La revolución de la Gran Guerra

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El campo de batalla, en la configuración que actualmente conocemos y estudiamos, nace en la Primera Guerra Mundial. Las trincheras, los bombardeos aéreos o artilleros, los carros de combate, las telecomunicaciones o los frentes que separaban físicamente el terreno dominado por cada contendiente son “novedades” (en su momento) que aparecen en la Gran Guerra.

En realidad, un oficial napoleónico que hubiera viajado en el tiempo a los campos de batalla de 1914 no estaría familiarizado con la tecnología del armamento, pero, en cambio, no se sorprendería por las tácticas y procedimientos empleados por los Ejércitos de la época; ese mismo oficial en 1918 sería incapaz de reconocer el campo de batalla, ni de entender la forma de combatir de esos mismos Ejércitos. Igualmente, un oficial actual comprendería sin dificultades las tácticas y procedimientos de 1918, pero los de 1914 le resultarían completamente ajenos (Bailey J. , 1997, pág. 11).

Otra de las principales consecuencias de la PGM fue la de poner de relieve un hecho fundamental: la potencia de fuego (consecuencia de la revolución industrial) había crecido exponencialmente, mientras que la movilidad y la protección de la Infantería y la Caballería seguían siendo esencialmente las mismas que las que tenían en tiempos de Napoleón.

Desde el Renacimiento, la Infantería había sido el “Arma principal del combate”: el resto de las Armas complementaban o apoyaban la labor de la Infantería, pero era este Arma la que desempeñaba el papel más importante en el combate, y de su actuación en el campo de batalla dependía casi absolutamente la victoria. Este papel de la Infantería se había mantenido invariable desde los tiempos del Gran Capitán hasta la época de Napoleón (pese a que el Emperador se vio obligado a incrementar constantemente su dotación de Artillería de Campaña, conforme descendía la calidad de su Infantería y, pese a la experiencia de un largo número de conflictos periféricos (Crimea, la Guerra de Secesión norteamericana, la Guerra Ruso-Japonesa…), parecía que seguiría siendo así en los albores del siglo XX.

Sin embargo, a partir de 1914, las cifras de bajas de los Ejércitos contendientes demostraron que esa era tocaba a su fin: como ejemplo, entre agosto y diciembre de 1914, el Ejército austríaco tuvo más de 900.000 bajas, cuando sus efectivos de tiempo de paz no superaban los 400.000; cifras similares en proporción aparecían en el Ejército francés, alemán o ruso… La repentinamente descubierta vulnerabilidad de las Armas de Maniobra (Infantería y Caballería) al fuego de fusilería y de ametralladora (pese a la citada experiencia de conflictos como la guerra ruso-japonesa de 1905) y el enorme incremento de la letalidad de la Artillería de Campaña supusieron en gran medida el fin de la consideración indiscutible de la Infantería como “Arma principal del combate”, siendo sustituida bien por la Artillería de Campaña -en el enfoque de “doctrina de desgaste”- o por el Arma Acorazada -en las “doctrinas de maniobra”-, conceptos que explicaremos en más detalle en post futuros.

Lo más relevante de esta cuestión es que, desde 1914 hasta hoy, la potencia de fuego en el campo de batalla ha continuado aumentando, debido a la evolución tecnológica. A la tradicional “Arma del fuego”, la Artillería de Campaña, se ha unido la Aviación. Junto a ellas, el resto de las Armas se han dotado de nuevos sistemas (ametralladoras, misiles, morteros, cohetes…), mientras que seguimos manteniendo unidades (la Infantería ligera, por ejemplo) con movilidad y protección similares a las de 1914 o, ahondando más en la Historia, a las de las tropas de Napoleón.

Para entender el alcance de este fenómeno, resulta muy útil analizar con algo más de detalle la evolución del combate, especialmente el de la Primera Guerra Mundial (conflicto del que cumplimos el centenario estos años), pues esta guerra es la “cuna” del combate moderno y supone un cambio radical en el empleo de todas las Armas que dura hasta hoy. En realidad, desde 1918 ha habido muy pocas innovaciones doctrinales “reales” de aplicación inmediata en la táctica.

Puede afirmarse que el fértil periodo de desarrollo doctrinal de las décadas de 1920 y 1930 (cuyas ideas todavía están vigentes) no es más que la profundización de ideas que nacieron durante la Gran Guerra, y que los desarrollos doctrinales posteriores han sido ulteriores refinamientos sobre las mismas ideas. Es cierto que han aparecido nuevas innovaciones tecnológicas, a las que los distintos Ejércitos se han adaptado con mayor o menor fortuna, pero – en líneas generales -, nuestras ideas tácticas siguen enraizadas en gran medida en las líneas básicas a las que se llegó en las etapas finales de la Primera Guerra Mundial, refinadas durante el periodo de entreguerras y puestas en práctica en grado variable en la Segunda Guerra Mundial y en los conflictos posteriores hasta llegar a nuestros días.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Eurocuerpo