Las relaciones UE-OTAN. Un irresoluble puzle geopolítico

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Las relaciones entre la Unión Europea y la OTAN se asemejan, desde hace décadas, a un puzle irresoluble al que o bien le faltan piezas,  o las tiene dobles, o no terminan de encajar. En diciembre de 1998, la cumbre franco-británica celebrada en Saint-Malo supuso un acercamiento de posturas sin precedentes entre la posición típicamente europeísta de Francia y la más pro atlantista de Reino Unido en lo que a seguridad y defensa se refiere. En ella Chirac y Blair afirmaron, en lo que suponía un giro radical para este último, que la UE necesitaba desarrollar su propia capacidad militar. Acto seguido, en Junio de 1999, el Consejo Europeo decidía en Colonia transferir las funciones de la Western European Union (WEU), que hasta el momento representaba el brazo militar de la UE, a la propia UE con la finalidad de crear una Política Europea de Seguridad y Defensa (PESD).

Como consecuencia de esta deriva, que pretendía dotar a la UE de mayor autosuficiencia con respecto a la OTAN, desde Estados Unidos empezaron a levantarse voces de preocupación. La PESD suponía por definición un reto para la OTAN, motivo por el cual Madeleine Albright acuñó las famosas “3 D’s” para definir la postura de la Administración Clinton con respecto a los nuevos avances. Según ella, la creación de la PESD no podía suponer para la OTAN ningún tipo de:

  • Decoupling: Es decir, la PESD no debía debilitar la estructura de la OTAN, sino que debía sumarse a ella.
  • Discrimination: Tampoco debía la PESD discriminar a los miembros pertenecientes a la OTAN pero no a la UE.
  • Duplication: La PESD no debía duplicar las estructuras, mandos y capacidades de la OTAN.

Para responder a las demandas estadounidenses, sobre todo a esta última, la OTAN y la UE firmaron en 2003 los acuerdos “Berlín Plus” que permiten a la Unión Europea el acceso a las instalaciones y capacidades de la OTAN para conducir sus propias operaciones de crisis management así como el intercambio de información confidencial. Las negociaciones para concluir el acuerdo no estuvieron, sin embargo, exentas de dificultad. Turquía temía desde el primer momento ser discriminada en las decisiones sobre futuras maniobras e hizo valer su amenaza de veto hasta asegurarse de que la PESD no sería usada en su vecindad sin ella antes ser consultada e invitada a participar.

A pesar de esto, las negociaciones llegaron a buen puerto y la primera misión bajo el sello de los acuerdos Berlín Plus fue lanzada en Macedonia dos semanas después de la conclusión de los acuerdos con el nombre de Operación Concordia. La misma supuso el despliegue de 357 tropas desde marzo a diciembre de 2003 para continuar con la misión de estabilización que había realizado la OTAN hasta la fecha. Por otra parte, la segunda y última misión que lleva la rúbrica de los acuerdos de Berlín Plus es la Operación Althea, puesta en marcha en Bosnia en 2004 y que se encuentra en vigor hasta el momento. Esta misión tiene por objetivo sustituir a las Fuerzas de Estabilización de la OTAN que se encontraban sobre el terreno.

Sin embargo, a pesar de que ambas operaciones pueden catalogarse como exitosas, los acuerdos de Berlín Plus se encuentran prácticamente paralizados y no contribuyen a una comunicación fluida entre las partes, sino que representan una  nebulosa técnica que limita en gran medida el intercambio formal de comunicación. Esto se debe, en gran parte, a una serie de cruces de intereses y tensiones geopolíticas entre miembros y no miembros de ambas organizaciones.

Por un lado, ciertos Estados miembros de la UE, con Francia a la cabeza, han visto los acuerdos Berlin Plus con desconfianza, argumentando que una estrecha colaboración entre la UE y la OTAN pondría los intereses europeos a la sombra de la dependencia de EE.UU. Según ellos, esto podría desembocar en un problema de desconfianza, ya que al utilizar las estructuras militares y las bases de la OTAN, la EU sólo tendría acceso a la información que EE.UU. quisiera compartir. Además, también se destaca un posible problema de falta de disponibilidad, cuando la OTAN no pudiera responder a las necesidades específicas de la UE.

Por otro lado, Turquía ha supuesto una amenaza de bloqueo continua para las negociaciones entre ambas organizaciones desde la adhesión a la UE en 2004 de Malta y, especialmente, de Chipre. La negativa de Turquía a reconocer diplomáticamente a Chipre ha sido el motivo esgrimido por Ankara para no aceptar negociar oficialmente con la UE, en presencia de Malta y Chipre, nada que no tuviera que ver directamente con las operaciones de Berlín Plus, que en la actualidad sólo conciernen a la misión en Bosnia. Por su parte, Chipre ni siquiera ha solicitado formar parte del programa Partnership for Peace de la OTAN, que le daría derecho al intercambio de información, sabedora de que cualquier candidatura sería vetada por Turquía. En cambio, y para responder a las presiones turcas, Malta y Chipre hacen valer su condición de miembros de pleno derecho de la UE para impedir que ésta intercambie cualquier tipo de información con la OTAN, más allá de las misiones de Berlín Plus, sin estar ellos presentes.

Estos intereses cruzados y conflictos geopolíticos convierten los acuerdos Berlín Plus en una trampa diplomática. En primer lugar, porque las reuniones oficiales sólo tienen lugar sin la presencia de Malta y Chipre y se limitan a discusiones relativas a las operaciones de Berlín Plus (Bosnia). Cualquier otro tipo de asuntos comunes quedan fuera de la agenda oficial. En segundo lugar, porque esta circunstancia hace que la perpetuación de la actual Operación Althea esté en el interés de ambas organizaciones, ya que una vez concluida, la comunicación inter-institucional quedará muy mermada. Las relaciones UE-OTAN forman, por tanto, un irresoluble puzle geopolítico.