La ofensiva y la defensiva antes de la Primera Guerra Mundial (tercera parte)

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El espíritu ofensivo no era exclusivo del Ejército francés. En Alemania la defensiva sufría el mismo menosprecio institucional. Pese a que, para Moltke, la clave de la victoria era la ‘ofensiva estratégica’ y la ‘defensiva táctica’, la unificación alemana se había logrado gracias a una serie de conflictos (con Dinamarca, con Austria y con Francia) en los que una actitud decididamente ofensiva había permitido alcanzar rápidas victorias, ante enemigos que, precisamente, se habían caracterizado por una actitud defensiva (y por escasa pericia militar). Al igual que los franceses, los alemanes pensaban que la actitud ofensiva parecía ser la más propia del tipo nacional alemán.

Además de estas consideraciones ‘neorrománticas’, el problema estratégico de la Alemania Imperial era curiosamente similar al que se planteaba en Francia. Los franceses temían a un vecino más poderoso, y consideraban que sólo la ofensiva podría darles una rápida victoria antes de que el peso demográfico y económico de Alemania se impusiera en el campo de batalla. Por su parte, los alemanes se veían atrapados entre dos potentes enemigos, Francia y Rusia, y consideraban que sólo una rápida victoria frente a Francia (considerado el más débil de sus enemigos) les permitiría concentrar sus recursos frente a Rusia.

Además, el Estado Mayor alemán estimaba que la movilización rusa sería mucho más lenta que la francesa, dado el tamaño del país y su escasa red ferroviaria. Los generales alemanes creían posible derrotar a Francia antes de que Rusia acabase su movilización, pero ese razonamiento implicaba que el inicio de la movilización rusa tendría que desencadenar automáticamente el ataque alemán sobre Francia. Como los franceses, la conclusión era que sólo la ofensiva les proporcionaría una posibilidad de victoria. Sin embargo, la necesidad de contener a Rusia en el este mientras se derrotaba a Francia hizo que se adoptasen algunas tímidas medidas defensivas, como la mayor dotación de ametralladoras de la Infantería alemana. En realidad, los franceses compartían el análisis alemán, y, en los años previos a la Primera Guerra Mundial, en el marco de la alianza ruso-francesa, invirtieron grandes sumas en la mejora de la red ferroviaria rusa, con la idea de acelerar las capacidades rusas de movilización.

La guerra ruso-japonesa de 1905 fue objeto de un detallado análisis por parte alemana. La conclusión de estos trabajos fue que el armamento moderno hacia muy costosos los ataques en campo abierto, conclusión que ponía en tela de juicio la actitud ofensiva del Ejército alemán (y la propia estrategia de supervivencia de Alemania en caso de un conflicto europeo). La solución –aportada por el propio Schlieffen– fue evitar los combates estáticos (como los efectuados en la guerra ruso-japonesa) mediante la movilidad constante de las unidades… Esta solución, sin embargo, exigía la existencia de espacio despejado para maniobrar. En realidad, pocos podían prever antes de 1914 el establecimiento de frentes continuos fortificados que impidieran la maniobra: esa situación carecía de precedentes en la Historia militar.

A diferencia de los demás Ejércitos beligerantes, en el caso alemán la innovación táctica se consideraba como un problema institucional, en el que todo el personal, de cualquier empleo, estaba plenamente implicado, y no como la tarea específica de un grupo más o menos seleccionado de especialistas. Como consecuencia, existía una gran facilidad para proponer soluciones a los problemas tácticos a cualquier nivel. Estas ideas se evaluaban rigurosamente y, si eran aceptadas, se difundían rápidamente al conjunto del Ejército. En consecuencia, el Ejercito Imperial alemán estaba mucho mejor preparado que la mayoría de sus contemporáneos para innovar en el plano táctico, lo que facilitó el rápido desarrollo durante el conflicto de una eficaz doctrina defensiva apenas existente antes de 1914.

En el caso del Reino Unido, es necesario citar que el Ejército británico de 1914 estaba singularmente mal preparado para una guerra europea. La mayoría de los Regimientos actuaban como ‘policía colonial’ en los distintos rincones del Imperio Británico, especializándose cada uno de ellos en las peculiaridades del combate en su zona. En consecuencia, no había doctrina ni procedimientos normalizados. Sin embargo, sí existía un elemento común: la reducida potencia de fuego de los rebeldes en los distintos puntos conflictivos del Imperio.

Desde el final de la Guerra de los Bóer (1899 – 1902), los británicos se habían enfrentado a rebeliones locales llevadas a cabo por tribus o ejércitos absolutamente anticuados en organización y muy mal dotados de armamento. Para solventar estas crisis locales, bastaban unas pocas unidades de Infantería, respaldadas en los casos más serios por algunas piezas artilleras ligeras… Este tipo de conflictos solían resolverse con una decidida intervención ofensiva que se saldaba, en general, con muy pocas bajas entre los soldados británicos. Por ello, los británicos carecían de ninguna experiencia en el combate de alta intensidad hacia el que se encaminaba Europa, pero mantenían una actitud general ofensiva.

El caso español era similar al europeo, con ciertas particularidades. Ya desde la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), los militares españoles eran conscientes de la potencia del fuego que el armamento moderno otorgaba al defensor. El desarrollo de los combates durante esta guerra ya había obligado a la adopción del orden abierto, y a un interés relativamente excepcional en la Europa de la época, en las técnicas de fortificación en campaña: el Ejército español adoptó la costumbre de fortificar inmediatamente cualquier posición ocupada; de la misma manera, los efectos del fuego de Artillería sobre las fortificaciones de perfil elevado llevaron a la adopción regular de trincheras como forma preferente de fortificación de campaña, experimentando con diferentes disposiciones, profundidades y anchuras. Como consecuencia, la doctrina de 1881 especificaba  que:

 “[como consecuencia]… del alcance, de la precisión, de la tensión de la trayectoria y de la rapidez del tiro del fusil actual, el fuego es el medio principal y casi exclusivo de combate para las tropas que están en primera línea”.

Esta idea continuó dominando siguiente edición de la doctrina, de 1898. En cierta manera, esta orientación defensiva explica la pasividad de las tropas españolas desplegadas en Cuba frente a los norteamericanos en 1898: el Ejército español se limitó a esperar los ataques de los norteamericanos, confiando en que el desgaste que sufrirían frente al fuego defensivo español sería la clave de la victoria. Y, en principio, los combates de El Caney de las Lomas de San Juan parecían justificar esta creencia: las bajas norteamericanas más que doblaron a las españolas. Sin embargo, esta pasividad hizo que la superioridad numérica terrestre por parte española fuese irrelevante en el resultado final de conflicto.

Como veremos en el caso de los norteamericanos en Vietnam, la derrota en Cuba y Filipinas supuso un trauma institucional para el Ejército español. La reacción fue la de ‘olvidar’ todo lo que tuviese que ver con ambos conflictos: se condenó al olvido la enorme experiencia en contrainsurgencia adquirida en ambos teatros (lecciones que tuvieron que ser penosamente aprendidas de nuevo en Marruecos pocos años después), pero también se renunció a un análisis doctrinal del conflicto. Después de Cuba, el Ejército español se limitó a copiar de forma bastante acrítica las doctrinas en boga en Europa. No es sorprendente que la reacción del Ejército español fuese la de sumarse a la moda europea de la ‘ofensiva a ultranza’.

En conjunto, es posible afirmar que la eficacia del fuego defensivo sobre las unidades de Infantería atacantes era un hecho comúnmente aceptado en todos los Ejércitos europeos, pero se consideraba más que un impedimento para la maniobra, un obstáculo que debía y podía ser vencido por un atacante dotado de superiores valores morales.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Eurocuerpo.