Evolución de la doctrina militar: La blitzkrieg (III)

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Por parte alemana, el análisis de las posibilidades del carro de combate se enmarcó en el estudio general de ‘lecciones aprendidas’ de la Gran Guerra. Sobre la base de los estudios realizados previamente a la Kaiserschlacht, el reducido Estado Mayor General alemán del periodo de entreguerras (ilegalizado en el Tratado de Versalles y camuflado en la Truppenamt u “oficina de tropas”) continuó analizando las lecciones aprendidas de los combates del frente del Este, donde los ejércitos alemanes habían luchado en inferioridad numérica frente a los rusos, pero habían conseguido victorias decisivas.

Estos estudios se enfocaron a reducir la dependencia de la Infantería con respecto al apoyo de fuego de Artillería. Esa menor dependencia debería traducirse en una mayor capacidad de penetración en los despliegues enemigos y una mayor autonomía con respecto a las líneas de comunicación (consiguiendo una mayor libertad en el diseño de las operaciones), logrando resultados decisivos y reduciendo el número de bajas. Las lecciones aprendidas de la Kaiserschlacht de 1917 se aplicaron también a la doctrina y a los desarrollos tecnológicos:

  • Era necesario dar iniciativa a los subordinados hasta el nivel más bajo, para permitir la velocidad de reacción necesaria para explotar las brechas antes de la llegada de las reservas enemigas.
  • Las unidades que explotasen la brecha necesitaban una movilidad y una velocidad mucho mayores que las que tenía la Infantería a pie
  • Era necesario que estas unidades pudiesen trasladar la información obtenida, sus intenciones y movimientos a los escalones superiores, sin esperar a los lentos y vulnerables tendidos de cable telefónico.
  • Pero, sobre todo, era necesario obtener apoyos de fuegos más ágiles que los que podía proporcionar la Artillería.

El problema del apoyo de fuegos era el elemento clave que condicionaba todo el problema táctico, tanto en el sistema aliado como en la alternativa que buscaba afanosamente la Truppenamt. Finalmente, los alemanes consideraron que la Aviación sería el elemento capaz de proporcionar apoyo de fuego a las unidades de maniobra terrestres, sin obligarlas a arrastrar con ellas los miles de piezas de Artillería típicos de la Primera Guerra Mundial, ni esclavizarlas a la existencia de líneas de comunicación de buena calidad y cuyo control era absolutamente necesario para el combate.

Es interesante destacar que, según el Tratado de Versalles, Alemania no podía tener Aviación. Este hecho tuvo una consecuencia inesperada: el desarrollo de la Aviación alemana se hizo secretamente, y se impulsó desde el Ejército de Tierra alemán, en el marco de la solución del problema táctico ‘terrestre’. Por este motivo, desde su nacimiento, la Luftwaffe se diseñó como un elemento de apoyo de fuegos para el Ejército de Tierra. Esta circunstancia mantuvo a Alemania ajena al debate doctrinal del periodo de entreguerras acerca del ‘poder aéreo estratégico’, por lo que la prioridad de la Luftwaffe siempre fue proporcionar el apoyo aéreo a la maniobra terrestre. Como consecuencia, la integración entre la Aviación y el Ejército de Tierra en Alemania era, en 1939, inmensamente superior a la existente en cualquiera de sus rivales (la otra cara de la moneda era que la Luftwaffe carecía de los medios necesarios para ejecutar acciones de alcance estratégico, como se puso de manifiesto a lo largo del conflicto, ya desde la “Batalla de Inglaterra” en 1940). Las dificultades técnicas de la cooperación aire-tierra (problemas de enlace y de identificación de tropas propias desde el aire) se solucionaron con “reparto de papeles”: fuera de los puntos críticos (donde el apoyo de aviación era muy cercano y coordinado mediante destacamentos de enlace aéreos, pero muy minoritario: sólo supuso un 16% del esfuerzo aéreo aplicado en Francia en 1940), la Luftwaffe tenía como misión proteger los flancos de las profundas penetraciones acorazadas, atacando a las fuerzas enemigas que amenazasen esos flancos y evitar la actuación de las fuerzas aéreas enemigas sobre las vanguardias acorazadas.

La falta de movilidad y velocidad de la infantería a pie para explotar las penetraciones en el despliegue enemigo se solucionó mediante el desarrollo de carros de combate adaptados a estas necesidades, y su agrupación en unidades destinadas a realizar este tipo de penetraciones: las Divisiones Acorazadas o Divisiones Panzer.

Es importante subrayar que, para los alemanes, los carros de combate no supusieron una 'revolución' en sí mismos (como pensaba Fuller), sino sólo un medio para poner en práctica las ideas tácticas concebidas en los años finales de la Gran Guerra. En consecuencia, los alemanes 'exportaron' los conceptos en los que se basaban las tácticas ofensivas de las Stosstruppen a las unidades de carros de combate. Así, a diferencia del concepto británico, la División Panzer era una unidad con una profunda vocación interarmas (como lo habían sido los Stosstruppen), buscando siempre la mejor “herramienta” (Infantería, Artillería, Ingenieros, carros…) para aplicarla a cada problema táctico individual, evitando las “fórmulas universales”.

La necesidad del carro de combate se justificaba por la búsqueda de la movilidad, como forma de evitar la guerra de posiciones que Alemania no se podía permitir. De hecho, el jefe de la Reichswehr desde 1921, General Von Seeckt, había tenido una exitosa carrera militar en el frente oriental, caracterizado por su movilidad, en oposición a la guerra de posiciones del frente occidental. Von Seeckt atribuía la inmovilidad en el Oeste a las limitaciones de los Ejércitos de leva, a sus problemas de adiestramiento para combatir en orden abierto y a su escasa disciplina bajo el fuego. Von Seeckt pensaba que los Ejércitos de la Gran Guerra habían ido perdiendo en eficacia conforme fueron aumentando de tamaño, hasta ser una masa de reclutas pobremente adiestrados. En su concepción, un Ejército pequeño, bien adiestrado, muy móvil y con espíritu ofensivo, debería ser capaz de vencer a los Ejércitos de masas de la I Guerra Mundial. Precisamente, ése era el espíritu de los Stosstruppen.

Para Von Seeckt, “el objetivo de la guerra moderna debe ser el de alcanzar una decisión con fuerzas muy móviles y muy competentes, antes de que las masas hayan comenzado a moverse”. Las limitaciones técnicas de los carros de combate llevaron sin embargo a Von Seeckt a asignar inicialmente el papel de los carros de combate a la Caballería a lomo. De hecho, la doctrina de 1921 preveía para los carros de combate una utilización muy similar a la que concebían los franceses.

La Caballería alemana, al igual que la británica de su época, se desplazaba a lomo, pero combatía a pie. En consecuencia, sus funciones eran de ‘Infantería montada’, más que las tradicionales de la Caballería. Sin embargo, a diferencia de la Caballería francesa – pensada para limitar la movilidad en el campo de batalla -, los alemanes concebían la Caballería como un elemento destinado a evitar la creación de frentes estáticos, es decir, a incrementar la movilidad en el campo de batalla, función que también se concebía para los carros de combate. Sin embargo, la experiencia de la Caballería alemana se concentró en las “lecciones aprendidas” de la Gran Guerra, en la que sus misiones habían sido, esencialmente, de reconocimiento y seguridad. En la Gran Guerra apenas hubo rupturas del frente que diesen lugar a vigorosas explotaciones del éxito, por lo que la Caballería alemana se dedicó a perfeccionar su papel como elemento de información y como “pantalla de protección” de las Divisiones de Infantería que la seguirían en su avance. Esta es una de las razones por las que, en principio, la Caballería no mostró interés en transformar sus unidades a caballo en unidades de carros de combate, medios que veía más enfocados hacia la ruptura del frente (especialmente hasta mediados de los años 30).

Carlos Javier Frías es Coronel Jefe del Regimiento de Artillería Antiaérea 73, con sede en Cartagena, España.