Por qué es contraproducente para Estados Unidos el aumento de la presión militar sobre Irán

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Nunca interrumpas a tu enemigo mientras está cometiendo un error. Esta frase atribuida a Napoleón Bonaparte debe estar rondando la mente de números estrategas rusos y chinos ante la actual crisis entre Estados Unidos e Irán.

El origen del conflicto es complejo y sería simplista atribuir su causa a una sola de las dos partes. Aunque la responsabilidad del agravamiento de los últimos días recae en buena medida en la Administración Trump, el régimen de Teherán también es muy activo en lo que en otro post he descrito como conflictos en la ‘zona gris’. Desde hace tiempo, Irán hostiga a Israel y se disputa la hegemonía regional con Arabia Saudí mediante una combinación de apoyo a milicias armadas, intimidación militar, subversión política, e intervención en guerras como las de Siria y Yemen. Puede encontrarse un análisis más detallado sobre las estrategias de Irán en la zona gris del conflicto en este artículo del autor.

El incremento de la presión militar norteamericana sobre Irán tiene como propósito limitar este tipo de actividades y obligar a que Teherán negocie un nuevo acuerdo sobre el programa nuclear con condiciones más restrictivas. Sin embargo, estas metas no se van a alcanzar por el camino elegido por la Administración Trump. Es más, la crisis resulta contraproducente para los intereses estratégicos de Estados Unidos por cuatro motivos:

Primero. El régimen de Irán teme las intervenciones extranjeras por razones fundadas. En 1953 un golpe de Estado apoyado por Estados Unidos y Gran Bretaña puso en el poder al Shah, cuya legitimidad quedó dañada en origen. Tras ser derrocado este en la revolución de 1979, Saddam Hussein invadió Irán, provocando cientos de miles de muertos en una guerra que se prolongó durante casi toda la década de 1980. Tras la invasión de 2003 Irán quedó situado en una especie de ‘sandwich geopolítico’ con fuerzas norteamericanas en Irak y Afganistán, y una Administración Bush que lo apuntaba como integrante del ‘eje del mal’.

Que Irán aceptase en 2015 no dotarse de armas nucleares, a pesar de este contexto histórico, constituye un hito diplomático. Por tanto, la Administración Trump es víctima del pensamiento mágico si cree que los dirigentes iraníes van a doblegarse ante la presión militar. Todo lo contrario. Con esta escalada se refuerzan los argumentos del sector duro del régimen; en particular de los pasdarán, principales promotores y ejecutores de la hostilidad de Irán hacia sus vecinos regionales. Además, teniendo en cuenta la suerte seguida por los regímenes de Sadam Hussein y de Gadafi, que dudosamente habrían sido objeto de intervenciones militares de haber poseído armas nucleares (la prueba es el ‘respeto’ con el que Estados Unidos trata al régimen de Corea del Norte), la postura norteamericana actual más bien incentiva el abandono del acuerdo y el desarrollo de un arsenal atómico.

Segundo. Aunque ni Estados Unidos ni Irán buscan una confrontación armada directa, las interacciones entre sus unidades militares en las aguas del Golfo entrañan un riesgo real de escalada imprevista. En los últimos años se han producido decenas incidentes intimidatorios entre embarcaciones artilladas de los pasdarán y buques de la US Navy. Si bien es cierto que la probabilidad de que una de ellas active una cadena de ataques y represalias es baja, los costes derivados de semejante escenario resultan lo suficientemente desastrosos como para desaconsejar cualquier agravamiento de la tensión. Irán cuenta con numerosas embarcaciones y baterías costeras dotadas de misiles antibuque (más detalles sobre su despliegue en el artículo mencionado), y las fuerzas norteamericanas tratarían de destruir la mayor parte de ellas en los primeros compases de un hipotético conflicto. Es decir, un enfrentamiento aeronaval en el Golfo está llamado a escalar, con el enorme peligro que ello supondría para la navegación civil y para el conjunto de la economía mundial: incluida la estadounidense.

Tercero. Esta nueva crisis detrae recursos políticos y militares del principal área de interés para Estados Unidos: Asia Pacífico. Lo hace además en beneficio de Oriente Medio, una región donde la experiencia ha demostrado que cuanta más presión ejerce Washington, más resistencia encuentra. El establishment de la política exterior norteamericana lleva años hablando del necesario ‘pivot to Asia’: para contrapesar el poder creciente de China y mantener la influencia en lo que se está convirtiendo en el centro económico mundial. Sin embargo, mediante decisiones estratégicas que no se pueden explicar desde una óptica realista, la Administración Trump prefiere ocupar buena parte de su ancho de banda político y militar en los asuntos de Oriente Medio. Lo lógico sería dejar que Arabia Saudí, Turquía e Israel contrapesen a Irán (y viceversa) para impedir que una potencia hegemónica domine la región; y prestar ayuda indirecta a unos y a otros con ese propósito. En lugar de ello, Washington asume el desgaste directo del offshore balancing a costa de sus propios intereses en otras regiones.

Cuarto, y relacionado con el anterior, el rechazo norteamericano del acuerdo nuclear y la presión militar sobre Irán está fracturando la coalición occidental. Es un golpe más a las relaciones transatlánticas. La UE ha optado por la normalización internacional de Irán como estrategia a largo plazo para moderar y liberalizar el régimen. La postura de la Administración Trump es radicalmente opuesta y escasamente sólida desde el punto de vista estratégico. En este sentido, la retirada de la fragata española del grupo del portaviones USS Abraham Lincoln ha quedado eclipsada en las noticias de Washington por las manifestaciones de descontento de otros aliados europeos.

Hace unos días el General británico Chris Ghika, segundo al mando en la operación multinacional contra el Daesh, dijo no advertir una mayor amenaza de las milicias pro-iraníes en Irak; palabras que fueron desacreditadas rápidamente por el portavoz del mando regional norteamericano (CENTCOM). Por su parte, Alemania y Holanda han suspendido sus respectivas misiones de entrenamiento al ejército iraquí por el incremento de la tensión en la zona, donde a pesar de la cuestión de la fragata –todo hay que decirlo– permanece desplegado y activo un contingente militar español. De este modo, un eventual conflicto entre Estados Unidos e Irán no solo pondría en peligro la navegación en el Golfo, sino que además debilitaría la coalición contra el Daesh y desestabilizaría una vez más Siria. Y aunque probablemente no se llegue a ese extremo, el mensaje que envía la Administración Trump asumiendo tales riesgos es una vez más el de ser un socio estratégico poco fiable. Algo de lo que seguramente también están tomando nota los aliados de Estados Unidos en Asia Pacífico.

Javier Jordán es Profesor Titular de Ciencia Política y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI) de la Universidad de Granada. Es director del Máster-online en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional de la Universidad de Granada.

Este post ha sido publicado previamente en Agenda Pública - El País como parte de la colaboración existente entre GESI y Agenda Pública para analizar cuestiones relacionadas con seguridad y Defensa.