Evolución de la doctrina militar en la Segunda Guerra Mundial: la invasión de Polonia

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Al amanecer del 1 de septiembre de 1939, las tropas alemanas cruzan la frontera germano-polaca, tras la expiración del ultimátum alemán al gobierno polaco. Este ultimátum contenía exigencias inaceptables para Polonia, que lo rechazó de plano, confiada en la eficacia de su Ejército y en las garantías de seguridad acordadas con Francia y el Reino Unido…

A la vista del desarrollo de los acontecimientos, cuesta trabajo pensar que los polacos confiasen en derrotar a una Wehrmacht que pocos meses después barrería a los poderosos Ejércitos francés y británico, y que un par de años más tarde a punto estuvo de vencer al coloso soviético. Sin embargo, en septiembre de 1939, estos acontecimientos eran difícilmente previsibles: la luego temida Wehrmacht, en 1939 no era más que la heredera de la débil Reichswehr de los años 30, un Ejército diminuto e infradotado, sin experiencia (en teoría) en el empleo de carros de combate, Artillería pesada o Aviación. La llegada al poder de Hitler había expandido la Reichswehr, a partir de su denuncia del Tratado de Versalles el 16 de marzo de 1935, pero la eficacia militar de las nuevas Fuerzas Armadas alemanas suscitaba muchas dudas a los observadores militares de la época (e incluso entre la propia oficialidad de la Wehrmacht).

Sobre el papel, los carros alemanes no eran técnicamente superiores a los carros polacos (Polonia disponía de 880 vehículos, 228 de ellos versiones inspiradas en el Vickers 6 Ton, muy similares al descrito T-26  - 140 del modelo 7TP, 50 Renault R35 y 38 Vickers E –, y, consecuentemente muy superiores a los Panzer I y II alemanes, 109 vetustos Renault FT-17 y el resto tanquetas similares al citado CV 3/35 italiano, denominadas TK3 y TKS). La experiencia de la Guerra Civil española parecía descartar a los Panzer I y II como rivales de los carros polacos dotados de cañón, lo que mitigaba en cierta medida su gran inferioridad numérica, que parecía ser la principal ventaja en este campo de los alemanes. Por otra parte, durante la Guerra Civil española (única experiencia militar real de los alemanes tras la PGM), las unidades terrestres no llegaron a practicar la doctrina de ‘guerra de movimiento’, sino que habían operado de una forma bastante ortodoxa, con sus carros como apoyo a la Infantería, según la doctrina más generalizada de empleo de los carros. Nada hacía presagiar un cambio de doctrina.

Polonia podía desplegar unas 30 Divisiones de Infantería, mientras que Alemania empleó en la campaña polaca sus dieciséis Divisiones motorizadas, que constituían el núcleo de la Wehrmacht, junto con unas 38 Divisiones de Infantería y algunas unidades menores (Brigadas y Regimientos).

El plan de campaña alemán era sencillo y muy en línea con la tradición militar prusiana: un ataque concéntrico hacia Varsovia desde Silesia (desde donde se ejercería el esfuerzo principal), otro desde Prusia Oriental (un esfuerzo de apoyo) y uno más desde Eslovaquia (otro esfuerzo menos prioritario), una clásica kesselschlacht prusiana (literalmente, ‘batalla de caldero’; un tipo de batalla caracterizado por los esfuerzos convergentes desde diferentes direcciones, y que era la ‘marca de la casa’ en la doctrina prusiana y alemana), fácil de ejecutar porque la propia geografía hacía que Polonia estuviese rodeada por tres lados por territorio alemán.

El éxito alemán en la campaña polaca se debió a varios factores combinados: por un lado, a la excesiva confianza del mando polaco en la prontitud y eficacia de la ayuda franco-británica. Confiados en ella, los polacos desplegaron a lo largo de la frontera germano-polaca, con la idea de retardar al máximo el avance alemán, confiando en que la Wehrmacht se vería obligada a detener su ofensiva en Polonia para proteger la frontera occidental alemana del esperado ataque aliado (que nunca se materializó, con la excepción de algunas incursiones aéreas de la RAF sobre objetivos navales alemanes, que se saldaron con importantes pérdidas de aviones y escasos efectos). Además de ello, en el noroeste del país se concentraba la capacidad industrial de Polonia, por lo que era esencial proteger ese territorio, si se pretendía combatir una guerra industrial prolongada al estilo de la PGM. Mientras las tropas desplegadas en la frontera retardaban el ataque alemán, Polonia completaría su movilización (el mando polaco estimaba que podría retardar a los alemanes dos semanas, previendo una retirada ordenada bajo la presión alemana hasta llegar a una línea de posiciones defensivas mejor preparadas sobre los ríos Vístula y Bzura). Para el caso de que los alemanes rompieran esa línea defensiva, se organizó otra posición fortificada en la frontera polaco-rumana, denominada la ‘cabeza de puente’, que sería la última posición a defender. El concepto de operaciones polaco esperaba que las tropas de la frontera se retirarían ordenadamente, conteniendo a los alemanes, hasta las posiciones del Vístula y el Bzura y que resistirían allí largo tiempo. En el peor de los casos, se retirarían de forma también ordenada hasta la ‘cabeza de puente’. En todo momento aprovecharían su Caballería (numerosa y bien adiestrada, pero a lomo) para efectuar contraataques. Mientras franceses y británicos calculaban que Polonia podría resistir tres meses, los propios polacos confiaban en resistir no menos de seis. Pese a prever una retirada, la propaganda oficial polaca convenció a su población civil de que una ofensiva enemiga sería fácilmente rechazada, por lo que los avances alemanes desencadenaron el pánico y la huida de esa población, bloqueando las carreteras y disminuyendo aún más la ya escasa movilidad de las unidades polacas.

En un terreno como el polaco, sin grandes obstáculos naturales fuera de los ríos, el despliegue a lo largo de la frontera hizo que la inferior y poco móvil fuerza polaca se dispersase mucho, resultando débil en todos los frentes, al tiempo que su baja movilidad le impedía concentrarse en las zonas donde efectivamente atacó la Wehrmacht. Además de ello, las fuerzas polacas de primera línea fueron desbordadas por las Divisiones Panzer y Ligeras alemanas, dotadas de una movilidad mucho mayor, lo que hizo imposible la retirada ordenada que preveía el mando polaco.

La Fuerza Aérea polaca poco pudo hacer frente a la Luftwaffe, muy superior en todos los terrenos. Pese a ello, consiguió sobrevivir al ataque sorpresa alemán sobre sus aeródromos, y siguió operando en pequeño número hasta la rendición. Fieles a su doctrina, los aviadores alemanes se concentraron en sus misiones de apoyo aéreo indirecto, evitando siempre que fue posible las acciones de apoyo aéreo directo, muy difíciles de coordinar. Para ello, los Estados Mayores de los diferentes Grupos de Ejércitos (de Tierra) y los de sus correspondientes Luftflotten acordaban líneas de coordinación sobre el terreno, de forma que, a vanguardia de ellas, la Luftwaffe era libre de operar, mientras que, a retaguardia de esas líneas, solo actuaba, en principio, a demanda de las Fuerzas Terrestres y con coordinación previa. La rápida maniobra de las Fuerzas Terrestres hizo más complicada de lo que se pensaba la actualización de estas líneas y su difusión a todas las unidades. Además de ello, el movimiento convergente de los Grupos de Ejércitos alemanes llevó inevitablemente a conflictos en la interpretación de esas líneas de coordinación, que eran establecidas por cada Luftflotte sin contar con las demás. La Luftwaffe, operando con escasa oposición casi desde el principio del conflicto, aisló efectivamente a las unidades polacas, destruyendo su sistema logístico, quebró su moral con fuertes bombardeos y contribuyó decisivamente a la toma de posiciones fortificadas como la de Modlin. Esto contribuyó a que la ‘retirada ordenada’ prevista por el mando polaco se convirtiese en una huida incontrolada en muchos casos, mientras que otras unidades intentaban resistir vanamente, en un frente que se descomponía. Pese a su doctrina, la Luftwaffe también efectuó bombardeos de ciudades (Varsovia, Wielun, Frampol…), con el fin de quebrar la voluntad de la población: el pequeño tamaño del teatro de operaciones permitía a los bombarderos alemanes de corto alcance hacerlo, al encontrarse los centros urbanos dentro de su radio de acción; los daños no fueron importantes, pero sí el efecto psicológico sobre la población civil. Finalmente, el ataque soviético del 18 de septiembre hizo imposible para Polonia cualquier defensa.

Doctrinalmente, la campaña polaca puso de relieve las diferencias internas en el generalato alemán en lo concerniente al empleo de las Divisiones Panzer y su complemento de Divisiones Motorizadas y Ligeras. Estas Divisiones se emplearon bien como reserva de las Grandes Unidades Grupo de Ejércitos (caso de la 10ª División Panzer, reserva del Grupo de Ejércitos Norte) o Ejército (la 1ª División Ligera, reserva del 10º Ejército), bien agrupadas con otras Divisiones menos móviles en Cuerpos de Ejército dependientes de una Gran Unidad Ejército (caso de la División Panzer Kempf, agrupada en el I Cuerpo de Ejército con dos Divisiones de Infantería a pie, o de las 1ª y 4ª Divisiones Panzer, encuadradas en el XVI Cuerpo, junto con dos Divisiones de Infantería a pie). Solo el XIX Cuerpo de Ejército de Guderian (una División Panzer, dos Divisiones Motorizadas y un Regimiento Acorazado), el XIV de Von Wietersheim (dos Divisiones Motorizadas) y el XV de Hoth se componían exclusivamente de Divisiones Panzer, Ligeras y/o Motorizadas, pero subordinadas al 4º Ejército (caso de Guderian) y al 10º Ejército (para Von Wietersheim y Hoth) respectivamente. Sin embargo, mientras que el 4º Ejército estaba compuesto fundamentalmente de Divisiones de Infantería con muy escasos vehículos, el 10º agrupaba la mayoría de las Divisiones móviles alemanas. Un caso curioso es el del XVIII Cuerpo, compuesto de la 2ª División Panzer, la 4ª División Ligera y la 3ª División de Montaña…

Esta distribución de las Divisiones más móviles es muy reveladora: puesto que los Cuerpos de Ejército operan generalmente reunidos, el encuadramiento de Divisiones muy móviles con otras de Infantería a pie obligaba a las primeras a operar al paso de las segundas, desperdiciando la ventaja de su movilidad. Solo los citados XIX, XIV y XV Cuerpos de Ejército eran capaces de mover todos sus elementos a más velocidad que la del soldado a pie. Incluso en ese caso, al subordinarlos a las Grandes Unidades Ejército – compuestas esencialmente de Divisiones que se movían a pie o a caballo -, tenían que operar en beneficio de éstas, es decir, que no podían aprovechar de forma independiente y en profundidad una ruptura en el frente enemigo, sino que sólo se esperaba que ‘abriesen paso’ a las Divisiones de Infantería que constituían el grueso de los Ejércitos de los que dependían. Por otra parte, el mantener en reserva Divisiones  Panzer o Ligeras aisladas a nivel Grupo de Ejércitos parece indicar un empleo esencialmente ‘defensivo’ de estas Divisiones: una División es excesivamente pequeña para operar ofensivamente de forma independiente, si se pretendiese que, como reserva del Grupo de Ejércitos, aprovechase una ruptura del frente; sin embargo, si podría servir para cubrir un hueco frente a una posible penetración enemiga, derrotar un contraataque local o reforzar a alguna unidad mayor para explotar localmente una brecha en el caso de alcanzar una ruptura del frente enemigo.

Con esta distribución no resulta sorprendente que el 10º Ejército de Von Reichenau, uno de los partidarios de la guerra de movimiento, se convirtiese en el protagonista de la campaña: en una semana, sus vanguardias acorazadas cercaban Varsovia. Von Reichenau hizo avanzar continuamente a sus Divisiones móviles, a costa de dejar atrás a sus Divisiones de Infantería a pie. Sin embargo, las pequeñas dimensiones del teatro, la corta duración de la campaña y la crisis del Ejército polaco ocultaron el hecho de que el Ejército alemán amalgamaba unidades con movilidades muy diferentes.

En cualquier caso, la organización alemana para el combate en la campaña polaca tiene muy poco que ver con lo que después se entendió por blitzkrieg, tal como se desarrolló posteriormente en Francia o en Rusia. En efecto, las Divisiones móviles actuaron en beneficio de los Ejércitos en los que se encuadraron, y solo el 10º Ejército y el XIX Cuerpo (Guderian) explotaron realmente las capacidades de guerra de movimiento de sus unidades. En el caso del XIX Cuerpo, la corta distancia entre Prusia Oriental y Varsovia contribuyó también a ocultar que la velocidad del XIX Cuerpo era muy superior a la del resto del 4º Ejército en el que estaba encuadrado, cuestión que se habría puesto de manifiesto en caso de una penetración más profunda. En ese caso, Guderian se habría visto obligado a frenar a sus panzer para esperar a la Infantería.

En el campo de la cooperación con la Luftwaffe, también habían aparecido problemas importantes. Pese al buen entendimiento entre los oficiales del Ejército y los de la Fuerza Aérea (que procedían casi en su totalidad del Ejército), muchos Generales del Ejército no comprendían el papel de la Luftwaffe: para ellos, la Aviación era un elemento auxiliar que debía estar bajo el control de la cadena de mando terrestre y que debía operar bajo las órdenes directas de los jefes de las Grandes Unidades del Ejército. Por el contrario, los Generales de la Luftwaffe entendían que su papel no era el de actuar de ‘bomberos’ de las Fuerzas Terrestres, ni limitarse a actuar como meros apoyos de fuegos para éstas. Para ellos, la Luftwaffe tenía su propio papel que jugar en el marco de un plan conjunto en el que cada Ejército tenía su misión que cumplir, sin estar subordinado al otro componente, sino al plan en sí. Esta diferencia de opiniones ocasionó que los mandos de la Luftwaffe – empezando por el propio Hermann Göring - fuesen muy celosos de su independencia con respecto al Ejército, tomando medidas específicas enfocadas a evitar las posibles interferencias de la cadena de mando terrestre sobre la actuación de las unidades aéreas. Esta diferencia de criterio sobre los papeles respectivos de la Luftwaffe y del Ejército de Tierra se mantuvo hasta el final de la guerra.

Pese al éxito alcanzado, la Wehrmacht había mostrado muchas deficiencias: las Divisiones recientemente movilizadas se habían mostrado poco eficaces; los cuadros de mando – desempeñando funciones muy por encima de su nivel, por el efecto de la expansión del Ejército debida a la movilización – habían mostrado notables carencias de preparación; las elevadas pérdidas de blindados en la entrada de los carros en Varsovia mostraba la vulnerabilidad de estos medios en combate urbano; el municionamiento se reveló insuficiente: solo la corta duración de la campaña evitó que la Wehrmacht tuviese que detenerse por falta de municiones (el Inspector de la Luftwaffe, General Milch, informó a Hitler a mediados de septiembre de que, en una semana, los pilotos de bombarderos se tendrían que dedicar a ‘jugar a las cartas’ por falta de bombas que lanzar; una situación similar se daba en las Divisiones Panzer y en las unidades de Artillería pesada). Otra importante deficiencia detectada fue que las unidades de carros eran incapaces de reparar sus vehículos en el campo de batalla: los carros que sufrían averías o daños un poco complejos debían ser evacuados a fábrica, ante la incapacidad de repararlos de los escalones de mantenimiento militares. Pero quizá la principal cuestión era que las debilidades de los polacos no permitían determinar con seguridad si la guerra de movimiento que habían practicado Von Reichenau y Guderian hubiera tenido éxito frente a un enemigo más potente y mejor organizado, como los británicos y los franceses. A este respecto, la división de opiniones entre los generales alemanes seguía vigente tras el éxito en Polonia.

Carlos Javier Frías es Coronel Jefe del Regimiento de Artillería Antiaérea 73, con sede en Cartagena, España.