Obama y “Little Boy”

Versión para impresiónVersión para impresión

El pasado 27 de mayo de 2016, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama visitó la ciudad de Hiroshima en Japón, convirtiéndose en el primer presidente de Estados Unidos, en activo, que realiza un viaje oficial al país del sol naciente y que además se desplaza hasta el escenario en el que el 6 de Agosto de 1945 EEUU lanzaba la primera bomba atómica de la historia sobre una población, durante un conflicto bélico, en el marco de la Segunda Guerra Mundial.

Obama, de forma épica, hizo gala de su mejor lírica. “Hace setenta y un años, en una mañana brillante, sin nubes, la muerte cayó del cielo y el mundo cambió[1]”, comenzaba el discurso con el que el Presidente pretendía hacer historia. En él habló de un destello de luz, de fuerza terrible desatada, de un muro de fuego y también de reflexionar y de llorar a los muertos. Disertó sobre artefactos creados para la violencia, de nuestros ancestros y sus espadas, de imperios que caen y se levantan, de religiones no exentas de haber justificado la muerte y de una ciencia que la ha hecho más eficiente. Apeló a recordar una mañana de agosto, a una memoria que combata la complacencia, a mirar a los ojos a la historia y a compartir responsabilidades. También declamó sobre decisiones posteriores que trajeron esperanza, sobre alianzas entre naciones, sobre unidad y amistad. Recitó la necesidad de cambiar nuestra mentalidad sobre la guerra, de aprender de los errores, de buscar la diplomacia, la cooperación pacífica y las piruletas de fresa. Predicó sobre derechos inalienables, sobre el valor irreductible de cada vida y nuestra pertenencia a una misma familia, la Humanidad. Recordó la sonrisa de los niños, el cariño entre esposos, el abrazo de un padre y el sabor de las chocolatinas. Por último, y sin sonrojarse, concluyó definiendo Hiroshima y Nagasaki, no como el amanecer de la guerra atómica, sino como el despertar moral de la humanidad.

Pero además, habló de reducir los arsenales y de luchar por un mundo sin armas nucleares, aunque a día de hoy EEUU sigue manteniendo la capacidad de destruir una gran parte de la humanidad. Miró a los ojos de aquellos que sufrieron en sus carnes la devastación y no pestañeó mientras les decía que también había que evitar que estas armas las obtengan otras naciones; a la vez que su administración deja intacto el presupuesto de una nueva generación de armas nucleares[2]. Y es que EEUU tiene una interesante tradición de actores-gobernantes, y la historia nos muestra, que desde los tiempos de Homero, épica y política van de la mano.

No obstante, esta visita tiene una gran carga simbólica y aunque el presidente Obama no pidió perdón por el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón, todo lo que ha ocurrido durante la misma, es, esta vez sí, una suerte de reconocimiento a las víctimas y una muestra de respeto hacia el pueblo japonés, que trata de cerrar definitivamente las heridas del pasado.

 

Una mañana brillante

El 6 de Agosto de 1945 a las 2:45 am, desde Tinian, en las Islas Marianas del Norte, despegaba el bombardero B-29 Superfortress “Enola Gay” con una bomba atómica a bordo bautizada como “Little Boy”.

Quince minutos después, el Coronel Tibbets, comandante de la aeronave, transmitía el mensaje convenido, “El juez va de camino al trabajo”. Horas más tarde, a las 5:50 am, ya a 9.200 pies de altitud, se reunía sobre Iwo Jima con otros dos bombarderos que lo acompañarían durante la misión.

Durante el vuelo, dos de sus doce tripulantes (el Alférez[3] Jeppson y el Capitán Parsons[4]) terminarían de armar la bomba, y conectarían el detonador, dejándola preparada para el lanzamiento. Solo después, se informó a la totalidad de la dotación de la aeronave, “estamos transportando la primera bomba atómica del mundo”, pues hasta ese momento, el secreto había sido mantenido incluso entre la mayor parte de la tripulación.

Sobre las 6:30 am fueron detectados por los radares japoneses, no obstante, fue un vuelo tranquilo que duró poco más de 12 horas (incluido el regreso), y en el que ningún kamikaze nipón alcanzó su rippa na saigo, o “muerte espléndida”, estrellándose contra ellos. Ya sobre la ciudad de Hiroshima, a 31.060 pies de altura, en “una mañana brillante”, a las 8:15 am, las puertas del compartimento de “Little Boy” se abrían y tras 43 segundos de caída libre, a una altura de 1890 pies, empezaba el exterminio de la ciudad y de más de cien mil de sus habitantes.[5]

Tres días después, el 9 de Agosto otra bomba nuclear explosionaba sobre Nagasaki. Una triste curiosidad; Nagasaki era un objetivo secundario. Kokura era el primer objetivo, que se salvó de la destrucción porque las nubes cubrían la ciudad.

 

Una decisión difícil

Mucho se ha debatido sobre la necesidad de emplear bombas atómicas contra Japón en la Segunda Guerra Mundial y el papel que jugaron en su redición. Igualmente se ha sugerido la existencia de motivaciones de más compleja explicación. El presidente norteamericano Harry S. Truman argumentó que “la usamos para acortar la agonía de la guerra, para salvar las vidas de miles y miles de jóvenes estadounidenses”[6].

A pesar de que los bombardeos masivos sobre población fueron una práctica habitual durante la contienda, la capacidad destructiva e intimidatoria de esta acción de guerra era tal, que el modelo teórico de enfrentamiento a escala global sería completamente distinto. Tan distinto, que existía la necesidad de definir el uso apropiado de las armas atómicas en tiempo de guerra, así como cuál iba a ser la política nuclear estadounidense de la posguerra. Para ello Henry L. Stimson, Secretario de la Guerra en 1945, formó un Comité Interino formado por Vannevar Bush, James Conant, Karl T. Compton, Ralph A. Bard (Subsecretario de Marina), William L. Clayton (Ayudante del Secretario de Estado), así como el futuro Secretario de Estado James F. Byrnes. El asesoramiento científico estaba a cargo del grupo formado por Robert Oppenheimer, Enrico Fermi, Arthur Compton, and Ernest Lawrence, mientras que el general George Marshall representaba a las Fuerzas Armadas[7]. En primer lugar se cuestionó si se debía emplear en un ejercicio de demostración de fuerza, tal y como sugirió Lawrence en mayo de 1945, con el objetivo de forzar la rendición japonesa mediante la intimidación. No obstante, la idea de la advertencia previa fue desechada para evitar la posibilidad de empleo de prisioneros de guerra como escudos humanos o que se derribara el B-29.

Asimismo, el 21 de junio de 1945, el Comité Interino concluyó que ninguna demostración previa forzaría la rendición de Japón. Se decidió que el ataque se llevara a cabo tan pronto como fuera posible y sin previo aviso. Para ello se constituyó un equipo de selección de objetivos dirigido por el general Leslie Groves que terminó por designar Kokura, Hiroshima, Niigata y Kyoto como los cuatro mejores objetivos para socavar la capacidad de resistencia japonesa y que mayor impresión psicológica causarían. Finalmente Nagasaki reemplazó a Kyoto debido al veto de Stimson, que quiso salvaguardar “el más querido tesoro cultural Japonés”. Ya sólo quedada la aprobación final del plan, por parte de Truman, a la espera de que la climatología decidiera cuál de las cuatro ciudades tendría el infausto honor de ser la primera en la historia, golpeada con semejante capacidad de destrucción.

Probablemente Japón habría terminado por rendirse, sin la necesidad de emplear la bomba atómica, como reconocería el general Dwigth Eisenhower, sucesor de Truman en la Casa Blanca[8], pero la situación estratégica del momento exigía rapidez, eficacia y una demostración de fuerza, para lo que las “recién nacidas” armas nucleares desarrollaron un convincente papel. Esta situación estratégica se puede sintetizar en dos hechos muy reveladores:

  • La Unión Soviética anunció la ruptura en abril de 1945 del pacto de no agresión que había sucrito con Japón en 1941, lo que posibilitaba una irrupción soviética en la guerra del Pacífico. Esta situación podía provocar que finalmente Japón se rindiera a una Unión Soviética ávida de expansión territorial en oriente[9]. Algo a lo que el gobierno de EEUU no estaba dispuesto, ya que los policy-makers norteamericanos no iban a permitir que la dictadura militar japonesa se mantuviera intacta y conservara las ganancias territoriales obtenidas durante la contienda, tras una eventual rendición negociada con la URSS[10].
  • Los acuerdos iniciales sobre el reparto de zonas de ocupación por parte de los futuros vencedores, dejaban a la URSS con “mucho margen de mejora” y tras el fin de la Guerra en Europa (8 de mayo de 1945), EEUU observaba con recelo los enormes ejércitos soviéticos que se cernían en torno a Centroeuropa.

Ante este panorama, la Administración Truman tomó la decisión política de acabar con la guerra mediante un golpe definitivo que forzara la rendición nipona. Las posibles reticencias morales ya habían sido ampliamente superadas debido a los numerosos bombardeos de ciudades, que habían tenido lugar durante la contienda. Y es que desde un punto de vista táctico, como explica el profesor Tsuyoshi Hasegawa de la Universidad de California, no se trataba más que de una cuestión de escala, pero desde el punto de vista estratégico el significado era completamente distinto.

Para el profesor Hasegawa, Truman podría haber forzado la rendición de Japón de dos formas. La primera invitando a Stalin a suscribir la declaración de Postdam, que exigía la rendición nipona, y la segunda, garantizando la preservación del sistema imperial japonés. Pero el empleo de las bombas atómicas conseguía dos objetivos políticos. En primer lugar una “rendición incondicional” de Japón, antes de la entrada soviética en la guerra del pacífico. El segundo objetivo político constituía un mensaje para la Unión Soviética, en el que EEUU se erigía en la única potencia con armas nucleares y con voluntad para emplearlas en caso necesario.

El horror de los efectos de la bomba atómica y la disuasión implícita asociada, no solamente creó una otra manera de entender los conflictos militares entre las grandes potencias, sino que inauguró una nueva forma de condicionar las relaciones internacionales. De esta manera se introducía al mundo en la era de la posmodernidad, donde el poder nuclear requerirá que el principio de organización política supere y trascienda el modelo basado en el estado-nación[11], posicionándolos en uno de los dos bloques ideológicos, ante la imposibilidad de defenderse de un ataque nuclear[12].

Es en este entorno, en la que la capacidad de coerción será determinante para la existencia de un equilibrio, que puede ser proporcionado por el poder nuclear. Esta tesis sería sostenida por realistas clásicos como el diplomático y politólogo Hans Morgenthau.

Es más, la teoría del realismo estructural de Kenneth Waltz adjudicará un papel pacificador a las armas nucleares, apoyándose en el axioma de que los costes de la acción bélica serían tan aterradoramente elevados, que disuadiría del inicio de cualquier confrontación que implicara el uso de armas nucleares[13]. Y es un hecho que, hasta la fecha, la disuasión ha funcionado en el caso de los enfrentamientos a gran escala, aunque la sucesión de conflictos de baja intensidad contradecirían parcialmente las tesis de Waltz.

Por otra parte, para el realismo ofensivo de Mearsheimer, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Chicago, solo disminuye la violencia internacional cuando las armas nucleares operan como elemento disuasorio de ataques convencionales que pudieran desencadenar una respuesta nuclear[14]. En consecuencia, para Mearsheimer el equilibrio mundial basado en la proliferación de armas nucleares, solo es viable cuando estas se encuentran en manos de los “grandes poderes”.

Francisco Javier Fuentes Gil es Comandante (DEM) del Ejército de Tierra.

Joaquín Pellicer Balsalobre es Capitán de la Guardia Civil.


[3] “Second Lieutenant” o segundo teniente, equivalente al empleo de Alférez.

[4] Más tarde, Contraalmirante William S. Parsons. Aún hoy, en la US Navy, existe un premio “al progreso científico y técnico” que lleva su nombre, en “honor” a su participación clave en el diseño, construcción, montaje y lanzamiento de “Little Boy”.

[5] Thomas, G., Morgan-Witts, M.: “Enola Gay. Mission to Hiroshima”. Ed. Open Road Media. Jul. 2014.

[9] De hecho la Unión Soviética declara la guerra al Japón el 8 de agosto de 1945, dos días después de la explosión de Hiroshima.

[11] Morgenthau, H.: Politics in the Twentieth (vol. I), The Decline of Democratic politics, Chicago U. P., Chicago, 1962., p. 75.

[12] Herz, J.: International Politics in the Atonde Age, Columbia U. P., Nueva York, 1959.

[13] Waltz, K.: The Spread of Nuclear Weapons: More May Be Better, Adelphi Papers, International Institute for Strategic Studies, September 1, 1981

[14] Mearsheimer, J.: The case for a Ukrainian nuclear deterrent, (1993), disponible en https://www.foreignaffairs.com/articles/ukraine/1993-06-01/case-ukrainian-nuclear-deterrent