Repensando la cultura política de seguridad y defensa

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La promoción de la cultura de seguridad y defensa ha sido una de las políticas más importantes desarrolladas por el Ministerio de Defensa español en los tres últimos lustros, motivo o marco de numerosos eventos académicos, políticos, sociales, etc

Por esta razón, el de cultura de seguridad y defensa ha sido uno de los términos más empleados a lo largo de estos años. No obstante, la profunda carga política que implica situar la cultura de seguridad y defensa como esa parte de la cultura política de los españoles, no se ha completado con un análisis conceptual posterior entre la literatura existente. Sus elementos básicos han permitido desarrollarla obviando, en cierta medida, esa parte del trabajo. Sin embargo, lejos de ser una fútil disquisición académica, esas coordenadas terminológicas implican unas consecuencias prácticas que podrían ser de utilidad para una mejor implementación de dicha política.

La Ciencia Política puede ayudar en esta tarea: primero, por ser una disciplina interesada por las cuestiones de seguridad y defensa (de hecho, éste es su encaje académico original en el mundo anglosajón, donde nacieron estos estudios); segundo, porque la cultura política es desde los años 70 uno de sus campos más prolíficos de trabajo. Dicho enfoque permite conectarla con otros conceptos relacionados, como el de opinión pública o el conciencia de defensa, así como repensar ese afirmación común acerca de la "escasa cultura de seguridad y defensa".

Entonces, ¿qué es la cultura política? En síntesis, la  cultura política hace referencia, no sólo al conjunto de conocimientos, sino también de creencias, juicios, valores, costumbres, etc., que motivan que los ciudadanos perciban y valoren de manera distinta los problemas públicos y las decisiones políticas; al final, que los ciudadanos apoyen o rechacen dichas políticas. Lo relevante de esta teoría es que la cultura política aprecia tanto la acumulación de conocimientos sobre la política, como los distintos entendimientos o valoraciones que se conforman sobre la misma. Por tanto, no habría mayor o menor cultura, sino distintas culturas, diferentes subculturas, diversas maneras de aproximarse a las cuestiones públicas.

Pese a ello, esa noción de subcultura, de las distintas culturas de distintos grupos sociales (entendido aquí grupo en un sentido laxo, no estructural), no ha permanecido del todo ajena en los estudios al respecto. Piénsese en lo que se ha denominado como "contracultura de defensa". Muchos de esos colectivos que conformarían la "contracultura" estarían formados por profesionales de organismos gubernamentales, ONG, universidad, medios de comunicación, etc. Todos ellos bien formados, por lo que resultaría difícil afirmar, pues, que no conocerían cuánto acontece en el mundo. El pequeño gran matiz reside en su manera de aproximarse al estudio de los conflictos o en las hipotética soluciones que aportarían, que tal vez serían otras a las determinadas por la comunidad de Defensa nacional (entendida en sentido amplio). Y esto, claro, tiene repercusiones en la práctica: presupuestos, apoyo a misiones, construcción de la agenda gubernamental...

Este planteamiento se relaciona de manera clara con el de opinión pública; dos realidades no distantes, pero distintas al fin y al cabo. La opinión pública, área de trabajo de especial interés para la comunicación política, se refiere al sentir, parecer o a las ideas que coyunturalmente existen entre la ciudadanía sobre un tema, fruto normalmente de la interacción entre ciudadanos, medios de comunicación, partidos políticos y grupos sociales. Se da, por tanto, un proceso de retroalimentación entre cultura política y opinión pública, pero sus tiempos son distintos. Trabajar sobre la cultura política incide mucho más en el "subconsciente" colectivo pergeñado a lo largo de las generaciones. Permear la misma implica años y sobrepasa totalmente el corto plazo de la agenda política y mediática.

Igualmente se suele entrelazar con el de conciencia de defensa, respecto al cual se aprecia una conceptualización discrepante: para unos, la conciencia es sinónimo de reconocimiento de la importancia de la seguridad y la defensa, como resultado de la cultura; para otros, la conciencia es requisito previo para una cultura: "sin conciencia no hay cultura", sería el axioma. Ésta última perspectiva es resbaladiza, pues para ello entran en juego otros factores como el patriotismo, el sentimiento de identidad nacional o la percepción de la relevancia de la defensa nacional. Tiene el problema de que aborda valores y sentimientos difícilmente tratables por el decisor público y establece una relación causa-efecto que, hasta ahora, permanece sin corroborar. Por ello, el primer enfoque se intuye más razonable, al menos desde el punto de vista de la gestión pública. Así se elimina la tremenda complejidad de bregar con ideas tan ambiguas y maleables que, en efecto, pueden formar parte de la cultura política, pero no conforman su todo.

En conclusión, la conceptualización de estos términos puede enriquecerse desde la Ciencia Política, siendo de tal modo útil para su puesta en práctica. Así, si se justifica la cultura de seguridad y defensa como parte de la cultura política, su implementación se debe deslindar en buena medida de la influencia sobre la opinión pública; probablemente éste último sea un ámbito de trabajo más adecuado para la comunicación política y, por tanto, necesitado de otros enfoques y herramientas.

La idea de cultura de seguridad y defensa como mera acumulación de conocimientos, por tanto, es correcta pero incompleta. Se estaría obviando una parte importante del análisis si sólo se habla de que es "escasa"; se ha de considerar también que esta política se desenvuelve en una sociedad, no sólo con escasa/suficiente cultura de seguridad y defensa, sino con distintas subculturas. Esto conduce a pensar en una lógica de acción, por ejemplo, no orientada a diferentes áreas de atención, sino dirigida hacia distintos sectores sociales o profesionales, requiriendo cada uno programas y métodos diferenciados. Si no, es posible que sólo se esté convenciendo y aumentando el conocimiento de los ya convencidos, y contando sólo con los "sospechosos habituales". Es una reflexión que merece la pena realizarse, creemos, para mejorar el desempeño de esta política pública.

Este texto está basado en el artículo del autor "La cultura de seguridad y defensa: una propuesta de análisis conceptual desde la ciencia política", publicado en la Revista del Instituto Español de Estudios Estratégicos No. 8 (2016), pp. 41-70.

Alberto Bueno es investigador del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI) de la Universidad de Granada.