Inc, pp. 125-128. No obstante, se trata de una presión del sistema internacional que puede ser soslayada a causa de factores políticos internos, como la ausencia de consenso sobre la naturaleza de la amenaza, la falta de cohesión social o la existencia de otros problemas de política doméstica que desvíen la atención de los decisores. Sobre esta cuestión ver: Randall Schweller (2004), “Unanswered Threats: A Neoclassical Realist Theory of Underbalancing” International Security, Vol. 29, No. 2, pp. 159-201.

[12] Stephen M. Walt (1985), “Alliance Formation and the Balance of World Power”, International Security, Vol. 9, No. 4, pp. 3-43.

[13] Jack Snyder (1991), Myths of Empire. Domestic Politics and International Ambition, New York, Cornell University.

[14] Shiping Tang (2009), “The Security Dilemma: A Conceptual Analysis”, Security Studies, Vol. 18, No. 3, pp. 587-623.

[15] Jeffrey W. Taliaferro (2000-2001), “Security Seeking under Anarchy: Defensive Realism Revisited”, International Security, Vol. 25, No. 3, p. 159.

[16] John J. Mearsheimer (2003), The Tragedy of Great Power Politics, pp. 30-32.

[17] Hoo Tiang Boon (2017), “Hardening the Hard, Softening the Soft: Assertiveness and China’s Regional Strategy”, Journal of Strategic Studies, Vol. 40, No 5, pp- 639-662.|

[18] Shiping Tang (2008), “From Offensive to Defensive Realism: A Social Evolutionary Interpretation of China’s Security Strategy,” en Robert Ross & Zhu Feng (eds.), China’s Ascent: Power, Security, and the Future of International Politics, Ithaca: Cornell University Press, pp. 141-162.

[19] John J. Mearsheimer (2010), “The Gathering Storm: China's Challenge to US Power in Asia”, The Chinese Journal of International Politics, Vol. 3, No. 4, pp. 381-396.

[20] Gideon Rose (1998), “Neoclassical Realism and Theories of Foreign Policy”, World Politics, Vol. 51, No. 1, pp. 144-172; Javier Jordán (2017), “Un modelo explicativo de los procesos de cambio en las organizaciones militares. La respuesta de Estados Unidos después del 11-S como caso de estudio”, Revista de Ciencia Política, Vol. 37, No1, pp. 203-226.

[21] Phil Kelly (2016), Classical Geopolitics. A New Analytical Model, p. 102.

[22] John J. Mearsheimer, The Tragedy of Great Power Politics, pp. 147-162.

[23] Franklin D. Kramer and Lauren M. Speranza (2017), Meeting the Russian Hybrid Challenge. A Comprehensive Strategic Framework, Atlantic Council; Javier Jordán (2017), “Rusia y el secesionismo catalán. Una campaña estratégica en la ‘zona gris’ del conflicto”, Agenda Pública, 11 de noviembre; Danish Institute for International Studies (2017), Russian Hybrid Warfare. A study of disinformation, DIIS Report 2017: 06; Mira Milosevich-Juaristi (2017), “La “combinación”, instrumento de la guerra de la información de Rusia en Cataluña”, Análisis del Real Instituto Elcano, 86/2017; Guillem Colom (2017), “Rusia y las operaciones de información”, Blog GESI, 20 de diciembre.

[24] Nicolás Maquiavelo (2016), El Príncipe, Madrid: Paradimage Soluciones, p. 32.

[25] David Sobek (2010), “Master of their Domains: The Role of State Capacity in Civil Wars”, Journal of Peace Research, Vol. 47, No. 3, pp. 267-271.

[26] En ocasiones son lugares donde han colapsado las estructuras estatales dando lugar a Estados parcial o totalmente fallidos. Saul B. Cohen (2009), Geopolitics: The Geography of International Relations, p.36.

[27] Josep Baqués (2010), ¿Quo Vadis Afganistán?, Madrid: Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado. También puede escucharse un podcast extenso del mismo autor en el HistoCast No 147, Geopolítica y Afganistán.

[28] Halvard Buhaug & Scott Gates (2002), “The Geography of Civil War”, Journal of Peace Research, Vol. 39, No. 4, pp. 417-433. En un estudio realizado por la RAND Corporation sobre una muestra de 89 insurgencias entre 1945 y 2006, se observa que las insurgencias que no disponen de refugio tienen una probabilidad de victoria de uno contra siete en los casos donde el éxito o la derrota resultan claramente apreciables. Por el contrario los insurgentes que gozaban de un santuario han ganado la mitad de los conflictos con un final claro. Ben Connable & Martin C. Libicki (2010), How Insurgencies End?, Santa Monica: RAND Corporation, p. 36. La disponibilidad de refugio físico depende, por un lado, de la existencia de un Estado vecino que voluntaria o involuntariamente sirva de santuario y, por otro, del tamaño y de las características geográficas del país donde tiene lugar la insurgencia, así como del grado de apoyo social con el que cuente. Los insurgentes pueden buscar refugio en zonas montañosas, bosques, junglas o en áreas remotas del país. Otra opción consiste en esconderse en entornos urbanos que paulatinamente van escapando al control del gobierno, como sucedió en los primeros años de la insurgencia en Irak. No obstante, las insurgencias tienen mayores probabilidades de éxito en contexto rurales o en una mezcla de entornos rurales y urbanos. Rara vez triunfan en países urbanizados y de ingresos medios. Ben Connable & Martin C. Libicki (2010), How Insurgencies End?, p. 38.

[29] Zbigniew Brzezinski (1997), The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic Imperatives, Philadelphia: Basic Books, p. 13.

[30] Mathew Bey (2016), “Between Geopolitics and Technology”, Stratfor, September 27.

[31] You Ji (2016), “China's Anti-Secession Law and the Risk of War in the Taiwan Strait”, Contemporary Security Policy, Vol. 27, No 6, pp. 237-257.

[32] Citado en Graham Allison (2017), Destined for War: Can America and China Escape Thucydides's Trap?, New York: Houghton Mifflin Harcourt, p. 197.

[33] Ignacio Fuente Cobo y Fernando M. Mariño Menéndez (2005), El conflicto del Sahara Occidental, Madrid: Ministerio de Defensa, p. 15.

[34] Halford J. Mackinder “El pivote geográfico de la historia”, Conferencia pronunciada ante la Real Sociedad Geográfica (Londres), el 25 de enero de 1904; reproducida en The Geographical Journal, Vol. 23, No. 4, pp. 421-437. Traducción de Marina Díaz Sanz con base en la realizada para la compilación por A. B. Rattenbach (1975) Antología geopolítica. Buenos Aires: Pleamar. Artículo reproducido a su vez en la revista española Geopolítica(s) 2010, Vol. 1, No. 2, pp. 301-319

[35] Saul B. Cohen (2009), Geopolitics: The Geography of International Relations, p. 89.

[36] Roland Paris (2014), “The Geopolitics of Peace Operations: A Research Agenda”, International Peacekeeping, Vol. 21, No. 4, pp. 501-508.

[37] Theda Skocpol (1985) “Bringing the State Back In: Strategies of Analysis in Current Research”, Evans, Peter B; Rueschemeyer, Dietrich & Skocpol (ed.), Bringing the State Back In, New York, Cambridge University Press, pp. 3-37.

[38] Radha Kumar (1997), “The Troubled History of Partition”, Foreign Affairs, Vol. 76, No. 1, pp. 22-34

[39] Saul B. Cohen (2009), Geopolitics: The Geography of International Relations, pp. 35-36.

[40] Erika Solomon and David Sheppard (2017), “Kurds’ independence dreams shattered by Iraqi tanks in Kirkuk”, Financial Times, October 16.

[41] Phil Kelly (2016), Classical Geopolitics. A New Analytical Model, p. 117.

[42] Stephen M. Walt (2011), “Nationalism Rules”, Foreign Policy, July 15; Jan Zielonka (2012), “Empires and the Modern International System”, Geopolitics, Vol. 17, No. 3, pp. 502-525.

[43] No obstante, la existencia de una disputa territorial no resuelta legalmente incrementa considerablemente el riesgo de conflicto armado entre dos Estados que comparten frontera. Stephen A. Kocs (1995), “Territorial Disputes and Interstate War, 1945-1987”

The Journal of Politics, Vol. 57, No. 1, pp. 159-175

[44] Brian C. Schmidt & Michael C. Williams, "The Bush Doctrine and the Iraq War: Neoconservatives versus Realists", Security Studies, Vol. 17, No 2, (2008), pp. 191-220.

[45] Anthony H. Cordesman & Abraham R. Wagner (1990), The Lessons of Modern War Vol. II. The Iran-Iraq War, Boulder and San Francisco: Westview Press.

[46] Stephen Van Evera (1998), “Offense, Defense, and the Causes of War”, International Security, Vol. 22, No. 4, pp. 5-43.

[47] Shiping Tang (2010), “Offence-defence Theory: Towards a Definitive Understanding”, The Chinese Journal of International Politics, Vol. 3, No. 2, pp. 213-260.

[48] John J. Mearsheimer (2003), The Tragedy of Great Power Politics, pp. 83-84.

[49] Muy recomendables a este respecto los HistoCast sobre la Gran Armada y sobre la Contra Armada, junto a los libros escritos por sus respectivos protagonistas: Antonio Luis Gómez Beltrán (2013), La Invencible y su leyenda negra, Málaga: Arín Ediciones, y Luis Gorrochategui Santos, (2011), Contra Armada: la mayor catástrofe naval de la historia de Inglaterra, Madrid: Ministerio de Defensa. Los audios de Histocast pueden descargarse desde: https://www.histocast.com/

[50] Stanley Baldwin, Parliamentary Debates—Commons, November 10, 1932, Vol. 270, cols. 631–32; rpt. as “Mr. Baldwin on Aerial Warfare—A Fear for the Future”.

[51] George Friedman (2009), The Next 100 Years. A Forecast for the 21st Century, New York: Doubleday, pp. 102-103.

[52] Walter Russell Mead (2014), “The Return of Geopolitics”, Foreign Affairs, Vol. 93, No. 3, pp. 69-79.

[53] Los Estados o zonas colchón son países poco poderosos situados entre dos o más potencias, que amortiguan y absorben los roces entre ellas. Phil Kelly (2016), Classical Geopolitics. A New Analytical Model, p. 111.

[54] Puede escucharse una explicación al respecto por el propio John Mearsheimer en el coloquio que tuvo lugar en el Valdai Club (Moscú) en octubre de 2016: https://www.youtube.com/watch?v=Z6k1XorBiZY&t=2s

[55] Saul B. Cohen (2009), Geopolitics: The Geography of International Relations, p. 346. Recientemente, en el verano de 2017 se produjo una disputa política, con cierto forcejeo físico entre soldados entre chinos e indios, en la zona de Doklam, entre Burna y China. Ankit Panda (2017), “The Doklam Standoff between India and China is far from Over”, The Diplomat, October 22.

[56] Eliot A. Cohen & John Gooch (1990), Military Misfortunes. The Anatomy of Failure in War, New York: Free Press, pp. 194-195. También contribuyó a la entrada de China en la guerra la promesa de Stalin de proporcionar cobertura aérea, entrenamiento a sus pilotos y un volumen inmenso de suministros militares. Saul B. Cohen (2009), Geopolitics: The Geography of International Relations, p. 283. Lo cual se corresponde perfectamente con una política de equilibrio de poder y de bloodletting frente a Estados Unidos (recordemos el primer imperativo geopolítico).

[57] Chu Shulong (2015), “China's Perception and Policy about North Korea”, The Journal of the National Committee on American Foreign Policy, Vol. 37, No. 5-6, pp. 273-278.

[58] Robert S. Ross (2009), “China's Naval Nationalism: Sources, Prospects, and the U.S. Response”, International Security, Vol. 34, No. 2, pp. 46-81; Michael McDevitt (2015), “The South China Sea: Island Building and Evolving U.S. Policy”, American Foreign Policy Interests, Vol. 37, No. 5-6, pp. 253-263.

[59] Beckley, Michael (2017), “The Emerging Military Balance in East Asia. How China’s Neighbors Can Check Chinese Naval Expansion”, International Security, Vol. 42, No. 2 pp. 78-119.

[60] John J. Mearsheimer (2003), The Tragedy of Great Power Politics, p. 163.

[61] John J. Mearsheimer and Stephen M. Walt (2016), “The Case for Offshore Balancing. A Superior U.S. Grand Strategy”, Foreign Affairs, Vol. 95, No. 4, pp. 70-83.

[62] Geoffrey Sloan (2017), Geopolitics, Geography and Strategic History, p. 128.

[63] David Scott (2012) “US Strategy in the Pacific – Geopolitical Positioning for the Twenty-First Century”, Geopolitics, Vol. 17, No: 3, pp. 607-628; Hiroyuki Umetsu (1996), “Communist China’s Entry into the Korean Hostilities and a US Proposal for a Collective Security Arrangement in the Pacific Offshore Island Chain”, Journal of Northeast Asian Studies, Vol. 15, No. 2 pp. 98-118. Inicialmente esa visión formaba parte de la estrategia de contención frente al comunismo y junto con la llamada teoría dominó justificó las guerras de Corea y Vietnam. Geoffrey Sloan (2017), Geopolitics, Geography and Strategic History, pp. 163-183.

[64] Thomas G. Mahnken (2011), “China's Anti-Access Strategy in Historical and Theoretical Perspective”, Journal of Strategic Studies, Vol. 34, No 3, pp. 299-323.

[65] Graham Allison (2017), Destined for War, p. 130.

[66] Puede escucharse esta explicación del propio John Mearsheimer en una conferencia pronunciada en la Tokio Fundation en diciembre de 2014: https://www.youtube.com/watch?v=3ZV97GUdHzA&t=4807s

[67] Antonio J. Rodríguez Hernández (2016), “Las guarniciones africanas durante el siglo XVII”, Desperta Ferro, Los Tercios (III). Norte de África ss. XVI-XVII, Especial IX, pp. 50-55. Mercedes García Arenal (2016), “Los españoles en el norte de África (siglos XV-XVII), Desperta Ferro, Los Tercios (III). Norte de África ss. XVI-XVII, Especial IX, pp. 6-12.

[68] Félix Arteaga (coord..) (2014), España mirando al Sur: Del Mediterráneo al Sahel. Madrid: Real Instituto Elcano, pp. 25-91.

[69] Varios Autores (2017), “Seguridad y Desarrollo sostenible en el Sahel: un enfoque regional”, Documento de Interés del Instituto Español de Estudios Estratégicos, 12 de mayo de 2017.

[70] John Art Scholte (2005), Globalization. A Critical Introduction, New York: St Martin Press, pp. 92-108; Richard Langhorne, (2001), The Coming of Globalization. Its Evolution and Contemporary Consequences, New York: Palgrave, p. 2. En el artículo de 1904 que mencionamos anteriormente Mackinder destacaba la relevancia geoestratégica del ferrocarril en Eurasia y la ventaja que esto proporcionaría al Imperio ruso a la hora de generar y movilizar recursos (incrementando su poder relativo) en comparación con las comunicaciones navales del Imperio británico. Halford J. Mackinder (2010), “El pivote geográfico de la historia”, pp. 315-318.

[71] Phil Kelly (2016), Classical Geopolitics. A New Analytical Model, p. 74-76.

[72] Alfred T. Mahan (2013) “Análisis de los elementos del poder naval”. Geopolítica(s). Revista de estudios

sobre espacio y poder, Vol. 4, No. 2, pp. 305-334. Este artículo es una traducción y extracto de “Discussion of the Elements of Sea Power”, que es el capítulo 1 del libro The Influence of Sea Power Upon History: 1660–1783 , Boston: Little, Brown and Co., publicado en 1890.

[73] Saul B. Cohen (2009), Geopolitics: The Geography of International Relations, p. 40.

[74] Robert D. Kaplan (2014), “Crimea: The Revenge of Geography?”, Stratfor, March 12.

[75] Phil Kelly (2016), Classical Geopolitics. A New Analytical Model, p. 113-114.

[76] Geoffrey Sloan (2017), Geopolitics, Geography and Strategic History, p. 209.

[77] Michael Yahuda (2013), “China's New Assertiveness in the South China Sea”, Journal of Contemporary China, Vol. 22, No. 81, pp. 446-459; Toshi Yoshihara (2014), “Troubled Waters: China and Japan Face Off at Sea”, World Affairs, Vol. 176, No. 5, pp. 24-30.

[78] Para un análisis detallado del rol de las bases en la actualidad puede consultarse la serie de publicaciones que se inició con este documento en el Instituto Español de Estudios Estratégicos: Guillem Colom Piella (2016), “La Geopolítica de las Bases Militares (I)”, Documento de Investigación del Instituto Español de Estudios Estratégicos, 2/2016.

[79] Refiriéndose al Reino Unido, la primera potencia global en aquel momento, escribe: “Las bases navales de Inglaterra han estado en todas las partes del mundo, y sus Escuadras a la vez que han protegido y mantenido las comunicaciones mutuas entre ellas, han contado con las mismas para su protección y refugio” en Alfred T. Mahan (2013) “Análisis de los elementos del poder naval”, p. 330.

[80] Christina Müller-Marku (2016), “One Belt, One Road: el sueño chino y su impacto sobre Europa”, CIDOB Notes Internacionals, No 14.

[81] Stratfor, (2016), “China's Economy: Living on Borrowed Time”, November 21.

[82] Nadège Rolland (2017), “The Belt and Road Initiative: China’s Grand Strategy?”, en Grand Designs: Does China Have A 'Grand Strategy'?, Brussels: European Council on Foreign Relations, pp. 5-6.China no publica una gran estrategia oficial de manera periódica. Hemos de deducirla a partir de sus acciones. Geoffrey Sloan (2017), Geopolitics, Geography and Strategic History, p. 189.

[83] Para hacernos una idea de la magnitud del proyecto puede servir la siguiente comparación. El plan Marshall tuvo un presupuesto de cerca de 13 mil millones (billions) de dólares, que supondrían unos ochocientos mil millones a día de hoy si tomamos como medida el porcentaje del PIB norteamericano de aquel momento. China prevé gastar más de un billón (trillion) de dólares en infraestructuras localizadas en sesenta Estados en el marco del BRI. Jane Perlez & Yufan Huang (2017) “Behind China’s $1 Trillion Plan to Shake up the Economic Order”, New York Times, May 13.

[84] Graham Allison (2017), Destined for War, p. 125. Geoffrey Sloan (2017), Geopolitics, Geography and Strategic History, p. 217; Jean-Marc F. Blanchard & Colin Flint (2017), “The Geopolitics of China’s Maritime Silk Road Initiative”, Geopolitics, Vol. 22, No. 2, pp. 223-245.

[85] Por ejemplo, los costes de construcción del Corredor Económico que conecta China occidental con el puerto paquistaní de Gwadar se financian con créditos chinos que Pakistán difícilmente podrá devolver. Algunos analistas indios temen que China convierta esa dependencia económica en poder naval, militarizando parte de las instalaciones del puerto (como ya está haciendo en Yibuti). De este modo mejoraría sus medios de proyección en las proximidades del Golfo Pérsico y en el Océano Índico, donde ya actúa en misiones de lucha contra la piratería. Jabin T. Jacob, (2017), “Does China have a Maritime Grand Strategy”, en Grand Designs: Does China Have A 'Grand Strategy'?, European Council on Foreign Relations, pp. 7-8.

[86] Rodger Baker (2017), “The Difference between Power and Leadership”, Stratfor, June 14.

[87] Saul B. Cohen (2009), Geopolitics: The Geography of International Relations, p. 40-41.

[88] Ibid. p. 41.

[89] Ibid. p. 33.

[90] Ibid. p. 50-53.

[91] Morena Skalamera (2017), “Russia’s Lasting Influence in Central Asia”, Survival, Vol. 59, No. 6, pp. 123–142

[92] Tara Murphy (2010), “Security Challenges in the 21st Century Global Commons”, Yale Journal of International Affairs, Vol. 5, No. 2, pp. 28-43.

[93] Zbigniew Brzezinski (2013), Strategic Vision: America and the Crisis of Global Power, New York: Basic Books, p. 76.

[94] Un ejemplo cercano, es la simpatía de algunos partidos y movimientos de extrema izquierda hacia la causa independentista en Cataluña aunque sus miembros no sean catalanes ni residan en dicha Comunidad Autónoma. Su actitud hostil hacia el concepto de España constituye un fenómeno digno de estudio.

[95] Nicholas J. Spykman (1942), America’s Strategy in World Politics: The United States and the Balance of Power, New York: Harcourt, p. 41.