La escalada en el coste del equipo militar contribuye al estancamiento de la transformación militar en Estados Unidos

Versión para impresiónVersión para impresión

Cualquiera que haya conocido el mundo de la seguridad y la defensa hace veinte años se sentirá hoy decepcionado por lo poco que aparentemente se ha avanzado. A finales de la década de 1990 se abrían perspectivas de transformación radical de los ejércitos occidentales, liderados como es habitual por la superpotencia norteamericana. Las guerras en Irak y Afganistán dieron un baño de realidad a unas expectativas probablemente exageradas, antes de que la crisis económica diezmara proyectos y programas, y obligase a una reducción generalizada de los presupuestos de defensa.

Un factor adicional en la parálisis que ha afectado especialmente a la transformación de las fuerzas armadas norteamericanas ha sido el creciente coste de los programas de armamento Paradójicamente, este considerable incremento de costes en el equipo militar coincide con un momento en el que nuevas tecnologías, baratas y accesibles incluso para el consumidor privado, pueden utilizarse con éxito con fines militares. Drones, comunicaciones encriptadas, software adaptable a necesidades militares, sistemas de posicionamiento o tecnología láser se han convertido ya en productos cotidianos y asequibles.

Programas como el avión de combate F-35, la gran esperanza de Estados Unidos para mantener la supremacía aérea en la próxima generación, combinan sobrecostes excepcionales con importantes problemas técnicos. Otros, como el caza F-22 o el destructor Zumwalt se han visto reducidos al mínimo por las mismas razones. Muchos proyectos ni siquiera han superado la fase de investigación y desarrollo, como ocurre con casi todos los planes del US Army para reemplazar sus equipos clave. El helicóptero Comanche, el obús autopropulsado Crusader o el ambicioso programa Future Combat System (FCS), se quedaron por el camino por exceso de costes. Hoy en día los “cinco grandes” que convirtieron al US Army en la fuerza terrestre de referencia a nivel mundial  en los años 80 (el carro M1 Abrams, el vehículo de combate de infantería M2 Bradley, el helicóptero de combate AH-64 Apache, el helicóptero de transporte UH-60 y el misil antiáereo Patriot) no han encontrado todavía sustitutos.

Una de las razones para explicar este aumento de costes es la creciente necesidad de mejorar la protección de la fuerza. Las bajas de personal militar no solo tienen un impacto muy negativo en la opinión pública, sino que suponen un coste inmenso en indemnizaciones, pensiones y tratamientos médicos, a veces de  por vida. Quizás el caso más paradigmático de la influencia de la protección de la fuerza en los costes del equipo sea el de los vehículos MRAP (Mine Resistant Ambush Protected), adquiridos por muchos ejércitos para reducir las bajas causadas por artefactos explosivos improvisados (IEDs) en Irak y Afganistán.

Solo en Estados Unidos, la adquisición de la flota de MRAPs costó 45.000 millones de dólares, influyó en la cancelación del programa FCS y cargó los inventarios del Army y los Marines con vehículos excelentes en la protección contra minas e IEDs, pero pesados, inestables, caros y pobremente armados. Aunque evitaron probablemente cientos de muertes y miles de heridos graves, llegaron tarde para jugar un papel importante en Irak, y no aportaron ninguna contribución decisiva en Afganistán, donde la insurgencia adaptó sus procedimientos para atacarlos con éxito. La solución tecnológica para intentar combinar la protección de los MRAP con una mayor flexibilidad operativa ha dado como resultado el Joint Tactical Light Vehicle (JTLV) , que significará sustituir más de cien mil vehículos utilitarios Humvee, con un coste de 70.000 dólares (sin blindaje) o 220.00 dólares (blindado), por JTLVs que alcanzarán los 600.000 dólares por unidad.  

Otra de las razones para el aumento de costes es que las industrias de defensa han perdido la posición de vanguardia que tradicionalmente mantenían en innovación tecnológica. Al contrario de lo habitual en el último siglo, hoy la tecnología de uso militar no es la referencia para el desarrollo de aplicaciones civiles, sino al contario. Las industrias de defensa intentan traducir en equipos militares avances tecnológicos liderados por compañías que no tienen su mercado en las necesidades de defensa, sino en el consumidor y la empresa privada. El resultado son sobrecostes, retrasos y, con frecuencia, productos que han dejado de ser tecnológicamente punteros cuando salen al mercado.

La robótica y la inteligencia artificial son algunas de las grandes esperanzas de Estados Unidos para recuperar su ventaja tecnológica en productos de defensa, algo para la que la reducción de costes resulta esencial. La ausencia de tripulaciones humanas que deban ser protegidas a toda costa puede abaratar sensiblemente los productos robotizados. Además, los generosos presupuestos de defensa pueden lograr la reorientación, al menos parcial, de las nuevas empresas tecnológicas hacia el campo de la defensa. Es algo en lo que la superpotencia se juega una superioridad militar todavía evidente, pero cada vez más disputada.

José Luis Calvo Albero es Coronel del Ejército de Tierra y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional de la Universidad de Granada (GESI)