La Infantería como arma principal en combate

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Desde los tiempos de las Legiones romanas la Infantería ha sido el Arma que ha dominado el combate, con escasas excepciones en el tiempo (la preponderancia de la Caballería pesada medieval, por ejemplo) y en el espacio (como fue el caso del dominio de las hordas montadas en Asia Central, y sus victorias frente a chinos o persas). Sin embargo, desde la Primera Guerra Mundial, este dominio ha estado discutido: durante ese conflicto, en los victoriosos Ejércitos aliados se imponen tácticas de combate basadas en el fuego de Artillería y/o Aviación.

Posteriormente, después de la victoria alemana sobre Francia en 1940, el Arma Acorazada parece tomar el relevo como elemento central de la doctrina de combate occidental (aunque los aliados occidentales – norteamericanos, británicos y franceses - continúan asignando un papel fundamental a los fuegos artilleros y aéreos). Tras algunos conflictos poco decisivos sobre el papel de la Infantería en el combate moderno (como la Guerra de Corea o la de Indochina), las guerras árabe-israelíes y posteriormente los conflictos entre Irak y Estados Unidos en 1991 y 2003, parecen confirmar el papel dominante del Arma Acorazada. Por otra parte, las operaciones de estabilización en los Balcanes, en Irak o en Afganistán revalorizaron el papel de la Infantería ligera. Sin embargo, estas operaciones de estabilización no pueden considerarse como conflictos ‘de alta intensidad’, pese a episodios locales y puntuales.

Aunque algunas doctrinas siguen considerando a la Infantería como ‘Arma principal del combate’, en muchos casos esa ‘Infantería’ comprende tipos de unidades notoriamente diferentes de los Batallones de Fusileros característicos de la Infantería ‘tradicional’.

La Infantería ligera tiene una característica fundamental: la austeridad logística. Los Ejércitos basados en la Caballería siempre han tenido su ‘talón de Aquiles’ en el enorme consumo de forraje y agua del ganado: un caballo come, en peso, como diez hombres. En consecuencia, un Ejército basado en la Caballería debe ser de tamaño reducido (lo que disminuye su capacidad de combate), o bien debe disponer de forraje y agua abundantes de forma natural (lo que reduce su zona de acción a las zonas geográficas que reúnen estas condiciones, como las estepas de Asia Central o, en Europa, las llanuras de Panonia, cuyos límites geográficos coinciden significativamente con los de la expansión de hunos o mongoles), o bien precisan de un potente apoyo logístico muy difícil de proporcionar (caso de las operaciones del Cuerpo Montado británico en Palestina en 1917, en el que hubo que construir una línea de ferrocarril específica para suministrar forraje a las unidades montadas).

Tradicionalmente, el apoyo logístico ha limitado el radio de acción de las unidades a lomo, pues este apoyo precisaba de más ganado para el transporte de los víveres y el agua, ganado que a su vez comía y bebía, lo que hacía que, a partir de una cierta distancia, los animales de transporte consumieran en total más víveres de los que podían transportar; esta distancia marcaba el límite del apoyo logístico que se podía proporcionar, e impedía las operaciones a partir de ella. En escenarios extremos, en operaciones de Infantería en las que la logística se basaba en porteadores (caso de las operaciones en África Central durante la Primera Guerra Mundial), se producía este mismo efecto, simplemente sustituyendo el consumo de los animales por el de los porteadores.

Además de la citada autonomía logística, la Infantería tiene la capacidad de moverse y combatir sobre todo tipo de terrenos. Esto le permite actuar en terrenos vedados a la Artillería (dependiente de la movilidad de sus piezas y del apoyo logístico – especialmente, para el municionamiento – imprescindible para su empleo), y difíciles para la Caballería. Por esta misma característica puede combatir en zonas urbanas, boscosas, montañosas… Esta característica era común a (casi) toda la Infantería hasta la Gran Guerra y sigue siendo cierta en la Infantería ligera actual.

La Infantería tiene también la posibilidad de dispersarse más o menos sobre el terreno, alcanzando una mayor o menor densidad de ocupación, según sea necesario. Obviamente, cuanto menor sea esa densidad, menor será también la capacidad de combate en cada lugar. Sin embargo, en entornos de amenaza limitada, esa característica de la Infantería le permite controlar grandes extensiones de territorio con el mínimo de personal.

Esta propiedad la diferencia de otras Armas, que concentran su potencia de combate en un número limitado de ingenios (cañones, obuses, carros de combate…), que no pueden dividirse y que, en muchos casos, deben encontrarse relativamente próximos por cuestiones tácticas (como era el caso de la Artillería de Campaña, cuya dispersión estaba limitada por el reducido número de elementos de cálculo de tiro, que obligaba a las piezas a hacer fuego desde zonas muy próximas, reunidas por Baterías), o logísticas (dependencia de un número limitado de elementos de mantenimiento o abastecimiento). Esta posibilidad de dispersión en entornos de baja amenaza hace a la Infantería ligera muy útil en operaciones en las que sea necesario controlar el terreno, pero donde la amenaza sea limitada, como es el caso de las de contrainsurgencia o estabilización.

La aparición de la pólvora introduce un nuevo factor en el combate: el ‘fuego’. Desde que se empiezan a producir armas de fuego prácticas (dotadas de cierta movilidad y precisión), siempre ha existido la tendencia de pensar que el fuego puede convertirse en el elemento clave que permita alcanzar la victoria en el campo de batalla. Sin embargo, sólo a partir de la Revolución Industrial las armas de fuego alcanzan un desarrollo suficiente como para desafiar la preponderancia del infante dotado de armas blancas.

La consideración de la Infantería de ‘Arma principal’ se ha traducido por un lado en que el resto de las Armas ‘trabajan para ella’, y por otro en la necesidad de dotar a la Infantería de los medios que le permitan alcanzar la decisión en el combate. Aunque su origen está en la necesidad de unir en un solo arma la pica y el mosquete, la invención de la bayoneta hacia 1690 tuvo mucho que ver con la necesidad de dotar a la Infantería de armas resolutivas: la imprecisión y reducida cadencia de fuego de las armas de pólvora negra contribuyó también a que se complementase el mosquete con la bayoneta, el elemento capaz de conseguir desalojar o matar al enemigo. En realidad, los choques a la bayoneta eran poco frecuentes, aunque tenía un importante efecto psicológico. En efecto, prácticamente hasta 1914, la Infantería tenía que recurrir al choque físico con las fuerzas enemigas para alcanzar la victoria.

Con respecto al fuego, la Infantería ligera tiene además otra característica casi única: puede ‘dosificar’ hasta el extremo el nivel de violencia que puede ejercer. La Infantería actual dispone de un abanico de armas que abarca desde algunas moderadamente pesadas (como los morteros, los ‘cañones de Infantería’ o los misiles contra-carro) hasta la posibilidad de emplear medios no letales (medios de control de masas) o medios letales ‘individualizados’ (como es el fuego de fusilería o la bayoneta). Por comparación, la Artillería sólo dispone del fuego de sus piezas, o la Aviación de las armas lanzadas desde sus aviones.

En ambos casos son medios de gran potencia y de una precisión incomparablemente menor que la de un fusil disparado a corta distancia. Es importante recordar que la victoria, en cualquier tipo de conflictos, reside en la capacidad de ‘ejercer presión sobre los ciudadanos y su vida colectiva’. La combinación de la capacidad de dispersión de la Infantería con la de dosificar la violencia hasta el extremo confiere a la Infantería ligera una capacidad inigualada para ejercer esa influencia, ‘gestionando’ eficazmente la violencia. Esta capacidad de ‘gestión de la violencia’ es la que hace a la Infantería ligera casi insustituible en aquellas misiones en las que sea necesario proteger a la población civil (estabilización, contrainsurgencia…) o imponer un orden político determinado. Sin embargo, su relativamente escasas movilidad y protección hacen que su vulnerabilidad en entornos de alta amenaza sea muy elevada, requiriendo adoptar medidas que reduzcan esa vulnerabilidad.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Eurocuerpo