Si no fracasas, no aprendes y si no aprendes, no cambias. La transformación del ejército prusiano (1809 - 1813)

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El general estadounidense McMaster apuntaba, en un artículo de opinión publicado en The New York Times, tres normas para hacer frente a una errónea comprensión del carácter de la guerra que según él impera en el pensamiento político y estratégico militar de Occidente.

En primer lugar, hacía referencia a su dimensión política, siendo ésta un instrumento del poder que debe ser coordinado con las restantes herramientas disponibles en el Estado para alcanzar los objetivos políticos que se establezcan.

En segundo lugar, afirmaba que la guerra es una actividad humana, por lo que debe considerarse en su desarrollo dimensiones tales como la social, la económica y la histórica. Hoy, al igual que en el pasado, los pueblos luchan por los mismos elementos que identificó el historiador griego Tucídides en su obra Las Guerras del Peloponeso: honra, temor y provecho.

Su tercera aseveración conjuga las dos anteriores, al manifestar que la guerra tiene un carácter incierto precisamente por tener una naturaleza humana y política. De esta manera, el conflicto armado debe ser entendido como un enfrentamiento dinámico entre voluntades que hace muy difícil predecir su desarrollo.

McMaster finaliza su artículo haciendo referencia al carácter inmutable de estas tres afirmaciones a lo largo de la historia y advirtiendo que, a pesar del impacto de la tecnología en el desarrollo de capacidades militares y sobre su eficacia en el campo de batalla, el empleo de estas capacidades no debe ser confundido con una estrategia para la guerra

No obstante, durante los últimos veinte años, y debido a la ambigüedad que subyace en la correcta definición del conflicto en la actualidad, han surgido innumerables intentos de acotar las “nuevas guerras”. Sin la intención de mostrar una lista exhaustiva, se pueden señalar como más representativas las expuestas por Rupert Smith (War amongst the people), Martin Libicki (Non-obvious warfare), Mary Crannell y Ben Shepard (Narrative warfare), Frank Hoffman (Hybrid warfare), Charles Dunlap (Lawfare), Qiao Liang y Wang Xiangsui (Unrestricted warfare), Edward Luttwak (Post-heroic warfare), William Lind (4th Generation warfare) o John Boyd y Frans Osinga (Decision Cycle Dominance).

Esta dificultad hace que los Ejércitos y la Armada se encuentran en un constante proceso de transformación. Unas veces de forma consciente y otras inconsciente; en los más de los casos de forma reactiva frente a las amenazas que enfrenta y otras para adaptarse a cambios en el entorno.

En algunas ocasiones estos procesos de transformación dan lugar a auténticas revoluciones en la naturaleza de la guerra. Así ocurrió tras la transformación del Ejército prusiano después de ser derrotado por el francés, dando lugar al surgimiento de los Estados Mayores. Una innovación que, perfeccionada a lo largo de los años, dio lugar a un modelo que sería importado por la mayor parte de los ejércitos al largo de los años.

En 1742 Federico el Grande tomó la decisión de que dos tercios de sus batallones de infantería estuviesen formados por extranjeros. La problemática asociada a esta tropa hizo que una de las máximas preocupaciones de Federico II fuesen las deserciones, lo que le llevó a escribir, entre 1748 y 1756, los “Principios Generales del Comportamiento en la Guerra” en los que con frecuencia las consideraciones tácticas se subordinaban a la necesidad de prevenir el fenómeno de la deserción. En contra, el Ejército francés estaba formado mayoritariamente por tropas francesas que mantenían una alta voluntad de combate.

Las diferencias entre ambos ejércitos son mucho más acusadas si fijamos la atención sobre la oficialidad. Francia contaba con oficiales profesionales escogidos bajo criterios de capacidad, mientras que Prusia aún contaba con oficiales elegidos bajo criterios de clase social.

Lo inadecuado del modelo prusiano llevó, tras las derrotas sufridas entre los años 1792 a 1795, a la creación de la Kriegsakademie. Un centro de formación donde se impartía teoría y práctica de la guerra. Su director, el general Gerd von Scharnhorst, y sus colaboradores entendieron a la perfección la flexibilidad operacional que proporcionaba la nueva organización basada en corps d’armée. Pero fueron más allá de la organización de su Ejército para incidir en una forma unificada y más flexible de empleo de la fuerza.

Sin embargo, los procesos de cambio en la cultura de las organizaciones no son inmediatos. Así, en 1806 el Ejército prusiano se enfrentó al francés en la batalla de Jena. En esa batalla el objetivo operacional del Ejército francés era obtener una victoria decisiva sobre el rey Federico.

Napoleón ordenó a los mariscales Ney y Augereau flanquear al Ejército prusiano del príncipe Hohenlohe, mientras que el mariscal Davout completaba el cerco de un desmoralizado Ejército prusiano. Al amanecer del día 10 de octubre, el príncipe Hohenlohe fue consciente de lo desesperado de su situación y antes de las cuatro de la tarde se había consumado su derrota sin necesidad de que la mitad de los soldados franceses hubiesen empleado sus armas. Una derrota que costó al Ejército prusiano 10.000 bajas y más de 3.000 prisioneros, entre los que se encontraba Carl von Clausewitz.

La victoria del Ejército francés se sustentó, fundamentalmente, en la rapidez de movimientos de sus unidades desde direcciones no previstas por los prusianos, lo que anuló su capacidad de reacción al no permitirles comprender en ningún momento el entorno operacional.

La humillación prusiana derivada del Acuerdo de Paz firmado en 1807, que limitó los efectivos de su Ejército a un máximo de 42.000 soldados, sirvió para espolear el movimiento reformador en su seno.

Una reforma, iniciada tras la dolorosa derrota de Jena y que en tan solo unos años generó un ejército totalmente diferente, formado por soldados profesionales que pensaban. Una innovadora idea que fue el germen del nacimiento de los Estados Mayores. Según este sistema, cada comandante de campo a nivel operacional tenía un Jefe de Estado Mayor junto a él como consejero militar principal. Todos habían pasado por las mismas escuelas, poseían la misma actitud y tendían a hacer recomendaciones notablemente similares cuando analizaban idénticas situaciones en el campo de batalla. El comandante aún tenía la última responsabilidad sobre los acontecimientos pero los mejores escuchaban atentamente a sus Jefes de Estado Mayor.

El general Scharnhorst aplicó su reforma sobre tres ejes fundamentales: la organización del ejército, la selección y formación de los oficiales, y su forma de conducir las operaciones. Finalmente, 1809 el Ejército prusiano había finalizado su transformación. El ejército resultante era mucho más flexible y se basaba en una organización adaptable.

No obstante, aún era necesario inocular una verdadera voluntad de combate en este nuevo ejército. Scharnhorst y sus seguidores eran reformadores y no revolucionarios, así que desecharon la idea de una revolución social en favor de fomentar un orgullo o legitimidad nacional entre la población. Este orgullo surgió tras la derrota francesa en la batalla de Leipzig en 1813. Un orgullo nacional que daría lugar a la creación de Alemania y a una defensa de posiciones nacionalistas de carácter exacerbado.

La batalla de Jena no es un empleo aislado. En la historia reciente de España también tenemos un ejemplo de transformación provoca por una derrota. En 1921 el Ejército español fue derrotado y humillado en Annual. Esa derrota solo mostraba una situación estructural que el Expediente Picasso reflejó adecuadamente. El grado de desmoralización llegó a tal nivel que el general Primo de Rivera dictó una severísima orden en 1924:

Es lamentable que en estos momentos las tropas se entreguen al pesimismo, el cual está destruyendo la moral del Ejército. A fin de poner remedio a un tal desgraciado relajamiento, ordeno a todos los jefes, oficiales y soldados que se abstengan de toda crítica o discusión sobre estas cuestiones; en cambio, deberán poner inmediatamente bajo arresto a cualquier subordinado militar, o personal civil, que me desobedezca, entregándomelo para ser procesado en un consejo de guerra, donde, a menos que me demuestre su inocencia, será ejecutado. El Alto Mando del Ejército se halla autorizado, desde esta fecha, a imponer el citado castigo a aquella persona que se resista o que muestre señales de desobediencia en el campo de batalla.

A pesar de ello, en 1925, ese Ejército fue capaz de llevar a cabo, de forma exitosa, el desembarco de Alhucemas. Un tipo de operación que había sido arrinconado por las potencias occidentales tras el desastre de Gallípoli durante la Primera Guerra Mundial. Pero eso será objeto de un comentario futuro…

Samuel Morales es Teniente Coronel de Infantería de Marina (DEM) de la Armada Española y antiguo alumno del Máster on-line en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional de la Universidad de Granada