Estudios sobre inteligencia: contribuciones de teóricos y prácticos

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En un reciente artículo sobre conflictos internacionales en la llamada “zona gris”, Javier Jordán explicaba los inconvenientes de que un determinado fenómeno haya sido más estudiado por “prácticos” que por “teóricos”.[1] Como apuntaba Jordán (p. 130), “la literatura especializada —en su mayoría de carácter profesional (militar), no académica— aporta conceptualizaciones orientadas a la acción y no siempre bien definidas”, por lo que “todavía queda espacio para profundizar en su correcta delimitación teórica”. Claro que bastantes militares profesionales podrían darle la vuelta a este argumento y lamentar que muchos trabajos académicos, formalmente impecables, están basados en un conocimiento muy superficial de la realidad que pretenden teorizar.

Esta discusión sobre las ventajas relativas de la literatura profesional y la literatura académica, o de los méritos respectivos de las aportaciones de teóricos y prácticos, podría trasladarse sin apenas cambios al ámbito de los estudios de inteligencia. Las cada vez más frecuentes publicaciones sobre inteligencia son obra de dos tipos diferentes de especialistas: los profesionales (en general, oficiales de inteligencia retirados) y los académicos (con o sin dedicación exclusiva a este tipo de materias). Y aunque nos anticipemos con las conclusiones, parece claro que cada uno de estos dos grupos busca algo distinto y puede ofrecer también perspectivas (enriquecedoramente) distintas.

Los profesionales saben muy bien cómo funciona la inteligencia en el mundo real, pero, en cambio, suelen tener una información limitada sobre la producción teórica, tanto la general como aquella otra específicamente centrada en los asuntos de inteligencia. Por otra parte, sus conocimientos se degradan rápidamente tras abandonar el ejercicio de su profesión, ya que la organización, los métodos y los clientes siguen evolucionando sin que ellos sean ya parte del proceso. Por eso, las contribuciones más interesantes de los oficiales de inteligencia retirados suelen ser las primeras. Pasado un tiempo, se ven obligados a trasladar su atención a temas en los que el conocimiento detallado y actualizado de la inteligencia no sea tan importante (historia de la inteligencia, o la inteligencia en el sistema de toma de decisiones, por ejemplo), o bien abandonan por completo los estudios de inteligencia.[2] Solo en algunas ocasiones, son capaces de culminar con éxito su transición hacia el mundo académico.[3]

Los académicos, por su parte, están mucho mejor preparados para inscribir los estudios de inteligencia en un marco teórico más general. Además, suelen estar al corriente de todo (o casi todo) lo que se publica sobre el tema, lo que les permite mantener actualizados sus conocimientos. El inconveniente con el que tropiezan es que su comprensión del funcionamiento real del mundo de la inteligencia, protegido por barreras de secreto difíciles de penetrar, es limitada.[4] La combinación de intenso diálogo entre académicos y aislamiento de la inteligencia real puede, con un poco de mala suerte, a que en algunos círculos académicos y centros de enseñanza surja una “inteligencia paralela”, sometida a su propia lógica, a sus propias reglas y convenciones, y que puede tener poco que ver con la inteligencia real.

Los profesionales de la inteligencia suelen interesarse, sobre todo, por los trabajos de antiguos colegas, donde con frecuencia pueden encontrar ideas o experiencias que les sirven para mejorar su trabajo cotidiano. Las barreras de secreto que protegen el trabajo de la inteligencia en el mundo real hacen que sus profesionales, a diferencia con lo que ocurre en otras trabajos, tengan pocas posibilidades de intercambiar conocimientos con sus pares, sobre todo si pertenecen a otros servicios o países. El acceso a publicaciones puede suplir, aunque de manera imperfecta, esta carencia.

En algunas ocasiones, sin embargo, profesionales de la inteligencia han llegado también a valorar y apreciar las contribuciones de los académicos, lo que ha constituido una base excelente para una colaboración cuyas ventajas son evidentes. En el mejor de los casos, como señala Stephen Marrin, “as intelligence practitioners address the challenges of reforming agency structures and processes, they look to theory as providing the conceptual foundation for their improvement efforts”.[5] Difícil no estar de acuerdo.

José-Miguel Palacios es Coronel de Infantería y Doctor en Ciencia Política


[1] JORDÁN, J. (2018). El conflicto internacional en la zona gris: una propuesta teórica desde la perspectiva del realismo ofensivo. Revista Española de Ciencia Política, 48, 129-151. DOI: https://doi.org/10.21308/recp.48.05.

[2] Un caso paradigmático es el de Tom Fingar, Director del INR entre 2004 y 2005 y Presidente del NIC entre 2005 y 2008, cuyas posturas sobre el análisis de inteligencia tuvieron una gran influencia dentro de la Comunidad de Inteligencia norteamericana y en todo el mundo durante los años que siguieron al 9-S. Su obra Reducing uncertainty: Intelligence analysis and national security (Stanford University Press, 2011) se encuentra entre los trabajos sobre inteligencia más leídos y citados de los últimos años. Sin embargo, su trabajo de los últimos años se ha orientado en otra dirección, hacia el estudio de China, el tema en que estaba especializado cuando trabajaba en el INR.

[3] Quizá uno de los casos más exitosos sea el de Stephen Marrin (https://www.jmu.edu/sis/people/faculty/marrin-stephen.shtml). Al haber trabajado solo cuatro años como analista de la CIA, su tránsito al mundo académico pudo producirse a una edad muy temprana.

[4] Una antigua alta responsable de la inteligencia norteamericana ha escrito a este respecto que “much of the data needed to prove or disprove a theory is unavailable to the scholars and academics that have an interest in it”.Citado según MARRIN, S. (2018) Evaluating intelligence theories: current state of play. Intelligence and National Security, 33:4, 479-490. DOI: 10.1080/02684527.2018.1452567

[5] Marrin. Op.cit. P. 482.