Militares profesionales e investigación científica

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El Coronel Rémy Porte es uno de los mejores historiadores militares franceses[1]. Es conocido, sobre todo, como un gran especialista en la Primera Guerra Mundial, aunque también ha escrito sobre la segunda mitad del siglo XIX. En España ha publicado dos artículos dentro del número dedicado por la revista Desperta Ferro a la guerra franco-prusiana de 1870[2].

En febrero de 2013, el entonces Teniente Coronel Porte participó en una jornada de estudio organizada por el IRSEM[3] bajo el título “La práctica de las ciencias sociales en el medio militar: ¿una operación especial?”. En una contribución titulada “Oficial en activo e historiador: ¿es indispensable ser esquizofrénico?” el Coronel Porte desarrolló sus ideas sobre las relaciones entre militares y académicos, sobre los temas por los que debe interesarse la investigación de interés para la Defensa y sobre el papel que los militares profesionales pueden representar en este tipo de investigaciones[4]. Por la influencia que los modelos militares franceses han tenido sobre el ejército español a lo largo de la historia, bastantes de los comentarios de Porte son fácilmente traducibles a nuestras circunstancias particulares.

En lo que sigue, utilizaré citas de esta obra de Rémy Porte para argumentar mi propia visión de este problema. Aunque creo que comparto en gran medida su enfoque, el Coronel Porte es responsable únicamente de lo que figura entrecomillado, no de las conclusiones que de ello extraigo.

 

Mala comprensión mutua

Puede decirse que la relación entre academia y Fuerzas Armadas ha sido tradicionalmente de “amor-odio”[5]. Que ha sido una de esas relaciones enriquecedoras en las que hay mucho respeto, pero también bastante recelo mutuo. En palabras del Coronel Porte, es una “entente ‘verdadera-falsa’”, porque, de hecho, se trata de “dos mundos que no se conocen”.

Los académicos (muchos académicos, al menos) conocen mal a los militares y tienden a menospreciar su capacidad para investigar y, en consecuencia, para producir obras de calidad académica similar a la que ellos mismos producen. Porte ilustra esta idea con una experiencia personal:  “Durante la Defensa de mi HDR (habilitación para dirigir investigaciones), a uno de los miembros del jurado, eminente profesor universitario considerado como uno de los maestros de su especialidad y también relativamente cercano al mundo de la Defensa, le preocupaba que el hecho de que yo fuera un oficial en activo no me permitiera (…) mostrar la libertad intelectual que debe caracterizar al investigador”. Y añade: “la idea de que un oficial activo no tendría toda su libertad de investigación es un concepto ampliamente compartido. Debe entenderse aquí que un oficial investigador, historiador en este caso, por autocensura o por una presión más o menos directa de su jerarquía, sería legal y funcionalmente incapaz de criticar su institución de pertenencia. Por otro lado, al beneficiarse de la protección y la unción de la libertad académica, un académico sería libre de tratar cualquier tema y señalar todas las disfunciones”.

Esta idea de la enorme libertad intelectual de la que gozan los académicos responde a una visión muy idealizada y autocomplaciente de lo que es el mundo universitario. Como Porte indica, “la existencia de ‘capillas’ o, en ocasiones, simplemente de ‘modas’, así como la influencia de un ‘maestro’ aclamado por unanimidad, influyen en gran medida en la definición, la búsqueda y la publicación de investigaciones”. Por lo que “para un joven profesor-investigador que desee hacer carrera en la universidad (...) no publicar, no contribuir al trabajo colectivo, no ser apoyado por un catedrático y por su red, significa que nunca podrá ser elegido para un puesto. El peso de la presión social de la institución no solo no es menor que en el mundo militar, sino que su carácter indirecto, alusivo, tácito y muy real aumenta aún más sus efectos”.

Esto por lo que respecta a los prejuicios académicos y al imperfecto conocimiento que los académicos tienen del mundo militar. Pero, como señala Porte, “este desconocimiento es en gran medida recíproco y, de la misma manera, la gran mayoría de los oficiales superiores y de los cuadros de mando desconocen el funcionamiento interno de la universidad y su evolución actual”.

Este desconocimiento de la realidad académica es sustituido entre los militares por una serie de prejuicios, algunos de los cuales tienen, curiosamente, un carácter muy positivo: “cuando nuestros oficiales superiores o generales oyen que los profesores universitarios son elegidos por sus compañeros, primero piensan (tengo experiencia reciente) que es una manifestación de la meritocracia republicana, sin tener la menor sospecha de las maniobras ‘preparatorias’ y los acuerdos previos que puedan haberse concluido entre los proponentes de una cierta escuela de pensamiento o los hijos espirituales de cierto mandarín para garantizar la elección de un candidato prácticamente cooptado”.

Con todo, junto a estos prejuicios y estereotipos positivos, los hay también (y bastante importantes) de carácter negativo. “Para el académico, el oficial carece de sutileza o delicadeza en la expresión de un discurso poco problematizado. Para el oficial, el académico es alguien que hace preguntas sin proporcionar respuestas”. Una variante más del típico menosprecio del hombre esencialmente práctico (los militares en activo suelen serlo) por la teoría[6]. “Claramente, ‘el Otro’ pertenece a una institución no solo diferente y desconocida (y como tal, a veces temida), sino también más o menos colectivamente sospechosa de querer atacar nuestras esencias”.

                                                                     

El objeto de la investigación de interés para la Defensa

Investigación, pero también formación de interés para la Defensa, tanto de la que se imparte en centros civiles como la de los centros militares (una vez que estos últimos han aceptado ya el “modelo universitario” como base de su funcionamiento). Y aquí el Coronel Porte lamenta el escaso interés que el mundo académico dedica en sus investigaciones y formaciones a los temas de carácter específicamente militar. Así, cuando habla de los programas de formación sobre asuntos de interés para la Defensa que se imparten en centros civiles, señala que “con raras excepciones, estos programas privilegian los aspectos ‘político-diplomáticos’ o los aspectos ‘sociológicos’ de los temas tratados, es decir, las cuestiones relacionadas con el uso operacional de la fuerza en gran medida se ignoran”. Así, “llegamos a la paradoja de ver a estudiantes de master o de doctorado escribir memorias voluminosas o tesis desde un enfoque exclusivamente académico y erudito de su materia”.

Y añade: “en este contexto, creo que hoy en día el número de profesores universitarios que pueden analizar sin una preparación particular una campaña militar puede contarse con los dedos de ambas manos, como máximo. Claramente, en ausencia de conocimientos militares precisos, los estudios a menudo se centran en temas marginales, periféricos o auxiliares”. Un joven investigador que lo desee no podrá desarrollar una especialización en problemas operacionales o tácticos porque para ello tendría que poder integrarse en una estructura de acogida, de las que apenas existen (para un tema así) en la universidad francesa. “Y si, a pesar de todo, lo consigue, pronto se le reprochará que ha estudiado una ‘batalla histórica’ (¡qué horror!) y que le ha faltado altura de miras”.

En opinión de Porte, “el estudio de la conducción de las operaciones no puede hacerse excluyendo, por principio o por ignorancia, su componente estrictamente militar, que es su núcleo. No tiene nada que ver con la ‘militaria’ o la admiración boba de batallas pasadas”[7]. Sin embargo, “son muy pocos los profesores universitarios que abordan la historia militar desde este punto de vista, colocando a los ejércitos en campaña en el centro de su razonamiento”.

“El Ministerio de Defensa no es el de Educación ni el de Cultura ni el de Interior. Tiene sus propias necesidades, tanto en términos de capacitación (inicial, complementaria y superior) de sus soldados y cuadros como en términos de ayuda a la planificación y la realización de operaciones”. Y, en su forma actual, la universidad francesa y el resto de las estructuras académicas no son capaces de proporcionar a las Fuerzas Armadas todo lo que estas necesitarían: “creo que la investigación universitaria, al desarrollarse en general a partir de objetos de estudio o suposiciones externas a las operaciones como tales, no puede cubrir todo el espectro y responder a las expectativas de los ejércitos. Es indispensable para nosotros, pero está lejos de ser suficiente”.

Los propios militares son bien conscientes de ello y una solución expeditiva consistiría en desarrollar en paralelo dos actividades claramente distintas: la llamada “investigación en temas de interés para la Defensa” y lo que en medios militares se ha venido denominando “investigación y doctrina”. La primera sería un componente de la llamada “cultura de defensa”, estaría a cargo de investigadores externos a las Fuerzas Armadas y tendría como objetivo prioritario la creación en el mundo académico de estructuras ligadas al Ministerio de Defensa, sensibles a sus intereses y, en cierta medida, dispuestas a representarlos ante la sociedad civil. La investigación no sería, pues, útil por sus resultados, sino por el mero hecho de existir. “Investigación y doctrina”, por su parte, sería una actividad interna de las Fuerzas Armadas orientada a resolver los problemas prácticos del empleo de la fuerza militar, en general sin tener plenamente en cuenta el conocimiento generado por la academia y sin adaptarse a los estándares de rigor propios del mundo académico.

El Coronel Porte se rebela contra este enfoque: “sí, los ejércitos necesitan una investigación activa en historia militar[8], pero sobre todo porque la complejidad de las operaciones lo exige”. “Pero no puede ser una historia ‘etérea’, ‘abstracta’, que sería útil solo como cultura general. Se entiende la investigación histórica como un elemento de apoyo tanto a la preparación operacional como al uso de la fuerza. Estrechamente vinculada a las necesidades de la fuerza, tiene que ser producida, al menos en parte, por oficiales que tengan además las capacidades de un historiador”.

En Estados Unidos, destacados jefes militares de los últimos años han sido apasionados estudiosos de la historia militar y han buscado en ella soluciones para los problemas a los que se enfrentaban. Y en esta búsqueda han descubierto, en ocasiones, el trabajo de otros colegas que sobre la base de una profunda comprensión de la historia militar han sido capaces de alumbrar ideas que ayudan a afrontar los nuevos desafíos. Por ejemplo, los conocidos trabajos sobre contrainsurgencia de David Galula, Coronel francés[9] y, posteriormente, investigador académico en Estados Unidos.

 

¿Quién debe encargarse de la investigación?

En Francia, la investigación de interés para la Defensa está, en lo fundamental, en manos de instituciones académicas y de expertos[10] individuales pertenecientes al mundo académico. Como señala el Coronel Porte, “… de hecho, la investigación es desarrollada principalmente por académicos “pura sangre” con contratos temporales o es, incluso, externalizada, de manera que los únicos militares que intervienen son los que reciben los estudios finales. Estudios de los que a menudo se quejan por no adaptarse bien a las necesidades”.

Continúa Porte: “Creo, objetivamente, que la investigación universitaria no puede satisfacer por sí misma las necesidades específicas del Ministerio de Defensa, aunque puede aportar auténtico valor añadido si forma parte de un programa que responde a una necesidad claramente identificada. Paradójicamente, son los propios ejércitos los que aún no han sabido formalizar sus expectativas y definir sus prioridades”. Para él, la solución está en implicar más en la investigación a oficiales en activo plenamente cualificados desde el punto de vista académico. “En este sentido, debe ser un verdadero investigador, titular de todas las cualificaciones y reconocido como tal por la universidad, porque no puede contentarse con resumir con mayor o menor fidelidad dos o tres libros ya publicados”. Especialistas que sean capaces de reunir lo positivo de dos mundos, de dos culturas cuyo diálogo es necesario, aunque no siempre resulte fácil: el conocimiento técnico del militar de carrera con el rigor del académico.

Y aquí se tropieza con problemas de política de personal. Los ejércitos modernos son mucho más reducidos, por lo que han tendido a concentrar sus escasos recursos humanos en aquello que es el centro, la razón de ser de las organizaciones militares: las operaciones. El efecto secundario es que se está tendiendo a un modelo de carrera único basado en el ejercicio del mando, con poco margen para buscar y ofrecer vías alternativas de desarrollo personal y profesional. Es una idea que el Coronel Porte ilustra con una experiencia personal: “Inmediatamente después de esta defensa [de la habilitación para dirigir investigaciones], me entrevisté con mi supervisor para discutir con él mis posibilidades de desarrollo profesional, y oí como un brillante coronel de la dirección de recursos humanos me decía textualmente: ‘Pero, querido Porte, para los doctores ya está el servicio de Sanidad’”.

Dos reflexiones de Porte que, de alguna manera, resumen lo esencial de su capítulo: “si bien los ejércitos reconocen la importancia de la ciencia histórica, no saben cómo usar a sus historiadores”. Y “¿por qué confiar en un oficial que también es académico y que, en última instancia, no sería ni lo uno ni lo otro?”.

 

Traducido al español

Las reflexiones del Coronel Porte sobre las fuerzas armadas francesas son también aplicables, en mayor o menor medida, a los demás países que a lo largo de su historia se han inspirado con frecuencia en modelos franceses para la organización de sus ejércitos. Uno de ellos, España. Porque bastantes de los problemas con los que se enfrentan los franceses no son demasiado diferentes de los nuestros.

Sobre la base de los comentarios de Porte podríamos elaborar una “lista de comprobación”, que nos serviría, quizá, para evaluar la calidad de nuestro sistema de investigación en temas de interés para la Defensa. Y el “quizá” se refiere a que solo sería así si aceptáramos como correctas las apreciaciones que el Coronel francés hace en su trabajo. Los cinco puntos de la lista serían:

  1. ¿Existe un sistema permanente de financiación de la investigación de interés para la Defensa? Las fuerzas armadas contemporáneas deben concebirse como “organizaciones de aprendizaje” (learning organisations). El mundo cambia muy deprisa y las fuerzas armadas tienen que estar preparadas para adaptarse continuamente a todos estos cambios (tecnológicos, pero también sociales). Y aquí hay dos potenciales estrategias a seguir: el tradicional “que inventen otros” (seguido de un inteligente “copy-pasting”) y el desarrollo de una capacidad propia de innovación. Entiendo que la opción del “copy-pasting” solo es aceptable si nos resignamos a jugar siempre en Segunda División.
  2. ¿Disponen los centros militares de enseñanza superior (de formación y perfeccionamiento) de estructuras de investigación propias?
  3. ¿Está el grueso de la investigación que desarrollan los centros militares de enseñanza superior y de la que se desarrolla en el marco de programas financiados por el Ministerio de Defensa orientado hacia cuestiones de interés específico para la Defensa (opción SÍ), o, más bien, hacia la investigación fundamental (opción NO)?
  4. ¿Está la llamada “investigación y doctrina” (investigación sobre las formas de empleo de las Fuerzas Armadas) integrada en el sistema general de “investigación de interés para la Defensa” y es practicada en las estructuras de investigación de los centros de enseñanza superior militar de acuerdo con estándares plenamente académicos?
  5. ¿Disponen el sistema de investigación de interés para la Defensa y las estructuras de investigación de los centros de enseñanza superior militar de un número significativo de militares de carrera en sus filas?  ¿Existe una normativa que favorezca su presencia e integración?   

Son cinco preguntas y para cada una de ellas la respuesta correcta debería ser un SÍ. Tres respuestas acertadas sería un aprobadillo, aunque, ¿por qué no ser ambiciosos y aspirar al sobresaliente? No saldría más caro.

José-Miguel Palacios es Coronel de Infantería y Doctor en Ciencia Política.


[1] Para una biografía del Coronel Porte puede consultarse https://fr.wikipedia.org/wiki/R%C3%A9my_Porte.

[2] PORTE, R. (2014). La batalla de Froeschwiller. Desperta Ferro: Historia moderna, Nº. 13. Pp. 22-27. PORTE, R. (2014). La encerrona de Metz. Desperta Ferro: Historia moderna, Nº. 13. Pp. 34-42

[3] Instituto de Estudios Estratégicos de la Escuela Militar. Ver www.defense.gouv.fr/irsem.

[4] Las actas de esta jornada fueron publicadas en 2015. Ver PORTE, R. (2015). Officier d’active et historien est-il indispensable d’être schizophrène? En Lafaye C., Paya y Pastor A., Thura M. (coord.), La pratique des sciences sociales en milieu militaire: une opération spéciale?, Paris, Les Champs de Mars n°27, julio 2015. Pp. 59-66.

[5] Utilizo “amor” y “odio” para marcar los dos extremos de la línea, aunque ambos términos son enormemente exagerados si lo que se trata es de describir las relaciones, antiguas o actuales, entre académicos y militares. Que no es algo que haya surgido hoy lo muestra el famoso discurso de Don Quijote sobre las armas y las letras. Ver https://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/edicion/parte1/cap38/default.htm.

[6] En el lenguaje militar español “en teoría” es una expresión con fuerte carga peyorativa. Sugiere que en el mundo real las cosas son de una forma completamente distinta.

[7] En una línea muy similar, en la introducción al número sobre pensamiento militar español contemporáneo que publicó en 2016 la revista Tiempo Devorado (Universidad Autónoma de Barcelona) se decía sobre el aluvión de publicaciones provocado por el centenario de la Primera Guerra Mundial: “Con la perspectiva que da la distancia, los autores explicaban el contexto geopolítico, económico y social del conflicto, su desarrollo y sus consecuencias. Y, en la mayor parte de los casos, prestaban una escasa atención al hecho de que la Primera Guerra Mundial fue eso, una guerra, y que mucho de lo que en ella ocurrió solo puede explicarse si tenemos en cuenta la lógica interna (bélica) de su desarrollo. Algo que requiere una buena comprensión de cómo se hacía la guerra hace un siglo, de los condicionantes tecnológicos, de las ideas preconcebidas, de la influencia que la realidad de la lucha tuvo sobre la evolución de los procedimientos”. Ver https://revistes.uab.cat/tdevorado/article/view/v3-n3-palacios/pdf_77

[8] Como ya se ha indicado, Porte es historiador. Algo parecido podría decirse de la sociología, psicología, relaciones internacionales, conflictología, estudios sobre inteligencia y otras ramas de las ciencias sociales.

[9] Estudió en la Escuela Especial Militar de Saint-Cyr y perteneció a la promoción Amitié franco-britanique (1939-1940), la última que pasó por la sede histórica de Saint-Cyr-l’École, cerca de París. Ver https://fr.wikipedia.org/wiki/David_Galula.

[10] Sobre el uso del término “experto” en medios militares, Porte comenta con ironía: “Cuando nuestra institución bautiza como ‘experto’ a un oficial que es titular de un master, el mundo académico esboza una sonrisa condescendiente: cada año se conceden miles de masters...”.