Evolución de la doctrina militar en la Segunda Guerra Mundial: El Ejército británico en 1940

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La concepción estratégica británica en el caso de una nueva guerra con Alemania se basaba en las mismas premisas que el Reino Unido había empleado frente a Napoleón o frente a la Alemania Imperial: un bloqueo naval que ahogase el esfuerzo de guerra continental, al privar a su enemigo del acceso a las materias primas esenciales para la producción de armas y municiones. La participación de una fuerza terrestre se concebía como un elemento que auxiliase a sus aliados continentales (fundamentalmente, Francia) a resistir el empuje alemán y obligase a Alemania a mantener un elevado esfuerzo industrial que acelerase el efecto del bloqueo naval. Una repetición de la Gran Guerra, en suma.

Sin embargo, la incorporación de Rumanía al Eje ponía a disposición de Alemania los yacimientos petrolíferos de Ploesti, y el pacto germano-soviético de 1939 daba a Hitler acceso a los inmensos recursos de Asia Central sin depender de las vías de comunicación marítimas, en cuyo control se basaba la eficacia del bloqueo británico. En esta situación, destacados estrategas británicos defendían que el Reino Unido no podía derrotar a la Alemania nazi, y, que, en consecuencia, no era aconsejable entrar en una nueva guerra europea. Liddell-Hart fue el más destacado autor que defendía esta idea, lo que le costó una enorme pérdida de influencia y popularidad durante el conflicto. Al final, la decisión de enviar nuevamente una fuerza militar al teatro de operaciones europeo no se tomó antes del principio de 1940, lo que dejó muy poco tiempo al Ejército para adaptarse a las condiciones de combate esperadas en el escenario europeo (y que suponían que no serían diferentes de las experimentadas en la Gran Guerra).

En realidad, hasta el inicio de la guerra, el Ejército británico, como en 1914, era una fuerza completamente profesional, dedicada fundamentalmente a labores de “policía colonial”. La decisión de desplegar en Europa forzó a expandir el Ejército con la incorporación de los reservistas del “Ejército Territorial”, lo que aumentó su tamaño, a costa de una cierta disminución de la calidad.

Como se ha explicado, el debate sobre la experiencia de la PGM y sobre la motorización llevó a posturas muy extremas sobre el papel del carro de combate, que se saldaron sin un vencedor claro. En 1940, el Ejército británico estaba completamente motorizado, pero carecía de una doctrina oficial sobre el empleo de unidades acorazadas, lo que hacía su transformación más aparente que real. En consecuencia, el despliegue en suelo francés llevó a desempolvar los procedimientos empleados en 1918 (más aún dada la preponderancia del Ejército francés en el campo aliado), con un gran protagonismo de la Artillería de Campaña. Una activa minoría de oficiales defendía la necesidad de dar un mayor protagonismo al carro de combate, pero los resultados de los experimentos realizados en el periodo de entreguerras y la poco concluyente experiencia de la Guerra Civil española, no parecían respaldar esas pretensiones.

Vehículos portacarros británicos en 1940. El Ejército británico era el único completamente motorizado en 1940, pero carecía de ideas claras sobre el empleo de sus medios acorazados

Uno de los factores que más afectaron – desfavorablemente - a la eficacia combativa del Ejército británico nacía de su organización sobre la base de Regimientos independientes. Si bien el sistema regimental daba identidad y espíritu de cuerpo a sus miembros, también hacía a los Regimientos entidades muy cerradas y muy celosas de sus prerrogativas (un ejemplo se vio al tratar de la motorización de la Caballería). Por ello, las diferentes Armas – que, al final, representaban los intereses comunes de sus Regimientos – tenían una gran influencia sobre la organización, que llevó a que el Ejército británico tuviera la tendencia a atribuir a cada Arma el monopolio de un determinado tipo de medios. Así, la Infantería británica, organizada en Regimientos “de fusileros” estaba pobremente equipada en ametralladoras pesadas (que pertenecían orgánicamente al Cuerpo de Ametralladoras y estaban centralizadas a nivel Brigada) o en morteros. Un Batallón de Fusileros británico en 1940 sólo tenía ametralladoras ligeras Bren y dos morteros de 76 mm (número ampliado en 1942 a seis). En consecuencia, la Infantería británica dependía completamente del apoyo de la Artillería cuando se enfrentaba a una resistencia decidida o para defenderse frente a un ataque organizado. Además de ello, carecía completamente de capacidad contracarro. Por estos mismos motivos, el adiestramiento interarmas era muy escaso, puesto que las Armas (o, incluso, los Regimientos individuales) tenían una enorme libertad para decidir su programa de adiestramiento, por lo que la ejecución de ejercicios de carácter interarmas pasaban por una imposición desde el Estado Mayor Imperial de Londres, o bien era necesario que los Regimientos llegasen entre ellos a “acuerdos” más o menos formales. Las Armas y los Regimientos individuales - compuestos de soldados profesionales - funcionaban en general, muy bien (destacaba la Artillería, en opinión de sus adversarios alemanes, la más eficaz de las Armas británicas), pero en niveles superiores aparecían importantes problemas de coordinación. Además de todo lo anterior, esta organización hacía que la generación y la difusión de procedimientos comunes no fueran sencillas, lo que dificultaba la unificación de la doctrina.

La competencia profesional de las pequeñas unidades británicas era lógicamente muy inferior en las formadas sobre la base del “Ejército Territorial”.

Durante la Batalla de Francia, el infante británico demostró ser un soldado duro y físicamente resistente. Sin embargo, la eficacia de la Infantería británica no fue destacable, principalmente por la mencionada defectuosa colaboración interarmas que dominaba el Ejército británico. La Infantería británica operaba a partir de Pelotones, considerados indivisibles, y consideraba la Compañía como la mínima unidad capaz de ejecutar una operación con cierta independencia.

La Artillería británica conservaba el elevado nivel técnico alcanzado durante la Gran Guerra. Como en ese conflicto, su especialidad era el apoyo de fuegos planeado y sistemático, aunque mantenía procedimientos de tiro que le permitían reaccionar en caso de precisar fuegos no planeados. Como los alemanes, los artilleros británicos, podían destacar observadores a las unidades de combate, proporcionando fuegos sin planificar de nivel Batería o, excepcionalmente, Grupo, a las unidades apoyadas. Sin embargo, para ello dependían de comunicaciones basadas en el tendido de teléfonos de campaña, lo que hacía imposible prestar este apoyo a unidades mecanizadas o acorazadas. En 1940, tampoco las unidades de combate estaban habituadas a contar con apoyo artillero fuera del marco de un ataque planeado con mando centralizado (lo que se había hecho entre 1916 y 1918), por lo que no siempre se aprovechó esta capacidad de proporcionar fuegos sin planificar.

La Artillería británica era particularmente eficaz, pero seguía con los procedimientos de la Primera Guerra Mundial

En cualquier caso, el Ejército británico asumía que, como en la Gran Guerra, tendría un papel secundario, subordinado al mucho más numeroso Ejército francés, que lideraría el esfuerzo terrestre aliado.

Por su parte, la RAF centraba su doctrina en el “Poder Aéreo Estratégico”, y la prioridad concedida al apoyo a las fuerzas terrestres era muy baja. Consecuentemente, no existían procedimientos detallados para ejecutar ese apoyo, ni las características técnicas de los aviones de la RAF favorecían ese tipo de acciones: el arsenal aéreo británico (y sus esfuerzos de producción) se centraban en bombarderos polimotores de largo alcance, diseñados para bombardear a gran altura (lo que implicaba baja precisión, haciéndolos muy poco adecuados para el apoyo cercano a las fuerzas terrestres) y cazas aptos para defender las industrias y ciudades británicas de un ataque similar por parte de la Luftwaffe. Consecuentemente, el grueso de la RAF se mantenía desplegado en suelo británico, con pocos aviones (y relativamente anticuados) desplegados en la Europa continental.

El Armstrong Whitworth Whitley era uno de los bombarderos pesados de la Royal Air Force al inicio de la SGM. Pronto fue sustituido por modelos más pesados y de mayor alcance. Este tipo de aparatos eran la clave para aplicar las doctrinas del “Poder Aéreo Estratégico”

La flota británica seguía siendo la primera del mundo en número de buques, pero su composición mostraba una deficiente comprensión del papel de la Aviación en la guerra naval: seguía basada en grandes acorazados pensados para mantener el dominio del mar frente a una armada compuesta de buques similares, y la batalla de Jutlandia de 1916 seguía siendo su paradigma de batalla naval “moderna”. En cualquier caso, la diminuta Kriegsmarine no era rival para la Royal Navy, lo que parecía asegurar a los aliados el dominio de las rutas de comunicación navales, y con ellas la participación de los recursos de sus enormes imperios coloniales en su esfuerzo de guerra, al tiempo que esperaban ahogar económicamente a Alemania como en la Gran Guerra. Como se ha comentado, el inesperado pacto germano-soviético suponía un duro golpe a la eficacia del bloqueo marítimo aliado, pero la rápida evolución del conflicto tampoco permitió a los británicos buscar una estrategia distinta, y, al final, la invasión de la Unión Soviética por Alemania devolvió la situación a su estado inicial, validando la eficacia del bloqueo naval aliado.

Acorazado británico King Georges V. En 1940, la Royal Navy disponía de 17 acorazados modernos, por solo dos de los alemanes (el Bismarck y el Tirpitz, sin terminar). La capacidad marítima de la Alemania nazi parecía irrelevante

 

Carlos Javier Frías es Coronel Jefe del Regimiento de Artillería Antiaérea 73, con sede en Cartagena, España.