Innovación militar israelí: brillante en lo táctico, insuficiente en lo estratégico

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El enfrentamiento armado entre Hamas e Israel se ha vuelto a recrudecer. La finalidad de este post no consiste en analizar la situación actual sino en destacar algunas de las ideas expresadas por Benjamin S. Lambeth en el artículo “Israel's War in Gaza. A Paradigm of Effective Military Learning and Adaptation”, publicado en la revista académica International Security (Vol. 37, No 2, pp. 81-118) hace apenas unas semanas. Las lecciones extraídas por Lambeth pueden ayudarnos a apreciar nuevos matices en los acontecimientos que contemplamos estos días.

El artículo se centra en la innovación militar. Su autor estudia el proceso de innovación que llevaron a cabo las fuerzas armadas israelíes después de que su actuación contra Hizbollah en el verano de 2006 fuese valorada en términos generales como insatisfactoria. Lambeth identifica tres factores que explican la frustración israelí al acabar la guerra del Líbano:

  • Objetivo final deseado. El entonces primer ministro, Ehud Olmert, puso el listón demasiado alto: devolución incondicional de los dos soldados secuestrados y la destrucción de Hizbollah como actor armado en el sur del Líbano. Dichos objetivos no se derivaban de una reflexión estratégica seria en el gabinete israelí, ya que, militarmente eran extremadamente difíciles de alcanzar. Esto se debió en parte a que la intervención israelí fue reactiva, provocada por las acciones de Hizbollah. Al marcarse ambas metas resultaba casi imposible satisfacer las expectativas de la población y finalizar con una victoria clara.

  • Resistencia a sufrir un número elevado de bajas propias. La sociedad israelí había quedado desencantada después de años de ocupación del sur del Líbano y más de seiscientos soldados muertos. La intervención militar no podía acabar enfangada del mismo modo.

  • Deficiente coordinación entre la fuerza aérea y las fuerzas terrestres israelíes. En los años previos a la guerra de 2006 las IDF (Israel Defense Forces) se habían volcado en las acciones de baja intensidad y habían descuidado la preparación de las operaciones militares de mayor envergadura y, en concreto, las misiones de apoyo aéreo cercano (CAS, Close Air Support). Como consecuencia, las fuerzas terrestres carecieron de una adecuada cobertura aérea.

El artículo de Lambeth presta atención a este último aspecto. A cómo se llevaron a cabo los ajustes en la maquinaria de guerra israelí con objeto sacar el máximo rendimiento al poder aéreo en combinación con operaciones terrestres.

Una vez acabada la guerra contra Hizbollah, los responsables militares de las IDF llevaron a cabo una reflexión colectiva por la que decidieron mejorar la coordinación entre el ejército de tierra y la fuerza aérea. El proceso fue de arriba-abajo, impulsado por generales de alta graduación. Para favorecer el entendimiento mutuo numerosos mandos realizaron diversas visitas a las instalaciones de la otra fuerza con el fin de conocer en detalle sus respectivos modos de proceder. Incluso algunos oficiales de la fuerza terrestre tuvieron la oportunidad de ver cómo operaban las estaciones de control de los drones y de volar en helicópteros de ataque y en aviones de combate F-16 y F-15 para hacerse una idea más cercana de las oportunidades y límites asociados al apoyo aéreo cercano.

Al mismo tiempo, se llevaron a cabo cambios en la estructura de mando y control. Durante la guerra contra Hizbollah en 2006 la acción de los aviones de combate y de los helicópteros de ataque estuvo centralizada, literalmente, en el principal centro de operaciones de la fuerza aérea y en el centro avanzado de operaciones del mando norte. Para no caer en el mismo error y dotar de mayor flexibilidad al CAS se pasó a un sistema de control a nivel de brigada terrestre, y en algunas ocasiones incluso a escalones más bajos. Para ello, los responsables de la fuerza aérea accedieron a que cada brigada contase con un equipo de control aéreo táctico que incluía al menos un controlador de ataque con empleo de comandante o teniente coronel. Ello aseguraba que cada brigada contase con el apoyo de drones, aviones de combate o helicópteros de ataque. Al mismo tiempo, el ejército de tierra destacó un equipo permanente de enlace en el centro de operaciones de la fuerza aérea.

Por último, los cambios orgánicos estuvieron acompañados con una adaptación de los sistemas de adiestramiento, de modo que el 70-80% de las maniobras a nivel de brigada contaron con CAS proporcionado por helicópteros y aviones de la fuerza aérea.

El proceso en su conjunto se llevó a cabo con el pragmatismo, la innovación y la apertura de mente que caracteriza a amplios sectores de la sociedad israelí, y que describen de manera sugerente Dan Senor y Saul Singer en su libro Start-Up Nation: The Story of Israel's Economic Miracle. Otra lectura que merece la pena

Dos años y medio después de la guerra en el Líbano, el gobierno de Olmert dio luz verde a la operación Plomo Fundido, efectuada entre los días 27 de diciembre de 2008 y 18 de enero de 2009 contra Hamas. En esta ocasión, Israel llevó la iniciativa desde el inicio. La operación había sido cuidadosamente planificada y no era un movimiento reactivo como sí lo fue el enfrentamiento contra Hizbollah en 2006. Contemplaba una primera fase de bombardeos selectivos (durante ocho días) que posteriormente fue seguida de una intervención terrestre. En el primer día de los bombardeos se atacaron aproximadamente 170 objetivos preplaneados, que incluyeron almacenamientos de cohetes, instalaciones policiales y paramilitares, así como los domicilios de cuadros de mando de Hamas. Más de un centenar de militantes de Hamas murieron durante un intervalo de tres minutos y cuarenta segundos, al inicio del ataque sorpresa. Tras las acciones iniciales se pasó, en la misma primera jornada, a una modalidad de operaciones de “buscar y matar” las veinticuatro horas del día. Se utilizaron más de una decena de patrullas de drones y de aviones tripulados para obtener inteligencia de imágenes (IMINT) y de señales (SIGINT) con esa finalidad.

Pero en su artículo Lambeth centra su atención en las importantes mejoras que experimentó la integración entre las fuerzas terrestres y aéreas, una vez que se inició la ofensiva por tierra en las primeras horas del 3 de enero. En concreto:

  • Los drones y helicópteros de ataque de la fuerza aérea pasaron a estar bajo el control directo de los comandantes de las brigadas terrestres.

  • Además, cada brigada contó con un equipo de cinco miembros de la fuerza aérea que procesaban la información bruta recibida (gran cantidad de ella proveniente de drones) en inteligencia operativa ( intelligence) para realizar ataques en el transcurso de tiempo más breve posible. Cada uno de esos equipos contaba en tierra con un piloto de helicóptero de ataque y un piloto u oficial de sistema de armas de aviones de combate.

  • El servicio de inteligencia interior (el Shin Bet) se integró por primera vez con las IDF en una gran operación militar. Se destacó a miembros del Shin Bet en varios centros de mando de las fuerzas armadas, así como en unidades de combate de primera línea. Su principal función consistió en añadir los inputs que recibían a través de inteligencia humana (HUMINT) con el IMINT y SIGINT producido por la fuerza aérea y el servicio de inteligencia militar (el AMAN). Esto permitió afinar el proceso de búsqueda y destrucción protagonizado por las fuerzas militares.

  • A diferencia de lo que sucedió en la guerra de 2006, las IDF contaron en la operación Plomo Fundido con un sistema similar al Blue Force Tracker norteamericano, que indica en tiempo real la localización exacta de las fuerzas terrestres propias en los centros de mando enlazados a dicha red. Esto permitía que tanto los mandos de la fuerza aérea como los del ejército de tierra tuvieran una imagen idéntica del despliegue de las fuerzas y de la disposición de las fuerzas enemigas a partir de la inteligencia disponible. Gracias a la fusión de información, una vez que un blanco era designado como tal, el tiempo de ataque se redujo a uno o dos minutos, y en ocasiones a menos de sesenta segundos.

A estos cuatro factores se añadió un empleo proporcionalmente mayor de municiones guiadas, en comparación con las que se emplearon en la guerra contra Hizbollah: 81% del total de armas lanzadas desde el aire en Plomo Fundido, frente a 36% en la guerra del Líbano de 2006.

¿Cuáles fueron los resultados de toda esta innovación ? Depende del aspecto en que nos fijemos (lo que viene ahora son conclusiones de cosecha propia).

  • En lo que se refiere a protección de la fuerza, un éxito. En la ofensiva terrestre participaron cuatro brigadas con un total de 10.000 efectivos. Sólo murieron diez soldados (cuatro de ellos por fuego amigo).

  • En lo que respecta al oponente, la ofensiva le asestó un duro golpe pero en absoluto decisivo. Hamas perdió algo más de 700 militantes, junto a un pequeño número de líderes, aunque ninguno de ellos de alto nivel. Las fuerzas israelíes destruyeron aproximadamente 1.200 cohetes.

  • Desde el punto de vista estratégico, la operación Plomo Fundido no consiguió poner fin al lanzamiento de cohetes y a los disparos de morteros desde Gaza, que se reanudaron a las pocas semanas de finalizar la operación, y que han continuado en número significativamente menor pero con cifras todavía destacables en el tiempo transcurrido desde entonces. Según la información oficial proporcionada por las IDF, a lo largo de los últimos años el número de cohetes disparados desde Gaza habría sido el siguiente: 2.427 (2007), 3.278 (2008), 774 (2009), 231 (2010), 627 (2011) y 1.435 en lo que va de 2012.

  • Por último, en lo referido a la población civil palestina, el empleo de municiones guiadas y las 165.000 llamadas telefónicas de las IDF y del Shin Bet alertando a los habitantes de casas que iban a ser atacadas, no evitaron que la operación militar causase la muerte de al menos trescientos palestinos no combatientes, casi un centenar de ellos menores de edad (en las estimaciones más bajas: las cifras exactas de civiles fallecidos divergen de manera sustancial -por varios centenares- según las fuentes).

En definitiva, las mejoras tácticas y operacionales introducidas en la operación de Gaza -impresionantes desde el punto de vista de la innovación militar- no se tradujeron en éxitos estratégicos duraderos. Ello se debe, sobre todo, a que el conflicto no admite una solución exclusivamente militar, por lo que toda acción de esa naturaleza tendrá en el mejor de los casos efectos coyunturales sobre la amenaza que plantean los cohetes, pero con facilidad irá acompañada (tal como sucedió con entonces Plomo Fundido y ahora con Pilar de Defensa) de efectos indirectos -multitud de dramas humanos- que hacen todavía más intratable el conflicto social y político que subyace en las relaciones entre palestinos e israelíes.