La estrategia china de alta mar

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De un tiempo a esta parte proliferan los análisis que apuntan a la potenciación de las fuerzas armadas chinas y sus motivaciones. Las hipótesis van desde la búsqueda de estatus o la postulación a una hegemonía regional (todavía queda lejos la postulación a una hegemonía mundial) hasta, simplemente, la negación de acceso a sus áreas de influencia a la gran potencia estadounidense. Esta tercera lectura, es de hecho, la más prudente. O la más modesta. Ahora bien, todavía deja sin responder la cuestión fundamental acerca de qué considera China como su “área de influencia”.

A su vez, la valoración de esta cuestión no puede quedar circunscrita a la subjetividad del analista. Como tampoco a las declaraciones oficiales chinas. La respuesta debe buscarse -como siempre en ciencias sociales- en datos objetivables. En esta línea, la sensación de “amenaza” que pueda despertar el creciente gasto en defensa chino suele exagerar la realidad. Pero, por otro lado, no es menos cierto que la insistencia china en su adhesión a los principios de coexistencia pacífica entre los pueblos suele enmascarar una realidad que es bastante menos plácida de lo que eso da a entender.

Como en tantos otros órdenes de la vida, ocurre que la verdad está ubicada en algún punto intermedio de esa escala de grises que jalona el tránsito entre el blanco y el negro. Ocurre que la agenda nacional china contiene algunos ítems irrenunciables que condicionan su política exterior. Pensemos en el caso de Taiwan (sobre todo). Pero quizá habría que añadir algunos contenciosos que tienen por objeto islas de soberanía en disputa con países vecinos (Japón y Filipinas, principalmente). Porque la presencia de la US Navy en la zona, en beneficio de quienes mantienen abiertos contenciosos con Pekín, conlleva automáticamente una presión para que la doctrina del Ejército Popular arrecie en el desarrollo de sus medios de A2/AD (anti-access/area-denial).

Ahora bien, más allá de estas consideraciones, el auténtico reto de China es estructural, pero no tan delimitado geográficamente. O, si se prefiere, geopolíticamente. Me refiero a que la dinámica de crecimiento económico de los últimos lustros, además de convertir al dragón en un importador neto de hidrocarburos y de metales raros, lo ha convertido –debido a esa misma inercia– en un país tremendamente vulnerable ante cualquier bloqueo y/o chantaje de otros actores internacionales. ¡Waltz, siempre Waltz! Y, desde ese mismo instante, otros retos se insertan en su agenda.

Porque desde ese momento ya no se trata de “desincentivar” mediante cierta capacidad disuasoria a los EEUU. Ya se trata de defender las rutas de acceso de sus propias importaciones. En su caso, lejos de los puertos chinos. E incluso muy lejos de los mismos. Lo que ya se puede constatar es la transición de una estrategia del tipo Near Cost Capabilities (vigente hasta los años 80) a una del tipo Near Seas Active-Defense capabilities (oficialmente vigente a día de hoy). La segunda es la que mejor acoge la lógica A2/AD, sobre todo si tenemos en cuenta que entre sus elementos estrella están los submarinos y los misiles anti-buque de largo alcance DF-21. Entonces, la única pregunta que queda por hacer es la de cuándo se pasará a una estrategia del tipo Far Seas (digo “cuándo” porque el hecho en sí es difícilmente evitable). Y una posible respuesta puede llegar por vía inductiva, es decir, analizando la disponibilidad de los medios que pueden conducir hasta ella.

En esta línea, China está llegando a acuerdos que le posibiliten soslayar el bloqueo en potencia que sus costas sufren por parte de las fuerzas armadas estadounidenses, bien posicionadas en sus bases militares ubicadas en Japón, Filipinas o Singapur. Por no hablar del rol que, en la peor de las hipótesis (peor, pero ya no inverosímil) pueda llegar a jugar una India que acerca posturas con Washington a marchas forzadas. Para ello Pekín ha constituido el a veces definido como “Collar de perlas”, una red que le ha permitido disponer de facilidades portuarias en Irán y Pakistán (a la salida del estratégico estrecho de Ormuz), en Sri Lanka o en Birmania. Pero ese collar podría deshilvanarse con suma facilidad si no se desarrolla la Flota necesaria para asegurar el tránsito entre sus piezas. Los chinos son conscientes de ello y están avanzando en esa dirección.

Pero el músculo naval crece lentamente. Sí. Sabemos que eso de crear una flota no es cosa de cuatro días. Y mucho menos de improvisaciones. A su vez, la construcción de portaaviones o de un núcleo duro para la guerra anfibia tiende a superar la noción de A2/AD. Y más bien apunta hacia una auténtica estrategia del tipo Far Seas. Lo mismo podría decirse del programa de construcción de nuevas fragatas y destructores, que son unidades vocacionadas a desempeñar operaciones oceánicas, ya sea como escoltas de las Task Forces constituidas a partir de los buques citados en primer lugar, ya sea como perros guardianes de los rebaños de buques de transporte de líquidos, de sólidos y de crudos que traten de alcanzar puertos amigos.

La cuestión es que los programas chinos avanzan más lentamente que lo que puede dar a entender el crecimiento exponencial de su economía o, directamente, de su presupuesto de defensa. Por el momento, cabe notar la entrada en servicio de un viejo portaaviones ex soviético cuya capacidad como sistema de armas es notablemente inferior a la de cualquier homólogo de los EEUU; el inicio de la construcción de una flota anfibia, basada en LPDs (se habla de 6 unidades del Type 071) y, también, en algún LHD (se dice que tres Type 081), así como el goteo de unos DDGs y FFGs que, de nuevo, apenas aportan innovaciones dignas de tal nombre en sus equipos. De hecho, podrían ser considerados como sucedáneos de los diseños occidentales de hace 20 años.

Quizá el aspecto más sobresaliente de todo ello sea el programa de construcción de portaaviones de nuevo cuño. Pero se espera que las dos primeras unidades (de un total de 4 previstas) entren en servicio no antes del año 2016 y, con más probabilidad, hacia 2017-2018. Se tratará de buques de propulsión convencional, de unas 60.000 toneladas, también inferiores en capacidad de transporte de aeronaves a los leviatanes de la US Navy. Según los planes de la marina de guerra china, dos unidades más, pero de propulsión nuclear y unas 70.000 toneladas deberían ser construidas, pero no entrarían en servicio hasta comienzos de la tercera década del siglo XXI.

En realidad, lo más sorprendente para muchos -los niveles de sorpresa dependen de la capacidad que uno tenga para conectar la política de defensa con la política exterior, en vez de pensarlas en abstracto y por separado- es que hasta hace un par de décadas China carecía de una Flota de (superficie) de alta mar que pudiera rivalizar con algunos de sus vecinos más próximos (pienso, sin necesidad de ir más lejos, en el componente naval de las “Fuerzas de autodefensa” de Japón) y que pudiera, sobre todo, proyectar su acción exterior al dominio de las “aguas azules” o, incluso, de las “aguas grises”. Lo cual también se deduce del muy escaso (y muy tardío, por cierto) desarrollo de su capacidad de reabastecimiento en alta mar. Otro aspecto, por lo demás, que también está siendo resuelto en estos últimos años –en efecto– pero a un ritmo bastante menos espectacular que el que cabría esperar de la evolución económica china. En realidad, a un ritmo acompasado (es coherente) con el de crecimiento de esa flota oceánica.

En este sentido, es evidente que si cotejamos la información disponible, podemos afirmar que estamos asistiendo a un punto de inflexión. Lo que se deduce de todo ello, por un lado, es que el despertador ya le ha sonado al dragón. Pero también, por otro lado, que el gigantón todavía se está desperezando. Tampoco es cuestión de insistir mucho, supongo…