Evolución de la doctrina militar: España y la Guerra Civil (I)

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Desde el punto de vista doctrinal, la Guerra Civil española es un conflicto ‘atípico’, en el sentido de que se combatió tanto con procedimientos incluso anteriores a los desarrollados en la Gran Guerra, como con otros plenamente ‘experimentales’, más avanzados que los empleados en los años finales de ese conflicto. Por las fechas en las que se produjo (1936-1939), no es sorprendente que las potencias exteriores que intervinieron intentasen comprobar la validez de sus desarrollos doctrinales de los últimos veinte años.

La situación estratégica española en los años comprendidos entre el final de la guerra europea y el inicio de nuestra Guerra Civil es muy diferente de la de nuestros vecinos europeos, lo que se traduce en necesidades igualmente distintas desde el punto de vista militar. Estas diferencias explican la pervivencia en España de formas de organización y de empleo de las Armas que ya habían sido abandonadas en Europa como consecuencia de la experiencia de la Gran Guerra.

Desde el punto de vista económico, la Gran Guerra se revela como un conflicto esencialmente ‘industrial’: los métodos de combate desarrollados durante ese conflicto implicaban un enorme esfuerzo económico e industrial que sólo estaba al alcance de los Estados más ricos e industrializados. Para la España eminentemente rural y agrícola de principios del s. XX, la adopción de las tácticas de combate basadas en el empleo masivo de la Artillería en conjunción con carros de combate y Aviación estaba simplemente fuera del alcance de las capacidades económicas e industriales del país.

La Guerra de Marruecos

Desde principios del siglo XIX, España está sumida en la interminable Guerra de Marruecos, todavía plenamente activa al final de la Gran Guerra, y de características sumamente diferentes de las del escenario europeo:

  • se combate en una zona muy amplia para la entidad de las fuerzas desplegadas, lo que implica una muy baja densidad de ocupación del terreno: no existe un ‘frente’ al estilo europeo, y las operaciones son una combinación de unidades móviles ‘interarmas’ de entidad limitada (rara vez de entidad superior a la actual Brigada) – las ‘columnas’ -, en combinación con una red de puestos fortificados fijos y relativamente aislados,
  • se lucha contra un enemigo disperso y poco fortificado (que no presenta blancos rentables para el empleo masivo de la Artillería) y en muchos casos indistinguible de la población civil de la zona (lo que dificulta la elección de objetivos a batir), en un terreno desprovisto casi completamente de vías de comunicación (poco apto por ello para el empleo de medios motorizados o para cualquier operación que requiera grandes movimientos logísticos).

En realidad, la Guerra de Marruecos era un conflicto colonial, con algunas características típicas de un conflicto de contrainsurgencia, pero en ningún caso requería – ni probablemente admitía – el enfoque ‘industrial’ del campo de batalla europeo. La guerra en Marruecos la hacían pequeñas columnas semiindependientes, en operaciones limitadas a unos pocos miles de hombres y muy coordinadas con la labor política de negociación con las diferentes cabilas.

El número de bajas producido era relativamente bajo (insignificante si se compara con los producidos en los campos de batalla de la Gran Guerra), exceptuando episodios puntuales como el ‘desastre de Annual’. La Artillería se empleaba como un medio de suministrar potencia de fuego adicional a la de la Infantería, organizándose en unidades pequeñas (en general, Baterías), empleando habitualmente el tiro directo a distancias cortas y haciendo uso abundante de la munición shrapnel (de metralla), que había desaparecido de Europa en 1914. Es decir, la Artillería se empleaba como se hacía en Europa antes de la revolución que supuso la Gran Guerra.

Las deficiencias de este tipo de tácticas se pusieron trágicamente de manifiesto durante el citado ‘desastre de Annual’, en el verano de 1921. Si el Ejército español hubiese tenido una doctrina similar a las vigentes en Europa desde 1918 y hubiese dispuesto de un armamento acorde a ella, resulta muy dudoso suponer que ninguna de las cabilas rifeñas hubiese podido hacer frente a las ‘tempestades de acero’ típicas de los campos de batalla europeos de la Gran Guerra.

No era solo un problema de medios, sino también de doctrina. Como ejemplo, las cinco Baterías de cañones presentes en Annual (16 Schneider de montaña de 70/16 y cuatro Schneider de tiro rápido de 75/22.) podían disparar unos seis disparos por minuto y por pieza (haciendo una media entre la cadencia relativamente baja de los 70 mm de montaña – entre 2 y 12 dpm – y la elevada de los 75 mm – hasta 20 dpm -), resultando un total aproximado de 600 kg de munición por minuto: ningún ataque rifeño hubiera tenido éxito frente a esa cantidad de fuego, si se hubiera podido concentrar el tiro de todas esas piezas sobre un solo objetivo, aplicando la explicada ‘maniobra de los fuegos’. Sin embargo, al seguir empleándose en tiro directo (como en 1914), no fueron capaces de concentrar sus fuegos, por lo que su efecto fue muy limitado. Es cierto que tampoco se disponía de la cantidad de munición necesaria para efectuar fuegos de ‘estilo europeo’, ni de los medios logísticos precisos para alimentar este tipo de combate: simplemente, España no se lo podía permitir.  Como ejemplo, los cuatro Schneider de 75/22 desplegados en Abarrán (la posición más avanzada y expuesta de todo el dispositivo español) disponían de 90 disparos por pieza: menos de cinco minutos de fuego a cadencia máxima.

En cualquier caso, las peculiaridades del escenario marroquí hacen que las lecciones de la reciente Guerra Europea se considerasen de limitada utilidad para el problema militar español del momento. Además de ello, la neutralidad de España en la Gran Guerra se había revelado muy beneficiosa para la economía española, al tiempo que la constatación de las enormes pérdidas sufridas por los contendientes ponía de relieve el coste económico y humano de un nuevo conflicto europeo, en el que España no parecía tener ningún interés en participar.

Todos estos factores parecían reforzar la tendencia de considerar las lecciones aprendidas de la Gran Guerra como algo poco adecuado a las necesidades militares españolas. Solo en 1925, tras el final del conflicto marroquí, se actualizó una doctrina (el Reglamento de Empleo Táctico de Grandes Unidades de ese año) de clara inspiración en la ‘bataille conduite’ recogida en la doctrina francesa de 1921. Sin embargo, significativamente, ese mismo año, se creaban Escuadrones de Lanceros a caballo en el Tercio de Extranjeros, algo impensable en la doctrina francesa posterior a la Gran Guerra. Pese a las críticas que recibió la nueva doctrina, ésta permaneció inalterada hasta la Guerra Civil, aunque su aplicación fue limitada.

Las divisiones políticas internas del Ejército se acentúan durante la República (reflejo en realidad de las divisiones de la sociedad española en su conjunto). La inestabilidad política e institucional y el constante recurso al Ejército en cuestiones de orden público dejaron en un segundo plano cualquier modernización doctrinal posterior al Reglamento citado de 1925 durante todo el periodo republicano (1931-1936).

Carlos Javier Frías es Coronel Jefe del Regimiento de Artillería Antiaérea 73 con sede en Cartagena, España.