La evolución de la doctrina militar norteamericana en el periodo de entreguerras (I)

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La experiencia europea del Ejército norteamericano en la Gran Guerra podría haber supuesto un cambio radical en sus tendencias doctrinales, que, sin embargo, no ocurrió. Tras el conflicto, las Fuerzas Armadas norteamericanas sufrieron un proceso de desmovilización muy acusado, acompañado de grandes restricciones presupuestarias. La nueva situación internacional no parecía apuntar a ningún nuevo gran conflicto que pudiera afectar a los Estados Unidos, por lo que no se consideraba prioritaria ninguna inversión en defensa.

Junto a estos factores, es importante tener en cuenta que la cultura militar del U.S. Army entraba en conflicto con el tipo de combate desarrollado en Europa: en 1939, el Ejército norteamericano contaba con ciento sesenta y tres años de existencia, de los que sólo había combatido contra Ejércitos regulares durante trece años (la Guerra de Independencia, la intervención en México, la Guerra Civil y la Guerra Hispano-Norteamericana), mientras que los ciento cincuenta años restantes correspondían a las guerras contra los indios. Como consecuencia, la cultura militar norteamericana tendía a operaciones muy móviles, en terrenos abiertos con poca infraestructura, empleando unidades muy pequeñas y logísticamente austeras y con muy poca importancia de los apoyos, combatiendo contra enemigos militarmente débiles y poco avanzados.

En consecuencia, las lecciones de los campos de batalla europeos se olvidaron con cierta rapidez. En 1919 el U.S. Army organizó un grupo de trabajo para estudiar las lecciones aprendidas en la Gran Guerra. Sus conclusiones fueron, en cierta medida, sorprendentes: para ese grupo de trabajo, la parálisis de la maniobra se debió a la falta de agresividad en ambos bandos, mientras que aconsejaba que la Infantería fuese lo más independiente posible de las ‘Armas auxiliares’, pues ‘la confianza en esos apoyos tendía a menoscabar la iniciativa’. Finalmente, el grupo de trabajo recomendaba el retorno a la open warfare, lo que da una idea de lo poco enraizada que estaba en la cultura militar norteamericana la experiencia de combate en suelo europeo.

Adicionalmente, el General Pershing (ahora Jefe de Estado Mayor del Ejército), opinaba (como muchos de sus contemporáneos) que la situación del Frente Occidental de la Gran Guerra era excepcional e irrepetible: por un lado (y a semejanza de los británicos), desde un punto de vista político-estratégico, no se consideraba probable una nueva guerra europea (y, en cualquier caso, Estados Unidos no tenía intereses que le llevaran a intervenir en ella, caso de producirse); por otro, desde el punto de vista doctrinal, el éxito de las ofensivas aliadas de 1918 parecía apuntar a que los nuevos medios (carros de combate y aviación, esencialmente) y las refinadas tácticas de la methodical battle hacían obsoletas las fortificaciones estáticas.

La improbabilidad de una guerra europea llevó al Gobierno norteamericano a reconsiderar la utilidad futura de su Ejército. Sin la necesidad de intervenir en Europa y sin imperio colonial terrestre que defender, el Ejército norteamericano intentó justificar su existencia en la defensa de su territorio continental. Las fronteras norteamericanas se caracterizaban por su enorme extensión y por estar casi completamente desprovistas de vías de comunicación. En consecuencia – y en coherencia con la cultura militar descrita - el Ejército norteamericano intentó ‘aligerar’ la estructura de sus Divisiones, con el fin de hacerlas más móviles y más austeras, optando por un modelo muy similar al de 1917, pero reduciendo el tamaño de las Compañías (que pasaron de cuatro Secciones a tres), de los Batallones (de cuatro Compañías a tres) y eliminando el Grupo de 155 mm del Regimiento de Artillería (se consideraban piezas demasiado pesadas para un combate que se esperaba, nuevamente, móvil). La idea de operar en zonas dotadas de escasas infraestructuras hizo que los norteamericanos retuviesen una cantidad importante de caballos hasta bien entrados los años 30.

La previsión de operar en territorio continental norteamericano hizo que el interés del Army por los carros de combate fuese muy limitado: se consideraban ingenios destinados a apoyar a la Infantería en la apertura de brechas en unas líneas fortificadas que, según preveían, no se llegarían a construir en sus posibles escenarios de empleo. A imitación de Francia, la Defense Act de 1920 asignaba los carros de combate a la Infantería. De hecho, el reglamento de 1923 (Provisional Manual of Tactics for Large Units) establecía taxativamente que la función de los carros y de la Aviación era la de apoyar la maniobra de la Infantería a pie. En realidad, este reglamento era una traducción casi literal de su equivalente francés de 1921.

A partir de 1935, las Fuerzas Armadas recibieron un importante aumento presupuestario, como reflejo del incremento general del gasto público del Gobierno de Roosevelt, en el marco de su política de incentivos a la industria norteamericana como forma de superar la Gran Depresión de 1929. Casi por primera vez desde el final de la PGM, el U.S. Army disponía de fondos para reorganizarse.

En el marco de la citada mejora presupuestaria, el U.S. Army emprendió una reestructuración general de sus unidades. Esta reforma cambió en profundidad la organización de sus Divisiones, adoptando una estructura general en la que cada nivel disponía de tres elementos de maniobra subordinados y uno de apoyo (por ejemplo, cada Compañía contaba con tres Secciones de Fusiles, más una de Armas de Apoyo, cada Batallón con tres Compañías de Fusiles más una de Apoyo, etc.). En el marco del deseo de mantener la movilidad, las Secciones no recibieron armas más pesadas que los fusiles automáticos BAR (Browning Automatic Rifle, una ametralladora ligera alimentada por cargadores y de baja cadencia de tiro), ni las Compañías armas superiores al mortero de 60 mm., y las primeras armas contracarro (cañones de 37 mm) se encontraban en las Compañías de Apoyo de los Batallones. En consecuencia, la Infantería norteamericana tenía una potencia de fuego muy inferior a la de las Infanterías europeas, mejor dotadas en ametralladoras, morteros y otras armas de apoyo (‘cañones de Infantería’, cañones contracarro…), especialmente a nivel Sección y Compañía. Por otra parte, el aligeramiento del equipo de las pequeñas unidades de Infantería no mejoraba la movilidad del conjunto de la División, pues los elementos de apoyos más pesados y menos móviles seguían estando presentes, solo que centralizados en niveles de mando superiores.

La percepción norteamericana de que la guerra de trincheras estaba superada llevó también a reducir en gran medida las unidades de zapadores de las Divisiones (se llegó a considerar su completa desaparición) y solo la presión del Cuerpo de Ingenieros y el análisis de las operaciones en Francia en 1940 permitieron que la División retuviese un Batallón de Zapadores.

La Artillería de Campaña siguió el esquema triangular con tres Grupos de Artillería ligeros (inicialmente con cañones Schneider 75 mm, posteriormente con obuses M-101 de 105 mm.), dedicados al apoyo directo a cada una de las tres Brigadas de la División, y un Grupo pesado (con obuses de 155 mm) para apoyo general y contrabatería.

La Artillería antiaérea, los carros de combate o las armas pesadas contracarro se mantenían centralizadas en niveles de Cuerpo de Ejército y superiores. En realidad, esta centralización ocultaba en cierta medida una falta de interés: los posibles escenarios de empleo del Army hacían poco probable el empleo de estos medios, para los que no había ideas doctrinales claras.

Carlos Javier Frías es Teniente Coronel del Ejército de Tierra español, destinado actualmente en Cuartel General del Ejército de Tierra