La energía en la crisis política de Ucrania

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La Revolución Naranja de 2004 puso en evidencia las carencias democráticas de Ucrania y la división de su sociedad en dos: los partidarios de la aproximación a la Unión Europea (UE) y los partidarios de mantener la tradicional alianza con Rusia. Observando el mapa electoral se puede comprobar que cada una de esas mitades se correspondería prácticamente con una mitad geográfica del país, respectivamente con Ucrania occidental y Ucrania oriental. Periódicamente se activa la polarización social y es recurrente la recuperación de la memoria de la ocupación soviética y de la Guerra Fría. Esta división social es a su vez reflejo de la existente en el seno de la élite política ucraniana entre el sector favorable a la integración de Ucrania en la UE, y el partidario de mantener al país en la órbita de influencia rusa. Se trata de proyectos políticos que colisionan y que responden a motivos históricos, convicciones ideológicas e intereses, de diversa índole, que al menos en el corto plazo no podrán ser conjugados. Por razones geopolíticas y geoestratégicas Ucrania está avocada a ser buen socio tanto de la UE -y de Estados Unidos- como de Rusia.

Sin embargo la batalla actual entre la UE y Rusia ha sido ganada por esta última, responsable en buena medida de la negativa hace unas semanas del Gobierno de Yanukóvich a firmar un acuerdo de asociación con la UE que parecía inminente y que provocó que la oposición política y decenas de miles de ucranianos se lanzasen a la calle. Desde entonces la tensión ha alcanzado en determinados momentos niveles peligrosos, como cuando hace unos días fue derribada en Kiev una estatua de Lenin. 
Rusia, que a través de Gazprom ha convertido sus recursos energéticos (en este caso el gas natural) en un instrumento principal de presión, influencia y control sobre terceros países, ha logrado mediante el acuerdo del 17 de diciembre entre los presidentes Yanukóvich y Putin que Ucrania bascule nuevamente hacia ella y se aleje por ahora de Bruselas.
Dicho acuerdo estipula una significativa rebaja a partir de 2014 del precio que el país pagará por el gas ruso y una ayuda financiera a Ucrania de unos 11.000 millones de euros. Precisamente la ex primera ministra ucraniana, Timoshenko, en prisión, en teoría cumple condena por haber firmado en 2009 un acuerdo muy desventajoso para Ucrania porque elevaba el coste del gas ruso, si bien diferentes instancias internacionales consideran que es víctima de persecución política. Ante una UE con demasiados problemas internos y menos comprometida con Ucrania, Yanukóvich habría logrado aliviar la delicada situación económica de su país con ayuda de Rusia. Moscú prolonga la dependencia de Ucrania, bajo la promesa de otorgarle incluso contratos armamentísticos, y mantiene así su control sobre la red de gasoductos ucranianos (y por tanto sobre terceros países), con la propiedad de los cuales Rusia podría pretender quedarse, al igual que con otras empresas ucranianas de valor estratégico.