Más allá de Putin… cuando 2 + 2 no da 4

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En un rincón del planeta, ancladas en el cada vez menos Pacífico océano, despliegan sus encantos las islas Kuriles. Se trata de un archipiélago que conecta la rusa península de Kamchatka con la muy japonesa isla de Hokkaido. De hecho, desde que los rusos llegaran a esas islas, a finales del siglo XVIII, han cambiado de manos varias veces, pasando a ser niponas a partir de 1875 (en virtud de un Tratado que, a cambio, permitía a Rusia quedarse con la isla Sajalín) y volviendo a soberanía rusa, como consecuencia de las operaciones de la fase final de la segunda guerra mundial, que implicaron la ocupación soviética de varias de esas islas. Cuestión que, en principio, debería quedar cerrada por el Tratado de San Francisco, de 1951.

Pero el conflicto por la soberanía de las Kuriles dista de haber descrito su último episodio. Porque Japón insiste en recuperar la soberanía de, al menos, las cuatro islas más cercanas a sus costas (por orden de proximidad a esas costas: Kunashir, Habomai, Shikotan e Iturub). De hecho, esos territorios son denominados por Tokio como “Territorios (japoneses) del Norte”, siguiendo la estela de ese tipo de lenguaje que es tan propio de las zonas grises (donde las dan, las toman, dice el refrán). Mientras que, sin tanta retórica irredentista, los manuales aluden a ellas como “Kuriles meridionales” (lo que se antoja bastante más objetivo, dada, simplemente, su relación geográfica con sus homónimas septentrionales).

Hasta aquí, podríamos decir que estamos ante una reivindicación más o menos clásica, entre vecinos más o menos bien avenidos. Digo lo de “bien” porque parecía, no hace tantos meses, que se atisbaba en el horizonte una solución diplomática, es verdad que un tanto salomónica, pero capaz de desactivar este (re-)brote de conflictividad en un escenario extremo-oriental que, sin necesidad de ayudas adicionales, ya tiende a recalentarse por sí solo.

En efecto, tanto Abe como Putin estaban muy dispuestos a hablar y a hacerlo, además, sobre la base de un acuerdo en el que ambas partes obtuvieran algo, aunque a costa -suele pasar- de ciertas concesiones. Rusia estaba dispuesta a hablar de ceder la soberanía sobre dos de esas cuatro islas: Habomai y Shikotan, tratándose de la continuación de unas negociaciones abiertas hace más de 60 años. Eso sí, Moscú se quedaría con las dos mayores de esas islas (Kunashir e Iturub) de manera que la pérdida sería poco relevante a todos los efectos.

El trasfondo del acuerdo tenía un amplio alcance geopolítico, que va más allá de los territorios en disputa. Porque Japón podía plantearlo como una (pequeña) victoria y Rusia podría argumentar que recibir garantías futuras sobre las dos islas mayores era, en sí mismo, una magnífica noticia. Pero, más allá de esta especie de win-win (dicen que de eso se trata) el acuerdo podría contribuir a que Rusia mostrara una postura más receptiva que la de China ante las inquietudes territoriales japonesas. Es decir, Rusia podría hacer lo que China hizo, con tanto acierto, en los años 80 y 90 del siglo XX (ser dúctil con las demandas de los vecinos), para de ese modo ir tejiendo una alianza estratégica que incluyera al mismo Japón, por si (acaso) la relación con China conoce altibajos en los próximos años. Todo ello a cambio de ceder unos pocos pedazos de tierra. Eso podría parecer hasta inteligente.

Sin embargo, Putin ha venido fomentando un nacionalismo ruso ciertamente asertivo, en ocasiones amalgamado con poco disimuladas ínfulas imperialistas (que inevitablemente topan con barreras de todo tipo, pues ya se sabe que la partida en el tablero mundial la disputan diversos jugadores) pero que probablemente esté comenzando a volverse en su contra. Porque cuando (algunos) ciudadanos rusos se enteraron de que (quizá) se iba a ceder a Japón nada menos que 347 km2 de dudosa utilidad (aunque, bien es verdad, con cerca de 3.000 conciudadanos rusos en su interior)… se sucedieron las manifestaciones. Quienes en ellas participaron partieron de gritar que con eso no se juega, que “las Kuriles no se entregan” y, finalmente, el 22 de febrero de 2019, se llegó a escuchar un nuevo y ruidoso eslogan, a saber: “¡Cambiamos a Putin por las Kuriles!” (sic). Sin olvidar que el contencioso (re-)abierto también ha servido para que en Rusia se cree un Comité para la defensa de la integridad territorial que, cargado con (sus) razones, tiende a aglutinar a nacionalistas conservadores y comunistas posmodernos bajo el mismo palio. Algo que también supo poner de moda, por cierto, el máximo mandatario ruso. Por lo tanto, esos colectivos están actuando en la misma dirección que su Presidente les mostró, no sin cierto éxito, sólo que superándolo (y, de paso, incomodándolo). Tanto es así que Lavrov, que no quiere rasgarse las vestiduras, ha optado por coser la herida, volviendo a la casilla de partida: el pueblo siempre tiene razón y no hay nada más que discutir con Japón.

Por su parte, Abe tampoco optó por rebajar la tensión en el momento crítico, sino que, en lugar de ello, recordó que según un Tratado de 1855 Tokio debería ostentar la soberanía sobre las cuatro islas. Dos son poco. De modo que la estrategia del todo o nada parece más justa. Aunque quizá a Abe le ocurra lo mismo que a Putin: en una época de pasiones encendidas, no es cuestión de que el pueblo japonés que (también) tiene razón (faltaría más) se sienta ofendido porque, tras tantos años de dominación rusa sobre sus islas, sólo logre recuperar dos de ellas. Es mejor quedarse sin ninguna y, de paso, comprobar que ahora ya sí, Japón tiene problemas con todas las grandes potencias implicadas en la zona. Quien sin duda se frota las manos es Xi Jinping (una vez más), porque gracias a este desencuentro nota como, de nuevo, Rusia da otro pequeño paso hacia su regazo.

Ahora sólo falta que Japón eche a los EEUU de Okinawa. No faltan nacionalistas nipones que así lo desean. Aunque, pensándolo bien, tal como están las cosas, vistas sus malas relaciones con China, por conflictos similares a los de las Kuriles, la amistad de los EEUU es lo único que le queda a Tokio. Paradojas de la vida…

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI) de la Universidad de Granada.