Quo vadis America? Apuntes de política exterior en los albores de la era Trump

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Análisis GESI, 3/2017

Resumen: Las elecciones presidenciales que dieron por vencedor a Donald Trump el 8 de noviembre del pasado año exigen a la comunidad de analistas esbozar el eventual rumbo de la política exterior norteamericana en los años por venir, ante la posibilidad de verse interrumpida la continuidad observada durante décadas en torno a ciertos temas que definen la agenda de seguridad internacional.

Este artículo pretende acercarnos al pensamiento del futuro presidente de Estados Unidos a partir de la evidencia recogida en tiempos de campaña e inmediatamente antes de su asunción.

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Siendo que a pocos días de la salida de Obama, Guantánamo permanece en pie, parece claro que aun en países como Estados Unidos lo expresado en tiempos de campaña no es necesariamente determinante en la gestión de un gobierno. Sin embargo, dado el actual contexto de incertidumbre en torno a la política exterior de este país en los años venideros, luego de unos resultados electorales que han tomado por sorpresa incluso a Henry Kissinger, resulta oportuno hacer un breve recorrido por lo manifestado públicamente por Donald Trump en su camino hacia la presidencia en cuanto a aquellos temas que inciden sobre la agenda de seguridad internacional.

Respecto a la OTAN, aun la alianza militar más poderosa del mundo, a simple vista el panorama se ve un tanto desalentador. Previo a su victoria, convencido de que la Alianza Atlántica es un concepto obsoleto gracias al cual los europeos se aprovechan de la histórica generosidad americana a la hora de desembolsar dinero para gasto militar (Estados Unidos se hace cargo del 70%), Trump expresó que no se sentiría obligado a defender a los países de la organización en caso de un ataque exterior. Ello motivó una inmediata respuesta tras los resultados del 8 de noviembre pasado por parte de Jens Stoltenberg: "Nos enfrentamos a los mayores retos para la seguridad en una generación. No es el momento de cuestionar el valor de la asociación entre Europa y Estados Unidos".

No es un dato menor el hecho que la única vez que la OTAN invocó su cláusula de defensa colectiva fue en apoyo a Estados Unidos luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001, brindándole su ayuda en las operaciones a posteriori en Afganistán desde 2003.

 

No se trata de la primera vez que Estados Unidos se cuestiona el alcance de su participación en la OTAN. De hecho, en tiempos de Guerra Fría, el entonces senador demócrata Sam Nunn propuso el retiro de un tercio de las tropas estadounidenses asentadas en Europa Occidental si los demás países de la alianza no incrementaban su contribución en defensa. Sin dudas, argumentos de peso a favor o en contra del rol de esta superpotencia en la OTAN serán los que pueda aportar el general retirado James Mattis, en caso que su designación al frente del Departamento de Defensa sea confirmada. De todas formas, cabe cuestionarse las implicancias de un eventual replanteamiento del rol de Estados Unidos. ¿Será momento de pensar en una estrategia de disuasión nuclear para la OTAN con base en Reino Unido y Francia?

Lo que a simple vista se percibe como ansias de liberar a Estados Unidos de compromisos hasta hoy indiscutidos en materia de seguridad internacional, se ha llegado a apreciar también en la idea de replegarse de Japón y Corea del Sur, si estos países no asumen una mayor responsabilidad en los gastos que derivan de la protección provista por las fuerzas norteamericanas allí estacionadas. De hecho, el futuro presidente también dejó entrever que estaría dispuesto a permitir que aquellos dos países se hagan de un arsenal nuclear en lugar de depender del paraguas norteamericano para su protección de las amenazas que representan actualmente Corea del Norte y China. En cuanto a esto último, al margen de haberse expresado en torno a un tema tan delicado como lo es la proliferación nuclear en favor de estos dos aliados extra-OTAN en el Asia-Pacífico, parece cierto que Trump no pretende resignar la influencia norteamericana en aquellas latitudes.

Previo a haber acusado en plena campaña a China de “violar” a Estados Unidos debido al robo de secretos comerciales, manipular su moneda y subsidiar a su industria, llamando a incrementar los impuestos sobre aquellos bienes Made in China; el futuro mandatario norteamericano se muestra decidido a endurecer la postura estadounidense con este país, luego de establecer contacto telefónico con la primer mandataria taiwanesa tras su victoria, el primer contacto desde 1979, una actitud para algunos propia de un inexperto en cuestiones de política exterior, para otros producto de una maniobra  fríamente calculada en el entorno de Trump. El hecho que Taiwán se presente hoy como el aliado militar más vulnerable de Estados Unidos en el actual contexto de avances chinos en el Mar del Sur de China —considerado por este último como Mare Nostrum—, teniendo en cuenta que el gigante asiático no ha renunciado al uso de la fuerza en sus relaciones con Taiwán, conduce a replantearse si la actitud de Trump es realmente improvisada. Difícilmente las enseñanzas de Alfred T. Mahan queden en el olvido.

Trump tampoco parece estar dispuesto a dejar de lado el rol de potencia nuclear de Estados Unidos. Sin ir más lejos, en 140 caracteres se explayó sobre el tema el 22 de diciembre de 2016 a través de su cuenta en Twitter, abogando por reforzar y expandir el arsenal nuclear estadounidense. Al margen de ello, la eventual designación de Mattis al frente del Departamento de Defensa conduce a pensar en que los esfuerzos de Obama en pos de la no proliferación y el desarme nuclear —visibles en las sucesivas Nuclear Security Summit desde 2010 y la entrada en vigor del New START entre Estados Unidos y Rusia en 2011—, no quedarán en la nada. De hecho, en 2015, el general retirado planteó considerar la posibilidad de reducir la tríada nuclear a un bípode, mucho antes de su postulación en el gabinete de Trump.

De todas formas, si bien la amenaza nuclear rusa no se desestima, particularmente desde las acusaciones en torno a la violación del INF en 2014, cierto es que Trump aboga públicamente por las buenas relaciones con la Rusia de Putin, halagos de por medio entre ambas personalidades. De hecho, propuso como Secretario de Estado a Rex Tillerson, CEO de Exxon Mobil, un hombre sin experiencia diplomática pero premiado por Putin en persona con la medalla Orden de la Amistad en 2013.

Por más que en tiempos de campaña Trump haya dejado entrever que dejaría en manos de Rusia la lucha contra el Daesh en Siria, aquello no implica quitar la vista de Oriente Medio. Refiriéndose recientemente a la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU en la que se instó a Israel a detener su política de asentamientos en territorios palestinos, absteniéndose Estados Unidos en la votación; el presidente electo se solidarizó con la postura del gobierno de Netanyahu. ¿En virtud de esta afinidad, cabe esperar entonces una revisión del acuerdo nuclear alcanzado con Irán por la gestión Obama? Netanyahu se opuso al mismo desde el principio y Trump lo consideró como “desastroso”. Intelligenti pauca.

Hecho este breve resumen prospectivo, cabe plantearse si a estas alturas la esencia de rulemaker de Estados Unidos en la arena internacional exige debatir la viabilidad de propuestas como la de Stephen H. Dinan en su artículo “Why Other Countries Should Vote On The U.S. Election”. De momento, solo resta esperar para poder medir realmente la distancia entre lo dicho y lo hecho. Recién ahí estaremos en condiciones de responder acabadamente sobre el rumbo de la política exterior norteamericana en los próximos años.

Federico Ernesto Sarro. Máster en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional por la Universidad de Granada (Edición 2015-16).

 

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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