La intervención de Rusia en Siria. El Daesh sirve de nuevo como excusa

Versión para impresiónVersión para impresión

Para un estratega solo hay algo más temible que un enemigo inminente, y ese algo es el vacío. El enemigo declarado es al menos una amenaza definida, de la que se conocen sus principales fortalezas y debilidades, pero el vacío es simplemente incertidumbre. Nadie sabe lo que puede surgir del caos, o quién ocupará el espacio vacante. Y gestionar la incertidumbre nunca ha sido trabajo fácil.

La intervención rusa en Siria aprovecha el vacío dejado en Oriente Medio por el desinterés norteamericano, y por la deficiente ejecución de las operaciones diseñadas en Washington para influir en la resolución de la crisis. Desde el inicio de su mandato Obama se ha esforzado por desenganchar a su país de Oriente Medio, rompiendo así una línea estratégica que se inició con Jimmy Carter a finales de la década de 1970, cuando las sucesivas crisis del petróleo obligaron a Washington a convertir la región en escenario prioritario de su política exterior.

Más de treinta años después, y tras unos resultados decepcionantes, Obama piensa que el interés de Estados Unidos se encuentra muy lejos de Irak, Siria o la Península Arábiga. La intervención norteamericana en la última década ha traído más inestabilidad que orden, algunos aliados tradicionales como Turquía y Egipto han tomado derivas problemáticas y otros, como las monarquías de la Península Arábiga, difícilmente pueden ser considerados ya como socios fiables. Con la tecnología del fracking proporcionando autonomía energética en Estados Unidos, y la economía estadounidense menos dependiente de las inversiones procedentes del Golfo, Obama piensa que ha llegado el momento de cambiar de prioridades y mirar hacia el Pacífico. Sin embargo, la situación de caos dejada en la región por las intervenciones norteamericanas no permite un fácil desenganche. Y da pie a magistrales oportunistas como Vladimir Putin para aprovecharse del río revuelto.

Las noticias de unos resultados dudosos en la campaña de bombardeos contra el Daesh, que aparecieron en prensa durante el verano, fueron seguidas en septiembre por el reconocimiento del fracaso en los programas de entrenamiento y equipamiento de la oposición siria liderados por Estados Unidos, que han sido finalmente cancelados en octubre.

Moscú ha aprovechado rápidamente el momento de indefinición para, mediante una intervención no demasiado costosa, conseguir varios objetivos estratégicos. Algunos se enmarcan dentro del interés directo del Kremlin, como mantener a su único aliado fiable en Oriente Medio y las únicas bases navales en el Mediterráneo fuera del Mar Negro, en un momento en el que el debilitamiento del régimen de Al Assad amenazaba con un colapso inminente. Además, enel Daesh militan una apreciable proporción de combatientes caucásicos, que es evidente adónde van a dirigirse una vez finalizados sus servicios en Siria e Irak.

Otros objetivos son más indirectos, y se enmarcan en la promoción de la imagen internacional del régimen de Vladimir Putin. Aparecer como parte de la solución en un conflicto que amenaza a Europa parece una compensación razonable después de la desestabilización y la alarma que ha producido el conflicto en Ucrania. Por otro lado, justificar la intervención rusa en el fracaso norteamericano es algo que debe causar especial regocijo tanto a Putin como a una parte importante de la población rusa. Y presentar a Rusia como un aliado fiable y eficiente frente a la aparente debilidad e ineptitud norteamericana, un argumento que curiosamente era el favorito de los dirigentes de la desaparecida Unión Soviética, debe verse en Moscú como la quintaesencia de su renacimiento como actor estratégico global.

Hay que reconocer que la intervención ha sido diseñada con habilidad y, pese a las críticas vertidas en muchos medios de comunicación, presenta muy pocos riesgos para las fuerzas rusas. Un contingente pequeño, esencialmente aéreo, que solo incorpora un puñado de aparatos realmente modernos, pero con suficientes sistemas de protección para hacer improbable un derribo por la primitiva defensa aérea de los rebeldes; una actuación en apoyo directo de las tropas de Assad, con sus apoyos de Hezbollah y sus asesores iraníes, que hoy por hoy son quienes han mostrado un mayor grado de profesionalidad en el conflicto; una concentración del esfuerzo en las zonas que representan una mayor amenaza para el régimen de Al Assad y una estrecha coordinación con las fuerzas terrestres. Economía de medios, concentración de esfuerzos, apuesta por un bando fiable y realismo. Quizás algunas de las cualidades que han faltado en la intervención liderada por Estados Unidos.

El único problema es que el Daesh no es ni mucho menos el objetivo prioritario de los ataques. Quizás lo sea en un futuro, pero de momento lo que amenaza realmente al régimen sirio es la combinación del Ejército Libre Sirio y el Frente Al Nusra, que han realizado sustanciales avances en los últimos meses en el Noroeste sirio, en las provincias de Idlib, Hama y Latakia. Los progresos han sido posibles gracias a un refuerzo del apoyo recibido de las monarquías del Golfo, y probablemente de Turquía, desesperadas por el giro de Obama hacia Irán y por la resistencia del régimen de Damasco.

En consecuencia, los ataques aéreos rusos se han dirigido esencialmente contra la oposición que con cierta ligereza se denomina “moderada”, y se han combinado con operaciones terrestres de las fuerzas del régimen para intentar recuperar al menos parte del terreno perdido en la primera mitad del año. Paradójicamente, el Daesh también se ha beneficiado de los bombardeos rusos. El debilitamiento de otros grupos opositores, y la necesidad de concentrar fuerzas en el Oeste para enfrentarse a la ofensiva gubernamental, han permitido al Daesh progresar en el Este.

En realidad, los avances del Daesh no preocupan excesivamente en Moscú ni en Damasco ni en Teherán. Al Assad sabe que la comunidad internacional preferirá mantener su régimen antes que dejar Siria a merced del Califato. Sin embargo, el resto de la oposición goza de apoyos internacionales reales, y supone la principal amenaza para su supervivencia. Así pues, la situación final deseada para la intervención rusa sería una simplificación del conflicto en Siria, buscando una marginalización de la oposición al régimen distinta al Daesh. Si esto tiene éxito dejaría a al-Assad enfrentado directamente con Al Baghdadi, un duelo en el que la comunidad internacional no tendrá más remedio que tomar partido por el primero. Putin es un estratega que juega fuerte con cartas mediocres, y probablemente sus apuestas excesivas acabarán con él tarde o temprano. Pero es justo reconocer el evidente talento de muchas de sus jugadas.

Finalmente, la intervención rusa en Siria tomando como excusa al Daesh es un ejemplo más de un fenómeno preocupante: casi todos los actores en la crisis de Oriente Medio se sirven del Daesh de una u otra forma, pero preferentemente como excusa para justificar acciones en su propio beneficio. Rusia para apuntalar el régimen de Al Assad, Irán como justificación de su expansión en la región, el gobierno iraquí para marginalizar aún más a la población sunní, Turquía para saldar cuentas con el PKK, las monarquías del Golfo para justificar su apoyo a opciones islamistas no menos radicales… y así podríamos seguir. Sin duda el Daesh es un actor útil para muchos gobiernos, que no han aprendido nada de la nefasta experiencia europea sobre la utilización de aberraciones políticas e ideológicas para conseguir beneficios geopolíticos. Hitler también fue útil para muchas capitales europeas hasta que el experimento escapó a todo control. Esperemos que la racionalidad termine por imponerse, y que sepamos diferenciar lo que es una amenaza existencial de simples rivalidades geopolíticas.