Regresa el debate sobre modelos de reclutamiento en Europa

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La crisis en Ucrania y el incremento de la tensión con Rusia han llevado a muchos países europeos a plantearse lo adecuado de sus sistemas de defensa. Dentro de este análisis se ha recuperado el debate sobre el modelo de reclutamiento más adecuado para afrontar una crisis potencialmente de gran envergadura. Algunas consecuencias de ese debate apuntan a un cierto regreso al modelo de reclutamiento obligatorio. Suecia recuperó ese modelo en 2017, aunque de manera muy limitada, mientras Noruega lo extendía en 2016 a la población femenina. El presidente francés Macron anunciaba por su parte en 2018 su intención de recuperar, aunque también de manera muy limitada,  el modelo de servicio obligatorio.

El debate sobre la eficacia de los ejércitos profesionales frente a los de recluta obligatoria es tan antiguo como los propios ejércitos. Resulta difícil asegurar que un modelo sea superior al otro. Todo depende de las características de la sociedad que los genera. En sociedades muy preocupadas por su seguridad, normalmente con amenazas graves y evidentes en sus fronteras, el sistema de reclutamiento obligatorio suele funcionar bien. Hay muchos ejemplos bien conocidos en los últimos siglos, desde los ejércitos revolucionarios franceses hasta Israel.  Otros casos, como el de Finlandia, resultan menos conocidos. La vecindad y la compleja relación con Rusia explican la existencia de una fuerza de casi un millón de reservistas en un país de apenas cinco millones y medio de habitantes.

El servicio militar obligatorio es sin embargo difícil de sostener cuando no existen amenazas de entidad a la vista, o cuando la actuación habitual de las fuerzas armadas tiene lugar lejos de las fronteras nacionales. El sacrificio que supone para cada ciudadano dedicar una parte de su juventud al servicio militar resulta difícil de justificar cuando la seguridad nacional no parece en peligro inminente. El modelo profesional se convierte entonces en la alternativa más habitual, y esa fue la tendencia generalizada en Europa tras el final de la Guerra Fría: una paulatina profesionalización de las fuerzas armadas en casi todos los estados.

El problema de los ejércitos profesionales es que son pequeños y caros. Competir en el mercado de trabajo para conseguir unos niveles de reclutamiento suficientes resulta muy complicado. El oficio de las armas exige una disponibilidad permanente, la limitación de ciertos derechos ciudadanos, y el sometimiento a un sistema disciplinario y penal mucho más estricto que el vigente para el resto de los ciudadanos. Algunos países, como Estados Unidos o Reino Unido, tratan de compensar esas condiciones con salarios altos, carreras cortas y diversos modelos de pensiones y prestaciones sociales de por vida. Inevitablemente eso incrementa el coste de cada soldado, y tiene el mismo efecto que la falta de candidatos: limitar el tamaño de las fuerzas armadas, en este caso por motivos económicos.

Todos los países con un modelo de fuerzas armadas profesionales se enfrentan hoy a un agudo problema de reclutamiento. En España, paradójicamente, las dificultades para acceder al mercado de trabajo tras la crisis económica han provocado un aumento espectacular de los candidatos a militar profesional, pero resulta dudoso que la tendencia continúe cuando la recuperación económica se consolide. La escasez de candidatos se intenta mitigar a veces con la reducción de las exigencias para el acceso, y a veces con la prolongación de contratos. A medio plazo eso solo lleva a reducir dramáticamente la calidad del personal militar, a la vez que se incrementa su edad.

Otro fenómeno alarmante en los ejércitos profesionales es su progresivo aislamiento de la sociedad. Esto es algo que preocupa especialmente en Estados Unidos, donde la imagen pública de las fuerzas armadas es excelente, pero la relación que los ciudadanos tienen con sus ejércitos es cada vez más limitada. La misma preocupación parece encontrarse tras la iniciativa del presidente Macron de recuperar un breve periodo de servicio ciudadano obligatorio, más orientada a mantener el contacto de los ciudadanos con sus fuerzas armadas que a reforzar los efectivos de estas últimas. Un ejército separado de sus ciudadanos no solo pierde motivación, sino que puede llegar a convertirse en un peligro.

El debate sobre ejércitos profesionales o de recluta tiene mucho de artificial. De hecho no existen modelos puros, y lo que se adopta siempre es un modelo mixto en el que un componente tiene carácter fundamental y el otro complementario. Todo ejército de reclutamiento obligatorio necesita un núcleo profesional que le sirva de estructura básica,  ocupe determinados puestos muy especializados, y mantenga unidades de disponibilidad inmediata. Por su parte, todo ejército profesional requiere un mecanismo de refuerzo que facilite una rápida contribución ciudadana para afrontar operaciones de alta intensidad o larga duración. Pensar en términos de un modelo mixto, en el que el máximo esfuerzo pueda alternarse entre fuerzas profesionales o de reclutamiento ciudadano  según la percepción de las amenazas a la seguridad, y la naturaleza de las crisis a afrontar, probablemente ayudaría a conseguir mayor eficacia y flexibilidad.

En España, como en la mayoría de los países europeos, resulta hoy por hoy impensable regresar a un modelo basado en el reclutamiento obligatorio. Falta percepción de amenaza a la seguridad, y por tanto respaldo social. No obstante, si bien la fuerza profesional  será inevitablemente el núcleo primario de nuestras fuerzas armadas, un modelo de reserva flexible y eficaz, también voluntario pero que permita un acceso más fácil de los ciudadanos, sería un complemento muy deseable. La reserva militar en España, aunque existe con diferentes  modalidades, ha estado tradicionalmente descuidada. Las dificultades presupuestarias, que ya hacen difícil mantener la operatividad de las fuerzas en activo, desaniman a dedicar recursos al sistema de reservistas. Conviene en cualquier caso tener presente que, sin un sistema eficaz de reservas, la capacidad de una fuerza profesional para afrontar operaciones de alta intensidad o larga duración es muy limitada, y que las soluciones apresuradas de última hora, cuando la crisis ya está activada, no suelen funcionar.

José Luis Calvo Albero es Coronel del Ejército de Tierra y Profesor en el Máster on-line en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional de la Universidad de Granada.