Organización y procedimientos tácticos del ejército español durante la dictadura de Primo de Rivera y la II República

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Análisis GESI, 27/2017

Resumen: Tras el final de la Primera Guerra Mundial, y como consecuencia de las experiencias bélicas de esta contienda, surgió un amplio debate tendente a dilucidar cómo sería la guerra del porvenir. España, al igual que el resto de países, plasmó en sus reglamentos algunas de las enseñanzas de la guerra.

La preocupación por reorganizar el ejército fue constante, ofreciendo este artículo un estudio de la evolución de la división, unidad fundamental del ejército español, así como un sintético análisis de sus procedimientos tácticos.

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Introducción

Dado que el estudio de la doctrina, organización y procedimientos tácticos han sido temas poco tratados por la historia militar, este artículo pretende ofrecer una aproximación histórica a la evolución de la división orgánica, unidad fundamental del ejército español, así como un análisis de la doctrina y procedimientos tácticos durante la dictadura de Primo de Rivera y la II República.

Se analiza en primer lugar la organización del ejército español, centrándose en el estudio de la división y en su comparación con la división francesa entre 1910 y 1936 para ver qué modelo convenía más al ejército. Por otro lado, se explicarán los orígenes y causas que llevan a España a adoptar la doctrina francesa tendente a la guerra de posiciones, y por qué no había nada de reprochable en copiar el modelo francés o cualquier otro que sirviese al ejército. Por último, se examinarán las características de las normas tácticas vigentes y si hubo en España tratadistas militares que proyectaron una táctica nacional libre de influencias extranjeras, viendo si esta idea llegó o no a prosperar.

 

Organización

Tal como indicaba el comandante Garrido, una buena organización del ejército era algo fundamental. Establecía una serie de condiciones para ello:

  • Asegurar un buen funcionamiento al mando.
  • Permitir las combinaciones estratégicas y tácticas “por la intercambiabilidad de las unidades del mismo orden”, ya que esta es necesaria para que unas unidades se puedan reemplazar por otras. La organización que careciese de ello carecería de toda “estabilidad”. Eso obligaba a formar “agrupaciones momentáneas”, algo de lo que se había abusado en España, que podían ser más especializadas, pero que tendrían un rendimiento menor.
  • La adecuada proporción entre las diferentes armas y su coordinación en las grandes unidades “de formación fija”.
  • Una eficiente organización de los servicios, que se encargan de “asegurar la existencia material” de los soldados (Garrido, 1930: 5-9).

La división de infantería u orgánica fue la unidad fundamental del ejército hasta la guerra civil (Herrero, 2003: 109). Como indicaba la Doctrina para el empleo táctico de las armas y los servicios, era “la unidad elemental y de composición fija”; estaba compuesta por tropas de todas las armas y servicios necesarios para poder luchar con sus propios medios y “colocadas bajo un mismo mando que asegure su acción y coordinación para conseguir un fin común inmediato” (1929: 121). Ese concepto de división como unidad táctica de combate era ya viejo en España, tal como indicó el comandante de Estado Mayor (EM) López Muñiz, quien señalaba para apoyar su afirmación a la obra de Casto Barbasán, Teoría de la táctica, o a la del coronel Más y Zaldúa, Empleo táctico de la artillería, de 1889 y 1880, respectivamente. En ambas obras y otras contemporáneas, se indicaba que en la formación de la división tenían cabida las tres armas tácticas y los demás servicios auxiliares. Y es que, en palabras de López Muñiz, la organización divisionaria “responde en nosotros a antiguas ideas sustentadas a lo largo del pasado siglo y anteriores a las lecciones de la guerra mundial” (1934: 55-57).

Según recogía la Doctrina para el empleo táctico de las armas y los servicios, la forma de facilitar el ejercicio de mando era creando agrupaciones con las armas y los servicios, apareciendo así una primera agrupación en unidades conocida como ejército. Como es lógico –­puesto que de lo contrario solo podría actuar “en masa y sería muy difícil la maniobra exigida por los combates”– era necesario dividir a esa unidad ejército en otras que se le subordinasen y que se conocen con el nombre de divisiones. Con el objetivo de simplificar el “mando, la maniobra y la combinación de fuerzas de los ejércitos sin tener que limitar su efectivo en razón del número de divisiones que pueden actuar bajo un solo mando”, se crearon unas unidades intermedias que recibieron el nombre de cuerpos de ejército, integrados por varias divisiones y que contaban con “tropas y diversos órganos de vida independientes, con los que se logra desembarazar las divisiones  de aquello que no necesitan de continuo y afectárselo, sin embargo, en la cuantía necesaria, cuando las circunstancias lo aconsejen”. Además, en ocasiones se precisaba agrupar a los ejércitos en grupos de ejército que contaban con un mando único. Sin embargo, los grupos de ejército no se consideraban grandes unidades, “sino como órganos para el escalonamiento del mando”.

En suma, la división es la unidad elemental táctica “o de combate”; el cuerpo de ejército, la unidad táctica y logística, y el ejército la “unidad fundamental de la maniobra estratégica”. En ocasiones especiales, era preciso organizar “destacamentos o columnas mixtas”, de todas las armas o de varias, que tendrían un número determinado de soldados en función de la misión requerida (1929: 121-122).

En torno a 1914, la organización de la división española era muy similar a la francesa respecto a las tropas en combate. Las dos disponían de cuatro regimientos de infantería con tres batallones cada uno, que se agrupaban en brigadas. También existían un regimiento de artillería, una o dos compañías de ingenieros y unidades de apoyo (Herrero, 2003: 110). El desglose exacto de la división española era el siguiente: dos brigadas con dos regimientos cada una; un regimiento de caballería; un regimiento de artillería; una sección de pontoneros; telégrafos; dos compañías de zapadores; parque divisionario de ingenieros y columna divisionaria de municiones (Martín y Gómez Souza: 1910).

La diferencia principal radicaba en que en España se desplegaba un regimiento de caballería mientras que en Francia era solo un escuadrón, además de más unidades de ingenieros y servicios. La razón estaba en que en Francia la gran unidad por excelencia era el cuerpo de ejército, en el que se encuadraba la división. Sin embargo, en España esto no sucedía así, pues se contemplaba a la división como una unidad enteramente independiente (Herrero, 2003: 110).En 1914, se adoptaron profundos cambios en la organización del ejército francés entre los que hay que destacar por su importancia la trasformación del cuerpo de ejército y de las divisiones, ya que al comienzo de la Primera Guerra Mundial la gran unidad del ejército francés era el cuerpo de ejército. Sin embargo, la división no era una gran unidad en 1914, sino que se la consideraba como “la unidad elemental que comprende tropas de todas las armas” (Garrido, 1930: 9-10). Según López Muñiz, si en Francia la gran unidad esencial era el cuerpo de ejército, era debido a un “afán de aligerar al máximun la división”. El resultado eran grandes efectivos de infantería, pero una desproporción entre infantería y artillería (1934: 58).

Evidentemente, lo sucedido en la Primera Guerra Mundial empujó a una serie de cambios en las divisiones que llevaron a incrementar las unidades de artillería frente a la reducción de las de infantería (Herrero, 2003: 111). Esto motivó que, siguiendo con el ejemplo de la división francesa, esta aumentase visiblemente su capacidad de fuego. Así, disponía en 1932 de 8.600 infantes y 3.600 artilleros, más 1.100 pertenecientes a las otras armas. Si en 1914 existía un artillero cada nueve infantes, en 1932 se había pasado a un artillero para 2,5 infantes. Además, esa reducción de infantes no había producido la lógica reducción de poder de fuego, puesto que si en 1914 la división francesa disponía de 24 ametralladoras y 36 cañones de 7,5, en 1932 eran 200 las ametralladoras, además de fusiles-ametralladores, y 60 cañones de 7,5 y 155 corto (López Muñiz, 1934: 61-62). Por su parte, la división española disponía de 14.000 infantes frente a 4.000 artilleros, es decir, que en comparación con la división francesa, la española tenía una escasa proporción de artillería, ya que las piezas de artillería eran 72. Asimismo, el número de armas automáticas era también inferior, pues las ametralladoras eran 192 y los fusiles-ametralladores 288 (López Muñiz, 1934: 89).

La Ley de Bases de 1918 supuso una nueva reorganización de la división de infantería (Herreros, 2003: 111). En marzo de 1918 se aprobaron las bases para la reorganización del ejército. La base primera dividía a este en tres grandes agrupaciones: un ejército de primera línea, otro de segunda y uno territorial. La organización divisionaria se establecía en su base tercera, en la que se detallaba que el ejército de primera línea en la Península en pie de paz estaba formado por 16 divisiones orgánicas, tres de caballería y una serie de unidades no afectas a estas divisiones. Estas divisiones orgánicas constaban de tres brigadas, de las que dos eran de infantería, compuestas por dos regimientos. La tercera brigada desplegaba un regimiento de artillería ligera de campaña y otro de artillería pesada, un batallón de zapadores, una compañía de telégrafos, una sección de alumbrado, un parque divisionario de artillería y unidades de intendencia y sanidad[1].

Como explicó Romanones, a la división entre ejército de primera línea, de segunda y territorial sería más conveniente aplicar la distinción entre ejército de campaña y territorial, donde el primero se dividía en ejército permanente y ejército de reserva. En suma, que no existía un ejército de primera y segunda línea, “sino solo un ejército de campaña destinado a operar contra el enemigo de la nación” (1921: 112-113).

En cuanto a la organización de las divisiones en tres brigadas, señalaba Romanones que parecían adoptar las enseñanzas de lo que se hacía “con éxito” en otros ejércitos adoptando el sistema ternario, de excelentes resultados en la guerra europea. Sin embargo, lo cierto era que no se estableció ese sistema, pues la tercera brigada no era de infantería, sino mixta, siendo difícil entender, “por lo menos no siendo técnico”, el papel de esta brigada mixta durante el combate (1921: 119).

En comparación con la composición de la división anterior a la Primera Guerra Mundial, se observa que en España se siguieron las lecciones de esta contienda, pero solo en parte, pues aunque se advierte una mayor proporción de la artillería, el número de infantes no ha disminuido. Por otro lado, la segmentación de la división en brigadas y regimientos continuó siendo de forma binaria, es decir, basada en “agrupamientos de dos subunidades de maniobra”. Este modelo organizativo tenía el inconveniente de restringir de manera significativa el desarrollo de una operación, pues no se puede utilizar un tercer elemento de maniobra “si las subunidades son empleadas, o debe ser improvisado con tropas destacadas de ellas”. Será frecuente encontrar en la literatura militar de esos años un amplio debate sobre si la organización divisionaria de 1918 era pesada y poco flexible para las características orográficas de España (Herrero, 2003: 111).

Primo de Rivera reorganizó las armas principales en 1926, con la excepción de ingenieros, que fue en 1927 (Navajas, 1991: 164-165). Comenzando por la Artillería, esta sufrió su primera reorganización en noviembre de 1926. Se estableció la suma de 31 regimientos frente a los 37 que había en 1918[2]. En 1929 hubo un intento de pronunciamiento contra Primo de Rivera en el que estuvo implicado el cuerpo de Artillería, lo que llevó al dictador a disolver este cuerpo por segunda vez y a reorganizarlo nuevamente. Así, en junio de 1929 las tropas de artillería de la Península en pie de paz se organizaron en ocho regimientos de artillería ligera, ocho de artillería a pie, uno de artillería a caballo, tres de artillería de montaña y tres de costa. El entonces ministro del Ejército, Julio de Ardanaz, señaló que la reorganización se inspiraba en un “criterio de economía, sin perjuicio de la eficacia debida y del posible desdoblamiento de las unidades de artillería ligera”[3]. No obstante, Navajas indica que esta reorganización fue un castigo de Primo de Rivera a este cuerpo, pues conllevó la supresión de ocho regimientos de artillería ligera (Navajas, 1991: 166). Para Mola estas reducciones estaban encaminadas a una reducción paulatina de las tropas permanentes (Mola, 1934: 136). Y no tuvo que estar muy desencaminado, pues el dictador proyectó crear un ejército permanente de no más de cuatro divisiones (Payne, 1986: 248).

En cuanto a la Caballería, esta sufrió tres reorganizaciones, la última en 1929 (Navajas, 1991: 164-167). En noviembre de 1926 se reorganizaron las fuerzas de caballería de la Península en tiempos de paz en el escuadrón de Escolta Real y 27 regimientos compuestos por ocho de lanceros, tres de dragones, dos de húsares y 14 de cazadores[4]. Una nomenclatura más propia del siglo xix. En enero de 1929 se volvió a reorganizar a la Caballería, agrupando sus 27 regimientos en nueve brigadas, formando las dos primeras una división[5].

Respecto a la Infantería, esta fue reorganizada en diciembre de 1926, y siguió contando con 64 regimientos divisionarios como en 1918, además de tres de bases navales, un grupo de carros de combate y doce batallones de cazadores de montaña, agrupados en divisiones, brigadas y medias brigadas[6]. La unidad básica era el batallón, aunque en los regimientos divisionarios solo uno de sus tres batallones estaba en armas (Navajas, 1991: 167).

En 1925 se había publicado el Reglamento para el empleo táctico de las grandes unidades, donde la división orgánica era definida como la gran unidad táctica o de combate, de composición fija que constituía la base de la organización de las fuerzas de operaciones. Además, era la única de las grandes unidades que debía estar organizada en tiempos de paz, ya que las otras organizaciones superiores a esta se organizaban cuando había una guerra. Se formaba por elementos de otras armas y podía ser reforzada con carros de combate y artillería[7]. Esta división orgánica estaba compuesta por dos brigadas de infantería de dos regimientos de tres batallones; un escuadrón de caballería, que se podría reforzar con elementos de la caballería del cuerpo de ejército; una brigada de artillería con dos regimientos ligeros (uno de cañones y otro de obuses); un batallón de zapadores-minadores; un grupo de transmisiones con una compañía de telégrafos y un pelotón de radiotelegrafía; una unidad de aerostación; una escuadrilla de observación y un batallón de auxiliares (trabajadores)[8].

Los doce batallones de infantería y los grupos de artillería hacían de la división orgánica de 1925 una unidad muy pesada, no apta para la guerra de maniobra. Esto resultaba contradictorio en el ejército español, tendente a desestimar aquellas teorías que hablaban de frentes continuos que se verían superados por doctrinas basadas en la potencia de fuego, “manteniendo una organización divisionaria que se adaptaba mejor a estos que a la guerra de movimiento”. Una de las razones para esto podría estar en quelos encargados del desarrollo de la nueva doctrina militar no querían reducir las unidades de infantería en el esquema de la división orgánica (Herrero, 2003: 113).

La proclamación de la II República supuso también una reorganización del ejército. El texto del decreto de reorganización indicaba que las “unidades existentes son, por su número excesivas; por su contenido, débiles; por su costo, si hubieran de mantenerse en un punto de regular eficacia, onerosísimas”. Por lo que se hacía indispensable cambiar esa situación. Continuaba declarando que aunque la mayoría de los países habían adoptado el tipo de división ternaria, es decir, de tres regimientos, en España se optaba por la de cuatro regimientos, “a fin de que, al reducirse ahora el número de las grandes unidades, cada una de las subsiguientes, tenga fortaleza bastante para realizar empresas de alguna consideración”. Esta división dispondría de un poder artillero proporcional a la fuerza de la unidad, además de los servicios que le fueran propios, lo que le permitiría, una vez provista de material, “compararse con cualquiera otra similar del extranjero”[9]. Señalaba también que las 16 divisiones existentes se reducían a ocho divisiones[10]. Se indicaba asimismo que al reducirse a ocho las divisiones existentes, se suprimieron 37 regimientos de infantería, cuatro batallones de montaña, nueve de cazadores, 17 regimientos de caballería, uno de ferrocarriles y dos batallones de ingenieros; se organizaban también dos regimientos de carros de asalto y un batallón de ametralladoras. La división de caballería independiente se siguió conservando, pero se redujeron a diez los regimientos de este Arma. Además, se organizaron las tropas de cuerpo de ejército y de ejército “estrictamente indispensables para contemplar el plan adoptado”[11].

Alpert, citando a Salas Larrazabal, apunta que había errores en estos cálculos, pues se suprimieron menos regimientos de infantería y más de caballería, había un incremento de los de artillería y los batallones de ametralladoras eran cuatro. Achaca estas equivocaciones a la división entre lo técnico y lo político y a la influencia de la organización ministerial, no acostumbrada a rendir cuentas antes “una asamblea legislativa nacional” y que debería haberle entregado una información más exacta. No obstante, lo que queda claro es la tendencia “sana” a reducir la caballería y a aumentar la artillería. El modelo seguía siendo el francés, resultando muy similar la división española de 1931 y la francesa de 1918. Tampoco se podía considerar descabellado mantener una división de caballería, puesto que el ejército alemán disponía de tres en esa misma época (2008: 194-195).

Al igual que la establecida por la Ley de Bases de 1918, la división orgánica se componía de dos brigadas de infantería, con dos regimientos. Estaba dotada además de un escuadrón de caballería, una brigada de artillería ligera integrada por dos regimientos, un batallón de zapadores-minadores, un grupo de transmisiones, una sección de iluminación, una escuadrilla de aviación y una unidad de aerostación, un parque divisionario para el servicio de armamento, municionamiento y material, un grupo divisionario de intendencia y otro de sanidad y una sección móvil de evacuación veterinaria[12].

Por su parte, las tropas y servicios de cuerpo de ejército y de ejército estaban constituidas por dos brigadas mixtas de infantería de montaña, dos regimientos de dos batallones de carros ligeros de combate y un batallón de ametralladoras, siete regimientos de infantería de igual composición que los divisionarios, una división de caballería independiente, cuatro regimientos de caballería, cuatro regimientos de artillería a pie, dos grupos de defensa contra aeronaves, un regimiento de zapadores-minadores de dos batallones, parque central de automovilismo, dos compañías de intendencia para Baleares y Canarias, dos compañías de sanidad para Baleares y Canarias, escuadrillas de caza y de bombardeo, tres grupos de información artillera y un depósito de ganado y tres destacamentos del mismo para la remonta de generales, jefes y oficiales[13].

Aguilar opinó que nunca el ejército había contado con una organización tan eficaz (1986: 93). No obstante, Alpert afirma que la reorganización “casi no era tal”, pues los ocho batallones que componían la división orgánica formaban en realidad una gran brigada, pues señala que la división española en 1931 contaba con 4.864 soldados de infantería y 2.953 de servicios (2008: 195).

La reorganización de Azaña fue, en general, bien acogida, aunque se criticó la adopción de la división cuaternaria de cuatro regimientos en lugar de la más común de estructura ternaria. Según Alpert, probablemente la decisión la tomó Azaña, quien, según sus opositores, “deseaba a toda costa reducir el número de divisiones”. Todo esto no era más que una discusión teórica, ya que no existía ningún plan de movilización general que pudiese observar si este sistema era o no eficaz (2008: 196).

Las críticas más furibundas vinieron desde La Correspondencia Militar, donde el día dos de agostode 1931 NazarioCebreiros se preguntaba en un artículo titulado “La división orgánica y el número de divisiones”cómo era posible que la reforma de Azaña, “copia servil del modelo francés”, no hubiese adoptado la división ternaria francesa para su modelo de división. Con el sistema ternario de divisiones de tres regimientos integrados en una sola brigada, se podrían haber sostenido las divisiones hasta entonces existentes, dieciséis, “casi con el mismo gasto que las ocho actuales” y con el provecho de tener “el doble número de cuadros para embeber los enormes efectivos de soldados en segunda situación de servicio activo de que disponen hoy los regimientos”, que no podrían ser movilizados ahora debido a la reorganización emprendida por Azaña, cuya única y “peliaguda” idea había sido “dividir por dos a la infantería y por tres a la caballería” (1931: 1).

La Correspondencia Militar de cuatro de agosto de 1931 continuó criticando la reorganización del ejército emprendida por Azaña, considerándola como muy deficiente. En un largo artículo titulado “Las unidades del ejército permanente y los centros de movilización” se conluyó que, salvo la ventaja económica que suponía para el presupuesto de guerra la reducción del voluminoso cuerpo de oficiales, la eficiencia del ejército había disminuido en comparación con la que hasta el momento se tenía. Según su anónimo autor, se habían agravado los defectos que tenía el ejército, y si se tuviera que recurrir a este para algún conflicto bélico “tendríamos que pasar en estos momentos por una vergüenza y una pena más de las muchas que ha pasado este país” (1931: 1-2).

La defensa de la división cuaternaria es, como bien indicaba López Muñiz, difícil de encontrar entre los muchos tratadistas que se ocupaban de estos temas. Se posicionaban más por la brigada como unidad elemental táctica, y ni una sola voz se levantaba “en defensa de la división cuaternaria como unidad de combinación de las armas”. El problema, por tanto, giró entre la brigada y la división ternaria. La francesa, que era ternaria, era menos voluminosa que la cuaternaria española, pues esta última tenía 6.000 hombres más, 3.000 cabezas de ganado y 250 autos más, lo que la hacía mucho más pesada (López Muñiz, 1934: 83-85).

El comandante López Muñiz era partidario de una organización mixta de nuestro ejército en divisiones ternarias, de caballería y de montaña. Las ternarias serían ocho, con tres regimientos de infantería y dos de artillería (1934: 130).Pero no solo había partidarios de la división ternaria, sino que también había una serie de tratadistas militares que defendían la adopción de un nuevo tipo de unidad conocida como brigada mixta, que, como afirma Herrero, su mejor conocedor, tenía similitud con el concepto alemán de Kampfgruppen, que era, dentro de la división, un conjunto de elementos de las otras armas que se organizaba para realizar una operación concreta. El concepto de brigada mixta se remontaba a 1925 y, como señaló en 1933 en una conferencia el comandante Martínez Campos, no era otra cosa que la “sistematización orgánica de la tradicional columna de armas combinadas”, principal unidad de operaciones en Marruecos (Herrero, 2003: 114-115).

Este tipo de brigadas fueron creadas por decreto de 25 de mayo de 1931, en el que se organizaban dos brigadas mixtas de infantería de montaña. Cada una estaba compuesta por  cuatro batallones de infantería de montaña, agrupados en dos medias brigadas; un regimiento de artillería de montaña con dos grupos de obuses; una compañía de zapadores-minadores; un grupo de transmisiones; una compañía de víveres de montaña; una sección de ambulancia y una columna de municiones[14]. Con Gil Robles en el ministerio de la Guerra se creó una nueva brigada mixta de montaña, por lo que Herrero cree admisible pensar que el ejército durante la República estaba intentando crear una organización en la que iban adquiriendo gran importancia unidades más pequeñas que las tradicionales divisiones (Herrero, 2003: 117).

No obstante lo dicho sobre las brigadas mixtas, para 1934 se podía considerar que la organización del ejército español era “divisionaria pura”. Sin embargo, estas organizaciones no tenían un carácter oficial, sino que se habían “formulado exclusivamente con fines de instrucción”, siendo las más cercanas a la verdad las dadas por la Escuela Superior de Guerra (ESG) en la clase de “Táctica y Servicio de E. M.— 1930 al 32”. Así, la organización de la división en pie de guerra se constituía de la siguiente manera: un cuartel general; dos brigadas de infantería de dos regimientos formados por tres batallones; un escuadrón de caballería más una sección de fusileros-ametralladores; una brigada de artillería con un regimiento de tres grupos de 7,5 y otro con otros tres de 10,5; un batallón de zapadores y un grupo de transmisiones; una unidad de aerostación y una escuadrilla de observación y las diversas unidades de servicio. Todas estas unidades integraban un total de 22.568 individuos de tropa y 700 oficiales (López Muñiz, 1934: 64-66).

También aparecieron durante la dictadura de Primo de Rivera y la República proyectos de organización militar que abogaban por la formación de pequeños ejércitos profesionales. Un primer ejemplo lo podemos encontrar en las obras del general Burguete Mi rebeldía y La ciencia militar ante la guerra europea, o en el ya mencionado proyecto de Primo de Rivera de crear un ejército formado por cuatro divisiones. Era este un tema que preocupaba a los militares españoles y en junio de 1926 La Guerra y su Preparación publicaba un artículo del teniente coronel Seguí, agregado militar en Francia, titulado “La crisis de la organización militar en Francia”, donde señalaba que el general francés Duval se mostraba defensor de un ejército profesional para Francia. De las conclusiones sacadas del estudio de las teorías de Duval apuntaba que si las tropas profesionales estaban bien “mandadas y con muchos especialistas”, podrían asimilar a un elevado número de reservistas con escasa instrucción (1926: 589-590).

En 1926, La Guerra y su Preparación publicó entre marzo y mayo un artículo del comandante Pedro Jevenois titulado “Nuevas orientaciones sobre organización militar”donde defendía la necesidad de crear un ejército profesional en España que se oponía al concepto de nación armada existente en Francia (Guerrero, 2015: 66-68)[15]. En el número de abril de esta revista Jevenois manifestaba que Francia optó por eso modelo debido a los deseos de desquite por parte de Alemania, que en aquellos momentos tenía una población muy superior a la francesa. Asimismo, si bien menos peligrosa que Alemania,se veía amenazada por Italia, nación también más poblada que Francia. A esto había que sumar que las colonias francesas se veían amenazadas por el panislamismo y el comunismo soviético.

Sin embargo, España no veía amenazadas sus fronteras. Creía necesario mantener la neutralidad del país a toda costa en caso de una nueva guerra en el continente. Aunque también era posible que España, país miembro de la Sociedad de Naciones, tuviese que emprender una acción militar derivada de sus compromisos con esta. En ese caso, aseguraba, esa acción no contaría con un apoyo unánime de la población y el soldado no combatiría con entusiasmo, por lo que se precisaba la formación de un ejército profesional (1926: 344-347).

Jevenois indicaba que ese ejército profesional contaría con una oficialidad “muy reducida, entusiasta y espléndidamente retribuida”. Las ventajas de este modelo estaban en que serviría para independizar la vida del país de las campañas de Marruecos. Asimismo, sería un instrumento idóneo para la defensa del orden público en el país. No obstante, este ejército profesional debía ser apoyado por otro de milicias, con un período de instrucción durante el primer año de entre uno y tres meses y otros más breves durante los siguientes años (1926: 455-457).

El comandante de Artillería  Montojo fue otro de los que apuntó la idoneidad de contar en España con un ejército especializado, integrado por voluntarios y con el soporte de un ejército de carácter general. Este ejército debía contar con cuatro unidades experimentales de las que carecía España en aquel momento: información, defensa antiaérea, guerra química y mecanización (1930: 256-257).

También Mola abogó por la necesidad de contar en España con un ejército profesional ante el peligro de que en Europa, y no se equivocaba, se desarrollase un nuevo conflicto bélico (Guerrero, 2015: 68). Por lo tanto, se precisaba un ejército adecuado y acorde a la capacidad económica de España. El número de divisiones para su proyecto de ejército eran seis, “perfectamente equipadas y dotadas de armamento y material” (1934: 297-299). Dado que estaba hablando de solo seis divisiones, el número de soldados de este ejército no era muy elevado, por lo que señalaba que había que mantener el sistema de servicio obligatorio. Es decir, que lo que Mola planteaba era un sistema mixto en el que España podría desplegar a 280.000 hombres “perfectamente instruidos y entrenados”, integrados en doce divisiones de primera línea y seis de segunda, con unos efectivos cada división de 16.000 hombres. De entre las ventajas que se derivarían de este modelo de ejército se contaban la reducción de la para Mola voluminosa Guardia Civil y, al igual que el proyecto de Jevenois, podría utilizarse para mantener el orden público en el país. Sin embargo, estas ideas de Mola, como bien señaló también Alpert (2008: 47), parecían no estar pensadas muy profundamente, pues pretendía financiar este ejército mediante la supresión de la partida destinada a “Acción social” o la eliminación de aquellas agregadurías militares situadas en países de menor importancia. Por otro lado, y aquí no demostraba una gran amplitud de miras, pensaba en repatriar a los que estudiaban en centros de enseñanza en el extranjero por estar demostrada la escasa importancia de los saberes que aportaban al país (Mola: 1934: 310-311).

Desde la Colección Bibliográfica Militar (CBM) de Vicente Rojo y Emilio Alamán se hicieron eco asimismo de alguna de estas propuestas de ejército profesional. Aunque si bien no la incorporaron a uno de los 95 números de los que constó esta interesante aventura editorial, sí fue recensionado por el propio Rojo en el tomo LXXI de 1934 el libro del comandante Urbano Polémica sobre el combate. Ensayo de una nueva organización militar. En esta obra se abogaba por un ejército voluntario, de reducidos efectivos y muy eficiente (Rojo, 1934: VIII).

En ese mismo tomo de la CBM, el comandante de EM José Clar consideraba necesario la implantación de un ejército profesional en España por razones de índole militar, económicas y políticas. Un ejército reducido “y de calidad”, perfectamente equipado y al completo de efectivos y sujeto a una dura disciplina. Señalaba además que la Guardia Civil, “aunque sea muy remotamente y en otro orden de ideas” mostraba lo eficiente que podría llegar a ser ese ejército profesional (1934: 152).

 

Los procedimientos tácticos

Tras cuatro años de lucha en las trincheras, los ejércitos aliados obtuvieron la victoria en la Primera Guerra Mundial. Como es lógico, los franceses plasmaron en sus reglamentos todo lo experimentando durante el conflicto, como los enormes efectivos en hombres, material y artillería, pues “no hay mejor maestro ni mejor aprendizaje para la guerra, que la guerra misma” (López Muñiz, 1934: 13). Por tanto, no puede extrañar que los reglamentos franceses tras la guerra estuviesen encaminados a la guerra de posiciones en vez de a la de maniobra. España ha estado analizando durante esos años cómo se desarrollaba la contienda. “Observa, medita, toma notas, quiere poseer la doctrina que parezca mejor buceando en el confusionismo que se produce al terminar la lucha”. Y una vez terminada esta, tal vez por “afinidades de raza, de espíritu, de idioma, de vecindad”, elegimos a Francia para modernizar nuestra doctrina. Así, escribía López Muñiz, “caímos ávidos, deseosos de europeizar nuestras teorías sobre la reglamentación francesa de los años 20 y 21”, es decir, un sistema orientado a la estabilización, a la guerra de posiciones. No se examinó, por tanto, lo que nos separaba de esas teorías y se aceptaron “sin hacerlas pasar por el tamiz de la propia observación” (1934: 14-15).

El Reglamento táctico de las grandes unidades y la Doctrina para el empleo táctico de las armas y los servicios se publicaron en 1925 y 1924, respectivamente y se mantuvieron durante más de diez años, incluso en la Guerra Civil. Para el teniente coronel Luis Ortega Celada esto era un defecto, como señaló en un artículo publicado en enero de 1934 en la Revista de Estudios Militares bajo el título de “Cuidemos nuestros reglamentos”. En él se indicaban tres deficiencias en algunos reglamentos: falta de actualidad; desacuerdo entre los diversos reglamentos y exceso de volumen (1934: 2).

La Instrucción sobre el empleo táctico de las grandes unidades francesa de 1921 y el Reglamento para el empleo táctico de las grandes unidades español de 1925, eran “en su forma, en su disposición y en su esencia” iguales, “salvo ligeras diferencias”. Pero si el reglamento francés fijaba una orientación definida –“maniobra en terreno libre”– al igual que, por ejemplo, los reglamentos alemán –ofensiva en guerra de movimiento– e italiano –“gran espíritu ofensivo”–,en España no sucedía lo mismo. La doctrina para el empleo de las armas y los servicios se limitaba a diferenciar entre principios y procedimientos, mostrándose en contra de la codificación de estos últimos “por su mutabilidad”. Por su parte, los principios sí eran inmutables y eran los “axiomas” que regían la “conducción y el empleo” de las grandes y pequeñas unidades (López Muñiz, 1929: 5-9).

Como aparecía recogido en el artículo primero de la Doctrina para el empleo táctico de las armas y los servicios,los principios que regían el combate permanecían siendo inmutables y eran los siguientes: voluntad de vencer, acción de conjunto y sorpresa. Afines a estos, e inmutables también, estaban la libertad de acción, seguridad, conservación del contacto, aprovechamiento del éxito y la economía de fuerzas. De la acción de conjunto “armónica y ponderada” de los principios fundamentales, “de la experiencia y del valor relativo e influencia recíproca de los elementos y medios de acción” disponibles, aparecerán una serie de reglas destinadas a regir la lucha que constituirán la doctrina, derivándose de esta “los métodos o sistemas”, es decir, los procedimientos para su empleo, que “por antonomasia reciben también el nombre de doctrina” (1929: 9-10).

Eso era lo que no cambiaba, lo que había permitido vencer a Aníbal en Cannas o a Napoleón en Austerlitz. Pero los procedimientos sí mutaban. Las ideas que había en 1914 se transformaron en 1916 y lo mismo ocurrió en 1918 y sucedía en 1929 cuando el comandante López Muñiz escribía estas palabras, señalando que los reglamentos “debieran escribirse al finalizar una guerra, y, después, declararse intangibles hasta que una nueva lucha los sancionase o revocase, condicionado, claro es, a una importante modificación en el armamento, que influye de modo esencial en los procedimientos” (1929: 5-6).

Ya se dejó claro los orígenes y las causas que influyeron a la hora de adoptar la doctrina reglamentaria en el ejército español, que fue la de la guerra de posiciones, patrón francés. Para el comandante López Muñiz la principal característica fue la “centralización del mando” en la división, porque se vivía en “un ambiente de centralización”. Así, se situaba a la división encuadrada “frente a su enemigo”, se distribuía la artillería, “pero siempre bajo el mando del comandante general”, y no se ponían las baterías bajo las órdenes de la infantería porque el reglamento solo lo toleraba en “casos especiales y con material especial —el acompañamiento inmediato—“. Las teorías tendentes a la guerra de estabilización, además de la centralización, tenían otras características, como la “resistencia a afectar artillería a la infantería, los frentes estrechos de combate y el normal encuadramiento de las grandes unidades, que aleja las preocupaciones sobre los flancos”. La división cuaternaria no actuaba centralizada a pesar de actuar sus dos brigadas “acoladas”, ya que la centralización desaparecía en el momento en el que se prohibía añadir artillería a las dos brigadas (1934: 140-143).

Las características de las normas tácticas vigentes se resumían en “centralización, artillería de apoyo, pero no bajo el mando de la infantería, frentes estrechos de combate, encuadramiento sistemático de las unidades, procedimientos metodizados, carencia de maniobra, rigidez del conjunto y órdenes excesivamente minuciosas” (López Muñiz, 1934: 146).

Con el tiempo, conforme se alejaban los hechos de la guerra en Europa, las teorías desarrolladas durante el conflicto tuvieron que ser revisadas, y en los años treinta los estudios sobre la guerra del porvenir empezaron a sacar conclusiones distintas. Va a ser común entre los tratadistas militares españoles la idea de no tratar de buscar en la ciencia foránea la solución a los males del ejército. Es el caso del, a la sazón, comandante José Díaz de Villegas, quien sostenía que no había que copiar literalmente modelos de organización extranjeros, pues “una notoria desproporción entre el copista y la copia produce el ridículo”, por lo que proponía no dejar de lado “la verdadera escuela nacional” (1930: 139-140). Otro ejemplo es el del comandante López Muñiz, quien escribía que en las teorías extranjeras no se encontraría “la panacea universal que sirva para curar nuestros males y darnos la clave de lo que debe ser nuestra guerra”. En su opinión, lo lógico era buscar la doctrina más conveniente y no aquella que “mas no seduzca por su novedad o por su fuerza de expresión”. Si se quería tener éxito en esa tarea, había que seguir la “ruta que señalen los pensadores militares españoles que aborden ese asunto desde el punto de vista nacional” (López Muñiz, 1934: 31-32).

Años antes de estas palabras de López Muñiz, y en la Colección Bibliográfica Militar (CBM) de Rojo y Alamán, donde este comandante publicó dos de sus obras, el propio Rojo escribía en el tomo XVI para justificar la inclusión en este de fragmentos de clásicos militares (Guerrero, 2015: 241). Así, señalaba que fomentar ese culto a los clásicos militares tenía efectos positivos que servirían para alimentarse “con la savia del más puro españolismo sacudiendo la extranjerización que intelectualmente venimos padeciendo”, pues resultaría beneficioso para la doctrina y reglamentos del ejército. Consecuentemente, Rojo consideraba absurdo pretender mecanizarse siguiendo las pautas de norteamericanos e ingleses, armarse como lo hacían los franceses o seguir la organización adoptada en Alemania o las doctrinas de Japón. De sus palabras merece destacarse la siguiente frase: “Pensar en español y obrar en español, he ahí el verdadero nudo de nuestra independencia intelectual y de nuestra eficiencia militar (1929: 5-6). Desde la CBM, se pretendió, por tanto, sentar las bases de una doctrina original y libre de influencias extranjeras, promoviéndose alternativas nacionales ajustadas, como es lógico, a las condiciones económicas, industriales y orográficas del país (Aspizua et al., 1989: 302).

Evidentemente, también hubo militares españoles que no contemplaban esas ideas, como es el caso del comandante de Estado Mayor (EM) José Ungría, quien en el número de mayo de 1925 de La Guerra y su Preparación, en un artículo titulado “Los estudios tácticos en la Escuela de Guerra de París”, defendía como lógico que la Instrucción sobre el empleo táctico de las grandes unidades francesa de 1921 y el reglamento español del mismo título publicado en 1925 fuesen muy similares. “¿Es que vamos a caer en la inocente aspiración de crear una doctrina exclusivamente nuestra?, ¿una táctica nuestra para manejar fusiles que vinieron del extranjero, y aviones que vienen del extranjero?”, reprochaba a todos aquellos que pudiesen criticar lo parecido de los dos reglamentos mencionados, cuando no se tenía en España desde hacía un siglo “otra escuela de guerra que la de las campañas civiles y coloniales” (1925: 518).

El comandante López Muñiz a la hora de hablar en 1934 de las teorías del momento en el ejército español se preguntaba si habría que adoptar una postura tendente a la guerra de estabilización o a la guerra de movimiento, o si la guerra sería ofensiva o defensiva. También si había que emprender la motorización y mecanización del ejército. Concluía que la guerra tenía que ser de movimiento, pero basada en una “excelente” instrucción de las tropas, unos mandos capaces, en la guerra de noche y en la topografía española, que tanto se “presta para utilizarse en el ataque y en la defensa”. La concepción por la que apostaba era por la defensiva, pero sin olvidar que una defensa a ultranza no conseguiría destruir al enemigo, ya que nada se conseguiría “con defender el terreno al paso del invasor si no destrozamos su ejército”. Para unir la guerra de movimiento con la defensiva era preciso recurrir a la maniobra. Por último, y acorde con las posibilidades de España, en la guerra defensiva lo principal era motorizar, “arma del movimiento”, y lo segundo mecanizar, “arma exclusiva del ataque” (López Muñiz, 1934: 49-51).

En España era común hablar de una estrategia y táctica nacional, como ya se ha mencionado anteriormente, pero nadie concretaba cómo se habría de luchar “contra los poderosos elementos modernos”. Muchos señalaban las especiales características de la geografía española, montañosa en buena parte, que permitirían hacer una guerra “especial” y “desatenderse de los preceptos generales” que entonces regían la guerra (López Muñiz, 1934: 134).

El capitán Lamas consideraba improbable que España emprendiese una guerra ofensiva contra algún país vecino, pero sí consideraba posible una guerra defensiva en las fronteras o en el interior. Pero sería una defensa activa, “englobando movimientos ofensivos como aferramientos al suelo, en resistencia tenaz y decidida”. Dado el carácter montañoso de España, la guerra sería probablemente una guerra de montaña (1934: 166-168). El carácter del pueblo español le hacía ideal para este tipo de guerra, ya que, en su opinión, los pueblos de montaña y los de las “altas mesetas” se adaptaban muy bien debido tanto a su “sobriedad y endurecimiento” como a su conocimiento del terreno. A ello habría que unir otras características como “la altivez e individualismo raciales y las de gravedad, indomabilidad y atrevimiento un poco ignorante (1934: 186).Estas posturas que sostenían que el español se adaptaba mejor a la guerra irregular de montaña, a la guerrilla, alejada de las teorías más modernas y científicas fueron usuales entre militares y escritores del siglo xix y las primeras décadas del siglo xx (Jensen, 2014: 50).

López Muñiz desechaba la “táctica simplista”, “del guerrillero clásico”, y era partidario de una táctica nacional acorde a nuestros medios, que había que acoplar a las “modalidades de la guerra de movimiento”. Sentadas esas premisas, habría que dejar de lado el “esquematismo y la rigidez” que había en esos momentos y seguir una doctrina “suelta, ágil, que permita al mando ceñirse a cada caso particular, manejando y combinando las armas en el interior de la división con una libertad de criterio” de la que entonces carecía. Por otro lado, sostenía que la unión de la infantería y la artillería eran “la esencia misma del combate”, por lo que el principal objetivo había de ser el de alcanzar la unión de estas dos armas (1934: 168-171).

 

Conclusión

Terminada la Primera Guerra Mundial, el ejército español, en un deseo de modernizar sus teorías, adoptó la doctrina francesa proclive a la guerra de posiciones y a la potencia de fuego debido a esa inclinación a lo experimentado durante la guerra. Todo esto quedó plasmado en el Reglamento para el empleo táctico de las grandes unidades de 1925, que como se señaló era prácticamente igual a la Instrucción sobre el empleo táctico de las grandes unidades francesa de 1921. No obstante, se ha visto cómo algunos militares estaban en contra de estas teorías y creían que en la guerra del porvenir estaría presente de nuevo la maniobra para la que la unidad por excelencia del ejército español, la división orgánica, era demasiado voluminosa y lenta. Como ha señalado Herrero, de ese ámbito surgió la brigada mixta, que en su opinión era “la aportación militar más original del siglo xx” (Herrero, 2003: 130). Y no era España, evidentemente, el único lugar en el que se pensaba en la guerra de movimiento, pues en todos los ejército, incluso en el francés, “mantenedor de los métodos de estabilización”, se volvió a pensar en la maniobra, preparándose todos para la este tipo de guerra (López Muñiz, 1934: 22-23).

Mientras que en Francia el cuerpo de ejército era la gran unidad por excelencia, en España se optaba por la división orgánica, siendo la organización del ejército español divisionaria pura. Francia, influenciada por las enseñanzas de la Primera Guerra Mundial, dotó a sus grandes unidades de un mayor número de efectivos de artillería en detrimento de la infantería, pero en el ejército español la división de infantería mantuvo una escasa proporción de artillería y de ametralladoras en comparación con la división francesa, menos voluminosa que la española, con lo que su potencia de fuego era mucho menor. La división orgánica española era una unidad muy pesada y, por tanto, poco apta para la guerra de maniobra.

Durante la Guerra Civil el ejército sublevado operó con este tipo de divisiones, mientras que el ejército republicano optó por la brigada mixta, que fue el cenit de un “movimiento de innovación organizativa surgido tras la Primera Guerra Mundial y basado en la reivindicación de la necesidad de desarrollar una doctrina militar nacional basada en las realidades estratégicas de España”, siendo la brigada mixta su elemento fundamental (Herrero, 2003: 131). Y es que poco a poco, conforme se fueron alejando los ecos de la guerra en Europa, los estudios sobre la guerra del futuro empezaron a sacar conclusiones distintas, siendo usual entre los tratadistas militares españoles la idea de crear una doctrina propia libre de influencias extranjeras, como quedó patente con la CBM de Rojo y Alamán, que trató de promover alternativas propias adecuadas a las condiciones económicas del país, porque, según escribió Rojo, en el tomo XVI “bien podemos hacerlo, pues ni nos faltan fuentes ni motivos de estudio ni escasean los problemas a resolver” (1929: 6). Sin embargo, la Guerra Civil interrumpió cualquier posibilidad de haberlo logrado (Martínez et al., 1989: 60).

 

Alberto Guerrero es Profesor de Geografía e Historia y Doctor en Historia Contemporánea.

 

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[1]Ley aprobando las Bases para la reorganización del ejército, contenidas en el Real decreto, 7 de marzo de 1918: Gaceta de Madrid (en notas sucesivas GM) n.º 181.

[2]Real decreto de 17 de noviembre de 1926, 1.º: GM n.º 322.

[3]Real decreto de 21 de junio de 1929, exposición de motivos: GM n.º 173.

[4]Real decreto de 25 de noviembre de1926, 1.º: GM n.º 173.

[5]Real decreto de 14 de enero de 1929, 1.º y 3.º: GM n.º 16.

[6]Real decreto de 31 de diciembre de 1926, 1.º: GM n.º 1/1927.

[7]Reglamento para el empleo táctico de las grandes unidades (en notas sucesivas RGU), art. 94.

[8]Ibídem, 96.

[9]Decreto de 25 de mayo de 1931: GM n.º 146.

[10]Denominadas orgánicas, ibídem, 1.º.

[11]Ibídem.

[12]Ibídem, 2.º.

[13]Ibídem, 3.º.

[14]Decreto de 26 de mayo de 1931, 3.º : GM n.º 146.

[15]También estudiado por Alpert en La reforma militar de Azaña.

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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