Evolución de la doctrina militar: España y la Guerra Civil (III)

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En 1936, España es un país relativamente poco poblado y escasamente industrializado, poco adaptado al tipo de guerra ‘industrial’ aparecido en Europa en la Primera Guerra Mundial. La partición del país en dos zonas simplemente agudizó esa inadaptación, al dividir aún más los ya limitados recursos, haciendo todavía más difícil la adopción de las tácticas ‘modernas’ desarrolladas en la Primera Guerra Mundial.

Esta falta de medios humanos y materiales se tradujo en una baja densidad de ocupación de los frentes que se constituyeron, y en unas capacidades artilleras también reducidas. Como consecuencia, la Guerra Civil es un conflicto mucho más móvil que la Primera Guerra Mundial, permitiendo un papel destacado de la Caballería (especialmente en las fases iniciales del conflicto). La movilización de recursos de los beligerantes y los respectivos apoyos internacionales hacen que los medios disponibles vayan creciendo conforme avanza el conflicto, incrementando la letalidad del campo de batalla y reduciendo esa movilidad. El desarrollo de la Batalla del Ebro (1938) ya recuerda las cruentas batallas de la Gran Guerra, pese a que las fortificaciones de campaña empleadas fueron relativamente improvisadas, y por ello, menos eficaces. 

La división interna del Ejército, el licenciamiento de los reclutas decretado por el Gobierno de la República, la desconfianza hacia los Mandos de la tropa republicana (que llevó en muchos casos a la sustitución de los cuadros militares profesionales por líderes políticos y sindicales), la organización de milicias improvisadas y la propia concepción de las ‘Divisiones Orgánicas’ como elementos de movilización (que precisaban un cierto tiempo para estar en condiciones de combatir), permiten el avance inicial del Ejército de África con escasa oposición.

En estos compases iniciales del conflicto todavía no existen frentes definidos, y el Ejército de África opera de forma similar a la que está habituado en el Protectorado: columnas organizadas ad-hoc, de entidad relativamente reducida, que se mueven de forma casi autónoma por grandes espacios, con una oposición muy poco organizada y dispersa. Sin embargo, las unidades africanas tienen un importante ‘talón de Aquiles’: su reducida entidad. En efecto, los efectivos de las fuerzas desplegadas en África alcanzaban escasamente los 34.000 hombres (sobre un total de 156.000 efectivos del conjunto del Ejército), una fuerza apreciable frente a las tribus marroquíes, pero absolutamente insuficiente para ocupar un país de la extensión de España, o, simplemente, para tomar una ciudad siquiera mediana frente a una oposición decidida.

Cuando finalmente el Ejército de África llega a Madrid, el Gobierno de la República ya ha tomado medidas defensivas que impiden la toma de la ciudad con las reducidas fuerzas con las que llega el General Franco. A los poco más de 20.000 soldados del Ejército de África que llegan a la capital se enfrentan más de 60.000 milicianos y las primeras ‘Brigadas Internacionales’. Además de ello, ninguno de los bandos combatientes tenía experiencia en el ataque a posiciones fortificadas, ni la Artillería española del momento estaba en condiciones de ejecutar los complejos, detallados y masivos bombardeos de los campos de batalla europeos desarrollados en la Primera Guerra Mundial.

En otro orden de cosas, el fracaso parcial del levantamiento militar había llevado a que las zonas industrialmente más ricas y pobladas de España quedasen en manos republicanas, lo que dejaba al Ejército de África casi como la única baza de Franco para ganar la guerra. Franco simplemente no se podía permitir una masacre como Verdún o el Somme, en la que sacrificase su única unidad militarmente competente, frente a un enemigo potencialmente superior en términos humanos, económicos e industriales. En consecuencia, una toma en fuerza de Madrid quedaba fuera de sus capacidades a partir del otoño de 1936.

La estrategia de Franco a partir de ese momento tiene mucho de ‘aproximación indirecta’: la búsqueda de victorias parciales en teatros secundarios, que permitiesen minar progresivamente la superioridad inicial del bando republicano. En cambio, las Fuerzas Armadas de la República, a instancias del General Vicente Rojo, intentaron repetidamente forzar una batalla decisiva, que le permitiese acabar con la superioridad cualitativa del Ejército de Franco e imponer la superioridad material y numérica de la República: Brunete, Belchite, Teruel, el Ebro… son operaciones que buscaban esa batalla decisiva, que Franco rehuyó mientras sus recursos fueron inferiores a los del Ejército republicano, y que solo aceptó cuando estuvo seguro de vencer, ya en el Ebro en 1938.

En cualquier caso, en aspectos puramente doctrinales, la Guerra Civil española es, en cierta medida, una regresión a los procedimientos anteriores a 1914. Las capacidades de los Ejércitos combatientes no permitían la densidad de ocupación del terreno ni los complejos sistemas de fortificación del Frente Occidental de la Primera Guerra Mundial, ni sus Artillerías respectivas podían proporcionar los potentes fuegos a disposición de alemanes, franceses o británicos, ni la coordinación entre Artillería, Ingenieros e Infantería llegó a los niveles de eficacia alcanzados en esa guerra.

Como consecuencia, la Guerra Civil fue un conflicto mucho más móvil que la Primera Guerra Mundial, lo que parecía dar la razón a los que argumentaban que la situación del Frente Occidental en la Gran Guerra no sería la norma en los conflictos futuros, sino la excepción. Solo la Batalla del Ebro, en la fase final de la guerra y cuando el Ejército nacional había aumentado enormemente en tamaño y potencia de fuego tuvo una cierta semejanza con las sangrientas batallas de Flandes o de Picardía de la Gran Guerra. Las exitosas operaciones de la Caballería del Ejército nacional, junto con la movilidad de las grandes operaciones de ambos bandos, parecían dar la razón a los que consideraban que las unidades a lomo todavía tenían un papel insustituible en el campo de batalla moderno.

Por otro lado, desde hacía mucho tiempo, el Ejército español había adoptado el ‘orden abierto’ como consecuencia natural de la experiencia de las operaciones en la Tercera Guerra Carlista, en Cuba y en Marruecos, por lo que, en ningún caso, se dieron casos de ataques en formaciones cerradas, como sí ocurrió en los campos de batalla europeos de 1914.

Carlos Javier Frías es Coronel Jefe del Regimiento de Artillería Antiaérea 73, con sede en Cartagena, España.