Tácticas ofensivas contra tácticas defensivas

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El primer choque real entre el sistema ofensivo aliado y el nuevo sistema defensivo alemán se produjo durante la ofensiva aliada de la primavera de 1917, con resultados dispares. La ofensiva británica en Arras (un esfuerzo de apoyo a una operación mayor llevada a cabo por el Ejército francés) tuvo un éxito importante, dentro de las limitaciones que el propio plan imponía, especialmente sus modestos objetivos, consistentes simplemente en atraer a las reservas alemanas para facilitar la ofensiva francesa sobre el Aisne. En esta ocasión, los británicos emplearon 2,5 millones de proyectiles en un frente de sólo 24 km, asignado al Cuerpo de Ejército canadiense, con cinco Divisiones de Infantería. La densidad de Artillería era de más de un obús pesado por cada 20 m. de frente y un cañón de campaña por cada 10 m. La ofensiva había sido precedida de innumerables ensayos previos, de forma que la Infantería canadiense estaba perfectamente adiestrada en marchar tras la barrera artillera.

La Artillería británica no se limitaba a hacer fuegos metódicos, sino que, apoyada en la fotografía aérea, seleccionaba los objetivos a batir (aunque todavía lo hiciera con 24 h de retraso entre la detección del objetivo y la orden de batirlo, debido al tiempo necesario para tratar las fotografías). El ataque sobre el promontorio de Vimy, que dominaba la llanura de Douai, al Este de este accidente geográfico, fue ensayado incansablemente en terrenos similares, hasta que las unidades conocían de memoria sus cometidos… En conjunto, el ataque británico fue un rotundo éxito (sólo hubo 10.500 bajas, de las que 7.000 fueron heridos), y confirmó la idea de que una Artillería suficientemente potente era capaz de abrir paso a la Infantería, pero también que los avances estaban limitados por el alcance de la Artillería desde las líneas propias (que, en Arras, iba poco más allá de los 2.000 m. por delante de la primera línea en muchos sectores). En Arras, los alemanes aplicaban todavía el sistema defensivo previo a la publicación de las “directrices”.

El esfuerzo principal aliado lo ejecutaban los franceses. Todo el esfuerzo ofensivo aliado había sido impulsado por el nuevo Jefe de Estado Mayor del Ejército francés, el General Nivelle. Nivelle había dirigido con éxito los contraataques franceses en Verdún, empleando barreras móviles de fuegos y potentes apoyos artilleros. La ofensiva aliada de 1917 era una reedición ampliada de esas tácticas. Sin embargo, en Verdún, Nivelle se enfrentó a un enemigo que todavía utilizaba la táctica defensiva anterior a 1916, y que ocupaba unas posiciones recientemente tomadas y apresuradamente organizadas, cuya Artillería había quedado muy atrás. En 1917, el sector elegido para el ataque francés fue San Quintín, en el Artois, que llevaba en manos alemanas desde 1914. Era un sector perfectamente conocido y fuertemente fortificado por los alemanes, que, además, tenían suficientes indicios de la proximidad de un ataque francés.

Nivelle defendía un sistema en el que un fuerte bombardeo artillero destruiría las defensas, mientras que la barrera móvil protegería el avance de la Infantería, al estilo de lo ejecutado por los británicos en Arras. Sin embargo, Nivelle no pretendía limitarse a un avance dentro del alcance de su Artillería, sino que estaba convencido de que ese sistema podía crear una ruptura completa del frente. Por ello, fijó una profundidad de avance el primer día de 9 km, lo que obligaba a que la barrera móvil y la Infantería francesa se desplazasen a 2 km/h. Por primera vez, los franceses apoyaron a su Infantería con un número importante de carros. Para simplificar la logística y facilitar el avance posterior a la ruptura prevista, los infantes franceses fueron dotados de tres días de raciones y de gran cantidad de munición. El 16 de abril, la Artillería francesa (872 piezas pesadas, además de 1.100 cañones Schneider 75 mm. y 1.922 morteros de trinchera) inició el bombardeo, avanzando el Ejército francés en un frente de 35 km. hacia el promontorio del Chemin des Dames.

 

El carro francés Saint-Chamond era excesivamente largo y pesado para su bastidor (derivado del tractor agrícola Holt), por lo que su movilidad era escasa y tendía a quedarse atrapado en los desniveles del terreno

El avance fue desigual, debido a la diferente disposición defensiva de los alemanes: en aquellos sectores en los que los alemanes habían adoptado la nueva doctrina defensiva, el ataque francés apenas llegó a la primera línea de trincheras de la posición defensiva alemana antes de ser detenido. Sin embargo, en el único sector atacado en que los alemanes mantenían la defensa según los procedimientos anteriores, el ataque francés tuvo éxito. La eficacia general de la defensa alemana se combinó con una planificación francesa que se reveló excesivamente optimista: como era previsible, la Infantería francesa, sobrecargada, enfrentada a una inesperadamente fuerte y desconocida defensa alemana y bajo un temporal de lluvia y nieve, fue incapaz de seguir el rígido avance de la barrera artillera.

Pese a éxitos locales, las bajas rápidamente excedieron todas las previsiones. Nivelle había previsto 10.000 heridos en toda la operación; sólo el primer día los heridos ascendieron a 46.000, llegando a un total de 96.000. En conjunto se había logrado un avance de 6-7 Km., y se capturó numeroso material alemán (precisamente en el sector que mantenía la doctrina defensiva previa), pero no se consiguió la ruptura deseada, y el número de bajas francesas fue muy superior al calculado. Estas bajas, que se incrementaron innecesariamente por la persistencia de Nivelle en mantener la ofensiva cuando ya era evidente que la ruptura no era posible, junto con el propio fracaso de la ofensiva en alcanzar sus objetivos estratégicos, fueron un importante factor en los motines que asolaron el Ejército francés en 1917.

Nivelle fue sustituido por Pétain, un General con una marcada preferencia por la defensiva y muy preocupado por el bienestar de la tropa, dentro de las limitaciones del conflicto. No es sorprendente que, en esa situación, con importantes problemas de moral, el Ejército francés mantuviera una actitud más bien defensiva hasta el final de la guerra. De hecho, Pétain decidió preservar en lo posible al Ejército francés, confiando en que la inminente llegada a Europa de las tropas norteamericanas fuese suficiente (como así fue) para obtener la derrota alemana sin mayores sacrificios por parte francesa. A partir de ese momento, el peso de la ofensiva lo llevaron los británicos, pese a limitadas operaciones ofensivas francesas, como las de Malmaison (octubre de 1917) o Montdidier (agosto de 1918), en las que la coordinación entre carros de combate, Infantería y Artillería se demostró capaz de obtener rupturas con un número relativamente limitado de bajas.

En cualquier caso, Francia fue, después de Serbia, el país que más bajas proporcionales tuvo en el conflicto: aproximadamente 6 millones. Un 28% de la población masculina francesa entre 17 y 45 años (un total de casi 20 millones en 1914) falleció o resultó herida de gravedad en el conflicto, lo que explica las reservas de Pétain a exponer a su Ejército a mayores sacrificios (casi el 74% del personal francés movilizado durante la guerra causó baja en un momento u otro).

No es sorprendente que el sistema defensivo francés descrito en el epígrafe anterior fuese ideado por Pétain, ni que no fue universalmente aceptado, pues suponía “dejar pasar” al enemigo, aunque fuese sólo hasta las zonas de destrucción previstas. Sin embargo, cuando se aplicó en Reims en julio de 1918 frente a la ofensiva Kaiserchlacht, se reveló mucho más eficaz que la táctica tradicional francesa (aplicada también en otros sectores en la misma batalla).

Por su parte, el sistema defensivo británico funcionó peor, como se pudo comprobar en la misma Kaiserchlacht: los ataques alemanes consiguieron abrir brecha en el despliegue británico. La secuencia de acciones alemana fue la misma en todos los casos: una infiltración de las Stosstruppen a través de la zona de puestos avanzados y de la zona de combate (donde las tropas se concentraban en las “bird cages”, dejando numerosos huecos no cubiertos), para destruir a la Artillería británica. Sin apoyo artillero, las “bird cages” eran presa fácil para el fuego alemán y el avance de las unidades regulares de Infantería alemana. De hecho, las Stosstruppen rara vez se detuvieron tras la destrucción de la Artillería británica, continuando su avance con toda la velocidad que les fue posible.

Al final, la victoria defensiva aliada en la Kaiserschlacht se debió a la mayor velocidad de los aliados para redesplegar reservas por ferrocarril con respecto a la velocidad de avance de las fuerzas de ruptura alemanas. La versión aliada de la “defensa elástica” resulto mucho menos eficaz que el original alemán.

Pese a la actitud defensiva francesa y a los graves reveses sufridos en la Kaiserschlacht (de las sesenta Divisiones británicas disponibles en el Frente Occidental antes de la ofensiva alemana, nueve habían sido prácticamente destruidas y cuarenta y cuatro más considerablemente dañadas; un millar de piezas de artillería, 4.000 ametralladoras y 300.000 hombres se habían perdido. En realidad, si no hubiera sido por la rapidez con la que el ferrocarril y carreteras franceses trajeron ayuda exterior, su única salvación habría consistido en la evacuación por vía marítima), los británicos, sin embargo, decidieron seguir presionando a Alemania. El Imperio Británico necesitaba obtener la victoria sin esperar a la llegada de los norteamericanos, si quería dictar los términos de la paz sin depender de los intereses de Estados Unidos. Dentro de las ofensivas británicas del final de la guerra, la batalla de Amiens, en agosto de 1918, puede considerarse como la puesta en práctica de la versión final de las tácticas de ataque aliadas: en un ataque por sorpresa, una masa de Artillería reunida en secreto ejecutó una potente, pero corta preparación, sobre objetivos cuidadosamente seleccionados.

El fuego se desencadenó por sorpresa sin que la Artillería británica hiciese disparos de corrección, pues ya aplicaba regularmente correcciones de tiro por lotes y por datos meteorológicos. Terminada la preparación, la Infantería británica salió de sus trincheras, escoltada por 552 carros de combate, y protegida por una barrera móvil de fuego artillero. Los aviones de la RAF apoyaron el ataque, ejecutando acciones de observación artillera, ataque a tierra, interdicción y bombardeo en profundidad. Algunos de ellos permitían comunicarse con los Cuarteles Generales en tierra mediante primitivos equipos de radio. En Amiens, los británicos avanzaron 13 Km, un gran avance en términos de 1918, y los alemanes sufrieron más de 27.000 bajas. Es cierto que en agosto de 1918, la capacidad de combate del Ejército Imperial alemán era reducida, pero es dudoso que, incluso en mejores tiempos, hubiera podido hacer frente con éxito a un ataque de esas características.

El Ejército alemán se mantuvo en defensiva en el frente occidental desde 1914, dada la necesidad estratégica de Alemania de acabar con la amenaza rusa: sobre el papel, el enorme Ejército ruso constituía la fuerza militar más poderosa del bando aliado. Sin embargo, la Revolución Soviética acabó con la salida de Rusia del conflicto, tras la firma del duro tratado de paz de Brest-Litovsk, dejando las manos libres a Alemania para tomar la ofensiva en el frente occidental.

Para entonces resultaba evidente para los estrategas alemanes que la inminente entrada en el conflicto de los enormes recursos industriales y humanos de Estados Unidos implicarían la inevitable derrota de los Imperios Centrales. En consecuencia, Alemania necesitaba obtener la victoria en el frente occidental antes de la llegada de las tropas americanas a suelo francés, y eso solo era posible con una ofensiva que produjese resultados decisivos. Esta necesidad estratégica se transformó en la serie de ofensivas conocidas como la citada Kaiserschlacht, de la primavera de 1918. Esta serie se compuso de cuatro operaciones sucesivas, llamadas Michael, Georgette, Gneisenau y Blücher-Yorck. De ellas, la más importante (y la más cercana al éxito) fue la primera, Michael, destinada a romper el frente aliado y envolver el flanco derecho del Ejército británico, siendo el resto de ellas operaciones destinadas a explotar el éxito de la primera.

La idea de conjunto era atacar el frente aliado en el punto de unión de los Ejércitos británicos y franceses, en el frente del Somme. Alcanzada la ruptura existían dos posibilidades: bien avanzar hacia el canal de la Mancha, ocupando los puertos del canal, para forzar el colapso de los británicos, o bien avanzar hacia París, obligando al repliegue de los franceses. En cualquiera de los dos casos, los alemanes confiaban en que el hundimiento del frente aliado obligaría a los franceses a negociar un armisticio en términos favorables para los germanos.

En estas ofensivas, los alemanes pusieron en ejecución los procedimientos descritos de las Stosstruppen, con un éxito inicial muy notable.

El ataque se inició la madrugada del 21 de marzo, con un bombardeo artillero de cinco horas, siguiendo el citado esquema del Feuerwalz del Coronel Bruchmüller. Un millón cien mil granadas se dispararon en ese tiempo. Aprovechando la niebla, y protegidos por el bombardeo, las Stosstruppen se infiltraron profundamente en las posiciones del 5º Ejército británico. En el sector del Somme (recientemente ocupado por los británicos, que relevaron a los franceses), todavía no se habían puesto en ejecución las nuevas tácticas de defensa en profundidad desarrolladas desde 1916, lo que contribuyó al éxito inicial de los alemanes.

Tras la ruptura, las escogidas Divisiones de Ataque organizadas por Ludendorff avanzaron hacia la retaguardia enemiga. Sin embargo, el ritmo de avance de las Divisiones alemanas, incluso de las escogidas Divisiones de Ataque, resultó ser inferior a la movilidad de las reservas aliadas: las Stosstruppen alemanas no podían cargar con munición y suministros para más de unos pocos días, y la logística alemana no era capaz de proporcionar recursos al ritmo del avance, en un terreno embarrado y sin comunicaciones. De la misma forma, la Artillería alemana no era capaz de mantener el ritmo de avance, con lo que las Stosstruppen iban perdiendo apoyos de fuego conforme avanzaban. Para complicar aún más los problemas de los alemanes, en aras de mantener la flexibilidad, Ludendorff no llegó a fijar el objetivo final de la operación, oscilando continuamente entre las dos opciones citadas, según los éxitos alcanzados en el campo de batalla. Esto impidió a la organización logística y a la Artillería alemanas orientar sus esfuerzos en un sentido concreto, lo que habría paliado sus problemas y habría mejorado el apoyo recibido por su Infantería.

En cualquier caso, como se ha mencionado, para organizar las Divisiones de Ataque y las Stosstruppen, Ludendorff había empleado los mejores medios y los mejores hombres de todas las Divisiones alemanas. En consecuencia, las pérdidas sufridas en la Kaiserschlacht (unos 700.000 hombres, por 900.000 aliados) tuvieron un impacto demoledor en la capacidad de combate del conjunto del Ejército alemán: tras el fracaso de la Kaiserschlacht, el Ejército alemán había agotado su capacidad de combate.

El fracaso de las prometedoras tácticas de las Stosstruppen parecía poner de manifiesto que la solución alemana a la inmovilidad en el campo de batalla no era eficaz. Las posibles soluciones a este problema dominaron el debate doctrinal en los años de entreguerras.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Eurocuerpo