Las motivaciones del curso hacia el armamento: las armas nucleares como ejemplo

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Análisis GESI, 40/2016

Resumen: El curso hacia el desarrollo y la compra de armamento es una estrategia internacional tradicional que todos los Estados practican. Si la mayoría de los Estados se limitan a las armas convencionales, hay otros que pasan este límite optando por la adquisición de armas no convencionales.

En este sentido la adquisición de armas nucleares es el claro ejemplo de esta carrera armamentística. En este artículo analizamos los factores generales que consideramos responsables a motivar los Estados para adquirir este armamento.

 

Introducción

Estudiar las políticas de seguridad y defensa de los Estados es una tarea compleja, y resulta aun más complicado analizar las motivaciones que empujan los Estados al curso hacia la compra, desarrollo y modernización de armamento. En este sentido, el curso hacia la adquisición de armas nucleares es el claro ejemplo de este fenómeno. La proliferación nuclear ha sido y sigue siendo objeto de estudios académicos desde hace años; sin embargo, conviene anticipar –generalmente- que es difícil analizar de manera satisfactoria el fenómeno en su totalidad. (POTTER y MUKHATZHANOVA,  2010)[1].

De modo general, podemos anticipar que en la proliferación nuclear – al igual que en otro tipo de armamento- inciden varios factores que explican la búsqueda de los Estados a lanzarse en programas de adquisición de este armamento; estos pueden ser; económicos, energéticos, de seguridad, políticos, etc. Por todo ello, consideramos como elemento indispensable la existencia de una motivación como base fuerte y precisa. Esta motivación puede ser un factor determinado, o varios factores interrelacionados y evolutivos.

Para delimitar el análisis de este fenómeno, optamos en este trabajo por estudiar tres conceptos o razones generales que consideramos los más capaces de hacer que un Estado perciba el arma nuclear como la mejor opción para lograr sus objetivos: nos referimos aquí a los factores de “la supervivencia y seguridad”, “la lucha por la dominación regional”, y por último “la búsqueda de prestigio e independencia”.

Cabe señalar que, si la nuclearización de los primeros Estados nucleares estaba condicionada por factores históricos simples de seguridad, prestigio o hegemonía, la nuclearización de los nuevos Estados nucleares es el resultado de la combinación de elementos tradicionales de motivación, con un alud de nuevos factores cambiantes. Se trata entonces de una dinámica evolutiva de condicionantes que se adaptan a las circunstancias y a los cambios geopolíticos y geoestratégicos.

 

La nuclearización por razones de seguridad y supervivencia

Los conceptos de seguridad y supervivencia hacen referencia aquí a una situación en la cual uno o varios de los elementos constitutivos del Estado se encuentren amenazados, de tal manera que peligre la continuidad del mismo. Podemos anticipar que ningún país se ha de armas nucleares sin haber percibido en un momento o en otro la existencia de una amenaza para su supervivencia. Tanto las primeras potencias atómicas (Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia y China), como los nuevos Estados nucleares (Corea del Norte, Israel, India y Pakistán), han alegado y alegan una situación de amenaza para su supervivencia y seguridad como motivo para mantener sus arsenales nucleares.

La seguridad es un elemento determinante en la existencia y la conservación de un Estado. Desde su aparición el concepto de Seguridad está relacionado en buena medida con el ámbito militar y la capacidad defensiva de cada país. Así, existe una convicción generalizada entre los Estados nucleares de que sólo este tipo de armamento es capaz de ofrecer el alto nivel de seguridad necesario, y que renunciar a su posesión les costaría pagar un precio más elevado para poder mantener ese mismo grado de seguridad.

Estas conclusiones se han reflejado varias veces en los discursos oficiales de los líderes: el Presidente de Francia, Jacques Chirac, resumía perfectamente la motivación que incita a los Estados a adquirir este armamento:

“La disuasión nuclear es en primer lugar un factor esencial de la estabilidad internacional. Es gracias a esta disuasión que Europa ha logrado la paz y la estabilidad”. Por otra parte, reafirmó una vez más que Francia no renunciará a su poder militar para mantener los medios que dan credibilidad a su disuasión ante toda nueva amenaza”[2].

Otro ejemplo a destacar, y no menos importante, es la posición de la Federación de Rusia. Esta última explica en su Concepto de Seguridad revisado de 2010 las razones que le llevan a recurrir a las armas nucleares. Dicha definición coincide con la declaración de Nikolaï Patrouchev, Secretario del Consejo de Seguridad ruso:

“La tarea más importante de la Federación Rusa es asegurar la disuasión con el objetivo de impedir una agresión de cualquier nivel -incluida la realizada por armas nucleares- contra Rusia o sus aliados. La Federación de Rusia debe poseer las fuerzas capaces de causar los daños adecuados a cualquier agresor -sea un Estado o una coalición de Estados- y bajo cualesquiera circunstancias”[3].

El arma nuclear es entonces considerada como un elemento disuasorio indispensable, cuyos efectos devastadores deben hacer desistir a cualquier adversario de realizar un ataque, o por lo menos hacérselo pensar dos veces. Por tanto, y según los líderes de los Estados nucleares, dicho armamento ha ofrecido un nivel elevado de garantía, que no hubiera sido posible lograr mediante otro medio o estrategia.

Ahora bien, la preocupación por la seguridad y la supuesta supervivencia de los primeros Estados nucleares estuvo basada en las mismas valoraciones. La primera nación que reflejó esta preocupación fue Estados Unidos, al ser la primera que desarrolló un programa nuclear militar. El objetivo inicial era hacer frente a sus enemigos en la Segunda Guerra Mundial. Como factor directo podemos considerar que el proyecto de lanzar un programa nuclear estadounidense se debía al bombardeo japonés a la base norteamericana de Pearl Harbour en diciembre de 1941. Posteriormente, su estrategia nuclear se redirigió a disuadir a la Unión Soviética, ante la percepción de amenaza en Europa que causaba su enorme poder militar convencional.

Por su parte, la Unión Soviética desarrolló su propio programa nuclear, alegando la posibilidad de sufrir un ataque atómico estadounidense con la consecuente destrucción de su territorio. Los objetivos de Stalin para la posguerra eran su propia seguridad, la de su régimen, la de su país y la de su ideología. Intentaba garantizar que ninguna acción interna amenazara de nuevo su régimen personal y que ninguna acción externa amenazara de nuevo a su país. (MARRERO ROCHA, 2004: 170-185) . 

Al mismo tiempo, el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética fue percibido por Gran Bretaña y Francia como un peligro amenazante para su supervivencia. De ahí que les surgiera la necesidad de poseer armas nucleares.

Para Francia El desplome total de los Ejércitos franceses y, como tremendo colofón, el desfile victorioso de los ejércitos del Hitler por los Campos Elíseos, produjeron en todo el pueblo francés un sentimiento de humillación tal que De Gaulle supo recoger con singular acierto para, primero, organizar la resistencia y, más tarde, dotar a Francia de una Defensa Nacional, ansiada por todos los franceses, que evitara, para siempre jamás, que el territorio francés fuera invadido de nuevo. (RUBIO POBES, 2010: 159-164). Y para Inglaterra, los bombardeos alemanes al Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial constituyeron el detonante para el establecimiento de la política nuclear británica.

Por otro lado, en su origen, la estrategia nuclear china respondía ante todo a una clara necesidad de supervivencia y consolidación del país y del sistema político comunista, pues durante más de un siglo ese Estado venía soportando un deterioro progresivo de todos sus elementos constitutivos. Las constantes guerras, derrotas, injerencias e invasiones extranjeras que conoció China provocaron sentimientos de humillación en su población; por ello, su obsesión era conseguir la unidad nacional y la integridad territorial de la nación, eliminando todas las formas de sometimiento que las potencias extranjeras habían impuesto por medio de la fuerza armada. (VILLALBA FERNÁNDEZ, 2003: 117).

De este modo, se puede llegar a la conclusión de que la percepción de amenaza a la seguridad y supervivencia de un Estado se debe principalmente a mecanismos de desencadenamiento o contagio; es decir el lanzamiento de un programa nuclear por un Estado motiva el otro Estado a hacer lo mismo. Este proceso ha sido denominado por algunos especialistas como “fenómeno de la cascada” (TERTRAIS, 2011:17).

Esta dinámica fue seguida también por los nuevos Estados nucleares. En los años ochenta, Irak de Sadam Hussein estimó que la posesión de armas nucleares resultaba importante para su seguridad y supervivencia, ante las amenazas provenientes, por una parte, del vecino Irán -país con el que se estuvo enfrentando militarmente durante diez años- y por otra parte, de Israel, enemigo común de los Estados árabes de Oriente Medio, sobre todo después de que el régimen de Tel Aviv consiguiera armas nucleares. Pero, a su vez, Israel viene percibiendo que las amenazas para su supervivencia procedían y proceden de los Estados árabes y de Irán –de ahí su ataque al reactor nuclear iraquí de Osirak en junio de 1981[4]-.

Siempre con ejemplos del fenómeno de la cascada y su relación con la seguridad y supervivencia de los Estados, la nuclearización de la India se justificaba por las agresiones militares de China, y la dinámica conflictiva con Pakistán. Este último, por su parte, percibe el arsenal nuclear indio como una amenaza para su supervivencia, lo cual le llevó a desarrollar su propio programa atómico militar. Por su parte, Corea del Norte desde su nacimiento oficial en 1948, su gran preocupación fue asegurar la continuidad del régimen de Kim en el poder. Este último describía así mismo como víctima vulnerable en un mundo hostil, sometido a presuntas agresiones incesantes, principalmente de Estados Unidos, Japón y Corea del Sur. 

Otro concepto no menos importante que puede explicar el lanzamiento de programas nucleares es el concepto de la “imitación”. Esta mecánica se debe principalmente a que un Estado perciba cierta amenaza por otra potencia regional o mundial que considera como enemiga (o competidora), y que ya se ha provisto de armamento nuclear; así, para equilibrar la balanza de poder, la mejor solución es imitar la nueva política de seguridad y defensa del otro. Hemos observado esta actuación en numerosos casos: la Unión Soviética ante Estados Unidos, China ante Estados Unidos, Francia ante Reino Unido y Estados Unidos, Pakistán ante la India, o Corea del Norte frente a China y Estados Unidos ( TERTRAIS, 2011: 17-18).

Así, el alegato de la supervivencia constituye una motivación para la nuclearización de la política de seguridad y defensa que comparten todos los Estados nucleares, tanto los antiguos como los nuevos. Sus experiencias demuestran que el deseo de supervivencia fue el primer factor que justificaba la decisión de iniciar un programa nuclear. El concepto del enemigo exterior que amenaza nuestra seguridad siempre ha estado presente en los discursos políticos oficiales, y en las políticas y estrategias nacionales de seguridad y defensa. En todos los casos se percibía una necesidad de “protección”: un Estado se aventura en un programa nuclear militar cuando su enemigo “ficticio o real” empieza el suyo. 

 

La competitividad regional: la lucha por la dominación y la influencia

La competitividad regional es otro de los factores que explican la nuclearización de la política de seguridad de un Estado. Difícilmente hay supervivencia e independencia sin deseos de dominación e influencia. Las circunstancias de seguridad evolucionan de manera tal que la pretendida defensa de la supervivencia se convierte en una verdadera carrera armamentística, donde la posesión del arma nuclear por un Estado parece obligar al otro a hacer lo mismo. El sentimiento de aislamiento estratégico o la inferioridad militar convencional frente a un país vecino puede convertirse en un hecho predictivo esencial para provocar la nuclearización de la política de seguridad de un Estado. Por ello, la adquisición, mantenimiento y la mejora cuantitativa y cualitativa del poder armamentístico va más lejos que ser una necesidad. Esta suposición es la que explica los intentos de muchos Estados “neutros” de dotarse de armas nucleares.

Así, el lanzamiento del programa nuclear del Reino Unido incitó a Francia a hacer lo mismo, como  inspiró a Alemania Occidental y a Italia a pensar en esta política. En Asia, los ensayos nucleares realizados por China empujaron a India a alcanzar su bomba atómica, lo que, por su parte, llevó a Pakistán a responder con el desarrollo de su propio programa nuclear militar. Por otra parte, la bomba israelí no podía estar sin equivalente en Oriente Medio: Irak buscaría tener su arma nuclear, al mismo tiempo que Egipto, Libia e Irán.

Al final se trata de la búsqueda de la dominación regional: en gran medida, el inicio del curso hacia la proliferación nuclear por competitividad regional se encuentra de manera indirecta -aunque no siempre- en los retos de seguridad que aparecen entre Estados de la misma zona geográfica. El programa nuclear de un Estado puede ser percibido por el otro como una política ofensiva y hostil. Esta realidad alimenta la obsesión de otros Estados en la región por su seguridad, desencadenando así una carrera armamentística.

Al mismo tiempo, los Estados de ese mismo ámbito geográfico pueden valorar la situación como una lucha por lograr la hegemonía regional, lo que puede alimentar en cada uno de ellos el deseo de buscar fortalecer su posición a través de la posesión de armamento nuclear, o abalanzarse en programas de modernización y mejora de su capacidad en este terreno.

Uno de los factores de tensión entre los Estados de la misma región es la lucha por la soberanía sobre el territorio regional. Esta última ha sido desde siempre una de las principales causas de crisis y controversias internacionales a lo largo de la historia. El valor del territorio reside en ser considerado por todos como un elemento constitutivo del Estado, una cuestión de legitimidad del mismo y, a su vez, un atributo de poder.

El mantenimiento de la integridad del territorio, y la incesante intención de aumentarlo, han protagonizado numerosos y, a veces, inacabados conflictos, sobre todo si se trata de porciones de territorio o partes de territorio con riquezas energéticas, acuíferas y una óptima situación estratégica. Entran también en estas consideraciones los factores de identidad de la población que reside en dicho territorio, como la cultura, religión, la etnia o la historia, entre otros (MARRERO ROCHA , 2004: 186-219). El claro ejemplo en este caso es el conflicto territorial entre India y Pakistán sobre la región de Cachemira. Esta disputa simboliza la construcción de las dos identidades nacionales, y entronca con las ideologías que subyacen a la creación de ambos Estados: uno laico en el caso de la India, en el que la presencia de la población musulmana es vista como la prueba de la viabilidad de un país plurirreligioso, y una República musulmana en el caso de Pakistán, que considera que la población que profesa esa religión debe pertenecer a su Estado. (BOQUERAT, 2010: 143-154).  

La tendencia a abandonar el uso físico de la fuerza convencional en estas luchas ha llevado en cierto sentido a desarrollar otro instrumento que crea más ventaja, presión y predominio, el arma nuclear. Asimismo, en algunas regiones, estos conflictos se extienden y contagian a otros Estados, lo que hace que la competitividad sea multilateral y multidimensional. Además, cabe señalar que, en la mayoría de estos casos, la rivalidad territorial lleva a competir en otros ámbitos como la influencia económica, política y cultural.

Por concepto de rivalidad regional no entendemos sólo –aunque sea lo más habitual- aquélla originada entre Estados que pertenecen a la misma región geográfica, sino también la que tiene un carácter geopolítico, donde fuerzas internacionales se disputan el liderazgo y predominio sobre zonas geográficas concretas en el mundo. A menudo, los objetivos de las potencias rivales son en primer orden de carácter económico, comercial y energético, pero también poseen naturaleza política y de seguridad.

De esta forma, la asistencia tecnológica y financiera que durante la Guerra Fría ofrecieron ambas Grandes Potencias a los Estados adversarios en competitividad regional resultó fundamental en los procesos de nuclearización de las nuevas potencias atómicas. Las rivalidades en cada zona regional del mundo también proliferaron, y llevaron a que los conflictos regionales y los programas nucleares de estos nuevos Estados proliferadores conocieran cambios y alteraciones constantes, dependiendo muchas veces de los intereses geopolíticos y estratégicos extranjeros, del alcance y límites del apoyo suministrado. Así, la intervención foránea en estas regiones ha fomentado la rivalidad, y la transformaba en conflictos de alcance internacional.

Interrumpir un programa nuclear nacional que ha surgido por motivos de rivalidad regional o geopolítica resulta muy complicado si atendemos a la consistencia y transcendencia de muchos de los elementos que han llevado a esa situación. En un conflicto regional, el problema no reside en el enfrentamiento en sí por una disputa tradicional entre dos Estados soberanos sobre un asunto claro y preciso, sino que se trata de la existencia de un entramado de factores y actores -internos y externos-, en el cual son características inherentes su carácter evolutivo, el cambio de formato y de posiciones.

En estos conflictos, los intereses de cada actor chocan con intereses de otros -que a veces consideran vitales-, poniendo en peligro la permanencia de los sistemas nacionales de gobierno, por lo que ninguna parte desea renunciar a su posición. Ejemplo de esto lo encontramos en Asia, donde los intereses económicos estadounidenses y de la Unión Europea en la región son importantes en términos de dependencia energética de esos Estados y la disputa comercial en esos mercados. A su vez, nos encontramos allí con Rusia y China, que se consideran a sí mismos potencias en ese gran continente y tienen intereses económicos concurrentes, además de ambiciones políticas y geoestratégicas. Por su parte, Irán, Pakistán e India intentan aprovechar sus potenciales territoriales, geográficos, humanos, culturales y religiosos para sacar el máximo provecho de esta situación tan complicada y convertirse en potencias internacionales.

Vista esta realidad, cabe afirmar que en estos casos las tensiones continuarán y la carrera nuclear entre los Estados en competencia se ha convertido en una de las principales preocupaciones internacionales, sobre todo porque resulta evidente la enorme complejidad de los elementos que intervienen en el mantenimiento de este tipo de rivalidades, y las dificultades que conlleva conseguir la superación de los mismos.

 

La nuclearización por consideraciones de prestigio e independencia

Las armas nucleares tienden a considerarse más fiables y más creíbles que los otros tipos de armas de destrucción masiva. En cierta medida, se les ha otorgado un mayor prestigio. Esto se debe tal vez a que su posesión requiere un nivel considerable de competencia tecnológica, y a que históricamente han pertenecido exclusivamente a las grandes potencias. Además, cabe señalar que hasta hoy en día no existe ninguna defensa eficaz contra las armas nucleares ni contra sus efectos, y ningún objetivo puede resistir ante un ataque atómico. (TULLIU, y SCHMALBERGER, 2003: 84-87).

Con cierta lógica, cuando nos sentimos seguros, nos permitimos hacer lo que queremos. Bajo esta perspectiva, la posesión de armamento nuclear confiere al Estado poseedor un estatus de independencia y libertad política, que permite a los Estados obtener protagonismo en la escena internacional. En este sentido nos preguntamos, ¿seguirían siendo Estados Unidos, Francia, Rusia, China y Reino Unido miembros permanentes del Consejo de Seguridad si no tuvieran armas nucleares? o ¿pediría India incorporarse como miembro permanente de ese órgano de Naciones Unidas si no dispusiera de armamento atómico?

La historia ha demostrado al mundo que contar con ese tipo de armas significa tener influencia en la escena internacional y garantizar la independencia del Estado. Como afirmaba un general francés en junio de 1995, Europa no existirá como tal hasta que se convierta en potencia atómica[5].

La consecución del arma nuclear por Estados Unidos fue también para poder ejercer el papel hegemónico en las relaciones internacionales del mundo de posguerra. Ante esta realidad, la Unión Soviética estimó necesario lanzar su programa nuclear para equilibrar su fuerza con Estados Unidos, y poder defender así sus intereses comunistas en otros lugares del mundo. 

Por su parte, para Francia y el Reino Unido, la idea de cada uno era el lanzamiento de un programa nuclear autónomo que les otorgara una ventaja cierta frente al resto de países, y un alto grado de influencia, prestigio y libertad de acción en sus relaciones regionales e internacionales. Con ella, pretendían equilibrar la decadencia de otros atributos de su poder, como por ejemplo su declive tras la pérdida de sus imperios coloniales y de su fuerza económica, y la búsqueda de un papel en la nueva sociedad internacional globalizada surgida durante la Guerra Fría.

A su vez, para India el objetivo principal de la adquisición de armamento nuclear y su mantenimiento se entiende por su aspiración a ser considerada una potencia mundial. De hecho, su flamante realidad como potencia nuclear le ha otorgado un prestigio político que ha contribuido a hacer de ella un actor de peso en la política mundial. Esto le ha motivado a solicitar incorporarse como miembro permanente al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en las mismas condiciones que el resto de miembros permanentes.

Mientras que el programa nuclear de Crea del Norte se enmarca más bien en la estrategia de independencia, y libertad política. Los constantes ensayos nucleares y de misiles que realiza Pyongyang se entienden como estrategia para confirmar su poder, y luego la confirmación de la continuidad del régimen.

Así, el arma nuclear ofrece a su poseedor el prestigio político que le permite ser reconocido como potencia o superpotencia internacional. De hecho, a pesar de los grandes cambios operados en plano de las relaciones internacionales –en especial en la posguerra fría-, la consecución del poder no ha dejado de ocupar un lugar preponderante en la convivencia interestatal. Incluso, no se puede negar –como hemos visto antes- el interés que aún mantienen los Estados en mejorar y aumentar sus atributos de poder para obtener mayores ventajas al relacionarse con otros países.

La política exterior de las naciones está marcada por la lógica del poder en el sentido más estricto de la palabra. Una mayoría de Estados son Partes en acuerdos y tratados internacionales, regionales y bilaterales sobre la no nuclearización, y además defienden una posición pacifista y reclaman el respeto de las libertades y la democracia. Sin embargo, al mismo tiempo estos Estados no renuncian a poseer este armamento para presionar y demostrar supremacía. Esta contradicción se explica por el valor estratégico adquirido por esta clase de armamento, considerado en ocasiones como único instrumento garante de la seguridad, independencia y paridad política. La posesión de esta arma confiere a su nación poseedora mayor autoridad y soberanía, mediante la búsqueda y el mantenimiento de un cierto prestigio en la sociedad internacional.

Es conocido que MORGENTHAU consideraba que la política de prestigio es una manifestación básica de la lucha por el poder en la sociedad internacional, y un objetivo de la política exterior de cualquier Estado (MORGENTHAU, 1960: 44-55). De este modo, el Estado que detente una posición de potencia internacional adquiere, indiscutiblemente, un mayor prestigio en la sociedad internacional. En este sentido, una ecuación buscada consiste entonces en hacer que los demás perciban a una potencia mediana como gran potencia -aunque esto no concuerde con la realidad-, para obtener así un mayor poder e influencia en las relaciones internacionales que le permita alcanzar los intereses deseados. MORGENTHAU definía el prestigio como el propósito de impresionar a otros Estados con el poder que una nación posee en ese momento, o con el poder que pretende que otros países crean que tiene (MORGENTHAU, 1960: 77).

Desde esta perspectiva, el prestigio se convierte no sólo en un objetivo, sino también en el producto más atractivo de cualquier política de poder, pues supone un valor añadido que ningún Estado desprecia. La búsqueda del prestigio internacional es una política basada en el incremento y mejora de los atributos de poder de un Estado, por lo cual no es suficiente con lo que se tiene en mano, sino que lo que crea la diferencia entre los Estados es su capacidad militar, el número de ojivas nucleares del que se dispone, el radio de acción de sus misiles…, etc. De ahí que poder y prestigio sean considerados el anverso y el reverso de la misma moneda, en un círculo cerrado que se retroalimenta a sí mismo: el prestigio otorga poder, y el aumento de la fuerza confiere prestigio.

Aunque el prestigio internacional de un Estado se manifiesta en varios niveles, como el diplomático, económico o cultural, el potencial militar no deja de ser fundamental a la hora de cuantificar dicho prestigio. Con la aparición del arma nuclear, los Estados que son capaces de fabricar dicho armamento adquieren una fuerza militar extraordinaria, sobre todo cuando sufren carencias en el ámbito convencional.

El arma nuclear ha reducido el proceso temporal largo y continuado que antaño se necesitaba para la consecución del prestigio requerido. Antes, el Estado tenía que demostrar de facto y de forma constante su poder efectivo, mientras que ahora le basta realizar el ensayo de un explosivo nuclear o de un misil balístico de largo alcance para acreditar el poder del cual disfruta.  

 

Conclusiones

Las experiencias de los primeros Estados nucleares han demostrado que la realización de un programa nuclear autónomo proporciona un alto grado de seguridad, influencia y libertad de acción en las relaciones internacionales y regionales. Esta realidad confiere a las armas atómicas un valor estratégico que supera a cualquier otro tipo de armamento. Así, es enorme la capacidad que posee el arma nuclear como medio para transformar la situación de cada Estado en la jerarquía de poderes existentes. El Estado nuclear posee la capacidad de disuadir cualquier ataque o intervención por parte de uno o varios Estados y, a partir de ese momento, el Estado en cuestión goza de una posición privilegiada para elegir qué tipo de relación desea mantener con terceros Estados. Por consiguiente, el arma nuclear es considerada por muchos Estados como la garantía última para poder evitar todo tipo de injerencia militar, económica o política en sus asuntos soberanos por parte de cualquier otro Estado.

Los Estados buscan siempre modernizar y aumentar sus capacidades militares, lo que significa que la búsqueda de poder y de supremacía persistirá y guiará sus políticas exteriores de seguridad y defensa. Las motivaciones de esta política son las mismas antes que ahora: la búsqueda de independencia en política exterior, de prestigio, poder, supremacía, dominación y liderazgo.

La historia militar muestra que ningún arma ha durado eternamente; así probablemente, las armas nucleares cederán también algún día ante la aparición de nuevos sistemas tecnológicos que consigan un equilibrio entre potencia y precisión, lo que hoy no podemos aventurar. Algunos pueden encontrarse ya en fase experimental, de modo que en algunas décadas sustituyan gradualmente al armamento nuclear.

El problema reside, en la inmensa potencia y capacidad destructiva de este tipo de armamento, lo que se traduce en el valor estratégico que ofrece a su poseedor. El claro ejemplo en este sentido es el hecho comparativo de que, mientras en los otros tipos de armas de destrucción masiva -químicas y biológicas- se han consolidado tratados para su prohibición y eliminación global, esto mismo no ha sucedido con el armamento nuclear. Es decir, si aparecen otras armas más potentes que las atómicas, es seguro que las propias potencias nucleares se lanzarán a dotarse de ellas, mientras que probablemente renuncien a la posesión del armamento nuclear, al quedar en parte obsoleto.

 

Anass Gouyez Ben Allal es Doctor en Derecho y Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid.

 

Referencias 

BOQUERAT, G, (2010), “Les relations indo-pakistanaises: retour sur une normalité conflictuelle”,Hérodote, Revue de géographie et géopolitique, n° 139, 2010.

MARRERO ROCHA, Inmaculada, (2004), Armas nucleares y Estados proliferadores, Universidad de Granada, Granada.

POTTER, William C., y MUKHATZHANOVA, G. (eds.), (2010), Forecasting Nuclear Proliferation in the 21st Century (dos volumenes), Stanford University Press, Stanford.

RUBIO POBES, Coro, (2010), “La ‘Diplomacia Atómica’ en la Guerra Fría y Estados Unidos. ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú”, en ídem (ed.), La historia a través del cine: Estados Unidos, una mirada a su imaginario colectivo, Universidad del País Vasco, Bilbao.

TERTRAIS, B., Défense et illustration de la dissuasion nucléaire, (2011), FONDATION POUR LA RECHERCHE STRATEGIQUE, n°05/201.

TULLIU, S. y SCHMALBERGER, T., (2003), En buenos términos con la seguridad: diccionario sobre control de armamentos, desarme y fomento de confianza, doc. UNIDIR/2003/33, The United Nations Institute for Disarmament Research (UNIDIR).

VILLALBA FERNÁNDEZ, Aníbal,  (2003), “La evolución del pensamiento estratégico”, en MINISTERIO DE DEFENSA (ed.), Fundamentos de la estrategia para el siglo XXI, Monografías del CESEDEN nº 67, Ministerio de Defensa, Madrid.


[1] Es una conclusión que se explica en un trabajo colectivo realizado desde el James Martin Center for Non Proliferation Studies del Monterey Institute of International Studies.

[2] Declaración del Presidente francés, Jacques Chirac, sobre la política de defensa de Francia, especialmente la disuasión nuclear, en Brest el 19 de enero de 2006. Puede consultarse su discurso completo en el siguiente enlace: http://discours.vie-publique.fr/notices/067000234.html (consultado el 23 de noviembre de 2014).

[3] Hemos traducido de la versión en inglés de la Doctrina, facilitada por World Politics Review, que procede del servicio BBC Monitoring: entrevista en Izvestiia, “Meniaetsia Rossiia, meniaetsia i ee voennaïa doktrina” [Rusia cambia, y la doctrina militar rusa cambia también], de 14 de octubre de 2009; y en la Rossiïskaïa Gazeta, de 20 de noviembre de 2009.

[4] Ese ataque fue condenado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas como una clara violación de la Carta de Naciones Unidas y “una grave amenaza para todo el régimen de salvaguardias del Organismo Internacional de Energía Atómica, que es el fundamento del Tratado sobre la no proliferación de armas nucleares” (puntos dispositivos 1 y 3) –Resolución 487 (1981), de 19 de junio de 1981-.

[5] Era el General Lucien Poirier, teórico de la disuasión nuclear (1918-2013).

Editado por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI). Lugar de edición: Granada (España). ISSN: 2340-8421.

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