Orden abierto y orden cerrado (tercera parte)

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En la Guerra Franco-Prusiana, el material había sido esencial para la victoria de los prusianos, mientras que, en tiempos de Napoleón, el armamento de los contendientes era básicamente similar y nunca había sido un factor esencial en el resultado de las batallas. Los fulgurantes éxitos prusianos ocultaron temporalmente el hecho de que el campo de batalla se estaba convirtiendo en un lugar mucho más letal de lo que había sido hasta entonces, lo que limitaba las posibilidades de maniobra de la Infantería (y, en consecuencia, del conjunto de los Ejércitos).

Sin embargo, la transición de los Ejércitos cuyo adiestramiento estaba basado en el orden cerrado hacia el combate en orden abierto no fue sencilla: tanto en la Guerra de Secesión norteamericana como en la guerra franco-prusiana, los combates en orden abierto fueron complejos, debido tanto a la inexperiencia de los Oficiales y Suboficiales para ejercer sus funciones en unidades mucho más dispersas, como a la falta de iniciativa de la tropa para avanzar de forma casi individual hacia un enemigo dotado con una inusitada potencia de fuego. El problema llegó a ser tan serio como para que apareciesen voces autorizadas que abogaban por la vuelta al orden cerrado. Este orden cerrado, era, sin embargo, diferente al tradicional: se buscaban unidades menores (del Batallón como unidad básica se pasó a la Compañía), y las distancias e intervalos entre Compañías se aumentaron considerablemente, como también se hizo en cierta medida con la separación entre combatientes individuales.

Este renacimiento del orden cerrado se desarrolló en paralelo a la adopción del fusil de repetición. El efecto de ambos fenómenos se pudo atisbar en la guerra hispano-norteamericana: en la heroica defensa de El Caney o las Lomas de San Juan tuvo mucho que ver la eficacia del Mauser español, frente a los anticuados Krag-Jørgensen norteamericanos (tras el fin de la guerra, el U.S. Army adoptó con urgencia un fusil de repetición, inspirado en el Mauser, el Springfield M-1903) y la maniobra de los norteamericanos en formaciones cerradas (aunque ligeramente más dispersas que las empleadas en la Guerra de Secesión norteamericana). También en ese conflicto pudo atisbarse la eficacia futura de la ametralladora, dado el papel esencial en la victoria norteamericana en las Lomas de San Juan de las ametralladoras Gatling, pese a tratarse de ingenios muy poco móviles (eran transportadas sobre un armón de Artillería, dado su peso superior a los 200 kg.) y su relativamente escasa cadencia de tiro (alrededor de los 200 disparos por minuto).

Las experiencias obtenidas en las guerras coloniales fueron otro elemento que contribuyó a retrasar la adopción del orden abierto: muchos de los jefes militares más destacados de los Ejércitos francés, británico o ruso durante el siglo XIX habían hecho su carrera en las guerras de expansión colonial europea. En realidad, gran parte de las ‘excepciones’ tácticas y organizativas prusianas y luego alemanas nacen precisamente de su falta de experiencia colonial. Estas guerras se caracterizaron por el despliegue por las potencias europeas de fuerzas relativamente reducidas (por lo que primaba el mando personal, y no eran necesarios grandes Estados Mayores), y porque el enemigo tenía una potencia de fuego comparativamente muy escasa. En consecuencia, incluso empleando las familiares formaciones cerradas, los Ejércitos europeos habían sido capaces de hacer frente a adversarios mucho más numerosos. Así, 3.000 rusos dirigidos por Romanovski derrotaron a 40.000 indígenas en Yedshar en 1866; en 1879, Lord Chelmsford derrotó a los zulúes en Ulundi empleando cuadros de Infantería (y una ametralladora tipo Gatling);  el general Wolseley derrotó en Tel-el-Kebir a los egipcios en 1882 empleando formaciones continuas con dos líneas de infantes dotadas de fusiles de repetición (y, nuevamente, seis ametralladoras Gatling, esta vez apoyando una acción ofensiva); Lord Kitchener venció a los sudaneses en Omdurman en 1898 desplegando en orden cerrado (nuevamente con un papel fundamental de sus ametralladoras); Bugueaud empleó con éxito las formaciones de orden cerrado en Argelia…

El impacto de la experiencia colonial fue comparativamente mayor en Francia, por la práctica de rotar los Regimientos de Infantería en las operaciones de ultramar (entre 1830 y 1854, dos tercios de estos Regimientos sirvieron en Argelia durante una media de seis años). Las experiencias coloniales parecían confirmar las ideas imperantes: una Infantería moralmente superior y correctamente adiestrada podía combatir con éxito en orden cerrado. Sin embargo, esta conclusión obviaba el factor de cambio fundamental en el campo de batalla europeo (y ausente en las colonias): el enorme incremento de la potencia de fuego derivado del fusil de repetición, de la ametralladora y de la Artillería de tiro rápido. En efecto, frente a un enemigo dotado de estos medios, ni las filas continuas ni los cuadros habrían podido mantenerse.

Un ejemplo temprano del efecto del incremento de la potencia de fuego, ya durante la guerra ruso-japonesa de 1905, lo recogió un periodista alemán que presenció un ataque japonés contra un reducto ruso:

‘El 8 de enero de 1905, cerca de Lin-chin-pu, los japoneses atacaron una posición rusa armada con dos ametralladoras Maxim. Una Compañía de Infantería japonesa, con unos doscientos hombres, avanzó en orden abierto, por saltos. Los rusos se retuvieron su fuego hasta que los japoneses se acercaron a unos 250 m. Entonces, las dos ametralladoras entraron en acción. En menos de dos minutos dispararon más de mil disparos y barrieron literalmente a la Infantería japonesa’.

Cuando comienza la Gran Guerra, todos los Ejércitos contendientes contaban ya con excelentes fusiles de repetición (Mauser, Lebel, Lee-Enfield, Männlicher, Carcano…) y artillería ‘de tiro rápido’ (como el Schneider 75 mm. francés, el 7,7 cm FK 96 alemán o el 18 pounder británico…), junto con un cierto número de ametralladoras (12.000 los alemanes, que habían enfatizado su empleo en su Reglamento de Infantería de 1906; unos pocos cientos cada uno de los demás Ejércitos), todavía muy pesadas (eran habituales pesos de entre 30 y 80 kg), aunque no había ideas muy claras sobre su empleo: su excesivo peso y elevado consumo de municiones parecían descartar su uso ofensivo, mientras que la defensiva era una actitud marginada en los Ejércitos europeos y, en consecuencia, poco estudiada.

Por esta indefinición doctrinal, hasta entrada la Primera Guerra Mundial hubo defensores y detractores del orden abierto y del orden cerrado. En 1914, no se había alcanzado una solución definitiva, aunque los Ejércitos europeos tenían una cierta preferencia por el orden cerrado, tanto por tradición como por facilitar la instrucción de la tropa de reemplazo: el orden cerrado era más sencillo de aprender y de mandar, y facilitaba el adiestramiento de Ejércitos cuya tropa pasaba poco tiempo en filas. No obstante, no existía una doctrina unificada, y cada Ejército, o, incluso, cada Regimiento dentro de cada Ejército, mantenía criterios diferentes sobre el tema. De hecho, al inicio de la Gran Guerra, en todos los Ejércitos contendientes hubo unidades que emplearon unas u otras, con resultados variados.

Sin embargo, ni el orden cerrado ni el orden abierto permitieron por sí solos a la Infantería ejecutar ofensivas con unas bajas asumibles. En octubre de 1914, los alemanes atacaron en Langemarck (Bélgica) con el XXIII Cuerpo de Ejército de Reserva, encuadrado en el 4º Ejército (1ª batalla de Yprès). Sus Divisiones estaban formadas por reclutas voluntarios, en gran parte estudiantes universitarios, pobremente adiestrados, que atacaron a la V Brigada de la 2ª División británica, sin apoyo artillero, y confiando exclusivamente en el apoyo del fuego de fusilería. El ataque, ejecutado en orden cerrado, se saldó con más de quinientos muertos y varios miles de heridos, por menos de cincuenta bajas británicas[1]. Atribuyendo el fracaso al escaso adiestramiento de las tropas, los alemanes reiteraron el ataque con unidades de la Guardia Imperial, igualmente empleando el orden cerrado, con resultados similares: el problema no era de adiestramiento, sino de procedimientos. Por su parte, el ataque británico en Loos en 1915, en orden abierto, pero con apoyo artillero insuficiente, tuvo similares resultados, como se explica en mayor detalle en párrafos sucesivos. El orden abierto podía disminuir el número de bajas, pero no aportaba una solución definitiva al problema de la vulnerabilidad de la Infantería.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Eurocuerpo


[1] Esta batalla, ciertamente un episodio menor de la Gran Guerra, se denominó posteriormente en Alemania ‘kindermord’ (‘matanza de niños’) y fue elevada a la categoría de mito que ejemplificaba el sacrificio y el heroísmo de la juventud alemana. En el documental ‘El Triunfo de la Voluntad’, de 1935, encargado por el Partido Nacionalsocialista a la cineasta Leni Riefenstahl solo se citan dos batallas de la PGM: Tannenberg (el importante - pero también mitificado-  triunfo sobre los rusos en 1914) y Langemarck.